viernes, 18 de julio de 2025

"SENDEROS DE GRAFITO": Un ensayo poético sobre la vida como dibujo: errores, tachones y trazos de grafito que construyen una obra imperfecta, auténtica y profundamente humana.

 

"Porque cada error, cada mancha y cada tachón también forman parte de la obra.”


Dedicatoria

A quienes, aun con el pulso tembloroso, se atreven a sostener el lápiz y dibujar su historia y, sin saberlo, trazan las obras más auténticas.


El trazo invisible del alma

Hay quienes escriben con tinta indeleble, creyendo que así evitarán el olvido.
Yo prefiero el grafito: humilde, maleable, efímero.
Porque el lápiz —como la vida— permite borrar, corregir, volver a intentar.
El papel, paciente, recibe sin juicio cada línea, cada sombra, cada duda.
Y así, entre errores y aciertos, vamos dejando constancia de nuestro paso:
no como artistas perfectos, sino como aprendices del tiempo, dibujando el alma con cada trazo.


El dibujo de la memoria

Desde que aprendí a sostener un lápiz descubrí que el papel podía guardar mis secretos, mis dibujos y mis sueños. Escribir y dibujar siempre ha sido mi refugio, mi alegría, mi manera de existir.

Una vez, la maestra me dijo que una línea era una sucesión de puntos. Aquella definición retumbó en mi cabeza durante años, al grado de que llegué a desear tener una súper visión para poder verlos. Me preguntaba si esos puntos eran obstáculos en el plano de la hoja que debía sortear, o si, por el contrario, los espacios en blanco —entre punto y punto— eran abismos que salvar.


El trazo del tiempo

Con el tiempo, ese murmullo se fue apagando, igual que mis preguntas. Ahora, que mis párpados pesan y mi vista se ha vuelto frágil, puedo ver —con absoluta claridad— esa sucesión de puntos.

Solo debo hacer una pausa.
Detenerme.
Volver la mirada hacia atrás.

Entonces descubro que mi vida no ha sido una línea recta, sino un cuaderno entero.

En algunas páginas tracé senderos; en otras dibujé sonrisas sobre llantos tachados. Hubo nombres que escribí en mayúsculas, como si temiera olvidarlos, y sueños que destaqué en negrillas para convencerme de que aún podían cumplirse.

También dejé cosas al margen: instantes perdidos, caricias apenas calcadas, proyectos rayados con frustración. Algunas dudas quedaron atrapadas entre signos de interrogación; ciertas alegrías, en cambio, estallaron entre admiraciones.

Con el tiempo aprendí a encerrar en círculos lo esencial y a dejar en puntos suspensivos aquello que nunca supe terminar del todo.

Y entre tantos trazos, entre tantas correcciones, quedaron también los párrafos en blanco:
esos silencios necesarios que sostienen la historia, aunque no digan nada.

Todo, simplemente, rayando líneas con mi lápiz sobre un papel.


Los errores que también son belleza

Y sí, si te lo preguntas, ¡esa línea no siempre fue recta ni firme!
Muchas veces tuve que corregir: borrar, tachar, rehacer.
El folio quedó manchado, rasgado, arrugado… propio de quien no sabe hacer bien sus tareas desde la primera vez.

Pero incluso así, cada trazo cuenta.
Porque, aunque el papel esté imperfecto, sigue siendo mío:
una obra única, marcada de errores y aciertos.

Una obra que, al final, no es otra cosa que la vida.


La obra continúa

Dicen que el grafito se borra, pero en verdad nunca desaparece del todo: queda su sombra, su rastro leve, su memoria.

Así también nuestra historia: aunque la vida nos obligue a corregir, aunque el tiempo arrugue el papel, nada de lo vivido se extingue.

Cada error deja enseñanza,
cada tachón revela intento,
cada pausa respira significado.

Porque vivir no es lograr una obra perfecta,
sino atreverse a dibujarla.


“No existe tachón que borre lo vivido”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


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