jueves, 31 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXXII) LA TÍA ISABEL



LOLA Y SUS ENREDOS: (XXXII) LA TÍA ISABEL




Lola y Doña Ana se encontraban con el cura Don José en la casa parroquial, distribuyendo la ropa, el calzado, los juguetes, los libros, los alimentos y el resto de las cosas que se necesitaban en el orfanato; así como también los obsequios que le daban a cada niño en particular. Ellas estimulaban su autoestima, independencia y creatividad; esta vez a Jorgito le regalarían una cámara fotográfica y, a Carmencita, un caballete, una paleta y un estuche de pinturas al óleo, con pinceles. Ellos, junto a Juanita –que cantaba como un ángel- eran los niños más creativos y sensitivos, cada uno tenían un don muy especial; a esta última le regalaban un radio… solo la música le interesaba, pertenecía al coro de la iglesia y siempre con su voz les deleitaba.


- Doña Ana, se que aunque no diga nada, está enterada. Solo le pido que sea justa y considerada. Deje sus celos, porque usted no fue la abandonada… ella está en cama, contando los días para su definitiva marcha –le dijo esto Don José, sin siquiera mirarla, pero sintió como ella arrugaba la cara, la conversación la puso de malas ganas –es usted una buena cristiana, pero, sobretodo, una buena esposa… sea solidaria cuando el momento llegue, no le decepcione.


A Doña Ana, estas palabras le cayeron como agua fresca en la cara. Se quedó pensativa, con cara de exhausta, la carga que llevaba dentro… era muy pesada. Miró hacia los lados, buscando un lugar donde sentarse; se escurrió de entre los bultos que acomodaba y arrastró a Don José por el brazo, apartándolo del lugar para que Lola ni las monjitas escucharan.


- Tú ganas José, tienes toda la razón. Me he comportado de manera egoísta; si fuera a mi a quien Luis me hubiese abandonado por otra, hubiera muerto del dolor, no hubiera soportado la traición – dijo esto realmente conmovida, a manera de reflexión – dime, qué tan grave está?


- Muy mal, le quedan horas, quizás semanas… solo Dios lo sabe! –quedaron mirándose en silencio. Don José atrajo hacia así a Doña Ana, dándole un gran abrazo fraternal –tu fortaleza será la de él y el consuelo de ella; se flexible, piadosa de corazón. A Doña Ana le corrieron las lágrimas por la cara; sentía vergüenza por su vil comportamiento. Se enmendaría. Apoyaría a Luis en este trance, en silencio dejaría que viviera, como quisiera y necesitase su corazón, este fatídico desenlace. Don José dio unas palmaditas en el hombro de Doña Ana, su amiga desde que ella y Don Luis se enamoraran. Volvieron a la faena, con una sonrisa de ternura en la cara, como dos niños de inocentes almas.


- Madre, se nos hace tarde. Debo pasar por la escuela a recoger a los “gallardo” –así llamaba a sus hijos mayores: Anita, Juancito, Salvador y Santiago, los de Juan- y luego estar en casa a tiempo para la llegada de la tía Isabel. Por cierto, ya invitaste a Don José para la cena de bienvenida de esta noche? –dijo esto mirando directamente al cura, quien reflejó una inusitada alegría en su rostro.


- Isabel viene hoy mismo? Qué alegría debe estar sintiendo Luis, tanto tiempo sin ver a su hermana… Dios, gracias, que oportuna la visita, le alegrará el alma! – dijo Don José más contento que muchacho correteando gallinas en patio trasero. Lola se sonrió, sabía que la cena de esa noche sería muy amena y divertida; la tía, por todos, era muy querida.


- Si, váyanse ustedes, tienen muchas ocupaciones pendientes; Don José y nosotras terminaremos de hacer lo poco que queda –dijo esto Sor Begoña, la directora del orfanato y también del colegio “La Concepción”, donde estudiaban los Gallardo, dando palmadas con las manos, haciendo señas de que se largaran. Doña Ana y Doña Lola de inmediato sacudieron sus manos, alisaron sus faldas y acomodaron sus cabellos; se despidieron cariñosamente de los presentes, saliendo de allí como si les apremiara algo urgente. Madre e hija iban agarradas de las manos, como siempre.


-Ni creas que no escuché lo que tú y Don José hablaron… me parece bien madre ese cambio de actitud en ti, es lo más decente –le dijo Lola a Doña Ana, quien tenía cara de sorprendida.


- Y yo que pensé que hablaba en voz baja… -dijo Doña Ana toda confundida- entonces, tú sabías lo de tu padre y Doña Rosaura?


- Claro madre y… quién no lo sabe? Por qué crees que Márgara y yo tuvimos la osadía de ir a consultarla? Sabíamos que era persona buena y daño no nos haría. Y, por qué crees que en el carro le pregunté a papá, con tanta tranquilidad, de que si habían sido novios? –todo esto se lo dijo Lola a su madre con una dulce sonrisa– madre, eso fue hace mucho tiempo, antes de que él te conociera, es correcto que seas indulgente en este asunto, es lo justo! –Lola abrazó a su madre y le dio un beso en la frente, siguieron caminando en paz, en silencio.




Ana Margarita.-


Nota: el personaje de la tía Isabel está inspirado en mi hermana, María Isabel, a ella con todo mi amor y respeto.

NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXXI) LA VISITA






LOLA Y SUS ENREDOS: (XXXI) LA VISITA






Don Luis se levantó más tarde de lo acostumbrado, por la resaca… tanto vino y tanta charla. Bajó las escaleras con lentitud; cada paso una repasada a la memoria, no quería olvidar ningún detalle del día anterior. En la medida que bajaba se desconcentraba, las charlas de las mujeres y el parloteo de los niños lo atraían, sacándolo de su dolor. No había terminado de bajar el último escalón, cuando Anita salió corriendo a su encuentro, seguida de sus hermanos y hermanas: todos se peleaban por abrazarlo a él, casi lo derribaban. Tuvo que sentarse; a todos y cada uno abrazaba, besaba y la bendición les daba. Los varones estaban con franelillas y pantalones cortos; las niñas con vestidos de algodón estampados, abotonados en la espalda y en la espalda enlazados; escotes cuadrados, sin mangas, solo tiras en los hombros, bien ventilados. Todos, chicos y chicas, en sandalias… el calor los mataba. Doña Ana estaba parada al frente de ellos, sosteniendo en sus brazos a la más pequeña. También estaba vestida con un traje de fresco algodón, como el de las niñas, escotado y sin mangas, pero abotonado adelante: blanco de pequeñas flores azules, como sus ojos, como los de Lola y los de Anita… como amaba esa azul mirada, intensa como el azul del mar, calma como el cielo de verano. Le vino a la mente la imágen de ella cuando se convirtió en una bella damisela. Se quedaron mirándose el uno al otro, mucho se decían, aunque palabras no pronunciaban.

- Abuelo, ayer no pude verte; te estuve esperando tooooodo el día y toooooda la noche, pero nada que llegaste y me quedé dormida. Te tengo una buena noticia! – le dijo Anita, de manera alegre, muy zalamera y al tiempo le entregó un sobre de la Oficina de Correos. Don Luis lo recibió sorprendido, más bien extrañado; miró intrigado a su mujer, esperando información de ella.

-Ábrelo amor, realmente es una buena noticia… te alegrará el corazón! – le dijo cariñosamente Doña Ana, instándolo a que se apresurara abrirlo de una buena vez. Don Luis, frunció el ceño, como dudoso de todo aquello. Al abrir el sobre, todos los niños guardaron silencio y se quedaron quietos, inmóviles, pendientes del suceso… sin quitar la vista de las manos del abuelo. Don Luis, de seguidas y sin pérdida de tiempo alguno, sacó el papel: un telegrama. Lo leyó en voz baja, para sí. De pronto su rostro se iluminó y una franca sonrisa apareció en sus labios, todo el semblante le cambió… agarró vida.

- Ya lo leíste, cierto? –le preguntó a su mujer, la cual asintió con la cabeza y con una sonrisa tan bella como la de él -niños, llega mi hermana, su tía abuela… la tía Isabel! Una buena noticia, la que faltaba… -dijo esto poniéndose de pie y abrazando a Doña Ana, quien compartía su alegría y entusiasmo. Anita y Juancito brincaron del contento, pues la tía los entretenía con sus raros y divertidos cuentos. Salvador y Santiago –los otros dos niños Gallardo- estaban confundidos, pues si bien la conocían, de ella para nada se acordaban, estaban muy pequeños cuando a ella en Las Islas Canarias visitaran.

- Llegará en el Santa María, la arribada será pasado mañana en el Puerto de La Guaira. Todo está dispuesto para irla a buscar y alojarla, así que no te preocupes por nada, solo disfruta de la llegada de tu hermana – Doña Ana le decía esto a su marido al tiempo que lo conducía a la cocina, aún a él abrazada, para que tomase café y desayunase como Dios manda. Todos comieron con calma, pero con mucha algarabía; solo se hablaba de la inesperada visita de la tía Isabel. No faltaba nadie en la mesa, hasta las empleadas con ellos estaban sentadas: las mujeres charlaban y reían y todo lo planificaban, bajo la mirada atenta de Don Luis y los niños, que bien lo disfrutaban. Decían que nada debía fallar ni faltar. Escribían en un papel y borraban; añadían y quitaban… hasta que por fin estuvieron de acuerdo en lo que tenían que hacer y comprar. Se distribuyeron las tareas, echaron un suspiro de alivio y detrás una carcajada: estaban contentas, muy entusiasmadas.

- Esta vez papá, vamos a prepararnos bien para atenderla como se debe; ya la conocemos mejor y sabremos como agradarla –dijo Lola muerta de la risa, pues recordaba como la vez pasada se burlaban de la buena y simpática tía diciéndole que, al morirse, la lengua – en urna separada- se la enterraban!


Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato es cortesía de Google. Aparece en manuscrito nombres ilegibles, se presume autor; y unas letras digitales, se presume propietario. A ellos sus méritos y derechos correspondientes.

lunes, 28 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXX) DON LUIS



LOLA Y SUS ENREDOS: (XXX) DON LUIS




Habían llegado a casa. Don Luis ni siquiera entró a ella, dejó a las mujeres con Antonio y se fue –caminando- en busca de Don José, el cura; tenía que discutir con él la lista de donativos para la casa parroquial y para el orfanato, asunto este que había tomado para sí, como si fuese una obligación propia. Él se encargaba de conocer las necesidades, y luego se cercioraba que Doña Ana y las muchachas les hiciesen llegar todo lo necesario, y algo más. No fue mucho lo que tuvo que caminar, solo una cuadra, atravesando la plaza. Antes de entrar a la casa parroquial se sentó en uno de los bancos de la iglesia y allí, en esa paz espiritual, hurgó en su bolsillo y sacó el papel que metiera Doña Rosaura. Lo sostuvo en sus manos un buen rato, así, doblado como estaba; por sus mejillas rodaron unas lágrimas, mientras recordaba. Con los ojos cerrados en el tiempo se transportaba: recordaba el sonido del agua bajando por el río, chocando contra las piedras y arrastrando las hojas acumuladas en las orillas por las lluvias de la temporada… bañando los pies descalzos de ellos; el piar de las aves; lo tibio de los rayos del sol y de su piel… mientras charlaban y reían por todos los cuentos que echaban los pobladores acerca de ella y de sus poderes mágicos. Magia que a él le constaba, de solo mirarlo lo hechizaba. Ella era una muchacha solitaria; su clarividencia la confinaba a la soledad y solo él en su mundo entraba. Se querían de verdad y por años fue así… hasta que Ana se convirtió en una bella damita, robándole el corazón y apartándolo, poco a poco, de Rosaura, quien lo dejó ir sin una protesta, ni una sola lágrima: pues ella bien sabía que él, de ella, no sería, ya lo había vaticinado y él, de eso, llegó a reírse, no dando crédito a sus palabras. Abrió los ojos, humedecidos por el llanto que la nostalgia le regalaba. Volvió al presente. Abrió, con mucha lentitud y cuidado, aquél papel, como si de algo sagrado se tratara y lo leyó


Luis, se que te tomaste tu tiempo para abrir esta nota mía. También se que habrás recordado el ayer, con lágrimas en los ojos. Nuestro tiempo fue el perfecto. Solo te pido que no dejes de acudir al llamado mío: te haré llegar una misiva, cuando corresponda. No dejes de venir, será para despedirme de ti… llegado mi momento. Tuya, siempre tuya, Rosaura”.


Don Luis apretó las mandíbulas, para contener su dolor; bien sabía que ella ya le anticipaba su partida. Ahí, donde antes en su corazón había dejado una huella, ahora le abría una herida. Se levantó lentamente, como queriéndole ganar tiempo al tiempo, y se dirigió hacia el altar, colocando la carta de ella sobre un cirio encendido. El papel empezó a arder, en una flama completamente azul, y de él se desprendía una fragancia a rosas, tan intensa, que todo el recinto se impregnó de ella.


- Apuesto que es de Doña Rosaura… -le dijo Don José, que en silencio lo había estado observando.


- Qué, ahora espías a tus feligreses? – le dijo Don Luis, sin voltearse a verlo.


- Te vi venir, desde la ventana, cuando atravesabas la plaza; pero como no terminabas de llegar, salí yo a buscarte. Es de Doña Rosaura, verdad? –le contestó Don José, quien ya se le había acercado y le pasaba el brazo sobre el hombro.


- Si, es de ella. Cómo lo sabes, te lo dijo papá Dios o también eres brujo? –le contestó al tiempo que le daba una palmadita en la mano que pusiera sobre su hombro.


- Esto es un pueblo y nada se mueve sin que lo sepan sus moradores. Rosaura está muy enferma, lo siento Luis. Realmente lo siento por ella; es una extraordinaria mujer que le ha tocado vivir sola… por un don que Dios le dio y que la gente le atribuye al diablo. Qué vainas tiene la vida! –exclamó Don José, sin quitarle el brazo del hombro.


- Deja ya, Luis, que te vas a quemar los dedos. Ven conmigo, tomemos un vaso de vino y charlemos, de hombre a hombre. -le dijo esto con amabilidad, casi con compasión. Los dos hombres se alejaron del altar y se adentraron en la casa parroquial. Durante varias horas estuvieron conversando los viejos amigos; entre charlas, risas y llantos, se bajaron varias botellas de vino… y mucho moco se sonaron. Lo de Doña Rosaura era grave, tenía los días contados!


Aparte de Doña Ana, Don Luis no había tenido otra mujer que Doña Rosaura. El que ella estuviera próxima a la muerte lo acongojaba, por ella, pues bien y mucho la amara; y por él… pues, ese hecho le daba aviso de que su tiempo, también se acortaba: se estaba poniendo viejo y, a veces, con el ímpetu de Doña Ana… le costaba dar la talla!




Ana Margarita.-


PD/ La imágen, que ilustra este relato, corresponde a mi amado padre: Juan Luis Pérez Díaz.

sábado, 26 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXIX) QUÉ CARAJO!




LOLA Y SUS ENREDOS: (XXIX) QUÉ CARAJO!

Salieron todos en silencio por el largo zaguán, acompañados de Doña Rosaura, la que muy discretamente, metió un papelito doblado en el bolsillo de Don Luis… quién no pudo disimular la emoción, cambió de colores como un camaleón!
- Espero se vayan tranquilos y en sus vidas reine la paz y el bien. No te pierdas Luis, esta es tu casa… puedes venirme a visitar cuando quieras – le dijo esto guiñando un ojo y echándole un beso al aire. Don Luis pegó otro brinco, Doña Ana esta vez no le clavó las uñas sino que le pegó un gran pellizco y le dijo muy bajo, acercándosele al oído:
- Si tu te atreves a venir a la casa de esta mujer… te juro que te lo arranco! –y se echó a andar delante del marido, encolerizada, los celos la mataban. Don Luis aprovechó para voltearse y, mirando a Doña Rosaura, dobló los brazos hacia delante con las palmas de las manos hacia arriba, como una señal de interrogante: Qué pasó Rosaura, vas a seguir echándome paja con mi mujer? Eso parecía preguntarle con la mirada; pero a Doña Rosaura ese asunto de los celos le causaba mucha gracia y soltó una franca carcajada. Se dio media vuelta y trancó las puertas tras ella, como si nada.
- Ni se te ocurra mujer, este viaje de regreso yo no lo hago en desgracia… no permitiré que de nuevo me claves tus garras! -le dijo Don Luis a Doña Ana, cuando esta pretendía sentarse junto a él. La tomó delicada –pero firmemente del brazo- y la sacó del lugar que por “ley” le correspondía. Abrió la portezuela de la parte posterior y allí la sentó.
- Ahí vas y muy tranquilita, y si es calladita… mucho mejor! Y tú, Antonio, te vienes adelante conmigo, deja a Lola con las mujeres… que vayan atrás, para que no jodan con el temita de Doña Rosaura. -Antonio contuvo la risa e hizo caso a su suegro; acomodó a todas las mujeres en el asiento posterior y luego se monto en el puesto delantero… iría de copiloto; estaba de lo más contento y nada le echaría a perder ese momento. Doña Ana estaba enojada, pero su prima Matilde le daba codazos para que cambiara la cara; le hacía señas con los ojos y muecas con la boca, dándole a entender que allí no había pasado nada. Márgara las miraba, y ante cualquier asomo de esta en abrir la boca para preguntar algo, las dos se ponían el dedo en la boca, ordenándole que callara.
- Padre, por qué mi madre está brava y por qué Doña Rosaura es tan confianzuda contigo, fue tu novia? –le preguntó Lola muerta de la risa. Don Luis, que no llevaba ni cuatro minutos en carretera, no contestó nada.
- Papá… no me escuchaste? –insistió ella, mirando a las otras cuaimas, que con el silencio le daban su anuencia para que preguntara.
- Lola, mejor te callas! –le contestó muy seco.
- Caramba padre, no ves que con tu silencio lo que haces es aumentar la intriga y darle al asunto más gravedad de la que en realidad pueda tener? Anda, echa el cuento pa´fuera y así nos entretienes en la carretera! –volvió a insistir Lola, echada sobre el espaldar del asiento delantero y rodeando el cuello de Don Luis, muy cariñosamente y muerta de la risa.
- Qué Carajo! Quieren cuento? Cuento tendrán! –dijo Don Luis en un arranque de mal humor. Antonio tenía una cara extraordinaria, llena de vida y felicidad; todo ese alboroto familiar le producía bienestar, pues denotaba la franqueza entre ellos y la confianza en él: su familia era muy conservadora y nada de esas familiaridades se disfrutaba en su hogar. Se sentía bien con ellos, se sentía en familia.
- Ay! Don Luis, cuidado con lo que salga de su boca… después no acepto se retracte de nada y nada le perdono! –le dijo Doña Ana, aún con su enojo.
- Usted se queda calladita Doña Ana, que fue usted la que empezó toda esta intriga con su alharaca! –la regañó su marido.
- Escuchen bien, pues el cuento no pienso repetir. Cuando yo contaba con dieciséis años, ya era todo un mozo y las mujeres me gustaban. Ana solo era una niña de ocho, y con muñecas jugaba. En cambio, Doña Rosaura contaba con veintidós y era extremadamente guapa… y muy dada a hacer favores a aquellos que bien le trataban; ustedes saben, la consideraban “rara” por eso de la videncia y casi nadie le hablaba. Luego, al crecer tu madre, me enamoré de ella y más nunca volvía ver a Rosau… a Doña Rosaura. Eso es todo, no se por qué forman tanto drama! Ah! Y no quiero que se vuelva a hablar del tema, porque sino me voy a visitar a la dama y así, si hablan, ya no será paja! –concluyó Don Luis, creyendo –iluso él- que al asunto le había puesto el punto final.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. En ella se encuentran unas letras ilegibles. Se desconoce autor o propietario.

jueves, 24 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXVIII) LA ACLARATORIA








LOLA Y SUS ENREDOS: (XXVIII) LA ACLARATORIA

Estaban todos quietos, pero muy inquietos, sentados allí, en un gran banco de madera, semicircular y con espaldar, finamente tallado, una verdadera obra de arte de algún ebanista que en ello puso mucho cuidado. Cada quien con un pensamiento en mente… al de los otros, completamente diferente. Lola y Antonio estaban sentados muy juntitos, de las manos tomadas: él tranquilo, sabía que nada malo pasaba con el amor de ellos; ella, angustiada, deseosa que de su inseguridad la sacaran. Doña Matilde, echándose una gozada, a la expectativa de ver como todo aquello terminaba. Márgara, hilaba lo que contaría a Doña Rosaura. Doña Ana, montada en celos, con la mano sobre el muslo de su marido, bien afincada, para que no se olvidase de que ella allí estaba y, Don Luis, calladito, para no alborotar el avispero en el que se encontraba.
Doña Rosaura apareció de la nada, silenciosa, y de esa manera se sentó frente a ellos, en un gran sillón de suela repujada y de madera tallada, tan fina como la del banco donde ellos se encontraban. Prendió un cigarrillo y a todos, uno por uno, fue mirando. Detuvo la mirada en Márgara, a quién reconoció como la muchacha que aquél día acompañaba al sodomita, al cual ella le leyera las cartas: Lola. Luego, se fijó en Doña Ana, examinándola con cuidado, para no perder detalle de nada.
- Carámba Doña Ana, cuánto tiempo tenía sin verla; la última vez, aún era una señorita- le dijo esto muy seria y con una intensa mirada. Pero Doña Ana no le respondió nada, ni por cortesía… y le sostuvo la mirada, a ella nadie la intimidaba. Doña Rosaura continúo recorriendo a todos con la vista hasta llegar a Don Luis, quien esquivó la mirada, haciéndose el pendejo para ver si no le hablaba… pero no le resultó.
- Y tú, Luis, estás igualito de guapo; parece que fue ayer… hasta te has puesto mejor con los años! -dijo esto a consciencia que molestaría a su mujer, por lo cual mostró una sonrisa de complacencia. Don Luis pegó un pequeño brinco, por las uñas que Doña Ana le enterrara. Doña Matilde, con los ojos bien abiertos, la rabieta de su prima esperaba… pero no pasó nada, aquella se comportó como una dama.
- Gracias, todo bien… aquí con la familia -se apresuró a contestar “Luis” y cortar la charla de Doña Rosaura… a ver si su mujer, del muslo, las uñas le desencajaba; pero no, ahí seguían, bien enterradas. Todos guardaban silencio, la intriga no les abandonaba, no entendían la familiaridad con la cual la bruja lo trataba; salvo Doña Matilde y Doña Ana, pero el secreto guardaban.
- Bien, ustedes dirán a que debo el honor… a qué vinieron ustedes aquí? -Inquirió ella a la vez que soltaba una bocanada, envolviéndose en una nube de humo y perfumando el recinto a tabaco rubio, el inglés… que olía muy bien.
- Lo que pasa, Doña Rosaura, es que la vez que vinimos usted dijo algo que nos dejó confundidas, tanto… que la vida nos ha cambiado y queríamos saber si nos puede aclarar el asunto y así, quizás, se resuelva todo -estas palabras la dijo Márgara, casi atropelladas.
- Confundidas? No entiendo… a ti las cartas no te he echado y la única vez que viniste, fue acompañando a un “él”… entonces, de qué estamos hablando? –Doña Rosaura hizo la pregunta solo para introducir la charla, pues ya conocía la repuesta; en verdad, ya sabía a qué venían, pues “Luis” ya le había anticipado la visita.
- Si lo se, es que era Lola disfrazada; no quería que la vieran y de ella siguieran hablando; ya el asunto estaba mal y no lo queríamos empeorar: la gente diría que los muertos sería por hechicería, así como dijo usted… que se rompería.
- Muertos… de qué demonios estas hablando? Hazme el favor y aclara, me tienes tan confundida ahora, como me confundieron esa mañana! –exclamó Doña Rosaura, un poco en serio y un poco en guasa.
- A Don Juan y Don Fernando, sus difuntos esposos… y a Don clemente… -acotó Mágara.
- Dos maridos difuntos tienes encima… -dijo Doña Rosaura sin sorprenderse, mirando a Lola- ah! lo de Don Clemente… hasta aquí llegaron las habladurías. Y qué tiene que ver todo este asunto de los muertos con lo que yo les haya dicho en aquél momento?
-Qué usted dijo que llevaba tres… de siete, y Lola está asustada, teme que Antonio pueda ser el cuarto… -Mágara fue interrumpida bruscamente por una carcajada de Doña Rosaura, que entre risa y risa se ahogaba con el humo del cigarrillo que aspiraba. Se puso de pie y mandó a callar a Márgara.
- Ya, ya, ya… calla; por tratar de engañarme a mi ese día… salieron ustedes muy apresuradas y más enredadas de como entraron! Les confieso que, en aquél momento, lograron llegarme a molestar y confundir… pues mi visión era sobre una mujer y, en frente, lo que tenía era a un marica; llegué a pensar que mi don me abandonaba… -Doña Rosaura hizo una pausa, inhaló profundamente y prosiguió- Antonio es el “guerrero” y el hecho de que esté aquí, indica que ya venció y empieza a beber las mieles… y sí, lo confirmo… más segura que antes: llevas tres de siete, y posiblemente sean cuatro de ocho, o cinco de nueve… quién sabe cuántos de tantos; la incógnita solo la podrán despejar ustedes dos! -dijo esto mirando fijamente tanto a Antonio como a Lola… pero con una dulce sonrisa en los labios, casi triunfal. Antonio, quien era muy hábil con los números, solo le llevó segundos el descifrar aquella ecuación, por decirlo de alguna manera. Miró agradecido a Doña Rosaura por la bondad de sus palabras; volteó a mirar a Lola y apretó aún más la mano de ella, llevándosela a los labios y besándola suavemente, al tiempo que le decía:
- Cada día te amo más y más… y no se cuánto más se pueda llegar a amar a alguien, pero yo lo abarcaré! –Lola no comprendía nada, pero la seguridad y el amor de Antonio le eran suficientes para disipar sus temores y echar a andar sus amores.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.

martes, 15 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXVII) DOÑA ROSAURA





LOLA Y SUS ENREDOS: (XXVII) DOÑA ROSAURA


Don Luis no pudo conciliar el sueño esa noche, estaba ansioso por la entrevista con Doña Rosaura. Antes que cantara el gallo, se levantó cuidadosamente de la cama, sin hacer movimientos que a su mujer despertara; se desplazó sigilosamente y a oscuras por la habitación hasta el cuarto de aseo. Se duchó y acicaló… y ahí mismo se vistió; por nada del mundo deseaba que Doña Ana se despertara… no deseaba que lo acompañara. Apagó la luz antes de abrir la puerta y salir hacia la habitación. Y así, como un ladrón, a hurtadillas se escabulló, muy tranquilo, pues sabía que no se había despertado… en la cama vio el bulto de su cuerpo… bien arropado.
Siguió bajando las escaleras con mucha cautela, para no tropezar con algo que los niños por descuido dejaran. Antes de completar la bajada… vio como de la cocina la luz se colaba… igual que el café, cuyo olor todo lo perfumaba. Seguro allí estarían Lola y Márgara, esperándolo a él para poner todo en marcha. Efectivamente, allí estaban ellas… y Doña Matilde con Doña Ana, las dos muy compuestas… como si fueran a una cena de gala!
- Carajo… lo que me faltaba! –exclamó inconscientemente Don luís, quien no podía disimular la frustración que le embargaba.
- Qué fue lo que dijiste querido, que no te escuché bien?- le preguntó sarcásticamente Doña Ana, quien escuchó perfectamente… pero se hacía la pendeja, para no entrar en confrontación tan temprano en la mañana.
- Que bueno que ya estén arregladas!- trató de emendar su torpeza, pero sin muchas ganas. Doña Matilde que sabía muy bien lo que allí se ocultaba, no dejaba de sonreír, pero a la vez hacía una mueca en su rostro y unos ademanes con sus manos, como queriéndole decir al compadre: Yo no quería… pero fui obligada.
Lola y Márgara miraban a uno y después al otro, sin entender nada; pero poco les importaba, en otro asunto estaban ensimismadas. Doña Teresita, que de todos los enredos gozaba, metió cizaña:
- Qué bien huele Don Luis… ese perfume tenía tiempo que no usaba; y ese traje… y esa corbata… que guapo está, si hasta parece que va para un casorio!
- Doña Teresita… si le va echar leña al fuego, asegúrese que sea directo en su estufa –le dijo Don Luis, evidentemente molesto- de lo contrario… va a salir usted chamuscada!
- Ah! Caramba, yo solo quise ser amable y vea usted, salgo regañada! –le contestó Doña Teresita haciéndose la ofendida, cuando en realidad… se echaba una gozada.. Nadie más, dijo más nada. Desayunaron en silencio, pero de reojo se atisbaban… para no perderse de nada.


Lola fue la primera en terminar, y a todos apuraba; antes de que despuntara el alba…quería estar con él, camino a ver a Doña Rosaura. Recogieron a Don Antonio, quien ya estaba más repuesto, el amor -correspondido- en su rostro se reflejaba. Hicieron el recorrido: no tan largo, ni tan corto… unas veces en silencio, otras charlando. Pero lo cierto es que, cada quien en su cabeza… tenía su trompo enrollado!
Al llegar, bajaron en silencio, guardando la debida compostura. Cuando Don Luis se disponía a golpear la puerta... esta se abrió de par en par: allí estaba ella.
- Creí que nunca llegarían, llevo rato esperándolos! – Dijo Doña Rosaura sin mostrar emoción alguna en su rostro. Márgara, que si bien no era estúpida, a veces hacía muy bien ese papel, le preguntó sorprendida:
- Y cómo nos esperaba, si nunca le anunciamos nuestra llegada?- Ante estas palabras, Doña Rosaura arqueó las cejas, como en señal de interrogación; pareciera que se hubiese preguntado: Y es que ésta no sabe con quien habla? Pero no, la verdadera interrogante de la bruja fue: Caramba, por qué Luis no le habrá dicho nada a su familia, de que yo ya sabía que nos veríamos esta mañana? Guardó silencio, la prudencia se lo aconsejaba.
- Sigan, sigan… hasta el fondo, y tomen asiento, que en un momento yo les atiendo- cerró las puertas tras ellos y se desapareció por un largo y angosto pasillo, sin hacer ningún ruido. Los dejó solo, en aquél salón extraño… oloroso a sándalo. Ella aprovechaba para terminar de echarle –en ausencia- las cartas a Lola, para recordar que fue lo que le pronosticara… y que tanto alboroto causara, ella bien no se acordaba. Las mismas cartas salieron y su memoria refrescó; se acordó de aquél día en que un joven la consultó: ahora estaba clara, fue Lola disfrazada… que tonta la muchacha, temblaba como hoja y se fue apurada; ni siquiera le exigió… que sus palabras aclarara! Soltó una ligera carcajada y terminó de desayunar, tranquila, como si nada: han esperado tanto para venir el asunto aclarar, porque esperen un poco más... no les pasará nada, pensó Doña Rosaura.

Ana Margarita.-.

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. En ella se encuentran unas letras ilegibles. Se desconoce autor o propietario.

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXVI) EL REGRESO





LOLA Y SUS ENREDOS: (XXVI) EL REGRESO









Todo estaba preparado para el regreso a la ciudad. La caravana estaba formada, todos y todo en ella estaban. Los empleados los despedían con efusividad y tristeza, ciertamente daban trabajo… pero extrañarían la alegría de los niños y las aventuras de Lola, así como las risas de las mujeres… que la casa alborotaban. Don Luis respetaría la tradición familiar: saldrían de la hacienda lentamente, para dar oportunidad a todos de despedirse de los empleados y de los peones que en el camino se encontrasen; y de sus mujeres y niños… y de los perros, las gallinas y sus polluelos… todo, todo lo que se moviese recibía un efusivo “hasta pronto” en voz alta y con las manos agitadas. También, con las cabezas fuera de las ventanas, memorizaban el paisaje. Subiendo la colina, dejaban atrás el valle. Veían como se achicaban -en la distancia- los árboles de mango, tamarindo, mamón, guanábana, guayaba, lechoza, limón, mandarina y naranja… y también los camburales; solo quedaba a la vista las manchas coloridas de las flores de los apamates, acacias flanboyanes y de los araguaneyes, bordeados todos por las abigarradas trinitarias, que todo lo cercaban y el camino apuntaba. Se detuvieron, como siempre, en el panteón familiar. Dejaron flores frescas -arrancadas del sendero- sobre las tumbas de los abuelos Don Francisco y Doña Margarita, de los bisabuelos Don Juan Luis y Doña Dolores… y de los tatarabuelos: Don Mario y Doña Isabel… y Don Juan y Doña Belén. En la medida que salían de la carretera de tierra, las cruces se perdian de vista y se iban esfumando el piar de las aves, los aromas a tierra negra mojada, de los jazmines y de los azahares. La velocidad aumentaba, y los niños –uno a uno- al sueño se entregaban.Por el camino era mucho lo que se hablaba y planes que se hacían y deshacían con la marcha. Lola callaba. Iba absorta en sus pensamientos. Se sentía renacer.

En la medida que se acercaban a la ciudad, su corazón latía más rápidamente: Antonio estaba de vuelta, muy metido en su ser.Cuando la caravana aparcó frente a la plaza –en casa de los Díaz Robaina- todos quedaron sorprendidos:

- Ese es Antonio?- le preguntó Doña Ana a Don Luis- Santo Dios… qué flaco está!- exclamó sin dejarlo de observar

- No hagas ningún comentario mujer, se prudente – le aconsejó su marido.

Antonio estaba de pie en la puerta de entrada; erguido, con una sonrisa que parecía por los ángeles pintada y sus brazos en la espalda, ocultando un hermoso ramo de Margaritas blancas. Lola, cuando lo vio, prácticamente se bajó con el carro en marcha, abalanzándose sobre él, con tal ímpetu, que casi caen al piso… y por este, las margaritas quedaron desparramadas. Se abrazaban y besaban… por el espacio levitaban... Lola sentía que flotaba en el agua, tranquila, serena, en profunda calma.

A su derredor la familia se conglomeraba, sonreían y mirando se les quedaban, las cosas empezaban arreglarse… la normalidad regresaba.

Todos se encargaron de desempacar y sus cosas ordenar… mientras los tórtolos conversaban. Con llanto y arrepentimiento, Lola a Antonio perdón le rogaba; sin mucho esfuerzo, claro está, porque ella... era lo que él más ansiaba.

Pronto, Don Luis los llamara. Se sentaron en la mesa de la terraza y, entre sorbos de café, hablaron de todo lo sucedido y acordaron la visita a Doña Rosaura, para el día siguiente… muy temprano en la mañana. Ellos no lo sabían, pero Doña Matilde y Doña Ana, escuchaban a escondidas todo lo que allí se hablaba, ni de vaina permitirían que Don Luis, solito, se acercara a Doña Rosaura; ellas lo acompañarían y le cuidarían la espalda, no fuera que la Doñita bruja utilizase sus artimañas… reviviendo el pasado, echándoles buena vaina!

- No se hable más –puntualizó Don Luis, todo entusiasmado, ignorante de que a sus espaldas una conspiración se fraguaba- así quedamos: le pediremos a ella nos explique, muy claramente, que quiso decir con eso de que “de siete, van tres”… y así matamos, de una vez, esa culebra por la cabeza!





Ana Margarita.-
Nota: Los nombres aquí dados como de los bisabuelos y tatarabuelos, son en realidad los nombres de mis padres y abuelos, como un tributo a ellos... para que no sean olvidados por mis hijos y nietos... y los hijos de estos.

La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.


domingo, 13 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXV) LA CALMA





LOLA Y SUS ENREDOS: (XXV) LA CALMA

Eso de brujas, bravuras, ansiedades, llantos y gritos con diablos y espantos… ya era historia, había quedado atrás. La magia, que produce la felicidad, tocaba a la familia Díaz Robaina… para no abandonarla por mucho tiempo; no me atrevería decir que… nunca, jamás.
En toda la casa, en cada rincón de ella, se podía respirar los aromas que se desprendían desde las ollas y sartenes que sobre la estufa estaban; aroma a café y a leche quemada, a huevos y tocino, a pan tostado, arepas y empanadas, frijoles y carne desmechada… a naranjas recién exprimidas, a guayabas coladas. Pero los aromas no venían solos… los melodiosos sonidos de los platos y cuchillos, de las charlas, las risas y también las carcajadas... a ellos acompañaban.
- Lo juro –le decía Doña Blanca a Doña Teresita y a las demás empleadas- que yo no vuelvo a dormir sin las gafas puestas, si no fuera porque me dijeron que fue una travesura de la niña Ana, yo aún estaría diciendo… que vi al diablo y a un espanto cerca de mi cama! – cuando hablaba ponía cara de incrédula, como dando lugar a la duda… y se persignaba. Las demás mujeres estallaban en risas y carcajadas, Doña Matilde necesitó ser auxiliada, pronto de la cocina fue sacada… de la risa, no contuvo la meada. Don Luis, Lola y Márgara se levantaron muy temprano, estaban en el campo con el capataz y el peonaje, dejando todo listo; el regreso a casa ya se acercaba: mañana temprano, con maletas y demás equipaje... todos se marchaban.
Como la más pura y cristalina agua que se filtra por un tinajero, uno a uno fueron bajando los niños. A pesar de tener en sus caritas la huella del trasnocho, la rochela no dejaban; comentaban del susto… pero también de la pela que la abuela le dio a Ana. Se sentaron según las mujeres le ordenaban, guardando compostura una vez que a la mesa estaban. En el rostro de todos, la intriga se dibujaba… esperaban que Anita bajara y poder restregarle la humillación en la cara. De repente, todos enmudecieron, Anita por la escalera se asomaba. Ella, que de tonta no tenía nada, captó el momento… a todos tenía en suspenso. Ella se sintió a sus anchas, sentirse como el centro del universo, era algo que disfrutaba. Inspiró y tomó valor, ignorar a todos era algo que necesitaba y, más aún, disimular que el culo le molestaba, le dolía muchísimo… por las nalgadas que la abuela le propinara… si ellos se daban cuenta, derrotada estaba. Bajó las escaleras con la barbilla levantada, como si se tratara de una gran dama, con el cabello suelto, tapándole casi por completo la cara. Se sentó como pudo, ocultando el dolor que la hinchazón de las nalgas le provocaba. Logró su objetivo, dejó a todos con las ganas de verla humillada. Empezaron a comer en orden y con los buenos modales que la madre y los abuelos les enseñaran; Anita, al dejar de ser el centro de la atención, se sintió más cómoda, liberando sus pensamientos y emociones. Sola se sonreía al recordar la hermosa imagen de su abuela, arreglada y perfumada para conquistar al abuelo… se le parecía tanto a su madre en aquellas noches de verano, cuando en la terraza de la casa charlaba con su padre... al que ya casi no recordaba. Esto le produjo nostalgia y, alguna que otra lágrima, por sus ojos se escapaba. De repente, se le vino a la mente – como una fotografía en blanco y negro- las nalgas blancas y peludas del abuelo… volviendo su rostro a iluminarse con una sonrisa hermosa, de esas… que solo ella dibujaba.
Ya de regreso, Márgara entró a la casa, pero Lola y Don Luis se rezagaron:
- Padre –le dijo Lola tomándolo de la mano- quiero agradecerte por haberme devuelto los sueños y los anhelos… mi corazón, antes de que tú llegaras, se estaba muriendo. -los ojos se le llenaron de lágrimas y lo veía con profundo amor y respeto.
- Hija mía, sabes que por tú bien y tú felicidad, haría todo lo necesario –le dijo esto tomando su rostro entre ambas manos- pero, espero hayas aprendido la lección: Si tienes dudas y quieres consejos… no te acerques a extraños; arrímate a los tuyos, a los que siempre te han amado.-al terminar sus palabras, Don Luis atrajo hacia sí a Lola, abrazándola muy fuerte y diciéndole al oído:
- Nunca me apartes de tu vida… no olvides lo mucho que te amo –Lola correspondió el amoroso abrazo de su padre, no dijo nada, no hacían falta las palabras; entre ellos había un pacto de amor… que ni la muerte separara.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. En ella se encuentran unas letras ilegibles. Se desconoce autor o propietario.

sábado, 12 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXIV) EL DIABLO Y EL ESPANTO








LOLA Y SUS ENREDOS: (XXIV) EL DIABLO Y EL ESPANTO

Doña Ana subió antes que nadie, se pondría de lo más coqueta para apaciguar el enojo de su marido. Durante la cena casi no la miró y solo le dijo:
- Voy a hablar algunas cosas con el capataz y luego subo; espérame despierta que muchas cosas tengo que hablar contigo… sobre lo ocurrido!
Ella lo esperaba y, frente al espejo, ensayaba qué cara le pondría y cómo sería su mirada. Si lograba seducirlo… de la reprimenda se salvaba. Cuando él entró a la habitación, lo hizo en silencio y le seguía negando la mirada. Se desvistió lentamente y quien fue seducida… fue ella, por la sensualidad con la que se metió a la cama. Estaba segura que -lo de la reprimenda- era una excusa para que lo consintiera… y eso le gustaba. Le siguió y en el lecho, muy suavemente, se metió. Él, al sentirla, dio media vuelta y le dio la espalda. Cuando ella había avanzado y a la bestia estaba domando… se oyó una gritería de espanto y brinco. Los dos, alarmados, sin saber lo que ocurría… de inmediato se levantaron y se vistieron, sin reparar bien en lo que hacían.
Cuando salieron de la habitación, todos estaban en el pasillo, dando vueltas y pegando gritos como locos. Don Luis –que no soportaba la histeria- mandó a todos a callar.
- Qué carajo es lo que aquí pasa?- todos de inmediato guardaron silencio, menos Juancito que lloraba y lloraba.
- Abuelo, el diablo vino a visitarme a la cama y estaba envuelto en llamas- dijo el niño moqueando y sin parar de llorar.
- No solo era el diablo, Don Luis, también un espanto- añadió Doña María, la nana, toda agitada- cuando los niños gritaban yo me desperté muy asustada, y aunque no tenía las gafas puestas, pude ver al diablo envuelto en una luz terrorífica... cuando el bicho desapareció… vi como un espanto se escurría hacia la puerta.- decía esto sin dejar de persignarse, una y otra vez.
Don Luis, que era un hombre que no creía en cuentos… solo en lo que él veía, mandó a que todos se metieran en su habitación -con Doña Ana- y se quedaran tranquilos... que él averiguaría lo que sucedía. Mientras se recogían, él contaba a las mujeres y a los niños, para asegurarse de que ninguno faltara… Anita no estaba: la primera sospecha en su mente se clavaba! Fue directo al cuarto de los varones y buscó por todos lados, dentro de los escaparates y bajo las camas, detrás de la puerta y fuera de las ventanas... nada extraño allí encontró. Cuando salía de esa habitación, observó unas manchas y algo tirado en el piso; se agachó, examinando aquello: gotas de cera y cerillos quemados. Siguió la pista… y su intuición. Al cuarto de las niñas lo llevaron. Allí estaba Anita, sentada en su cama de lo más tranquila y con una sonrisita… que delataba su culpabilidad.
- Si abuelo, fui yo, solo me le acerqué a Juancito con la cara iluminada por la vela… su mente hizo todo lo demás. Yo no tengo culpa de que llore y grite por todo… es un mariquita! – dijo Anita en su defensa y, evidentemente, molesta por todo el zaperoco armado con su juego inocente… según ella.
-Anita, Anita… qué haré yo contigo? -fue lo único que alcanzó a decir Don Luis. Se le quedaba mirando extasiado… le recordaba tanto a Lola cuando era niña. A él le gustaba ese carácter resuelto y nada temeroso. Adoraba a su nieta, ella y su madre eran sus consentidas… su debilidad.
Doña Ana, se había percatado de que su nieta no estaba en la habitación con los demás; intuyendo lo que había pasado y de que su marido disfrutaría con la hazaña de ella, salió a buscarla. Estaba parada en la puerta del cuarto de las niñas y escuchó cuando Anita confesaba; también escuchó cómo su abuelo la respaldaba con su silencio. Molesta por todo aquello, entró hecha una cuaima. Le reclamó a Don Luis su falta de carácter con Anita. La alzó y colocó boca abajo en su regazo y empezó a darle nalgadas. La niña observó a su abuela pintorreteada y muy perfumada. El abuelo, no debía quitarle la autoridad a Doña Ana, pero tampoco quiso presenciar como le daban la paliza a su niña. Se dio media vuelta, quedando de espaldas. Anita en vez de llorar… se sonreía, los adultos le divertían con sus tonterías. Notó que él, además de no traer camisa puesta, tenía el pantalón al revés -lo de adelante hacia atrás- y con la bragueta abierta, dejando entrever sus nalgas. Ella, lista como era, entendió todo… la bravura de su abuela no era por el susto que le pegara a Juancito, ni por el escándalo que este armara con sus llantos y gritos… sino porque interrumpió los besos que, la abuela, a su abuelo le daba; eso le causó gracia, le pareció muy bello… aceptó el azote sin ningún descontento.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. En ella se encuentran unas letras ilegibles. Se desconoce autor o propietario.

viernes, 11 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXIII) ANITA, LA TRAVIESA Y JUANCITO, EL CAGAO.




LOLA Y SUS ENREDOS: (XXIII) ANITA, LA TRAVIESA Y JUANCITO, EL CAGAO.



Anita y Juancito salieron del salón protestando, prácticamente, las nanas se los llevaron obligados. A ellos no les parecía justo que les impidiesen seguir escuchando y, más ahora, que de la bruja estaban hablando. Desde la cocina vieron que su abuelo salía y dejaba a su madre sola, con sus tías y abuela. Anita le dio un codazo a su hermano y le hizo señas con los ojos…le indicaba que volvieran allá, donde los adultos se entretenían. Juancito, que era muy curioso, aceptó de inmediato el plan de su hermana. En lo que pudieron se escabulleron de la vigilancia de Doña María y Doña Blanca, quienes estaban distraídas hablando con Doña Teresita… sobre los problemas que en la familia se avecinaban. Se dirigieron al salón, pero Doña Matilde la entrada resguardaba. Tuvieron que esconderse detrás de unos helechos en sus tinajas. Juancito, torpemente, hizo ruidos y con ello a las mujeres alertaron. Todas se levantaron y revisaron por todos lados; pero sus pequeños cuerpos el follaje bien ocultaba. Escucharon como de nuevo se sentaban y que su abuela un cuento sobre la bruja echaba. Como bien no oían, se acercaron por el piso a rastras, ocultándose debajo de las faldas del gran sofá. Ahí, si escucharon bien cuando su madre y las hermanas exhortaban a Doña Ana para que continuara contando. La abuela comenzó a hablar y ellos la escucharon claramente:





- Bien, continúo. Como les decía… a los hombres el aliento les sacaba y el sueño se los robaba. Hacía, con sus corazones, lo que le daba la gana!





Juancito, que lo que tenia de curioso lo tenia de cobarde, al escuchar las palabras de su abuela, los ojos se le salieron de sus órbitas y abrió la boca para dejar salir un grito de espanto… pero Anita se la tapó de inmediato, sofocando el chillido de su hermano. Juancito luchó para liberarse de Anita que lo tenía sujetado… liberándose y huyendo por el piso… como alma que se lleva el diablo! Las mujeres, al escuchar los ruidos extraños, salieron despavoridas del salón, lo que aprovechó Anita para escaparse por la ventana… así, como si no hubiera pasado nada. Llegó hasta los columpios, donde sus otros hermanos jugaban; les contó lo de la bruja y de cómo Juancito del susto se cagara. Todos reventaron en risas y carcajadas... de él se burlaban.



El día transcurrió con secretos guardados, las mujeres y los niños ocultaban sus miradas. Llegada la noche, Anita esperó que todos se acostaran y transcurriera el tiempo, para que profundamente dormidos quedaran. Se levantó sigilosamente, salió de su habitación con algo en las manos que debajo de su almohada sacó. Su pequeña y grácil silueta, vestida con su larga pijama blanca… en la oscuridad de la noche parecía un fantasma. Se deslizó por el largo pasillo hasta llegar al cuarto de los varones. Abrió la puerta suavemente, pero esta chirrió.



Juancito, que aún el susto no pasaba, se cubrió hasta la cabeza con su ropa de cama, pues no permitiría que la bruja le robase el sueño ni el aliento. Cerró los ojos y sintió como algo a su cama se arrimaba. Los pelos del cuerpo se le erizaron y sintió un frío por todos sus huesos. A pesar del terror que lo secuestraba, la curiosidad lo venció, abrió los ojos y bajó la sábana… solo para encontrarse la cara del diablo envuelta en llamas!



Juancito casi se muere del susto; soltó agudos gritos de miedo… despertando a sus otros hermanos, quienes también vieron al diablo y se sumaron a la histeria de Juancito.



Anita, como tonta no era, calculaba que los adultos ya se despertaban por la gritería, sopló la vela, apagándola… corriendo rápidamente a su habitación y acostándose en su cama; se hizo la dormida, como si no supiera de lo que se trataba. Tapaba su cara con la almohada –donde la vela con los cerillos ocultara- para que no se escuchara su risa. Se burlaba de sus hermanos, más que varones… parecían mariquitas sobre flores posando!





Ana Margarita.-


NOTA: la foto que ilustra este relato corresponde a mi abuela Belén, a mi madre y a mi tío Salvador.

jueves, 10 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( XXII ) EL CHISMORREO




LOLA Y SUS ENREDOS: ( XXII ) EL CHISMORREO

Las mujeres se quedaron solas, después que Don Luis saliera. Se sintieron a sus anchas para hablar como quisieran. Lo primero que notaron, y así lo comentaron, era el cambio de actitud de Lola, después de la intervención de su padre… el alma le había vuelto al cuerpo, comportándose más normal de cómo había actuado ese último tiempo. Una vez Doña Ana hubo calmado a Márgara –que correteaba a Ana Isabel por la sala, para darle su merecido- se sentó, muy juntita a sus hijas, para poder hablarles en voz baja
- Eso que hicieron, hijas mías, estuvo muy mal hecho, porque al recurrir a Doña Rosaura para que les dilucidara sus dudas con respecto a los muertos… denota que no están claras en la fe cristiana, que hacen caso a las habladurías y que… en mí no tienen confianza –hablaba al tiempo que echaba miradas de reproche a las muchachas, y prosiguió diciendo:
- Mi Luis es un hombre maravilloso, para nada violento… pero lo que hicieron me costará caro; me dará una buena reprimenda y no lo olvidará en mucho tiempo…- las últimas palabras las dijo como si fuera víctima de una tragedia, con las manos en el corazón y la mirada elevada, como si suplicase piedad al cielo… exhalando un suspiro, como si muriera sin remedio. Doña Matilde se reía con el melodrama de su prima.
-Deja la payasada Ana, que no es para tanto la vaina; cuéntale a las chicas… la verdad sobre Rosaura!
- La verdad? Que verdad madre?- preguntaron las tres al unísono, con las caras que pone todo pendejo al caer en la intriga.
- Les voy a contar –decía al tiempo que miraba a su derredor para cerciorarse que, nadie ajeno a ellas, la escuchara – pero lo que aquí se hable... como secreto de confesión deben guardar! -no había terminado de hablar, cuando Doña Matilde la interrumpió.
- Habla mujer, sin tanto misterio… que ese cuento lo conoce todo el pueblo! –y soltó su acostumbrada carcajada.
- Ah! Matilde, que ordinaria eres! A todo le quitas interés, que fastidio contigo… déjame echar el cuento como yo lo sé!- le reclamó Doña Ana, quien ya se impacientaba. Las muchachas estaban ansiosas porque el cuento comenzara y le hacia señas a la madre para que de una vez lo iniciara.
- Bueno, como les decía… Doña Rosaura, no siempre fue conocida como una bruja. Ella nació en el pueblo y allá mismo se criara. Era hija de un médico que de la capital llegara. De chica, en la escuela, siempre la llamaron la “rara”… porque sabía de antemano, las cosas que sucederían a todo al que se le acercaba. Eso sí, solo cosas buenas pronosticaba y, si algo malo por su cabeza se le atravesaba, no lo decía…. pero alertaba. Ya más grande, sus padres de la escuela la retiraron y de su educación, se encargaban unos tutores… que iban a su casa. Cuando se hizo mujer, su belleza era enorme… y sumado a su arrogancia, a los hombres pasión inspiraba…- Doña Ana cortó el relato, guardó silencio. Se puso de pie y observó por la puerta y las ventanas… creyó haber escuchado un ruido extraño, como si alguien oculto… las espiara. Así se lo hizo saber a su prima y a las hijas, quienes también se cercioraran… pero no encontraron a nadie, ni nada. Se miraron las caras y, con las manos, sus brazos sobaban… estaban espelucadas, todas erizadas… pensaron que esos ruidos, algo de ultratumba los provocaba. Pero eso no las detuvo, sentaron a Doña Ana y la exhortaron a continuar la charla.
- Bien, continúo. Como les decía… a los hombres el aliento les sacaba y el sueño se los robaba. Hacía, con sus corazones- lo que le daba la gana! Justo cuando Doña Ana pronuncia estas palabras… se escucharon -de nuevo- unos ruidos extraños, como si alguien por el piso se arrastrara y unos gemidos sofocados… que a todas asustaron. Salieron del miedo corriendo, atropellándose unas a otras; tenían todo el cuerpo erizado y las caras desencajadas, pálidas… estaban –literalmente- del susto meadas. Entre ellas acordaron guardar silencio, como si esa charla, jamás se hubiera dado!

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XXI) LA INTERVENCIÓN






LOLA Y SUS ENREDOS: (XXI) LA INTERVENCIÓN

Don Luis montó en cólera al escuchar el nombre de Doña Rosaura, le tenía prohibido a sus hijas salirse de la fe cristiana… nada de brujerías. Siempre las alertó que el mal acecha y espera cualquier rendija para meterse en la mente y robarse el alma. Era tal la furia de su padre, que Márgara y Ana Isabel intentaron escapar para que esta no les alcanzara. Pero fue en vano. Entre bajarse las niñas del regazo y tratar de zigzaguear a los niños que estaban en el suelo… no les dio tiempo.



- Ustedes dos –se dirigió a ellas- ni se atrevan a sacar un pie de este salón.- se quedaron petrificadas; tal era el susto, que parecían estatuas de blanco mármol… y por las palomas cagadas.
- Te juro padre, que yo no tuve nada que ver en eso, solo cuidé a los niños porque Márgara me lo ordenara… ella fue la de la idea! –Ana Isabel no necesitó tortura alguna para abrir la boca y delatar a su hermana, temblaba como una hoja y con el dedo índice la señalaba.
- Cállate, no digas nada… ya verás cuando te agarre, ni una sola greña te dejaré en esa cabeza hueca!- le respondió bien enfadada, por su falta de solidaridad y lealtad.
- Déjate de amenazas Irene Margarita, aquí el único que refunfuña y castiga… soy yo; en vez de amedrentarla… debiste haberla protegido, como hermana mayor que eres, y no embaucarla en tu aventura!- Cuando el padre dijo esto, Ana Isabel no solo se tranquilizó, sino que se atrevió a hacerle mofa a Márgara… quien, si la agarraba, la mataba! A todas estas, Doña Ana y Doña Matilde, miraban para todos lados- haciéndose las pendejas- como si la cosa no fuera con ellas, pero estaban equivocadas Don Luis, consciente de que alterado no arreglaría nada, se separó de Lola y empezó a caminar por todo el salón… como un león enjaulado. Prendió su habano y, poco a poco, se fue calmando. Solo se oía los gimoteos de Lola y las risitas de Juancito y Anita, a quienes les encantaban las reuniones de los mayores… decían que eran más divertidas que ir a una piñata un sábado o a un circo en domingo.
- Ustedes –se dirigió, con la mirada, a las empleadas de la casa y también a Doña Teresita- vayan a encargarse de los asuntos que les son propios -las mujeres salieron rapidísimo, antes de que se arrepintiera y diera una contraorden. Cuando estas salían, Doña Ana y Doña Matilde intentaron irse con ellas, pero no les resultó la jugada.
- Epa, epa… a dónde creen ustedes que van? Quédense ahí sentadas- les dijo con voz de mando.
- Pero mi amor, qué tengo que ver yo con este enredo que armaron las muchachas?- se justificó Doña Ana.
- Caramba compadre, no se ponga bravo… yo lo que quería es asegurarme que el almuerzo estuviera listo a su hora; además, es un asunto de familia… y yo solo soy una invitada!- se apresuró en decir, muy convenientemente, Doña Matilde. Don Luis las miró y con la mirada… las sentó. De aquí en adelante, todas guardaron el más estricto silencio, dejaron a Don Luis con su monólogo.
- Doña Blanca y Doña María, hagan el favor de llevarse a los niños y atenderlos como Dios manda.- les ordenó Don Luis con voz firme. Enseguida y sin rezongadora alguna, las nanas procedieron a hacer lo correcto. Todos los niños salieron en perfecta fila india y callados; solo se escuchaban las voces de protestas de Juancito y Anita, quienes se lamentaban por perderse la mejor parte, decían que no era justo!
Una vez que se quedaron quienes se tenían que quedar. Márgara –por instrucción de su padre- contó la aventura con la bruja. Don Luis, quien no terminaba de entender todo aquél asunto, se expresó:
- Quiero que les quede bien claro, que si estoy hablando con ustedes sobre este tema, es por la aflicción de Lola… y también la de Antonio; este asunto debo encararlo por la salud de todos, pero ni crean que esto se queda así. Una vez resuelva el enigma de la “profecía” de Doña Rosaura –hizo ademanes con los dedos, como si metiera la palabra entre comillas- nos sentaremos a hablar del problema de fondo: la actitud equivocada de ustedes… y la falta de supervisión y dirección de su madre –dijo esto reprochando con la mirada a su mujer, que estaba que se meaba del susto. Don Luis hizo una pausa y prosiguió.
- Ahora bien, y cómo saben ustedes que al decir “van tres de siete” se refería a muertos y no a otra vaina?
Esta interrogante del padre hizo que Lola se estremeciera, como si le quitaran un pesado velo de la cara. Ella, Márgara y Ana Isabel se miraron… se sintieron como tontas, por no haberse formulado esa pregunta antes. Cómo no pensaron en eso?
- No lo aclaró, padre –le dijo Márgara- pero eso lo supusimos… porque, justo en ese momento, ya a Lola se le habían muerto tres… Don Juan, Don Fernando y el viejo Don Clemente… sería demasiada casualidad!
- Ah! Las niñas lo supusieron! De verdad que ustedes me resultaron bien pendejas! –el padre estaba molesto y se iba alterando de nuevo- Desde cuando las suposiciones son verdades sobre las cuales se construya la vida? Las suposiciones son malas consejeras, confunden, crean inseguridades y temores; solo causan enredos e intrigas… -Don Luis, guardó silencio por unos minutos y concluyó:
- Bien, no se diga más. Entre hoy y mañana me encargo de resolver unos negocios que aquí tengo pendiente. Y, en un par de días –a lo sumo- nos vamos a ver a Doña Rosaura, para que nos diga realmente qué vio en esas cartas.
Apenas terminó de hablar, salió del salón dejando sola a las mujeres. Salió tranquilo, convencido de que todo se solucionaría, pues todo aquello de seguro se trataba de simple sugestión provocada por las habladurías de la gente. En algo estaba claro Don Luis, es que ellas -ni de vaina- se salvarían de una sanción… después que él lograse enderezar el entuerto que habían formado con sus tonterías!


Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajado de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.

LOLA Y SUS ENREDOS: (XX) LA CONFRONTACIÓN




LOLA Y SUS ENREDOS: (XX) LA CONFRONTACIÓN

Faltaban todavía dos horas para que saliera el Sol, y ya Don Luis estaba tomando su café, presto a agarrar carretera. No pudo dormir esa noche, vueltas y vueltas en la cama… tantas como vueltas daban sus pensamientos en la cabeza. Al principio, la actitud de Lola la tomó como molestia por lo sucedido en su fiesta; en ese caso, ella tendría razones para estar arrecha… pero el asunto se había salido de control y era desproporcionada la reacción. Lola tendría que entrar en razón, él se encargaría de ello.
En el camino, las largas horas para llegar a su destino, le dieron tiempo de reflexionar… y de calmarse, para poder ir a dónde realmente quería estar: en el corazón de su hija.
Cuando le vieron llegar, todos allí se alegraron; vislumbraban una luz que podría apaciguar a la bestia que dentro de Lola habitaba. La primera en correr hacia Don Luis, fue su esposa. Doña Ana se le abrazó –de tal manera- que parecía un corroncho pegado a una pecera.
- Luis, amor mío, a Dios le doy las gracias por estar tú aquí –lo decía llorando y visiblemente muy alterada- no tienes ni idea del infierno que estamos viviendo… Lola se ha vuelto loca!
- Cálmate mujer, realmente no se lo que pasa… aunque tengo cierta idea. Vamos, entremos… para que me cuentes con calma- abrazado a su mujer caminó hacia la casa. En el corto trayecto se le unieron las hijas y los nietos, y todos -al igual que ella- desconsolados lloraban. Don Luis se puso más preocupado de lo que ya estaba… la vaina era seria!
En el salón de la casa, las mujeres se sentaron… incluyendo a Doña Matilde, Doña Teresita y las nanas. Los niños en el piso y las niñas en las faldas. Las empleadas atendieron a Don Luis, trayéndoles café y agua fresca… y también se quedaron para la charla; estaban tan afectadas… que casi renunciaban. Todos en silencio, esperando que él la palabra tomara.
- Bien, querida, quiero que seas tú quien me cuente que carajo es lo que aquí pasa; pero, te agradezco, lo hagas pausado y sin lágrimas –se dirigió a Doña Ana, con la parsimonia que le caracterizaba. Ella tragó saliva, y con las manos se echaba aire en la cara… para calmarse, como su marido mandaba.
Inhalando, profundamente, empezó su relato; le contaba y le contaba -a veces interrumpida por gemidos del llanto reprimido- de cómo Lola con saña se comportaba. Era tosca, brava y maleducada. A los niños no quería dejar volver para que sus estudios continuaran, pero estando con ella… los maltrataba: no les daba cariño y por todo los regañaba. No se acercaba a ellos… casi los despreciaba. Los ponía a hacer duras faenas del campo, levantándolos de madrugada, incluyendo a los bebés, que apenas hablan. También le contó su extraña relación con el peonaje, andaba con ellos… y no se comportaba como una dama. Mientras narraba las noticias, hacía pausas y recorría con la mirada a los allí presentes… buscando que su historia confirmaran. Todos, a la medida que ella el cuento echaba, movían la cabeza en señal de aprobación de la versión echada… con caras de pendejos y la boca abierta, como esperando que las moscas entraran. Don Luis, en la medida que su mujer hablaba, iba perdiendo la compostura y los dedos de sus manos… en el sillón enterraba, sus mandíbulas apretaba y la mirada se le ofuscaba: estaba realmente arrecho y para nada lo disimulaba. Justo en ese momento, Lola hizo su aparición y exclamó, muy sarcástica:
- Vaya, llegó el que faltaba!- lo dijo con una sonrisita de jodedorcita, pero que no le duró mucho, porque el padre se la borró… de una sola bofetada. Lola se llevó la mano a la cara; era la primera vez que él le pegaba y, también era la primera vez -en todo ese tiempo- que la lucidez en su ojos se reflejara. Se quedó seria y muy callada, evidentemente adolorida en el rostro y en el alma. Todos los presentes sus bocas taparon, para no dejar salir el grito de sorpresa ante aquella situación inesperada. Doña Ana se puso instintivamente de pie, como para evitar que una reyerta se iniciara. Pero no sucedió, Lola se aplacó y a su padre respetó.
- Jamás pensé que un miembro de mi familia me avergonzara… y tu lo has hecho Lola, de quien menos esperaba- le dijo esto hablándole de frente; la tenía sujeta por los hombros, con su manos… bien firme en ellos. Lola no dijo nada, bajó la cabeza abrazándose a su padre fuertemente y lloró desesperada. Le decía, casi a gritos, que tenía miedo… que Doña Rosaura le había dicho que de siete, llevaba tres… es decir, que faltaban cuatro y ella no quería contar a Antonio entre los faltantes… que eso la tenía desquiciada y por ello de él se alejaba! Inmediatamente se escuchó un ah! Que pronunciaron atónitos los presentes, intuyeron que el asunto se ponía color de hormiga y hubieran dado todo lo que tenían… por no estar ahí ese día!
Mejor Lola no hubiera dicho nada. Cuando Don Luis escuchó el nombre de la bruja… entró en cólera. Márgara y Ana Isabel se levantaron y corrieron espantadas, sabían que se había prendido la mecha… y de esa no se salvaban!

Ana Margarita
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NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.

martes, 8 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (XIX) LA DESOLACIÓN






LOLA Y SUS ENREDOS: (XIX) LA DESOLACIÓN

Lo del temblor no fue nada, comparado con la arrechera que los jugadores -contra el cura Don José- cargaban. Los pobladores no estaban alarmados, solo unos frisos, cielos rasos y lozas se dañaron. Así que eso lo olvidaron. Pero, cada vez que el párroco pasaba por la calle o a sus feligreses saludaba, siempre había alguno que, con sarcasmo, le comentara:
- Y entonces, Don José, ya dejó de hacer trampas… o debemos esperar que la tierra tiemble de nuevo? -y le soltaban en la cara la carcajada. Esas burlas se originaron por los comentarios que Don Gastón hacía cada vez que alguien le iba comprar -a su ferretería- algún material para reparar los daños causados por el temblor; pues él -aún estaba convencido- de que fue Dios quien lo quiso castigar por hacer trampas en la casa parroquial.
Esto de la sacudida de tierra hizo que Don Luis retrasara el viaje a la hacienda, no una, sino tres semanas más de lo esperado. Ya Antonio tenía casi mes y medio sin saber nada de Lola… estaba desolado. Intentó dos veces ir a verla al campo, donde se encontraba, pero Lola se le negó, no le permitía que a ella se le acercara… mandaba a dos jornaleros a que le impidieran la entrada. De esto… Don Luis no sabía nada. Y por eso, Márgara y Doña Ana, a Lola no le hablaban. Estaban deseosas de regresar y apartarse de ella, simplemente… no la soportaban; estaba arisca, siempre estaba brava, parecía un hombre... más que una dama.
Don Luis fue a casa de los Santamaría, para ver a Antonio y enterarse cómo seguía su salud. Fue una gran sorpresa para él encontrarlo postrado en cama. Verlo, los ojos lastimaba. Estaba desprolijo y macilento, hasta sucio aparentaba… su desolación le impresionaba. Fue el padre de éste quien rompió el silencio; sin disimular su descontento, acusó a Lola como causante del mal de su hijo. Le contó todo lo sucedido y la tildó de desconsiderada y grosera. Por primera vez en su vida, Don Luis se avergonzaba de un miembro de su familia. Cabizbajo, solicitó permiso para hablar con Antonio. Don Augusto Santamaría dudó al respecto, pero luego razonó… sabía que Don Luis era un caballero de bien y nada haría a su hijo para su desmedro. Una vez solos, Don Luis tragó saliva e inhaló profundo, como para sacar fuerzas para hablar con aquél hombre que allí se encontraba: Antonio era un despojo, y eso le dolía profundamente.
- Antonio, escúchame por favor, te suplico me mires a los ojos…- pero Antonio nada que le miraba,
- Antonio – insistió Don Luis- te conozco desde que eras un niño; se que tu fortaleza es mayor a la que ahora muestras. No justificaré la acción de Lola… pero, en su defensa, te digo una cosa: ella te ama con pasión. Algo pasa en su cabeza que le hace actuar con esa rareza, con esa dureza. Si realmente la amas, que no la desprecie tu corazón… luchemos juntos por rescatarla. Creo que el amor de ustedes merece bien esa pena…. O me equivoco? -hizo una pausa, pues se le hizo un nudo en la garganta, estaba a punto de llorar… aquella escena era más dura de lo que nunca pudo imaginar. Cuando estaba a punto de darse por vencido e irse desecho, Antonio lo sujetó por la mano y le miró a los ojos.
- Usted tráigame a Lola, que yo espero por ella y lucharé por nuestro amor…–más que palabras, fue un balbuceo, pero fue suficiente para que Don Luis se llenara de ánimo. Tomo su mano entre las suyas y la besó con devoción; le estaba agradecido… su bondad le devolvió el alma al cuerpo.
- Bien muchacho, quiero que de esa cama te levantes… que vuelva a ti el coraje y luches por ella, como ella lo haría por ti, si estuviera en sus cabales. Dejó a Antonio con su padre y se marchó de inmediato para su casa, dispondría todo para salir , al día siguiente en la madrugada, de viaje: traería a Lola de vuelta, así fuera a rastras!






Ana Margarita.-

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LOLA Y SUS ENREDOS: (XVIII) LA JUGADA





