“La vida es un flujo constante; la escultura nunca es definitiva.” —Marco Aurelio
Prólogo
Tal vez resulte llamativo comenzar estas reflexiones
desde una mirada diferente. No porque pretenda contradecir a los grandes
pensadores que han explorado el misterio del destino, sino porque deseo
compartir, con sencillez, aquello que la vida misma me ha enseñado. Arthur
Schopenhauer escribió que “el destino reparte las cartas, y nosotros jugamos”,
y durante mucho tiempo esas palabras resonaron en mí como una verdad
incuestionable.
Sin embargo, hoy, desde mi propia experiencia —humana,
frágil, hecha de carne, hueso, agua y aliento— he llegado a percibir algo
distinto. Como todos nosotros, provengo del mismo barro efímero animado por una
chispa divina, sostenida por esa razón viva que nos impulsa a buscar sentido. Y
desde ese lugar, sin pretensión ni desafío, me permito expresar otra certeza:
nosotros echamos las cartas, pero es Dios quien hace la jugada.
Comienzo desde ahí porque ese “ahí” contiene tanto el origen
como el destino de todo lo que somos. No es una afirmación nacida del capricho
ni de la rebeldía intelectual, sino de la experiencia vivida, de la conciencia
que se forma al observar la propia historia con honestidad y profundidad. Es
una convicción que se ha ido revelando con el tiempo, en silencio, como lo
hacen las verdades que no necesitan imponerse para ser comprendidas.
Desde ese lugar de reconocimiento y entrega, comienzo a
mirar mi vida, mis pasos, mis sueños… y la obra que juntos —Dios y yo— vamos
esculpiendo.
Me encuentro sentada en un lugar alto de Madrid. La observo,
la siento lejos e inmensa, como lo que es: el gran escenario de mi vida,
compleja y rica, tanto como las emociones que batallan dentro de mí.
Cuando nuestro mundo es grande, la vista es panorámica. Pero
cuando nuestro mundo se vuelve pequeño, los detalles nos desbordan:
—¿Qué hago yo aquí, en la tierra de mis ancestros, pero extranjera para mí?
Mil preguntas como esa rayan mi mente. Bajo la cabeza.
Desvío mi mirada hacia mi interior. Brotan de mis ojos lágrimas a su albedrío,
sin control, como reos que se fugan de la más cruel de las cárceles: ¡la
verdad!
Una verdad que duele y sacude… nuestro destino no está
completamente en nuestras manos, aunque creemos moldearlo a voluntad. Escogemos
piedras, imaginamos formas, planeamos caminos… y aun así, la vida nos
sorprende. Surge entonces una sonrisa inesperada, casi irónica, que recorre mi
rostro y deja un surco por donde se deslizan las lágrimas. Todo eso se diluye,
se mezcla con lo efímero y se pierde en el océano de la memoria, como si nunca
hubiera sido mío para retenerlo.
Mientras reflexionaba sobre estas emociones, comprendí que
la pregunta que me perseguía no era solo mía: ¿estamos realmente al mando de
nuestro destino o hay una fuerza mayor que guía nuestros pasos incluso cuando
creemos tomar decisiones? Quizá ustedes también se hayan detenido ante esa
inquietud, y en ella hallamos un primer paso hacia la comprensión.
Esa búsqueda trae de vuelta a mi memoria todas aquellas
palabras sagradas y plegarias, repetidas día a día en los santos lugares donde
transcurrió mi infancia y juventud. Las que me moldearon humana, como si fuese
de barro secado por aquel aliento divino, origen del todo; las que encendieron
mi alma como chispa sobre papel seco de toda banalidad.
También vienen a mi mente las voces de filósofos y
pensadores. Todas al mismo tiempo: palabras y plegarias se fusionan. Se vuelven
una, se convierten en mi propia voz. Miro hacia atrás. Me veo de pie,
esculpiendo las piedras que encuentro en el camino o moldeando el barro según
mi diseño de vida, persiguiendo mis sueños, solo para verlos desbaratados con
la última cincelada, en el último giro del torno…
Descubro entonces que no son mis manos las que culminan la
obra: son las de Dios. Y así, desbaratadas, son la obra perfecta. Dirigen mis
pasos a otra dirección. Me ubican en el presente: el futuro del ayer, el pasado
del mañana. En tiempo, forma y espacio… ¡Él es el artista de mi vida como obra!
El azar no existe: yo echo las cartas, pero ¡Él hace la
jugada!
Abrazo la vida tal como viene, con sus grietas, luces y sombras, con toda mi
fuerza interior… llevándola a donde me indique la fuerza suprema. Con humildad,
sin resistencia. Con plena conciencia y voluntad en ello. Sí, como lo dijo
Jeremías: “Señor, yo sé que el camino del hombre no está en sí mismo; no es del
hombre dirigir sus pasos.”
Epílogo
Al llegar al final de estas reflexiones, comprendo que
mi vida entera ha sido un taller silencioso donde las manos de Dios y las mías
trabajan juntas. Yo pongo la intención, el deseo, la forma inicial… pero es Él
quien da sentido, equilibrio y destino a cada trazo.
He dejado de luchar contra lo que no entiendo. Acepto
las grietas, los quiebres, las sombras, porque también ellas forman parte de la
obra. Cada error, cada demora, cada vuelta inesperada tiene su lugar y su
propósito. He aprendido que no se trata de controlar el resultado, sino de
entregarme al proceso, confiando en que cada fragmento cumple su función en la
armonía del todo.
Hoy miro mis manos y las reconozco humildes,
imperfectas, pero bendecidas por el toque del verdadero Creador. Y en ese
instante, sé que la escultura de mi vida —aunque incompleta— ya es perfecta,
porque en ella habita Su huella, invisible pero concreta, silenciosa pero
firme.
Sé que el camino continúa, que cada día trae nuevas
piedras, nuevos giros, nuevos desafíos. Pero ahora lo camino con confianza, con
amor y aceptación. Mi mirada ya no está puesta solo en lo que intento moldear,
sino también en la danza de lo divino que guía, corrige y completa mi obra.
Y así, con gratitud y serenidad, cierro estas líneas,
consciente de que la vida no es un destino que debamos conquistar, sino un
lienzo que se despliega ante nosotros, donde la acción humana y la mano de Dios
se entrelazan en perfecta armonía.
“Amor fati: que tu amor sea el amor al destino.”
—Friedrich Nietzsche
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