viernes, 6 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (LIII) EL FINAL





LOLA Y SUS ENREDOS: (LIII) EL FINAL

El día estaba maravilloso. Salía el sol después de haber estado toda la mañana lloviendo; una lluvia suave y fría como la seda. Era esa época del año en que coincidían las estaciones. Todo húmedo, verde y floreado, por la lluvia y el sol. Tiempos de romances y nostalgias, de siembras y cosechas. El tiempo todo lo puede y todo lo invade, dejando su infalible huella; pero, en fin, ese es el destino inexorable de la naturaleza y de la humanidad: cambiar, para bien o para mal.
- Por Dios! La misa de difuntos de esta mañana… se me hizo eterna. José debería retirarse ya, se ha puesto chocho. Alarga mucho sus sermones y, sin darse cuenta, empieza a hablar en latín. No, no, no… que va! Es insoportable estar casi dos horas de pie o sentada, no aguanto mis caderas ni mi espalda! –se quejaba Doña Ana, al referirse a la precoz senilidad de su amigo, el cura Don José.
- Abuela Ana, han pasado los años… y los años no pasan como si nada! Fíjate, tú estas también chocha; vives quejándote de todo y por todo. –le acotó Anita, muerta de la risa, mientras acomodaba una silla para que su abuela se sentara y descansase los pies. Antonio sonreía, porque ellas dos siempre se enganchaban en un tema. Todo lo que dijera su abuela, Anita lo remedaba y viceversa. Eran, como dicen por ahí, uña y sucio!
- Ninguno de ustedes se atreva a pasar con los zapatos llenos de barro, con esta lluvia el camposanto estaba hecho un pantano. Lávense las caras y manos, todos directos a la cocina, que vamos a almorzar! –le advertía Antonio a los muchachos. Temprano habían asistido a la misa de difuntos y luego pasaron por el cementerio para llevarle flores a sus muertos. Antonio se sentó en la mesa, en silencio. Siempre, en esta fecha, la melancolía era su mejor compañía. Aunque les repetía a los muchachos, una y otra vez, que recordasen con alegría a su madre… era él quien obviaba este consejo. No importaba que hiciese lo que hiciese, siempre terminaba con los ojos llenos de lágrimas. No solo la recordaba, sino que la extrañaba en demasía. Los muchachos se sentaron en la mesa con desorden y algarabía. El almuerzo sería especial ese día, pues Luis Antonio, el cuatro de ocho, diez años cumplía. Sus hermanos lo llamaban “cuatro”, porque de ocho fue el cuarto varón y el cuarto rubio. El, ante este sobrenombre, no tardaba en manifestar su enojo, recalcándoles que se llamaba Luis Antonio. Entre risas y protestas, los siete reclamaban la comida; pero esta no se servía porque no estaban presentes todos: faltaba Anita.
- No se vale, papá, es mi cumpleaños y quiero comer ya. No es justo que Anita se haga esperar! – se quejó el cumpleañero. Antonio, soltando un suspiro, ordenó a los chicos tener paciencia y guardar compostura. Se levantó y fue directo a la escalera, se paró al pie de la misma.
- Anita, Anita… te estamos esperando para almorzar, se están amotinando! –le gritó Antonio, desde lo bajo, a su consentida. Ella bajó las escaleras lentamente, con su amplia sonrisa; una de esas que ablandan el más duro corazón. Mientras bajaba, uno a uno los escalones, lo miraba con esos grandes ojos azules y llenos de amor, como los de Lola. Tenía sus brazos a la espalda, escondiendo algo en sus manos. Al llegar donde estaba él, se sentó en un escalón y lo invitó a sentarse, haciéndole señas con una de las manos. El se sentó con una risa contenida, siguiéndole el juego. Anita puso frente a él una gran caja blanca con un moño azul brillante.
- Qué es esto, cariño? –le preguntó intrigado, agarrándolo con sus manos y apoyándolo sobre sus muslos.
- Es un regalo para Luis Antonio. Ábrelo! –le dijo Anita con dulzura. Antonio lo abrió. Dentro se encontraba una especie de libro, teniendo cartulina como portada. Lo hojeó, encontrándose con muchas hojas mecanografiadas y fotografías insertas; lo había titulado: LOLA Y SUS ENREDOS. Los ojos se le llenaron de lágrimas y apretó sus mandíbulas para ahogar el llanto.
- Es lo que yo creo… la historia de tú mamá, de mi Lola? –le preguntó con la voz entrecortada, gimoteando.
- Si papá, por lo menos lo que yo recuerdo… y otras cosas que mi abuela Ana, mis tías, Matilde, las nanas, Teresa y, bueno, casi todos algo me han dicho... hasta tú, quien has sido quien más me ha contado! Te gusta? – Le preguntó por preguntar, pues era evidente que sí. Lo abrazó fuertemente y le dijo al oído:
- Saqué muchas copias, a todos les he dejado la suya sobre sus camas… en especial a ti, que fuiste su adoración. Te amo papá, no lo olvides nunca! – Guardó el obsequio dentro la caja, se levantó y se fue directo a la cocina. Antonio la miraba mientras se iba, al tiempo que su corazón se comprimía; Anita ya era toda una mujer, bien criada, igualita a su Lola y había cumplido su palabra: que haría lo que fuera para que a su madre nadie la olvidara! Sentado en la escalera se quedó con su melancolía y con su alegría; con su frustración y su satisfacción. Desde ahí escuchaba las exclamaciones de los muchachos al ver el regalo de Anita. Ella le contaba cosas, cosas que ellos preguntaban. De vez en cuando lloraban y otras veces reían. Antonio sonrió, la risa de ellos era bálsamo para su alma acongojada. Lola se fue… pero no lo dejó solo; le dejó el más grande de los tesoros!
FIN.-

Ana Margarita.-
NOTA: La foto que ilustra el presente relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor o propietario, a ellos los méritos y derechos que puedan corresponderle.
AGRADECIMIENTO: Todos en algún grado o medida, en una forma u otra, en un momento o todo el tiempo, bien o mal, poco o mucho… tendemos a rayar hojas en blanco; porque es de la naturaleza del ser humano expresarse libremente: sean simples ideas o grandes pensamientos; emociones o sentimientos, real o ficticio… que importa lo que se exprese, lo importante es expresarse! Ustedes me han acompañado en esta gran aventura de rayar hojas, gracias por ello, por estar ahí escuchando, apoyando y estimulando; a ustedes les dedico este capítulo.

lunes, 2 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (LII) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ




LOLA Y SUS ENREDOS: (LII) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ

Una mañana gris plata, como el acero de un daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquél al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en le pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos. Doña Ana, estaba afligida pero no desesperada, sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Mágara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho”… mientras que Antonio, cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.
Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola, cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se les borrase en la memoria y recordarla como un fantasma. En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que se casaron ellos y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”. A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra… en vida. Pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, estaba con su familia reunida!
- Anita, Anita… despierta cariño, ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, no puedo sola con esto! –le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello de su rostro.
- Si abuela Ana, yo voy contigo! –le contestó al tiempo que se colocaba sus zapatos y el abrigo. Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle, sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo al centro de la plaza, Anita dejó de andar.
- Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… -mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos. Doña Ana no le contestó nada, en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.
- Es necesario esto? En realidad debo escucharlo? –le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla. Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría, bien sabía que había heredado el don de su Abuela Rosaura.
- Mira abuelita, mira! –le expuso, en la palma abierta de su mano ,dos objetos, por ella apreciados. Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia… y lloraba y lloraba. Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos –El anillo te lo manda el abuelo y dice que, casarse contigo, fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, y todos lo llegaremos a ver… en su tiempo justo! Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella… mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto…-Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano, otra vez, en el bolsillo. La sacó con el puño cerrado y así la colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.
- Abuelita, no lo ves, pero allí está… lo sentirás; ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos… -Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó. Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija, junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba, veía las cosas desde otra perspectiva: su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla, siempre era pertinente y oportuna, a Dios le daba las gracias, porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.
- Buenos días José, contigo quiero hablar –le dijo al cura mientras lo abrazaba por la cintura –debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la Iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija –las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento, como estaba, por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo tenía que hacerse.
Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba digustado con Dios por el duro golpe que le había asestado, directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar por cada rincón de la ciudad, como un llamado desesperado... lleno de dolor. La iglesia se desbordó… la gente no cabía en ella, ocuparon la plaza y las calles al derredor. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos por compromiso social, pero la mayoría, asistieron porque amaban y respetaban a esos muertos. Los tres féretros fueron llevados a hombros… hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando, poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo se... quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

Ana Margarita.-

Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que aman a Cristo Jesús; que creen en su palabra: en la eternidad de las almas, en la promesa de una vida después de esta.
Nota: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

