“Cuando la espalda es un muro, el deseo aprende a huir.”
Prólogo
Amar es una forma de mirar. Desear es una forma de
decir sin palabras. A veces un simple roce sostiene universos enteros, y una
sonrisa compartida mantiene vivo lo que dos cuerpos todavía ignoran que está
naciendo.
Pero cuando se retira la mirada, cuando la piel se ofrenda solo por su reverso,
la pasión empieza a respirar con dificultad. La ausencia de un gesto puede ser
más elocuente que cualquier silencio.
Este texto nace ahí: en la distancia mínima que separa la piel del alma, en la
frontera donde un cuerpo se convierte en sombra y la pasión busca
desesperadamente un resquicio de luz.
A veces el amor se desgasta en los gestos que se omiten, en las palabras que se guardan demasiado tiempo. Me doy cuenta cuando te busco y encuentro solo la sombra de lo que fuiste. Me negaste tu voz, y en ese silencio suspendido quedó atrapada también la posibilidad de entenderte. Confiscaste las sonrisas que antes me alumbraban, y cada una de tus miradas —esas que antes abrían puertas— parece ahora custodiada detrás de un velo impenetrable.
Te vuelves de espaldas ante mí como quien levanta un santuario para protegerse, un muro que declara sin pronunciarlo: mírame, eso quiero, pero no te acerques demasiado. Y en esa pared viva que es tu espalda, ese territorio donde se enlazan tus pensamientos secretos con los pasos que te alejan, intento aún reconocer un mapa hacia ti. La recorro con mis manos, la despierto con mis labios, como si en su superficie pudiera encontrar alguna ruta de regreso a tu luz.
Tu espalda —esa tierra tibia que quisiera abrazar con ternura, ese refugio al que desearía acercarme sin miedo— guarda la fortaleza que anhelo. Allí busco un indicio, una señal mínima de que todavía es posible sostenerte. Pero no encuentro tus ojos, ni miradas que me sostengan. No descubro en ella tu boca, ni las sonrisas que alguna vez me dieron certeza de poder tocarte sin herirte. Solo hallo un espejo opaco, una sombra que ya no me refleja.
Y en esa ausencia que se extiende entre tu piel y mi deseo, algo empieza a quebrarse. Tu espalda me ofende sin querer, me confunde, me asusta; me aparta. Y me pregunto, con una inquietud que crece sin detenerse: ¿eres tú quien se retira, paso a paso, de mi frontera? ¿O soy yo quien, sin saberlo, comienza a alejarse de ti?
Epílogo
Quise sostener el fuego solo con mis manos, pero sin
tus ojos el incendio se volvió humo. La piel que antes respondía al roce ahora
es solo superficie sin destino. Comprendí entonces que la pasión no muere por
falta de contacto, sino por falta de encuentro. Y que ninguna caricia sobrevive
cuando quien la recibe ya no mira.
“Toda pasión necesita un gesto que la sostenga.”
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