domingo, 27 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (13) LA REFLEXIÓN



“Amor, lecciones y algún que otro moretón: todo en un día típico de los Díaz Robaina.”

Doña Flor salió corriendo detrás de su hermano, logrando alcanzarlo antes de que este diera el gran portazo. Lo agarró por el brazo y le ordenó que se detuviera. Don Carlos la obedecía; era su hermana menor, pero mucho la quería y siempre la defendía por los ataques de la familia, por su comunismo de porquería.

—No entiendo, hermano, por qué golpeaste a esos pendejos; tú, y todos sabemos, que lo sucedido en la mesa son vainas de nuestra madre y de Luis, nuestro tío. Han querido darte una lección que hace tiempo debiste haber aprendido: no se defiende la pobreza, se lucha contra ella. Para acabar con los pobres, no hay que ponerlos a pelear con los ricos, sino ponerlos a trabajar como ellos, para que también progresen… ¡nadie quiere ser pobre! ¿Es que no lo has entendido? ¡De eso, hoy, tú mismo fuiste el ejemplo! —le decía mirándolo fija y dulcemente a los ojos, sin que esa mirada dejase de ser un reproche.

—Claro, claro, eso debe haber sido… ¡y yo como un pendejo he caído! —Don Carlos se desplomó en uno de los muebles del porche de la casa. Apoyó los codos sobre sus rodillas, tapó su rostro con las manos y se echó a llorar como un niño desconsolado. Doña Flor se abrazó a él con un profundo sentimiento de pena hacia su hermano.

—Dime, Carlos, ¿estarías dispuesto a cambiar el rumbo de tu vida y acabar con toda esa ideología barata del comunismo que ha sido para ti, y para el mundo entero, una pesadilla? —se lo preguntó tomándole cariñosamente el rostro con sus delicadas manos.

—Sí, Florcita, estoy cansado de que me traten en todos lados como una mierda… ¡ayúdame, por favor! Ya no soporto tanto fracaso, humillación y vergüenza, necesito ser respetado —lo dijo llorando desconsoladamente, correspondiendo el abrazo de su hermana.

—Entonces, ¡no se diga más! Tengo un plan, que creo no fallará. Vámonos a casa; mañana será otro día y las cosas en tu mente y en tu corazón se aclararán —Se pusieron de pie y, más tranquilos, emprendieron el retorno a su hogar. Don Carlos, por todo el camino, no dejaba de mover las manos; le dolían mucho, tenía los nudillos hinchados, casi a reventar.

Dentro de la casa de los Díaz Robaina… ¡el tema era otro! Todas las mujeres se levantaron de las mesas: unas para calmar y poner orden a los niños, quienes, al ver la pelea entre los hombres, hicieron que todos los varones, y Anita, se pusieran a jugar a los guerreros… ¡haciendo desastres en su mesa y fuera de ella! El resto de las niñas lloraban histéricas; estaban asustadas, nunca habían presenciado una confrontación, ¡menos una como esa! Las otras mujeres socorrían a los patiquines, que tenían las caras ensangrentadas y no terminaban de recobrar el conocimiento. ¡Era un total caos!

Don Luis se quedó sentado en su mesa, fumándose un habano; tenía la mirada perdida, cavilando sobre lo sucedido. Con él estaba el párroco, que continuaba comiendo como si nada; de vez en cuando levantaba la mirada y se reía, pues todo aquello le causaba gracia. También Doña Matilde y su marido… y Doña Ana.

—¿Crees que hicimos lo correcto? —le preguntó Doña Matilde a Don Luis, al mismo tiempo que le quitó el puro de las manos, echándole una bocanada.

—¿Tienes alguna duda? ¡Yo no la tengo! De todos modos… eso lo dirá el tiempo —le respondió de lo más tranquilo, como él acostumbraba.

—Pero estemos claros, Luis, eso de echarle el muerto a aquel par de pendejos ¡no es de cristianos! —acotó el párroco, limpiándose la boca con la servilleta de tela y riéndose del asunto, algo sarcástico.

—No temas, José, si por la verdad murió Cristo, no está demás que esos patiquines se hayan llevado un par de bofetadas; además, para eso fueron creados los mártires, ¿o no? —le contestó Don Luis, justificando su acción en tono igualmente sarcástico.

—¿Bofetadas? ¡Fue un buen par de coñazos! Si algo bueno tengo que decir de mi hijo Carlos es que pelea muy bien ¡y buena fuerza tiene! —intervino Doña Matilde, soltando una carcajada.

—¡Yo creo que se extralimitaron, se pasaron de la raya! —habló Doña Ana, que hasta ahora había permanecido callada. Estaba inquieta, pues hace mucho rato que ni a Lola ni a Don Antonio divisaba. Abandonó la mesa y dio vueltas por la casa, pero nada, no los veía. Se asomó a los jardines y tampoco; los enamorados no estaban. Irene Margarita, a su madre, observaba y se imaginaba el porqué de su preocupación. Se acercó a ella y, abrazándola, le dijo en voz muy baja para que el secreto se guardara:

—Madre, Lola y Antonio se fueron de aquí —eso le dijo, sin agregar más nada.

—¿Cómo? ¿No me digas que por todo el alboroto Lola se fue enojada? —le preguntó con los ojos casi llenos de lágrimas.

—No, madre, para nada… están enamorados; deben andar por ahí, diciéndose dulces palabras, celebrando su cumpleaños, ¡como Dios manda! —la picardía en el tono de voz fue suavizada por una dulce mirada.

—¡Ah! Se escaparon sin decirme nada —exclamó Doña Ana, ya relajada.

—¡Ni tontos que fueran para anunciar su escapada! —dijo Márgara, soltando una carcajada. Se miraron y sonrieron las dos mujeres, madre e hija, al tiempo que miraban al cielo iluminado por una gran y hermosa luna llena, imaginando las escenas de amor que esta alumbraba como silenciosa cómplice de aquellos que se amaban.

“Moraleja: a veces un buen coñazo enseña más que mil discursos.”


sábado, 26 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (12) EL COMUNISTA Y LOS PATIQUINES





“Amor, fiesta… y un comunista que aprendió por las malas.”

