“Cada
paso es un relato, cada cruce una historia”
Prólogo
Hay una
belleza silenciosa que no se impone ni reclama atención: la que habita en los
otros cuando aprendemos a mirar despacio. Cada existencia que se cruza con la
nuestra nos ofrece algo —una pregunta, un reflejo, una grieta de luz— capaz de
nutrirnos por dentro. Observar con atención es un acto de humildad y de amor:
reconocer que no crecemos solos, que nuestra espiritualidad se expande cuando
otorgamos valor a la vida ajena y permitimos que nos transforme.
Sin saberlo, él
fue la inspiración de estas letras. Me detuvo con un saludo, seguido de una
interrogante:
—¿Sabes que te
observo en silencio? ¡Lo sabes! Y dime, ¿por qué nunca te detienes? Siempre
andando… bajo el sol e inclemente calor del verano, bajo la lluvia del otoño o
el frío del invierno. Siempre andando.
Por primera vez
miré a los ojos a ese hombre. No lo hice de cualquier manera, sino de forma
entrañable. Su pregunta, más que una duda, fue una confesión. Una confesión que
me llevaría, a mí, a confesarme. Pero no en ese momento ni a él, sino a mí
misma, al reiniciar mi andar. Le respondí con un silencio impreso en una
sonrisa. Creo que lo entendió.
Caminar no es
un reflejo, lo sé, lo siento. Los reflejos pertenecen a lo inmediato: al
parpadeo ante la luz, a la retirada de la mano frente al fuego, al retroceso
del cuerpo ante la amenaza. Caminar es otra cosa, algo que va más allá del
movimiento rítmico y voluntario que requiere la coordinación de estructuras
neurológicas complejas… ¡es mucho más que eso!
Al caminar, la
memoria se activa, el cuerpo recuerda. Recuerda el universo inmenso que se
mostraba al gatear, aquel primer tambaleo, el miedo a caer, la victoria de un
paso sostenido. Desde entonces, cada zancada es un acuerdo tácito entre mi
memoria y el presente. El cuerpo avanza casi solo, como si hubiera un metrónomo
escondido en mi médula, pero soy yo quien elige el rumbo. En esa mezcla de lo
automático y lo consciente encuentro mi primera certeza: sigo viva porque sigo
andando.
Y sí, me
confieso: camino para escribir. No con la mano que sostiene la pluma, sino con
los ojos abiertos entre la multitud. Cada rostro que se cruza conmigo me dicta
una historia que nunca terminaré de conocer, pero me la invento. El que lleva
el gesto vencido de una batalla secreta. El adolescente que se ríe de algo que
solo él entiende. La joven de aspecto descuidado porque sabe que su piel tersa
es el único adorno que necesita. La mujer madura que cultiva el atractivo para
resaltar su esencia. El joven que corre con cascos puestos porque el físico y
la música lo estimulan. El hombre canoso que se instruye y se supera, caminando
erguido, porque allí reside su masculinidad. El anciano que cuenta sus pasos
como cuentas de un rosario invisible. El niño que patea una pelota porque aún
no ha descubierto que no es lo único que se patea en la vida.
Ellos, y muchos
otros, no saben que, al pasar junto a mí, absorbo esa energía que emana de
ellos. Energía que transformo en imágenes, en sentimientos y emociones… que
expreso en letras, puntos y comas. En palabras vivas que laten.
Caminar entre
la gente es abrir un libro de infinitas historias contadas con frases
interrumpidas y silencios… silencios que dicen más que mil palabras. A veces me
basta un parpadeo para inventarles destinos, un giro de hombros para
adivinarles heridas, una forma de pisar para imaginarles la luz y las sombras
de sus almas. Yo recojo esas frases incompletas, esos silencios, como migas
dispersas en el camino, y las guardo para crear historias completas. Cada
mirada, un título. Cada sonrisa y gesto, un capítulo. Cada silencio, un final.
Sí, así es:
caminar es inspiración, es escritura. Cada paso es una confesión, y cada cruce,
una historia.
Camino porque,
al caminar, me reconozco narradora; y porque sé —aunque los demás no lo
sospechen— que me han confiado sus historias sin necesidad de pronunciar una
sola palabra. Coincidir conmigo, en un instante del camino, es consentimiento;
del mismo modo que yo les confío mi historia y les cedo, a otros narradores que
se desplazan por estos senderos de la vida, un pedazo de la mía.
Y si
alguna vez nuestros pasos vuelven a cruzarse, tal vez no haga falta decir nada:
bastará el silencio, para que tu historia me hable y la mía te acompañe.
Epílogo
Al final,
somos lo que recogemos del camino: miradas que nos enseñaron a sentir,
silencios que nos obligaron a escuchar, presencias que nos recordaron que
existir es un acto compartido. Cuando honramos la historia de los otros, aunque
sea por un instante, algo en nosotros se ordena y crece. Tal vez esa sea la
verdadera belleza: descubrir que alimentarnos del mundo no es tomar, sino
reconocer, agradecer y seguir andando un poco más despiertos.
“Cada
paso que doy es un diálogo callado con quienes fui, con quienes me miran, y con
quienes aún no saben que me encontrarán.”
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