viernes, 1 de agosto de 2025

"EL ARTISTA Y SU OBRA": Una reflexión sobre la vida, el destino y la guía divina. Aprendiendo a abrazar las sombras y celebrar cada paso del camino.


La vida es un flujo constante; la escultura nunca es definitiva.” —Marco Aurelio


Prólogo

Tal vez resulte llamativo comenzar estas reflexiones desde una mirada diferente. No porque pretenda contradecir a los grandes pensadores que han explorado el misterio del destino, sino porque deseo compartir, con sencillez, aquello que la vida misma me ha enseñado. Arthur Schopenhauer escribió que “el destino reparte las cartas, y nosotros jugamos”, y durante mucho tiempo esas palabras resonaron en mí como una verdad incuestionable.

Sin embargo, hoy, desde mi propia experiencia —humana, frágil, hecha de carne, hueso, agua y aliento— he llegado a percibir algo distinto. Como todos nosotros, provengo del mismo barro efímero animado por una chispa divina, sostenida por esa razón viva que nos impulsa a buscar sentido. Y desde ese lugar, sin pretensión ni desafío, me permito expresar otra certeza: nosotros echamos las cartas, pero es Dios quien hace la jugada.


Comienzo desde ahí porque ese “ahí” contiene tanto el origen como el destino de todo lo que somos. No es una afirmación nacida del capricho ni de la rebeldía intelectual, sino de la experiencia vivida, de la conciencia que se forma al observar la propia historia con honestidad y profundidad. Es una convicción que se ha ido revelando con el tiempo, en silencio, como lo hacen las verdades que no necesitan imponerse para ser comprendidas.

Desde ese lugar de reconocimiento y entrega, comienzo a mirar mi vida, mis pasos, mis sueños… y la obra que juntos —Dios y yo— vamos esculpiendo.

Me encuentro sentada en un lugar alto de Madrid. La observo, la siento lejos e inmensa, como lo que es: el gran escenario de mi vida, compleja y rica, tanto como las emociones que batallan dentro de mí.

Cuando nuestro mundo es grande, la vista es panorámica. Pero cuando nuestro mundo se vuelve pequeño, los detalles nos desbordan:
—¿Qué hago yo aquí, en la tierra de mis ancestros, pero extranjera para mí?

Mil preguntas como esa rayan mi mente. Bajo la cabeza. Desvío mi mirada hacia mi interior. Brotan de mis ojos lágrimas a su albedrío, sin control, como reos que se fugan de la más cruel de las cárceles: ¡la verdad!

Una verdad que duele y sacude… nuestro destino no está completamente en nuestras manos, aunque creemos moldearlo a voluntad. Escogemos piedras, imaginamos formas, planeamos caminos… y aun así, la vida nos sorprende. Surge entonces una sonrisa inesperada, casi irónica, que recorre mi rostro y deja un surco por donde se deslizan las lágrimas. Todo eso se diluye, se mezcla con lo efímero y se pierde en el océano de la memoria, como si nunca hubiera sido mío para retenerlo.

Mientras reflexionaba sobre estas emociones, comprendí que la pregunta que me perseguía no era solo mía: ¿estamos realmente al mando de nuestro destino o hay una fuerza mayor que guía nuestros pasos incluso cuando creemos tomar decisiones? Quizá ustedes también se hayan detenido ante esa inquietud, y en ella hallamos un primer paso hacia la comprensión.

Esa búsqueda trae de vuelta a mi memoria todas aquellas palabras sagradas y plegarias, repetidas día a día en los santos lugares donde transcurrió mi infancia y juventud. Las que me moldearon humana, como si fuese de barro secado por aquel aliento divino, origen del todo; las que encendieron mi alma como chispa sobre papel seco de toda banalidad.

También vienen a mi mente las voces de filósofos y pensadores. Todas al mismo tiempo: palabras y plegarias se fusionan. Se vuelven una, se convierten en mi propia voz. Miro hacia atrás. Me veo de pie, esculpiendo las piedras que encuentro en el camino o moldeando el barro según mi diseño de vida, persiguiendo mis sueños, solo para verlos desbaratados con la última cincelada, en el último giro del torno…

Descubro entonces que no son mis manos las que culminan la obra: son las de Dios. Y así, desbaratadas, son la obra perfecta. Dirigen mis pasos a otra dirección. Me ubican en el presente: el futuro del ayer, el pasado del mañana. En tiempo, forma y espacio… ¡Él es el artista de mi vida como obra!

El azar no existe: yo echo las cartas, pero ¡Él hace la jugada!
Abrazo la vida tal como viene, con sus grietas, luces y sombras, con toda mi fuerza interior… llevándola a donde me indique la fuerza suprema. Con humildad, sin resistencia. Con plena conciencia y voluntad en ello. Sí, como lo dijo Jeremías: “Señor, yo sé que el camino del hombre no está en sí mismo; no es del hombre dirigir sus pasos.”


Epílogo

Al llegar al final de estas reflexiones, comprendo que mi vida entera ha sido un taller silencioso donde las manos de Dios y las mías trabajan juntas. Yo pongo la intención, el deseo, la forma inicial… pero es Él quien da sentido, equilibrio y destino a cada trazo.

He dejado de luchar contra lo que no entiendo. Acepto las grietas, los quiebres, las sombras, porque también ellas forman parte de la obra. Cada error, cada demora, cada vuelta inesperada tiene su lugar y su propósito. He aprendido que no se trata de controlar el resultado, sino de entregarme al proceso, confiando en que cada fragmento cumple su función en la armonía del todo.

Hoy miro mis manos y las reconozco humildes, imperfectas, pero bendecidas por el toque del verdadero Creador. Y en ese instante, sé que la escultura de mi vida —aunque incompleta— ya es perfecta, porque en ella habita Su huella, invisible pero concreta, silenciosa pero firme.

Sé que el camino continúa, que cada día trae nuevas piedras, nuevos giros, nuevos desafíos. Pero ahora lo camino con confianza, con amor y aceptación. Mi mirada ya no está puesta solo en lo que intento moldear, sino también en la danza de lo divino que guía, corrige y completa mi obra.

Y así, con gratitud y serenidad, cierro estas líneas, consciente de que la vida no es un destino que debamos conquistar, sino un lienzo que se despliega ante nosotros, donde la acción humana y la mano de Dios se entrelazan en perfecta armonía.


“Amor fati: que tu amor sea el amor al destino.” —Friedrich Nietzsche

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