Don Luis se encontraba tranquilo y relajado, pues su adorada hija estaba completamente feliz al lado de su amado. Se había retirado a fumarse un habano en uno de los corredores del patio, en un lugar poco alumbrado. Allí repasaba su plan de aleccionar a Don Carlos Domínguez Robaina, sobrino de su mujer, hijo de su comadre Matilde. Era un hombre grandulón, muy alto y fornido, pero ¡era un comunista! En toda su vida no había hecho nada sino criticar a los que lograban algo, vivir a costilla de los demás y viajar por los países de radical izquierda, financiado —claro está— por el partido comunista. Mientras hacía esto, no podía dejar de observar que Don Mario y Don Federico le pisaban los talones a Lola y Don Antonio; algo tramaban ese par de pendejos y no les iba a permitir que estropearan el amor de ellos.

Estos dos eran unos buenos para nada; estaban allí —en esa fiesta familiar— por puro compromiso. Eran unos burgueses por herencia y no por méritos propios. Bien vestidos, de buen hablar y de refinados modales, pero sin nada bueno que aportar: ¡eran —simplemente— unos patiquines! De repente, la sonrisa de Don Luis se amplió de oreja a oreja; habría de modificar el plan inicial que tenía en la cabeza: incluiría a Don Mario y a Don Federico para que ellos también aprendiesen la lección. Hizo discretos ademanes con las manos llamando la atención de Doña Matilde, quien acudió de inmediato; desde niños eran cómplices en todas sus fechorías.

Se estuvieron susurrando al oído, acordando lo definitivo entre risas y carcajadas. Doña Ana, quien se ocupaba de que en el agasajo todo marchara, estaba sentada en un sillón acomodando en la cabellera de su nieta menor un listón. Disimuladamente observaba a su hermana y a su marido; sabía que en algo andaban, pero no se preocupaba, solo la intriga la embargaba. Los conocía bien y sabía que maldades no hacían: eran de nobles sentimientos. Si algo les entretenía era impartir buenas lecciones; eran un par de justicieros. Ella sonreía, como siempre, y llegado el momento les seguiría la corriente para ayudarlos a ejecutar el plan de manera consciente.

En el gran patio central de la casa se dispusieron tres grandes mesas. Una, donde se sentaron los hijos de Lola, los nietos de Doña Matilde, los de Doña Sofía y los hijos de los empleados que con ellos vivían y, por supuesto, las nanas —¡sin ellas se armaría las de San Quintín! —. Era la mesa más vistosa y alegre; todos la miraban y estaban admirados.

Una segunda, donde se sentaron Don Carlos y sus dos hermanas, Don Mario, Don Federico, Doña Cándida y su marido, y el curita Don Francisco, acompañados por las anfitrionas: Irene Margarita y Ana Isabel.

Y en la tercera, Lola y Don Antonio, los padres de él y sus dos hermanas —una de ellas con su esposo—, el párroco Don José, Doña Matilde y Don Carlos Emilio, su esposo… y, por supuesto, los anfitriones Doña Ana y Don Luis, quien no podía ocultar su sonrisita de tramposo. Las mesas estaban servidas con finas porcelanas, cristalería y cubertería de plata. Empezó el movimiento. Desde la cocina los empleados traían bandejas repletas de esos alimentos que hacen memorable cualquier evento.

Fueron sirviendo, uno a uno, a todos los comensales en las mesas dispuestos, dejando para lo último a Don Carlos… el comunista, quien ya se estaba impacientando y no disimulaba su descontento. Llegado el momento de servirle, dos empleados se le acercaron: uno retiró los finos platos, copas y cubiertos, mientras el otro le servía —en vajilla ordinaria de peltre abollado— frijoles, carne guisada y patatas, con un vaso rústico lleno de vino preparado en casa. Todos en esa mesa se quedaron perplejos, tratando de que las mandíbulas no se les cayeran… ¡ni los ojos de sus órbitas se les salieran! Don Carlos, evidentemente molesto por la discriminación de la que era objeto, reclamó a los sirvientes por tal insolencia. Ellos, totalmente impávidos, manifestaron seguir instrucciones expresas.

Era obvio para Don Carlos que las mismas debían provenir de los anfitriones; por lo que, retirando su silla —con gran estruendo— se dirigió a la mesa de Don Luis, quien lo esperaba evitando sonreír. Don Carlos se le apostó enfrente, con las manos en la cintura, denotando su enojo por lo que él consideraba una afrenta.

—¿Qué significa esto, tío? —le inquirió muy molesto.

Don Luis, con toda la paciencia que le caracterizaba, se le acercó y le susurró algo al oído; inmediatamente dirigió su mirada hacia Don Mario y Don Federico, quienes, como buenos chismosos, estaban pendientes de ellos. Don Luis alzó la mano saludándoles y aquellos, por pendejos, correspondieron.

—¿Ves? Como te dije, la idea fue de ellos. Querían hacerte honores, que fueras servido según tus ideales, como un proletario, y que no fueras ofendido al ser atendido como un banal burgués —dijo esto muy serio y en bajísima voz, con el entrecejo fruncido, como si se tratase de un secreto.

—¡Ah! ¿Así es la vaina, de eso se trata? Ya aprenderán, ese par de rufianes, lo que es meterse con un Domínguez Robaina —dijo esto en alta y clara voz, al mismo tiempo que se regresaba, furibundo, a la mesa donde le habían asignado su puesto, y a los patiquines también. Agarró su silla y la echó a rodar; de un solo halón tiró del mantel, desparramándose todo lo habido sobre la mesa por el suelo. Los que allí se encontraban, instintivamente, se pusieron de pie para salvarse de ser salpicados por aquella confrontación. Don Carlos arremetió primero contra Don Federico, que se encontraba a su izquierda, metiéndole un derechazo; luego, contra Don Mario, a su derecha, metiéndole un izquierdazo. Fueron tan fuertes los puñetazos que ambos salieron disparados a varios metros de distancia, quedando inconscientes.

Don Carlos se sacudió las manos y se sobó los nudillos; era señal de que le dolían. Con la misma velocidad con la que golpeó a los patiquines, salió del lugar dando un gran portazo, no sin antes ser alcanzado por una de sus hermanas. Detrás de ellos solo se oían la gritería y el llanto de los niños y, también, de algunas mujeres. Lola y Don Antonio no presenciaron este espectáculo, pues en un descuido de sus padres y del resto de los invitados ¡para otro lugar escaparon!

“Don Carlos descubrió que ser comunista en casa de Lola… ¡no paga!”


viernes, 25 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 11 ) DON ANTONIO


LOLA Y SUS ENREDOS: (XI) DON ANTONIO

“Cuando Lola y Antonio se encuentran, ¡hasta las escaleras conspiran!”

