martes, 30 de diciembre de 2025

CUENTO, "Doce uvas y un desajuste". La experiencia de entrar al Año Nuevo con una actitud de vida diferente.

 

 “La contabilidad de la vida nunca cierra en números redondos”.


Podían escucharse —a través de los largos pasillos— las voces superpuestas y las risas francas de las mujeres durante su tiempo de descanso. Ese era el único momento del día en que podían reunirse sin prisas, sentarse unas junto a otras y sentirse, aunque fuera por un rato, menos solas. Sabían sacarle provecho a esos minutos robados al cansancio. Compartían anécdotas personales y laborales, se escuchaban con atención y, cuando el asunto era serio, se aconsejaban y se sostenían mutuamente. Si el tema no revestía gravedad, no perdían tiempo en hacer guasa: reían a carcajadas, exageraban los detalles y sacaban chistes de todo. Disfrutaban de una camaradería nacida de la necesidad, pero fortalecida por el afecto.

Registra la historia universal la constante necesidad del ser humano de migrar, cualquiera que haya sido la causa: el deseo de conquistar lo ajeno, de expandir dominios, de demostrar poder y supremacía; o la urgencia de huir, de sobrevivir a catástrofes naturales o provocadas por la propia perversidad humana.

En la época en que estas mujeres coincidieron, los motivos pertenecían, casi todos, a esta última categoría: guerras interminables, opresión política, corrupción institucionalizada, abandono y desidia de los gobiernos. Cuando se reunían, el grupo parecía una pequeña asamblea de las Naciones Unidas: en ellas convivían geografías enteras, islas cálidas y cordilleras lejanas, países del Caribe, de Centro y Suramérica, junto a tierras del Este europeo y del continente africano, como si múltiples banderas se hubieran dado cita en un mismo cuerpo colectivo. A veces se reían de ello, conscientes de la ironía. Habían llegado a España con el firme propósito de dejar atrás una vida marcada por el miedo y la tristeza, y se esforzaban cada día en lograrlo. No les importaba realizar trabajos físicos de limpieza —arrojando por la borda años de estudios universitarios, títulos, grados y especializaciones— mientras eso les permitiera alcanzar su verdadero objetivo: vivir en libertad y sin temor.

Entre ellas había una licenciada en contaduría pública, con especialización en auditoría. Su manera de estar en el mundo parecía inseparable de su profesión: ordenada, meticulosa, precisa. Ella misma era consciente de esa rigidez, pero la consideraba necesaria. Siempre que el grupo planeaba algo —una comida, una salida, un pequeño viaje— era a ella a quien recurrían para evaluar la viabilidad: calcular costos, distribuir gastos, prever imprevistos, asegurar que cada aporte fuera equitativo y que el plan se ejecutara con eficiencia.

Para ella, todo debía cuadrar: el tiempo, el dinero, las decisiones. Le incomodaban los márgenes imprecisos y las respuestas abiertas. Las demás se reían de la expresión seria que adoptaba al “sacar cuentas”, como si estuviera elaborando el presupuesto anual de una institución pública. Pero así funcionaban, y en el fondo, todas descansaban en esa certeza.

Aquella diversidad —de fisonomías, temperamentos, costumbres y acentos— resultaba tan armoniosa como inesperada. Era agradable de ver y de habitar, como si fueran especímenes de la flora mundial reunidos en un jardín botánico, exhibiendo sus rarezas, sus colores y su sorprendente capacidad de adaptación.

Era una experiencia que ninguna de ellas habría vivido de no haberse visto obligada a emigrar. La vida, con su lógica incomprensible, las había hecho coincidir en ese lugar y en ese tiempo. Lo comentaban a menudo, y de ahí surgían largas conversaciones sobre el destino, las pérdidas y las oportunidades ocultas en el dolor.

Además de ser migrantes, compartían otra cosa: todas eran cristianas. La mayoría católicas; algunas pertenecían a otras confesiones, pero todas reconocían a Cristo como centro de su fe. Esa creencia común les daba consuelo, especialmente en fechas sensibles.

Como la Navidad solía vivirse en recogimiento familiar, decidieron celebrar juntas las preuvas en la Puerta del Sol y recibir el año nuevo con las campanadas del reloj de la Real Casa de Correos como protagonista absoluto. Así lo acordaron.

Y así lo hicieron.

El 31 de diciembre, a las diez de la noche, ya estaban todas reunidas en la Puerta del Sol. El lugar hervía de gente. Las luces navideñas colgaban sobre la plaza como hilos dorados, reflejándose en los abrigos, en las bufandas brillantes, en los gorros de lentejuelas y en los collares improvisados con números del año entrante. Había destellos metálicos, rojos intensos, verdes profundos y dorados que parpadeaban al ritmo de los movimientos. Todas iban engalanadas a su manera, pero compartían el mismo maquillaje esencial: una sonrisa amplia, cargada de esperanza.

El aire estaba impregnado de olores mezclados: cava recién descorchado, vino dulce derramado en vasos de plástico, perfume barato y caro confundidos, humo de cigarrillos que se elevaba en espirales, y el aroma fresco y ligeramente ácido de las uvas. Se escuchaban risas, villancicos lejanos, gritos de cuenta atrás anticipada, silbatos, palmadas, voces que cantaban y otras que simplemente celebraban estar vivas.

Transcurrieron las horas entre bromas y abrazos, hasta que comenzó el conteo oficial. El murmullo se transformó en expectación.
Doce… una uva fría entre los dedos, lisa y firme.
Once… otra uva en la boca, la piel estallando con su jugo dulce.
Diez… nueve… algunas se atragantaban, otras reían con la boca llena.

—Otro año más… —comentó la “saca cuentas”, con la seriedad que la caracterizaba, casi como si estuviera cerrando un balance invisible, mientras intentaba no perder el ritmo de las campanadas.

—No, otro año menos… —respondió la mujer que estaba a su lado, mirándola de reojo con una mueca en la que se mezclaban ironía y melancolía.

—¿Otro año menos? ¿Cómo es eso? —preguntó ella, genuinamente intrigada.

—Sí… otro año menos por vivir —contestó sin darle mayor importancia, concentrada en no atragantarse con la siguiente uva.

Aquella frase la dejó desconcertada. Tenía una lógica irrefutable, incluso matemática, pero no encajaba en su forma habitual de sacar cuentas. Sintió una leve presión en el pecho, similar a la que aparecía cuando una cifra no cerraba y la obligaba a revisar toda la operación desde el inicio.

Hasta ese momento, para ella, sacar cuentas había sido un ejercicio exacto: cifras alineadas, operaciones claras, balances que debían cerrarse sin margen de error. Todo encontraba su lugar en el papel.

Pero aquello era distinto. No se trataba de sumar ni de restar, sino de algo imposible de auditar: los años vividos y los que aún quedaban por vivir. Y ese cálculo no ofrecía un resultado preciso, sino un balance abierto, sin cifras definitivas, imposible de corregir.

Aquella no fue una noche cualquiera. Fue distinta. No solo por haber compartido un momento irrepetible con esas amigas regaladas por el destino, sino porque, sin saberlo del todo, comenzó a comprender que la vida no se deja medir con la rigidez de una fórmula. Hay cuentas que no admiten auditoría, pérdidas que no se registran y ganancias que no figuran en ningún estado financiero.

Desde esa noche, sus cuentas ya no serían las mismas. Y ella tampoco. Aunque todavía no fuera consciente, había comenzado a intuir que no todo debía cerrarse con exactitud, que había balances que no pedían corrección. Comprendía, sin saber aún cómo nombrarlo, que la vida no exige rigidez, sino presencia; no control, sino disposición a fluir con sus inevitables desajustes.

Entonces volvió en sí. El conteo seguía su curso y las campanadas caían una tras otra, densas, metálicas. Tomó un puñado de uvas; las sintió frías y lisas en la palma de la mano, y se las llevó a la boca sin medir el tiempo. La piel estalló entre los dientes, dulce y áspera a la vez. Masticó al ritmo que pudo, respirando hondo, dejando que el jugo le escurriera por la lengua. Por primera vez, no intentaba ajustar el tiempo a sus cuentas, sino acompasarse a él, aceptando su pulso irregular.

