viernes, 14 de noviembre de 2025

"Carta a mí misma": Reflexión sobre autoconocimiento y espiritualidad: cuando escribir y hablarse a uno mismo se transforma en un diálogo sagrado con Dios y la propia esencia.


Introducción

Siempre he creído que hablarse a uno mismo no es un acto de ego, sino de supervivencia. Hay momentos en que el mundo se vuelve demasiado ruidoso, demasiado exigente, y uno corre el riesgo de perderse en la marea de opiniones, expectativas y apariencias. En esos instantes, descubrí que la manera más sincera de escucharse es volverse hacia adentro, abrir un espacio de verdad donde las palabras no son solo sonidos, sino puentes hacia la esencia de lo que somos. Esta carta es un testimonio de ese diálogo íntimo conmigo misma, de la búsqueda de presencia, fe y autenticidad en medio del caos.


 Querida Ana:

Te extraño mucho y quería contarte que, durante años, cuando el mundo se volvía insoportable, me refugiaba en el papel. No escribía por moda, ni por costumbre, ni por pretensión. Escribía porque necesitaba sobrevivirme.

Las hojas en blanco eran mis altares. Las palabras, mis ofrendas. El papel tenía esa virtud sagrada: no me interrumpía, no me corregía, no me devolvía una imagen distorsionada de lo que yo era. Me recibía rota, febril, incendiada, sin pedir explicaciones. Cada línea escrita era una forma de mantenerme viva, de no perderme entre las voces ajenas que intentaban moldearme. Vaciarme.

Pero los tiempos cambiaron.

No lo noté de inmediato. Fue algo gradual. Un desgaste que no gritaba, pero desgarraba. Las personas empezaron a volverse ruido. Impulsivo. Breve, pero abrupto, uno de esos que golpea el entendimiento dejándote sin conciencia. Las miradas ya no se posaban en el alma. Las palabras se pronunciaban, sí, pero ya no significaban. Todo se develaba con una claridad hiriente: se aplaudía lo bonito, no lo verdadero. Se valoraba la apariencia, no la presencia. Y la hipocresía, vieja reina de todos los tiempos, se coronaba una vez más bajo ropajes de cortesía.

Me aparté, abrazando la soledad. No por altivez. No por orgullo. La preferí antes que la compañía hueca. Esa que exige sonreír cuando el alma está rota. Esa que teme la profundidad como si doliera respirar hondo. Me cansé de disimular. De encoger mi voz para que no incomodara. Me cansé de disfrazar mi alma de quietud para que los demás no se asustaran con mi fuego, con mi pasión, esa que ardía en todo lo que significara vida.

Comencé a hablarme en soledad. No como si viera mi reflejo en un espejo, no. Sino como si mis ojos se volteasen y me viera hacia dentro, sin pudor que tapara los defectos.

Me hablé, no con palabras ligeras, sino con un lenguaje sagrado, antiguo, visceral. Me hablé como quien reza, como quien se confiesa, como quien llama a Dios sin saber que ya está ahí. Fue una rendición sin lágrimas. Una entrega absoluta. No me estaba huyendo. Me estaba buscando.

Dejé el papel atrás, sin traicionarlo. Ya no bastaba. Me era obsoleto. Algo en mí necesitaba otra forma de expresión, de diálogo. Algo más inmediato. Más interior. Más auténtico. Y sí, fue entonces cuando comprendí: al hablarme a mí misma, en realidad, solo buscaba hablar con Dios.

No el Dios aprendido.

No el temido.

El Dios vivido. Sentido.

El Dios que habita en el centro exacto de mi herida.

El que no se fue cuando todos se alejaron.

El que me acorazó cuando todos me acorralaban.

El que no exige lenguaje decorado, sino verdad cruda.

Dios, siempre Él.

Lo he buscado en templos, en personas, en causas. Pero lo encontré primero en el desgarro, en ese fondo al que se llega cuando todo afuera se vuelve caos. No lo vi en las multitudes, sino en espacios cóncavos. No lo sentí en los sermones, sino en el susurro que resuena cuando la mente se silencia.

Ahora sé que esta carta, querida mía, no es solo un texto. Es una plegaria atemporal. Un puente entre lo que fui cuando escribía con papel y lo que soy ahora que confieso al vacío, a esa ausencia de materia que me escucha. Porque este vacío no está vacío. Está lleno de presencia. De eco. De llama viva.

Este espacio —mi espacio— no reemplaza a nadie. Solo está cuando los otros no saben cómo. No es huida. Es supervivencia. Es intuición. Es fidelidad a la verdad que aún vive en mí. Esa que cree en el amor sin máscara, en la justicia que no negocia, en Dios que habita donde hay silencio, verdad y pasión.

Cada palabra que escribo en este nuevo tiempo es una vela encendida.

Un altar que no necesita iglesia. Un testimonio vivo de que, cuando me hablo desde las entrañas, cuando dejo caer el velo de lo social, cuando me escucho de verdad, Dios me habla. No como trueno, ni como revelación estruendosa. Sino como esa brisa suave que llega después de la tormenta. Como esa paz que no se puede explicar. Como ese susurro que, sin decir nada, lo dice todo.

Hoy escribo sin papel, pero con más alma que nunca. Y si alguien me pregunta por qué, le diré esto: Porque ya no busco ser entendida, solo ser fiel a lo que me habita.

