“Amar también es saber convivir con las diferencias.”
Prólogo
A veces una conversación entre amigas termina
llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos. Una charla cotidiana puede
dejarnos una pregunta dando vueltas en la cabeza.
Hace unos días logré conseguir algo de tiempo para reunirme
con un par de amigas. No es por falta de ganas que no lo hacemos más a menudo,
sino porque nuestras vidas se desarrollan en contextos diferentes.
El encuentro fue el habitual: expresiones de alegría al
vernos, abrazos y la típica zalamería entre besos y besos: “¡Qué guapa estás,
el tiempo no pasa por ti!”. El estallido de risas no se hace esperar. Sabemos
que nos mentimos, pero si esas mentirillas no las dicen las amigas… ¿Quiénes
nos las van a decir?
Luego, lo obvio: ¡ponernos al día!
Al final, siempre terminamos conversando sobre un mismo
tema: las relaciones y la dificultad de sostenerlas por las diferencias.
En las relaciones, decíamos, nunca estamos completamente de
acuerdo.
Y quizá sea verdad.
Porque basta compartir una mesa, una casa, una conversación
demasiado larga, para descubrir que el otro tiene otra manera de mirar. Otra
forma de callar. Otra velocidad para enfadarse, para perdonar, para volver.
Con el tiempo, las relaciones terminan por craquelarse.
Una palabra que se dice mal. Una promesa que no llega a
cumplirse. Una puerta que se cierra con un poco más de fuerza de la necesaria.
Una costumbre que irrita. Un silencio que permanece en la habitación incluso
cuando ya nadie recuerda cómo empezó.
Y hay que atenderla, cuidarla para que no se rompa… ¡y
nosotros con ella!
Al volver a casa me quedé pensando profundamente en ello. Y
me pregunté:
¿Acaso no puede darse una relación perfecta pese a nuestras
imperfecciones?
Sonreí porque yo sí conozco una relación que siento
perfecta.
¡La mía con Dios!
No porque yo sea perfecta. Precisamente por todo lo
contrario.
Hay días en que me acerco a Él con las manos llenas y otros
en que llego con ellas vacías. Días en que cumplo lo que me prometí y otros en
que vuelvo a tropezar exactamente en la misma piedra. A veces me siento fuerte,
luminosa, capaz de cualquier cosa. Y otras veces me descubro cansada, pequeña,
decepcionada de mí misma.
Pero nunca he sentido que tenga que ser perfecta para
acercarme a Él.
Puedo llegarle tal como estoy.
Siento su presencia a mi lado, sin reproches, sin ese dedo
invisible que señala la caída. Casi puedo sentir una sonrisa tranquila, como
quien mira a alguien que acaba de tropezar y, en lugar de preguntarle por qué
no miró dónde pisaba, le tiende la mano.
“Vale, tranquila. Levántate. El próximo paso lo harás
mejor”.
Quizá por eso pienso tanto en el amor.
Porque si esperamos que alguien nos ame solamente cuando
coincidimos, cuando comprendemos, cuando acertamos, cuando no decepcionamos y
cuando nuestras diferencias no incomodan, quizá no estemos hablando de amor.
Amar también debe ser aprender a convivir con aquello que no
entendemos del otro.
Con sus silencios.
Con sus maneras distintas de sentir.
Con sus pequeñas sombras.
Con aquello que jamás haríamos de la misma manera.
No significa aceptar el daño, ni justificar la crueldad, ni
quedarse donde el amor ha dejado de existir. Hay diferencias que enriquecen y
diferencias que destruyen. Hay errores que pueden repararse y heridas que
exigen distancia.
Pero entre esos extremos existe un territorio mucho más
íntimo: ese lugar donde dos personas se miran y, aun sin pensar igual, deciden
seguir caminando juntas.
Y entonces vuelvo a Dios.
Pienso que quizá esa sea la lección que me ofrece su amor:
no me pide que nunca caiga. Me pide que, cuando caiga, sea capaz de
reconocerlo, levantarme y volver a intentarlo.
¿No debería parecerse a eso el amor humano?
A veces me pregunto cuánto amor hay realmente en una
relación.
Y cada vez creo más que la respuesta no está en cuánto
coinciden dos personas.
Está en cuánto espacio dejan para que el otro pueda ser
imperfecto sin dejar de sentirse amado.
Quizá esa sea la verdadera medida del amor.
Epílogo
Tal vez las diferencias no sean siempre aquello que
nos separa. A veces pueden mostrarnos cuánto estamos dispuestos a comprender,
cuidar y permanecer.
“Y tal vez amar sea dejar espacio para el otro.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel