"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."
Introducción
Hay almas
que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.
Regresan,
una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el
anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo
silencioso entre ellas y el universo.
Cada
existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde
el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada
se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu,
que recuerda incluso cuando la mente calla.
A veces,
esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro,
un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.
Es
entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni
termina con el último.
Coincidir
es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se
reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque
cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para
recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que
alcanza la eternidad.
El pacto
El encuentro
estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la
consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y
otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse,
aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos,
el origen de todo.
El llamado
del destino
Aquel día
señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a
veces une— había llegado a su punto exacto.
El destino no
sería burlado.
El viaje
Ella abordó el
avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente
a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la
llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el
tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era
de esta vida solamente.
Memorias del
alma
Ya en el tren,
miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales
incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.
Se
relajó.
Sonrió.
El padre
Era imposible
no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del
aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un
todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico,
al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote
pescaba.
Lo tenía en la
mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con
desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le
perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba.
Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para
que la bebiera del piso como una alimaña.
Así, tirada en
el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz
hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el
cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le
reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia
por no permitirle olvidarla.
Ese hombre,
perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida:
perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.
La infancia
de los tilos
También surgía
en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa
Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de
tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos
conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear
a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.
Las risas no
cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde
los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos,
las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como
tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de
amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.
El amor y la
instrucción
Vino a su
memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del
Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre
—de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras.
Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y
corregía por su constante distracción.
Observaba a su
amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas
de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla
estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e
hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso
estaba bien.
La cosecha
del dolor
Y ¿cómo olvidar
aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra?
Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre,
a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.
Desde el suelo,
con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y
sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los
platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos
que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico
día.
Su pequeña hija
—concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin
auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de
su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia
vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos…
era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.
La redención
En cambio, en
su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se
reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó
del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé
dulce y quieta, que solo sonreía.
Oía los gritos
de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa
angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo
la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas,
traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos
de atrapar todo lo que las rozara.
Vio el
cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías
aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a
su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella
olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto
más se movía más se cansaba.
Se ahogaba. No
sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la
vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien.
Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.
La alegría y
la unión
Obvio que sus
aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta
pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos
y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se
comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias
estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no
agobian. Y eso… era muy bueno.
El
reencuentro
El tren llegó a
Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida.
Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para
llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación
última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!
El abrazo que
se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más
allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el
aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.
La casa y el
brindis
Caminaron por
las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio.
Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las
callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como
tambores de un ritual que acababa de comenzar.
Ya en casa,
sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran,
por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes
de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en
tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja
la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.
—Por nosotras…
y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una
alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.
La
revelación
Cantaban desde
el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.
Y mientras las
copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne,
señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad
quedó al desnudo.
El reloj se
detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.
Epílogo
Ahora lo
entiendo.
No fue
casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo
lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un
espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.
Durante
tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin
saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros
del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una
vez hirió, a amar sin condiciones.
Hoy sé
que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen
aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que
reconozco al mirarles los ojos.
Entendí
que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso,
y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo
espera el momento perfecto para recordar.
Coincidimos
porque así lo pactamos.
Porque,
más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando,
elevándonos.
Y cuando
llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la
deuda saldada y el amor intacto.
Ahora sé
que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.
“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.”
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