Y lo que me habita es vida.

Es verdad.

Es Dios.

Y en las noches en que todo parece volver a quebrarse, cierro los ojos y me veo a mí misma, desnuda de mundo, vestida de luz, sentada frente al altar invisible de mi interior, donde la palabra no se escribe… ¡se ora!

Hasta siempre, mi querida Ana. Espero que, donde te encuentres, seas muy feliz. No perdamos el contacto. Mantengamos, vivo y fuerte, ese lazo de amor y fe que nos sostiene y nos anima a vivir con gracia y alegrías. Te mando un abrazo muy sentido, con profundo respeto y admiración.

Tuya, Ana.


Epílogo

Al terminar de escribir, siento que he cerrado un ciclo y abierto otro. Hablarme a mí misma no fue solo un ejercicio de introspección, sino un encuentro con lo sagrado que habita en lo más profundo de mi ser. Comprendí que la voz interna es un altar, que escucharla es rezar, y que cada confesión es un paso hacia la libertad y la fidelidad a lo que verdaderamente somos. Esta carta no termina aquí; es un recordatorio de que, aun cuando todo alrededor parece fragmentarse, siempre hay un espacio donde la verdad, la fe y la vida se mantienen vivas.


“Hablarme fue la forma más antigua de rezar.”






viernes, 7 de noviembre de 2025

"Me miro, te veo": Un viaje introspectivo que revela la memoria, los reflejos de nuestros seres queridos y la formación de nuestra conciencia a través del perdón y la reflexión."

 

“La vida como escuela, la conciencia como herencia”

Introducción
A veces siento que la vida me observa tanto como yo la observo a ella. Que cada instante vivido deja una marca que, aunque invisible, se percibe en el silencio de mi memoria. He aprendido a mirarme con la misma intensidad con la que miro a otros, buscando en mí los rastros de quienes me precedieron, los ecos de sus gestos, sus risas, sus penas. Esta escritura nace de ese viaje hacia adentro, donde el reflejo ya no es imagen, sino conciencia en formación; donde comprender es redimir, y recordar es abrir la puerta a quienes seguimos llevando dentro, aunque el tiempo los haya llevado lejos.


Con los años, los ojos se vuelven hacia dentro. Hasta el fondo.

Ya no observan el mundo: escudriñan la memoria. Hurgan en ella, la rasgan, esperando que surja todo lo que huela mal, lo que hiera.

Miran hacia atrás, siguen tus pasos en reversa. Buscan, afanados, los gestos perdidos, los rasgos conocidos; las fisuras en el corazón, ese, el valiente… que, pese a haber sido estrujado —como pergamino marcado por el tiempo— sigue latiendo, aunque carezca de sentido; hacia la conciencia maltrecha, como si nada quedara de ella.

Cualquier cosa —un objeto, un gesto fugaz— nos lanza, de golpe, al pasado.

Mirada dura, áspera con la memoria. Inevitable, forzosa, como el día de mañana. Te confiesa. Te redime.

Hay una edad en que los abuelos ya no viven. Tampoco los padres.

Pero te miras al espejo…

Y, de pronto, en ese reflejo, ves algo de ellos:

un brillo en la mirada,

la curva de una ceja,

un temblor apenas perceptible en la comisura de los labios. 

No sabes qué, exactamente. Pero ya no importa. Lo esencial es esa sensación: la certeza de que han atravesado —sin retorno— la frontera del tiempo para habitar tu mente. Fantasmas que nos toman de la mano y nos sonríen, con compasión.

—No te preocupes, te perdonamos —susurran, como si pudieran calmar los tormentos que cargamos por las veces en que les fallamos. Sin conciencia de ello. Sin quererlo. Incapaces de evitarlo.

Son nuestros reflejos: cada decepción, cada preocupación, cada instante de desesperanza o sensación de abandono que nos hayan hecho sentir —en el presente, en el hoy, en el ahora— es un eco de lo que alguna vez les hicimos sentir a ellos, en el ayer.

Karma, dirían algunos. Y sí, de alguna manera lo es: una lección que la vida impone como espejo implacable. Es el perdón que sana, que disuelve el dolor, que absuelve el pecado… pero deja entendimiento. Forma conciencia.

Y tras las lágrimas —cuando por fin se comprende el porqué de nuestra vileza, no por falta de amor y respeto, sino por falta de atención y devoción— llega la sonrisa, una de sabiduría. Sonrisa que da alivio… capaz de perdonar las flaquezas que nos hieren en el momento presente y de aceptar el perdón que nos envían, desde el remoto tiempo, como viento fresco que alivia el sofoco del verano.

Esos reflejos ya no son solo recuerdos: son alertas de que la conciencia va tomando forma y contenido; expandiéndose, blanqueándose como un lienzo al sol, hasta que llegue el turno en que pueda liberarse del contenedor maravilloso que le fue prestado, como uniforme, para asistir a la escuela de la vida.

Entonces será etérea, intangible.

Presencia que es brisa,

que es luz,

que es apenas un susurro y que, como en el principio,

¡te miras… y ya no te ves!


