“En el silencio del alma cansada, las manos de Dios hacen su obra.”
Prólogo
A veces
el día comienza con luz y termina en prueba.
Entre lo cotidiano y lo invisible, el alma aprende que no toda batalla se libra
con palabras, ni toda fuerza nace de uno mismo. Este texto es el rastro de ese
instante en que el cansancio humano se encuentra con la gracia divina.
Un día
cualquiera…
te levantas con música en la cabeza,
una sonrisa tatuada que simboliza amor y alegría.
Y una gente que no es gente… ¡te arruina el día!
Se frunce el
entrecejo.
Se tensan las mandíbulas, sellando los labios
en muda oración.
Si pronuncio palabras, sonarán a maldición.
Te tragas la
amargura.
Aprietas la frustración.
El corazón se oprime; la respiración se agita.
La mente se nubla con pensamientos perversos
que se esfuman por inacción.
Llegas a casa
—ese lugar sagrado—,
el que alberga tu vida
como tu cuerpo al alma.
No haces nada.
Nada vale la pena.
No apetece. ¡Ni eso ni nada!
Te acuestas en la cama, desanimada.
Adoptas posición fetal:
reflejo de que, en el vientre de tu madre, deseas estar.
Aun gestando. No nacida,
para no enfrentar los dilemas que surgen
entre el bien y el mal.
Con las palmas
abiertas, juntas las manos bajo tu cara.
Palmas que,
como orando,
tejen un lecho de consuelo y esperanza
donde Dios te permite descansar.
Te relajas.
Tus ojos decepcionados fabrican cuentas de rosario —uno de cristal—,
unidas por hilos de plata
que te enlazan a la Madre:
esa que te abriga con amor
y promesas de bienestar.
De tu boca se
escapa un musitado:
—Ay, Dios...
No es una
simple exclamación.
No llega a ser un suspiro, aunque suene igual.
Es la exhalación del alma
cuando se libera de la opresión
que cargas entre pecho y corazón.
Es súplica.
Es plegaria.
¡Es un llamado a Dios!
Que no te suelte.
Que te sostenga,
porque estás ante el abismo…
el abismo entre el “sí” y el “no”.
Solo ves ante
ti un camino lleno de obstáculos.
Entras en desasosiego.
¿Otra vez? —te preguntas, incrédulo y con decepción—.
¿Empezar de nuevo… hasta cuándo, Señor?
Con frenesí
empiezas a limpiarlo.
Las malas hierbas impiden que entre la luz.
No sientes nada físico, la exaltación te anestesia.
Ni cansancio, ni desgarro
Las manos no
sangran.
Las miras solo para comprender que, como siempre,
no son las tuyas las que despejan el camino que has de transitar…
¡Son las manos de Dios!
Epílogo
Cuando el
ruido calla y el cuerpo se rinde, queda la verdad esencial: no caminas sola.
Incluso en la duda, incluso al borde del abismo, hay unas manos —más firmes que
las tuyas— que siguen despejando el sendero.
“Allí donde termina mi voluntad, surgen las manos de Dios”
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