sábado, 30 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (LI) LA BIZARRÍA





LOLA Y SUS ENREDOS: (LI) LA BIZARRÍA

De qué sirve un reloj inventado por el hombre cuando el destino otro tiempo te impone? Ese día se definía como eterno; las manecillas del reloj daban vueltas, pero ni un segundo transcurría. Una mañana brillante y llena de vida se transformó en una tarde lluviosa y llena de llanto… para terminar en una noche obscura donde la muerte dio rienda suelta a su locura, llevándose consigo, no solo vidas, sino sueños, amores y alegrías… dejando a su paso la más profunda desolación.
Lola sudaba profusamente, jadeaba al respirar y tenía taquicardia… estaba blanca como el papel. Estaba agitada; dificultosamente pronunciaba palabras: solo quería ver al niño, su “cuatro” de ocho… y a su padre. Anita contra ella estaba acurrucada, como un pollito bajo las alas de su mamá gallina. Ella no lloraba, en sus ojos solo se pintaban la resignación y la piedad… por Antonio. Este estaba sentado en la cama frente a ella; le agarraba las manos y con desesperación se las besaba.
- Cálmate amor… nuestro hijo está lleno de vida y muy sano, en cuestión de horas nos lo podremos llevar para la casa. Y tu padre esta estable, dentro de poco lo veremos cargándolo –le decía él tratando de serenarla, pero no lo lograba; por el contrario, ella lo impacientaba, lo llenaba de angustia. Anita lo miraba serena, con los ojos llenos de lágrimas; por él estaba sintiendo lástima… pedía a Dios que de él se apiadara. Antonio temía por ella; soltó las manos de su mujer y salió por el pasillo pegando gritos, pidiendo auxilio. A su encuentro salieron dos enfermeras y un médico de guardia. Entraron con él a la habitación, separando bruscamente a Anita de Lola. El doctor le tomó el pulso y la auscultó, mientras las enfermeras lo observaban.
- Es esta la paciente que dio a luz de emergencia y tiene a su padre en terapia? –le preguntó el muy pendejo a las enfermeras, quienes asintieron sin aportar ninguna referencia –hagan que se calme y duerma toda la noche… lo que tiene es un agudo ataque de ansiedad, propia del post parto y de la situación de salud de su padre.
- Disculpe doctor, pero yo la veo muy mal… pareciera que se muere…- le dijo Antonio en tono grave, como un reclamo. El médico se le quedó viendo con indiferencia y autorizó a las enfermeras suministrar a él algún calmante, si este así lo solicitara. Así como vino, así se fue aquel jovenzuelo recién graduado. No revisó la historia médica. No se enteró de que el alumbramiento de Lola había sido consecuencia de los traumatismos por la caída. Tampoco se enteró que, el médico que la atendió, se ocupó de salvar el bebé practicándole la cesárea de emergencia… sin realizarle ningún tipo de examen para ver como se encontraba ella. Lola por dentro se desangraba, sus órganos colapsaban, entraba en shock; el inexperto, sin saberlo, la puso a dormir… como en una eutanasia. Lola entró en un profundo letargo. Antonio la miraba desconsolado, impotente… con el corazón desgarrado. Anita volvió a acurrucarse a su madre, casi a ella incrustada. Mantenía los ojos abiertos, empañados por las lágrimas; serena estaba, motándole guardia. Antonio, con el alma en pena, salió de la habitación y fue a la guardería. Observó como a su hijo le habían quitado el respirador… su salud se reponía. La comisura de sus labios, milímetros se levantaron, haciendo un gran esfuerzo por sonreír ante aquel milagro. Siguió su camino, todo el tiempo cabizbajo. Saludó a su suegra y a Doña Matilde, que junto a Márgara y Ana Isabel, aguardaban noticias de Don Luis, ahí, en terapia intensiva. Les informó que Lola dormía, solo eso les dijo… cualquier otra cosa hubiese carecido de sentido. Salió de allí más desesperanzado. Se dirigió a la calle, necesitaba salir. El silencio, las caras tristes, el olor a medicamentos y a desinfectantes, lo desesperaban, le causaban náuseas. Caía la noche, tiñendo de negro el rojo crepuscular, como el alma de él sobre la sangre de ella.
- Vamos Luis, no seas holgazán… despierta! – le decía Doña Rosaura a Don Luis, dándole palmaditas en la cara. Él abrió los ojos, encontrando su dulce sonrisa. Se alegró mucho al verla. Todos los males se le quitaron, sintió como la vida volvía a él con mucha fuerza. El bienestar lo invadió.
- Mujer, qué haces aquí? Creí que no te volvería a ver…- le dijo acariciándole el rostro.
- Creías que te abandonaría, dejándote solo en tu miseria? – le decía esto mientras lo ayudaba a levantarse. Salieron de cuidados intensivos, sin despertar a su esposa, quien con sus hijas y prima, en las butacas de la sala de espera dormían. Siguieron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta llegar a la habitación de Lola. Abrieron la puerta muy lentamente. Antonio estaba dormido, el agotamiento lo había vencido. Allí estaba Lola, dormida, junto a Anita, quien estaba bien despierta y, con la mirada bien atenta, los miraba a ellos. Apenas vio a su abuelo, salió a su encuentro. Se abrazó fuertemente a él, casi con desespero.
- Te extrañé mucho abuelo, creí que no te volvería a ver, tardaste mucho en venir- le decía mientras lo besaba.
- Anita, Anita… a mi no me saludas? -Le dijo Doña Rosaura, alzándola en brazos y besándola. Anita, a pesar de ser una niña grande, se recostó de su hombro y se puso a llorar.
- Abuela Rosaura, no puedes venir por ella otro día? –levantó su cabeza y la miró fijo, con esos grandes ojos azules, profundos como el mar.
- Cariño, yo no soy Dios. Él dice cuándo… su tiempo es el justo! –le contestó ella con mucha solemnidad. Anita se bajó de sus brazos y fue a la cama donde estaba su mamá.
- Despiértenla abuelos, que quiero despedirme de ella, la quiero abrazar…- les dijo Anita triste, pero muy serena. Así lo hicieron. Lola se despidió con un beso y con “hasta luego” de Antonio; juntos y acompañados de Anita, se fueron a despedir del “cuatro de ocho”… Una enfermera que pasaba por el pasillo, le llamó la atención a Anita, por andar sola a esas horas. Ella no le hizo ningún caso, continuando su camino, acompañada del destino.
- Niña malcriada e insolente, mañana reporto este incidente para que no te permitan quedar! –la regaño la enfermera, evidentemente disgustada. Los cuatro sonrieron y siguieron su camino. De repente, tuvieron que detenerse. Los gritos desesperados de Antonio, llamando a Lola, se escucharon por todos los pasillos. Era desgarrador; rompieron el silencio de la noche, quebraron la paz de toda alma. Lola se arrodilló frente a su hija y la abrazó fuertemente.
- Anda hija, regresa con él… ya se enteró que me fui; necesita de tu fortaleza y consuelo. Le dio un beso y le dijo un “hasta luego”. Anita se despidió de ellos, sin pronunciar una sola palabra. Dio media vuelta y salió corriendo, de regreso. Otros llantos y gemidos se escuchaban del otro lado, a Doña Ana y a sus hijas ya le habían notificado: Don Luis, hacia el otro mundo se había marchado. Cuando Anita llegó, Antonio estaba sentado en el suelo, con ella en sus brazos. Lloraba como niño sin consuelo. Gritaba de intenso dolor, de ira y frustración. Amenazaba y pateaba, como un loco, a todo aquél que se le acercara. No permitió que nadie se la arrebatara de los brazos. Al amanecer, cuando despuntaban los primeros rayos del sol, él se quedó dormido abrazado a ella… fue entonces cuando lograron separarla de él.

Ana Margarita.-



Nota: la foto que ilustra el presente relato fue obtenida de Imágenes de Google. Se desconoce autor y propietario

jueves, 28 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (L) EL DESENLACE





LOLA Y SUS ENREDOS: (L) EL DESENLACE

Lola se quedó atónita al ver como su padre salió del despacho y la dejó hablando sola. No entendía su conducta. El cura Don José estaba que se desmayaba de la impresión; sabía que su amigo Luis estaría pasando un mal trance, afectando su salud, la cual ya tenía delicada. Tomó por los hombros a Lola y como pudo, le dijo que se aquietara y que lo dejara tranquilo; que tenía graves asuntos que resolver y, lo menos que necesitaba, era que ella también lo inquietara. No espero respuesta alguna de Lola y salió para tratar de alcanzar y calmar a su amigo. En el camino volteaba y le pedía a ella, repetidamente, que llamara urgente a su marido. Eso no fue necesario. Antonio, con su prudencia de siempre, estaba cerca de ellos, en absoluto silencio. Apresuró el paso y atajó a Don José; este le dijo algo al oído… algo que provocó que Antonio se llevara las manos al rostro: una expresión muy típica de él cuando algo lo sorprendía para mal. Ambos hombres salieron corriendo. Lola aún no salía de su asombro, pero de una cosa estaba segura, su padre le ocultaba algo… algo muy grave! Ella también fue tras ellos, pero sin prisa, pues la barriga se lo impedía. Pudo ver, desde la entrada, como Antonio cargaba a su padre y lo colocaba en el asiento de atrás con Don José y como se puso al volante solo para manejar como un loco, iba a tal velocidad que lo perdió de vista en un segundo, en una calle de cuadras de distancia. Lola entró en crisis, era evidente que su padre había sufrido alguna especie de desmayo… quizás un infarto. Giró sobre sus pies y entró a la casa hecha un manojo de nervios. En su mente solo existía un pensamiento: su padre. Se olvidó de su preñez. Corrió por la casa hasta encontrar a su madre y hermanas, informándoles de lo ocurrido y les pidió que se encargasen de sus hijos… ella iría al hospital. Salió por la cocina corriendo y corriendo atravesó los jardines de la casa paterna hasta llegar a la suya. Subió a su habitación y agarró las llaves de su carro. Cuando bajaba por las escaleras, en un descuido pisó mal y rodó por ellas. El peso de Lola la presionó contra el piso, una y otra vez… sobre su vientre. Cuando paró de rodar, el dolor era insoportable, pero aún así, con la visión de su padre en mente, sacó fuerzas y continuó su marcha acelerada: en unos minutos por la puerta de emergencias entraba. Desesperada buscaba a su marido y al cura, hasta que los localizó con la mirada. Fue en pos de ellos y se sentó en una butaca.
- Mi amor, tranquilízate, tu padre ya está siendo atendido… parece que fue un infarto. –le dijo Antonio con tanta pena por su suegro como preocupación por ella. Le pidió a Don José que trajera agua para Lola, estaba pálida y sofocada. Lola estaba sentada con las piernas semiabiertas y sus manos entre ellas, con la cabeza gacha… solo se oía como con dificultad respiraba. Cuando el cura le acercó el vaso con agua, Lola estiró su mano para alcanzarla: mojada y llena de sangre estaba. Antonio, sintió un vértigo que casi lo desmaya. Pensó que era mucho para un día; el quiebre de su suegro, Lola y el bebé… lo pusieron en agonía. Él apartó, lentamente, las manos de Lola, descubriendo su falda toda mojada y ensangrentada. Se detuvo el tiempo. Antonio miraba a aquella delicada mujer, su mujer. No daba crédito a lo que estaba viendo. Unos minutos atrás estaba llena de vida, bailando con alegría con ese traje blanco, estampado con pequeñas mariposas azules sobre rosas amarillas y, ahora, la tenía enfrente... como un retrato de la muerte. Su rostro se apagó por un terrible presentimiento; sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin decir ni una palabra, alzó a Lola en brazos y la llevó a la enfermería. En el transcurso del trayecto, ella le contaba lo sucedido y le pedía perdón por su imprudencia; él no le escuchaba, solo rezaba y rezaba…
En menos de una hora ya todos se encontraban allá, incluyendo a Doña Matilde, su marido e hijos, así como la familia de Antonio y, por supuesto, Anita. Todos estaban callados esperando noticias y con miedo de recibirlas. Doña Matilde consolaba a Doña Ana; Antonio y Anita, apartados, hablaban y hablaban.
Después de muchas horas, por un largo pasillo emergió un hombre vestido de azul y bata blanca; su semblante era sombrío. Se paró frente a Antonio y lo miró con piedad.
- Su suegro sigue en terapia intensiva, lo estamos observando, veremos como responde al tratamiento... ya no depende de nosotros. En cuanto a su esposa, ella aún no recobra el conocimiento. El bebé bajó al canal de parto, pero con el cordón al cuello, así que tuvimos que practicarle una cesárea de emergencia; nació vivo, es un niño, pero prematuro…. Están recibiendo todos los cuidados que requieren, pero nada le garantizo –le dijo esto último poniéndole la mano en el hombro y echando un gran suspiro- le sugiero tenga paciencia y rece, rece mucho… por la madre y el niño- tan pronto terminó de hablar, se fue tan presuroso como vino. Lo dejó allí de pie, todo confundido; no sabía si alegrarse por la noticia o llorar por ella. Todos tuvieron el mismo sentimiento, siguieron guardando silencio.
Los ánimos subieron con el despertar de Lola. Fue, entonces, cuando todos se apostaron delante del gran ventanal que los separaba de la guardería de los recién nacidos. Antonio estaba pegado como una mosca, miraba a su hijo agitado e indefenso, lleno de cables y tubos por todo su diminuto cuerpo… parecía un colibrí encerrado en una jaula de cristal. La impotencia, la frustración y el dolor se reflejaban en su rostro, mojado por el llanto. Una enfermera que lo observaba desde lo lejos, se apiadó de él.
- A ver, quien es el padre del hombrecito que está en la incubadora? –preguntó la piadosa, aún conociendo la respuesta.
- Soy yo… algo sucede? –le contestó Antonio, todo alarmado.
- Usted? No puede ser! Si el niño que está allí es hermoso y un luchador, un triunfador… y usted es muy feo y un llorón! –le dijo guiñándole el ojo- Le aseguro que ese niño saldrá de allí sano y salvo, así que cambie esa cara para que no vea que su padre es un cobarde lloricón! Qué vergüenza, el niño más valiente que el padre! –se echó a reír despreocupadamente y todos con ella. Antonio entendió el mensaje de la buena mujer… no debe perder la fe, debe aferrarse a ella, tanto como Anita lo estaba a su pierna
!


Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLIX) EL QUIEBRE












LOLA Y SUS ENREDOS: (XLIX) EL QUIEBRE

El día anterior Lola y Doña Ana se la pasaron metidas en la cocina preparando cualquier cantidad de alimentos que pudieran conservarse dentro de la nevera o fuera de ella. Prepararon pasteles, conservas, mermeladas, encurtidos y antipastos; guisos, salsas y carnes asadas. Todo lo metían en canastos de mimbre, con lazos adornados. Márgara y Ana Isabel le colaboraban, preparando grandes cestas con muchas frutas y hierbas del huerto, así como flores, ramos multicolores. Las muchachas observaban, intrigadas, como la madre preparaba otros obsequios para Doña Rosaura: en un canasto más fino, guardó botellas de vino tinto, los manteles bordados y los perfumes que le trajeran sus yernos del extranjero. Lo preparaba con amor, con mucho esmero y desprendimiento… como si fuera a pagar una penitencia, para acallar sus remordimientos. Ellas la observaban, se miraban entre sí, pero guardaban silencio… su madre sabría el por qué de su aspaviento! Quienes no repararon en el extraño comportamiento de Doña Ana, fueron su marido y su yerno. Don Luis y Antonio, así como Anita y Juancito, solo prestaban atención a las ollas… a todas le metían el dedo y también los cubiertos; las raspaban… las dejaban reluciendo!
Desde que amaneció, la casa tenía un encanto especial… había un ambiente de alegría y serenidad. Lola, se encargaba de vestir a las niñas, hoy era el día de visita a Doña Rosaura; quería que lucieran hermosas y frescas como esa mañana. Ella las acicalaba, mientras de reojo observaba a su marido y a su hija, quienes habían estrechado su relación más de lo que ella hubiera imaginado. Anita parecía hija de Antonio, como si la hubiese procreado, tenía de él el espíritu libre y aventurero y la mente amplia, siempre abierta a los cambios de la modernidad.
- Muchachos, ya dejen el relajo… hasta cuando vas a colocar ese sencillo de Chubby Checker? Por Dios Antonio, ya lo tienes rayado! Ya el Twist pasó de moda, ahora me gusta el rock and roll… pon uno de Elvis Presley!- le dijo Lola a su marido con cara seria y meneando la cabeza, la tenían mareada.
- Lo que está pasado de moda es el largo de tus faldas. Cuando des a luz, las cortaremos todas, para que se te luzcan las rodillas… además de las pantorrillas! A Elvis le queda poco tiempo de vida, te lo he dicho amor, cuando esos chicos de Liverpool graben su primer disco… no se hablará sino de los Beatles. Te juro Lola, fui a todas las presentaciones privadas de ellos en el tiempo que estuve en Gran Bretaña… son geniales; las chicas gritan como locas al verlos, y es que son demasiado buenos! –esto siempre lo decía Antonio, una y otra vez que se le tocaba el tema de la música, con un fanatismo inexplicable por esos desconocidos, no tenían ni un disco grabado. Ella no le hacía caso, ignorando sus comentarios por completo. Antonio era un muchacho conservador para los asuntos del trabajo y la familia, pero, para lo demás, era muy abierto. Se había hecho partidario de los movimientos ambientalistas, antibelicistas y de aquellos que criticaban la cómoda postura de los burgueses, no porque éstos tuviesen dinero, sino porque no participaban de los intereses colectivos, porque no tenían consciencia de nada; apoyaba las protestas liderizadas por las mujeres y por los negros, en sus luchas por la liberación femenina y contra la discriminación étnica; justificaba, en todos esos casos, la anarquía no violenta. Estaba pendiente de los adelantos científicos y de las innovaciones tecnológicas. A Anita le fascinaba este pensamiento contracultural de Antonio, se identificaba con él, era un vanguardista!
Antonio le hizo caso a su mujer. Colocó un disco de Elvis. De repente, las niñitas de De Sousa se empezaron a reír, tapándose la boca. Miraban a su madre y le indicaban con el dedo que mirara a Antonio. Lola casi se muere de la risa, él imitaba a Elvis, no solo en el baile, sino con los gestos de la cara, como si fuera él el que cantara; contorneaba sus caderas y hacía movimientos sexys con la pelvis. Antonio la miraba y la invitaba a bailar con él.
- Vamos nena, no te resistas, se que estos movimientos perversos es lo que te gusta de Elvis. Ven, acércate, para que pruebes de lo bueno! –Le decía esto a Lola sin dejar de menearse sensualmente. Anita lo miraba… no, no lo miraba, lo admiraba destornillada de la risa. Lola, con barriga y todo, le siguió el juego. En cuestión de segundos, los varones se sumaron al grupo y, con ellos, las tías y los abuelos. Se formó una algarabía de inmediato, alentándolos para que continuasen con el baile! Cuando estaban de lo más entusiasmados, Doña Teresa, la ama de llaves, interrumpió el bochinche para avisar que el cura Don José buscaba a Don Luis. El grupo se desintegró y con él la alegría. Quedaron en la habitación, solos de nuevo, Antonio, Lola y las niñas. Él, cansado de hacer tanta payasada, se recostó en la cama con los brazos cruzados detrás de la cabeza. En silencio las observaba. Se había percatado de la maña que había desarrollado Anita. Desde que su madre quedó embarazada, la imitaba en todo: en la forma de caminar, hablar, peinarse… inclusive el vestir. Los vestidos prenatales de Lola, se los hacía Doña Cándida por duplicado, uno para Lola, otro –igualito- para Anita. La copiaba tan fielmente, que parecía su reflejo en el espejo, en miniatura, claro! Los abuelos y las tías decían que era por celos del nuevo bebé; Lola defendía a su hija alegando que se estaba haciendo mujercita y que imitaba su coquetería. Antonio, por su parte, pensaba diferente, pensaba que la niña solo actuaba como su madre porque se sentía igualita a ella, así de simple. Cada quien pensaba lo suyo; pero, si le hubiesen preguntado a Anita –cosa que nunca ocurrió- ella lo habría explicado sin reservas: sentía la obligación de copiarla, para suplantarla, cuando llegase la ocasión… así nadie la olvidaría.
Lola y Anita, de repente, dejaron de hacer lo que estaban haciendo y, como si estuvieran de acuerdo, se levantaron al mismo tiempo, con los mismos gestos y movimientos… se fueron directo a la ventana. Ellas sonrieron y agitaron sus manos, saludando vigorosamente a alguien que se encontraba en la planta baja.
-Cómo está Doña Rosaura? Justamente nos estábamos preparando para irla a visitar a su casa! –La saludó Lola con efusividad y afecto.
- No estaré en casa por un par de días, pero luego vendré por ti y charlaremos, con tu padre, todo el tiempo que tú quieras! –le contestó ella toda serena, le respondió el saludo con la mano y se fue. Lola le comentó a Antonio lo bien que se veía Doña Rosaura, que estaba muy hermosa y lucía muy sana. Antonio la escuchó y no dijo nada, pero no le gustó eso. Él sabía que Doña Rosaura estaba muy enferma y guardaba cama. Lola bajó apresurada para ver si la alcanzaba y entregarle los obsequios que para ella guardaban. La buscó sin encontrarla. Fue al despacho de su padre, quien escuchaba con atención lo que estaba escrito en un papel y que el cura Don José le leía, en muy baja voz. Cuando les comentó que había conversado con Doña Rosaura, hace unos instantes y allí mismo, en casa, Don José apretó el papel; lo arrugó de tal manera, que quedó escondido dentro de la palma de su mano, guardándolo presuroso en el bolsillo de su sotana. Don Luis, al escuchar a su hija, se puso pálido, llevó su mano al pecho y luego la bajó por su brazo. Sintió tanta angustia y ansiedad, que decidió salir a respirar aire fresco, pero seguía sintiéndose mal. Sin pérdida de tiempo, se montó en su coche para dirigirse al hospital. No tuvo oportunidad de prenderlo, cayó inconsciente… moría de un infarto!