Don Antonio, el amor de Lola, la esperaba al pie de la gran escalera que daba al piso superior, por donde bajaría ella. Había llegado temprano y, a pesar de que la noche era fresca, sudaba como un condenado. La ansiedad era su enemiga; su temor al rechazo, un mal consejero. No se movía de ahí; sabía que Don Mario Landaeta y Don Federico Aristimuño estaban al acecho de su amada. Por nada del mundo cedería —de nuevo— el lugar que deseaba y creía corresponderle: al lado de ella. Pedía a Dios que Lola pronto apareciera, de lo contrario, el tortícolis lo incapacitaría para el resto de su vida.

De repente, los violines empezaron a tocar y todos dejaron de hacer lo que estaban haciendo; se voltearon hacia las escaleras y miraron hacia arriba, guardando absoluto silencio. Aparecieron los niños —como en un cortejo— seguidos de Lola y su padre, todos sonriendo.

—¡Oh! —se escuchó la exclamación en todo el salón.

Los niños bajaron primero. Los varones estaban vestidos con frac negro, camisas blancas, fajines y corbatines en azules diferentes; las niñas con tonos pasteles: rosa, azul celeste, salmón y malva… con finas telas bordadas y faldas esponjadas con tules, dando la sensación de que flotaban en el aire como mágicas hadas. Llevaban fajines —al igual que sus hermanos— pero con lazos a la espalda, en fino y brillante satén.

Lola, la cumpleañera, llevaba un vestido largo, muy ceñido a la cintura y a las caderas, ampliándose hacia las piernas. Era de fina seda de la India, azul turqués; bordado el corpiño con hilos de plata y perlas. El escote era atrevido, dejando sus brazos, hombros y pechos lucirse sin mezquindad alguna. Salvo las perlas en lágrimas que pendían de sus orejas y el anillo, también de perlas —formando un corazón— que le regaló Antonio antes de marcharse aquella vez, no usaba ninguna otra prenda. Tenía el cabello peinado con una sola crineja hacia un lado, dejando la espalda descubierta. ¡Estaba radiante como una estrella!

Don Antonio, al verla, quedó hechizado y, sin pensarlo dos veces, subió hacia donde estaba ella. Pero su nerviosismo lo traicionó: peló un escalón y de rodillas cayó.

—¿Ah? ¡Uy! —la gente, nuevamente, exclamó al verlo dar el tropezón.

Lola, preocupada por su amado, quiso ir donde él, enredándose con la falda… ¡cayendo al piso también! Esta vez no hubo exclamación alguna, pero se escuchó un extraño silencio, como si la gente contuviera la respiración, esperando a ver que Lola se levantara.

Ella y Antonio quedaron cerca el uno del otro; se vieron las caras y soltaron la gran carcajada. Estaba destinado que el amor de ellos marchara, de tropiezo en tropiezo. Se levantaron con tranquilidad y elegancia, se tomaron de las manos y se dieron un tierno beso, tan tierno como las miradas que se echaron. Fue entonces cuando los invitados exhalaron el aire que tenían retenido —¡ya estaban casi morados! —, se rieron con ellos y también los aplaudieron.

Don Mario y Don Federico, que al principio se alegraron del incidente, al percatarse de que al final resultó un hecho afortunado para Don Antonio, se echaron unas miradas cómplices como si tramaran algo malo. Esta mala vibración no pasó por alto Don Luis, quien —desde ese momento— no les quitaba la vista de encima.

Los violines, las flores y el jardín con luces y guirnaldas que los padres de Lola idearon con gran esmero, para crear una atmósfera romántica y propiciar entre ellos el encuentro, resultaron en vano. Lola y Don Antonio nada de esto percibían. ¡El amor de ellos renació a primera vista y nada ni nadie —para bien o para mal— lo alteraría! Esto agradó a los padres, pues si el objetivo se había cumplido, ellos podrían relajarse y disfrutar del festejo.

Don Luis, más que nadie, se benefició del asunto; así podría llevar a cabo su plan de joder al comunista infiltrado en complicidad con Doña Matilde, comadre de él y madre de aquél, quien una lección debería aprender. Así empezó esta fiesta; mucho aconteció en el transcurso de ella, tanto, que la gente —mucho tiempo después— aún lo comentaba. ¡Claro, de la vida de Lola se trataba!

“Moraleja: si el destino pone escaleras, ¡sujétate de la mano de quien amas!”


LOLA Y SUS ENREDOS: ( 10 ) EN LA VÍSPERA


        














 

 “Preparativos perfectos, caos inevitable… ¡es Lola!”

Lola se quedó pasmada; no podía creer la eficiencia del padrecito. Todo fue rápido y se fue apresurado. ¡Qué diligente era! Eso la dejó tranquila. Ella se encontraba libre de culpas; de lo contrario, la penitencia habría sido más pesada. Se quedó en el confesionario arrodillada, rezando los Padres Nuestros y el Ave María que Don Francisco —el padrecito— le encargara. Se puso de pie, se enderezó y salió como toda una santa, libre de culpas y pecados. Ya anochecía.

Al llegar a la puerta principal, se volteó hacia el altar, se arrodilló y se persignó, dando las gracias a Dios y a la Santísima Virgen por haberle dado una vida tan privilegiada. Camino a la casa de sus padres, vio de lejos la funeraria: estaban velando a Don Clemente, apenas ella se reponía del susto. A pesar del cariño que le tuvo… ¡ni en retrato quería verlo! Allí, sabía ella, se encontraban sus padres en representación de la familia; no deseaban que Lola fuera, para que no sufriera disgustos o alguna pena.

Al entrar por la puerta, los niños se abalanzaron sobre ella. No la habían visto en todo el día y la extrañaban sobremanera.

—Madre, nos probamos nuestros trajes para tu fiesta, nos quedaron muy bien y nos gustan; parecemos unos príncipes… ¡como tú nos dices! —le dijo Juancito, el mayor, mientras se abrazaba a ella.

—Estoy segura que así es; de cualquier manera… ¡siempre mis príncipes y princesas serán! —dijo ella con entusiasmo y alegría, sentándose en el sofá y dejando que todos se le encimaran, con la acostumbrada algarabía.

—Lola, ven conmigo —le dijo Márgara halándola del brazo— tienes que ver los trajes… ¡Doña Cándida hizo maravillas!

Subieron con pasos apresurados a la antigua habitación de Lola. Sobre la inmensa cama y los muebles se encontraban los trajes de ella y de los niños… ¡eran espectaculares! Lola no dejaba de ver y tocar los trajes, en especial los de las niñas… ¡toda una monada! Había acertado en la escogencia de las telas y sus colores, nadie lo esperaría… ¡jamás! Estaba muy contenta; el susto y la preocupación quedaron en el olvido, así lo creía ella.

