martes, 23 de junio de 2026

" OTRA VEZ": Un relato de terror psicológico sobre una mujer atrapada en una pesadilla donde su cuerpo comienza a derretirse. Una historia sobre sueños de verano.

 

"Dicen que algunos sueños nacen del miedo. Otros nacen de recuerdos que la mente no sabe dónde guardar. Los míos siempre empiezan igual: con la sensación de que mi cuerpo ya no me pertenece."


“Lo primero que cayó fue mi mejilla.”

No de golpe.

No como una herida.

Descendió lentamente por el lado de mi rostro con la pesadez de una gota de cera que se desliza por una vela encendida.

El contacto me despertó.

Abrí los ojos y tardé unos segundos en comprender qué era aquella sensación húmeda sobre la almohada. Levanté una mano para tocarme la cara y sentí que los dedos se hundían en ella como si mi carne hubiera olvidado la firmeza.

Me incorporé de un salto.

El corazón comenzó a martillearme el pecho.

Miré mis manos.

La piel parecía haberse vuelto blanda. Se estiraba entre los dedos formando finos puentes translúcidos que se rompían con pequeños chasquidos húmedos. Debajo asomaban vetas rojizas, líneas azuladas y el brillo amarillento de tejidos que jamás deberían quedar expuestos.

Retrocedí.

La sábana permaneció pegada a una de mis piernas.

Tiré de ella.

Algo se desprendió.

El sonido fue suave.

Demasiado suave.

Y entonces comprendí que aquello estaba ocurriéndome a mí.

Corrí hacia el espejo.

Ojalá no lo hubiera hecho.

Mi reflejo parecía una versión inacabada de mí misma.

Una ceja descendía lentamente hacia el ojo. La nariz se inclinaba hacia un lado. Los labios colgaban bajo su propio peso.

Y mis ojos... ¡Mis ojos eran lo peor!

Las órbitas parecían incapaces de sostenerlos.

Observé, paralizada, cómo uno de ellos avanzaba apenas unos milímetros hacia delante. No fue un movimiento brusco. Fue lento. Terriblemente lento.

Como si el propio tiempo hubiera decidido detenerse para obligarme a contemplar aquello.

Quise apartar la mirada. No pude.

La superficie del espejo ondulaba ligeramente, como si también estuviera perdiendo consistencia. Durante un instante tuve la sensación de que mi reflejo iba a desprenderse del cristal y deslizarse hacia el suelo antes que yo.

Quise gritar.

Pero mi mandíbula ya no se sentía sólida.

Notaba algo extraño bajo la piel. Un movimiento lento. Profundo. Como si la forma de mi cuerpo estuviera cambiando desde dentro.

Mis piernas comenzaron a perder contorno.

Mis brazos parecían más pesados.

Los dedos de las manos se deformaban al apoyarse contra cualquier superficie.

Era como si cada parte de mí hubiera dejado de recordar dónde debía estar.

El miedo me empujó hacia la puerta. Bajé las escaleras tropezando.

Cada peldaño quedaba marcado por huellas húmedas de mi piel desprendida.

Escuché voces.

Gritos.

Alguien me vio.

Alguien echó a correr.

Pero yo no podía detenerme. Necesitaba escapar. Necesitaba encontrar ayuda antes de desaparecer por completo.

Al salir sentí una corriente de aire. Y todo cambió.

La transformación se detuvo. Por un instante creí que me había salvado. Me equivoqué.

Aquello era peor. Mucho peor.

Mi cuerpo comenzó a endurecerse. Primero la piel. Después los músculos. Después cada fragmento desplazado de mí misma. Todo se inmovilizó.

Pero nada regresó a su lugar.

Mi mejilla quedó adherida al cuello. Una mano se fijó en una postura imposible. Los dedos permanecieron unidos entre sí como raíces retorcidas.

Sentí cómo mi ojo derecho descendía lentamente por el rostro. No podía impedirlo. No podía tocarlo. No podía moverme.

Cuando terminó de deslizarse quedó inmóvil sobre mi pecho.

Y seguía viendo, ¡seguía viendo!

Podía contemplar la multitud desde dos lugares distintos de mi cuerpo. Podía escuchar los gritos. Podía sentir el horror de quienes me rodeaban.

Pero ya no podía mover un solo músculo.

Me había convertido en algo imposible.

Una estatua hecha con los restos equivocados de una persona.

Entonces escuché un crujido. Pequeño. Seco. Después otro.

¡Y otro más!

Las grietas comenzaron a extenderse por todo mi cuerpo. Miles de líneas diminutas recorriendo la superficie endurecida.

Comprendí que iba a romperme.

Que estaba a punto de desmoronarme en fragmentos.

Abrí la boca para lanzar un último grito.

Y desperté.

La habitación estaba oscura. El ventilador giraba lentamente sobre mi cabeza. La almohada estaba húmeda. Las sábanas se adherían a mi espalda.

Permanecí inmóvil durante unos segundos. Escuchando. Asegurándome de que no existían gritos. Ni grietas.

Ni ojos fuera de su lugar.

Todo estaba en su sitio. Respiré hondo. Una vez. Dos. Tres.

Sentí el aire entrar en mis pulmones y salir lentamente. Sentí el peso familiar de mi cuerpo sobre el colchón. Nunca algo tan ordinario me había parecido tan hermoso.

Después miré hacia la ventana. Por la persiana entreabierta entraba una claridad blanca. Inmóvil. Pesada. Reconocible. La misma claridad que parecía quedarse suspendida sobre los tejados durante horas, como si el día se negara a terminar.

Giré la cabeza y observé el calendario: Julio.

Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro resignado.

—¡Otra vez!


"Porque algunas personas sueñan con monstruos. Otras sueñan con precipicios. Yo sueño que me derrito. Y siempre ocurre cuando llega el verano."


"Quizá no sea una pesadilla. Quizá sea un aviso que vuelve cada año, una forma extraña de recordarme que incluso aquello que parece sólido puede cambiar cuando llega el calor."

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lunes, 22 de junio de 2026

"El corazón de un caballero": reflexión sobre la verdadera caballerosidad: no como apariencia o cortesía, sino como carácter, respeto, humildad y nobleza interior.

 

Prólogo

En una época donde las palabras cambian de significado y las virtudes parecen confundirse con las apariencias, quizá haya valores que merecen ser mirados de nuevo. La caballerosidad no es una armadura que se lleva puesta: es una forma de habitar el mundo.


“En tiempos donde tanto se discute qué significa ser hombre y qué significa ser mujer, quizá convenga recuperar una palabra hermosa que parece haberse quedado sin hogar: la caballerosidad”

Como mujer, hoy, voy a hablar de los hombres. De esos seres increíbles, maravillosos, que son -para mi- como las flores para un jardín, como el agua para la tierra.

Durante mucho tiempo creí que la caballerosidad estaba referida a ciertos gestos visibles. Una puerta sostenida. Una silla acercada a la mesa. Un abrigo ofrecido en una noche fría.

Y sí, hay belleza en esas cosas. Mucha. Tanto que no concibo a un hombre, masculino, desnudo de esos detalles de gentileza, y de muchísimos otros más.

Pero la belleza de una lámpara no nos dice nada sobre la solidez de la casa. Porque la verdadera caballerosidad nunca ha vivido en las manos. Vive siempre en el corazón. Son esos hombres masculinos que parecen llevar una reluciente armadura que nos da una sensación de seguridad y confianza.

Hombres cuya presencia se parece a una hoguera encendida al caer la tarde. Uno se acerca y siente calor. La conversación fluye. Los modales tranquilizan. Todo parece amable, confiable.

Entonces, sucede lo inesperado.

Basta una palabra de desacuerdo para que la llama cambie de color, aparece el humo. Aparece el silencio que castiga. La mirada y gestos que desprecian. La incapacidad de reconocer un error. La necesidad de tener razón, aunque la verdad quede tendida en el suelo con deshonor.

Comienzan los ruidos extraños que alertan, que no son otros que los remaches de la armadura que se empieza a desencajar, a caerse a pedazos hasta el suelo. Le rasga la piel de caballero mostrando que su alma no es más que el aire del ego que lo infló, que le dio la talla que creíamos admirar.

Es ahí donde el carácter queda al descubierto.

Y es entonces cuando comprendo algo importante.

No todo lo que da calor es fuego. A veces es apenas una ilusión de calor.

La caballerosidad auténtica se parece más a un árbol que a una hoguera.

Esta deslumbra. El árbol permanece. Ofrece sombra cuando el sol cae a plomo sobre la tierra. Recibe el viento sin devolver violencia. Soporta tormentas sin necesidad de demostrar su fuerza.

No presume de sus raíces. Simplemente las tiene.

Quizá por eso un caballero no necesita parecer superior. Lo es.

No necesita ganar cada discusión. No necesita humillar para sentirse grande.

Y cuando se equivoca, lo reconoce porque sabe que la dignidad no disminuye al admitir una falta; al contrario, crece.

Tal vez he confundido durante demasiado tiempo la caballerosidad con la cortesía.

Pero no son lo mismo.

La cortesía puede aprenderse. La caballerosidad debe cultivarse.

Una pertenece a las formas. La otra pertenece al alma.

Quizá esa sea la prueba más sencilla de la nobleza. No lo que alguien dice de sí mismo. No los gestos que exhibe. No la imagen que construye. Sino la huella que deja en el corazón de quienes tuvieron la fortuna de cruzarse en su camino.

Porque la auténtica caballerosidad no se recuerda como un acto.

Se recuerda como una sensación.


Epílogo

Al final, un verdadero caballero no se reconoce por el brillo de su armadura, sino por la calma que deja cuando ya no tiene nada que demostrar. Las apariencias pueden vestir un instante; el carácter acompaña toda una vida.


“Cuando el viento arrecia y rompe la calma; cuando las máscaras caen y las apariencias ya no pueden sostenerse por sí solas, las raíces hablan. Y ellas siempre dicen la verdad.”


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domingo, 21 de junio de 2026

"El vuelo del colibrí": Un relato sobre un niño que con un abrazo recuerda que la ternura, la bondad y el amor todavía habitan en nosotros.

 

Prólogo

A veces las respuestas que buscamos durante años aparecen en los gestos más sencillos. Un abrazo inesperado puede revelar aquello que las palabras nunca consiguen explicar.


“Hay personas que pasan años intentando descubrir quiénes son. Y luego llega un niño, corre hacia ellas con los brazos abiertos y les entrega una respuesta que ningún espejo había sabido darles.”


Yo nunca he sido una de esas personas que se sienten cómodas en medio de una multitud de niños.

Los bebés me derriten. Los miro y se me despierta una ternura en el alma, casi instintiva. Pero cuando empiezan a crecer y se juntan muchos, me ocurre algo curioso. Veo cabecitas brincando, manitas agitándose en el aire, piernitas corriendo en todas direcciones, voces que se cruzan unas con otras formando una especie de alegre tormenta. Y entonces necesito apartarme un poco.

No marcharme.
Solo alejarme lo suficiente para que el caos se convierta en paisaje.

Desde la distancia, todo vuelve a parecerme hermoso.

Con los niños ajenos siempre he sido así.

Los quiero, les sonrío, les hago alguna broma cariñosa. Pero suelo mantener una cierta distancia.

Y entonces apareció Mateo.

Es un niño al que he visto crecer día a día. Fuera de su territorio. De hecho, nos hemos encontrado pocas veces. Vive cerca, pero nuestras vidas apenas se cruzan. Cuando coincidimos, yo lo saludo con cariño.

—Hola, feo.

Otras veces:

—Hola, guapo.

Y él me miraba con esos ojos enormes con los que los niños parecen intentar descifrar el mundo.

Nada más. O eso creía yo.

Porque hace algún tiempo empezó a ocurrir algo que todavía hoy me sorprende.

Lo veo a lo lejos. Quince, veinte metros quizás. Mateo está jugando, distraído en sus asuntos de niño pequeño. De pronto levanta la cabeza.

Me descubre.

Y entonces sucede.

Su carita se ilumina como si hubiera encontrado un tesoro.

Abre los brazos. Y sale corriendo hacia mí. Corriendo. Como si no existiera nada más importante en ese instante. Yo incluso miro alrededor, buscando una explicación.

¿Vendrá hacia su madre? ¿Hacia su padre?, me pregunto.

Pero no.

Viene hacia mí.

Y llega tan deprisa que tengo que agacharme para atraparlo antes de que terminemos los dos rodando por el suelo.

Entonces me abraza.

Y durante unos segundos el tiempo parece detenerse. No sé explicar la emoción que me produce. Tal vez porque los niños todavía no han aprendido a fingir.

Todavía no reparten afecto por compromiso.
Todavía no calculan.

Si vienen, vienen.

Y si abrazan, abrazan de verdad.

Por eso, cada vez que Mateo corre hacia mí, siento que me está regalando algo más valioso que un abrazo. Me está entregando preguntas.

¿Será que los niños perciben cosas que los adultos hemos olvidado ver?

¿Será que reconocen la ternura antes que las palabras?

¿Será que detectan, en algún rincón invisible, la verdad de una persona?

A veces me sorprendo pensando que quizás Mateo no corre hacia mí.

Quizás corre hacia la mejor versión de mí misma. Esa versión que llevo años intentando construir. Porque deseo ser mejor persona de lo que fui ayer. Porque conozco mis luces, pero también mis sombras.

Porque sigo creyendo que la vida es una preparación constante del alma.

Y porque, cuando llegue el momento de partir, me gustaría hacerlo habiendo aprendido a amar un poco más y a juzgar un poco menos.

Tal vez me equivoque.

Tal vez todo esto no sea más que la espontánea ternura de un niño. Pero cada vez que veo a Mateo correr hacia mí como un pequeño colibrí atravesando el aire, siento que Dios me guiña un ojo desde algún lugar y me susurra:

—Vas bien. Sigue caminando.

Y yo sonrío.

Porque a veces los mensajes más importantes no llegan escritos en los libros. Llegan corriendo sobre dos piernas pequeñas y terminan refugiados entre nuestros brazos.

Quizás no era Mateo quien venía corriendo hacia mí.

Quizás era la vida, recordándome que todavía hay algo en mí que merece ser amado.


Epílogo

Quizás todos llevamos dentro un pequeño vuelo esperando ser descubierto. A veces basta una mirada sincera para recordarnos quiénes somos y hacia dónde queremos seguir caminando.


“Y quizá ese sea el vuelo más hermoso: descubrir que el amor también sabe encontrarnos.”


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viernes, 19 de junio de 2026

"Más allá de las palabras": Una reflexión sobre la importancia de leer con atención, escuchar más allá de las palabras y descubrir las historias humanas que se esconden detrás de cada mensaje.

 


PRÓLOGO

Hay palabras que no fueron escritas solo para ser leídas, sino para encontrarse con alguien. Este texto nace de una idea sencilla: detrás de cada mensaje puede habitar una historia que merece nuestra atención.


“Leer también es escuchar”

Yo escribo, cierto. Pero también leo lo escrito por otros. Leer y escribir son gestos enamorados. Siempre van de la mano. Sin embargo, hay palabras que pasan ante nuestros ojos como hojas arrastradas por el viento.

Las vemos. Reconocemos su forma. Pero no siempre nos detenemos a escuchar el arrastre que llevan consigo. Porque, algunas palabras son más que palabras.

Algunas son ventanas: nos ponen a mirar algo que no habíamos visto antes.

Algunas son puentes: nos comunican.

Otras, son pequeñas lámparas encendidas en medio de la niebla, nos guían

Muchas lecturas son un regalo, nos gratifican.

Sí, leemos por placer, por curiosidad, por conocimiento. Leemos para viajar sin movernos del sitio, para asomarnos a otras vidas y ensanchar la nuestra. Para inspirarnos como si cada letra fuera una nota musical que componen una hermosa melodía.

Pero existen otras lecturas.

Lecturas que no llegan vestidas de entretenimiento.

Lecturas que traen consigo el peso de una preocupación.

La sombra de una angustia.

El quiebre de una soledad.

A veces aparecen discretamente, escondidas entre líneas sencillas que podrían pasar inadvertidas para quienes leamos con prisa, a medias.

Ignorando que detrás de ellas puede haber una persona reuniendo valor para pedir ayuda. Una persona intentando hacerse visible. Una persona esperando que alguien la escuche.

Una persona necesitando de otra… ¡una palabra de aliento para sostenerse un día más!

Y qué extraño resulta que, en un mundo lleno de ruidos, algunas voces sigan golpeando suavemente las puertas del silencio.

Porque hay mensajes que son como una mano extendida en mitad de la oscuridad. Una mano que tal vez no podamos sostener nosotros. Pero que quizá sí podamos acercar a quien esté en condiciones de hacerlo.

Nunca sabremos cuántas historias cambiaron porque alguien se tomó el tiempo de leer con calma, con atención. Ni cuántas oportunidades de ayudar se perdieron porque una llamada silenciosa quedó atrapada entre palabras que no supimos escuchar realmente.

Porque leer no es solamente mirar palabras, es detener el paso, es abrir una puerta. Es ofrecer un rincón de nuestra conciencia para que otro ser humano pueda entrar durante unos segundos. Algo tan simple como eso y, sin embargo, pasamos por encima de las letras atropellando su significado.

A veces basta una mirada atenta, por respeto.

Un instante de comprensión, por solidaridad.

Pequeños gestos que tienen una extraña costumbre: cambiar el rumbo de una historia.

Porque algunas publicaciones se olvidan al instante. Pero otras contienen un latido. Una necesidad. Un ser humano.

Y esas merecen algo más que una mirada apresurada. Merecen ser leídos con los ojos. Y también con el corazón.

“Que nunca nos falte la sensibilidad para reconocer cuándo detrás de unas palabras hay alguien esperando ser visto y sentido”.


EPÍLOGO

Quizá la verdadera lectura comienza cuando dejamos de buscar solamente significados y empezamos a reconocer presencias. Cada palabra escuchada con humanidad puede convertirse en un pequeño puente hacia alguien que necesita ser encontrado.

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miércoles, 17 de junio de 2026

"Sebastián, el mentor": Una historia sobre un profesor de Derecho Romano que dejó una enseñanza más profunda que una materia universitaria: disciplina, presencia, respeto y la forma de caminar por la vida.

 


PRÓLOGO

Hay recuerdos que no regresan porque los busquemos, sino porque nunca terminaron de irse. Permanecen escondidos en los pequeños detalles: una voz, un aroma, una forma de caminar, una frase pronunciada en el momento exacto.

A veces creemos que una persona pasó por nuestra vida para enseñarnos algo concreto, una materia, una técnica, un conocimiento. Pero con el tiempo descubrimos que algunas presencias dejan una enseñanza más profunda: nos muestran quiénes podemos llegar a ser.

Esta es la historia de uno de esos encuentros. De un maestro que no solo enseñaba Derecho Romano, sino una forma de entender la disciplina, la dignidad y el camino que cada persona construye mientras aprende.


"Hay personas que desaparecen de nuestra vida y, sin embargo, siguen entrando por una puerta cada vez que las recordamos."

Yo tenía dieciocho años cuando vi por primera vez a Sebastián.

Aquella mañana el aula olía a cuadernos nuevos, a papel recién abierto y a la inquietud de quienes acabábamos de llegar a la universidad sin saber todavía quiénes llegaríamos a ser. Las conversaciones corrían de pupitre en pupitre como un pequeño río desordenado de risas, comentarios y sueños.

Entonces se abrió la puerta.

Recuerdo primero el sonido.

El ritmo pausado de unos pasos firmes sobre el suelo. El roce suave de una tela de buena calidad acompañando el movimiento de un cuerpo acostumbrado a caminar con seguridad. Y después, la figura.

Era un hombre alto, elegante, de esos que parecen ocupar el espacio sin invadirlo. Llevaba un traje impecable que caía sobre su cuerpo con la naturalidad con la que cae una cortina de terciopelo. Los zapatos de piel de cocodrilo reflejaban discretamente la luz que entraba por las ventanas. En una mano sostenía un maletín que parecía haber acumulado años de tribunales, bibliotecas y conversaciones importantes.

Su presencia tenía algo difícil de explicar.

No era arrogancia.

No era autoridad.

Era armonía.

Como si cada detalle, desde el nudo de la corbata hasta la forma de sostener la mirada, estuviera exactamente donde debía estar.

Incluso recuerdo el perfume. Un aroma sobrio, limpio, masculino, mezclado con el olor de los libros que lo acompañaban y con aquella fragancia inconfundible de los edificios universitarios donde el tiempo parece quedarse a vivir entre los estantes.

Cuando habló, su voz grave llenó el aula sin necesidad de elevarse.

Y nosotros, un grupo de muchachos vestidos con vaqueros, llenos de juventud y desorden, nos quedamos observándolo como quien contempla un mundo desconocido al que todavía no pertenece.

Aquel día comenzó a enseñarnos Derecho Romano.

Pero con los años comprendí que la verdadera asignatura era otra.

Sebastián nos enseñó que el conocimiento debía tener presencia. Que un profesional habla incluso cuando guarda silencio. Que antes de pronunciar una palabra ya hemos dicho algo con nuestra manera de vestir, de caminar, de sentarnos y de mirar a los demás.

Nos enseñó que la presencia no era vanidad.

Era respeto.

Respeto por uno mismo, por la profesión y por las personas que iban a confiar en nosotros.