LOLA Y SUS ENREDOS: (XVIII) LA JUGADA





Don Luis, antes de pasar por donde su amigo Don José, para ponerse de acuerdo para jugar cartas, pasó por el hospital a ver a Don Antonio. Éste cuando lo vio llegar, se puso muy contento, y mientras aquél le saludaba y le hablaba, no dejaba de mirar hacia la puerta… esperando que Lola entrara. Su suegro, que pendejo no era, se dio cuenta de la ansiedad del muchacho y poniéndole fin a sus expectativas, le dijo:
- Lo siento Antonio, Lola no entrará por esa puerta, ya debe estar en “ La Laguna Grande”… con sus hijos, madre y hermanas… está arreglando lo de la paga.- no había terminado de hablarle, cuando los ojos de Antonio se llenaron de lágrimas. A Don Luis se le puso el corazón arrugadito, de tristeza por el mozo. Antonio no volvió a articular palabra; así como sus ojos estaban tristes, sus mandíbulas se trancaban de la rabia… se podía oír el chirrido de sus dientes, así de apretadas estaban. Se excusó con Don Luis, dijo dolerle la pierna, se dio media vuelta y le dio la espalda. Don Luis comprendió, a él tampoco le gustaría que lo vieran llorar… y menos por una dama!
Camino a la Iglesia, no dejaba de pensar en el pobre muchacho; quería mucho a su hija y ella le daba este maltrato… qué vaina tan seria con Lola –pensó Don Luis- justo en el momento en que divisó a Don José entrando al zaguán de la casa parroquial, discutiendo con Don Francisco, el padrecito. Se pusieron de acuerdo: las partidas serían en la casa parroquial, después de la última misa del día; solo tomarían vino y con moderación; nada de fumar ni blasfemar y, por supuesto, nada de trampas… para no ofender a Dios!
Don Luis se fue sumamente contento y dispuesto a avisarles a los otros sobre el juego. Sobre las reglas -impuestas por Don José- ni se preocupaba, era éste quien primero estaba dispuesto a romperlas; era él quien más fumaba; además, el vino que tomarían era el mejor, se lo mandaba la Iglesia desde un monasterio en Italia… era un vino digno de consagrar. Por las blasfemias tampoco se mortificaba, si alguna se llegara escapar, el curita Don Francisco siempre estaba atento y dispuesto a perdonar. En cuanto a las trampas… eran palabras mayores; en eso se mantendrían a raya, pues… como estarían en la casa de Dios, nada le costaba a Éste… mandarles un rayo y partirlos en dos!
Ya eran las seis de la tarde y los cinco hombres estaban parados en el zaguán de la casa parroquial. Esperaban a que Don José terminara de dar la Santa Misa, para ponerse a jugar. Entre charla y charla, los hombres miraban a su derredor. La tarde estaba quieta, sin brisa ni piar de aves, no había a la vista ningún animal. El cielo rojo, un crepúsculo inusual… no estaban en Semana Santa. La percepción -del extraño ambiente- fue interrumpida por el padrecito, quien los hizo pasar. Como carajitos, en piñata, todos a sus sillas se fueron a acomodar. Llenaron los vasos de vino, dispusieron los ceniceros y empezaron a barajar las cartas… las manos estaban echadas! Decían chistes y soltaban las carcajadas. Contaban chismes… y el padrecito se persignaba. Subían cartas, apostaban y las bajaban. Don Francisco no jugaba, era un simple observador y -como todo novato- preguntaba y comentaba; todos estaban algo molesto… a punto de darles un sopapo. En un descuido de Don José, el curita Don Francisco se agacha, recoge un par de cartas del piso y dice en voz alta:
- Don José, estas se le han caído de la sotana- y con su mano expone a la vista de todos… dos Ases!- todos observaron, primero en silencio y luego reventaron en ira… el párroco les estaba haciendo trampas en la mismísima casa de Dios. Don Luis, quien ya tenía pendiente la revancha, se puso furibundo y exclamó:
- Debería Dios hacer justicia, abrir un hueco en la tierra y mandarlo al infierno!- apenas Don Luis terminó de vociferar, empezó la tierra a rugir, la mesa y las sillas saltaban como si estuviesen montadas sobre resortes. Los cuadros, libros, Santos y candelabros al piso fueron a dar. Las Arañas -que pendían del altísimo techo de madera- se mecían sin parar. Se oía como las losas y botellas se quebraban, unas tras otras… todos estaban anonadados, todo fue muy rápido, no sabían que pensar. Don Gastón – quien era el ferretero, un hombre chiquito y bonachón- miró con admiración a Don Luis y le dijo:
- Carajo Luis, no sabía que mantenías tan buenas relaciones con Dios!- lo dijo con el más honesto convencimiento de que, aquello que sucedía, era la repuesta del Señor a la petición de su amigo… que mandara al infierno a Don José por tramposo!
- Que pendejo es usted… esto es un temblor!- le contestó Don Luis
- Ah! Qué usted tiene mucho fervor?- preguntó Don Gastón, aún admirado.
- No… que esto es un terremoto, carajo, échese a correr!- no había terminado de pronunciar la última palabra, cuando todos los hombres salieron corriendo- dando tras pies- para la calle, menos Don José… que se quedó halándole las orejas a Don Francisco, por metiche y salvando todas las botellas de vino que le era posible.

Ana Margarita.-
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domingo, 6 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( XVII ) LA HUÍDA




LOLA Y SUS ENREDOS: ( XVII ) LA HUÍDA

Don Luis vio partir a sus mujeres con los niños, preocupado por ellas no estaba. Sabía que podían cuidarse solas, eran mujeres de vanguardia; y el asunto de Lola, aunque era extraño, tampoco le mortificaba, estaba seguro que su hija del mismo saldría… tan rápido como canta un gallo. Los niños sacaban la cabeza por las ventanas, para despedirse de su abuelo… que les sonreía con ganas; tenía una mano metida en el bolsillo y con la otra su habano aspiraba. En unos días se reuniría con ellas, su descanso finalizaba… volvería al trabajo del campo, lo que le gustaba.
-Ah! –exclamó Don Luis- solito me quedo…malo no es! -y soltó una carcajada. De inmediato se dispuso a comunicarse con sus amigos, para organizar la jugada de cartas, al Cura Don José, le tenía preparada la revancha!
De la casa a la Hacienda había muchos kilómetros de distancia, eso lo sabía Irene Margarita, pero nunca el tiempo se le hizo tan largo como esa vez. En dos carros y un camión, se transportaban… iban en caravana. En el primero, el que el camino apuntaba, iba ella con Lola, las niñas y Doña Blanca, la nana. En el otro, Doña Ana, Doña Matilde, los varones y Doña María, la otra niñera. En el camión se llevaba el equipaje, alimentos y una maquinaria que, Don Luis, al capataz mandaba. Doña Teresita al chofer acompañaba, ella si hizo bien su viaje, entre charla y charla.
Recorrieron el negro asfalto, siempre en silencio, hasta llegar a los polvorientos caminos de tierra… era tierra negra, de la buena y con abundante agua. Don Luis era un campesino instruido, como sus padres y abuelos; vivían en la ciudad para la buena educación de ellas y los niños de Lola… pero el gusto por las tierras y las faenas en ella, no abandonaba, era su vida y el sustento de su familia!
Al llegar, todos bajaron con gran algarabía, estaban felices de estar allí… y las piernas poder estirar. Los empleados de la “La Laguna Grande” –así se llamaba la Hacienda- los esperaban, con la misma alegría con la que ellos llegaban. Los niños corrieron bajo la sombra de los árboles, corretearon a las gallinas y al gallo. Se metieron por los barandales de lo corrales y a un becerro agarraron, jugaron con él hasta que el pobre animalito se echó al piso del cansancio y, no se levantó, hasta que ellos se marcharon.
Lola e Irene Margarita, hablaron con las empleadas de la casa, guardaron los alimentos recién traídos de la ciudad y dispusieron lo necesario para su larga estancia; mientras tanto, las demás mujeres todo lo acomodaban y se instalaban. Los niños y ellas se bañaron, comieron algo y se acostaron para un breve descanso. Lola y Márgara se montaron en sus caballos a recorrer los campos, reunirían a los peones para que ellos a ellas de todo informaran y, ellas a ellos, les pagaran. Cuando iban a mitad de camino, detuvieron la marcha, miraron hacia atrás y quedaron embelesadas… los Araguaneyes estaban reventados en flor, era quince de Marzo, y en esa época el campo se teñía del más brillante amarillo. La copa de los árboles y el suelo, parecían estar vestidos del mismísimo Sol. Era una visión espectacular, casi mágica… como la imagen de Lola montada en su zaino, el semblante apacible y con una sonrisa extraña… que solo Dios se atrevería a dibujar! Las dos hermanas se miraron en silencio y, sin decir una sola palabra, continuaron su camino a lo largo del río “Quebrada Ancha”… solo faltaban dos kilómetros de recorrido para llegar donde los animales pastaban; allí encontrarían a los peones, en sus faenas de esa mañana.

Ana Margarita.-

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LOLA Y SUS ENREDOS: ( XVI ) EL DÍA SIGUIENTE



LOLA Y SUS ENREDOS: ( XVI ) EL DÍA SIGUIENTE

Poco a poco, a su cauce volvieron las aguas. Don Antonio, Don Mario y Don Federico al hospital fueron llevados; no tenían gran cosa, fue más la bulla que el daño causado… pero allí pasaron la noche, bien atendidos y descansados. Los niños fueron acostados y los músicos, y el resto de los invitados, se marcharon. El desorden de la casa fue levantado y antes de que cantaran los gallos…todo el mundo estaba soñando.
Lola abrió los ojos y el primer pensamiento que vino a su mente fue el susto que se pegó cuando vio a Antonio en el piso tirado. Lo creyó muerto y con su muerte los latidos de su corazón se paralizaron. La angustia volvió a posesionarse de ella: Y si era un aviso del destino para que a él no se acercara, porque de lo contario, se lo arrebataba? Sería verdad eso del hechizo de que todo hombre que a ella amara… moriría sin que a la muerte burlara? Sus ojos se llenaron de lágrimas, si Antonio muriese… los latidos de su corazón el sentido perdiesen! Por su mente pasaron muchos recuerdos. Se acordó del momento en que lo conoció y como de él, perdidamente, se enamoró. También recordó cuando él de su lado se apartó… y de sus matrimonios con Juan y Fernando, y de cómo –algunas veces- estando con ellos… en Antonio pensó. Su corazón se puso chiquito, literalmente se encogió. Este fue el inicio de una triste historia… que mal final vio.
Con mucho desgano se vistió y al cuarto de sus hijos se dirigió. Entró, primero, al de los varones. Estaban profundamente dormidos, uno a uno arropó y besó. En el cuarto de las niñas, las cosas no eran diferentes; quitó lazos y flores de las cabecitas y también zapatillas. Cuando fue a arropar a Anita, se sorprendió encontrarla despierta. Se sentó junto a ella y le acomodó -en la almohada- su cabecita.
- Mami, me gustó mucho tu fiesta, fue más divertida que la piñata que le hiciste a Carolina Isabel. Cuando sea mi cumpleaños… invita a tus amigos, me parecen muy divertidos… cómo he jugado y he reído!- dijo la niña con una sonrisa, casi perdida en un gran bostezo, dándose media vuelta , quedándose dormida. Lola salió de la habitación con un amargo sabor en la boca. Se sentó en el rellano de la escalera, tapando su rostro con sus manos para ahogar el llanto. No podía quitarse de la mente la imagen de su amado… pálido e inerte; Lola entraba en depresión… una tan grande, que la encaminaba a la muerte.
Como pudo, se puso de pie y siguió escaleras abajo, hasta la cocina. Desde allí, por una de las grandes ventanas, divisó a su madre y hermanas; también a su madrina –Doña Matilde- que como huésped de la casa estaba… y, como siempre, fumaba. Al verla, le hicieron señas con las manos, saludándola y llamándola. Lola se les quedó viendo, sin ninguna expresión en la cara. No tuvo ninguna intención de acercárseles, pero Doña Teresita -la empleada más antigua de la casa, era la Ama de Llaves y anteriormente, su nana- con agudeza la observaba.
- Mi niña, desde que naciste no me he apartado de ti… se que algo te pasa. No entiendo que es, pues… lo de Don Antonio, solo fue una metida de pata! – dijo esto soltando una ligera carcajada. Era una vieja mujer, jovial y amorosa, a quien Lola adoraba. Sin embargo, ni eso le hizo cambiar de actitud. Lola nada expresaba, estaba ausente… el juego macabro de su inconsciente, ya su mente dominaba. Doña Teresita se quedó alarmada, esa no era su niña… no, absolutamente para nada. Omitiendo la descortesía de Lola, se le acercó a ella y le pasó el brazo por la espalda, le dio media vuelta y -a empujoncitos- la llevó a la terraza, para que se sentase con su madre y hermanas. Separó la silla de la mesa y –casi obligada- sentó a Lola en ella, pero en ningún momento levantó la cara, ni saludó a las mujeres que allí se encontraban.
Doña Ana, sorprendida, por demás preocupada, miró a su prima y a sus hijas, dibujando una mueca en la cara… como preguntando: Y a ésta que le pasa? Doña Matilde no decía nada, pero también estaba preocupada. Lola era la chispa que encendía la casa… y hoy estaba apagada. Ana Isabel estaba conmovida, a su hermana veía rara y eso la asustaba.
- Lola, en qué momento vamos a visitar a Antonio? Debe estar extrañado de que a esta hora aún no lo hayas ido a ver?- le preguntó Irene Margarita, para ver si la sacaba del trance en el que se encontraba. Pero Lola, quien con las manos la taza del café sujetaba, de inmediato no dijo nada. Por el contrario, su silencio fue roto por un taca, taca, taca , taca, taca… era la taza que con el plato chocaba; las manos de Lola temblaban. De nuevo, empezaron las quijadas a trabajar, estas se abrieron -de tal modo- que parecían collares guindando en el pecho de las damas.
- Hermana, qué te pasa? Te estoy hablando, por qué no me respondes?- insistió ella.
- Márgara, mañana es día de paga… voy a ir con los niños, a pasar unos días, quizás unas semanas…- le contestó Lola, sin dirigirle la mirada.
- Y Antonio?- volvió a insistir la hermana.
- Qué pasa con él, no es que está bien? Cual es el apuro? Lo podré ver cualquier día… ni que el mundo se acabara!- aquí si le habló viéndole directo a los ojos… pero vacía estaba su mirada. Se levantó con furia y solas las dejara. La madre reventó en llanto y Matilde la consolaba.
- Madre, no te angusties… Lola pasó un gran susto anoche, quizás aún no se repone.- le dijo Márgara a su madre, mientras sus manos besaba. Dio instrucciones a Teresita y a Ana Isabel para que dispusieran todo; iría con los niños y su hermana… en el viaje averiguaría, lo que a Lola le pasaba. Todo se puso en movimiento, como si de una conspiración se tratara.