Márgara le informaba que todo estaba dispuesto para el festejo de su cumpleaños. Lola y los niños dormirían esa noche allí; ¡mañana sería un día muy agitado, aunque no más que el corazón de Lola, que solo latía por y para Antonio!

Llegó el día tan esperado por la familia: Lola se encontraría con su amado después de largos años. Tenían esperanzas de que se casaran y que este marido le durara más que Juan y Fernando… ¡Que Dios los tenga en su Santa Gloria!

En el hogar de los Díaz Robaina, todo era un ajetreo. De todo había que ocuparse; querían que todo quedara perfecto. Todos andaban de aquí para allá, cada uno estaba encargado de algo y, aun así, siempre algo estaba pendiente de resolverse. Almorzaron tarde; después todo quedó en calma. Se hizo el silencio, reinó la paz… ¡todos tomaron la siesta!

Poco a poco se fueron despertando, la casa recobró vida y un extraordinario esplendor, y se llenó de flores. Los jardines adornados con luces y guirnaldas; las mesas con manteles de hilo y servicio de cristal y plata. Los músicos se alistaban. La cocina expedía las más ricas fragancias. Todos estaban listos y muy acicalados. Lola y sus hijos, en sus aposentos, se guardaban. Sus padres y hermanas recibían a los invitados… ¡ya pocos faltaban! Pero los principales ya estaban allí, desesperados por verla.

Don Luis subió a avisarle a Lola que debería alistarse; pronto tendría que hacer su aparición. Al abrir la puerta, encontró a su hija de pie, rodeada de sus hijos; así, listos como estaban, parecía ella una joya en el centro de un mágico ramillete. No pudo disimular su amor y admiración: no solo era bella y amorosa, era una mujer de temple y fervorosa… ¡su hija preferida!

—Hija, llegó el momento. Haz que tus hijos salgan, tal como lo planeado, tú detrás de ellos —le dijo su padre, besándola con aparente voz calma, porque estaba nervioso. Con Lola nunca se sabía qué sucedería; ¡era parte de su encanto!

—¿Estoy algo nerviosa… ya llegó él? —le preguntó Lola, correspondiéndole el beso.

—Sí, hija. Si te sirve de consuelo, él está peor que tú; ¡es un manojo de nervios! Llegó hace rato y se apostó al pie de la escalera, como cuidando que ningún otro hacia ti se abra paso —dijo riendo. Se enganchó del brazo de su hija y se dispusieron a salir del aposento para darle la bienvenida a sus invitados y compartir con ellos ese gran día, ese gran evento: el reencuentro de dos enamorados ¡perdidos en la distancia, el silencio y el tiempo!

“Moraleja: siempre revisa los trajes… y los corazones.”

jueves, 24 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 9 ) EL CURA





“El confesor más joven, y el caos más viejo.”

Lola estaba realmente preocupada. No podía obviar su intuición; ésta le decía que algo sucedía. No era simple casualidad que tres hombres, bien conocidos y queridos, fallecieran cerca de ella en circunstancias tan similares. Algo sucedía, y lo descubriría. No pasaba por su mente vivir el resto de su vida bajo murmuraciones y temores innecesarios. Lo dicho por Doña Rosaura, la bruja, le impresionó más de lo que había imaginado. Era cierto que se asemejaba a la realidad, pero no necesariamente era la verdad. ¿Sería una simple casualidad o cosas del destino? No lo aceptaba como una profecía fatal. Sabía que acudir a echarse las cartas no estuvo bien; para nada. ¡Era contrario a sus creencias religiosas, a su fe! Esta era su principal causa de perturbación; las habladurías estaban quebrantando su confianza en sí misma y sus convicciones, y eso era… ¡totalmente inaceptable!

Como Ana Isabel estaba a cargo de los niños, según lo acordado, Lola disponía de entera libertad para hacer lo que debió haber hecho desde un principio: si algo “extraño” sucedía, el más indicado para guiarla y ayudarla era Don José, el párroco. Se bañó y vistió más rápido de lo que canta un gallo y, en cuestión de minutos, ya estaba en la iglesia, prácticamente al cruzar la calle.

Vestida apropiadamente y con una mantilla sobre la cabeza, Lola entró al sagrado lugar. A esa hora, la iglesia estaba completamente vacía, envuelta en una atmósfera mística. La dorada luz del sol del atardecer hacía que pareciera cubierta de oro. Esa misma luz atravesaba los grandes vitrales multicolores, esparciendo destellos mágicos por todo el recinto. ¡Ah! Las llamas de las velas encendidas semejaban estrellas titilando en el firmamento. ¡Qué paz sentía allí! Ciertamente, era su lugar preferido, más que la cocina y la alcoba. Las sensaciones que esa estancia le brindaba… ¡no tenían comparación con nada!

Don José la vio nacer y le impartió los sagrados sacramentos. Ofició, también, las misas de sus difuntos abuelos y maridos. Lo buscó, pero no lo encontró por ningún lado, así que se dirigió a la casa parroquial, anexa a la iglesia. Lo llamó en voz alta, pero nada apareció. Se sentó a esperarlo en una de las bancas del patio central; todas ellas eran de mosaicos pintados, tan coloridos como los vitrales. Desde ahí podía ver cuando Don José llegara por la entrada del corredor principal. Piaban las aves, olía a jazmines y también a rosas. Estaba fresca la tarde y se sentía maravillosa. Aquel lugar la relajaba y la llenaba de la paz que necesitaba.

Distraída en sus pensamientos, fue sorprendida por un joven y apuesto cura.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo servirla? ¡Ah! ¿Es usted Doña Lola? —le dijo con amabilidad Don Francisco, un sacerdote recién ordenado. Le explicó que el párroco, Don José, se encontraba en la residencia del arzobispo discutiendo no sé qué asuntos. En su lugar había quedado él encargado de la parroquia hasta que regresara.

—¡Ah! Entiendo… qué mala suerte la mía. Necesitaba hablar urgente con él para que me sirviera de guía. Usted no me puede ayudar, no me conoce… ¡mi larga historia le tendría que contar! —le explicó Lola con cara de lamento.

—Por eso no debe preocuparse. Don José me contó todo lo necesario sobre sus feligreses, para que yo pudiera ayudarla —mientras le hablaba, el joven sacerdote veía extasiado a Lola, como una aparición celestial. Su belleza estaba envuelta en una dulce sensualidad. Su voz era clara y firme, melodiosa y rítmica como la cadencia de una marcha militar, ¡agitando los latidos del corazón a su compás! Su mirada era intensa, de esas que penetran hasta el alma. Solo verla… ¡ya era un pecado! Notó —avergonzado— que algo bajo su sotana se agitaba. En conciencia de la emoción que lo puso indispuesto, hizo corrección inmediata: tomó control de sus pensamientos y emociones. ¡Eso creyó él!

