“Lo imposible se vuelve camino cuando soltamos lo que creemos poseer.”
Prólogo
Hay momentos en que el alma se arrodilla antes que el
cuerpo. No por cansancio, sino por rendición.
Así la encontró aquel amanecer: quieta, inmóvil, entre flores que no sabían de
culpas ni de ausencias. Sentía que tenía tanto… y sin embargo, nada. Le pesaban
las certezas, los logros, los afectos. Todo lo que creyó poseer comenzó a
volverse lastre, y comprendió —no sin dolor— que para avanzar debía aprender a
soltar.
Fue entonces cuando lo escuchó. No afuera, no en el
cielo, sino dentro de sí. Una voz primigenia, dulce y firme, que le pedía
vaciar las manos para poder recibir lo eterno.
Allí estaba ella, sentada en medio de las flores, en medio
del jardín, como estatua de blanco mármol que adorna la entrada de una casa.
Polvorienta. Enmohecida. Con la mirada gacha. Veía a su derredor, pensaba en
voz baja:
—Tengo de tanto, que hasta de nada tengo —musitaba. No
quería que Dios la escuchara, lo lastimaría.
Las lágrimas corrían sin quererlo. Sin tener derecho a ello,
lo sabía. Era una malagradecida.
Volvió a retraerse de su entorno. Escarbó en la tierra
queriendo simular que plantaba alguna flor. ¡Otra mentira más! Una de tantas
que fabrican las máscaras de sus representaciones diarias. Sí, de esa obra —una
farsa completa— llamada “vida”. Escarbaba y escarbaba, como queriendo que la
tierra la tragara; eso sí, con su sonrisa perfecta, esa, la esculpida en el
blanco mármol, en una cara de piedra. Fría. Inmutable. Impenetrable. Como si
nada pasara.
—¿Qué pasa, mujer?, ¿Cuál es tu agobio? —le preguntó Dios,
por preguntar; bien sabía Él qué mal la aquejaba.
Ella lo escuchó claramente. Miró al cielo en su búsqueda,
como un girasol va tras la luz. No lo vio, allí no estaba. No estaba afuera.
Estaba adentro. Habitaba en ella. Era su voz. Firme como una vara de hierro,
pero suave y dulce como gota de miel. Una voz reconocible. Única. Una voz que
no se escucha con los oídos, que no habla nuestra lengua, pero que se entiende
porque es un código cifrado en cada célula, en cada intersticio del ser. Una
vibración que se expande como música en el aire. Un regocijo inexplicable, pero
audible. Un misterio, uno de tantos.
—Perdóname, mi Señor, ¡perdona mi ingratitud! Me lo has dado
todo y me siento como si no tuviera nada. Vacía. Tristeza profunda en el alma.
No le hallo sentido a la vida, no encuentro un propósito. Siento vergüenza ante
ti, pero estoy hastiada de ella… —lo dijo con los ojos cerrados, virándolos
hacia dentro. Intentaba verlo como si lo tuviera tatuado en los huesos. Solo
luz encontró en la inmensa oscuridad de su interior.
—Si buscas un sentido, un propósito de vida, yo te pondré en
el camino que te lleva a él. No preguntes cómo sabrás cuál es. Solo camina
hacia adelante, no te detengas. No esquives los obstáculos ni los enfrentes:
fluye. Sin protestas. Sin medir el tiempo ni los espacios. Encontrarás puertas
indicativas del cambio de rumbo que te conduce a tu destino: atraviésalas, sí o
sí. No hay opciones. ¿Aún quieres hallar tu propósito?
Como siempre, fue una pregunta retórica. Él sabía la
respuesta. Ella había hecho un pacto con lo Divino, y Él con su humanidad.
Y sí, se puso de pie.
Y sí, el camino se abrió ante ella.
Y sí, lo ha estado transitando, y aún lo transita.
Ha sido obediente. No lleva cuenta del tiempo ni de la
distancia recorrida. Tampoco de los nombres de los lugares por los que ha
pasado. Al iniciar el recorrido —de esos caminos de Dios— embaló todas sus
pertenencias. Todas sus posesiones. Se llevó consigo todo lo que pudo, por si
le hacía falta en algún momento de su travesía en búsqueda de sentido. Poco a
poco, “puerta a puerta”, se ha ido deshaciendo de ellas. Pesaban. Impedían
atravesarlas.
Se ha ido quitando cargas. Aligerando el paso. Nada de lo
que ha abandonado le ha hecho falta. Ahora que no tiene nada, siente la
satisfacción de tenerlo todo. Sonríe desde el alma, sin necesidad de máscaras.
Aún le falta atravesar algunas puertas, lo sabe; puede
verlas, cada una más pequeña que la otra. Sabe que podrá, está dada a ello. La
última, que se vislumbra al final del camino, es tan pequeña, tan diminuta como
el ojo de una aguja.
¿El ojo de una aguja? Razón tenía Jesús al referirse a lo
imposible de alcanzar el Reino de Dios cuando el corazón del hombre está puesto
en las posesiones, en las riquezas, en su ego.
Y ahora que no tiene nada, que su corazón está en total
desapego a lo material y que está —absolutamente— rendida a Él… ¿podrá pasar
por tan diminuta puerta? ¿Es eso posible? ¿Tendrá que desollarse y quebrar sus
huesos para atravesarla? ¿Tendrá que desgarrarse el alma del cuerpo para que
solo ella alcance el otro lado? ¿Está siempre trenzado el amor al dolor? Y si
es así, ¿verá Dios alguna belleza en ella, o sentirá vergüenza de su desnudez
ante Él?
Esa última pregunta vislumbra su propósito.
Crea su conciencia, le da sentido.
Él la llevó al despojo de sus riquezas, sus méritos, sus
afectos.
Le dijo que no protestara, pero no le prohibió que pidiera.
Ella no ha protestado. Ha aceptado.
Ahora le pide el tiempo —justo y necesario— para embellecerse para Él. Solo eso
le pide. ¡Solo para Él!
Epílogo
Comprendió que el camino hacia Dios no se mide por
pasos, sino por desprendimientos.
Cada puerta que cruzó la fue despojando de algo: del orgullo, del miedo, del
apego, del control. Y en ese despojo, descubrió la plenitud.
Ya no teme a la diminuta puerta que aguarda al final
del sendero. Sabe que no se atraviesa con fuerza, sino con entrega; no con
méritos, sino con amor.
Si debe romperse para cruzarla, lo hará con dulzura. Si debe despojarse hasta
quedar alma desnuda, lo hará con gratitud.
Porque ahora entiende: el ojo de la aguja no es un
castigo, es el punto exacto donde todo lo superfluo muere para que lo esencial
nazca.
“Lo que creyó vacío era el espacio que Él necesitaba
para habitarla”.
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