“Hay balances que solo se comprenden cuando se dejan abiertos.”




"El amanecer": un cuento sobre el amor y la intimidad.


Nota de la autora

La intimidad entre dos personas que se aman es profundamente hermosa y necesaria. Es el espacio sagrado donde el amor y el deseo dejan de ser ideas para convertirse en experiencia; donde lo sentido atraviesa la piel y alcanza el alma. Celebrarla es honrar el vínculo, el cuidado y la entrega mutua.


Su cuerpo yacía desnudo a un costado de la cama, abandonado como un secreto recién revelado. Estaba despierto, inmóvil, con los ojos fijos en la ventana. Observaba cómo la brisa fresca de la primavera se filtraba entre las cortinas, inflándolas y soltándolas una y otra vez, como un pecho que aprende a respirar. La habitación se iba llenando lentamente de aromas: el dulzor del jazmín, la promesa madura de los manzanos, el pulso agreste del orégano y el romero… y, por encima de todo, la fragancia de ella, esa que no tenía nombre y que, aun así, lo nombraba por completo. Estaba a su lado. Y eso bastaba.

Vivía para ese instante suspendido entre la noche y el día. Para despertar y presenciar el nacimiento del amanecer. Miraba la ventana como quien mira un altar, suplicándole a Dios que los primeros rayos de sol rompieran la penumbra y obraran, una vez más, el milagro.

Ocurrió.
Como una aparición sagrada, la luz comenzó a derramarse en la habitación. Avanzó despacio, sin prisa, tocándolo todo con dedos de oro pálido, como si mirara el mundo a través del velo de una novia. El espejo frente a la cama se transformó en un lago de plata quieta, donde se reflejaban las siluetas más hermosas que conocía: las de ellos, fundidas en una sola imagen.

Como cada mañana, todo estaba por comenzar… y esa certeza lo agitaba por dentro. Sin embargo, permanecía quieto, fingiendo el sueño. De pronto, sintió el leve movimiento del pie de ella, buscándolo, reconociéndolo en la oscuridad tibia de las sábanas. Contuvo el aliento. Cerró los ojos. No quería que supiera que estaba despierto, ni que todas las mañanas —con una devoción casi infantil— aguardaba ese despertar como quien espera una revelación.

Cuando los brazos de ella lo rodearon, su cuerpo entero se estremeció. El milagro había comenzado. Sus manos lo recorrieron con una lentitud deliberada, de arriba abajo, como el vaivén hipnótico de las olas al besar la orilla de un lago. Se acercaba tanto que podía sentir su aliento rozándole la piel, esa misma piel que se erizaba como hierba bajo la brisa del alba. Ella se encaramaba sobre él; el calor de su vientre se apoyaba en sus nalgas, y sus pechos suaves le rozaban la espalda, encendiendo una corriente silenciosa. Su rostro tibio se apoyó en su mejilla mientras lo besaba: los ojos, las orejas, cada rincón de su cara, sin dejar quietas las manos, que exploraban, que aprendían, que recordaban. Lo besaba de la cabeza a los pies, sin omitir nada, como si temiera que algo pudiera escapársele.

Cómo amaba ese peso sobre él. Ese calor. Esas caricias lentas, esos besos que parecían promesas. Solo Dios sabía cuánto la amaba.

Ya no pudo contenerse. Se dio vuelta y la sostuvo con firmeza, acomodándola para que quedara arriba, como a ambos les gustaba. El rostro de ella estaba iluminado por la mañana, y esa luz la volvía casi irreal. La tomó con las manos, desde las orejas hasta la nuca, y la atrajo hacia sí para besarla una y otra vez, perdiéndose en su boca, mientras avanzaba con suavidad, con devoción, buscando grabar en su memoria esa sensación de gloria que lo elevaba más allá de sí mismo, como si el firmamento descendiera a encontrarlos. Ella marcaba el ritmo con el vaivén de sus caderas; sus manos permanecían entrelazadas a las de él, anclándolo al presente.

Él la miraba fijo, con la respiración rota, como si el aire ya no alcanzara. Deseaba detener el tiempo, suspenderlo ahí, que esa mañana no terminara jamás. El placer que lo atravesaba era tan vasto como el miedo que, en silencio, lo acechaba: ¿qué sería de su vida, de sus días, si alguna mañana despertara y ella no estuviera a su lado?
En ese instante suspendido, comprendió que la respuesta no habitaba el futuro ni la permanencia. El milagro ya había ocurrido. Vivía en cada amanecer compartido, en cada caricia entregada sin reservas, en esa luz que ahora los envolvía como una bendición. Supo que el amor que los unía no dependía del cuerpo ni del tiempo: era una presencia honda y luminosa, una llama encendida para siempre en su interior. Y aunque algún día ella no estuviera allí al despertar, nada podría arrebatarle esa verdad: había sido amado así… y eso lo habitaría eternamente.


Epílogo

El amor es bendito.
Y expresarlo a través del roce de la piel es, quizá, la forma más honesta y profunda de decir te amo sin pronunciar palabra. Porque cuando los cuerpos se encuentran desde el amor, no se tocan solo entre sí: tocan lo sagrado
.



Nota: este texto fue escrito originalmente el 02/02/2010 y publicado —por primera vez— el 2011



viernes, 26 de diciembre de 2025

CUENTO: "Manos de algodón", la relación entre un hijo y su padre en el Chaco argentino, explorando la memoria, la migración europea tras las guerras mundiales y la vida trabajada en los algodonales.



Una memoria íntima atravesada por la guerra, la migración y el trabajo”. 

Las manos de su padre cabían apenas entre las suyas.

Eran ásperas, anchas, marcadas por surcos profundos donde el tiempo había ido dejando su firma. Manos que sabían a tierra húmeda y a sudor viejo, a hierro oxidado y a hojas machacadas. Manos que habían aprendido el lenguaje del machete y del sol antes que el de las caricias. Ahora estaban frías, ligeramente húmedas, temblando con un pulso irregular, como una marea cansada que ya no logra volver.

Hipólito no las soltaba.

Las sostenía con una devoción casi infantil, como si en ese gesto simple pudiera retenerlo un poco más en este mundo. El cuerpo del viejo yacía vencido sobre la cama angosta; la respiración le salía rota, trabajosa, como si el aire tuviera espinas. No podía tragar ni siquiera agua. El agua —ese alivio mínimo— se le negaba, y la vida parecía divertirse con esa crueldad.

Afuera, el Chaco ardía. El calor se pegaba a las paredes de adobe, se filtraba por las rendijas, empapaba el aire. Todo olía a tierra caliente, a polvo suspendido, a vegetación reseca. Adentro, el cuarto estaba lleno de un silencio espeso, roto apenas por el quejido bajo del moribundo y por el latido acelerado del hijo.

Se le moría su padre.
Se le moría su viejo.
Y con él, el amigo más fiel que había tenido jamás.

El sudor le bajaba por la frente y se le metía en los labios, dejando ese gusto salado, metálico, que conocía bien desde niño. A veces el sudor se mezclaba con lágrimas que no terminaban de caer. El llanto se le quedaba atorado en el pecho, como un animal asustado que no encuentra salida. Apretó un poco más esas manos, y entonces la memoria, sin pedir permiso, empezó a tirar de él hacia atrás.

Recordó historias que no había vivido, pero que había escuchado tantas veces que parecían suyas. Historias de una Europa quebrada. Ciudades reducidas a escombros; calles cubiertas de polvo gris, de ladrillos partidos, de vidrios rotos que crujían bajo los pies. El aire era espeso de humo y pólvora; el olor persistente de la carne quemada y del hierro caliente se impregnaba en la memoria de quienes lo habían vivido. Trenes abarrotados de hombres flacos, con los ojos hundidos y la ropa raída, atravesaban paisajes sin árboles, sin colores, sin promesas.

Escenas que se sucedían con una música de fondo: explosiones, gritos y llantos. Esa se oía. Pero había otra —un murmullo interno—, evocador del miedo y de la esperanza, que solo se sentía, flotando entre los cuerpos exhaustos y los silencios que la guerra dejaba atrás. Era un sonido sin forma, un latido que recorría a todos, un susurro que nadie podía nombrar pero que todos entendían: la incertidumbre de sobrevivir, la extraña sensación de que seguir con vida era tanto suerte como condena.