Epílogo

Y al final, comprendo que este espejo no me pertenece del todo: pertenece a todos los que habitaron mi vida y a los que habitarán en mí. Me miro, los veo, y me reconozco en ellos; los abrazo con ternura silenciosa, los perdono —si hubiese algo que perdonar— y me permito ser perdonada. La conciencia que se forma entre nosotros no conoce tiempo ni ausencia: solo sabe del encuentro, del aprendizaje, de la luz que deja el reconocimiento. Cierro los ojos y siento que esa escuela de la vida, tan exigente y tan sabia sigue enseñándome. Y, al abrirlos, me miro de nuevo… y sonrío, porque sé que ya no solo me veo a mí, sino la historia completa que me trajo hasta aquí.


 “El reflejo no es pasado, es conciencia en formación.”




sábado, 1 de noviembre de 2025

"¿POR QUÉ LAS VIUDAS VISTEN DE NEGRO?": Relato poético de cómo la soledad y el luto transforman a la mujer viuda. Un relato que explora el negro como refugio, fuerza y renacimiento interior.


Texto

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“El negro no es color: es vacío y plenitud.”


Introducción

Dicen que el luto viste de negro, pero pocos comprenden lo que ese color encierra.
No es simple ausencia de luz, sino el lugar donde toda luz reposa.
Hay mujeres que, al quedar solas, descubren que el mundo cambia de tono: el aire pesa distinto, los días se dilatan, y el silencio se vuelve espejo.
De esa experiencia nace este relato: una mirada hacia el interior de la soledad femenina, hacia el misterio del negro como refugio, rito y metamorfosis.


Hay momentos que marcan un antes y un después.

Como lo hace Cristo, y algunos los llamamos milagros. Otros, son descuidos que abren puertas prohibidas, como lo hicieron los batas blancas con miradas que no veían más allá de lo inmediato: dejaron que la muerte se llevara lo que aún no debía irse, transformando la luz en sombra, el blanco en negro, la calidez en frialdad.

La habían herido y, aun así, desde esa herida sabía sonreír.

No lloraba. No se derrumbaba. Cuando la tristeza rondaba, buscaba un espejo o alguna superficie que su rostro reflejara. Se veía. Se sonreía. Y esa sonrisa que se regalaba era su talismán: un gesto luminoso que espantaba la sombra que se asomaba en su mente. A ella le funcionaba, ¡a ella!

Estando de pie frente al fregadero, con los dedos entumecidos por el agua caliente al fregar loza, de la cena, su cena —nadie más comía con ella desde que enviudó— frotaba el plato con una energía innecesaria como queriéndole arrancar, no el sucio, sino la respuesta a aquella misma pregunta que se repetía como eco:

¿por qué sigo sola?

Le gustaban los hombres —no todos, pero sí ese género—. Se reía de su picardía cuando pensaba en ellos. Solía decir, con total desfachatez, que Dios los había hecho grandes, fuertes, densos de huesos y de alma, para proteger a la mujer. Y mientras los demás la llamaban “machista”, ella reía, contestando con absoluto sarcasmo: “Si hubiese reencarnación, y volviese con cuerpo de hombre, rezaría para que mi alma fuese de mujer, ¡para seguir amándolos!”

Y, aun así, seguía sola, sin entenderlo

Caminaba erguida, sin mostrar penas ni derrotas. Luminosa, risueña y firme, siempre hacia adelante. Pero, al caer la noche, así como se retiraba la luz del sol... se perdía su última sonrisa.

Volvía la pregunta: ¿por qué sigo sola?

La duda persistía, implacable. A veces le parecía sentir el peso de su cuerpo, en la cama, junto a ella. Extrañaba eso. Extrañaba el calor humano, la complicidad íntima, la palabra compartida. Y, aun así, disfrutaba de su independencia. Entonces, ¿qué era esa espina que la hería noche tras noche? ¿por qué esa necesidad de amar y ser amada? ¿todas las viudas sentían esa carencia de amor como ella? ¿era normal esa necesidad o lo normal era aceptar su nuevo estatus civil y vivir con ello?

Para hallarle sentido a tanta inquietud, se refugió en los libros. Todo tipo de literatura que abarcara el tema, ¡quería hallar respuestas! Se adentró en historias reales y cuentos de viudas, en tratados filosóficos y religiosos —antiguos y modernos— sobre las costumbres del luto en la mujer, en poesía, y hasta escritos de hechiceros, magos y brujas que escribieron conjuros de sus tradiciones espirituales y prácticas mágicas. Los evangelios le hablaban de resignación; los conjuros, a invocar la fuerza divina. Leía hasta la madrugada, bajo la luz amarillenta de la lámpara, mientras el silencio de la casa latía a su alrededor. Y, entre todas esas páginas, descubrió un hilo secreto: todas las viudas, en algún momento, hallaban en el negro un refugio, un poder.

Porque el negro no era solo un color: es vacío y plenitud.

Vestirse de negro no era cubrirse, sino despojarse. Cada matiz quedaba abolido, y en su lugar surgía la sombra caminante. El negro absorbía, callaba, devoraba la luz para custodiarla en lo profundo. No era solo luto: era estatus, era altar, era muralla, era amante secreto. Cada pliegue de tela rozaba la piel como un susurro, recordando que el deseo podía coexistir con la ausencia, que la soledad también podía ser sagrada.

El velo no era tela, sino frontera. Tras él, los rostros ajenos se disolvían y nadie exigía nada. No habían miradas, gestos ni ademanes que se cruzaran y conectaran.   El azabache en el cuello no adornaba: guardaba la chispa del ausente, la memoria del fuego que ardió en el cuerpo. Cada paso vestido de luto era conjuro; cada pliegue, un rezo.