Ana Margarita.-


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

martes, 26 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLVIII) LAS HERMANAS








LOLA Y SUS ENREDOS: (XLVIII) LAS HERMANAS

Era una de esas mañanas que visten la vida de gala. Una de esas mañanas que brillan con el mismo esplendor del alma. El sol irradiaba una luz clara, más no enceguecía ni sofocaba. Todo tenía su justo color, abigarrando el panorama. El trinar de las aves y las exquisitas fragancias del campo y de la montaña, todo, absolutamente todo… se colaba por la ventana. Cuando Lola despertó tenía a Antonio y a sus siete hijos, todos, montados sobre la cama. Quietitos le sobaban la panza, mientras Antonio los veía, muy feliz, admirando la gracia. Lola volvió a cerrar los ojos para disfrutar, a plenitud, de aquella bendición que Dios le daba. Aquella escena de gozo, propia de los dioses griegos, fue interrumpida por las hermanas.
- Vaya, si parecen Cleopatra y Marco Antonio, mejor no pueden estar… ni que les de la gana! –exclamó Márgara, medio en reclamo, medio en guasa. Ana Isabel se reía y a sus sobrinos abrazaba, mientras la bendición les echaba.- Doña Blancaaaaa, Doña Maríaaaa… venga a hacerse cargo de los niños! –les gritaba Márgara a las nanas. Al escuchar esto, todos los niños salieron corriendo de la habitación, con gran alboroto y risas, escondiéndose de sus cuidadoras.
- Vamos, párate zángano, mis padres y tus hermanos están listos y esperándolos! –Márgara halaba por los brazos a su cuñado, levantándolo de la cama y empujándolo hacia el baño. Antonio ponía resistencia muerto de la risa, solo para fastidiarla –Y tú, es hora de que te empieces a arreglar… o es que no quieres ir? –le preguntó a Lola. Ella, agarrándose el vientre, se echó hacia atrás, sentándose en la cama. Sonrió e hizo señas con las manos, indicándoles a las hermanas que sentaran a su lado, cada una por un lado de la cama.
- Hoy es un día muy especial para mí. Como hermana mayor las he visto crecer. Aprovecho la oportunidad para agradecerles, de todo corazón, el amor y cuidado que han prodigado a mis hijos, sin abandonar sus quehaceres ni sus estudios. Hoy tendré el orgullo de verlas recibir sus títulos: agrónomo y veterinario… quién lo diría? –les dijo Lola abrazándolas y besándolas. Ellas se dejaron consentir, por unos segundos. Luego, la levantaron de la cama, de igual manera que hicieron con Antonio.
En dos carros y en caravana, se fueron para Caracas. Al llegar a la ciudad universitaria, quedaron anonadados. Era inmensa y hermosa. Rodeada de jardines y obras de arte. Todo lo miraban con la boca abierta; cuando entraron al Aula Magna, la sensación fue de grandeza: la modernidad y el lujo ubicaba a Caracas como una gran ciudad cosmopolita, como otra cualquiera. Todo se desarrolló en perfecto orden, según el protocolo… fue un acto grandioso! Después de celebrar en la capital, emprendieron el retorno. Lola y Antonio iban con sus padres, mientras que las graduadas iban con sus novios.
- Madre, no te molestes por lo que voy a decir… ni tú tampoco, papá. Debo decirles que últimamente he pensado mucho en Doña Rosaura. No se por qué, a mi también me resulta extraño… pero tengo la sensación de que me llama, de que me necesita. Padres, quiero ir a verla, si eso no les molesta –les dijo Lola con la ansiedad que esas sensaciones le provocaba. Al principio, ellos no dijeron nada. Don Luis extendió su mano derecha hacia su mujer, quien la tomó, apretándola fuertemente. Desde que Doña Rosaura le envió la carta a Don Luis, entre ellos emergió un sentimiento de culpabilidad, cómplices eran. Habían reflexionado, concluyendo lo injusto que con ella fueron. De todo le participaban, más a nada la invitaban; hasta fotos y cartas le habían enviado, solo eso. Conscientes estaban de su mal proceder, pero tarde era para enmendarlo. Se habían protegido del qué dirán… no actuaron, con "ellas", como buenos cristianos. Doña Ana, tragó saliva y sacando fuerzas de donde no las tenía, calmó a su hija.
- Lola, si tu padre está de acuerdo, te prometo que iremos a verla… mañana o en un par de días. Prepararemos postres y comidas, también le llevaremos un gran obsequio… les llevaremos a los niños, para que llenen su casa de luz y alegría- le dijo de manera solemne, de sus palabras convencida. Don Luis no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Tenía el llanto atragantado en la garganta y, otra vez, el corazón le dolía. Lola quedó muy extrañada de la respuesta de su madre y del consentimiento de su padre. Esperaba que la regañaran o algún reclamo le hicieran, pero nada de eso pasó. Cuando intentó expresar su sorpresa por la buena actitud de ellos, Antonio la atajó, tapándole la boca. Con la mirada le advirtió que guardara silencio, que no pidiera aclarar nada… que las cosas estaban bien, así como estaban… él sabía el por qué, pero el secreto atesoraba. Lola se quedó quieta, en su marido confiaba; era inteligente y prudente… de él estaba enamorada!

Ana Margarita.-
NOTA: Este capítulo se lo dedico a la Universidad Central de Venezuela, mi casa de estudios… que orgullo!
Reseña histórica:La historia de la UCV se inicia con la fundación del Colegio Santa Rosa de Lima por Antonio González de Acuña en 1673, el cual fue inaugurado el 29 de agosto de 1696 por Diego Baños Sotomayor. El objetivo de este seminario era propagar la religión católica y la lealtad al rey en las colonias de América. Irónicamente, en la capilla del seminario se declaró la Independencia de Venezuela el 5 de julio de 1811, y fue en esa misma institución donde se formaron muchos de los firmantes del acta. Actualmente este recinto sirve de Palacio Municipal de Caracas. En noviembre de 1856 la universidad se independizó definitivamente del seminario de Santa Rosa al mudarse al edificio del antiguo Convento de San Francisco (actual Palacio de las Academias). Por su parte, el seminario continuó existiendo hasta el 21 de septiembre de 1872, fecha en que fue clausurado y expropiado por Antonio Guzmán Blanco.
Durante los próximos cien años, la universidad graduó a importantes protagonistas de la sociedad venezolana y se mantuvo activa casi sin interrupciones excepto por los diez años entre 1912 y 1922, cuando
Juan Vicente Gómez la clausuró para acabar con el movimiento opositor representado por la Asociación General de Estudiantes de Venezuela. Este tipo de actividades con el tiempo se convertirán en características de la Universidad, produciendo episodios de violencia por parte de los estudiantes que servían de termómetro de la popularidad del gobierno de turno. En consecuencia, las clases en la Universidad han sido suspendidas temporalmente numerosas veces y Marcos Pérez Jiménez y Rafael Caldera optaron por intervenirla para calmar a los protestas de los llamados "encapuchados" de la UCV; en su mayoría estudiantes simpatizantes de partidos de izquierda.
Su mudanza se debió a que entre los años 1930 y 1940 la capacidad del
Convento de San Francisco colapsó debido al crecimiento de la población estudiantil, lo cual había obligado a las autoridades universitarias a dispersar las facultades por la ciudad. Por esto, el 2 de octubre de 1943 Isaías Medina Angarita decretó la construcción de otra sede universitaria y se constituyó el Instituto de la Ciudad Universitaria (ICU), organismo adscrito al Ministerio de Obras Públicas encargado de coordinar la construcción. En esta decisión en la que jugó un rol fundamental el entonces Rector Antonio José Castillo, quien insistiera en la necesidad de reunir todas las facultades, escuelas e institutos de la UCV en un solo núcleo.
Originalmente la Ciudad Universitaria estaba en las afueras de Caracas (la ciudad se ha expandido hasta rodearla), en los terrenos de la
Hacienda Ibarra (antigua propiedad de Simón Bolívar), y tardó aproximadamente 20 años en construirse en su totalidad. Sin embargo, el 2 de marzo de 1954, Marcos Pérez Jiménez inauguró la Plaza Cubierta, el Aula Magna y la Biblioteca Central con motivo de la celebración de la X Conferencia Iberoamericana en Caracas.
En su proyecto original, la Ciudad Universitaria estaba formada por 60 edificios distribuidos entre zonas verdes que cubrían unas 203 hectáreas. Actualmente, se encuentran en ella más de 70 edificios, incluyendo el
Jardín Botánico de Caracas y la Biblioteca Central de la UCV (segunda más importante de Venezuela). En los edificios se albergan de 9 de las 11 facultades de la universidad, con la de Ciencias Veterinarias y Agronomía con su sede en Maracay. La Ciudad también alberga una de las colecciones de arte más importantes del mundo, la cual incluye a los edificios como ejemplo del movimiento modernista del siglo XX y murales, mosaicos, vitrales y esculturas de artistas abstracto-geométricos, constructivistas, surrealistas y figurativistas de la talla de Fernand Léger, Victor Vasarely, Jean Arp, Wifredo Lam, Alexander Calder, Baltazar Lobo, Alejandro Otero y Francisco Narváez, Oswaldo Vigas, Víctor Vasarely, Henri Laurens, Pascual Navarro y Mateo Manaure. Casi todas obras en los jardines, techos, paredes y ventanas de los edificios, lo que convierte al campus universitario en un virtual museo al aire libre.
Algunas de estas obras se han convertido en iconos de la universidad, como "Las Nubes" de Alexander Calder en el Aula Magna, el "Pastor de las Nubes" de Hans Arp y en especial el reloj de la universidad, de
Juan Otaola Paván en la plaza del rectorado. Actualmente la Universidad Central se encuentra en la Ciudad Universitaria de Caracas, complejo educativo y arquitectónico declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 2000. Fue diseñada por el arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva y un variado grupo de artistas modernistas que a decir de la UNESCO constituye un "ejemplo sobresaliente de la realización coherente de los ideales urbanos, arquitectónicos y artísticos de principios del siglo XX."