Dos guerras bastaron para partir un continente.

De allí salieron. No buscando riqueza, sino descanso. Se fueron porque quedarse era seguir enterrando hijos, padres, hermanos. Cruzaron el océano con la memoria llena de ruinas y las manos vacías. Llegaron a una tierra nueva donde el sol quemaba distinto y donde algo blanco crecía en los campos como una promesa.

El “oro blanco”.
Algodón.

Decían que era progreso. Y lo fue. Pero también fue sudor constante, espaldas dobladas, manos abiertas por las espinas. Sudor salado que ardía en los ojos y se quedaba pegado a la piel. Así se fue construyendo otra vida, lejos de Europa, pero no tan lejos del sacrificio.

No todas las batallas se libran con armas. Algunas se pelean en cocinas silenciosas, en camas separadas, en miradas que ya no se encuentran. La suya empezó en una casa humilde, cuando el matrimonio de sus padres se quebró sin estruendo.

Un día, su padre vino a buscarlo.

Lo esperaba en el zaguán, sentado bajo una sombra corta. Vestía su mejor camisa, planchada con esmero, como si fuera a misa. A su lado, una maleta vieja guardaba toda la vida del niño. Desde adentro, su madre los observaba sin dejarse ver, conteniendo el llanto para que no se notara.

La llegada fue breve.
La partida, definitiva.

Padre e hijo se fueron tomados de la mano. Caminaron por la calle de tierra levantando una nube fina que se les pegó a los tobillos. Hipólito sonreía, contagiado por la firmeza tranquila de su padre, pero de tanto en tanto volteaba. Atrás quedaban su madre y su hermana, quietas, cada vez más pequeñas. Esa imagen se le clavó para siempre: el amor partido en dos, la infancia rasgada sin entender por qué.

El viaje fue largo. Corrientes quedó atrás; luego Resistencia y, más allá aún, Pedro Saénz. El paisaje se volvió más áspero. Tierra rojiza, vegetación rala, un cielo inmenso que parecía aplastar a los hombres.

La vida en el Chaco era dura.
Pero con él, era buena.

Se levantaban antes del amanecer, cuando el aire aún era fresco y olía a rocío. Caminaban hacia los algodonales, filas interminables de plantas bajas cubiertas de copos blancos que brillaban bajo el sol naciente. El calor subía rápido, empapándolos. El sudor corría por la espalda, salado, espeso.

Hipólito miraba a su padre trabajar. Menudo, firme. El machete brillaba un segundo antes de caer. El sonido seco del corte se mezclaba con el zumbido de los insectos y el crujir de las plantas. Cada golpe era exacto, aprendido con los años.

Así pasaron los años.
Hasta que el niño dejó de serlo.

El campo empezó a quedarle estrecho. El algodón ya no era promesa, sino límite. Como una vez había dejado atrás a su madre, ahora dejaría a su padre. Volvería a Corrientes, al hogar materno. La despedida fue corta, silenciosa.

El recuerdo se quebró cuando el viejo emitió un último sonido. Un gemido leve, casi un suspiro.

Hipólito levantó la vista. Los ojos de su padre estaban abiertos, tranquilos. No había miedo en ellos. Tampoco dolor. Se iba acompañado, sostenido por las manos de su hijo, lejos del sol inclemente y del áspero algodón.

Afuera, el calor seguía.
El mundo continuaba.

Hipólito entendió entonces que algunas vidas se construyen enteras con las manos.
Y que cuando esas manos se detienen, dejan al mundo un poco más vacío.


“La historia también se escribe con manos anónimas.”

Nota de autora: Este texto fue escrito originalmente el 08/02/2011 y publicado en esa fecha.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

"Un Cuento de Navidad", relato literario sobre el amor incondicional, la fe y la magia de la Navidad. Una historia que inspira gratitud, esperanza y conexión espiritual.

 

Nota de la autora

Este cuento nace del silencio, de la contemplación y de la certeza íntima de que el amor verdadero no siempre se reconoce a primera vista. Es una invitación a mirar la propia vida con gratitud y a descubrir que, incluso en los momentos de aparente vacío, hay una presencia que sostiene.

La Navidad es aquí símbolo y memoria: un recordatorio de que el amor más grande eligió hacerse pequeño para no asustarnos, para enseñarnos a amar desde la humildad y la ternura.


Una mujer, un cielo lleno de estrellas y el amor que la sostuvo antes de nacer.


UN CUENTO DE NAVIDAD

El vacío silencioso

Hubo una vez una mujer que caminaba por la vida con la serenidad de quien ha aprendido a agradecerlo casi todo y, al mismo tiempo, con la callada melancolía de quien siente que algo esencial siempre le ha rozado sin quedarse del todo. No le faltaba nada que pudiera nombrarse: tenía un techo tibio donde refugiarse del frío, pan en la mesa, manos amigas, recuerdos suficientes como para llenar muchas tardes. Y, sin embargo, dentro de ella habitaba un silencio hondo, un hueco suave pero persistente, como el tañido de una campana que hubiera sonado hace años y aún no terminara de apagarse.

Desde joven había sentido que el amor era un don que desbordaba en su pecho. Un manantial inagotable. Amaba con facilidad, con hondura, con una entrega que no pedía garantías. Pero la vida —caprichosa y sabia a su manera— no siempre había sabido corresponderle en la misma medida. Amó a quienes no supieron amarla. Fue amada por quienes ella no pudo abrazar del todo. Y aun en los amores compartidos, había sentido que algo quedaba incompleto, como si el abrazo terminara siempre un segundo antes de lo necesario.

Aun así, no caminaba con amargura. Caminaba con gratitud. Daba las gracias por cada amanecer, por cada rostro que había pasado por su historia, por cada herida que le había enseñado algo. Solo que, en las noches silenciosas, cuando el mundo se aquietaba y las luces se apagaban, ese vacío se sentaba a su lado como un viejo conocido.


La carretera y el cielo

Fue en vísperas de Navidad cuando ocurrió aquello que marcaría su vida para siempre.

Transitaba por una carretera estrecha que se desprendía de la ciudad —bulliciosa, luminosa, vestida de guirnaldas y promesas— y se internaba en un pueblo apartado de la montaña. La ciudad quedaba atrás como un joyero abierto: faroles, escaparates, risas, música. A cada kilómetro, el ruido se hacía más lejano y la oscuridad más profunda. Era una noche sin luna, de esas que parecen creadas para revelar secretos.

Al alzar la vista, el cielo se desplegó ante ella como un milagro jamás soñado. Todas las constelaciones visibles parecían haberse puesto de acuerdo para brillar aquella noche. Un firmamento salpicado de luces: algunas tímidas, otras audaces; unas pequeñas como suspiros, otras enormes como proclamaciones. El cielo titilaba en silencio, tan lleno de destellos como las calles de la ciudad lo estaban de luces navideñas.

Movida por un impulso casi reverencial, detuvo el coche en un pequeño mirador. Bajó despacio, como si temiera romper el hechizo, y se sentó en el banco frío de piedra. El aire le acarició la piel con perfume a pino y tierra húmeda. Arriba, el cielo parecía inclinarse hacia ella.

Sintió que el corazón se le detenía un instante. La brisa de la montaña comenzó a mecer los rizos de su cabello negro, y ella los apartó del rostro con un gesto lento, casi inconsciente, como si quisiera despejar también la mirada para no perderse nada de aquel prodigio.


El juego de las estrellas

Mientras observaba, un pensamiento —envuelto en emociones profundas, temblorosas— atravesó su mente.

Había vivido tanto. Había conocido a tantas personas. Había amado y había sido amada.

¿Serían tantas… como las estrellas que brillaban en el firmamento?

La pregunta le arrancó una sonrisa infantil. Y entonces, llena de curiosidad y entusiasmo, inventó un juego, un juego solo para ella, como los que se inventan los niños para dialogar con el mundo.

Contaría las estrellas.

Y a cada una le pondría un nombre.