—Doña Lola, sus confidencias las oiré en el confesionario; así será un secreto de guardar, ¿le parece? —No le dio oportunidad a Lola de contestar. Se puso en marcha, directo al confesionario. Necesitaba poner distancia entre ese ángel y él… ¡o sería su perdición! Lola lo siguió sin chistar.

Se arrodilló y empezó a hablar. De vez en cuando Lola callaba, pues le parecía escuchar —dentro del confesionario— unos golpeteos, como los que suenan cuando ella da palmadas a sus hijos para que se calmen y guarden compostura. Pero, como después se hacía silencio de nuevo, ella continuaba con sus cuentos.

—Que te quedes quieto, carajo, que la cosa no es contigo, ¡qué vaina! —exclamó el padrecito todo alterado, sin poder evitar que Lola le escuchara.

—¿Qué? ¿Qué dijo, padre? —le preguntó Lola, toda extrañada, pues no comprendía nada.

—¡Nada! Es que aquí he pillado un ratoncito que no se queda quieto y ya me tiene nervioso. Oiga, Doña Lola, no se preocupe —le decía el padrecito algo inquieto—. Nada sucede sin que lo sepa y perdone Dios. ¡Lo de usted es pura mala suerte! Si algún pecado tuviera, yo la absuelvo de inmediato. Como penitencia le impongo tres Padres Nuestros, un Ave María y una obra de caridad para el orfanato. Dicho esto, la bendijo y salió del confesionario… ¡como alma que lleva el diablo!

Ya en la calle, el cura Don Francisco —con el aire fresco— se sentía más aliviado. Si la sotana fuera de hierro… ¡por todo el pueblo se hubiesen escuchado las campanadas! El viejo párroco, Don José, nunca supo lo afortunado que fue. Si él hubiera estado ahí en ese momento —en vez del joven Don Francisco— otro hubiera sido el cuento, y Lola tendría en su haber, quizás, ¡el cuarto muerto!

“Advertencia: confesarse frente a Lola puede alterar el pulso… y la sotana.”


miércoles, 23 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 8 ) LA BRUJA







LOLA Y SUS ENREDOS: ( VIII ) LA BRUJA

Todos se encontraban reunidos esa noche en casa de Lola. Sus padres y hermanas se acercaron hasta allá, luego de enterarse de lo sucedido a Don Clemente. Las hermanas estaban tranquilas y disimulaban la risa que el suceso les provocaba… con todo el respeto debido al difunto. En cambio, los padres si se mortificaban, pensaban que tal hecho podía afectar la estabilidad emocional de su hija; qué equivocados estaban, Lola… como si nada!

- Qué quieres que te diga padre? Yo solo fui a llevarle unos presentes a Don Clemente… de lo más decente! Cómo iba a saber yo que al anciano le iba a dar un infarto de repente? Ni que yo fuera bruja… no faltaba más! - Lola dijo esto indignada, porque el muerto se lo querían adosar… esa deuda no era suya y no la pensaba pagar!
Cuando Su hermana mencionó la palabra “bruja”, Irene Margarita miró a Ana Isabel; ambas se levantaron y se fueron a cuchichear a otro lado.

- Sabes hija –le dijo Don Luis a Lola- pronto los partidos demócratas tendremos una reunión con los de izquierda, algún asunto con nosotros desean tratar. Nos invitaron a un almuerzo… no querrías venir conmigo Lola? – le dijo muy serio.
- Prefiero comer migajas en la mesa de Dios, que darme un banquete en la mesa del diablo! Ni loca voy, no cuentes conmigo padre -le contestó algo indignada Lola. El padre reventó en carcajadas y la tranquilizó.
- Solo es una broma, por nada del mundo llevaría a mi tesoro a la boca del lobo. Solo imaginaba que, de ser cierto lo que dicen de ti, los vería caer muertos a todos de un solo trancazo… qué maravilloso sería eliminar a esos comunistas del carajo! – siguió riendo al tiempo que prendía su habano.

Lola y su madre le recriminaron tal comentario, pero él no les hacía caso; estaba de buen humor. En cierta forma disfrutaba que su hija, siendo tan joven y estando viva, ya fuera una leyenda. Hace rato que los niños se habían acostado y ellos cenado; era tarde y se dispusieron a marcharse muy tranquilos, pues Lola estaba bien. Las hermanas decidieron quedarse a dormir en casa de Lola. Don Luis y Doña Ana estuvieron de acuerdo y se marcharon sin mayor dilación. Márgara se cercioró de que sus padres, efectivamente, se hubiesen marchado y de inmediato haló a Lola por el brazo y la sentó de un empujón en el sofá de la sala. Ana Isabel se les sumó, muerta de la risa.
- Qué les pasa, se volvieron locas?- les preguntó Lola toda intrigada.
- Oye bien hermana lo que te vamos a decir: mañana, muy temprano… antes de que salga el sol, tú y yo nos iremos a Santa Clara, para que te lea las cartas Doña Rosaura; Ana Isabel se quedará aquí y se encargará de los niños, tal como tú siempre lo haces- le dijo con mucha seriedad Márgara a Lola, quien no salía de su asombro ante la propuesta descabellada que le hacía su hermana. Pero no se opuso, ni siquiera protestó… estaba ya cansada de todo este asunto misterioso que a ella le rodeaba.
Sentadas estaban, esperando el turno para que las atendiera Doña Rosaura; Lola estaba como disfrazada, con ropa masculina; el cabello lo tenía recogido y oculto bajo un sombrero y lentes oscuros. No podía permitir que nadie la reconociera, pues mayores serían las habladurías y el párroco… capaz la excomulgaría.
La “Bruja” –así llamaban a Doña Rosaura- la hizo sentar frente suyo sin molestarse a alzar la vista para mirarla. Sin cruzar ni una sola palabra empezó a echar las cartas sobre la mesa… seguida del tres de Espadas, salió la Calavera y luego el cuatro de Espadas, un As de Copas y finalmente, el Rey de Espadas. Doña Rosaura recogió sus cartas, tan lentamente como las había echado y le dictó su sentencia:
- Llevas tres de siete... al final el guerrero vencerá el hechizo y quedará para reinar contigo, beberán las mieles de la felicidad. Deja lo que quieras dejar sobre la mesa y márchate!- le habló a Lola, sin levantar la vista.
Lola, que no creía en “brujas” ésta vez pensó que sí volaban. Estaba tan impresionada, por demás asustada, que no pudo mover un solo músculo de su cuerpo… toda ella era gelatina… estaba que -del susto- se meaba! Márgara se dio cuenta de lo mucho que su hermana temblaba; abrió su bolso, sacó unos billetes y los puso sobre la mesa y, como pudo – casi a rastras- sacó a Lola de donde estaba.
Durante todo el camino de regreso, ninguna de las dos hablaba. Al llegar a casa Lola le ordenó a Márgara:
- De esto… ni una palabra a nadie. Esta misma tarde iré a visitar al párroco, para confesarme… antes de que el diablo se lleve mi alma! Se persignó y se metió a hurtadillas en su casa, para que nadie -de hombre- la viera disfrazada.