Sin embargo, la lección que terminó acompañándome durante toda la vida nació de una conversación sencilla.

Yo era una estudiante aventajada en casi todas las materias.

En casi todas.

Menos en la suya.

El Derecho Romano me aburría. Lo veía como una larga avenida de nombres, fechas y conceptos que no lograban tocarme el corazón. Siempre lo dejaba para el final. Estudiaba primero aquello que me gustaba y postergaba lo que me pesaba.

Un día me llamó aparte.

Me miró por encima de las gafas y me dijo:

—No acepto que una alumna destacada en todas las materias fracase en la mía —me dijo con una mezcla de firmeza y humor—. Eso hablaría mal de usted y también de mí.

Sorprendida, le expliqué mis razones.

Atento, escuchó sin interrumpirme.

Regalándome luego una de las enseñanzas más simples y útiles que he recibido:

—Lo primero que debes hacer cada día es aquello que menos te gusta. Lo difícil va primero, te costará más tiempo y esfuerzo. Priorízalo. Lo agradable puede esperar.

Fue una frase sencilla.

Pero cambió muchas cosas en mí al seguir su consejo.

Las notas en su materia empezaron a ascender significativamente. Sin embargo, el verdadero cambio ocurrió tiempo después, en otro lugar, en ese territorio invisible donde se forman los hábitos, el carácter y el destino.

Porque los mejores maestros no solo nos enseñan una asignatura.

Nos enseñan a convertirnos en la persona capaz de aprobarla.

Hoy he olvidado mucho del Derecho Romano. Sobre todo, he olvidado aquellos famosos principios del derecho —escritos y pronunciados en latín— que en aquel entonces me hacían sentir, por un instante, como si estuviese ante el mundo de los antiguos juristas romanos, aquellos hombres que daban forma a las ideas de justicia y orden a través de sus palabras. Sonrío al recordarlo. No era la materia en sí lo que me atraía, sino esa sensación de acercarme a un universo solemne y lleno de significado. Me gustaba, ¡me gustaba esa sensación!

Pero todavía puedo escuchar aquellos pasos acercándose por el pasillo.

Todavía puedo ver la luz resbalando sobre sus zapatos.

Todavía puedo percibir el aroma de los libros mezclado con su perfume.

"Y todavía recuerdo que algunos maestros enseñan una materia, mientras otros nos enseñan la manera de caminar por la vida cuando la clase ha terminado."


EPÍLOGO

Con los años he comprendido que la memoria no siempre conserva lo que parece más importante. Olvida datos, fechas y nombres; incluso deja escapar aquello que alguna vez creímos indispensable.

Pero conserva aquello que nos transforma.

Un maestro puede desaparecer de un aula y, aun así, seguir acompañándonos durante décadas. Vive en nuestras decisiones, en nuestros hábitos, en la manera en que enfrentamos aquello que cuesta más trabajo.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza: que algunas personas no pasan por nuestra vida para quedarse físicamente, sino para dejar una forma nueva de mirar el mundo.

Y cuando eso ocurre, la clase nunca termina.


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lunes, 15 de junio de 2026

"El infinito detrás de mis ojos" : ¿Dónde viven los recuerdos perdidos? La memoria, el tiempo y el misterio de lo que somos.

 
“¿Cuánto espacio ocupa un recuerdo que creíamos perdido?”


Prólogo

A veces la vida guarda silencios más profundos que el olvido. Y basta una pequeña señal para descubrir que algo de nosotros seguía allí, esperando.


Hace unos días, sin buscarlo, sin pensarlo siquiera, una vieja canción salió de mi boca. No una canción completa. Apenas unos fragmentos. Unas pocas palabras que llegaron flotando desde un lugar desconocido:

"El patio de mi casa es particular..."

Y después, el silencio.

Porque no recuerdo el resto.

O eso creía.

La melodía apareció sola, como una pequeña hoja arrastrada por una corriente de aire que venía de la nada. Y entonces me quedé pensando.

¿Dónde estaba guardada?

¿Cuántos años llevaba dormida?

¿En qué rincón de mí había permanecido escondida todo este tiempo?

Vivimos rodeados de máquinas que almacenan datos. Hablamos de servidores gigantescos, de nubes digitales, de plataformas capaces de guardar millones y millones de imágenes, sonidos y palabras.

Pero hay algo que me asombra más: ¡mi propia cabeza!

Esta pequeña esfera que puedo imaginar entre mis manos si dibujo su forma en el aire.

Tan pequeña por fuera… ¡tan inmensa por dentro!

Porque en algún lugar de esa materia prodigiosa sigue palpitando nuestro corazón en tiempo pasado. Esos latidos no desaparecieron. Se quedaron. Esperando. Y basta una chispa diminuta para que regresen: un objeto, un sonido, un aroma, un roce… ¡un instante!

Entonces se abre una puerta secreta y aparece algo que creíamos perdido para siempre. A veces pienso que no conocemos realmente la profundidad de lo que somos. Que caminamos por la superficie de nosotros mismos como quien recorre la orilla del mar, ignorando la inmensidad que existe bajo el agua.

Quizá por eso me conmueve tanto.

Porque no se trata solamente de la memoria. Se trata del misterio.

Del prodigio de la creación.

De esta arquitectura imposible de imaginar que guarda la huella de cada instante de nuestra existencia sin que sepamos del todo cómo.

De esta creación extraordinaria capaz de conservar la marca de una canción durante toda una vida y devolverla cuando menos la esperamos.

Entonces comprendo que, por mucho que avance la tecnología, sigo sintiendo el mismo asombro. Porque ningún servidor me parece tan fascinante como este universo secreto que habita detrás de mis ojos.

Y cuanto más lo pienso, más me convenzo de que dentro de cada ser humano existe un infinito que todavía no conocemos, que apenas comenzamos a comprender y que siempre conservará algo de misterio, por más que la ciencia intente explicarlo.

Tal vez la verdadera maravilla no sea recordar, sino descubrir que nada de lo que nos ha tocado el alma se pierde: la vida guardada instante a instante en esa dimensión desconocida donde nos hallamos completos, sin la fragmentación de los tiempos.


Epílogo

Quizá la memoria no sea un lugar donde guardamos el pasado, sino el lugar donde el pasado sigue encontrándonos.


“Quizá nunca perdemos aquello que fuimos”


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sábado, 13 de junio de 2026

"Ciro, el cronista": Un relato sobre la memoria, la historia y esas personas que transforman nuestra manera de mirar el mundo.

 


“Hay personas que convierten la memoria en un lugar histórico”.


Prólogo

Hay encuentros que parecen pequeños mientras ocurren, pero con el tiempo descubrimos que eran semillas. Algunas personas llegan para enseñarnos que el pasado no está muerto: solo espera una voz capaz de despertarlo.


Siempre tuve un problema con la historia.

Mientras otros memorizaban fechas, batallas y nombres, yo me quedaba atrapada en otra parte. Escuchaba hablar de reyes, campesinos, navegantes o soldados y mi mente los veía caminar, reír, temblar de miedo, abrazar a sus hijos antes de partir. La historia, para mí, nunca fue una lista de acontecimientos. Era un inmenso teatro lleno de almas.

Quizá por eso, cuando uno de mis hijos necesitó ayuda para un trabajo escolar, busqué al cronista de mi ciudad.