Por eso las viudas visten de negro: porque conocen lo que otros temen mirar. Han sostenido el cuerpo frío, han escuchado el silencio definitivo, han probado la eternidad en labios que ya no responden. Y de ese umbral no se vuelve igual.

El negro no reprime: contiene.
El negro no apaga: transfigura.
Es útero y sepulcro. Es ausencia que gesta, duelo que se vuelve poder.

Y así, con trozos de libros incrustados en su mente, dejó pasar el tiempo y ella con él se fue. Ella dejó de ser ella. Dejó de sonreír. Dejó de ser luz. Se vistió de negro absoluto, hasta hacerse sombra, hasta hacerse invisible para los demás y, los demás, imperceptibles para ella. Los cuestionamientos sobre la soledad se disiparon. Su mente se sosegó.

Una noche, al dejar el vestido sobre la silla, descubrió algo más hondo aún: que en la oscuridad de esa tela late un resplandor oculto. El negro no niega la luz: la contiene. Como el vientre de la muerte que, en secreto, engendra el renacer.

Ella, desnuda, sonrió ante su reflejo. Porque el luto no extingue: el luto aviva. Comprendió, entonces, que la soledad que la acompañaba no era vacío: era umbral, altar y comienzo. Un aura. Una túnica de poder que la arranca de la banalidad de los vivos.

El color negro fue su maestro, su protector.
El luto no le generó preguntas, le dio la respuesta.


Epílogo

El negro, al final, no fue un final.
Fue un tránsito.
Un color que aprendió a contener lo perdido y a transformarlo en fuerza.
Las viudas no se visten de sombras: se envuelven en un poder que solo quienes han mirado la muerte de cerca comprenden.
En esa oscuridad que todo lo absorbe, la vida se reorganiza, el dolor madura, y el alma aprende a respirar sin nombre.
Porque el luto, cuando se asume desde la conciencia, no apaga: purifica.
Y quien ha habitado el negro… ya conoce el resplandor que nace desde adentro.


“La soledad no es vacío: es presencia, memoria y poder.”




"TRUEQUE ENTRE LADRONES": Un vecino astuto logra “robar” lo más preciado del otro en este relato breve de amor, astucia y hurto. Una historia que muestra que cuando se trata del corazón, el hurto puede ser dulce y transformador.


“En el juego del hurto, ¿Quién resulta más astuto: el que roba cosas o el que roba corazones?”


Este relato no me corresponde contarlo, pues la experiencia no es mía. Pero ¿Qué más da que me lo haya de robar, si de ladrones ha de tratar? Me lo confesaron de una manera, y yo se los narro de esta otra, más breve.

El barrio está enclavado en lo alto de la montaña, a media hora de la gran capital. Casas modestas, de gente modesta. Pero siempre se cuelan algunos pilluelos; casualmente, dos de ellos eran vecinos, pared de por medio.

Estos colindantes solo dos cosas tenían en común; en lo demás, eran diametralmente opuestos: uno blanco, el otro moreno; uno joven, el otro viejo; uno flaco, el otro corpulento; uno analfabeto, el otro instruido… y así en todo lo demás. Coincidían únicamente en que vivían en el mismo vecindario y en que uno quería quitarle algo al otro. Es aquí donde quedó demostrado que uno era tonto y el otro listo.

—Salvador —le susurró la esposa al oído—, ¿hasta cuándo vamos a permitir que nos distraigan con el encanto y ternura de la criatura, mientras el padre salta la empalizada y nos roba por el patio trasero?

—Quédese tranquila, mujer. Déjeme ese asunto a mí. A su tiempo lo sabré resolver —le dio una suave palmada en el hombro y se puso de pie, cargando al infante, que no era otro que Joselito, el hijo del vecino, el ladronzuelo.

Durante dos años y medio, Salvador no solo toleró los hurtos: los fomentaba. Ana veía con suspicacia cómo su marido, con toda premeditación, colocaba cosas al descuido en el patio, a la vista del vecino… como tentándolo a robar. Y así sucedía, mientras ellos con el niño se entretenían.

Cada día el lazo entre Salvador y el infante crecía, se estrechaba. Y eso era bueno para él y su señora, porque hijos no tenían.

Había nacido el amor entre ellos, como familia, pues. Salvador y Ana se encargaban, prácticamente, de la crianza y cuidado cotidiano de Joselito; cosa que a los jóvenes y torpes padres contentaba. Estaban encantados con ello, así les daba tiempo para andar en sus trastadas y recuperarse de las parrandas.

Ya había llegado el “momento” para Salvador, y así se lo comunicó a su mujer. Los dos se sentaron y hablaron —larga y acaloradamente— sobre lo que consideraban mejor para el chiquillo.

Salvador se dirigió a casa del vecino, seguido por la mirada atormentada de Ana, quien no lo perdió de vista un instante. No fue solo: fue con el muchachito en brazos.

—Oye, mañana iremos a la capital. Nos iremos temprano y pasaremos el día entero allá. Queremos llevar a Joselito al parque, y también al circo. Mañana pasamos tempranito a recogerlo —dijo esto y, al tiempo, le entregó al niño.