Los nombres dependerían de su tamaño y de su brillo. Las más grandes y luminosas llevarían los nombres de quienes más la habían amado y a quienes ella había amado con igual intensidad, en un amor recíproco y pleno. Las más pequeñas guardarían los nombres de los amores fugaces, de los encuentros breves, de los afectos que pasaron como una caricia ligera.

Comenzó el juego.

La estrella más grande, la más poderosa, la más resplandeciente, no le dejó dudas: era para sus padres. Ellos la habían amado desde el primer instante de su existencia, y ella los había amado sin aprender, sin preguntas, sin condiciones.

Pero cuando intentó fijar ese nombre en el cielo, algo extraño ocurrió.

La estrella se escurría.

Cada vez que creía haberla contado, se deslizaba fuera de su mirada, como si no aceptara aquella designación. Pensó que era un efecto óptico, un engaño de la luz demasiado intensa. No le dio importancia. Siguió adelante.

Continuó con sus abuelos, con hermanos, con hijos, con nietos. Luego avanzó cronológicamente, decidida a no olvidar a nadie. Recorrió su infancia con pasos pacientes, volvió a las escuelas, a las calles, a los juegos. Después la juventud, con sus pasiones desbordadas y sus desengaños. La madurez, con sus silencios fértiles y sus lealtades profundas.

A medida que contaba, su corazón se llenaba.

Aparecían rostros que creía olvidados: personas apenas conocidas con las que compartió instantes de ternura; otras que la amaron con fuerza y a las que ella respondió con la misma verdad; algunas a las que amó sin ser correspondida; otras que la amaron y a las que ella no supo —o no pudo— amar.

El cielo comenzó a quedarse pequeño.

Las miles de estrellas parecían insuficientes para contener tanta historia.

Y entonces apreció lo mucho que había amado y había sido amada, más de lo que siempre creyó. El amor que aún sentía brotar en su pecho no era señal de carencia, sino de abundancia.

Se sintió plena.


La estrella innombrable

Con la mente y el alma infladas de una calma desconocida, volvió a notar aquella estrella rebelde. La más grande. La que había rehuido ser nombrada.

Ahora parecía distinta.

¿Era más grande?

¿O se estaba acercando?

Le pareció que podía alcanzarla. Sonrió, divertida por su propia imaginación, pero estiró la mano, siguiendo el juego de su mente como quien intenta atrapar un copo de nieve.

No la tocó.

Rió suavemente.

Pero entonces, la estrella comenzó a alejarse. Lentamente. Y en su retirada dejó una estela de luz inmensa, viva, que descendía hacia ella como una cascada luminosa.

La luz sí llegó.

Y ella la tocó.


El ascenso

En ese instante, sus pies se separaron del suelo. Su cuerpo fue elevado por el haz de luz en un ascenso indescriptible. Por dentro, la luz no brillaba: era cálida, envolvente, protectora. No tenía color ni transparencia, pero estaba llena de presencia. Flotaba envuelta en notas musicales jamás escuchadas, melodías que no se oían con los oídos, sino con el alma.

Sintió una paz tan profunda que creyó dormirse.

O tal vez despertó.


La Madre y el Niño

Cuando recobró la conciencia, se encontró junto a una jovencita envuelta en mantos gastados y humildes. A la vista parecían ásperos, ajados por el polvo de los caminos y la intemperie, pero al rozarlos con la piel eran como una niebla viva: fresca, suave, imposible de apresar, perfumada a sándalo tibio y a miel recién abierta. El aire a su alrededor parecía respirar con ellas, denso de misterio y dulzura.

La joven la miraba con una ternura que no pertenecía a este mundo. No era solo una mirada: era un refugio, un hogar silencioso. Sus ojos tenían la profundidad de los lagos milenarios y la claridad de la primera mañana del mundo. En ellos no había reproche ni temor, solo una aceptación infinita, como si la conociera desde siempre.

Se acercó despacio, y al hacerlo, el tiempo pareció diluirse. Todo latía con un ritmo distinto, más lento, más verdadero. La joven inclinó el rostro y le susurró al oído, con una voz que era a la vez humana y eterna:

—¿Ves a ese niño recién nacido? Es mi hijo. Acabo de traerlo al mundo…

Al pronunciar esas palabras, lo hizo con una dignidad serena, nacida del amor más absoluto. Entonces tomó al niño de una cuna improvisada —paja, madera, humildad— y lo depositó en los brazos de ella.

Al recibirlo, todo cambió.

El peso era mínimo, pero contenía el universo entero. Su piel era tibia, delicada como el pétalo de una flor nocturna. El olor del niño era leche, vida recién estrenada y eternidad. Al respirar, su pequeño pecho se movía con un compás perfecto, como si marcara el pulso secreto del mundo. Ella sintió que ese latido se sincronizaba con el suyo, que algo dentro de su pecho se ordenaba para siempre.

El contacto le atravesó el alma.

No era ella quien sostenía al niño.

Era el niño quien la sostenía a ella.

—Este niño se llama Jesús —dijo la joven, acariciando suavemente la cabeza del recién nacido—. Aunque lo tengas en tus brazos, en realidad Él te sostiene en los suyos. Te ha sostenido incluso antes de que pensaras en nacer. Antes de tus preguntas. Antes de tus heridas. Antes de tu primer suspiro.

En ese instante, ella comprendió. Comprendió sin palabras, sin razonamientos. Comprendió con el cuerpo, con la memoria, con cada lágrima que alguna vez había contenido. Todo amor recibido, todo amor entregado, todo vacío sentido, todo anhelo no colmado… todo había estado envuelto desde siempre en esos brazos invisibles.


La revelación

No supo si aquello fue un sueño, una visión o un instante suspendido fuera del tiempo. No supo si su cuerpo seguía en el mirador o si su alma había cruzado un umbral que no figura en los mapas.

Pero sí supo algo con una certeza más firme que cualquier certeza conocida.

La estrella más grande, la más brillante, la más destellante, aquella que había rehuido ser contada y nombrada, no pertenecía al pasado ni a ningún recuerdo humano.

Era presencia.
Era origen.
Era amor antes del amor.

Y por primera vez en su vida, pronunció su nombre sin temor, sin dudas, sin sentirlo ajeno.

La nombró “Dios”.

Y en ese acto sencillo y sagrado, el vacío que la había acompañado durante años se disolvió como la niebla al amanecer. No porque hubiera sido llenado, sino porque nunca estuvo vacío. Siempre había estado habitado.

Desde aquella noche de Navidad, caminó distinta. No más ligera, sino más verdadera. Sabiendo —con una certeza que no necesitaba explicación— que había sido amada desde antes de existir, y que ese amor no se apaga, no se pierde, no se escapa del conteo.

Brilla.
Eterno.
Como una estrella.


Epílogo

La Navidad pasa.

Se apagan las luces, se guardan los adornos, el mundo retoma su ritmo cotidiano. Pero lo que la Navidad señala permanece.

Permanece el amor que no se cansa.
Permanece el Dios que no se aleja.
Permanece aquel Niño que, naciendo en la humildad más absoluta, recuerda al ser humano que nunca está solo, que nunca llega tarde al amor, que nunca ha sido olvidado.

Este cuento es solo una historia.

Pero la verdad que lo atraviesa no lo es.

Que cada Navidad —más allá de la tradición— sea un recordatorio silencioso de ese amor incondicional que sostiene, acompaña y espera.

Como una estrella que no deja de brillar.

Incluso cuando nadie la está mirando.


domingo, 21 de diciembre de 2025

"La habitación sin latido", relato literario que reflexiona sobre aceptar la pérdida, la fragilidad humana y el silencio que queda tras la muerte.



"La muerte no arrebata: reclama lo que le pertenece".

PRÓLOGO

Amar es aprender a convivir con la fragilidad. Desde el primer instante, la vida se nos ofrece como un préstamo breve e incierto, y aun así la habitamos con la ilusión de lo permanente. Crecemos creyendo que el amor protege, que el vínculo salva, que la cercanía puede detener lo inevitable. Pero amar no nos concede poder sobre el tiempo; apenas nos vuelve conscientes de su paso.

La vida, la muerte y el amor no son acontecimientos extraordinarios: son hechos profundamente humanos. Llegan sin pedir permiso, se instalan, transforman y continúan su curso. No obedecen a la voluntad ni al deseo, ni siquiera a la fe más fervorosa. Suceden. Y en su suceder nos despojan de certezas, obligándonos a mirar de frente aquello que no se puede controlar.