Ana Margarita
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NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google. Se observan letras manuscritas ilegibles. Se desconoce autor o propietario.

sábado, 5 de marzo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( XV ) LOS GRITOS, LOS LLANTOS, UN SOLO DOLOR.





LOLA Y SUS ENREDOS: ( XV ) LOS GRITOS, LOS LLANTOS, UN SOLO DOLOR.


Don Antonio permanecía en el suelo, tratando de agarrar compostura. Se levantó con prisa y con prisa trató de vertirse, cayendo, no una, sino cuatro veces más… no tenía práctica en eso de acicalarse corriendo. Cada vez, un gran dolor, las rodillas las tenía peladas y el pene, en cada caída, en el suelo enterraba; lo que le había hecho Lola… eso no se lo perdonaba!
Lola llegó a la casa, toda despeinada, sudada y con cara de espanto. Juan y Anita, los hijos mayores de ella, cuando la vieron… quedaron paralizados. Dejaron el relajo que tenían y guardaron orden de inmediato; los niños no olvidaban la amenaza de su madre: se portaban bien, o se iban para el cementerio o el orfanato!
Lola se abrió paso entre las mujeres, que rodeaban a sus hijas llorando. Las abrazó y examinó, para ver si lastimadas estaban… pero no, sanas se encontraban. Al ver a su madre, de inmediato se calmaron, se abrazaron a ella y todas la besaron. Se hizo un dulce silencio y la paz volvió a los invitados. Lola observó a su derredor y vio como Don Mario y Don Federico yacían en el piso ensangrentados; también vio sillas, manteles, vajilla y restos de comida por todos lados regado. Dirigió de inmediato su mirada hacia su padre y luego hacia Doña Matilde, quienes se hacían los pendejos, volteado para otro lado. Buscó, entonces, con la mirada a su madre, quien le hizo una mueca, señalando al momento –con el índice bien derecho- a su marido y a su prima… los acusó, con absoluto desparpajo!
Lola fue directo a donde ellos se encontraban, se les acercó por las espaldas y les dijo, en voz baja, pero muy brava:
- Después que ponga orden en este desastre que han causado, hablaré con ustedes muy seriamente; y rueguen a Dios que los patiquines se encuentren bien y no nos pongan una demanda, ni que mi primo Carlos quede con resentimiento… hasta cuando van a seguir con esta jodedera? Carajo, a ver si maduran!- Apenas Lola les dio la espalda, le hicieron mofa y rieron en silenciosa carcajada. Ellos pensaron que Lola de la vida no sabía nada: fiesta sin peleas y trastadas, no es fiesta ni es nada! Don Luis prendió un habano y se lo dio a su comadre, luego prendió otro para él; se lo fumaban con una cara de satisfacción, que juro, nadie les ganaba!
Lola también arremetió contra el Párroco, que sentado estaba junto a los acusados.
- Con usted también es la vaina, Don José, con eso de que existe el acto de constricción y la absolución… peca y después se queda como si nada! Lola se fue directa a la cocina y salió con todos los empleados, dando órdenes de que recogieran todo lo tirado y que sirviesen de nuevo las mesas, para que comiesen y bebiesen todos sus invitados. Los músicos, viendo la furia de Doña Lola, la cumpleañera, sin esperar orden alguna… de inmediato empezaron a tocar, música suave, para que todos se relajaran. Cuando, por fin, la paz y la calma reinaban, hizo aparición Don Antonio, que detrás de Lola marchaba. Tenía la camisa desabotonada, los pantalones rotos y lleno de tierra en sus ropas, en su cara, en su pelo… hasta las orejas las tenía tapiadas! Estaba pálido y sudoroso, en su rostro un profundo dolor se reflejaba; tenía la mano puesta en el pecho, como si algo le aprisionara… dejó salir un grito desgarrador y al suelo se desplomó. Todos los que allí estaban, volvieron a aflojar la mandíbula… que ya, casi, la tenían adiestrada y pensaron, muy para sus adentros: Ah! De Lola… este es el cuarto muerto; pobre Don Antonio… ni siquiera tuvo tiempo de dejarle un retoño!
Lola, al ver aquella patética escena, donde su amado al suelo caía muerto… sintió que el mundo se derrumbaba y antes de entrar en un ataque de histeria, por la cual del lugar tuvo que ser sacada, le reclamó a Dios:
- No es justo mi Señor… ni siquiera hubo tiempo de ponerlo adentro!
Las mujeres socorrieron a Lola y se la llevaron a su aposento, con gritos y llantos de descontento. En el salón, El Párroco y Don Francisco, el padrecito, se acercaron a Don Antonio y determinaron que el muerto… no estaba muerto! Así que se dispusieron a impartirle el Sacramento de la Extremaunción. En eso, Don Antonio recobró el conocimiento, viendo que todos encima de él estaban y que los curas, prácticamente, el santo sepelio le daban y de vaina… lo enterraban; con cara de susto y con mucho enojo- por haberle dado un apresurado certificado de defunción- agarró a Don José por la sotana, susurrándole al oído:
- Si usted sigue con esta pendejada, me olvido que es un cura y que yo tengo la pierna fracturada; le propinaré una golpiza… que será a usted, a quien el cura Don Francisco una misa de difuntos le oficiará mañana- dicho esto, Don Antonio, del dolor, se volvió a desmayar.
Todos los invitados, del contento- a sabiendas que Don Antonio no había muerto- sus mandíbulas –en su lugar- volvieron a colocar y la orquesta… música alegre empezó a tocar!

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google. Se observan letras digitales, se presume autor o propietario; a él el mérito y derechos que correspondan.

LOLA Y SUS ENREDOS: (XIV) LA ESCAPADA




LOLA Y SUS ENREDOS: (XIV) LA ESCAPADA

Estaban todos sentados en los lugares que le correspondían. De la cocina empezaron a salir los empleados con la comida. Lola miró a su padre y luego a su madrina, Doña Matilde; ella, de inmediato, captó de lo que se trataba… solo tardó unos segundos para resolver aquella charada. A sabiendas del huracán que se avecinaba, metió la mano bajo la mesa y toco –suavemente- el muslo de Don Antonio, quien de inmediato volteó a mirarla. Lola –muy discretamente- le hizo una seña con los ojos.
- Ahora? – le preguntó él al oído, asintiendo ella con la cabeza.
Mientras todos estaban distraídos con el servicio de la comida, ella y su amado se retiraron de la mesa como dos fantasmas… sin ser vistos ni levantar ningún comentario sobre nada. Márgara los observaba; ella conocía de los planes de amor de su cuñado y de su hermana: Ana Isabel y ella se encargarían de los niños, para que ellos se amaran.
Los dos tórtolos salieron al jardín, tomados de las manos. Se escabulleron por uno de los senderos… el que daba al campo de jazmines y trinitarias. Voltearon hacia atrás y vieron como de las luces se alejaban. Siguieron caminando lento, muy despacio… entrelazados con sus brazos y sus cabezas tocando. Él jugaba con su mano sobre ella: delicadamente la recorría, desde la nuca hasta lo bajo de la espalda, luego la subía hasta los hombros y por el brazo la bajaba… hasta la palma de su mano, muy suavemente, apenas, con las yemas de sus dedos, la tocaba…. y ella se dejaba. Besos dulces iban, besos apasionados venían… uno detrás de otro, sin parar. Llegó el momento en que ya lo único que deseaban era comerse mutuamente; no querían, ni permitirían que esta segunda oportunidad que les daba el destino… les fuera arrebatada. Se miraron y rieron… cada uno sabía lo que el otro quería; sin hablar media palabra, se habían dicho todo. Soltaron el lazo que habían hecho con sus brazos por la cintura; se tomaron de las manos y caminaron apresurados, completamente sonrojados y con una sonrisa como la de la Mona Lisa, a ocultarse -de la vista- en un gran quiosco en la parte trasera del jardín. Allí quedaron semiocultos por las sombras de las trinitarias y de las enredaderas que trepaban por el enrejado; los jazmines su amor perfumaban. Las siluetas estaban iluminadas por la luz de la gran Luna que los acompañaba, era su cómplice. Las perlas, bordadas en el traje de Lola, centelleaban como sus ojos… cuando él la acariciaba.
- Lola, necesito hablar contigo, explicarte por qué aquella vez te dejé abandonada…. En aquél entonces, fui víctima de una infamia y debí enfrentarla- le dijo Antonio, sin dejar de besarla ni acariciarla.
- Por qué no me lo dijiste? Dejaste que de ti mal pensara – le reprochó Lola, muy sutilmente, mientras dejaba que él la tocara.
- Porque prefería que me odiaras a que una sola lágrima, por mí, derramaras…- Lola lo interrumpió, sellándole los labios con sus besos. No volvieron a pronunciar palabra. Antonio se desesperaba, llevaba rato tratando de desabrochar el vestido de su amada. Éste era abotonado en la espalda: botones muy chiquitos, forrados en la misma tela del vestido… pero los ojales eran tipo chino: estaban muy bien asegurados! No llevaba ni uno cuando Lola ya la camisa se la había desabotonado y, los pantalones… por los tobillos le daban. El pobre Antonio, estaba frustrado, hasta que se decidió dejarlo así y meter las manos por debajo de la falda… en vez de quitarlo! Cuando estaban de lo más emocionados, casi encaramados… Lola, que lo besaba con los ojos cerrados, los abrió como si de los faros de una torre se tratara: escuchó, a lo lejos, como si sus hijas gritaran y lloraran.
- Antonio, mis niñas gritan y lloran…- le dijo toda preocupada.
- Lola, por favor… quédate quieta; no, no te quedes quieta… que no te vayas a levantar… por Dios te lo pido, no me hagas esta maldad!- le dijo Antonio, suplicante. Pero Lola solo tenía oídos para loa gritos y llantos de sus hijas que, como un llamado de emergencia, en su corazón retumbaban. Tomó su cara entre sus manos, sus ojos y boca besó… lo miró con dulce desconsuelo y de él se apartó.
- Lo siento Antonio, yo también te deseo; pero este amor que siento por ellas… es superior que cualquier anhelo, nos amaremos en un posterior momento!- le dijo esto al tiempo que se levantaba y bajaba la larga falda de su hermoso vestido; acomodó su largo y rizado cabello y emprendió , casi corriendo, el retorno a casa… en ese momento, le pareció estar demasiado lejos de sus hijas amadas.
Antonio no pudo decir nada, no tuvo tiempo para ello. Si alguien hubiese fotografiado su cara, vería en ella escrito un poema al lamento. Intentó seguirla, sin darse cuenta que los calzones los llevaba a los tobillos, dando un gran tropiezo… de nuevo, estaba en el suelo. Levantó la vista, solo para ver como Lola corría, en el camino desvaneciéndose ; por unos minutos quedó tirado, en el piso… con el alma atragantada y el corazón, latiéndole tan fuerte, que se le salía del pecho.



Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google. Se desconoce autor o propietario.