EL CUARTO
SECRETO
Ana
Margarita Pérez Martín
"Un
corazón que late en silencio, un cuarto oculto que revive los ecos del pasado,
y el aroma de una blusa que devuelve un abrazo perdido”
No sé cuánto tiempo había pasado desde que nos dejara con ese vacío imposible de llenar. Con tristeza justificada, con aceptación obligada, nos vimos forzados a enfrentar lo inevitable: esos protocolos inventados por los hombres para proteger lo material, aun cuando lo único que uno desea es resguardar el derecho humano de llorar en paz, de guardar luto.
Ella
había pasado sus últimos años en mi casa. Pocos, lo reconozco, pero plenos de
gozo. Se resistió cuanto pudo a abandonar la suya, aquel hogar que fue, durante
tanto tiempo, el centro de la familia. Pero al irse, la casa quedó atrás,
sumida en el silencio. Y las casas, como la gente, si no respiran, mueren.
Frente
al portal me recibió un jardín devorado por la maleza, árboles doblegados bajo
las enredaderas. Sentí esa visión como un reproche: “Me abandonaste, junto a
tus recuerdos, a lo más feliz de tu vida. ¡No te importamos nada!”
El
presagio se cumplió apenas crucé la puerta. No era una casa. Tampoco un
cementerio de recuerdos de aquellas etapas donde la llave era una risa, un
abrazo, un “te amo”. Era un confesionario: cada rincón me devolvía escenas de
infancia, adolescencia, juventud… pero también mis pecados. Porque había sido
yo quien la convenció de deshacerse de tantas cosas por las que había luchado,
que la representaban. “No uses esa vajilla, está pasada de moda”. “Esos
floreros no sirven”. “Tienes demasiadas cosas, me pone los pelos de punta que
los chiquillos las rompan”. “Esa ropa fina, de fiestas y visitas… ¿para qué la
quieres, madre, si ya no sales?” Y ella me miraba en silencio con esos ojos
azules de primavera. Siempre dócil, accedía. No por convicción, sino por
complacerme, mientras yo la despojaba de sí misma.
Recorrí
cada estancia sin tocar nada, como si fuera una intrusa en un museo. Hasta
llegar a su habitación. Allí el tiempo se detuvo, y yo con él. Miré, hurgué con
curiosidad. Con la libertad de tocar y disponer de lo que es propio. Aquella
recámara me hablaba, me contaba cómo habían sido las horas que en soledad mi
madre pasaba, en aquel entonces, cuando vivía allí sola. El armario me llamó la
atención: desnudo, mostraba un espejo al fondo, totalmente desconocido para mí.
Lo palpé. Algo no encajaba. El espejo cedió y reveló una puerta. Y detrás,
otra.
El
corazón me golpeaba con fuerza. Empujé.
El
cuarto apareció ante mí como un santuario intacto. No había polvo, no había
desorden. No necesité hacer esfuerzo alguno para reconocer todo aquello, y lo
que ello significaba. Todo estaba dispuesto con cuidado: la vajilla de Bavaria,
los floreros de Bohemia, la cubertería de plata guardada en su caja tallada.
Las cajas —amarillentas y desgastadas, atadas con lazos de colores pasteles—
donde guardaba fotos antiguas de los ancestros de sus ancestros… hojas caídas
del árbol genealógico. Todo lo que yo había obligado a desaparecer estaba allí,
a salvo de mí.
Y
entonces lo vi: colgados, planchados, impecables, estaban sus vestidos. Los de
fiestas, los de visitas, los de una vida social que ya no tenía. Sin pensarlo,
me acerqué. Toqué la seda fría, el terciopelo suave, el encaje delicado.
Instintivamente llevé una blusa a mi rostro… y el olor me sacudió. Olía a ella.
A su perfume, a su piel, a sus abrazos. Era como tenerla otra vez entre mis
brazos.
Las
lágrimas me cegaron. Me dejé caer contra la pared, hasta quedar en el suelo.
Todo lo que alcanzaban a ver mis ojos era como si llevara mi nombre escrito,
repetidamente; no como etiquetas, sino como un dedo acusador que no titubeaba
en señalarme. Cada “pecado” estaba allí, cada cosa que la obligué a despojarse.
Un registro de su paciente amor… y de su dolor.
Me
rompí. ¿Cómo no me había preguntado antes a dónde iban a parar las cosas de las
que se deshacía a mi petición? El llanto fue un desgarro hondo, no por no
reconocer la indiferencia, la culpa, sino porque ella ya no estaba para pedirle
perdón, para implorarle que me absolviera.
Comprendí,
al salir tambaleante de ese cuarto secreto, que mi madre nunca se desprendió de
su esencia. Yo quise borrarla, vestirla de modernidad, quitarle lo que era
suyo. Pero ella, en silencio, lo guardó todo. No por apego a los objetos, sino
por fidelidad a sí misma.
Ese
cuarto no era un escondite. Era un testamento. Su herencia verdadera: la
memoria que yo había intentado borrar, y que ahora hacía mía.
“Su memoria, intacta.”
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