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; . En letras aparece el nombre de ARTELISTA, se presume autor o propietario, a ella los méritos o derechos que correspondan.

domingo, 24 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLVII) SANTA MARÍA



















LOLA Y SUS ENREDOS: (XLVII) SANTA MARÍA




El calor era insoportable, solo la brisa del mar aliviaba el sofoco de Lola. Había mucha gente y todos con agitación. Unos lloraban y otros reían, abrazos y besos venían e iban. Los corazones se estremecían al escuchar el bucólico sonido de la sirena del barco, advirtiendo que lo inevitable estaba por suceder: zarparía, y con él se llevaría a la tía Isabel. Ella se despedía de su hermano y cuñada, luego de Antonio y, por último, de su sobrina mayor.
- Lamento no poder quedarme más y no acompañarte para el nacimiento de tu “cuatro de ocho” –le decía esto a Lola mientras le acariciaba el rostro y su barriga, que era ya bien notoria- pero te aseguro que estaré muy pendiente de ese gran acontecimiento. Cuídate mucho, mi amor siempre estará con ustedes –la abrazó con mucho sentimiento y se alejó de todos ellos con una gran sonrisa, que contradecía sus tristes ojos. La vieron alejarse por el muelle, entre la multitud de viajeros. No regresaría a España, iría a Miami y de ahí a Nueva York, a visitar a su hija Candelaria. La noche caía, el Santa María tenía encendida sus luces semejando una constelación de estrellas al ras del mar, lucía imponente; haciendo que ellos parecieran hormigas, más insignificantes de lo que ya se sentían por la impotencia de no haber podido retener, por más tiempo, a la tía. Se oían gritos de despedidas y pañuelos blancos ondeaban desde tierra, despidiendo a sus seres queridos… a aquellos que no sabían cuando volverían a ver. Se quedaron allí, observando como se alejaba, hasta que solo divisaron en la lejanía un gran punto luminoso, perdiéndose en alta mar.
Lola esa noche durmió profundo, descansando el ajetreo del día anterior. Al despertar no encontró a Antonio a su lado, ni él ni los niños estaban en casa. Se asomó por la ventana de su habitación, logrando ver que en los jardines de la casa de su madre, estaban jugando sus hijos, como abejas alrededor de las flores. La verja que dividía los jardines de ambas casas, estaban abiertas, de par en par… ya era permanente esta situación. Desde que se casó con Antonio, las dos casas se convirtieron en una. En la medida que avanzaba, Lola se relajaba. Las flores se hallaban por dondequiera, igual que los frutos de los árboles, que se encontraban esparcidos por el suelo. La carga de este año había sido generosa. Las fragancias dulces y ácidas se entremezclaban, haciendo que respirara más profundo para inhalarlas. Se sentía bien esa mañana, a pesar de que el bebé en el vientre se le encajaba. Paso a paso se acercaba; a cada paso que daba era notorio que las voces se escuchaban alteradas. Todos estaban reunidos en la terraza de la cocina. Hablaban y hablaban, todos al mismo tiempo. Los niños se encontraban, ahora, sentados en los escalones, mirando atentos a todos los que allí se encontraban. Al ver a Lola, Antonio pidió a todos que silencio guardaran… así lo hicieron. Lola se les quedó viendo intrigada.
- Padre, que te pasa? –le preguntó Lola, sujetando su vientre con sus manos corrió hacia él. Don Luis estaba pálido y mantenía su mano en el lado izquierdo del pecho y de vez en cuando lo bajaba por el brazo –qué pasa padre? –volvió a preguntarle, esta vez de rodillas ante él y abrazada a su regazo. Antonio acercó un asiento al lado de su suegro y cargando a su amada, la sentó allí. Todos guardaban el más estricto silencio, esperando quién y cómo le contarían a Lola el acontecimiento.
- Amor, deja tranquilo a tu padre, está algo sofocado. Yo te informaré lo que sucede –le dijo esto sentándose de frente a ella- Bueno, sucede que el barco que abordó tú tía Isabel, fue desviado de su curso; en vez de agarrar hacia el norte… se dirige a África. Durante tres días no supieron de él… pero ya se sabe que ha sido secuestrado, manteniendo de rehenes a los pasajeros y tripulantes. Se está negociando y creo que los liberarán hoy en Brasil. Es lo que se sabe, está en los noticieros y periódicos de todo el mundo. Al parecer la causa es política, no de simple piratería. Hoy mismo se sabrá si las autoridades del Brasil le dan el asilo político solicitado. Si lo dan, todo termina y no pasa más nada. Todos se encuentran en perfectas condiciones. Eso es amor, eso es lo que pasa… -cuando terminó de hablar, todas las miradas se posaron en Lola, esperando su reacción. Lola quedó callada. Sus ojos se movían de un lado para otro, pensaba. Bajó la cabeza hasta el pecho, abrazando fuertemente su vientre. De repente, empezó a temblar, todo su cuerpo se agitaba. Era evidente que contenía sus emociones.
- Perdona padre mío mi insolencia, se que es tu hermana y debes, por ella, estar preocupado… pero que suerte tiene la tía! –dijo esto al tiempo que echaba la cabeza para atrás y soltaba una carcajada, tan contagiosa, que todos empezaron a reír con ella, sin saber por qué.
- Por qué nos estamos riendo hija, si no es nada gracioso? –le preguntó Don Luis, evidentemente más relajado.
- Ah! Padre, mi tía lleva tiempo a bordo… te imaginas la cantidad de gente de la que se habrá hecho amiga? La cantidad de historias de las que se habrá enterado, las cuales magnificará para contarlas a sus conocidos? Además, no estamos en Febrero? Se celebra en Brasil uno de los más grandes carnavales del mundo… por Dios, padre, la tía lo está pasando de lo lindo! –agarró entre sus manos el rostro de su padre y lo besó tiernamente; con la mirada serena de ella… él se tranquilizó. Ese mismo día, recibieron un telegrama: la tía Isabel estaba en Brasil, rumbo a Río de Janeiro, aprovecharía el evento para disfrutar de los Carnavales! Todos empezaron a echar chistes a costa de la tía Isabel, menos Doña Matilde, quien estaba arrepentida de no haber aceptado la invitación de ella, para que la acompañara en el viaje, moría de la envidia.





Ana Margarita.-
NOTA: este capítulo se lo dedico a todos los inmigrantes que, por una razón u otra, se han visto forzados a separarse del suelo patrio y de sus familiares. En 1963, junto a mi madre y hermanos, nos embarcamos en el Santa María, rumbo a Las Palmas de Gran Canarias, en la ruta Puerto Rico, Miami, Tenerife. Un viaje que, en principio serían unas vacaciones de tres meses, se convirtió en una residencia de casi dos años, con todas las experiencias que ello involucra.
Reseña histórica: En la madrugada del 22 de enero de 1961 doce exiliados españoles, la mayoría gallegos, y otros tantos portugueses tomaron el Santa María, un transatlántico en el que iban a bordo 612 pasajeros y unos 350 tripulantes. Este barco de bandera lusa realizaba la ruta La Guaira (Venezuela)-Curaçao-Miami-Tenerife-Lisboa y Vigo. El asalto, obra del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (Dril), fue una llamada de atención a la comunidad internacional para que no siguiese de brazos cruzados ante la existencia en España y Portugal de las dictaduras de Francisco Franco y Oliveira Salazar, respectivamente. Este hecho histórico llegó a ser portada de publicaciones como The New York Times o Paris Match. Durante tres días fue un barco fantasma. Estuvo ilocalizable. Cuando fue avistado, un avión militar estadounidense lo escoltó. Arribaron el 2 de febrero al puerto de Recife, en donde desembarcaron pasajeros y tripulantes, tras doce días de cautiverio. Los secuestradores fueron recibidos como héroes. Incluso participaron en los desfiles del Carnaval de Río de Janeiro.

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

jueves, 21 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLVI) LA BODA






LOLA Y SUS ENREDOS: (XLVI) LA BODA

El tiempo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Sin darse cuenta, ya estaban casados. Antonio y Lola habían hecho su sueño realidad. Todos los familiares estaban a su derredor mientras el fotógrafo hacía malabares para tomar esa gran foto… una donde salieran los contrayentes y sus invitados especiales: los empleados y peones de la hacienda. Lola estaba muy orgullosa de ellos, eran como de la familia, los conocía desde niña… algunos la vieron nacer. Todos estaban impecablemente trajeados con sus vestimentas típicas llaneras, como los novios. Todo era un relajo, que si los altos atrás, que si las mujeres sentadas y los niños en sus faldas. Después de un buen tiempo y mucho ajetreo, la lograron, quedó perfecta… a decir del fotógrafo. Luego vino la familiar, con el resto de los invitados; la misma vaina: que si pónganse aquí o pónganse allá. Total, después de muchas risas y alboroto, también la tomaron. Todos estaban contentos, todo se desarrollaba según lo planeado. Abundancia de comida y bebida… y música con arpa, maracas y cuatro. No había espacio que no se impregnara del olor de la carne en vara. Oscurecía y se veía la candela y se oía el chasquido de la leña arder. Flores en abundancia, como la bebida que los embriagaba. Poco a poco, se fue yendo la gente, bien porque lejos vivían o porque eran prudentes. Se fueron quedando los que allí pernotarían. Fue una boda generosa, espléndida… pero nada pretenciosa. Al final, solo quedaron tres mesas ocupadas. La de los nuevos esposos, con sus cuñados y cuñadas; cuchicheaban y reían a carcajadas. Hablaban de todo, se contaban chistes, algunos groseros, otros tontos… pero, igual se reían como bobos; estaban embriagados por el alcohol y por el amor… juventud, divino tesoro! En otra mesa estaban Don Luis, el cura Don José, el comunista Don Carlos y el padre de Antonio. De lejos, pareciera que hablaban cosas serias, como asuntos de negocios; pero, que va, estaban igual que los muchachos: jodiendo y pasando un buen rato. Se contaban esas cosas que no se pueden charlar delante de las esposas, pues los molerían a palos. Una tercera mesa donde las mujeres, ya con los pies descalzos, suspiraban de alivio por tener los pies hinchados.