Recuerdo la primera vez que hablé con él.

Era un hombre alto, de piel morena y cabello blanco. Su voz tenía la calma de los libros antiguos y sus pausas parecían dejar que las historias respiraran. Tenía esa clase de presencia que llena de admiración y respeto. Fui a pedirle unos datos y terminé quedándome mucho más tiempo del previsto.

—¿Y qué fue de ellos después? —le pregunté en algún momento.

Él sonrió.

—Eso es justamente lo importante. No lo que hicieron, sino cómo lo vivieron.

Y ahí se hizo la magia…

Por primera vez alguien me contaba la historia en mi mismo idioma.

Hablaba de fechas, sí. De lugares y acontecimientos también. Pero entre una fecha y otra dejaba respirar a los seres humanos. Hablaba de la esperanza de quienes esperaban un regreso, del miedo de quienes partían, de los sueños que nunca aparecen en los libros.

No relataba el pasado.
Lo despertaba.

Desde entonces, cada encuentro era una pequeña celebración. Bastaban un café y unos minutos para que el mundo se llenara de personajes, colores y preguntas. Yo salía de aquellas conversaciones con la imaginación pintada de colores desconocidos, como si me hubieran abierto una ventana en mitad del pecho.

Y así pasaron los años.

Luego llegó aquel día, como llega la tormenta sin avisar a una barca en altamar.

No recuerdo quién me lo dijo ni dónde estaba exactamente cuando lo supe. Hay noticias que llegan envueltas en detalles y otras que llegan desnudas.

Simplemente me enteré de que había muerto.

Y durante unos segundos sentí esa extraña incredulidad con la que el corazón intenta defenderse de ciertas verdades.

Porque la mente entiende la muerte mucho antes que el alma.

Ya no estaba.
Ya no habría otro café compartido.
Ya no escucharía aquella voz capaz de convertir una fecha olvidada en una emoción viva.

Durante mucho tiempo me sorprendí pensando: «Tengo que contarle esto». Y un instante después recordaba que ya no podía.

Creo que las ausencias verdaderas llegan así.

No el día en que alguien se marcha.
Sino cada una de las veces que intentamos volver a buscarlo.

Nunca visité su casa, ni él la mía. Conocí a su familia, y él conoció la mía. Nuestros encuentros eran fortuitos, en la calle; a menos que yo lo buscara a él para consultarle algo, mientras él me entretenía con sus historias noveladas. Nuestra amistad fue espontánea y se sostuvo —no por la convivencia cotidiana ni por la costumbre—, sino por la más elemental conexión humana.

Algún tiempo después pasé frente a su despacho. Entré. El olor de los libros y el silencio me recibieron antes que nadie.

Aquel lugar que siempre había estado lleno de relatos parecía haberse quedado sin voz. La silla estaba vacía. La mesa permanecía inmóvil. El aire mismo parecía distinto, como si la habitación todavía estuviera intentando comprender que su dueño no regresaría.

Pero entonces lo vi: el mismo lugar donde compartíamos café con las almas que tejieron historias.

Lo contemplé y una tristeza suave me rozó por dentro, como un suspiro que sale de un corazón herido.

Pero también comprendí algo que me hizo sonreír.

Ahora la mesa estaba completa. Ahora estaban allí reunidos —simbólicamente— quienes habían tejido la historia de Venezuela desde distintos lugares y épocas: pueblos originarios, criollos, mestizos, libertadores, campesinos y también quienes llegaron con la Corona española.

Y en el centro de todos ellos, Ciro, haciendo lo que mejor sabía hacer: convertir la historia en una conversación humana.

Lo veía como quien parece estar presentando a unos amigos a otros.

Porque las cosas desaparecen, pero hay personas que dejan algo más duradero que cualquier objeto. Porque siguen viviendo en las historias que sembraron y en los corazones donde aprendieron a florecer.

Dejan una forma nueva de mirar y entender el mundo… ¡hablando en el mismo idioma!


Epílogo

Quizá la verdadera historia no vive solamente en los archivos ni en las fechas, sino en esas voces capaces de devolverle rostro, pulso y latido a quienes alguna vez caminaron sobre la tierra.


“Hay seres humanos que pasan por nuestra vida contando historias; sin saberlo, terminan formando parte de la nuestra.”


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jueves, 11 de junio de 2026

"La Paradoja De La Compañía": Texto reflexivo sobre la soledad después de cierta edad. Cuando la paz interior se convierte en prioridad para estar en el mundo.

 

"Con los años, la soledad deja de ser un cuarto vacío y se vuelve costa. Aprendemos el ritmo de nuestras mareas, el lenguaje de nuestros silencios, la forma exacta en que la luz cae sobre nuestras tardes."


Prólogo

Hay descubrimientos que solo llegan con el tiempo. Entre ellos, comprender que la soledad no siempre es una carencia; a veces es el lugar donde terminamos encontrándonos. Y cuando aprendemos a habitarla, nuestra mirada sobre el amor también cambia.


Hay una edad en la que uno deja de esperar que la vida ocurra en otra parte.

El café sabe exactamente como nos gusta. Las ventanas permanecen abiertas o cerradas según una costumbre que ya nadie cuestiona. Los libros ocupan su lugar en los estantes como viejos compañeros de viaje. La música llega a ciertas horas. El sueño tiene sus propios caminos. Incluso la tristeza, cuando aparece, conoce la puerta por la que debe entrar.

Todo encuentra su sitio.

Como el mar cuando regresa una y otra vez a la misma orilla.

Al principio pensamos que la soledad es una sala de espera. Creemos que estamos allí mientras llega alguien. Mientras aparece la conversación que falta, la mirada que falta, la presencia que falta.

Pero los años pasan. Y un día descubrimos algo asombroso.

Aquello que parecía una ausencia se ha convertido en una forma de estar en el mundo.

No necesariamente mejor. No necesariamente peor. Simplemente nuestra.

Aprendemos a caminar solos por playas interiores que nadie conoce. Aprendemos a escuchar el rumor de nuestras propias olas. Aprendemos a convivir con las tormentas y con las mañanas en calma. Aprendemos a reconocer, incluso con los ojos cerrados, el olor de nuestra propia marea.

Y cuando eso sucede, la soledad deja de ser enemiga. Se vuelve paisaje.

Por eso quizá hay tantas personas solas después de cierta edad.

No porque falten personas.

No porque el corazón se haya vuelto de piedra.

No porque ya no exista el deseo de compartir.

A veces ocurre algo mucho más profundo.

Cada vida se convierte en un mar.

Un mar con sus corrientes invisibles. Con sus bahías secretas. Con arrecifes que nadie ve desde la superficie. Con zonas tranquilas donde la luz danza sobre el agua y con profundidades donde aún descansan viejos naufragios.

Cada persona lleva dentro una geografía entera.

Y acercar dos océanos nunca ha sido una tarea sencilla.

Entonces llega alguien.

No cuando aún buscábamos quién nos acompañara, sino cuando ya aprendimos a navegar solos.

Y sucede algo extraño.

Durante años imaginamos que la compañía resolvería la nostalgia de ciertas tardes. Pensamos que bastaría con la presencia de otro ser humano para sentirnos acompañados.