Este relato no pretende explicar la muerte ni suavizar el dolor. Se detiene en un instante suspendido: aquel en que el amor comprende que no puede retener. En el umbral donde la vida se apaga y quienes permanecen aceptan que partir y quedarse forman parte del mismo acto de amar.


CUENTO

La habitación permanecía en penumbras: sobria, solemne, detenida en un silencio tan espeso que parecía haber expulsado hasta el aliento. No se escuchaba la respiración de ninguna de las dos. En las paredes, un Cristo clavado, imágenes de la Virgen, rosarios colgando como cuentas inmóviles. No era un templo. Era su aposento. Su última estancia. El lugar donde se había invocado, una y otra vez, el poder de Dios y la intercesión de su Santísima Madre para que le concedieran un tiempo extra de vida.

Un tiempo breve, quizá mínimo, pero suficiente. No para hazañas ni milagros imposibles, sino para decir lo que nunca se dijo por darlo por sabido. Para abrazarse sin la urgencia que siempre empuja hacia otro lugar. Para detenerse, al fin, y reír por las cosas simples que pasaron inadvertidas por miedo a perderlas. Un tiempo más para vivir lo que sí merecía ser vivido… y que dejaron pasar.

En el aire flotaba aún el perfume de sus cabellos, ese aroma familiar que había acompañado los días de luz. Ahora se mezclaba con otra fragancia más grave: un olor a lirios, a flores de cementerio, que parecía haberse instalado en su piel. Blanca. Inmóvil. Fría como el mármol pulido de la lápida que algún día llevaría su nombre.

La mujer que velaba permanecía sentada junto a la cama. En su mente, el murmullo de las oraciones era incesante. Se sucedían como una letanía gastada que, a fuerza de repetirse, iba perdiendo sentido. Y con las palabras, también se deshilachaba la esperanza que las sostenía.

Contemplaba aquel cuerpo pálido tendido sobre las sábanas blancas, como si ya no perteneciera del todo a este mundo. El cuerpo conservaba apenas el eco de una presencia, pero el alma —esa que había conocido desde siempre— parecía haber emprendido otro camino.

El rostro boquiabierto. La mirada extraviada hacia el techo alto. Aunque la mujer sabía —lo sentía— que no miraba allí, sino más allá: hacia un punto sin coordenadas, donde los límites del tiempo se disuelven.

No dejaba de observarla. En la penumbra, la figura parecía una muñeca sin cuerda, expuesta, aguardando que alguien la tomara entre los brazos. Se preguntaba en qué momento habían cesado las ganas de andar… y con ellas, las de respirar. El cuerpo no luchaba: se entregaba. Como una flor marchitada antes del alba, privada incluso del deseo de sobrevivir.

La sábana de algodón que la cubría guardaba, como un tesoro mínimo, la última calidez de su piel. La mujer lo sabía sin tocarla. Aquel calor había sido suyo primero: lo había sostenido, lo había acunado, lo había protegido del frío del mundo. Ahora apenas quedaba un rastro, una tibieza que se extinguía lentamente.

La mente de la enferma estaba deshabitada. La memoria, arrancada a pedazos por las garras afiladas de aquello que había ido ocupando su cabeza. Un huésped no invitado, cruel, que se instaló sin permiso. Como una bestia ingrata y despiadada, lo devoró todo sin compasión. El pasado, a mordiscos lentos. El presente, de un solo bocado. ¿Y el futuro? A ese lo miró con desprecio… no le dejó nada.

En ese horizonte terrestre ya nada la aguardaba. Solo la muerte, deseada no como castigo, sino como regreso. Como volver a la cuna, al origen. Como un silencio dulce que, por fin, le abriera los brazos para descansar.

La mujer que la velaba no se atrevió a preguntarle cómo se sentía. No creyó que quedara aliento suficiente para tejer una palabra. Y si acaso respondía, ¿serían humanos sus sonidos? ¿Podría entenderlos desde este lado del umbral?

No intentó animarla. ¿Para qué? Toda palabra era ruido. Toda esperanza, un hilo cortado. La contemplaba como se contempla una imagen sagrada en un altar: con el alma arrodillada, los ojos desbordados, el corazón trémulo, implorando un milagro que, en lo más hondo, sabía que no vendría.

Nada se escuchaba en aquel recinto. Sin embargo, podría decirse que las lágrimas que brotaban de sus ojos y caían sobre su falda tenían sonido. Sonaban a plegarias perdidas. A súplicas sin destinatario.

Porque la muerte no entra ni golpea la puerta. Se desliza por debajo. Y cuando llega, ya ha estado antes. Ronda. Se posa. Envuelve. Habita. Como un suspiro sin dueño, entra por la boca y se instala, formando un umbral entre dos respiros.

Allí estaba ella, con las manos atadas por la impotencia, con la voz disuelta en la humedad de la pena. Comprendiendo, sin necesidad de palabras, que aquella —a la que le había dado la vida— ahora se la llevaba consigo. No por crueldad, sino por destino. Porque hay lazos que ni siquiera la muerte corta sin llevárselos.

Nada de lo suyo podía retenerla. Ni el amor. Ni las lágrimas. Ni las oraciones silenciosas repetidas en el altar secreto del pecho.

Entonces lo supo, como se saben las verdades últimas: que hay presencias que se van antes de partir. Y que existen despedidas que solo se entienden con el alma de rodillas.

No dijo nada.
No tocó su mano.
Solo la vio partir,
como se mira un barco que se aleja entre la niebla:
sin saber si volverá,
sin saber si alguna vez estuvo.


EPÍLOGO

Aceptar no es olvidar ni resignarse. Es reconocer que la vida no nos pertenece del todo, que los cuerpos son tránsito y los vínculos dejan huellas aun cuando la presencia se apaga.

La muerte no niega el amor: lo revela en su forma más desnuda, cuando ya no puede proteger ni sostener. Cuando amar consiste únicamente en dejar ir sin romper el hilo invisible que une lo que fue con lo que permanece.

Tal vez ese sea el aprendizaje final: comprender que la vida y la muerte no se oponen, que ambas se necesitan para cumplirse. Y que aceptar no es vencer el dolor, sino aprender a habitarlo en silencio, sabiendo que todo lo que respira, algún día, también aprende a callar.


"Soy el sueño de Dios", cuento filosófico sobre una mujer que sueña despierta para no perder su vida. Deseo, cuidado, libertad y Dios se entrelazan en una reflexión profunda sobre existir.


“A veces, para no perder la vida que nos toca vivir, necesitamos soñar otra.”

Prólogo

Hay vidas que no se rompen de golpe, sino en silencio. Se parten en dos sin estruendo: entre lo que se vive y lo que se desea vivir; entre el deber que sostiene y el anhelo que empuja. En esa grieta cotidiana —hecha de amor, culpa, cansancio y esperanza— nace un conflicto íntimo que no siempre encuentra palabras.

Soñar despierto no es huir. Es, muchas veces, la única forma de permanecer. Imaginar otra vida no significa despreciar la propia, sino intentar respirar dentro de ella. Porque cuando el presente se vuelve estrecho, el deseo abre ventanas invisibles.

Este cuento habita ese espacio: el de una mujer joven cuya vida se despliega entre la entrega y la espera, entre el cuidado y el deseo, entre la realidad que la reclama y los sueños que la llaman. Allí donde el alma, para no apagarse, aprende a soñar.


Cuento

El sofá de la casa de su madre tenía un olor particular: una mezcla de lavanda, muebles antiguos y algo indefinido que solo existe en las casas donde el tiempo se ha detenido, un olor a cerrado. A ese aroma se sumaba ahora el suyo, un perfume joven, suave, todavía nuevo, que no terminaba de imponerse. Los olores flotaban juntos, sin vencerse, como si la casa se resistiera a oler de una sola manera.

Ella estaba echada de lado, con las piernas recogidas y la espalda hundida en el sofá. Era delgada, de hombros finos, y el vestido se le arrugaba en la cintura con naturalidad, como si su cuerpo todavía no hubiera decidido del todo en qué forma quedarse. El cabello negro, ondulado y algo indisciplinado, caía sobre su rostro y se extendía por el cojín, formando sombras suaves.