- Los muchachos lograron sorprenderme, se encargaron de todo y todo lo hicieron bien –comentaba Doña Ana, llena de satisfacción y orgullo- fíjense, que bonita quedó la ceremonia. La capilla estaba muy iluminada por la suave luz de la mañana y fragante a jazmines y rosas, todas las flores blancas… Ah! Y cuando entró Lola del brazo de mi Luis, tan guapo él, tan bella ella… y empezaron los niños del coro a cantar el Ave María… -Doña Ana dejó de hablar, las lágrimas le cortaron las palabras.



- Carajo Ana, ya has visto a Lola entrar por la iglesia varias veces… y todavía te emocionas? –le dijo la busca pleitos de Matilde, muerta de la risa.



- Prima, te juro que nunca antes vi a Lola tan esplendorosa; su mirada era otra. Estoy segura que para ella… este es su primer matrimonio, esta vez se casó de mente, cuerpo y alma… se casó con Antonio, con su amor! – le contestó ella con una sonrisa de satisfacción.



- Se dieron cuenta que Lola, en más de una ocasión, se llevaba la mano al vientre y volteaba a mirar a Antonio y que este le devolvía una sonrisa cómplice? –preguntó la madre de Antonio al tiempo que miraba a Doña Ana, como esperando respuesta de ella.



- Claro que me dí cuenta, cómo no hacerlo… si cuando ella se tocaba el vientre el semblante le cambiaba, se le llenaba de luz. Estoy segura que ya mi octavo nieto viene en camino… apuesto lo que sea! Además, no soy tonta, aunque me haga la pendeja; eso de que la modista tuviera que “ajustarle” el vestido tres veces… no es pura coincidencia! –le respondió de lo más tranquila a su consuegra, total, Lola no era ninguna doncella y, Don Luis y ella, ya se lo temían.



- Gracias a Dios! –exclamó la tía Isabel, persignándose. Y como todas se voltearon a verla y se le quedaron viendo intrigadas, ella se apresuró a aclarar- Esta ha sido una boda perfecta. Nada faltó, vinieron todos los que tenían que venir, todo fue espléndido, cálido y hermoso. Reinó la alegría y la armonía. No hubo ni una discordia, ni un plato roto. Nadie se llevó nada… no falta ni una de las cucharillas de plata. Díganme ustedes, si no hubo pleitos, fallas ni alborotos… qué puedo yo contar a los otros? Nada, nada que chismear! Dios, te pido que la novia esté preñada… así por lo menos no parecerá un cuento de hadas…



A Doña Matilde esto le pareció lo más sensato que alguna haya dicho; a ella tanta perfección le parecía aburrimiento… y por primera vez, tal impertinencia no había salido de la boca de ella, sino de la tía Isabel. De inmediato, se dirigió a la mesa de los hombres para chismosearles lo de la sospecha de embarazo de Lola, olvidándose que estaba descalza; pisó algo que el pié le hirió y le hizo perder el equilibrio. Trató de sostenerse de la mesa, pero no lo logró. Cayó bruscamente al piso, de rodillas. Del impacto la falda y la enaguas fueron a parar a su espalda, dejando al descubierto sus blancas y gordas nalgas. Todos lo vieron, para su desgracia. Aunque el curita Don José se apresuró a auxiliarla, ya de la burla no la salvaba ni la más fervorosa plegaria. Todos se reían de ella a carcajadas, aunque los caballeros trataban de ocultarlo tapando sus bocas.



- Gracias Matilde, ahora si puedo decir que yo me aseguraré… de que esta boda no sea olvidada! – le gritó sarcásticamente la tía Isabel, mientras se levantaba de su asiento… para hacerle creer que intentaba ayudarla, aunque en realidad grababa en su mente la escena… para después contarla.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; aparece en ella un nombre en manuscrito, se desconoce si es su autor o propietario: a ella los méritos y derechos que correspondan.

viernes, 15 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLV) LOS ZALAMEROS



LOLA Y SUS ENREDOS: (XLV) LOS ZALAMEROS


Los preparativos de la boda, de Lola y Antonio, marchaban bien. Doña Cándida, la modista, entraba y salía a cada rato, haciendo pruebas y ajustando. Lola había tomado la responsabilidad de los preparativos, junto con su prometido, que se había tomado a pecho la ceremonia y participaba con gran entusiasmo. Esto le vino como anillo al dedo a Doña Ana, pues el asunto de los enamoramientos de Márgara y Ana Isabel, la tenían muy apagada, completamente apática. También delegó ella en las muchachas lo de la cena de bienvenida de los Santamaría, pues si ellas eran suficientemente mujeres para tener “novios” también lo serían para encargarse de esos asuntos domésticos… que fueran practicando, les había dicho, como si se tratase de un castigo. Pensó que se molestarían, pero, que va, ellas encantadas, lo hacían con mucha alegría. Otro tiro por la culata que le salía a Doña Ana!


Abatida como estaba, se recluyó en su habitación, no la necesitaban. Acostada en la cama cavilaba sobre el asunto; sabía que no tenía ni derechos ni motivos de sentirse así, pero así se sentía: traicionada y abandonada… como un trapo viejo apartada! De esta manera, golpeada en su ego y sin hacer absolutamente nada, fue como se le metió en la cabeza un plan para sabotear la cena. Haría todo lo posible para deslucir a los muchachos ante sus hijas, a ver si esta se decepcionaban y volvían a sus andadas. Una cosa que no les permitiría, por nada, es que abandonasen sus estudios en la universidad: de la preparación de ellas dependía, ahora, el negocio familiar y, a futuro, su estabilidad personal. No querían que siguiesen los pasos de ella y su hermana Lola, solo parir y criar. No, ahora las mujeres tenían muchas puertas abiertas; los tiempos habían cambiado y las mujeres se hacían de profesiones y entraban al campo laboral y, con las pastillas anticonceptivas… ni hablar, completa libertad! Cómo le hubiera gustado a ella tener esa oportunidad. Se arreglaba, quería quedar muy hermosa, para impresionar a los rufianes que venían a robarles a sus hijas y, encima, les tenía que dar de comer y beber. Doña Ana, pensaba y pensaba… y no pensaba bien; solo pensaba en como fastidiar a los muchachos guiada por sus celos de madre.


- Amor, estás muy hermosa; deberán fijarse bien, pues pareces otra de las muchachas, jamás pensaran que eres la suegra… -le dijo Don Luis acariciando el rostro de su mujer y mirándola como el solo podía hacerlo- pero algo te digo, no has pronunciado una sola palabra en todo el día y por tu mirada, se que traes algo en mente… yo no daría ni un centavo por esos pensamientos!




Listos como estaban, Don Luis puso galantemente su brazo, para que su amada de él se asiera; bajaron juntos las escaleras. Apenas los vieron, los tres Santamaría se acercaron a ellos. Doña Ana los miró muy seria, estaba dispuesta a dar la batalla y, con una mirada acérrima, les anunciaba el inicio de la guerra! Pero ellos a eso no le hicieron ningún caso, ya estaban esperando esa reacción y tenían sus propios planes: conquistar a la suegra a como diera lugar! Antonio sonreía, bien la conocía y le constaba su bondad; esa máscara, de mujer dura y despiadada, caería sin dificultad. Cedió a sus hermanos el protagonismo de la noche, nada diría a su suegra de lo hermosa que la observaba.


Gabriel y Alejandro Santamaría, en franca conspiración con Márgara y Ana Isabel, no se despegaron de Doña Ana. No hubo palabras de halago que no pronunciaran… y muy dulcemente. Con humildad y respeto, prodigaron a su suegra de todo tipo de atenciones, como la reina que era, la madre de sus princesas. La llenaron de obsequios: perfumes de Francia, mantillas de España, manteles bordados de Portugal, perlas negras de Tailandia y finas sedas de Marruecos. A don Luis le trajeron tabaco rubio inglés y vinos italianos y franceses… y el más fino Whisky escocés. Márgara y Ana Isabel sonreían, el plan estaba dando resultado: sus padres estaban animados, abrumados con las atenciones, muy contentos y relajados. Doña Ana bajaba la guardia, era imposible no hacerlo. Los Santamaría se los habían metido en los bolsillos; los tenían comiendo en las palmas de sus manos. Eran hábiles en el arte de la conversación, muy gentiles y dulces… y tan guapos como Antonio. Doña Ana y Don Luis no eran pendejos, estaban conscientes de que esa zalamería tenía un claro objetivo: conquistarlos a ellos para quedarse con las hijas, y lo habían logrado! Hubo un momento en que se quedaron solos. Se miraron el uno al otro:


- Ahora, qué piensas amor? Aún sigues con ellos digustados? –le preguntó Don luis a Doña Ana, mientras las manos le besaba.


- A ti no te puedo mentir, sabes que lograron conquistarme, son encantadores. Y si eso fue conmigo, que soy su suegra, imagínate cómo las habrán enamorado a ellas! – le contestó a su marido, con serenidad y dulzura- serán muy buenos esposos, no me queda la menor duda de ello!


Antonio y Lola los observaban de lejos, vieron sus caras aliviadas e iluminadas. La tormenta había pasado y ellos podrían continuar sus planes de bodas, sin ninguna sombra que la opacara… su felicidad continuaba.


Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

jueves, 14 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLIV) LA SOLEDAD





LOLA Y SUS ENREDOS: (XLIV) LA SOLEDAD



Doña Ana estaba acostada en su cama, nada le dolía… solo el alma. Había estado llorando toda la tarde, no se había dado cuenta de que sus hijas ya eran unas señoritas casaderas… hasta esa mañana, las creía aún niñas. Estaban enamoradas de los Santamaría, precisamente de ellos, no podían ser otros, sino ellos… que eran una familia de viajeros. Se la pasaban viaja que viaja, por los negocios poco compartían en familia, estaban más tiempo separados que juntos. Se robarían a sus niñas, las separarían de ellos… desmembrarían a la familia! Y sus nietos? Se los llevarían también, que desgracia… Al pensar en todo esto, recorría en su mente su casa. Imaginaba los cuartos vacíos y en silencio; la cocina quieta, sin que se oyera un cubierto o una taza. Y los jardines… quiénes jugarían en ellos? Quiénes recogerían las flores y los frutos? Y la hacienda… quiénes ayudarían a Luis a administrarla, a sacar las cuentas? Nadie, porque todas ellas con los niños se irían! Ya lágrimas no le quedaban y, la resignación se le encimaba cuando a la habitación entraron su prima y cuñada.
- Vamos Ana, esto es lo más egoísta que he visto en mi vida… y tú no eres así, qué pasa contigo? – le reclamó Doña Matilde, sentándose también a su lado, por el otro lado de la cama.

- Qué pasa Ana? Estás pasada de pendeja! –le dijo la tía Isabel, sentándose a su lado y poniendo en sus manos una taza de café con leche caliente y cremoso, como a ella le gustaba –Presta atención, estás ahogándote en un vaso de agua; la mayoría de las veces las cosas no suceden como las pensamos, sino todo lo contrario. No te anticipes, deja que las cosas sucedan para que puedas hacerle real frente. Además, no es justo, las muchachas querían sorprenderte con algo que ellas pensaban iba a ser maravilloso y, estúpidamente, se ha vuelto una tragedia. Apóyalas, disfruta con ellas el presente… ya se verá que pasa mañana!

Doña Ana dejó que siguieran hablando, pero ella seguía absorta en sus pensamientos, en el sentimiento de abandono que la embargaba. Solo escuchaba un bla, bla, bla… pero no oía nada. Los monólogos de la prima y la cuñada fueron interrumpidos por Doña Blanca, que vino avisarle que abajo se encontraban Don Antonio y sus padres, que a ella querían hablarle. Doña Ana cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la cabecera de la cama, sin disimular el fastidio que ello le daba.

- Lo que me faltaba, más bla, bla, bla… y a mi no me interesa oírlos para nada! –exclamo evidentemente molesta. Doña Matilde dio instrucciones a Doña Blanca de que les informara que, en un momento, ella bajaría y les atendería. De inmediato, y con la ayuda de de Doña Isabel, se dio a la tarea de animarla para que se arreglara y reuniera con ellos. Así se hizo.

Cuando Doña Ana bajaba las escaleras, Antonio la alcanzó y le dijo algo al oído. Ella dibujó una amplia sonrisa, iluminándosele el rostro. Se asió de su brazo y bajaron los dos juntitos. Olvidó por un momento su amargura y saludo amable y cariñosamente a los visitantes: eran sus amigos de toda la vida, debía mantener eso presente en su mente.

- Espero nos disculpen por venir sin avisar, pero Antonio nos comentó de lo aquí sucedido… y sentimos que estamos obligados a aclarar ciertos asuntos; de esta manera pensamos que las cosas serán apreciadas desde otro punto de vista. –inició la conversación la madre de Antonio, de manera amable y prudente. Guardó silencio cuando hizo acto de presencia Don Luis, quien saludó y se sentó junto a su mujer, tomándose de las manos. Los dos presentaban signos de casancio… y de haber llorado, mucho; estaban con los hombros caídos, estaban encorvados, estaban deprimidos. Inmediatamente, tomó la palabra el padre, quién intentó enaltecer a sus hijos para presentarlos como buenos candidatos para las muchachas: Que si eran trabajadores; que eran graduados de la prestigiosa y antigua Universidad Complutense, ubicada en Moncloa, Madrid; que los muchachos residen en una villa decente frente al campus; que si esto, que si aquello y que si patatín o patatán, puro bla, bla, bla, bla, bla...

Don Luis y Doña Ana, los miraban, los escuchaban… pero ninguno de los dos prestaba atención, sus mentes se concentraban en una sola cosa: se enfrentaban a algo para lo cual no estaban preparados… la soledad.

Ambos echaron un largo suspiro, se miraron apretándose las manos. Sin mediar entre ellos palabra alguna, se dijeron todo, llegaron a un acuerdo… resignación, era la salida!

Ana Margarita.-


NOTA: La Universidad Complutense de Madrid y el Campus de Moncloa, tienen un especial significado para mí; por ello, dedico este capítulo a mi hijo Francisco José, a su esposa, mi adorada nuera y fiel lectora, Rumiana y a mis nietos Gabriel Francisco y Christian Alexander: a ellos todo mi amor, respeto y admiración!


--La Universidad Complutense fue fundada en Alcalá de Henares, la antigua Complutum, por el Cardenal Cisneros, mediante Bula Pontificia concedida por el Papa Alejandro VI en 1499. En 1836, bajo el reinado de Isabel II, la Universidad fue trasladada a Madrid, donde toma el nombre de Universidad Central. En 1970 el Gobierno acomete planes de reforma de la Enseñanza Superior, y la Universidad Central pasa a denominarse Complutense, recuperando la denominación de su lugar de origen. Es por entonces cuando se crea el campus de Somosaguas para albergar el grueso de las facultades de Ciencias Sociales con el fin de descongestionar el Campus de Moncloa.

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLIII) EL SECRETO



LOLA Y SUS ENREDOS: (XLIII) EL SECRETO


Márgara subió las escaleras y, tras ella, Ana Isabel. Doña Cándida tapaba su rostro con sus manos, estaba apenada; si no fuera obesa, de seguro se hubiese escondido bajo la mesa. Antonio se acercó a Lola y en el oído le dijo unas palabras, lo mismo hizo Don Luis con Doña Ana. Ambas salieron, con pasos apresurados, detrás de las muchachas. Doña Matilde y la Tía Isabel, fueron rápido a la cocina, a advertirle a Doña Teresa que se olvidara lo del brindis. Antonio se puso de pie y dio unas palmadas a su suegro en la espalda, tratando de apaciguar su ánimo.
- Tómeselo con calma Don Luis, que no ha pasado ninguna desgracia; si Márgara y Gabriel en realidad se aman, lo peor que pueda pasar es que la familia crezca y se una más. Roguemos a Dios que así sea –Una vez dicho esto, tomó suavemente la mano de Doña Cándida, haciéndole una mueca de que, con él, se marchara.
- A dónde vas Antonio, me vas a dejar solo con este zaperoco armado? –le dijo con tono preocupado a su yerno.
- Voy a mi casa, debo sostener una charla con mis padres, luego regreso… -le explicó con una sonrisa y, con la mirada, le hizo un ruego de que mantuviera la calma. Así lo hizo. Prendió un habano y se fue a caminar por los jardines… cavilando sobre el asunto de los nuevos tórtolos, pensando él… que eso seria todo.
En el cuarto de Márgara, era otra vaina; ella estaba recostada sobre su cama, llorando como una Magdalena. A su lado, estaba sentada Ana Isabel, en silencio y cabizbaja, no la consolaba ni decía ninguna palabra. Estaba pálida, muy asustada, pensando en lo que diría su madre cuando lo de ella se enterara…. Dos noticias, al mismo tiempo, era como mucho para Doña Ana, quien entró alterada, dando un portazo que se escuchó hasta la otra cuadra.
- No entiendo en qué les he fallado, para que en mí no tengan confianza; aquí estoy yo, dispuesta a escucharlas, díganmelo pues… díganmelo en mi cara! –dijo encolerizada y vuelta un mar de lágrimas. Doña Ana se sentó en la cama, al lado de Márgara, dándole palmadas en la nalga para que se volteara y con ella se franqueara. Miró a Ana Isabel con extrañeza por la actitud tan absorta que guardaba.
- Y a ti que te pasa, por qué tienes esa cara de espanto; no me vayas a salir con que tú también te traes una vaina!-le dijo su madre más furiosa que soldado en batalla. Aquí Lola intervino. Se arrodilló frente a su madre; tomándola por los hombros la arrimó a ella, abrazándola.
- Cálmate madre, no nos has fallado en nada… eres la mejor de todas. Baja la guardia, para que puedas comprender lo que aquí pasa. Yo te lo contaré, por ellas hablaré.- le dijo al tiempo que acariciaba su rostro con dulzura, para que se tranquilizara.
- El colmo de los colmos, tú sabías todo y también me lo ocultaste… qué desgracia! –Se tapó el rostro con sus manos y lloraba y lloraba, desconsoladamente, la pobre Doña Ana.
- Madre, guarda silencio, no sentencies antes de juzgar! Si no te conté antes, es porque a mí no me correspondía ese derecho. No se te ha ocultado nada de lo que debas avergonzarte, nada malo aquí pasa. Tú sabes que los Santamaría son amigos de nosotros desde la infancia; así fue como Antonio y yo nos enamoramos. Pues bien, Ana Isabel y Márgara… también, pero de Alejandro y Gabriel! Claro, como ellas eran más chicas, no habían definido nada, pero la amistad continuaron por cartas… hasta que determinaron que sí, que sí estaban enamorados. Ellas no te anticiparon nada, querían hacer algo bonito cuando ellos llegaran; pero vino Doña Cándida y zuaaas… soltó la lengua, no pudo quedarse callada. Claro, como el marido trabaja en la Oficina de Correos, de todo está enterada! Ves madre, no es ninguna tragedia, hasta bonito sería que ellos matrimonio contrajeran; así los Santamaría-Díaz serían una familia grande y unida… nadie nos vencería! –esto último lo dijo Lola en guasa, a ver si a su madre una sonrisa le sacaba. Pero Doña Ana, ya calmada, para nada la escuchaba. Estaba absorta en sus pensamientos. No podía quitarse la idea de lo desolada que quedaría su gran casa, si todas sus hijas se casaran y marcharan… al mismo tiempo. Y la algarabía de los nietos? También los perderían… eso, a su marido y a ella, el alma desgarraría!
La pobre Doña Ana estaba abatida, un duro golpe le habían asestado en el corazón sus niñas. Tonta ella, que pensaba en eso, en el futuro inminente… cuando Dios tenía, para ellos, otra cosa en mente.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

miércoles, 13 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLII) LA IMPRUDENCIA



