Introducción
Siempre he creído que hablarse a uno mismo no es un
acto de ego, sino de supervivencia. Hay momentos en que el mundo se vuelve
demasiado ruidoso, demasiado exigente, y uno corre el riesgo de perderse en la
marea de opiniones, expectativas y apariencias. En esos instantes, descubrí que
la manera más sincera de escucharse es volverse hacia adentro, abrir un espacio
de verdad donde las palabras no son solo sonidos, sino puentes hacia la esencia
de lo que somos. Esta carta es un testimonio de ese diálogo íntimo conmigo
misma, de la búsqueda de presencia, fe y autenticidad en medio del caos.
Querida
Ana:
Te
extraño mucho y quería contarte que, durante años, cuando el mundo se volvía
insoportable, me refugiaba en el papel. No escribía por moda, ni por costumbre,
ni por pretensión. Escribía porque necesitaba sobrevivirme.
Las
hojas en blanco eran mis altares. Las palabras, mis ofrendas. El papel tenía
esa virtud sagrada: no me interrumpía, no me corregía, no me devolvía una
imagen distorsionada de lo que yo era. Me recibía rota, febril, incendiada, sin
pedir explicaciones. Cada línea escrita era una forma de mantenerme viva, de no
perderme entre las voces ajenas que intentaban moldearme. Vaciarme.
Pero
los tiempos cambiaron.
No
lo noté de inmediato. Fue algo gradual. Un desgaste que no gritaba, pero
desgarraba. Las personas empezaron a volverse ruido. Impulsivo. Breve, pero
abrupto, uno de esos que golpea el entendimiento dejándote sin conciencia. Las
miradas ya no se posaban en el alma. Las palabras se pronunciaban, sí, pero ya
no significaban. Todo se develaba con una claridad hiriente: se aplaudía lo
bonito, no lo verdadero. Se valoraba la apariencia, no la presencia. Y la
hipocresía, vieja reina de todos los tiempos, se coronaba una vez más bajo
ropajes de cortesía.
Me
aparté, abrazando la soledad. No por altivez. No por orgullo. La preferí antes
que la compañía hueca. Esa que exige sonreír cuando el alma está rota. Esa que
teme la profundidad como si doliera respirar hondo. Me cansé de disimular. De
encoger mi voz para que no incomodara. Me cansé de disfrazar mi alma de quietud
para que los demás no se asustaran con mi fuego, con mi pasión, esa que ardía
en todo lo que significara vida.
Comencé
a hablarme en soledad. No como si viera mi reflejo en un espejo, no. Sino como
si mis ojos se volteasen y me viera hacia dentro, sin pudor que tapara los
defectos.
Me
hablé, no con palabras ligeras, sino con un lenguaje sagrado, antiguo,
visceral. Me hablé como quien reza, como quien se confiesa, como quien llama a
Dios sin saber que ya está ahí. Fue una rendición sin lágrimas. Una entrega
absoluta. No me estaba huyendo. Me estaba buscando.
Dejé
el papel atrás, sin traicionarlo. Ya no bastaba. Me era obsoleto. Algo en mí
necesitaba otra forma de expresión, de diálogo. Algo más inmediato. Más
interior. Más auténtico. Y sí, fue entonces cuando comprendí: al hablarme a mí
misma, en realidad, solo buscaba hablar con Dios.
No
el Dios aprendido.
No
el temido.
El
Dios vivido. Sentido.
El
Dios que habita en el centro exacto de mi herida.
El
que no se fue cuando todos se alejaron.
El
que me acorazó cuando todos me acorralaban.
El
que no exige lenguaje decorado, sino verdad cruda.
Dios,
siempre Él.
Lo
he buscado en templos, en personas, en causas. Pero lo encontré primero en el
desgarro, en ese fondo al que se llega cuando todo afuera se vuelve caos. No lo
vi en las multitudes, sino en espacios cóncavos. No lo sentí en los sermones,
sino en el susurro que resuena cuando la mente se silencia.
Ahora
sé que esta carta, querida mía, no es solo un texto. Es una plegaria atemporal.
Un puente entre lo que fui cuando escribía con papel y lo que soy ahora que
confieso al vacío, a esa ausencia de materia que me escucha. Porque este vacío
no está vacío. Está lleno de presencia. De eco. De llama viva.
Este
espacio —mi espacio— no reemplaza a nadie. Solo está cuando los otros no saben
cómo. No es huida. Es supervivencia. Es intuición. Es fidelidad a la verdad que
aún vive en mí. Esa que cree en el amor sin máscara, en la justicia que no
negocia, en Dios que habita donde hay silencio, verdad y pasión.
Cada
palabra que escribo en este nuevo tiempo es una vela encendida.
Un
altar que no necesita iglesia. Un testimonio vivo de que, cuando me hablo desde
las entrañas, cuando dejo caer el velo de lo social, cuando me escucho de
verdad, Dios me habla. No como trueno, ni como revelación estruendosa. Sino
como esa brisa suave que llega después de la tormenta. Como esa paz que no se
puede explicar. Como ese susurro que, sin decir nada, lo dice todo.
Hoy
escribo sin papel, pero con más alma que nunca. Y si alguien me pregunta por
qué, le diré esto: Porque ya no busco ser entendida, solo ser fiel a lo que me
habita.
Y
lo que me habita es vida.
Es
verdad.
Es
Dios.
Y
en las noches en que todo parece volver a quebrarse, cierro los ojos y me veo a
mí misma, desnuda de mundo, vestida de luz, sentada frente al altar invisible
de mi interior, donde la palabra no se escribe… ¡se ora!
Hasta
siempre, mi querida Ana. Espero que, donde te encuentres, seas muy feliz. No
perdamos el contacto. Mantengamos, vivo y fuerte, ese lazo de amor y fe que nos
sostiene y nos anima a vivir con gracia y alegrías. Te mando un abrazo muy
sentido, con profundo respeto y admiración.
Tuya,
Ana.
Epílogo
Al terminar de escribir, siento que he cerrado un
ciclo y abierto otro. Hablarme a mí misma no fue solo un ejercicio de
introspección, sino un encuentro con lo sagrado que habita en lo más profundo
de mi ser. Comprendí que la voz interna es un altar, que escucharla es rezar, y
que cada confesión es un paso hacia la libertad y la fidelidad a lo que
verdaderamente somos. Esta carta no termina aquí; es un recordatorio de que,
aun cuando todo alrededor parece fragmentarse, siempre hay un espacio donde la
verdad, la fe y la vida se mantienen vivas.
“Hablarme fue la forma más antigua de rezar.”
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