“Grandeza proclamada, esencia olvidada.”
Introducción: La voz que se olvida de sí misma
Hay palabras que nacen para elevar, y otras que, al
pronunciarse, nos condenan al olvido.
El hombre, en su deseo de eternidad, suele confundir la altura con el vacío. Se
sube sobre sí mismo como si fuera una montaña, sin notar que cada peldaño lo
aleja un poco más de su esencia.
Hay discursos que no buscan verdad, sino dominio; no comunican, sino que
imponen. Y así, entre la soberbia de la voz y el silencio del alma, la
humanidad se va borrando.
A veces, solo el polvo —ese humilde testigo de todo lo que fue— guarda memoria
de lo que fuimos antes de creernos dioses.
Subió a la piedra más alta del valle, allí donde el viento
no tenía dirección y el cielo parecía inclinarse para escuchar. Iba cubierto de
palabras, desnudo de sí mismo. No llevaba nombre, pero creía tener un
título: hombre. Habló.
—Yo soy la cumbre del pensamiento. La joya tallada por
siglos. El que nombra las cosas y, al nombrarlas, las hace existir.
Su voz no era voz, sino martillo. Quería construir un
monumento con ella, uno que lo alzara por encima de la hierba, del sol, de la
vida misma.
—He conquistado montañas, domado bestias, dado forma a los
dioses. Soy la medida de lo que vale ser.
A cada palabra, se alejaba un poco más del silencio que lo
habitaba. El qué soy se inflaba como una máscara de humo;
el quién soy retrocedía, herido, hasta disolverse entre las
costillas.
Y entonces comenzó. Su sombra, alargada por la tarde, se
encogió. Se recogió a sus pies, se le metió en los ojos, y por último se
escondió en su pecho, como un niño asustado.
—Soy eterno —gritó, aunque su voz ya no resonaba. No porque
faltara aire, sino porque ya no había verdad que la sostuviera.
El paisaje se expandía. Los árboles alzaban sus troncos como
columnas infinitas; las piedras, en su silencio mineral, lo miraban con una
paciencia que dolía. El cielo se abría como una herida vieja, dejando caer una
lluvia de estrellas indiferentes. Y él, empequeñecía. No su cuerpo, sino su
esencia. A fuerza de proclamarse algo, dejó de ser alguien.
Seguía hablando, pero sus palabras se deshacían antes de
tocar el mundo. Había olvidado que no se es por lo que se dice, sino por lo que
se guarda. Y no quedaba ya nada dentro. Solo eco. Hasta que fue apenas un
punto. Un grano de polvo suspendido en el aliento del universo. Nadie aplaudió.
Nadie lloró. Solo una brisa lo arrastró hacia un rincón del tiempo, donde otras
partículas olvidadas danzaban sin rostro, sin nombre, sin historia. Y allí
flotó, diminuto, invisible, repitiendo en voz muda lo que fue su grandeza. Pero
ya no quedaba nadie. Ni siquiera él.
Epílogo: El eco de lo que nunca fuimos
Dicen que el universo no recuerda nombres, solo
vibraciones.
Y tal vez por eso, quienes hablaron más fuerte son los primeros en
desvanecerse.
El hombre que creyó ser cumbre terminó siendo brisa; el que quiso nombrarlo
todo, acabó sin nombre.
Porque no es la voz la que nos define, sino el silencio que dejamos después de
hablar.
Y cuando el polvo vuelve al polvo, lo único que perdura es la verdad que nunca
se dijo:
que ninguna grandeza es real si olvida su origen humilde.
“A fuerza de proclamarse algo, dejó de ser alguien.”
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