viernes, 23 de mayo de 2025

Quirófano ocho

 

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Ana Margarita Pérez Martin

“Descubre la fuerza que nace cuando todo parece perdido.”

Dedicatoria: “Para los que migran, no solo geográficamente, sino hacia su propia resiliencia.”

“El mundo es un quirófano donde aprendemos a sostener lo que parece perderse.”

¿Quién no tiene una historia que narrar?
¡Todos somos libros fascinantes de leer!
Algunos contienen epopeyas que estremecen;
otros, relatos breves que dejan huella,
o que, al mirar sus rostros, ya nos anticipan versos
que nos acariciarán el corazón por un instante.
Todos formamos parte de esta gran biblioteca de la vida,
entretejiendo la historia universal de la humanidad.
¡Lástima que no haya tiempo de leerlos todos!
La longevidad sería un regalo invaluable para intentarlo.

Camino por Madrid.
El pavimento frío se adhiere a mis zapatos;
la brisa roza mi rostro con un dejo húmedo de lluvia reciente;
el murmullo de las calles se mezcla con pasos y voces lejanas.
Mi mente, inquieta como bandada de pájaros asustados,
salta de un pensamiento a otro,
captando colores, sombras, reflejos y sonidos que pasan inadvertidos para otros.

Solo me detengo cuando recuerdo el Caribe:
el sol dorado que se derrama sobre la arena,
el calor que acaricia la piel,
el aroma de la tierra húmeda y del mar que se mezcla con el viento,
el murmullo de risas y cantos que aún viven dentro de mí,
un perfume que se aferra a los recuerdos
como si la vida misma se resistiera a dejarlo ir.

Antes, mi trabajo era mental;
ahora es físico.
Levanto la vista para ver a los demás,
y descubro mi fuerza en cada músculo, en cada brazo que sostiene,
en cada rodilla que se flexiona, en cada respiración que se acompasa
con la exigencia del movimiento constante.
El cansancio aprieta, pero mi cuerpo responde;
descubro capacidades silenciosas que no sabía que existían,
un poder que me sostiene y me transforma,
un coraje que se asienta en mis manos y en mis pies.

Uniformada con pantalón blanco y casaca de rayas,
me inclino junto a la base de la columna hidráulica del quirófano ocho.
La luz blanca y fría ilumina cada gota de sangre derramada
por aquella mujer a quien abrieron el vientre
para extraer al hijo gestado con ilusión.
Limpio, froto, absorbo cada mancha con bayetas de microfibra,
sintiendo el roce de la tela sobre mis manos,
el esfuerzo que recorre mis brazos y espalda,
cada movimiento medido, consciente, necesario.

Pienso en Cristo, en mi madre, en mí misma…
tanta sangre derramada por los benditos hijos, por amor.
La vida se revela así:
no hay aprendizaje sin entrega,
no hay recompensa sin esfuerzo,
no hay belleza sin sacrificio.

En medio de aquel silencio, el lugar se vuelve sagrado.
Como un milagro, mi mente se abre:
la razón de estar allí no era otra que la esperanza.
Me enseña a soltar posesiones,
a desapegarme de afectos,
a recomenzar desde cero,
y a reconocer la fuerza que habita en mí.

Comprendo que la paz y la libertad
no dependen de lo que se posee,
sino del valor de descubrir lo que uno es capaz de sostener,
dar y resistir,
aun en los pasillos más inesperados de la vida.

Hoy camino de nuevo por Madrid.
Cada paso resuena bajo mis pies,
el roce de mi ropa, el aire fresco en mi piel,
el olor húmedo de la ciudad mezclado con humo lejano,
cada respiración llena mis pulmones de aire vivo.
Cada esfuerzo, cada descubrimiento, cada movimiento
se convierte en capítulo de mi historia.

Y mientras la luz del sol se refleja en las fachadas y los adoquines,
mientras siento en mis manos la memoria del Caribe y la fuerza de mi cuerpo,
siento que todo vuelve al comienzo:
todos somos libros fascinantes de leer,
y mi historia, como tantas otras,
se abre de nuevo, lista para ser contada,
completa, con el corazón abierto al mundo,
como cuando empezó.

“Todos somos libros que merecen ser leídos hasta el final.”


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