Ana Margarita.-

NOTA: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google. Se presume sea una foto de un dibujo de Goya. Se desconoce propietario.

martes, 22 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 7 ) DON CLEMENTE





 “Los corazones laten, los pechos se levantan… ¡y los muertos sonríen!”

El día había amanecido nublado; comenzarían las lluvias. Lola abrigó bien a los niños y se cercioró de que todos llevasen botas. Como de costumbre, salieron en fila india detrás de su madre, por orden de tamaño: los más bajos primero y los más altos detrás, para que pudieran observarse y cuidarse mutuamente durante la marcha. Los dos más pequeños caminaban asidos de la mano de su madre.

Hoy era un día ajetreado. Después de dejar a los niños en la escuela, pasaría por el local de doña Cándida para indicarle las telas y colores de los trajes de sus hijos y el de ella; luego visitaría a don Clemente. El día anterior, después de mucho reírse por el cuento de la modista, se fue a casa pensando en él. Estaba sorprendida de que, a su edad, estuviese lleno de tanta pasión; eso era digno de su admiración. Ella despreciaba a la gente apática, sin energía ni entusiasmo por la vida; le resultaba deprimente y una actitud, definitivamente, malagradecida con Dios.

Al salir Lola del salón de modas de doña Cándida, no podía dejar de sonreír. Esta era muy pintoresca: siempre estaba muy maquillada, con sus labios bulbosos de rojo encendido, los ojos con grandes pestañas postizas y los cachetes muy colorados… ¡toda ella era una visión carnavalesca! Era muy divertida. Recordaba la expresión de su rostro al señalarle las telas y los colores: ojos desorbitados y boca abierta a más no poder, repitiendo sin cesar:

—¿No, no te lo puedo creer, estas? ¿De este color? ¿En serio? Ay, Lola, ¡me encanta, me encanta!

Con este pensamiento en mente —que la divertía— pasó por el puesto de flores y dulces de doña Sofía para comprarle unas flores y unos chocolates a don Clemente. Al verla llegar, la florista intentó ponerse de pie para saludarla, pero Lola la detuvo con un fuerte y cariñoso abrazo; la quería mucho y siempre estaba pendiente de ella. Al envejecer, doña Sofía desarrolló una artritis deformante y, sin embargo, ello no le impedía trabajar todos los días para alimentar y educar a los nietos que quedaron a su cargo después de que su hija muriera. Esta era la gente, con bondad y templanza, que Lola amaba y admiraba; los flojos y cobardes no tenían lugar en su vida.

Pero Lola no se preocupaba por ella; se ocupaba de ella. Cuando fue primera dama, se aseguró de que doña Sofía se beneficiara de una pensión vitalicia por su incapacidad física y que sus nietos obtuvieran una beca hasta finalizar sus estudios, incluyendo la universidad. Eran personas estupendas, ciudadanos de primera… ¡bien se lo merecían!

—Gracias, Lolita, muchas gracias por toda la comida que ayer me enviaste a mi casa; mis nietos se pusieron muy contentos. ¿Y la ropa? ¡Todo nos quedó como hecho a la medida!

—¡Ah! ¿Qué pasa, Sofía? ¡Eso no fue nada! La comida que tú cocinas es sabrosa; cómo quisiera yo darme un banquete comiendo en tu mesa todos los días —decía Lola sin soltarle las manos a la anciana, manos llenas de nudos, retorcidas… pero que le transmitían mucho amor y buena energía.

Se despidió Lola de su vieja amiga, llevándose bajo su brazo un gran ramo de rosas amarillas y, en sus manos, una caja de chocolates para don Clemente.

A pocos metros de la entrada a la funeraria “La Casa Del Señor”, Lola detuvo su paso, inhaló profundo y exhaló lentamente; quería estar muy serena para no cometer ninguna imprudencia. Si el cuento de doña Cándida le venía a la mente, sería imperdonable… ¡no sería decente!

—Buenos días, don Clemente, ¿cómo está usted? —le saludó Lola al verlo, y acto seguido extendió en sus manos las flores y los chocolates que había comprado para él.

Don Clemente, al verla, palideció; su corazón se aceleró descontroladamente y no logró pronunciar palabra alguna, ¡solo balbuceaba! Lola, entendiendo la emoción del anciano dado el relato de la modista, se acercó a él, poniendo en sus manos los obsequios y ofreciéndole un cariñoso abrazo. ¡Ah, la dulce y buena Lola no sabía en lo que se metía!

El anciano, sorprendido y emocionado, se abrazó a ella con una fuerza inusitada. De repente, Lola oyó cómo las flores y los chocolates caían al piso; pero no era lo único que se desplomaba… Don Clemente, fuertemente asido a ella, se le resbalaba encima. En su desmoronamiento se aferró a ella, rasgándole la blusa y dejando sus pechos al descubierto. Lola, de inmediato, se percató de que don Clemente se desmayaba, pidiéndole a Dios que no fuera un infarto. Empezó a gritar pidiendo auxilio mientras él seguía deslizándose a lo largo de su cuerpo, hasta quedar de rodillas —lo que contuvo la caída— y su cara entre las piernas de ella. Lola seguía gritando por ayuda mientras que el peso del bajo pero corpulento anciano la derrumbaba. Lola cayó al suelo de espaldas, y él encima, tal como estaba: de rodillas y con la cara metida entre sus piernas… ¡justo ahí, donde anhelaba morir! Allí inhaló su última bocanada de aire y exhaló su último aliento: ¡el anciano había muerto contento!

De la gritería histérica de Lola, para que le quitaran de encima al muerto, se llenó todo el lugar de curiosos; pero nadie hacía nada por socorrerla, pues pensaban que —en vez de muerto— don Clemente la estaba abusando, quedando estupefactos ante la osadía del anciano.