Pero cuando finalmente aparece alguien que podría caminar a nuestro lado, descubrimos que no cuesta abrir el corazón; cuesta mover las mareas.

Porque cada costumbre tiene corrientes invisibles.

Cada silencio tiene su temperatura.

Cada rincón de la vida cotidiana guarda una pequeña ceremonia privada.

La taza favorita. El paseo de siempre. El lado de la cama que ocupa el cuerpo.

Pequeños rituales que, con los años, terminan pareciéndose a una patria.

No es rechazo.

No es egoísmo.

No es desamor.

Es simplemente que hemos tardado muchos años en aprender quiénes somos cuando estamos solos.

Y aquello que durante tanto tiempo pareció una ausencia, acaba convirtiéndose en prioritaria presencia.

Por eso algunas personas prefieren permanecer a solas antes que perder la paz que tanto les costó encontrar.

No porque hayan renunciado a la compañía, sino porque ya no desean cualquier compañía.

Siguen necesitando afecto.

Siguen emocionándose con una voz amable.

Siguen sintiendo el calor de una mano cercana.

Siguen deseando esa extraña belleza de compartir un amanecer sin necesidad de llenarlo de palabras.

Pero también aman el puerto que han construido dentro de sí. Aman las tardes lentas, los silencios sin explicaciones y la calma que llega cuando uno por fin deja de luchar contra sí mismo.

Quizá el amor, a cierta edad, no consista en fundir dos vidas en una sola.

Quizá consista en algo más delicado. Más respetuoso. Más consciente de la fragilidad y de la belleza que contienen los años.

Quizá consista en caminar junto al otro sin intentar ocupar su horizonte.

En escuchar sus mareas sin pretender dirigirlas.

En comprender que algunas distancias no son ausencia, sino espacio para respirar.

Pienso en dos personas caminando descalzas por la orilla. Un hombre unos pasos delante. La mujer siguiéndolo a poca distancia.

La espuma llega, retrocede y vuelve a llegar.

El aire huele a sal y a sol tibio. Las gaviotas cruzan lentamente el cielo.

Nadie corre, nadie arrastra al otro, nadie intenta cambiar el rumbo de las olas.

Y cuando el mar borra las huellas de ambos, no queda una marca sobre la arena que pertenezca al otro.

Porque ninguno necesita invadir el mundo del otro para acompañarlo.


Epílogo

Tal vez la verdadera compañía no llegue para llenar vacíos, sino para honrar lo que hemos construido en ellos. Porque el amor más sereno no exige renuncias; ofrece presencia, respeto y la libertad de seguir siendo uno mismo mientras se comparte el camino.


"Quizá el amor, después de cierta edad, se parezca a eso: dos mares caminando juntos por la misma orilla, compartiendo las mareas sin pedirle al otro que renuncie a sus profundidades."

martes, 9 de junio de 2026

"Sucedió de Golpe": Cuando la felicidad no depende de lo que falta. Entre sueños y destino.

 

“A veces la vida espera a que dejemos de perseguir un sueño para acercárnoslo en silencio.”


Prólogo

Hay momentos en los que perseguimos tanto aquello que deseamos que olvidamos mirar todo lo que ya florece a nuestro alrededor. Quizá algunas respuestas no llegan cuando más las exigimos, sino cuando aprendemos a caminar en paz con la incertidumbre.


Hay deseos que habitan con nosotros durante años. Los llevamos en el bolsillo del alma. Los imaginamos antes de dormir. Les hablamos en secreto. Los regamos con esperanza una y otra vez.

Y, sin embargo, parecen no llegar nunca.

Entonces esperamos. Y seguimos esperando.

Hasta que un día ocurre algo extraño.

No porque el deseo se cumpla. Sino porque dejamos de pelearnos con su ausencia. Porque comprendemos que la vida no está en pausa mientras aquello llega.

Y empezamos a vivir. A respirar. A agradecer. A encontrar belleza incluso en los espacios que creíamos vacíos.

Como quien deja de mirar el horizonte esperando la lluvia y descubre, de pronto, el perfume de los jazmines flotando en el aire tibio de una noche de verano.

Como quien deja de contar los días y siente, por primera vez, la sombra fresca de un árbol sobre la piel después de una larga caminata bajo el sol.

Como quien se detiene a escuchar y descubre que siempre estuvieron ahí las cigarras cantando entre los campos dorados, la brisa moviendo las hojas y la tarde derramando miel líquida sobre los tejados.

Y es entonces.

Justo entonces, cuando el corazón deja de exigir y aprende simplemente a estar. Cuando deja de apretar los puños y abre las manos. Cuando deja de preguntar «¿cuándo?» y empieza a decir «gracias».

Que la vida, misteriosamente, mueve una pieza. Y algo sucede.

Tal vez llega aquello que habías esperado durante tanto tiempo.

Tal vez llega algo distinto. Tal vez solo llega un instante hermoso. Una conversación. Una oportunidad. Una coincidencia. Una noticia. Una persona. Una puerta que parecía cerrada.

No sé si existe una explicación para esas cosas.

Pero a veces siento que la vida nos observa con infinita paciencia, esperando que aprendamos a florecer incluso en la estación en la que no hay frutos.

Y cuando por fin dejamos de arrancar la tierra para comprobar si la semilla crece, descubrimos que bajo nuestros pies ya estaban naciendo las raíces.

Quizá la fe no sea creer que recibiremos aquello que deseamos.

Quizá la fe sea aprender a vivir plenamente mientras llega... o mientras no llega.

Porque hay regalos que aparecen cuando los buscamos. Pero los más sorprendentes suelen llegar cuando, por fin, hemos aprendido que también podemos ser felices sin ellos.


Epílogo

La serenidad no nace cuando obtenemos todo lo que queremos, sino cuando descubrimos que nuestra plenitud puede existir incluso antes de alcanzarlo. Y, paradójicamente, es desde esa libertad donde la vida suele sorprendernos.


“A veces la vida no nos concede lo que anhelamos cuando estamos listos para recibirlo, sino cuando hemos aprendido que nuestra felicidad no depende de tenerlo.”

lunes, 8 de junio de 2026

"El Abrazo Azul": la historia detrás de un emoji que nunca entendí.

 

«Esta historia empieza con un color y termina con una sonrisa.»


PRÓLOGO

A veces no son las personas las que entendemos mal.
A veces es un símbolo. Un color. Una idea que damos por cierta sin haberla mirado de cerca
.


Estoy escribiendo y no puedo borrar de mi rostro esa sonrisa de quien se sabe tonta.

A veces —muchas veces, diría yo— he dado por hecho, o por entendido algo, sin tomarme la molestia de averiguar más a fondo el tema. Y ello ha conllevado que durante algún tiempo me sintiera incómoda y aplacada en mi libertad de expresión por temor a ser mal entendida, y por respeto a ti, que lees lo que escribo.

Cuando empecé a publicar en redes, algunas personas han respondido a mis textos con un emoticono de dos figuras abrazándose, en distintos tonos de azul.

Había algo que no terminaba de entender del todo en ese famoso «abrazo azul».

¿Un abrazo azul?

¿No es el azul, acaso, un color «frío», de acuerdo con el círculo cromático?

