“El
milagro del amor cabe en un instante.”
Prólogo
El amor
verdadero no siempre irrumpe con estruendo; a veces llega en un instante
diminuto y eterno. En un abrazo inesperado, en unos brazos pequeños que
sostienen lo que el mundo ya no puede. Este relato nace de ese instante
milagroso donde dos almas se reconocen como una sola.
Pasé por su
escuela. Lo busqué en su salón de clases, solo para ver cómo estaba, cómo se
comportaba. Al verme, salió corriendo: ¡nada impediría que de mi cuello se
colgara!
El choque de
trenes fue inevitable; me doblé como una vara. Traté de desprenderlo para que
mi espalda no se lastimara, pero nada: ¡de mí, asido como una garrapata!
Bajé la
mirada, y allí estaba: su carita de luna llena, viéndome como quien descubre el
lucero de la mañana. ¡Sonrisa dulce y confiada, como quien tiene a Dios
enganchado en el alma!
Es increíble
ese sentimiento entre dos seres que se aman: ¡dos en uno, como polluelo en su
cáscara!
Epílogo
Hay vínculos
que no se explican: se sienten. Permanecen intactos más allá del tiempo, del
dolor y de las caídas. Cuando la vida parece un pozo sin fondo, el amor
—encarnado en la inocencia— se vuelve alas. Y entonces, sostener y ser
sostenido es lo mismo.
“Dos
en uno: la esencia del amor verdadero.”
Dedicado, con
todo mi amor, a mi nieto Emanuel, el niño
que llegó a este mundo para sostenerme cuando yo caía a un pozo sin fin. Un
ángel cuyas alas eran la ternura y la devoción, y con ellas me sostuvo.
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