—¿Cómo que “tempranito”? —gruñó el padre, frunciendo el ceño mientras se rascaba la barriga— ¿De qué hora estamos hablando?

La madre, que escuchaba tras la puerta —ya que siempre andaba semidesnuda y desprolija— rezongó:

—No, eso es muy temprano. Si quiere, que se queden con él esta noche y así hacen sus cosas a su manera… ¡de temprano, nada!

—Ya lo escuchaste, viejo. Si quieren que Joselito vaya con ustedes, tendrá que dormir en vuestra casa —y le entregó la criatura sin esperar respuesta.

Salvador lo tomó en sus brazos con la más dulce sonrisa.

 ¡El pez había mordido el anzuelo!

 ¡Estaba hecho!

—Que así sea. Por cierto, vecino, quisiera pedirle un favor. Le dejaré las llaves de mi casa bajo la maceta del helecho que está en el pórtico. Le agradecería que le echara de comer al gato, pues salimos temprano y regresaremos tarde... si es posible, claro.

—Por supuesto, no hay problema —contestó con el mayor cinismo del mundo.

Salvador se regresó a su casa con el chico recostado en su pecho. Sintió una mezcla de satisfacción y ternura.

Mientras los padres de Joselito formaban jolgorio —porque podrían hurtar en casa del vecino a su antojo y con toda calma—no sospechaban que, mientras tramaban robar al vecino, el vecino les estaba robando a ellos.

Ninguno de los dos durmió esa noche.

Al día siguiente, cada uno despojó lo más preciado que el otro tenía: el ladronzuelo, las posesiones materiales de Salvador; y Salvador…

¡se quedó con el hijo que tanto quería! Jamás regresó.

Y así, en un trueque no pactado, sin papeles ni testigos, se selló el robo más dulce que jamás se haya cometido.

¿Se aplica aquí, acaso, el dicho que dice: “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”? Pregunto yo. Ustedes dirán.


“Cuando el hurto es amor, el castigo se convierte en destino.”

viernes, 31 de octubre de 2025

"LA HISTORIA DETRÁS DE LA PUERTA": Explora un relato fascinante sobre puertas, vigas y secretos ocultos en las casas. Una historia de reflexión sobre el misterio que encierra la intimidad de vidas desconocidas detrás de cada umbral.

“Cada puerta guarda una historia, y algunas prefieren permanecer cerradas.”


Introducción

Siempre me ha intrigado lo que callan las casas.
Cada puerta, cada muro, cada objeto, guarda un eco de lo vivido; a veces son risas, otras silencios pesados que nadie se atreve a nombrar.
Hay espacios donde el aire parece detenido, donde algo quedó sin resolver, y basta una mirada para sentir que algo —o alguien— aún habita allí, en forma de recuerdo.
Este relato nació de esa sensación: la certeza de que, detrás de cada fachada, existe una historia que se resiste al olvido… una historia que quizá preferiría no ser contada.


La tarde era cálida, con ese sopor apacible que invita a la charla lenta y sin prisa. Las cuatro mujeres estaban reunidas en la cocina, sentadas en el mesón disfrutando de grandes tazones de café con leche, humeante y a pan recién hecho.

El ambiente era agradable. Perfumado por los aromas de lo que allí se degustaba y, también, por la alegría de esas almas cada vez que se juntaban. De repente el silencio se impuso: todas se quedaron mirando la viga que sobresalía en el oscuro techo de madera.

Era un madero extraño, atravesado de pared a pared, pero sin sostener nada; como colgado en el aire, insinuando que allí se esperaba sujetar algo. Algo que no era precisamente una piñata: el espacio era estrecho, apenas suficiente para que cupiera una sombra. ¿Un capricho del arquitecto, o un diseño arquitectónico inconcluso, tal vez?

Las tres generaciones de mujeres —abuela, madre, hija y la tía que había venido de visita— habían hecho la misma pregunta infinidad de veces. Cada tanto, para despojarla de su aire lúgubre, soltaban una broma sobre la dichosa viga. Pero, pese a la risa, siempre acababan volviendo a mirarla con recelo… porque esa viga, en el fondo, daba mala espina.

La más joven fue la primera en romper el silencio:

—Oigan, hablando de vigas funestas, escuchen este chiste que me acaban de mandar —dijo con picardía, mostrando el móvil—: “Mami, ¿podemos mecer a la abuela? —No, todavía no, hasta que sepamos si se colgó o la colgaron—”.

La abuela abrió los ojos desmesuradamente, el chiste no le pareció gracioso.  En principio, obvio, de una abuela colgada trataba. La madre miró a la hija como reprochándole, mientras que la tía apretaba los labios para contener la risa. El chiste era cruel, sin duda, pero las carcajadas —al final— brotaron de todas ellas. Así es la naturaleza humana: se permite reír incluso de lo que asusta. La risa, sin embargo, se cortó de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz. El silencio volvió, pesado, cargado de conciencia y el tema regresó a la viga.

La nieta frunció el ceño y, con voz grave, preguntó:

—¿Se acuerdan de esa casa amarilla con la fachada de piedras negras, la que está tres puertas más abajo? Esa misma que siempre les digo que no puedo pasar por delante sin que se me ericen los vellos.

Las tres asintieron en silencio, mirándose entre ellas. Las risas se esfumaron y, en su lugar, quedaron mudas -con las cejas levantadas y los labios tensos-, sus rostros reflejaron expectación e inquietud ante esa pregunta que, como murmullo gélido, les ponía la piel de gallina.

