"Un viaje eterno entre ciencia y fe, donde cada palabra es un susurro del alma que trasciende los siglos."
No todos
escuchan el murmullo.
No porque no exista, sino porque no siempre se manifiesta como una voz. A veces
llega como un estremecimiento leve, un ajuste imperceptible en el pulso. Otras,
como una certeza sin palabras que no encuentra dónde asentarse.
Hay
quienes lo llaman intuición, fe, curiosidad persistente. El murmullo no discute
nombres. Solo aparece cuando alguien se detiene lo suficiente para percibirse
vivo.
Esta es
la historia de una noche.
De un hombre.
Y de aquello que lo acompaña desde antes de que supiera escucharse.
Cuento
La noche había
caído sobre el observatorio con un silencio compacto, casi denso. Cada paso
resonaba más de lo esperado, como si la bóveda amplificara cualquier intento de
discreción.
Él caminó
despacio. Aun así, el sonido de sus botas se propagó hacia arriba, golpeando la
cúpula y devolviéndose desde lo alto, como una respuesta tardía. Sonrió apenas.
Siempre le ocurría lo mismo allí: creía moverse con ligereza y el lugar le
recordaba que tenía peso, huesos, respiración.
Se llamaba Galileo.
No por
casualidad.
Su padre había
sido físico; su madre, profesora de matemáticas. Nunca hablaron de destinos,
pero eligieron ese nombre como quien deja una semilla en la tierra adecuada.
Galileo creció entre libros subrayados, cuadernos llenos de fórmulas y
conversaciones donde el asombro era cotidiano. La ciencia no fue una elección
consciente: fue el idioma de su casa.
A veces se
preguntaba si realmente había decidido algo en su vida.
Se detuvo
frente a la baranda metálica. El frío se le pegó a las manos de inmediato y
comenzó a ascender lentamente, como una corriente helada que buscara abrirse
paso hasta los pensamientos. Las mejillas se le enrojecieron. Inspiró hondo.
—Siempre igual
—pensó—. El cuerpo primero.
Y entonces, sin
aviso, apareció el murmullo.
No entró por
los oídos.
Entró por la piel.
Los vellos de
sus brazos se erizaron de golpe. No fue miedo. Fue reconocimiento. Una
sensación íntima y profunda, como si algo lo hubiese llamado por dentro y él
hubiese respondido sin saber cómo.
Cerró los ojos.
El murmullo se
acomodó en el pecho, acompasándose con la respiración. No decía nada, pero
estaba lleno de sentido. Como el rumor del agua cuando corre bajo tierra,
invisible y persistente.
—Claro… —se
dijo en silencio—. Tenías que venir ahora.
Se apoyó con
más peso sobre la baranda. El metal vibró apenas. No provenía de la estructura.
Provenía de él.
El aire olía a
polvo envejecido y a electricidad. Al exhalar, su aliento se volvió visible por
un segundo y luego se disipó.
—Así
desaparecemos —pensó—. Así de simple.
Pero el
murmullo no hablaba de desapariciones. Hablaba de continuidad.
A veces surgía
en noches como esa, cuando el silencio parecía tener densidad propia. Otras, en
medio de una lectura científica que, sin razón aparente, lo dejaba con un nudo
en la garganta. Nunca entendió por qué algunos insistían en separar ciencia y
fe. Para él, siempre habían sido dos formas de asombro, dos maneras de
inclinarse ante lo real.
Abrió los ojos.
—¿Creíste que
elegiste este camino? —se preguntó—. ¿O solo seguiste lo que ya estaba trazado?
La pregunta no
le incomodó. Le resultó familiar.
Mientras
permanecía allí, algo comenzó a desplazarse dentro de él. El metal bajo sus
dedos dejó de ser solo metal. Se volvió piedra pulida por generaciones de
manos. El vidrio del telescopio ya no fue solo vidrio: era superficie de
lectura, umbral, invitación.
El tiempo dejó
de sentirse lineal.
Un
estremecimiento le recorrió la espalda. No vio imágenes nítidas, pero reconoció
presencias.
El asombro
meticuloso de Galileo —el otro— al contar estrellas sin perder la
reverencia. El rigor sereno de Hipatia, convencida de que pensar también era un
acto de amor. La curiosidad incansable de Leonardo, trazando conexiones donde
otros solo veían fragmentos dispersos.
No eran
visiones.
Eran resonancias.
El murmullo se
volvió más intenso, como si encontrara mejor acomodo.
Pensó entonces
en Francis Collins.
Recordó la
primera vez que leyó sobre el genoma humano descrito como un lenguaje. No como
una metáfora poética, sino como una afirmación científica cargada de respeto.
Cuatro letras. Combinaciones casi infinitas. La vida escribiéndose a sí misma
con paciencia.
Las cadenas de
ADN aparecieron en su mente no como esquemas, sino como danzas diminutas. Cada
célula portando una historia completa. Cada cuerpo, una biblioteca silenciosa.
—Si esto es
azar —murmuró—, es el azar más hermoso que existe.
Sintió que algo
se le humedecía detrás de los ojos. No lloró. Solo respiró más lento.
Comprendió que
sin ciencia, la fe se empobrece, se vuelve frágil ante el miedo. Y que sin fe
—no como dogma, sino como capacidad de asombro— la ciencia pierde belleza, se
vuelve incapaz de reconocer su propia hondura.
No eran
contrarias. Se necesitaban.
El murmullo no
lo afirmó. No hacía falta.
No necesitaba
templos ni fórmulas inmutables. Dios estaba allí: en el frío que le ardía en
las manos, en el peso exacto de su cuerpo, en el latido constante que no pedía
permiso.
Había visto
cómo el temor había endurecido creencias. Cómo, en nombre de la fe, se había
apagado demasiada luz. Él ya no temía.
Cada instante
de conciencia era una puerta entreabierta.
Cada vida, una oportunidad de aprender algo que no cabía solo en la mente.
La idea de la
reencarnación no llegó como revelación grandiosa. Llegó como comprensión
serena: continuidad. Como cambiar de escenario en una obra extensa. La
sabiduría no se acumulaba; se encarnaba.
Bajo la cúpula,
con el sonido amortiguado de sus propios pasos, supo que no estaba solo. Nunca
lo había estado.
Mientras el
corazón siguiera latiendo, seguiría creyendo. No por herencia, no por
obligación. Por experiencia.
Allí, con el
frío subiéndole por las manos y el murmullo sosteniéndolo por dentro, Galileo
supo que todo lo que era pertenecía a Él. Y que él, en Él, seguía aprendiendo.
El curso
continuaba.
La claridad no se extinguía.
El murmullo persistía.
Epílogo
Ahora lo
sabía: no hay final, solo tránsito.
La muerte
no era un cierre, sino una pausa breve en la respiración del universo. Caminaba
con ciencia en la fe y fe en la ciencia, porque ambas necesitaban del asombro
para mantenerse vivas.
Cuando
abandonó el observatorio, el cielo comenzaba a aclarar. El murmullo seguía
allí, sin palabras, acompañándolo.
En él se
descubría humano y perdurable a la vez.
Aprendiendo.
Escuchando.
Ahora y
siempre, por los siglos de los siglos.
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