domingo, 31 de agosto de 2025

CUENTO: EL Ojo de la Aguja

 

“Lo imposible se vuelve camino cuando soltamos lo que creemos poseer.”

Prólogo

Hay momentos en que el alma se arrodilla antes que el cuerpo. No por cansancio, sino por rendición.
Así la encontró aquel amanecer: quieta, inmóvil, entre flores que no sabían de culpas ni de ausencias. Sentía que tenía tanto… y sin embargo, nada. Le pesaban las certezas, los logros, los afectos. Todo lo que creyó poseer comenzó a volverse lastre, y comprendió —no sin dolor— que para avanzar debía aprender a soltar.

Fue entonces cuando lo escuchó. No afuera, no en el cielo, sino dentro de sí. Una voz primigenia, dulce y firme, que le pedía vaciar las manos para poder recibir lo eterno.


Allí estaba ella, sentada en medio de las flores, en medio del jardín, como estatua de blanco mármol que adorna la entrada de una casa. Polvorienta. Enmohecida. Con la mirada gacha. Veía a su derredor, pensaba en voz baja:

—Tengo de tanto, que hasta de nada tengo —musitaba. No quería que Dios la escuchara, lo lastimaría.

Las lágrimas corrían sin quererlo. Sin tener derecho a ello, lo sabía. Era una malagradecida.

Volvió a retraerse de su entorno. Escarbó en la tierra queriendo simular que plantaba alguna flor. ¡Otra mentira más! Una de tantas que fabrican las máscaras de sus representaciones diarias. Sí, de esa obra —una farsa completa— llamada “vida”. Escarbaba y escarbaba, como queriendo que la tierra la tragara; eso sí, con su sonrisa perfecta, esa, la esculpida en el blanco mármol, en una cara de piedra. Fría. Inmutable. Impenetrable. Como si nada pasara.

—¿Qué pasa, mujer?, ¿Cuál es tu agobio? —le preguntó Dios, por preguntar; bien sabía Él qué mal la aquejaba.

Ella lo escuchó claramente. Miró al cielo en su búsqueda, como un girasol va tras la luz. No lo vio, allí no estaba. No estaba afuera. Estaba adentro. Habitaba en ella. Era su voz. Firme como una vara de hierro, pero suave y dulce como gota de miel. Una voz reconocible. Única. Una voz que no se escucha con los oídos, que no habla nuestra lengua, pero que se entiende porque es un código cifrado en cada célula, en cada intersticio del ser. Una vibración que se expande como música en el aire. Un regocijo inexplicable, pero audible. Un misterio, uno de tantos.

—Perdóname, mi Señor, ¡perdona mi ingratitud! Me lo has dado todo y me siento como si no tuviera nada. Vacía. Tristeza profunda en el alma. No le hallo sentido a la vida, no encuentro un propósito. Siento vergüenza ante ti, pero estoy hastiada de ella… —lo dijo con los ojos cerrados, virándolos hacia dentro. Intentaba verlo como si lo tuviera tatuado en los huesos. Solo luz encontró en la inmensa oscuridad de su interior.

—Si buscas un sentido, un propósito de vida, yo te pondré en el camino que te lleva a él. No preguntes cómo sabrás cuál es. Solo camina hacia adelante, no te detengas. No esquives los obstáculos ni los enfrentes: fluye. Sin protestas. Sin medir el tiempo ni los espacios. Encontrarás puertas indicativas del cambio de rumbo que te conduce a tu destino: atraviésalas, sí o sí. No hay opciones. ¿Aún quieres hallar tu propósito?

Como siempre, fue una pregunta retórica. Él sabía la respuesta. Ella había hecho un pacto con lo Divino, y Él con su humanidad.

Y sí, se puso de pie.
Y sí, el camino se abrió ante ella.
Y sí, lo ha estado transitando, y aún lo transita.

Ha sido obediente. No lleva cuenta del tiempo ni de la distancia recorrida. Tampoco de los nombres de los lugares por los que ha pasado. Al iniciar el recorrido —de esos caminos de Dios— embaló todas sus pertenencias. Todas sus posesiones. Se llevó consigo todo lo que pudo, por si le hacía falta en algún momento de su travesía en búsqueda de sentido. Poco a poco, “puerta a puerta”, se ha ido deshaciendo de ellas. Pesaban. Impedían atravesarlas.

Se ha ido quitando cargas. Aligerando el paso. Nada de lo que ha abandonado le ha hecho falta. Ahora que no tiene nada, siente la satisfacción de tenerlo todo. Sonríe desde el alma, sin necesidad de máscaras.

Aún le falta atravesar algunas puertas, lo sabe; puede verlas, cada una más pequeña que la otra. Sabe que podrá, está dada a ello. La última, que se vislumbra al final del camino, es tan pequeña, tan diminuta como el ojo de una aguja.

¿El ojo de una aguja? Razón tenía Jesús al referirse a lo imposible de alcanzar el Reino de Dios cuando el corazón del hombre está puesto en las posesiones, en las riquezas, en su ego.

Y ahora que no tiene nada, que su corazón está en total desapego a lo material y que está —absolutamente— rendida a Él… ¿podrá pasar por tan diminuta puerta? ¿Es eso posible? ¿Tendrá que desollarse y quebrar sus huesos para atravesarla? ¿Tendrá que desgarrarse el alma del cuerpo para que solo ella alcance el otro lado? ¿Está siempre trenzado el amor al dolor? Y si es así, ¿verá Dios alguna belleza en ella, o sentirá vergüenza de su desnudez ante Él?

Esa última pregunta vislumbra su propósito.
Crea su conciencia, le da sentido.

Él la llevó al despojo de sus riquezas, sus méritos, sus afectos.
Le dijo que no protestara, pero no le prohibió que pidiera.

Ella no ha protestado. Ha aceptado.
Ahora le pide el tiempo —justo y necesario— para embellecerse para Él. Solo eso le pide. ¡Solo para Él!


Epílogo

Comprendió que el camino hacia Dios no se mide por pasos, sino por desprendimientos.
Cada puerta que cruzó la fue despojando de algo: del orgullo, del miedo, del apego, del control. Y en ese despojo, descubrió la plenitud.

Ya no teme a la diminuta puerta que aguarda al final del sendero. Sabe que no se atraviesa con fuerza, sino con entrega; no con méritos, sino con amor.
Si debe romperse para cruzarla, lo hará con dulzura. Si debe despojarse hasta quedar alma desnuda, lo hará con gratitud.

Porque ahora entiende: el ojo de la aguja no es un castigo, es el punto exacto donde todo lo superfluo muere para que lo esencial nazca.

“Lo que creyó vacío era el espacio que Él necesitaba para habitarla”.


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