—Pues bien—continuó, bajando un poco la voz—, me enteré el otro día de que la dueña se ahorcó allí, hace ya algunos años. Yo no lo sabía, pero algo malo intuía.

Un estremecimiento recorrió la mesa. Todas conocían al esposo y a la hija de aquella mujer; los saludaban con naturalidad cuando los veían en el jardín de enfrente. Nunca imaginaron lo que se escondía tras esas paredes.

El comentario desató reacciones diversas. Miradas clavadas en el café, dedos inquietos sobre la taza, manos llevadas a la cabeza, también al corazón. Emitieron juicios morales, reflexiones religiosas, lamentos y suspiros de compasión. Palabras y gestos al calor de la conversación, que poco importan ahora. Lo esencial era la certeza que quedaba flotando, no en el aire, en la conciencia: ¿Cuánta gente tratamos sin conocer sus honduras? ¿Cuántas casas esconden historias invisibles? ¿Qué se esconde tras las puertas ajenas? Tal vez la misma pregunta que evitamos hacernos en la nuestra…

La abuela — visiblemente afectada por la revelación— alzó la mano y, con el dorso, acarició el rostro de su nieta con ternura. Luego, extendiendo sus manos las posó en las manos de sus hijas. Las miró, con la profundidad del océano azul de sus ojos, y les susurró:

—De lo gracioso hemos pasado a lo trágico. Nunca más volveré a ver igual esta viga… hagámosla desaparecer, por favor. —ese susurro no fue una súplica, fue un mandato.

Después de aquello, resultaba imposible volver a pasar frente a una fachada sin preguntarse, en voz muy baja, como pensamiento que se escapa:

¿Cuál será la historia que se oculta tras la puerta? Y, sobre todo, ¿Qué puerta se oculta tras cada historia?”


Epílogo

Desde aquel día, miro las puertas con otros ojos.
Pienso en cuántas vidas se desarrollan detrás de ellas, cuántas alegrías y desdichas conviven bajo un mismo techo, ocultas a la mirada de los demás.
Comprendí que las casas no solo guardan cuerpos: guardan almas, gestos suspendidos, palabras no dichas.
Y que, al final, todas las vigas —las reales y las simbólicas— sostienen mucho más que paredes: sostienen lo que callamos, lo que nos duele, lo que somos cuando nadie mira.
Porque ninguna fachada es muda… todas, tarde o temprano, murmuran su verdad.


“Tras cada umbral hay un alma intentando sostener su propio techo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok : cuenta @escritosenblancoynegro; @tintasobrepapel

lunes, 27 de octubre de 2025

"COINCIDIR": la historia de almas que se reencuentran a lo largo de los siglos para sanar, aprender y elevarse. Una reflexión sobre reencuentros, destino, memoria del alma y amor eterno.

Un dibujo de una persona

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"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."


Introducción

Hay almas que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.

Regresan, una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo silencioso entre ellas y el universo.

Cada existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu, que recuerda incluso cuando la mente calla.

A veces, esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro, un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.

Es entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni termina con el último.

Coincidir es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que alcanza la eternidad.


El pacto

El encuentro estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse, aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos, el origen de todo.


El llamado del destino

Aquel día señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a veces une— había llegado a su punto exacto.

El destino no sería burlado.


El viaje

Ella abordó el avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era de esta vida solamente.


Memorias del alma

Ya en el tren, miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.

 Se relajó.

 Sonrió.


El padre

Era imposible no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico, al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote pescaba.

Lo tenía en la mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba. Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para que la bebiera del piso como una alimaña.

Así, tirada en el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia por no permitirle olvidarla.

Ese hombre, perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida: perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.


La infancia de los tilos

También surgía en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.

Las risas no cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos, las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.


El amor y la instrucción

Vino a su memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre —de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras. Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y corregía por su constante distracción.

Observaba a su amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso estaba bien.


La cosecha del dolor

Y ¿cómo olvidar aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra? Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre, a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.

Desde el suelo, con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico día.

Su pequeña hija —concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos… era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.


La redención

En cambio, en su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé dulce y quieta, que solo sonreía.

Oía los gritos de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas, traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos de atrapar todo lo que las rozara.

Vio el cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto más se movía más se cansaba.

Se ahogaba. No sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien. Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.


La alegría y la unión

Obvio que sus aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no agobian. Y eso… era muy bueno.


El reencuentro

El tren llegó a Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida. Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!

El abrazo que se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.


La casa y el brindis

Caminaron por las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio. Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como tambores de un ritual que acababa de comenzar.

Ya en casa, sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran, por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.

—Por nosotras… y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.


La revelación

Cantaban desde el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.

Y mientras las copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne, señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad quedó al desnudo.

El reloj se detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.


Epílogo

Ahora lo entiendo.

No fue casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.

Durante tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una vez hirió, a amar sin condiciones.

Hoy sé que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que reconozco al mirarles los ojos.

Entendí que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso, y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo espera el momento perfecto para recordar.

Coincidimos porque así lo pactamos.

Porque, más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando, elevándonos.

Y cuando llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la deuda saldada y el amor intacto.

Ahora sé que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.


