viernes, 1 de mayo de 2026

"Migajas": Cada palabra que escribo es una migaja de lo que fui… y de lo que aún soy. A veces alguien se detiene, lee, siente… y en ese instante, algo en mí también se eleva.

 

“Cada migaja es un gesto de amor que sigue flotando en el aire.”


Prólogo
“He llegado a un momento de mi vida en que el cuidado ya no tiene un único destino. Y, sin embargo, mis manos siguen buscando a quién dar, como si la costumbre del amor no supiera quedarse quieta.
Este es el texto de cómo, entre migas y silencios, descubrí que aún puedo tocar y ser tocada… aunque ahora nadie me espere en casa.”


No puedo evitar sonreír ante las vueltas de la vida.
Una sonrisa quieta, un poco rara, casi torcida, como si se hubiera quedado a vivir en mi rostro sin pedir permiso.
Una de esas sonrisas que aparecen cuando una aprende a convivir con el silencio… ese que no hace ruido, pero lo llena todo.

Toda una vida diciendo en la mesa:

“no dejen caer migajas al suelo”.

Como si las migajas fueran desorden y no ternura.
Como si no fueran gestos infantiles creando memoria.

Y ahora soy yo quien desmigaja el pan entre los dedos. Manos que ya no son tersas. Manos que no tienen a quién sostener ni a quién acompañar.

Y las dejo caer… las migajas.

Las dejo caer como quien escribe sin pensar demasiado, dejando que las palabras encuentren su propio camino.

Caen sobre el jardín, sobre los senderos húmedos de la tarde, donde el aire huele a tierra viva y a hojas cansadas de sol, sobre páginas en blanco o en pantalla con luz azul.

Y entonces llegan ellas. Las aves.

Algunas pasan ligeras, casi como un suspiro, rozando apenas lo que dejo.

Otras se detienen un poco más, como si algo en esas migajas les llamara sin hacer ruido. No hay prisa en ellas, ni en mí. Solo ese encuentro breve —o a veces más hondo— según lo que se ofrezca y lo que se busque.

Bajan sin miedo, curiosas, como si intuyeran que esas migajas no son solo pan. También son ternura y amor envueltas en letras, palabras. Fragmentos de algo que se desprende de la piel, que se escapa de la mente o del corazón cuando el alma se abre.
Y en ese intercambio silencioso, algo se completa, aunque sea por un instante, con una fidelidad que no exige nada.

Se acercan, picotean, levantan el vuelo, vuelven otra vez.
Y en ese ir y venir siento que algo mío también se mueve con ellas, como si cada palabra dejada en el suelo encontrara un lugar donde posarse.

Y en ese gesto, casi sin darme cuenta, también dejan en mí una luz tibia, algo que me sostiene… y, por momentos, me eleva con ellas.

Como si, apenas, dejara de pesarme el cuerpo y pudiera deslizarme un poco en ese azul que se abre arriba, entre nubes que todavía saben a sueño.

A veces pienso que no alimentan solo el cuerpo.
Tal vez recogen mi paciencia.
Tal vez mi memoria.
Tal vez ese resto de voz que no ocupa lugar en una conversación.
Y quizá ellas también se llevan algo que necesitaban, aunque no sepamos nombrarlo.

Son las guardianas de esta calma rara que me acompaña por las tardes. Una calma que no es paz del todo, pero tampoco tristeza. Se sienta conmigo como una vieja conocida que no necesita explicarse.

Está. Y ya.

Y entonces entiendo —sin decirlo en voz alta—.
Quizá todos acabamos así, dejando migajas. Dejando palabras; dejando señales torpes por si alguien, algún día, decide seguirlas y encontrarnos.

No siempre se trata de llegar, ni de quedarse.

A veces basta con cruzarse


Epílogo

“Al final de cada tarde, cuando el cielo empieza a bajar el tono y el viento se vuelve más lento, las aves terminan de venir y van yéndose poco a poco.

Yo me quedo un rato más.
Miro las huellas que dejan al pasar.

Ya no pienso en hijos ni en nietos esperando una mesa perfecta.

Pienso en el viento que pasa sin preguntar nada.
En el sol que se queda un poco más de lo que debería, haciéndome compañía.

Entonces, llego a comprender, sin dramatismo:
la vida no se guarda.
Se deja, como migajas, como palabras… como pequeñas señales de algo que todavía insiste en existir.”


“Y mientras alguien lea esto, nada habrá sido en vano, no. Habrá sido un roce de almas intercambiando latidos.”


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel