“Una
carta íntima a la frontera entre la vida y la muerte.”
Prólogo
Quizá
nunca sepamos por qué algunas almas se cansan antes de tiempo. Pero al
escribir, al recordar, al preguntar sin respuestas, seguimos eligiendo la vida.
Este texto no cierra la herida: la honra. Porque amar también es aprender a
vivir con lo que no se puede comprender.
Tengo tu foto
frente a mí.
Tus ojos me
miran desde un lugar al que ya no puedo llegar. En ellos sigue viviendo el mar
que tanto amo: azul inmenso, inquieto, insondable. Ese mar ya no es un paisaje:
es un espejo de tu último naufragio, un abismo que me devuelve preguntas que no
sé responder.
No dejo de
mirarte. Me pregunto —con miedo, con rabia, con ternura— qué sucede dentro de
un ser humano para tomar esa decisión. ¿Cuánto dolor hay que cargar para que la
muerte parezca descanso? Y mientras lo pienso me descubro temblando, porque no
hablo solo de ti: hablo de cualquiera de nosotros. En otro tiempo, en otras
circunstancias, podría haber sido yo.
Tu muerte me
abrió una grieta que no conocía. Creía haber entendido la vida y la muerte,
pero tu decisión deshizo mis certezas. Morir es inevitable, lo sabemos todos.
Pero elegir morir, interrumpir la propia historia, es un acto que nos deja
desarmados a quienes seguimos aquí.
Desde entonces
me acompaña una pregunta que no consigo cerrar: quitarse la vida, ¿es un acto
de valentía o de rendición? Quizá ambas cosas. Quizá ninguna. Tal vez sea el
gesto extremo de un alma agotada que ya no encuentra salida. Pero para los que
quedamos es un terremoto. Nos obliga a mirar de frente nuestras grietas,
nuestras sombras, y a aceptar que la desesperación puede tocarnos a cualquiera.
Solías decir:
«Las personas más tristes hacen siempre lo posible por hacer felices a los
demás, porque saben lo que significa sentirse absolutamente inútiles y no
quieren que nadie más se sienta así».
¿Guardabas
tristeza detrás de tu rostro sonriente? Eras amable, generoso y amoroso…
siempre te preocupabas por los demás. Me aterra imaginar que fue un grito
desesperado, que esperabas ser rescatado y no llegó nadie.
A veces me
conmueve pensar que quisiste liberarte, que buscabas un silencio que aquí no
encontraste. Nunca lo sabré. Nadie lo sabrá. Solo tú conoces la verdad de ese
instante, y ahora esa verdad es misterio.
Desde mi
corazón adolorido te digo: me rompiste. Tu ausencia no es solo tristeza: es una
herida que cuestiona mi propia existencia. Me miro al espejo y me descubro
frágil, mortal, incapaz de dar respuestas definitivas. Quizá en esa incapacidad
esté la clave: la vida es una pregunta sin respuesta, y tal vez quienes no
soportan más siguen buscándola en otro lugar.
Quiero creer
que hay un espacio, más allá de todo esto, donde tu alma encontró descanso. Que
el azul profundo que vivía en tus ojos te haya recibido al fin. Que allí ya no
exista ni valentía ni cobardía, solo paz.
Paz y vida
eterna a tu alma, mi querido desconocido. Y también paz para nosotros, los que
seguimos aquí intentando entender, sin lograrlo del todo.
Epílogo
Hay
encuentros que creemos conocer y ausencias que jamás aprendemos a nombrar. Esta
carta nace en ese territorio incierto donde el amor, la culpa y las preguntas
sin respuesta conviven. No intenta explicar la muerte, sino acompañar el
temblor que deja en quienes seguimos respirando, mirando una fotografía,
buscando sentido en lo irreversible.
“Quizá la
vida no se explica: solo se habita, hasta donde podamos.”
Dedicado:
R.W.
No hay comentarios:
Publicar un comentario