LOLA Y SUS ENREDOS: (XLII) LA IMPRUDENCIA

Desde que Antonio anunció la fecha de la boda y de la llegada de sus hermanos, Doña Ana y Lola, no se daban abasto con el sin fin de tareas por cumplir para que todo saliera como ellos querían. Don Luis observaba que su mujer mostraba signos de gran agitación, más que de cansancio… igual que él. Y Lola los observaba a ellos, con gran preocupación. Un mes era una fecha muy ajustada para arreglar todo, incluyendo las invitaciones y alojamiento de los invitados. Todos se reunían, cada día y cada rato, en la mesa de la terraza, con papel y lápiz en mano, para anotar cada detalle que fuera necesario. Ese día estaba presente Doña Cándida, la modista, para tomar medidas y decidir los diseños de los trajes, tanto de la novia y su cortejo, como del resto de los miembros de la familia y, lo más importante, estimar la fecha de entrega de los mismos.
-Padre, los he observado y he notado, con mucha alarma, que tú y mi madre están muy ansiosos. Estamos conscientes de que la fecha fijada es muy próxima y eso dificulta las tareas planificadas. Yo propongo algo –dijo esto mirando y tomando de la mano a Antonio, quien estaba junto a ella- que depende de lo que diga Doña Cándida, aquí y hoy, estableceremos la fecha definitiva, bien en la previamente acordada o postergándola unos días más, los que estimemos necesarios; pues, quiero que en mi boda, en esta, todos estemos contentos y saludables… la presión nos está matando! Están de acuerdo conmigo? Todos guardaron silencio, se miraron unos a otros e hicieron muecas y señas con las manos, dejando en claro en que, no solo estaban de acuerdo, sino que era lo razonable. Todos, en fracciones de segundo, se relajaron y pusieron cara de alivio, y fijando –finalmente- la mirada en Doña Cándida, a quien se le trasladó la responsabilidad de determinar el tiempo necesario para realizar la ceremonia. Ella, con la jocosidad que la caracterizaba, echó un gran suspiro y manoseó su cuaderno, pasando las hojas de adelante para atrás y viceversa, repetidamente. Luego, poniendo una expresión muy seria, como quien va a dictar una sentencia a muerte, lo cerró bruscamente con ambas manos, tan fuerte, que se estremeció la mesa… haciendo sonar todo lo que en ella se encontraba.
- Telas tengo en cantidad suficiente para elaborar los trajes, según diseños acordados y medidas tomadas… salvo el de la novia; pero, por ello no debemos preocuparnos, mi proveedor resolverá esta situación. El problema radica en la confección; no estamos hablando de cualquier traje, estamos hablando de muchos trajes, de finas telas y acabados, con bordados y pedrería, no es cualquier tontería! –enfatizó Doña Candida, adoptando un gesto de que a ella… la culpa no le echaran. Todos rieron al ver el semblante de la modista, toda ella regordeta y pintorreteada, como acostumbraba, parecía una graciosa cerdita salida de un cuento de hadas.
- Bien, y cuánto tiempo estima usted necesario para realizarlos, sin premura y con calidad en los detalles y remates? –le inquirió Lola sin signo, de preocupación.
- Un cálculo prudente… mínimo, tres meses! –dijo ella muy ceremoniosa. Todos pusieron cara de asombro y, de inmediato, miraron a Lola, esperando la reacción de esta. Lola, con el rostro completamente relajado y con la mirada extraviada en algún lugar del jardín, sacaba cuentas mentalmente, con toda la calma del mundo. Apretó la mano de Antonio y lo miró con entusiasmo.
- Cariño, que te parece si nos casamos en Diciembre, para poder hacer las cosas bien y con calma… y en la hacienda, así resolvemos el problema de alojar los invitados; entre la de ustedes y la nuestra, hay espacio suficiente, qué te parece? – Lola no había terminado de hablar cuando Antonio estaba pegando gritos de alegría, como niño chiquito. Estaba muy contento, allí se habían conocido y enamorado… sería la mejor Navidad de su vida! Todos descansaron, se relajaron… harían las cosas con calma, sería la boda perfecta. Cuando la alegría reinaba, a Doña Cándida se le ocurrió abrir la boca, solo para meter la pata.
- Estarás muy contenta Márgara, por fin tu galán te vendrá a visitar, quién lo diría… dos de las Díaz Robaina, con dos de los Santamaría! –el silencio se hizo, y como ventiladores a toda potencia, los allí presentes miraban de un lado para otro, viendo las caras de las dos mujeres… quienes se miraban, entre ellas, fijamente. Doña Cándida con una expresión que denotaba consciencia de su imprudencia y, Márgara, con furia, por haberle quitado el privilegio de dar la noticia oportunamente, como correspondía. Doña Ana quedó desconcertada, pues a ellas las muchachas no le habían contado nada. Don Luis, se puso rojo como un tomate, detestaba que los extraños se enteraran, primero que él, de lo que sucedía en su casa y se lo restregaran en la cara. Márgara, entre furiosa y frustrada, se levantó de la mesa y se fue llorando, directo a su cama!

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

martes, 12 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XLI) EL ANUNCIO





LOLA Y SUS ENREDOS: (XLI) EL ANUNCIO








Don Luis y Doña Ana se levantaron temprano, junto con el alba. Estaban asomados a la ventana, ella abrazada a su cálida espalda. Observaban los jardines de su casa. Ayer había llovido y todo era fragancias. La vista era hermosa, calma; por dondequiera se avistaban las trinitarias, gladiolos, lirios y calas; y ni hablar de las margaritas, se encontraban esparcidas por las orillas de las calzadas, tantas, que parecían desbordadas. Dentro de la habitación, todavía las sábanas estaban húmedas, desprendiendo un agradable olor, de él y de ella… tan agradable como el de la tierra mojada.




En los jardines se encontraban los chiquillos, con la usual algarabía: corrían, jugaban, reían y gritaban… recogían bachacos, chicharras e iguanas. Ana Isabel recolectaba flores para los jarrones de la casa; Márgara y Lola estaban con cestas en mano, recolectando frutos: aguacates, limones, guanábanas, guayabas y mangos. En la terraza de la cocina se encontraban Doña Matilde y Doña Isabel, amenamente hablando con el cura Don José, quien sorbía placenteramente su café. Don Luis y Doña Ana se miraron entusiasmados. Todo aquello hermoso que observaban era fruto de un duro y mancomunado esfuerzo, lo habían logrado. Decidieron unirse a ellos, así que se fueron directo al baño. No harían caso a las burlas o sarcásticos comentarios, si ese fuere el caso; estaban felices y nadie lograría arruinarlo.




Antonio ya se había sumado al grupo cuando ellos se incorporaron. Doña Teresa sirvió el desayuno a Don Antonio y a los recién llegados. Ninguno hizo gesto alguno que denotara burla, ni tampoco hicieron algún desagradable comentario: mostraron el debido respeto que los anfitriones se habían ganado.




- Por favor, quiero que me presten toda su atención; Lola y yo queremos anunciarles algo muy importante: Nos casamos el mes entrante! –Antonio dijo esto lleno de gozo, mirando a Lola mientras besaba efusivamente sus manos. Colocó en su dedo un anillo de compromiso: Una Aguamarina, rodeada de siete pequeñas perlas y cuatro brillantes, dos a cada lado del borde del aro, todo en oro blanco. Él, con entusiasmo, explicaba que ese anillo representaba el azul de los ojos de su amada, los siete hijos, los padres y las dos hermanas de ella… su nueva familia, la que amaba, a la que recién ingresaba. Todas las mujeres le agarraban la mano a Lola para admirar la prenda que le obsequiara Antonio, todas maravilladas por la hermosura de la alhaja.




- Ya va, guarden calma, que aún no he terminado… -Antonio se metió la mano en su bolsillo y sacó otro estuche y extrajo de él una hermosa cadena con un dije: otra aguamarina, rodeada de pequeños brillantes y de ella pendiendo una perla.




- Y esta, algo representa? – preguntó la tía Isabel, inmediatamente al verla.




- Claro! Representa a mi amada, soportando el peso de mi “cuatro de ocho"… -los ojos se le llenaron de lágrimas al pronunciar estas palabras. Abrazó fuertemente a Lola, quien le besó con inmensa ternura. Todos guardaron profundo silencio, conmovidos por tan bella escena de amor. La sonrisa afloró en cada rostro; en especial en los de Don Luis y Doña Ana.




- También les anuncio que a la boda asistirán mis hermanos Gabriel y Alejandro, quienes ya están en camino, cruzando el Atlántico! –dijo Antonio lleno de entusiasmo, pues hacía algún tiempo que nos les veía y el hecho, de que ellos viniesen, le llenaba de alegría. Cuando Antonio mencionó a sus hermanos, Márgara y Ana Isabel disimuladamente se miraron y taparon sus bocas, unas sonrisas ocultaron. Don Luis se paró de inmediato y haló de la mano a su mujer, llevándosela consigo a la cocina.




- Doña Teresa, disponga lo necesario… recibiremos en unos días a los hermanos de Don Antonio, celebraremos el compromiso de Lola con una cena! –ordenó de buen agrado Don Luis, abrazando a Doña Ana, quien también estaba muy feliz.




- Qué cree usted Don Luis, que nosotras no escuchamos? –dijo esto Doña Teresa con una amplia sonrisa, volteando a mirar a Doña María y Doña Blanca, quienes también sonreían, sosteniendo tazas de café humeante –antes de que usted lo mandara, ya nosotras lo habíamos previsto, así que… quédese tranquilo, que todo se hará como Dios manda!




Ana Margarita.-


NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.