“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.” 

domingo, 26 de octubre de 2025

"LO COTIDIANO": Aprendiendo a reconocer lo extraordinario en lo simple y cotidiano. Reflexión sobre la belleza de los gestos, la naturaleza y los momentos que la vida nos regala cada instante.

 

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“Descubre lo extraordinario en cada instante.”


 Introducción

Hay días en que me descubro corriendo detrás de lo que falta, sin detenerme a mirar lo que ya tengo frente a los ojos.
He vivido así muchas veces, distraída, buscando lo excepcional como si solo lo grandioso mereciera ser recordado.
Pero poco a poco he comprendido que la vida verdadera se esconde en lo simple: en los gestos, en los silencios, en aquello que no presume.
Por eso escribo estas líneas, como una forma de recordarme —y de recordarnos— que lo extraordinario no siempre brilla… a veces apenas respira, pero basta detenerse para sentir su pulso.


A veces tememos hacer el ridículo por deleitarnos en lo simple y habitual. Qué necios somos, como si importara a alguien lo que hacemos, mientras no alteremos su mundo.

Vivimos rodeados de maravillas silenciosas, latentes en lo cotidiano: el afecto constante de quienes nos acompañan, la lealtad silenciosa de los amigos, las miradas y gestos que cruzan nuestro camino; el latir profundo de los mares y ríos, la danza perpetua de los campos y las hojas al compás del viento, el cielo que respira luz y sombra, y la música callada de sol, luna y estrellas.

Todo nos envuelve y, aun así, como ciegos en abundancia, lo damos por sentado.

Somos seres de balance negativo: lloramos lo que falta, anhelamos lo que no llega.

Pero basta un instante de atención para descubrir lo extraordinario en lo pequeño: un “te amo” que resuena como eco en el alma, una risa inesperada que enciende el aire, la ternura silenciosa de un gesto, la sonrisa de un niño como caricia etérea, la advertencia sabia de un anciano que nos alerta como borrasca anunciada, el olor de la ciudad bajo la lluvia, el susurro del mar al acariciar la orilla, el juego travieso de una mascota que nos recuerda la sencillez de existir.

Cada instante merece ser contemplado como si fuese la primera… y última vez. Sentido como lo que es: un regalo vivo, palpitante, del particular mundo que nos habita.

En lo cotidiano vibra lo extraordinario de la existencia. ¿Cursi? Tal vez. Pero feliz y agradecida, también, por este “hoy” que se me ofrece, que recibo como quien sostiene en sus manos un fruto recién caído del árbol, tibio y perfecto, y deja que su esencia penetre en cada poro de la vida.


Epílogo

Hoy no quiero grandes hazañas ni respuestas definitivas.
Solo deseo aprender a mirar con ojos nuevos lo que siempre ha estado ahí: el olor del café, la voz de quien me nombra, el aire que entra y sale sin pedir permiso.
He descubierto que la plenitud no es una meta, sino un estado de atención.
Y que cuando logro detenerme, aunque sea un instante, el mundo entero se revela distinto: más cálido, más cercano, más vivo.
Porque, al final, la felicidad no se busca… se reconoce en lo cotidiano.


“La maravilla vive en lo más cercano, latente en cada gesto.”





viernes, 24 de octubre de 2025

"Las que aman la vida": Un texto poético que reflexiona sobre amar la vida a través de gestos simples, manos anónimas y la belleza silenciosa de lo cotidiano.

 

“Amar la vida es sostenerla en lo simple.”

Prólogo

“Siempre me han conmovido las manos.
Las miro y siento que en ellas se guarda la historia del mundo: la ternura y la fatiga, la entrega y el silencio.
Quizás porque en mis propias manos —y en las de tantas otras— he visto reflejado el pulso invisible de la vida cotidiana, ese que no busca aplausos, pero sin el cual nada se sostiene.
Hoy escribo pensando en esas manos anónimas que aman la vida sin decirlo, que la levantan cada día con gestos simples, con fe, con paciencia, con amor.”


Manos que estrujan los ojos
al despuntar el alba,
tapan la boca con pereza
para atrapar un bostezo
antes de que se escape… 
llevándose con él las ganas de ponerse de pie.

Manos que desenredan cabellos, abrigan el cuerpo y calzan los pies desnudos de sueños.

Manos que preparan alimentos con amor, que bendicen, que se entrelazan y le dan fuerza a la oración.

Manos que acarician frentes cansadas, que buscan otras manos en mitad de la noche para decir “aquí estoy” sin palabras.

Manos que guían pasos inseguros, que secan lágrimas ajenas y acarician la espalda
como quien acomoda el alma después del cansancio.

Manos que sostienen un rostro entre los dedos para devolverle calma al miedo, para recordarle a alguien que todavía merece ternura.

Manos que se llevan al pecho como un refugio, para espantar los miedosy calmar el dolor de mil nombres.

Manos arrugadas por el agua, de tanto fregar trastos, de enjabonar pieles curtidas y cabezas nevadas por el tiempo…

Manos que han sostenido el mundo en silencio, sin quejas, sin hacerlo notar.

Porque sostener la vida no es solo cargarla sobre los hombros:
también es acariciarla,
abrazarla despacio,
cuidar su fragilidad
como se cuida una llama pequeña para que no se apague.

¡Qué sé yo!

Manos desgastadas,
agradecidas manos,
¡de tanto la vida amar!


