viernes, 22 de agosto de 2025

Ahora y siempre, por los siglos de los siglos

 

Un dibujo de una persona

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"Un viaje eterno entre ciencia y fe, donde cada palabra es un susurro del alma que trasciende los siglos."

  Prólogo

No todos escuchan el murmullo.
No porque no exista, sino porque no siempre se manifiesta como una voz. A veces llega como un estremecimiento leve, un ajuste imperceptible en el pulso. Otras, como una certeza sin palabras que no encuentra dónde asentarse.

Hay quienes lo llaman intuición, fe, curiosidad persistente. El murmullo no discute nombres. Solo aparece cuando alguien se detiene lo suficiente para percibirse vivo.

Esta es la historia de una noche.
De un hombre.
Y de aquello que lo acompaña desde antes de que supiera escucharse.


Cuento

La noche había caído sobre el observatorio con un silencio compacto, casi denso. Cada paso resonaba más de lo esperado, como si la bóveda amplificara cualquier intento de discreción.

Él caminó despacio. Aun así, el sonido de sus botas se propagó hacia arriba, golpeando la cúpula y devolviéndose desde lo alto, como una respuesta tardía. Sonrió apenas. Siempre le ocurría lo mismo allí: creía moverse con ligereza y el lugar le recordaba que tenía peso, huesos, respiración.

Se llamaba Galileo.

No por casualidad.

Su padre había sido físico; su madre, profesora de matemáticas. Nunca hablaron de destinos, pero eligieron ese nombre como quien deja una semilla en la tierra adecuada. Galileo creció entre libros subrayados, cuadernos llenos de fórmulas y conversaciones donde el asombro era cotidiano. La ciencia no fue una elección consciente: fue el idioma de su casa.

A veces se preguntaba si realmente había decidido algo en su vida.

Se detuvo frente a la baranda metálica. El frío se le pegó a las manos de inmediato y comenzó a ascender lentamente, como una corriente helada que buscara abrirse paso hasta los pensamientos. Las mejillas se le enrojecieron. Inspiró hondo.

—Siempre igual —pensó—. El cuerpo primero.

Y entonces, sin aviso, apareció el murmullo.

No entró por los oídos.
Entró por la piel.

Los vellos de sus brazos se erizaron de golpe. No fue miedo. Fue reconocimiento. Una sensación íntima y profunda, como si algo lo hubiese llamado por dentro y él hubiese respondido sin saber cómo.

Cerró los ojos.

El murmullo se acomodó en el pecho, acompasándose con la respiración. No decía nada, pero estaba lleno de sentido. Como el rumor del agua cuando corre bajo tierra, invisible y persistente.

—Claro… —se dijo en silencio—. Tenías que venir ahora.

Se apoyó con más peso sobre la baranda. El metal vibró apenas. No provenía de la estructura. Provenía de él.

El aire olía a polvo envejecido y a electricidad. Al exhalar, su aliento se volvió visible por un segundo y luego se disipó.

—Así desaparecemos —pensó—. Así de simple.

Pero el murmullo no hablaba de desapariciones. Hablaba de continuidad.

A veces surgía en noches como esa, cuando el silencio parecía tener densidad propia. Otras, en medio de una lectura científica que, sin razón aparente, lo dejaba con un nudo en la garganta. Nunca entendió por qué algunos insistían en separar ciencia y fe. Para él, siempre habían sido dos formas de asombro, dos maneras de inclinarse ante lo real.

Abrió los ojos.

—¿Creíste que elegiste este camino? —se preguntó—. ¿O solo seguiste lo que ya estaba trazado?

La pregunta no le incomodó. Le resultó familiar.

Mientras permanecía allí, algo comenzó a desplazarse dentro de él. El metal bajo sus dedos dejó de ser solo metal. Se volvió piedra pulida por generaciones de manos. El vidrio del telescopio ya no fue solo vidrio: era superficie de lectura, umbral, invitación.

El tiempo dejó de sentirse lineal.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. No vio imágenes nítidas, pero reconoció presencias.

El asombro meticuloso de Galileo —el otro— al contar estrellas sin perder la reverencia. El rigor sereno de Hipatia, convencida de que pensar también era un acto de amor. La curiosidad incansable de Leonardo, trazando conexiones donde otros solo veían fragmentos dispersos.

No eran visiones.
Eran resonancias.

El murmullo se volvió más intenso, como si encontrara mejor acomodo.

Pensó entonces en Francis Collins.

Recordó la primera vez que leyó sobre el genoma humano descrito como un lenguaje. No como una metáfora poética, sino como una afirmación científica cargada de respeto. Cuatro letras. Combinaciones casi infinitas. La vida escribiéndose a sí misma con paciencia.

Las cadenas de ADN aparecieron en su mente no como esquemas, sino como danzas diminutas. Cada célula portando una historia completa. Cada cuerpo, una biblioteca silenciosa.

—Si esto es azar —murmuró—, es el azar más hermoso que existe.

Sintió que algo se le humedecía detrás de los ojos. No lloró. Solo respiró más lento.

Comprendió que sin ciencia, la fe se empobrece, se vuelve frágil ante el miedo. Y que sin fe —no como dogma, sino como capacidad de asombro— la ciencia pierde belleza, se vuelve incapaz de reconocer su propia hondura.

No eran contrarias. Se necesitaban.

El murmullo no lo afirmó. No hacía falta.

No necesitaba templos ni fórmulas inmutables. Dios estaba allí: en el frío que le ardía en las manos, en el peso exacto de su cuerpo, en el latido constante que no pedía permiso.

Había visto cómo el temor había endurecido creencias. Cómo, en nombre de la fe, se había apagado demasiada luz. Él ya no temía.

Cada instante de conciencia era una puerta entreabierta.
Cada vida, una oportunidad de aprender algo que no cabía solo en la mente.

La idea de la reencarnación no llegó como revelación grandiosa. Llegó como comprensión serena: continuidad. Como cambiar de escenario en una obra extensa. La sabiduría no se acumulaba; se encarnaba.

Bajo la cúpula, con el sonido amortiguado de sus propios pasos, supo que no estaba solo. Nunca lo había estado.

Mientras el corazón siguiera latiendo, seguiría creyendo. No por herencia, no por obligación. Por experiencia.

Allí, con el frío subiéndole por las manos y el murmullo sosteniéndolo por dentro, Galileo supo que todo lo que era pertenecía a Él. Y que él, en Él, seguía aprendiendo.

El curso continuaba.
La claridad no se extinguía.
El murmullo persistía.


Epílogo

Ahora lo sabía: no hay final, solo tránsito.

La muerte no era un cierre, sino una pausa breve en la respiración del universo. Caminaba con ciencia en la fe y fe en la ciencia, porque ambas necesitaban del asombro para mantenerse vivas.

Cuando abandonó el observatorio, el cielo comenzaba a aclarar. El murmullo seguía allí, sin palabras, acompañándolo.

En él se descubría humano y perdurable a la vez.
Aprendiendo.
Escuchando.

Ahora y siempre, por los siglos de los siglos.


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