Tenía los ojos abiertos.

No miraba nada en particular. El techo de la sala estaba allí, lleno de figuras conocidas por las sombras que proyectaba la luz del sol que, cansado, se despedía del día; pero su atención no estaba en eso. La mente se le iba, como tantas veces, hacia otro lugar. No dormía. Soñaba despierta.

Mientras lo hacía, movía la mano derecha en círculos lentos sobre la tela del sofá. Siempre el mismo gesto. El roce producía un sonido bajo, rítmico, casi imperceptible, que —como un efecto hipnótico— la ayudaba a concentrarse. Ese murmullo textil era su ancla. El cuerpo se quedaba. La mente se iba.

Pensaba en otra vida.

Una donde el tiempo no estuviera partido en dos. Una donde no tuviera que medir cada decisión según la salud, el ánimo o las necesidades de su madre. No porque no la amara —la amaba profundamente—, sino porque sentía que algo en ella se estaba quedando sin espacio. Como si la juventud se le fuera gastando en pausas, esperas, renuncias silenciosas.

A veces se sentía culpable por pensar así. Otras, simplemente cansada.

Soñaba con un hogar propio, luminoso, donde el aire circulara libremente. Con un trabajo que le exigiera todo. Con metas que no pidieran permiso. Soñaba con amor, con pasión, con noches largas y mañanas sin prisa. Soñaba con una vida donde cuidar no fuera sinónimo de postergarse.

Y en medio de esos sueños conscientes, sin darse cuenta, siempre aparecía la misma plegaria.

No era solemne. No tenía palabras precisas.

Era apenas un pensamiento dirigido a algo más grande que ella.

Ábreme los caminos —pedía en silencio—.
No para huir. No para dejarla.
Solo para poder vivir mi propia vida.

El movimiento de su mano siguió marcando el ritmo. El sonido la envolvía. La casa parecía más quieta. El aire, más denso.

—¿Sigues soñando despierta? —preguntó la madre desde la puerta, mientras se acercaba y extendía la mano para acariciar el cabello de su hija.

Ella sonrió apenas.

—Sí, madre… sabes que soy una soñadora —respondió, alcanzando la mano de su madre y apoyándola sobre su cabeza, acariciándola con suavidad.

La madre la miró con ternura.

—Haces bien —dijo—. A veces los sueños, de tanto soñarlos, se hacen realidad.

Le sonrió y se marchó a hacer lo suyo.

En algún punto, ella dejó de distinguir si seguía despierta.

El salón apareció sin aviso.

No era la sala de su madre, aunque tenía algo de ella: la luz baja, el aire cargado, el silencio expectante. Había una mesa larga, de madera oscura, iluminada desde arriba por lámparas que creaban círculos de claridad sobre la superficie. El resto del espacio permanecía en penumbra.

El olor cambió. Cuero, papel antiguo, tabaco. Bebidas servidas en copas gruesas. Trajes oscuros. Voces.

Ella estaba sentada un poco más atrás, como si ocupara una butaca. No se sorprendió de estar allí. Le pareció natural. El corazón le latía con fuerza, pero no había miedo.

Descartes hablaba primero. Su voz era firme, clara, casi geométrica. Decía que el sueño era una duda, un engaño de los sentidos, una prueba más de que solo el pensamiento podía sostener la certeza de existir. Cada palabra caía como una línea recta.

Sartre respondió enseguida, con vehemencia. Para él, el sueño no ocultaba la verdad: la revelaba. Allí, decía, la conciencia se enfrentaba a su libertad sin excusas, sin estructuras que la contuvieran.

Ella sentía esas voces en el cuerpo. Le recordaban aulas, pizarras, tardes de aprendizaje intenso. Las palabras no eran solo ideas: resonaban, vibraban, la atravesaban.

Camus escuchaba. Cuando habló, lo hizo con una calma que aquietó el salón. Dijo que el sueño era el lugar donde el absurdo se mostraba sin disfraz. Donde la vida no prometía sentido, pero aun así seguía siendo vivida.

Ella bajó la mirada un instante. Algo en eso la tocó.

Entonces lo sintió antes de verlo.

Un movimiento leve detrás de ella. Un perfume distinto. Ironía, tabaco, algo eléctrico.

Nietzsche se inclinó hacia su oído y habló casi en un susurro:

—El sueño no pide permiso —dijo—. Crea.

Ella sonrió, sin saber por qué. En ese momento levantó la vista y se encontró con los ojos de Camus. Él la miró como si la viera de verdad. No como espectadora, sino como parte de la escena. Como si supiera que ella no había ido a escuchar respuestas, sino a hacerse una pregunta.

El salón empezó a desvanecerse sin ruido.

El sonido del roce volvió primero.

Luego el olor a lavanda, a muebles viejos y a aire viciado.

Abrió los ojos.

Seguía en el sofá. La luz de la tarde entraba por la ventana, iluminando el perfil de su silueta y los objetos de la casa, creando una penumbra nostálgica. Su mano seguía moviéndose en círculos sobre la tela, aunque más despacio.

Se quedó quieta. Confundida.

La confusión no era molesta. Era profunda. Las ideas de los filósofos sobre los sueños se mezclaban en su mente, superponiéndose sin orden. Engaño. Libertad. Absurdo. Creación.

Se incorporó un poco, como si con ese gesto pudiera salir de la confusión. El cuerpo le pesaba. La cabeza, no.

Pensó en sus sueños despiertos. En cómo, al imaginarlos, sentía una expansión real en el pecho. Alegría. Hambre de mundo. Una vitalidad que no era imaginaria, porque la atravesaba de verdad.

Si todo eso que sentía al soñar despierta no era real, ¿Qué lo era?

Escuchó su respiración. El latido. Ese ritmo constante que no dependía de su voluntad. Nunca había elegido empezar a vivir. Nunca había decidido seguir un segundo más.

Y, sin embargo, algo la sostenía.

Comprendió entonces, con una humildad nueva, que su vida —con todas sus divisiones, sus cargas y sus deseos— no era un error ni una falla. Era una forma. Una experiencia particular dentro de algo más amplio.

Así como ella soñaba despierta otra vida posible, su propia existencia podía ser parte de un sueño mayor. No como ilusión, sino como voluntad. Como acto creador.

No necesitó entenderlo del todo.

Solo aceptarlo.

Porque, en el fondo, ella no soñaba a Dios.

Era Dios soñándola a ella.


Epílogo

Al final, hay cosas que escapan por completo a nuestro control: el tiempo, el destino, la voluntad de Dios. No siempre podemos elegir las circunstancias que nos tocan, ni los caminos que se cierran o se bifurcan sin aviso.

Pero hay un territorio donde aún somos libres.

Soñar despiertos es crear una vida paralela hecha de emociones verdaderas, de deseos que alivian, de imágenes que sostienen. Aunque no se concreten de inmediato, esos sueños hacen el presente más llevadero, más respirable. Y de tanto soñarlos, sin darnos cuenta, se transforman en metas; y las metas, a veces, en realidad.

Quizá no todo sueño se cumpla como lo imaginamos.
Pero todo sueño vivido con intensidad deja huella.

Y acaso eso baste: saber que, mientras soñamos, estamos vivos.


sábado, 20 de diciembre de 2025

"Una tarde cualquiera", cuento reflexivo sobre la madurez, el paso del tiempo y la conciencia del presente. Una historia sensorial que invita a habitar cada instante sin prisa.


“La madurez no apaga la emoción: la vuelve consciente”


Nota de la autora

Este cuento nació de una caminata cotidiana y de una pregunta que no siempre se formula en voz alta: ¿en qué momento empezamos a habitar el tiempo de otra manera?

Con los años, el reloj sigue avanzando, pero la conciencia despierta y el alma parece detenerse en un punto extraño, donde conviven la madurez y la emoción intacta. Ese lugar —sin edad, sin prisa— es el que intento explorar aquí.

No quise escribir sobre la nostalgia ni sobre el paso del tiempo como pérdida, sino sobre el instante en que la vida se vuelve plenamente perceptible: cuando el cuerpo camina más despacio, los sentidos se abren y el presente deja de ser tránsito para convertirse en hogar.