El prefecto hizo aparición, haciéndose paso entre la gente allí congregada y, al llegar… ¡quedó perplejo! Don Mario Cáceres, rápidamente y con ayuda de dos agentes de policía, retiraron —con gran esfuerzo— a don Clemente de encima de la desvalida Lola. Al quedar él boca arriba, tenía la misma sonrisa que los difuntos maridos de ella, solo que esta vez no había ningún pene erecto. El prefecto, sin sorpresa alguna, entendió lo que pasaba y solo pudo expresar en voz alta:

—¡Oh! Doña Lola, ¿otro muerto?

 “Entre risas, gritos y desmayos, Lola sigue siendo la heroína del caos.” 




lunes, 21 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (6) LA MODISTA





 “Entre hilos, telas y secretos, ¡las costuras nunca fueron tan indiscretas!”

Había llevado a los niños a la escuela y, como sus hermanas los recogerían a la salida, volvió a su casa a preparar unos pastelillos salados y unas tartaletas de ciruelas, para disfrutarlos en la tarde con la modista en casa de sus padres. La cocina, su lugar preferido después de la alcoba, olía a guiso, esencias aromáticas y frutas caramelizándose. Cocinaba con entusiasmo y pasión, como si le estuviese haciendo el amor a Antonio… ¡su primer amor, su amor de siempre! Preparó el canasto con los pastelillos y tartaletas, agregando algunas frutas frescas de su jardín. Se bañó y se vistió para la ocasión.

Lola caminaba a casa de sus padres muy lentamente, como si quisiera alargar el sendero y darse tiempo para pensar en él: Antonio. Extrañamente, desde que su hermana le enseñó la carta que él le enviara, algo había cambiado en sus sentimientos. Sentía un repentino desapego, un rechazo hacia él. Tanto que lo había amado y esperado su regreso… y ahora, sentía como si se apagara la llama que mantuvo siempre encendida. ¿Sería, acaso, soberbia y sed de venganza? ¿Querría que él sufriera como lo hizo ella en su espera? No tuvo tiempo de darse respuesta alguna: ya estaba frente a la casa de sus padres. Respiró hondo y exhaló profundamente; no quería que nadie notara la perturbación que Antonio le causaba.

Apenas entró en la casa se percató de la gritería, ¡y de dónde provenía! Pasó directo al salón de té, donde su madre solía reunirse con sus íntimas amigas y con aquellas damas –que no eran sus amigas– pero a las que el protocolo obligaba a recibir. Allí estaban sus hermanas con la modista y sus siete hijos, quienes, al verla, salieron corriendo hacia ella rodeándola en tiernos abrazos. Ella, de inmediato, los miró con cara de que no entendía lo que allí pasaba; los niños procedieron a sentarse en perfecto orden y silencio. Entendían, sin duda alguna, cada gesto de su madre.

Lola abrazó a sus hermanas y luego a doña Cándida, la modista. Esta mujer era quien les hacía los trajes desde niñas y la que confeccionó sus dos vestidos de novia: el primero blanco, el segundo negro, porque era viuda, y como viuda se entregaba. Eso fue motivo de muchas habladurías, pero a Lola poco le importaba; al final de cuentas, todos reconocieron lo bien que le quedaba, más aún Don Fernando –que Dios lo tenga en su gloria–, quien le alabó su elegancia de infinitas maneras.

—Lola, cariño, ¡qué guapa estás! No has cambiado nada —le dijo mientras la besuqueaba en la cara y la hacía girar en torno a ella para observarla.
—¡Vamos, Cándida! El tiempo no perdona y yo no soy la excepción —respondió Lola con una gran sonrisa y un prolongado abrazo.

Entregó la canasta a sus hermanas, quienes dispusieron su contenido sobre la ya servida mesa de té. Todos los niños habían pasado por las manos de la afable Cándida, quien les tomó las medidas estableciendo sus tallas. Faltaban su madre, las hermanas y ella. Irene Margarita se llevó a los niños a la cocina para que merendaran. Los dejó al cuidado de las nanas. Al regresar, ya estaba su madre con el resto de las mujeres, examinando el muestrario de telas que Cándida había traído para que escogieran.

Retazos de finas telas —sedas, gasas, tafetanes, shantung, rasos, muselinas, terciopelos, satenes y organzas— se encontraban esparcidos sobre la mesa, el sofá y las alfombras… eran un gran y bello muestrario de piezas traídas de Italia, Francia, Inglaterra, Turquía, Marruecos, India, China… ¡y quién sabe de dónde más! Cándida era una empedernida viajera, la mejor modista de la Capital, y sus telas eran famosas por su belleza y calidad. Estaban tan emocionadas con el próximo evento que formaron un jolgorio.

—Les tengo algo que contar… —empezó Cándida con el chismorreo—. ¡Lola, tienes un admirador muy apasionado!

Lola se ruborizó; pensó que le hablaría de Antonio, pero no: Cándida se refería a don Clemente Baptista, el dueño de la funeraria que se encargó de dar cristiana sepultura a sus dos maridos.

—Yo fui a visitarlo —prosiguió Cándida, quien era una mujer mayor, regordeta, extravagante y muy acicalada— para entregar un pedido que él me había hecho, pues, como ustedes saben, yo también visto a los muertos. Como no lo encontré en su despacho, entré a buscarlo por la confianza de años que le tengo y, aunque no lo veía, lo escuchaba con claridad: “Lola, Lolita, que eres mía”, lo decía una y otra vez. Entonces, no aguanté la curiosidad, pensando que Lola estaba con él… —hizo una pausa y miró la cara de sus interlocutoras, quienes la veían con expresión atónita y prestaban toda su atención al relato—. Corrí la cortina del vestidor de un solo tirón y me encontré a don Clemente con los pantalones y calzones a los tobillos; con una mano en donde ustedes ya saben y la otra en la pared, creo que para sostenerse en pie. Al principio me asusté y luego, al comprender de lo que se trataba… ¡me ruboricé! Al darse cuenta de que lo había pillado en tan menudo trance, se avergonzó tanto que se desmayó. Entonces, la asustada fui yo, ¡creí que mi imprudencia le había provocado un infarto! Pero solo fue un susto; don Clemente se encuentra bien. Les cuento esto no por murmurar, sino para que estés pendiente, Lola; no vaya a ser que te cases de nuevo y, cuando al marido lo vayas a enterrar… ¡el que te “entierre” sea don Clemente!

