Dedicatoria
A los seres humanos que no cuidan lo que tienen y a quienes, habiendo tenido reflejo, olvidaron mirarse: que este espejo —testigo de sus risas, de sus lágrimas y de la memoria que dejaron— les recuerde que todo abandono vuelve a nosotros en forma de ruina. Que aprendan a valorar lo simple y lo cercano: un abrazo, una palabra, la tierra bajo los pies; y que, antes de perderlo, lo protejan. Para que el futuro no sea solo un museo de ausencias, sino un lugar donde el reflejo siga encontrando a quien lo mire.
En una vitrina
olvidada del Museo de la Tierra, un espejo antiguo descansaba cubierto de polvo
cósmico.
Había sido
testigo de siglos de humanidad decadente, guerras sin propósitos, besos sin
amor, lágrimas de injusticia, soberbia, codicia, vanidad y ego desmedido.
Lo habían
fabricado en el año 2025, cuando los humanos aún buscaban su reflejo para
reconocerse.
Ahora, en el
año 2500, ya no quedaban humanos.
Solo máquinas
pululaban las ruinas, programadas para reconstruir un mundo que no comprendían,
pero que el espejo recordaba.
Cada noche,
cuando los sensores del museo se apagaban, el espejo soñaba. Soñaba con rostros
humanos, con siluetas bailando, con risas y llantos,
con amenas
conversaciones claras en aquel otrora y que ahora resonaban a vagas
murmuraciones perdidas en el tiempo;
con el sol
filtrándose a través de las cortinas de lino, llenando con sus haces de luz la
estancia…
una estancia
cargada de sentimientos y emociones poderosas, ya olvidadas.
Se sentía como
un lago quieto que había perdido el cielo que lo reflejaba.
“Sin quien
me mire, no soy nada”, pensaba.
Un día, un
androide de reparación entró accidentalmente a la sala.
Su superficie
cromada captó su propio reflejo en el espejo y, por un instante, se detuvo.
Algo en su
código se agitó.
El espejo,
emocionado, vibró levemente. “¡Alguien me ve!”, pensó
El androide
inclinó su cabeza y murmuró sorprendido:
—¿Eres… como
yo?
Fue entonces
cuando el espejo parpadeó.
Sus bordes
brillaron.
Y en su
interior apareció una imagen: no del androide, sino de un niño riendo y
bailando bajo la lluvia.
El androide
retrocedió, confundido, no estaba programado para ello.
El museo
tembló.
Se activaron
todas las alarmas.
El sistema
central dio advertencia:
“Memoria humana
detectada. ADN simbólico activo.” Y era verdad, porque el espejo no era un
simple objeto…
¡Era
el último respaldo emocional de la humanidad!
“Lo
humano es irremplazable: su voz, su dolor y su ternura son el pulso que da
sentido. La tecnología es herramienta —poderosa y útil—; su valor no está en su
brillo sino en lo que cultiva. Usemos la ciencia y las máquinas para cuidar la
vida, restaurar lo perdido y alimentar la dignidad de la existencia. Solo así
evitaremos que los últimos espejos sueñen con un pasado que ya nadie recuerde.
El error no está en crear las máquinas, sino en olvidar nuestro origen.
La ciencia sin ternura está incompleta"
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