“Cada sorbo, un agradecimiento por el hoy”
Prólogo
Cada
amanecer es un pacto silencioso entre el alma y el tiempo. Antes de que el
mundo reclame nombres, horarios y batallas, existe un instante puro: ese en el
que respirar ya es motivo suficiente para agradecer. Este texto nace ahí, en
ese umbral sagrado donde lo cotidiano se convierte en rito y la vida,
simplemente por repetirse, vuelve a ser milagro.
Como todos y
cada uno, tengo mis propios rituales al despertar, en eso que solemos llamar
“otro día más”, al amanecer. No voy a hablar de ello; sería como escribir un
tratado científico sobre la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso
y de cómo este produce y regula nuestras emociones, pensamientos y conductas
corporales básicas… ¡y es lo último que tengo en mente!
Al abrir los
ojos, automáticamente —y como respuesta a mi profundo amor a Dios— solo doy
gracias por existir “otro día más”, tomando conciencia de la importancia de
ello. Y, claro está, se dibuja en mi rostro la primera sonrisa del día: ¡una
sonrisa auténtica, una que sale del alma, hermosa, profunda, indeleble como
obra de arte hecha por el mejor tatuador! Así empiezan mis días: el de ayer, el
de hoy… ¡el de mañana no sé, tal vez no haya!
Y así, con cara
de ángel despeinado y envalentonado para las batallas que le aguardan —me lo
imagino yo— voy dando traspiés desde la cama hasta la cocina. Allí cojo mi más
afilada y reluciente arma —esa que brilla como el más resplandeciente lucero de
la mañana—, simbolizando mi grito de guerra que avisa a toda España, y demás
tierras lejanas, que conmigo no se metan… ¡por supuesto, estoy hablando de la
cafetera italiana!
Empieza la
magia. El fuego pone a burbujear el agua, que sube con fuerza, casi con rabia,
para producir el elíxir que abrirá esa caja fuerte que resguarda con recelo
aquellos instantes que constituyen el tesoro de nuestras vidas: ¡los recuerdos!
La taza humea,
desprendiendo la fina y aromática hebra que nos ata a los tiempos; que borda el
pasado, ornamentando nuestros pensamientos; que teje el presente, creando telas
tangibles con esos instantes extraordinarios, intangibles; que zurce lo dañado,
convirtiendo lo roto y gastado en vestimenta de gala… ¡humo y aroma que aclaran
la visión de lo hermoso que puede ser el hoy, y un mañana!
Epílogo
Tal vez
no sea el café, ni el humo, ni siquiera la mañana lo que nos despierta. Tal vez
sea la memoria, siempre paciente, esperando una excusa para recordarnos quiénes
somos y por qué seguimos aquí. Mientras haya gratitud, aroma y conciencia del
ahora, cada día —aunque parezca uno más— seguirá siendo único.
“La vida
no se mide en años ni en logros, sino en los instantes que huelen a café
recién hecho.”
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