Las mujeres ya no podían aguantar la risa y estallaron en carcajadas, no por burlarse de don Clemente —a quien tenían en gran estima por haber sido amigo del abuelo de Lola—, sino por la gracia y la admiración que les causaba la fogosidad mental del anciano, ¡próximo a cumplir los noventa años! De repente, Ana Isabel se levantó horrorizada:

—¡Qué asco! Esta mañana me encontré a don Clemente y me saludó tomándome de las manos —dijo mientras se las restregaba, una y otra vez, frenéticamente, en la falda de su vestido.

 “Cuando las costuras se sueltan, lo que se descose es la compostura.”


LOLA Y SUS ENREDOS: ( 5 ) LA CARTA






 “Una carta que pudo cambiarlo todo… pero Lola prefiere el cara a cara: ¡menos novela y más acción!”

Lola estaba sentada a la mesa con sus hermanas y sus siete hijos. La comida era abundante y deliciosa. A Lola le gustaba cocinar tanto como hacer el amor; ¡en ambas tareas ponía atención a los detalles y gran sazón! Comían en la mesa de la cocina, como siempre: una gran mesa de madera rústica, muy antigua —heredada de sus bisabuelos— y cuadrada, de tres puestos por cada lado. Todos podían verse la cara al mismo tiempo y seguir las charlas sin dificultad alguna. La mesa estaba bien servida y todos disfrutaban de ella.

Entre bocado y bocado, hacían un descanso y escuchaban las anécdotas de los chicos en la escuela; reían con ellos o les daban consejos, según el caso. Era un momento glorioso para todos, el más esperado del día: ¡todos estaban juntos y compartían!

Cuando las tías estaban en casa, los niños eran relevados de su obligación de ayudar a mamá a levantar la mesa, lavar la vajilla y asear la cocina. Esto —a ellos— les encantaba. Tan pronto terminaban, se levantaban, daban besos a sus tías y solicitaban el permiso de su madre para retirarse, lo cual hacía Lola prodigándoles un abrazo y un beso a cada uno. Hecho esto, salían corriendo al patio a jugar con gran algarabía.

Lola se quedó con sus hermanas haciendo las faenas de limpieza. Preparó un buen café y sacó una deliciosa tarta de manzanas, nueces y miel que había horneado en la mañana. Se sentaron y hablaron de lo que tantas ganas tenían de hablar: ¡la fiesta de cumpleaños!

—¿Alguna de ustedes ha visto a Antonio? —preguntó Lola a sus hermanas, mirándolas con ansiedad para ver cuál de las dos respondía.

—¡Yo lo vi, Lola! El otro día fue de visita a la casa, acompañado de don Mario Macedo, presidente del Partido Demócrata Cristiano, y de don Rigoberto Esculpi, presidente de la Asociación Nacional de Sindicatos. Estuvieron encerrados en el despacho de papá durante horas. Cuando salieron, yo estaba en el vestíbulo; todos me saludaron con una inclinación de cabeza… salvo Antonio, que se quedó rezagado y me preguntó por ti —se apresuró a contarle Irene Margarita, la segunda de las tres hermanas.

—¿Sí? Pero cuenta, ¡cuenta detalles! ¿Cómo está él y qué le dijiste tú de mí? —le inquirió Lola a Márgara —así la llamaban en casa— con un nerviosismo sin igual.

—¡Cálmate, hermana, si no, no te cuento nada! Escucha: Antonio está más guapo que nunca. Su barba y cabello rubio se han puesto canosos. Le queda muy bien, ¡se ve más varonil! —dijo esto haciendo una mueca graciosa con la boca y parpadeando repetidamente—. Y al preguntar por ti, lo hizo con la misma ansiedad que tú tienes ahora. Es más, me dio esta carta para ti. —Márgara metió la mano en su bolso y le entregó un sobre a Lola.

Se hizo un silencio profundo, tanto que podía escucharse el latir del corazón de Lola. Esta se quedó paralizada y dejó la mano extendida a su hermana. Después de unos segundos que parecían interminables, Lola rompió el silencio.

—No, hermana, no recibiré esa carta, no ahora, después de tanto tiempo que esperé por él. No sé si lo que dice es para mi bien o para mi mal, y no lo deseo saber. Te pido que se la devuelvas en persona y le comuniques que lo que me tenga que decir ¡me lo diga a mí, de frente, el día de mi fiesta… ni antes ni después! —le dijo Lola a su hermana con una seriedad terrible. Parecía que estaba a punto de llorar. Le temblaba la voz, ¡se le estaba por quebrar!

Irene Margarita y Ana Isabel cruzaron miradas; estaban extrañadas de la reacción de su hermana, pero respetaron su decisión. En silencio terminaron de beber el café y de comer la tarta. Se levantaron con prontitud, se abrazaron y se despidieron en un absoluto e incómodo silencio.

—¡Ah, Lola! Mañana nosotras recogemos a los niños a la salida de la escuela. La modista va para la casa a tomarles las medidas a los niños para hacerles los trajes de fiesta. Acércate a eso de las cinco de la tarde para que escojamos las telas de sus atuendos y los nuestros. ¡No nos podemos dormir con esto! —dijo Ana Isabel, rompiendo el mutismo impuesto por Lola, quien solo asintió con la cabeza en señal de conformidad.

Por la ventana de la cocina, Lola podía ver a los niños despidiéndose de sus tías; era una adoración recíproca. Si algo le pasase a ella, sus hijos quedarían en buenas manos.

Lola se quitó el blanco delantal, tirándolo sobre la mesa. Se dirigió a su cuarto muy lentamente: cada paso, un pensamiento; cada peldaño de la escalera, una reflexión. Se paró frente al espejo de su alcoba, desnudándose lentamente mientras pensaba en Antonio. Observó su cuerpo en detalle; con sus manos tocaba sus senos y las deslizaba hacia las caderas.

—Estoy subida de peso, pero me sienta bien. Mis senos están más llenos y mis caderas redondeadas. Jamás pensé que algún día tendría que agradecer el haber sufrido la inapetencia, las náuseas, los vómitos en mis siete embarazos y… claro, el sexo con mis maridos me sirvió de mucho ejercicio. ¡Dios los tenga en la gloria! —pensó Lola en voz alta, sonriendo de conformidad con su silueta.

Se vistió apresurada, no fuese a subir alguno de los niños y la encontrase así… ¡sería bochornoso!

“Con el delantal tirado y los recuerdos a flor de piel, Lola supo que el verdadero regalo de cumpleaños no estaba en un sobre… sino en el espejo.”