viernes, 2 de mayo de 2025

EL CUARTO SECRETO

 

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EL CUARTO SECRETO

Ana Margarita Pérez Martín

"Un corazón que late en silencio, un cuarto oculto que revive los ecos del pasado, y el aroma de una blusa que devuelve un abrazo perdido”

 No sé cuánto tiempo había pasado desde que nos dejara con ese vacío imposible de llenar. Con tristeza justificada, con aceptación obligada, nos vimos forzados a enfrentar lo inevitable: esos protocolos inventados por los hombres para proteger lo material, aun cuando lo único que uno desea es resguardar el derecho humano de llorar en paz, de guardar luto.

Ella había pasado sus últimos años en mi casa. Pocos, lo reconozco, pero plenos de gozo. Se resistió cuanto pudo a abandonar la suya, aquel hogar que fue, durante tanto tiempo, el centro de la familia. Pero al irse, la casa quedó atrás, sumida en el silencio. Y las casas, como la gente, si no respiran, mueren.

Frente al portal me recibió un jardín devorado por la maleza, árboles doblegados bajo las enredaderas. Sentí esa visión como un reproche: “Me abandonaste, junto a tus recuerdos, a lo más feliz de tu vida. ¡No te importamos nada!”

El presagio se cumplió apenas crucé la puerta. No era una casa. Tampoco un cementerio de recuerdos de aquellas etapas donde la llave era una risa, un abrazo, un “te amo”. Era un confesionario: cada rincón me devolvía escenas de infancia, adolescencia, juventud… pero también mis pecados. Porque había sido yo quien la convenció de deshacerse de tantas cosas por las que había luchado, que la representaban. “No uses esa vajilla, está pasada de moda”. “Esos floreros no sirven”. “Tienes demasiadas cosas, me pone los pelos de punta que los chiquillos las rompan”. “Esa ropa fina, de fiestas y visitas… ¿para qué la quieres, madre, si ya no sales?” Y ella me miraba en silencio con esos ojos azules de primavera. Siempre dócil, accedía. No por convicción, sino por complacerme, mientras yo la despojaba de sí misma.

Recorrí cada estancia sin tocar nada, como si fuera una intrusa en un museo. Hasta llegar a su habitación. Allí el tiempo se detuvo, y yo con él. Miré, hurgué con curiosidad. Con la libertad de tocar y disponer de lo que es propio. Aquella recámara me hablaba, me contaba cómo habían sido las horas que en soledad mi madre pasaba, en aquel entonces, cuando vivía allí sola. El armario me llamó la atención: desnudo, mostraba un espejo al fondo, totalmente desconocido para mí. Lo palpé. Algo no encajaba. El espejo cedió y reveló una puerta. Y detrás, otra.

El corazón me golpeaba con fuerza. Empujé.

El cuarto apareció ante mí como un santuario intacto. No había polvo, no había desorden. No necesité hacer esfuerzo alguno para reconocer todo aquello, y lo que ello significaba. Todo estaba dispuesto con cuidado: la vajilla de Bavaria, los floreros de Bohemia, la cubertería de plata guardada en su caja tallada. Las cajas —amarillentas y desgastadas, atadas con lazos de colores pasteles— donde guardaba fotos antiguas de los ancestros de sus ancestros… hojas caídas del árbol genealógico. Todo lo que yo había obligado a desaparecer estaba allí, a salvo de mí.

Y entonces lo vi: colgados, planchados, impecables, estaban sus vestidos. Los de fiestas, los de visitas, los de una vida social que ya no tenía. Sin pensarlo, me acerqué. Toqué la seda fría, el terciopelo suave, el encaje delicado. Instintivamente llevé una blusa a mi rostro… y el olor me sacudió. Olía a ella. A su perfume, a su piel, a sus abrazos. Era como tenerla otra vez entre mis brazos.

Las lágrimas me cegaron. Me dejé caer contra la pared, hasta quedar en el suelo. Todo lo que alcanzaban a ver mis ojos era como si llevara mi nombre escrito, repetidamente; no como etiquetas, sino como un dedo acusador que no titubeaba en señalarme. Cada “pecado” estaba allí, cada cosa que la obligué a despojarse. Un registro de su paciente amor… y de su dolor.

Me rompí. ¿Cómo no me había preguntado antes a dónde iban a parar las cosas de las que se deshacía a mi petición? El llanto fue un desgarro hondo, no por no reconocer la indiferencia, la culpa, sino porque ella ya no estaba para pedirle perdón, para implorarle que me absolviera.

Comprendí, al salir tambaleante de ese cuarto secreto, que mi madre nunca se desprendió de su esencia. Yo quise borrarla, vestirla de modernidad, quitarle lo que era suyo. Pero ella, en silencio, lo guardó todo. No por apego a los objetos, sino por fidelidad a sí misma.

Ese cuarto no era un escondite. Era un testamento. Su herencia verdadera: la memoria que yo había intentado borrar, y que ahora hacía mía.

“Su memoria, intacta.”


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