Si este texto logra que quien lo lea recuerde una tarde, un olor, un sonido, o simplemente se permita caminar sin apuro por unos minutos, entonces el cuento habrá cumplido su propósito.


Prólogo

Hay un momento en que la prisa se detiene sin aviso.
No hay relojes que marquen la pausa: simplemente, el alma empieza a respirar distinto.
La vida se encorva sobre sí misma y el tiempo se vuelve maleable, como si quisiera abrazar todo lo que fuimos y lo que aún soñamos ser.

Eso, cree ella, es la madurez: no llegar al final, sino encontrar el centro.
El lugar donde los tiempos se tocan, donde el pasado ya no duele, el futuro no asusta y el presente —el presente— por fin se deja sentir.


Cuento

De salida del trabajo, se echó a andar calle abajo.

El cielo tenía ese color indeciso que no es del todo tarde ni todavía noche: una mezcla suave de miel y ceniza. Los troncos oscuros de los árboles, aún húmedos, sostenían hojas doradas, naranjas, ocres, que caían con una lentitud casi deliberada, contrastando con el gris brillante de la calzada mojada.

El aire era espeso y tibio, cargado del olor a tierra húmeda y a hojas rendidas por el otoño. También flotaban restos de perfumes ajenos: un rastro de jabón, un aroma dulce, un dejo amaderado que alguien había dejado atrás al pasar. Cada paso producía un crujido irregular, una música sin ritmo fijo. Las hojas se quebraban bajo sus zapatos con un sonido seco y suave a la vez, como pequeñas confesiones.

El viento, juguetón, no dejaba quieta la bufanda. La hacía ondear, la tironeaba con descaro, rozándole el cuello y las mejillas. A ratos, una ráfaga más fresca le acariciaba la piel, y luego el sol —ya cansado— le devolvía un calor tenue, casi agradecido.

Se bebía el aire como si fuera suyo. Solo suyo.

Delante de ella, un chiquillo arrastraba los pies, levantando remolinos de hojas. Cada paso suyo era un desorden alegre. No caminaba hacia ningún sitio urgente: avanzaba como si el trayecto fuera lo único importante. El sonido que dejaba tras de sí era una mezcla de crujidos, risas contenidas y viento revuelto.

Ella lo observaba con una sonrisa leve, de esas que aparecen sin permiso cuando se despiertan emociones que parecían dormidas para siempre. Pensó que, si fuera su madre, ya le habría pedido que levantara los pies, que caminara bien, que no hiciera tanto ruido.

Ese pensamiento la hizo reír en voz baja. No porque fuera gracioso, sino porque estaba cargado de una ternura inesperada.

El niño caminaba más rápido que ella. Poco a poco se fue alejando.
La distancia transformó su figura —envuelta en un abrigo rojo, bufanda multicolor y zapatillas brillantes como el sol— en una especie de garabato vivo, como si un pintor abstracto lo hubiera dibujado con prisa y alegría. Hasta que, finalmente, se volvió apenas un punto indefinido en el espacio que tenía delante.

Y con él se apagó el crujir de las hojas.
La música extraordinaria de aquella función vespertina llegó a su fin.

Aspiró profundo.
Exhaló lento.

Entonces, su mente comenzó un pequeño alboroto, y el alma —esa criatura caprichosa— se le unió en el bullicio.
Ambas hablaban a la vez, en idiomas distintos, reclamando atención, pidiéndole silencio para poder entenderse.

Algo se dobló dentro de ella.
El tiempo, tal vez.
O su manera de sentirlo.

Porque ya no estaba allí, sino detrás de una mujer joven que regañaba con dulzura a sus hijos para que no arrastraran los pies. Ellos reían, sin hacerle caso.

La mujer se volvió, la miró, y ella, con una sonrisa cómplice, le dijo:

—Déjalos, que disfruten el camino como niños… ya tendrán tiempo para aprender a no tropezar.

Le guiñó un ojo.

Lo supo: era ella.
Ella, mirándose desde —y hacia— otro tiempo.

¿Recordó o transmitía una experiencia?
¿Se plegaron los tiempos por un instante para crear algo nuevo?
Quizá sí. Quizá no.

Esa sensación de habitar dos tiempos a la vez no le era extraña. Tal vez fuera común a todos, aunque pocos se detuvieran a notarla. Lo cierto es que esos momentos la sumergían en una meditación profunda: el proceso de crecer, de madurar, de despertar.

Cuando se es joven —pensó— solo existe el futuro.
El presente no tiene espacio, y el pasado apenas se asoma en fotografías. Se vive de prisa, persiguiendo metas que se deshacen como polvo en la palma con el paso de los días.

Pero un día, sin aviso, algo cambia.

No es el reloj —ese invento mecánico que cree medir lo inmensurable—.
Es la mirada.

Porque el tiempo no es una línea: es el instante que se respira.

El cerebro lo sabe. Se vuelve cómplice.
Juega a confundir, a traer recuerdos con textura de presente, sueños con aroma de pasado. Y así convence de que todo ocurre a la vez: lo vivido, lo esperado, lo que aún no nos atrevemos a imaginar.

Allí donde el alma respira, el calendario no sabe marcar fecha y el reloj es incapaz de dar la hora.
Es la plenitud del instante.

Con los años, aprendió que solo hay un tiempo que el cuerpo reconoce como verdadero: el ahora que se respira. Todo lo demás —el pasado y el futuro— son huellas o anhelos.

Había entendido que el ser humano insiste en dividir la vida en minutos, pero el alma solo distingue dos territorios: lo que vibra ahora y lo que ya se apagó o todavía no ha ocurrido.

A esa altura de su vida, dejó de desafiar al tiempo.
No le teme.
Lo observa.
Lo respira.

El pasado es una piel que lleva encima: en ella están las marcas de quienes la amaron, de quienes la hirieron, de quienes le enseñaron sin darse cuenta.

El futuro ya no la amenaza; le pregunta:

¿Qué huella quiero dejar en otros?
¿Qué quedará de mí cuando mis días se desvanezcan en los suyos?

Por eso se queda aquí, en el presente.
No pide hazañas. Solo instantes verdaderos.
Los que laten.

Porque comprendió que llega un día —sin aviso— en que algo cambia.
No el reloj.
No el calendario.

Cambia la conciencia: un segundo de plenitud puede pesar más que un año entero de ruido.

Había aprendido a quedarse.

Su cuerpo tenía una edad clara, visible en los gestos, en ciertas líneas del rostro que ya no intentaba ocultar.
Pero el alma no obedecía esas reglas.

Se había detenido en un punto extraño.
No era joven del todo, pero sentía con la misma intensidad.
No era niña, pero conservaba la capacidad de asombro.
No era vieja: había aprendido a mirar sin miedo.

Tenía una edad sin número.
Una edad donde la conciencia había despertado, pero las emociones seguían a flor de piel. Donde la ternura no se había endurecido y la pasión no necesitaba correr. Donde se podía comprender sin dejar de sentir.

No renunciaría a la pasión, sino que aprendería a encenderla con calma.
No negaría la ternura, sino que sabría elegir con quién compartirla.

Comprendió que cada instante podía volverse memoria o legado, según cómo lo viviera. Y decidió que sus instantes tendrían esa doble alma: que le pertenecieran mientras los respiraba y que siguieran vivos en quienes los tocara después.

Y así, mientras el día terminaba de doblarse sobre sí mismo, siguió caminando, habitando esa edad invisible donde el tiempo no manda, donde la conciencia florece y el corazón —adulto y joven a la vez— aprende, por fin, a estar.

El tiempo no le pertenecía, pero sus huellas sí.
Y entre ellas —aunque nadie lo sepa— queda quien ha leído hasta aquí, tocado por este mismo instante.


Epílogo

Tal vez la vida no nos pida correr ni llegar primero, sino aprender a habitar cada paso. Respirar con atención. Caminar con los sentidos despiertos. Permitir que el presente se llene de las mejores memorias de lo que fue y de los sueños de lo que aún desea ser, como si ya existieran.

