"Porque cada error, cada mancha y
cada tachón también forman parte de la obra."
Dedicatoria
A quienes, aun con el pulso tembloroso,
se atreven a sostener el lápiz y dibujar su historia y, sin saberlo, trazan las
obras más auténticas.
El trazo invisible del alma
Hay quienes escriben con tinta
indeleble, creyendo que así evitarán el olvido.
Yo prefiero el grafito: humilde, maleable, efímero.
Porque el lápiz —como la vida— permite borrar, corregir, volver a intentar.
El papel, paciente, recibe sin juicio cada línea, cada sombra, cada duda.
Y así, entre errores y aciertos, vamos dejando constancia de nuestro paso:
no como artistas perfectos, sino como aprendices del tiempo, dibujando el alma
con cada trazo.
El dibujo de la memoria
Desde que aprendí a sostener un lápiz
descubrí que el papel podía guardar mis secretos, mis dibujos y mis sueños.
Escribir y dibujar siempre ha sido mi refugio, mi alegría, mi manera de
existir.
Una vez, la maestra me dijo que una
línea era una sucesión de puntos. Aquella definición retumbó en mi cabeza
durante años, al grado de que llegué a desear tener una súper visión para poder
verlos. Me preguntaba si esos puntos eran obstáculos en el plano de la hoja que
debía sortear, o si, por el contrario, los espacios en blanco —entre punto y
punto— eran abismos que salvar.
El trazo del tiempo
Con el tiempo, ese murmullo se fue apagando, igual que mis preguntas. Ahora, que mis párpados pesan y mi vista se ha vuelto frágil, puedo ver —con absoluta claridad— esa sucesión de puntos.
Solo debo hacer una pausa.
Detenerme.
Volver la mirada hacia atrás.
Entonces descubro que mi vida ha trazado
senderos; dibujado sonrisas con llantos tachados; enlazado amores; escrito
palabras imborrables; diseñado sueños; calcado caricias; rayado proyectos;
subrayado el pasado; resaltado el presente; puesto en negrillas un futuro;
escrito al margen instantes perdidos; encerrado en círculos lo esencial; dejado
en puntos suspensivos lo inconcluso; entre signos de interrogación, las dudas;
entre admiraciones, los arrebatos de alegría; en mayúsculas, los nombres de
quienes me han amado, he amado; y en párrafos en blanco, los silencios
necesarios.
Todo, simplemente, rayando líneas con mi lápiz sobre un papel.
Los errores que también son belleza
Y sí, si te lo preguntas, ¡esa línea no
siempre fue recta ni firme!
Muchas veces tuve que corregir: borrar, tachar, rehacer.
El folio quedó manchado, rasgado, arrugado… propio de quien no sabe hacer bien
sus tareas desde la primera vez.
Pero incluso así, cada trazo cuenta.
Porque, aunque el papel esté imperfecto, sigue siendo mío:
una obra única, marcada de errores y aciertos.
Una obra que, al final, no es otra cosa
que la vida.
La obra continúa
Dicen que el grafito se borra,
pero en verdad nunca desaparece del todo:
queda su sombra, su rastro leve, su memoria.
Así también nuestra historia:
aunque la vida nos obligue a corregir,
aunque el tiempo arrugue el papel,
nada de lo vivido se extingue.
Cada error deja enseñanza,
cada tachón revela intento,
cada pausa respira significado.
Porque vivir no es lograr una obra
perfecta,
sino atreverse a dibujarla.
“No existe tachón que borre lo vivido”
No hay comentarios:
Publicar un comentario