Dedicatoria:
“Para las madres que, en silencio, sostienen el mundo de sus hijos.”
Prólogo
Existen sonidos que
nos enseñan a amar.
Este texto nace de uno de ellos: un andar lento, persistente, que sin saberlo
sostuvo una vida entera.
Es un homenaje a esas presencias silenciosas que no piden nada y lo dan todo.
Solté la pluma y dejé de escribir.
Mis ojos se posaron en aquella sucesión de “punto y coma”
separados por “puntos suspensivos”.
La artrosis define el singular caminar de mi madre; cada
arrastre de pies resonaba por los pasillos como un latido suave y constante, un
tambor que marcaba el ritmo de mis días presentes.
Me sonreí por lo exaltado de mi imaginación, fantaseando con
las expresiones de mis nietos si algún día les contara una historia de suspenso
y terror inspirada en el cojeo de la querida bisabuela.
Era solo un juego de la imaginación: en aquel futuro
inventado, la bisabuela ya no estaría, pero su huella viviría, intacta, en las
palabras que yo les narraría.
Mi pensamiento volvió al presente, y un estremecimiento me
recorrió el pecho.
Concebir que aquel sonido, tan familiar y entrañable,
pudiera algún día silenciarse, me llenó de una emoción profunda y delicada.
Ese arrastre de pies que durante años ha llenado mis días de
recuerdos de amor y desmedido cariño, vibraría en mi memoria con un
estremecimiento que sería a la vez temor y ternura, un hilo invisible que
sostendría todo mi mundo interior.
Cada resonar de su caminar parecía susurrarme historias de
cuidado, de sacrificio silencioso, de presencia que nunca se olvida.
¡Pavoroso y a la vez nostálgico resultaba imaginar la casa
vacía, sin el rastro de aquel cojeo que ha tejido mi vida con hilos de
fortaleza y afecto!
Cada paso parece un personaje;
cada resonancia un testimonio:
el amor de madre deja marcas indelebles, y aunque algún día
sus pies ya no recorran los pasillos, su presencia seguirá latiendo en mi
memoria, inmutable y cálida.
Epílogo
El tiempo seguirá su curso, como siempre lo ha hecho.
Pero aun cuando la casa quede en silencio, algo permanecerá intacto:
la certeza de que el amor verdadero no se va, solo cambia de forma.
Y entonces, en medio de cualquier ausencia, volveremos a escuchar esos pasos.
“Porque los pasos de quienes amamos nunca desaparecen
del todo.”
D
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