Que seamos felices en ese equilibrio frágil y hermoso.
Que atesoremos instantes repletos de sentimientos y emociones profundamente humanas, porque es lo único que verdaderamente nos llevamos.

Todo lo demás es equipaje que se queda en la estación cuando emprendemos el viaje, y un peso inútil mientras nos preparamos para él.


jueves, 18 de diciembre de 2025

"Pasillos de luz", un relato conmovedor sobre la empatía, los gestos cotidianos y los encuentros breves que iluminan la vida incluso en los lugares más duros.


Hay encuentros breves que nos acompañan para siempre.

PRÓLOGO

Vivimos rodeados de personas y, sin embargo, cada vez más distantes. Caminamos deprisa, miramos poco, escuchamos menos. La cortesía se ha vuelto excepcional y la empatía, un acto casi heroico. No obstante, basta un gesto amable, una palabra dicha a tiempo, una sonrisa sincera, para recordarnos que la humanidad aún late en lo cotidiano.

Este relato nace de esa verdad sencilla y profunda: que los buenos modales, el respeto y el cariño no son formalidades vacías, sino puentes invisibles entre las almas. Que nunca sabemos cuánto puede significar nuestra manera de estar para quien se cruza en nuestro camino.
Y que incluso en los lugares más duros, más impersonales o más temidos, puede brotar la luz.


PASILLOS DE LUZ

En un edificio inmenso —tan vasto como el más grande de los templos— transitaban miles de personas cada día, mientras otras pernoctaban entre sus muros.

Quienes transitaban lo hacían porque así lo querían… o porque lo necesitaban.
Quienes pernoctaban, en cambio, no lo deseaban; pero debían.
Eso, sin embargo, es otra historia.

En ese ir y venir constante, como aves de paso cruzando un mismo cielo, muchas personas coincidían a diario sin llegar a verse realmente. No se saludaban. No se conocían. Apenas se reconocían. Eran solo rostros familiares, figuras repetidas en la rutina, presencias sin nombre ni historia.

Pero había otras que volaban a la misma altura, en la misma dirección y con idéntica frecuencia. Ellas sí se saludaban. Se comunicaban. Interactuaban. Unas dependían de lo que hacían las otras, y en esa dependencia nacía una coreografía silenciosa, casi perfecta.
Entre risas contenidas, oraciones murmuradas y llantos que se escondían tras puertas entreabiertas, algunas lograban conectarse de una manera especial. Sus presencias se notaban al instante, como una luz tibia en medio del ruido.
Entre ellas se sabían los nombres. Se regalaban sonrisas sinceras, abrazos breves pero hondos, palabras amables que, sin saberlo, salvaban días enteros.

El edificio, de innumerables plantas siempre iluminadas, estaba atravesado por pasillos interminables que, como un laberinto, te absorbían en sus entrañas. Pasillos que parecían alargarse con cada paso, obligándote a ver cosas que jamás hubieras querido ver; a sentir emociones que nunca imaginaste sentir.
Allí, el alma se volvía más fervorosa de lo que uno habría creído posible. No había día en que no cerraras los ojos para rogarle a Dios por alguien que ni siquiera conocías. Rezabas. Rezabas mucho.
Rezabas para que los milagros sucedieran uno tras otro, como cuentas frágiles de un rosario que intentabas proteger para que no cayeran al suelo y se perdieran en los recovecos imprevisibles de la vida.

Era un edificio donde el bien y el mal luchaban con frenesí.
Donde la esperanza entraba… y a veces salía la resignación.
Otras veces, la desesperanza se instalaba como una niebla espesa, hasta que de pronto alguien exclamaba un “¡Gloria a Dios!” que lo cambiaba todo.

Era un edificio donde se oraba más que en un templo; donde Dios estaba siempre en la punta de la lengua de quienes lo transitaban o lo habitaban.
¿O era mágico?
Tal vez.
Porque allí las cosas no siempre eran lo que parecían.

Más allá del llanto, solía reinar la alegría por los milagros que sucedían. Algunos los llamaban conocimiento, buena praxis, dedicación, diligencia, debida atención o buen servicio.
Como fuera que los nombraran, eran milagros.
La mano de Dios estaba en cada saber, en cada tiempo, en cada acto, en cada lugar, en cada cosa.

Y así, con el paso del tiempo en esa colmena vibrante, fue como se conocieron aquellas dos mujeres:
una jovencita que despertaba a la vida,
y otra que comenzaba a escribir los capítulos finales de la suya.

Durante los últimos meses de aquel año, coincidían casi a diario en esos pasillos interminables que parecían no tener fin.
La jovencita era como un copo de algodón: blanca, de gestos suaves, de una serenidad que no necesitaba hacer ruido para hacerse notar.
Era tierna.
Era mansa.

La otra era impaciente, como quien mantiene una lucha constante contra el reloj. Su energía desbordada se volcaba sobre los demás, empujándolos a seguir su ritmo, a no detenerse, a no perder tiempo.
La jovencita lo sabía. Lo comprendía. Y se acoplaba con una diligencia absoluta.
De su trabajo dependía el trabajo de la otra.
Y respondía.

Hacían un buen equipo. Funcionaban como el más fino y perfecto engranaje de un reloj.
Entre ellas se tejió un hilo invisible que las ataba sin que ninguna fuera consciente de ello: un hilo hecho de respeto, amabilidad y cariño.

Pero hay días destinados a romper esos hilos.
Días en que las aves de paso se cruzan por última vez en el cielo de una vida y luego se pierden de vista para siempre.

Ese día llegó.

La jovencita buscó afanosamente a la mujer por los pasillos, por las estancias… hasta que, por fin, la encontró en la 105.
La mujer estaba de espaldas.
La jovencita, paciente como era, se quedó quieta, en silencio, esperando que se volviera.

Y sucedió.

—¡Mi niña! ¿Qué haces aquí? ¿Está reservada la habitación? ¿La necesitas urgente? —preguntó la mujer con su acostumbrada amabilidad y esa sonrisa amplia que siempre le iluminaba el rostro.

—No… —respondió ella—. Solo vengo a decirte que me voy.

Lo dijo con su serenidad habitual, aunque la tristeza asomaba, tímida, en la voz.

La mujer no lo comprendió de inmediato. No era costumbre despedirse así; sus horarios nunca coincidían al final de los turnos.

—Vale, cariño. Nos vemos mañana. Descansa —dijo mientras se acercaba para darle un abrazo sincero.

—No entiendes… —continuó la jovencita—. Me voy. Terminaron mis prácticas. Y no quería irme sin despedirme de ti… sin decirte lo agradecida que estoy contigo.
Ha habido días muy duros. Y cuando tú aparecías con tus sonrisas, me alegrabas el día. Me lo componías.

La ternura de aquellas palabras desarmó a la mujer. No esperaba una manifestación de gratitud tan profunda y tan limpia. El alma le tembló.
Se fundieron en otro abrazo.
Uno de esos abrazos que no se miden en tiempo ni se explican con palabras, pero que quedan grabados para siempre en algún rincón del pecho.

La jovencita se fue con su rostro de poema.
La mujer se quedó con los ojos húmedos y el alma encogida.

Jamás pensó recibir una muestra tan sincera de cariño de una “extraña”.
Se conocían… pero no sabían nada la una de la otra.

Desde entonces, la mujer no puede ver aves cruzar el cielo en alto vuelo sin acordarse de aquella jovencita cuya piel olía a hambre de conocimiento, a amor y bondad en abundancia, a dignidad, a futuro.
Otra ave de paso en su vida.
Una que jamás olvidaría.


EPÍLOGO

Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos transformar los pequeños universos que tocamos.
Ser amables. Ser respetuosos. Ser atentos.
Entregar lo mejor de nosotros en cada encuentro, incluso cuando creemos que es insignificante.

Las sociedades no se reconstruyen con grandes discursos, sino con gestos cotidianos: una palabra dicha con cuidado, un agradecimiento sincero, un abrazo oportuno.
Rescatar la empatía es rescatar la humanidad.

Porque todos somos aves de paso…
y siempre está en nuestras manos decidir si, al irnos, dejamos vacío
o dejamos luz.

Dedicado: a LAURA VELLON, la jovencita que era alumna y se convirtió ese díaen maestra mía.