Pensaba: «¿Qué me quiere decir exactamente esta persona? ¿Es una forma de advertirme que no malinterprete su afecto? ¿Una manera de decir “te aprecio, pero no te hagas ilusiones”?». Incluso llegué a preguntarme si yo había dicho algo inapropiado para que sintieran la necesidad de levantar esa pequeña barrera preventiva.

Con el tiempo entendí que no.

Que no hay ningún mensaje oculto detrás de ese símbolo. Que, como todo abrazo, es una muestra de cariño o afecto. Apoyo emocional. Consuelo en momentos difíciles. Cercanía, amistad o solidaridad.

Un «Gracias por compartir».

Un «¡Me identifico!».

Un «Te mando un abrazo», mostrando cercanía, aunque sea a distancia.

El abrazo quedó absuelto. El color seguía bajo sospecha.

Pues, no termina de convencerme «el abrazo azul». No he conseguido reconciliarme con ese color... no ¡en un abrazo!

No cuestiono el abrazo; cuestiono el azul.

No cuestiono —ni cuestionaré, nunca— a las personas que me han enviado abrazos o corazones azules. Todos ellos han llegado a mí de personas que han creado conmigo una relación a distancia, cierto, pero una relación de confianza, respeto y afecto mutuo. Y el afecto que había detrás de ese gesto, de ese «abrazo azul», me llegó intacto.

Curiosamente, el azul es uno de mis colores favoritos. Es el color del cielo cuando se abre después de la lluvia. El del mar cuando respira en calma. El del agua que recoge la luz del mundo y la devuelve convertida en reflejo. Es un color inmenso, hermoso, casi infinito.

Pero no en un abrazo.

Y tampoco en un corazón.

Porque, cuando pienso en el afecto, no pienso en la inmensidad. Pienso en la temperatura.

Pienso en unas manos tibias. En una manta sobre los hombros. En el vapor que asciende de una taza caliente entre las manos. En la sensación de llegar a casa después de una larga caminata arrastrando el cansancio en los pies.

El azul puede ser bello, pero no abriga.

Y un abrazo, para mí, debería abrigar.

El azul me recuerda al mármol frío de una estación vacía, a la luz de una pantalla encendida de madrugada, al protocolo correcto y distante de quienes cumplen con un gesto porque toca hacerlo.

Y un abrazo no debería parecerse a nada de eso.

Un abrazo es presencia. Es una forma silenciosa de decir: «Estoy aquí, contigo».

Por eso me rebelo contra la idea del abrazo azul.

Los abrazos auténticos y los corazones verdaderos tienen el color de la sangre que circula, del fuego que reúne a la gente alrededor de una mesa, de las manos que consuelan, de la vida misma.

Porque un abrazo de verdad, incluso cuando es fraternal, incluso cuando no contiene el menor asomo de romance, debería dejar una pequeña sensación de calor en el alma.

Y el alma, que yo sepa, nunca ha sido azul.

No obstante, pese a todo lo que acabo de decir, seguiré recibiendo con cariño los abrazos azules. Porque ahora entiendo que el color frío no cambia el cálido afecto con el que se envían.

¡Lo tengo claro! Ahora sí.

Y espero seguir recibiéndolos: azules, amarillos, en signos negros encadenados formando la palabra «abrazo», porque el afecto, cuando es sincero, siempre encuentra la manera de llegar.

Y yo... yo estaré esperándolos con los brazos abiertos ¡correspondiendo ese abrazo!


EPÍLOGO

Quizá los símbolos no siempre vistan los colores que nosotros elegiríamos.
Pero el afecto sincero termina encontrando la forma de hacerse entender
.


«Porque, al final, lo importante nunca fue el color del abrazo, sino la persona que decidió darlo... y sí, sigo con esa sonrisa que revela lo terca y tonta que puedo llegar a ser.»

viernes, 5 de junio de 2026

"TÚ, AL OTRO LADO DE LA PANTALLA": Reflexión sobre los vínculos que nacen entre escritores y lectores, las presencias silenciosas y la huella que dejan las personas al otro lado de la pantalla.

 

"Hay personas a las que nunca hemos visto el rostro y, sin embargo, terminan ocupando un lugar silencioso en nuestros días."


PRÓLOGO

Hay encuentros que no suceden en una estación, en una plaza o en una cafetería.

Suceden entre palabras.

Personas que jamás se han estrechado una mano terminan formando parte de la rutina emocional de sus días. A veces basta una lectura, un comentario o una conversación nacida al calor de un texto para descubrir que la cercanía no siempre entiende de distancias.

Este texto está dedicado a quienes llegan en silencio y, sin proponérselo, terminan dejando huella.


Yo escribo porque me gusta escribir. Porque hay cosas que me nacen dentro y necesitan convertirse en palabras. Lo haría incluso si nadie me leyera. Pero cuando publico, sucede algo más. Algo que va mucho más allá de dejar un texto en una pantalla.

Alguien se detiene.

Y, en un mundo donde todos corremos, donde todo pasa deprisa y la atención dura apenas un suspiro, ese gesto tiene un valor inmenso.

Alguien dedica unos minutos de su vida a leerme.

Y cuando además comenta, cuando deja unas palabras, una emoción, un recuerdo, una reflexión o simplemente un saludo, ocurre algo extraordinario: se abre una pequeña puerta entre dos desconocidos.

Entonces, el lector se convierte en escritor,
y yo, en una ávida lectora.

Fascinada por los nuevos mundos que intuyo a través de sus palabras.

No sé dónde vive esa persona. No sé qué paisaje ve por su ventana cuando me escribe. No sé si está en España, en América o en cualquier rincón del mundo. Ignoro su edad, su historia y la mayoría de las cosas que la definen.

Y, sin embargo, poco a poco nos acostumbramos.

Nos acostumbramos a un "hola", a un "gracias", a un "qué bonito", a una opinión compartida. Nos acostumbramos a esas pequeñas conversaciones que nacen alrededor de un texto y terminan hablando también de la vida. A veces me cuentan recuerdos, pérdidas, alegrías, nostalgias o fragmentos de sí mismos que guardan entre líneas.

Y, sin darme cuenta, esas personas dejan de ser simples nombres en una pantalla.

Se vuelven presencia.

Como esas músicas suaves que apenas se escuchan y que, sin embargo, uno nota cuando dejan de sonar.

Por eso, cuando de pronto desaparecen, cuando pasan los días y ya no aparecen sus palabras, sucede algo tremendamente curioso.

No pienso: "He perdido un lector".

No pienso: "He perdido un comentario".

Pienso si estará atravesando días difíciles. Si estará ocupado. Si necesitará una palabra amable. Si seguirá leyendo en silencio. Si sonreirá al otro lado de la pantalla o hará una mueca de desagrado.

Y me pregunto: "¿Estará bien?"

Pienso en esa persona que siempre estaba ahí. En quien nunca faltaba a la conversación silenciosa que hemos ido construyendo en la cotidianidad de los días.

Es extraño.

Porque somos completos desconocidos.

Pero también es verdad que termino extrañándolos.

Y quizá eso dice algo hermoso sobre nuestra naturaleza humana: que somos capaces de encontrarnos incluso sin conocernos. Que podemos crear afecto sin haber estrechado una mano. Que una afinidad, una emoción compartida o una forma parecida de mirar la vida pueden tender puentes afectivos entre personas separadas por... ¿miles de kilómetros?

