“En el juego del hurto, ¿Quién resulta más astuto: el
que roba cosas o el que roba corazones?”
Este relato no me corresponde contarlo, pues la experiencia
no es mía. Pero ¿Qué más da que me lo haya de robar, si de ladrones ha de
tratar? Me lo confesaron de una manera, y yo se los narro de esta otra, más
breve.
El barrio está enclavado en lo alto de la montaña, a media
hora de la gran capital. Casas modestas, de gente modesta. Pero siempre se
cuelan algunos pilluelos; casualmente, dos de ellos eran vecinos, pared de por
medio.
Estos colindantes solo dos cosas tenían en común; en lo
demás, eran diametralmente opuestos: uno blanco, el otro moreno; uno joven, el
otro viejo; uno flaco, el otro corpulento; uno analfabeto, el otro instruido… y
así en todo lo demás. Coincidían únicamente en que vivían en el mismo
vecindario y en que uno quería quitarle algo al otro. Es aquí donde quedó
demostrado que uno era tonto y el otro listo.
—Salvador —le susurró la esposa al oído—, ¿hasta cuándo
vamos a permitir que nos distraigan con el encanto y ternura de la criatura,
mientras el padre salta la empalizada y nos roba por el patio trasero?
—Quédese tranquila, mujer. Déjeme ese asunto a mí. A su
tiempo lo sabré resolver —le dio una suave palmada en el hombro y se puso de
pie, cargando al infante, que no era otro que Joselito, el hijo del vecino, el
ladronzuelo.
Durante dos años y medio, Salvador no solo toleró los
hurtos: los fomentaba. Ana veía con suspicacia cómo su marido, con toda
premeditación, colocaba cosas al descuido en el patio, a la vista del vecino…
como tentándolo a robar. Y así sucedía, mientras ellos con el niño se
entretenían.
Cada día el lazo entre Salvador y el infante crecía, se
estrechaba. Y eso era bueno para él y su señora, porque hijos no tenían.
Había nacido el amor entre ellos, como familia, pues.
Salvador y Ana se encargaban, prácticamente, de la crianza y cuidado cotidiano
de Joselito; cosa que a los jóvenes y torpes padres contentaba. Estaban
encantados con ello, así les daba tiempo para andar en sus trastadas y
recuperarse de las parrandas.
Ya había llegado el “momento” para Salvador, y así se lo
comunicó a su mujer. Los dos se sentaron y hablaron —larga y acaloradamente—
sobre lo que consideraban mejor para el chiquillo.
Salvador se dirigió a casa del vecino, seguido por la mirada
atormentada de Ana, quien no lo perdió de vista un instante. No fue solo: fue
con el muchachito en brazos.
—Oye, mañana iremos a la capital. Nos iremos temprano y
pasaremos el día entero allá. Queremos llevar a Joselito al parque, y también
al circo. Mañana pasamos tempranito a recogerlo —dijo esto y, al tiempo, le
entregó al niño.
—¿Cómo que “tempranito”? —gruñó el padre, frunciendo el ceño
mientras se rascaba la barriga— ¿De qué hora estamos hablando?
La madre, que escuchaba tras la puerta —ya que siempre
andaba semidesnuda y desprolija— rezongó:
—No, eso es muy temprano. Si quiere, que se queden con él
esta noche y así hacen sus cosas a su manera… ¡de temprano, nada!
—Ya lo escuchaste, viejo. Si quieren que Joselito vaya con
ustedes, tendrá que dormir en vuestra casa —y le entregó la criatura sin
esperar respuesta.
Salvador lo tomó en sus brazos con la más dulce sonrisa.
¡El pez había mordido el anzuelo!
¡Estaba hecho!
—Que así sea. Por cierto, vecino, quisiera pedirle un favor.
Le dejaré las llaves de mi casa bajo la maceta del helecho que está en el
pórtico. Le agradecería que le echara de comer al gato, pues salimos temprano y
regresaremos tarde... si es posible, claro.
—Por supuesto, no hay problema —contestó con el mayor
cinismo del mundo.
Salvador se regresó a su casa con el chico recostado en su
pecho. Sintió una mezcla de satisfacción y ternura.
Mientras los padres de Joselito formaban jolgorio —porque
podrían hurtar en casa del vecino a su antojo y con toda calma—no sospechaban
que, mientras tramaban robar al vecino, el vecino les estaba robando a ellos.
Ninguno de los dos durmió esa noche.
Al día siguiente, cada uno despojó lo más preciado que el
otro tenía: el ladronzuelo, las posesiones materiales de Salvador; y Salvador…
¡se quedó con el hijo que tanto quería! Jamás regresó.
Y así, en un trueque no pactado, sin papeles ni testigos, se
selló el robo más dulce que jamás se haya cometido.
¿Se aplica aquí, acaso, el dicho que dice: “Ladrón que
roba a ladrón tiene cien años de perdón”? Pregunto yo. Ustedes dirán.
“Cuando el hurto es amor, el castigo se convierte en
destino.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario