Era tal su frialdad que, aún en la lejanía, el mismísimo
diablo corrió despavorido a proteger sus predios; no fuese que ella se acercase
y… ¡le congelase el infierno!
Porque no era una mujer: era invierno caminante.
Su aliento, escarcha; sus palabras, cristales que laceraban.
Su mirada, un relámpago de hielo que detenía la sangre en las venas de quien
osara sostenerla.
Las brasas del averno, que todo lo devoran, se estremecían
bajo la amenaza de su paso.
Las hogueras que nunca mueren crujían, apagadas como velas
expuestas al viento de su indiferencia.
Ni los gritos, ni las llamas, ni las danzas rojas del pecado
resistían el azote de ese frío incontenible.
El diablo lo sabía:
que, frente a ella, su imperio ardiente se volvía páramo.
Que las lenguas de fuego eran carámbanos.
Que la lujuria se quebraba en hielo seco.
Y así, en el centro del infierno, donde todo arde, surgió lo
imposible:
un silencio helado,
un fuego azul muerto,
un pedazo de hielo eterno…
No hubo llamas que resistieran ante su frialdad: el infierno
no ardía… ¡tiritaba!
El diablo entendió, entonces, que no hay fuego eterno… ¡cuando el hielo lo reclama!
“Hasta el diablo descubrió su límite… el frío de una
mujer.”
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