A veces pienso que escribir se parece un poco a dejar una lámpara encendida en mitad de la noche. Uno no sabe quién pasará por allí. No sabe quién encontrará refugio en esa pequeña luz. Pero, noche tras noche, aparecen las mismas almas, se sientan un instante junto a ella y comparten su calor. Y cuando alguna deja de venir, la luz sigue encendida, pero uno nota el hueco que ha quedado alrededor de la mesa.

Porque detrás de cada comentario hay una persona única. Y aunque estas palabras estén escritas para todos, mientras las lees son también para ti. Para ti, que te detuviste unos segundos. Para ti, que alguna vez me contaste un recuerdo. Para ti, que me saludas en silencio o que nunca comentas, pero siempre estás. Para ti, que quizá no imaginas que tu presencia también deja huella al otro lado de la pantalla.

Al final, detrás de cada perfil, de cada nombre y de cada comentario, hay alguien respirando, sintiendo, luchando, soñando y tratando de atravesar la vida igual que yo.

Y cuando deja de aparecer, queda un pequeño silencio.

Un silencio que recuerda que algunas presencias, por lejanas que parezcan, también llegan a ser importantes.

Si alguna vez has desaparecido por un tiempo y, al volver, encontraste mi alegría, quiero que sepas algo: quizá nunca nos hemos visto, pero me acostumbré a tu presencia.

Y sí...

cuando no apareces, te extraño.


EPÍLOGO

Quizá la vida esté hecha de más encuentros invisibles de los que imaginamos.

Tal vez nunca sepamos el nombre completo de algunas personas, ni el sonido de su voz, ni el paisaje que contemplan cada mañana. Pero eso no impide que formen parte de nuestra historia.

Porque hay presencias que no ocupan espacio físico y, aun así, encuentran un lugar permanente en el corazón.

A todas esas personas que alguna vez se detuvieron a leer, gracias por la luz compartida.


"A veces, la huella más profunda no la dejan quienes caminaron a nuestro lado, sino quienes, desde la distancia, iluminaron silenciosamente algunos de nuestros días."


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 4 de junio de 2026

"Dos Claveles Blancos": Un relato sobre la memoria, la infancia y un terremoto.

 
"El recuerdo más feliz de mi infancia nació el mismo día que otras niñas perdieron la suya."


Prólogo

Hay recuerdos que envejecen con nosotros. No porque los hechos cambien, sino porque cambian los ojos que regresan a mirarlos.

Este es uno de ellos.

Durante años creí que guardaba una única memoria de aquel terremoto. Con el tiempo comprendí que no.


Recuerdo aquel sacudón de tierra como se recuerdan las cosas cuando se es niña: sin contexto, sin magnitud, sin miedo verdadero… sin noción de sus consecuencias.

Recuerdo la tierra rugiendo bajo mis pies. No temblaba solamente: respiraba. Era como si un animal inmenso, enterrado bajo la ciudad, se hubiera escapado de una pesadilla. El suelo vibraba desde las plantas de los pies hasta el pecho. Las paredes se agrietaban y, de algunas heridas abiertas en el cemento, brotaba agua. Yo observaba aquello con los ojos muy abiertos —asustada, sí, pero fascinada—, como quien presencia un milagro.

Recuerdo a la gente corriendo. El pavor hecho voces. El ruido. Los grupos que se formaban en las calles. Recuerdo las manos de mis padres cubriéndonos los oídos cuando el mundo hacía demasiado estruendo.

—Todo está bien.

Lo repetían una y otra vez. Y les creí.

Porque los niños creen.

Creen en las palabras de sus padres igual que creen en la llegada de la mañana. Por eso, mientras la ciudad se estremecía, yo no vi una catástrofe.

Vi una aventura.

Dormimos al aire libre. Comimos juntos. Pasamos horas enteras bajo el cielo. Los adultos hablaban en voz baja mientras nosotros jugábamos. Había mantas, conversaciones alrededor de luces improvisadas y una extraña sensación de libertad. Mis padres consiguieron que aquello se pareciera a un camping en medio de la gran ciudad.

Ahora lo pienso y me parece un acto de amor casi imposible.

Construyeron una burbuja con sus propias manos y nos metieron dentro. Una burbuja donde no existían el peligro, ni la angustia ni las pérdidas. Una burbuja tejida con abrazos, sonrisas forzadas y la obstinación feroz de unos padres empeñados en proteger la infancia de sus hijos.

Y fui feliz en medio de la tragedia. Esa es la verdad. ¡Fui feliz!

No una felicidad inventada por la memoria, sino una felicidad auténtica, respirada a pulmón lleno por la niña que yo era entonces. Durante meses seguí creyendo aquella versión del mundo.

Hasta que regresamos a clase.

Los pupitres estaban en su sitio. Los cuadernos nuevos olían igual. El polvo de la tiza seguía flotando en el aire tibio de las mañanas. Pero había ausencias. Pupitres vacíos… que nadie movía.

Nombres que los adultos pronunciaban con cuidado, como si pudieran romperse.

Yo era demasiado pequeña para comprenderlo. Percibía el hueco, pero no su significado. Los niños aprendemos a convivir con los silencios mucho antes de entenderlos.

El tiempo pasó.

Y el tiempo, que primero protege, después revela.

Años más tarde, comprendí por fin aquello que nadie había sabido explicarme cuando era niña.

Entendí que el terremoto que yo recordaba como un evento mágico había dejado detrás dolor, pérdidas y familias quebradas.

Entendí que fue la razón de aquellos pupitres vacíos. Que las niñas ausentes fueron arropadas por la tierra y el concreto, acunándolas… hasta dormirlas para siempre.

Y, de pronto, ¡el recuerdo se partió en dos!

Desde entonces conviven en mí dos memorias del mismo acontecimiento.

La primera pertenece a la niña: la tierra rugiendo, el agua brotando de las paredes, las noches al aire libre, la emoción de una aventura inesperada y la certeza absoluta de que todo estaba bien porque mis padres lo decían.

La segunda pertenece a la mujer: la conciencia de la tragedia, el peso de los nombres que faltaron y la comprensión tardía de aquello que mis ojos infantiles no podían ver.

Durante mucho tiempo creí que uno de esos recuerdos debía borrar al otro.

Que la comprensión debía avergonzar a la felicidad.

Pero la memoria no funciona así.

La niña no sabía. La niña estaba protegida. La niña vivió aquellos días dentro del refugio más poderoso que existe: el amor.

Y esa felicidad ocurrió. Es parte de la verdad.

Como también lo son las ausencias, los pupitres vacíos.

Hoy, cuando regreso a aquel recuerdo, llevo dos claveles blancos entre las manos.

Uno para la niña feliz que fui.

Otro para las compañeras que no volvieron de su desgracia.

Y entre ambos claveles vive mi memoria: un lugar donde la alegría y la tristeza no se contradicen, sino que aprenden a sostenerse mutuamente bajo la misma luz.


Epílogo

Sobre ciertos recuerdos el tiempo no coloca una lápida.

Coloca un espejo.

Y cada vez que volvemos a ellos descubrimos un rostro nuevo reflejado en la misma historia.


"La niña recuerda una aventura. La mujer recuerda una tragedia. Y ambas dicen la verdad."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel