"Un
corazón que late en silencio, un cuarto oculto que revive los ecos del pasado,
y el aroma de una blusa que devuelve un abrazo perdido”
Prólogo
Un viaje
al duelo, a la culpa y al amor filial que sobrevive en los objetos, en las
casas que recuerdan y en los aromas que devuelven abrazos perdidos. Una
historia sobre la memoria de una madre, sobre el peso de lo no dicho y sobre la
fidelidad silenciosa a lo que somos, incluso cuando otros intentan borrarlo.
No sé cuánto
tiempo había pasado desde que nos dejara con ese vacío imposible de llenar. Con
tristeza justificada, con aceptación obligada, nos vimos forzados a enfrentar
lo inevitable: esos protocolos inventados por los hombres para proteger lo
material, aun cuando lo único que uno desea es resguardar el derecho humano de
llorar en paz, de guardar luto.
Ella había
pasado sus últimos años en mi casa. Pocos, lo reconozco, pero plenos de gozo.
Se resistió cuanto pudo a abandonar la suya, aquel hogar que fue, durante tanto
tiempo, el centro de la familia. Pero al irse, la casa quedó atrás, sumida en
el silencio. Y las casas, como la gente, si no respiran, mueren.
Frente al
portal me recibió un jardín devorado por la maleza, árboles doblegados bajo las
enredaderas. Sentí esa visión como un reproche: “Me abandonaste, junto
a tus recuerdos, a lo más feliz de tu vida. ¡No te importamos nada!”
El presagio se
cumplió apenas crucé la puerta. No era una casa. Tampoco un cementerio de
recuerdos de aquellas etapas donde la llave era una risa, un abrazo, un “te
amo”. Era un confesionario: cada rincón me devolvía escenas de infancia,
adolescencia, juventud… pero también mis pecados. Porque había sido yo quien la
convenció de deshacerse de tantas cosas por las que había luchado, que la
representaban. “No uses esa vajilla, está pasada de moda”. “Esos
floreros no sirven”. “Tienes demasiadas cosas, me pone los pelos de punta que
los chiquillos las rompan”. “Esa ropa fina, de fiestas y visitas… ¿para qué la
quieres, madre, si ya no sales?” Y ella me miraba en silencio con esos
ojos azules de primavera. Siempre dócil, accedía. No por convicción, sino por
complacerme, mientras yo la despojaba de sí misma.
Recorrí cada
estancia sin tocar nada, como si fuera una intrusa en un museo. Hasta llegar a
su habitación. Allí el tiempo se detuvo, y yo con él. Miré, hurgué con
curiosidad. Con la libertad de tocar y disponer de lo que es propio. Aquella
recámara me hablaba, me contaba cómo habían sido las horas que en soledad mi
madre pasaba, en aquel entonces, cuando vivía allí sola. El armario me llamó la
atención: desnudo, mostraba un espejo al fondo, totalmente desconocido para mí.
Lo palpé. Algo no encajaba. El espejo cedió y reveló una puerta. Y detrás,
otra.
El corazón me
golpeaba con fuerza. Empujé.
El cuarto
apareció ante mí como un santuario intacto. No había polvo, no había desorden.
No necesité hacer esfuerzo alguno para reconocer todo aquello, y lo que ello
significaba. Todo estaba dispuesto con cuidado: la vajilla de Bavaria, los
floreros de Bohemia, la cubertería de plata guardada en su caja tallada. Las
cajas —amarillentas y desgastadas, atadas con lazos de colores pasteles— donde
guardaba fotos antiguas de los ancestros de sus ancestros… hojas caídas del
árbol genealógico. Todo lo que yo había obligado a desaparecer estaba allí, a
salvo de mí.
Y entonces lo
vi: colgados, planchados, impecables, estaban sus vestidos. Los de fiestas, los
de visitas, los de una vida social que ya no tenía. Sin pensarlo, me acerqué.
Toqué la seda fría, el terciopelo suave, el encaje delicado. Instintivamente
llevé una blusa a mi rostro… y el olor me sacudió. Olía a ella. A su perfume, a
su piel, a sus abrazos. Era como tenerla otra vez entre mis brazos.
Las lágrimas me
cegaron. Me dejé caer contra la pared, hasta quedar en el suelo. Todo lo que
alcanzaban a ver mis ojos era como si llevara mi nombre escrito, repetidamente;
no como etiquetas, sino como un dedo acusador que no titubeaba en señalarme.
Cada “pecado” estaba allí, cada cosa que la obligué a despojarse. Un registro
de su paciente amor… y de su dolor.
Me rompí. ¿Cómo
no me había preguntado antes a dónde iban a parar las cosas de las que se
deshacía a mi petición? El llanto fue un desgarro hondo, no por no reconocer la
indiferencia, la culpa, sino porque ella ya no estaba para pedirle perdón, para
implorarle que me absolviera.
Comprendí, al
salir tambaleante de ese cuarto secreto, que mi madre nunca se desprendió de su
esencia. Yo quise borrarla, vestirla de modernidad, quitarle lo que era suyo.
Pero ella, en silencio, lo guardó todo. No por apego a los objetos, sino por
fidelidad a sí misma.
Ese cuarto no
era un escondite. Era un testamento. Su herencia verdadera: la memoria que yo
había intentado borrar, y que ahora hacía mía.
Epílogo
Mi madre
se fue sin reproches, sin levantar la voz, sin reclamar nada de lo que le
quité. Su resistencia fue el silencio; su victoria, la memoria. En aquel cuarto
oculto no solo guardó objetos, guardó su identidad intacta, a salvo del tiempo
y de mis errores. Yo creí haberla guiado, haber sabido más. Hoy sé que fue ella
quien me dio la última lección: nadie debe renunciar a sí mismo para ser amado.
“Su
memoria, intacta.”
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