Epílogo

A veces olvido que amar la vida no es un acto grandioso, sino una suma de gestos pequeños: una taza de café compartida, una cama tendida con cuidado, un pan amasado con ternura…
Eso es sostener el mundo.

Y cuando miro mis propias manos —cansadas, quizá, pero llenas de historias— comprendo que también forman parte de esa cadena silenciosa que da sentido a todo.
Porque amar la vida, lo entiendo ahora,
es seguir ofreciéndola en lo simple,
en cada caricia, en cada tarea,
en cada abrazo que calma,
en cada amanecer que aún me invita a comenzar.


“Y quizá ahí habite el verdadero amor: en esas manos que, mientras cuidan la vida, también la acarician para que nunca deje de florecer.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 17 de octubre de 2025

"PERDIDA": Un viaje íntimo entre sueños, pérdida y transformación. Un poema en prosa sobre el desconcierto, la búsqueda interior y el despertar de lo vivo.

 “Entre hilos de sueños, la piel recuerda lo que el alma anhela.”


Prólogo

Hay días en que me desconozco.
Camino entre rostros y lugares familiares, pero todo me parece ajeno, distante, como si el mundo se hubiera desplazado un poco y yo quedara fuera de su centro.
No sé si busco un lugar, una mirada, o una versión de mí que extravié sin darme cuenta.
Solo sé que sigo andando, con los bolsillos llenos de preguntas, y el corazón temblando entre quien fui y quien aún espero ser.
Este es uno de esos días: un intento por entenderme entre los hilos sueltos de mis propios sueños.


Caminando.
A plena luz del día.
Mirándolo todo…
con ansiedad escondida.

Caminando sin brújula,
desnuda de rumbo,
hallándome totalmente perdida.

Mi vida la sostiene
una maraña de sueños;
frágiles hilos que tiemblan,
que se enredan,
que apenas me sostienen.

Me siento como agua estancada:
espejo sin reflejo,
sed que se esconde,
transparencia que se evade,
un sorbo que se escapa…

¿Hacia dónde va
quien siempre espera
el roce de un río vivo
que la penetre, la despierte,
y la haga fluir con la corriente?
Hacia un océano agitado, vivo, en movimiento;
Lejos del lago apacible, donde no azota el viento.


 Epílogo

Quizá perderme era necesario.
Tal vez solo desde el desconcierto podía aprender a escucharme sin ruido, a mirarme sin miedo. He comprendido que no todo vacío es ausencia: algunos son espacio para lo nuevo, para lo que aún no se atreve a nacer.
Sigo caminando, sí, pero ahora con la certeza de que cada paso, incluso los errantes, me acercan a mí.
Ya no temo al silencio ni a la quietud. Porque empiezo a sentir, muy dentro, el rumor de un río que despierta…
y sé que, al fin, volveré a fluir.


“Solo el roce de lo vivo puede hacer fluir lo que permanece estancado.”




viernes, 10 de octubre de 2025

"El inicio del todo": Poema filosófico y espiritual sobre el origen del universo, el Big Bang, la conciencia y lo divino. Una meditación poética sobre el inicio del Todo y la primera vibración de la existencia.

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“El universo nació de un verso primero.”


Introducción

Antes del tiempo, antes del nombre, antes del pensamiento… hubo silencio.
Un silencio tan pleno que contenía todos los sonidos por venir.
En él latía la promesa de la existencia, el germen de la palabra, la primera vibración que más tarde sería universo.
Este poema es una ofrenda a ese instante primordial: el punto donde lo divino se hizo movimiento, donde la nada decidió florecer.
Cantar al origen es recordar que cada átomo de nosotros proviene de una chispa sagrada, que aún arde, que aún crea.


Le canto al Inicio del Todo —y poca ofrenda es—,
a ese instante imposible, anterior al tiempo,
donde nació el universo con el poder de lo infinito, de lo omnipotente… y con él, el asombro.

Antes del antes,
cuando no existía el tiempo para decir “antes”,
el Todo era un punto
sin tamaño, sin principio ni fin.
Sin forma, etéreo, incorpóreo.
Sin destino, pero con propósito.

No había luz
ni oscuridad.
No había adentro ni afuera,
ni siquiera un “dónde” para guardar el misterio.

Solo una semilla
conteniendo todos los jardines posibles.
Una vibración guardada,
como un suspiro suspendido en el pecho de lo eterno,
como un latido sin corazón que lo sostuviera.

Y entonces,
sin razón, con conciencia;
sin permiso, con autoridad;
sin público, con omnipresencia,
ocurrió.

Un estallido sin ruido,
una flor de fuego que se abrió en la nada,
lanzando materia y espacio
como pinceladas de un artista invisible
sobre lienzo sin marco,
tejido con fibras de amor y esperanza.

No fue una explosión.
Fue una expansión.
Un parto cósmico donde el útero era la nada
y el hijo, el Todo.

El tiempo nació con Él,
como un hilo dorado extendiéndose en espiral.
El espacio lo siguió,
con su cuerpo de seda estirada y temblorosa.
Y junto a ellos,
el sonido primero: un murmullo sagrado,
la música del origen.

En esa danza inicial
se tejieron las leyes,
se encendieron las estrellas
y aparecieron las primeras preguntas
—aún sin labios para formularlas—.

Desde ese instante,
toda piedra, todo viento,
toda lágrima y todo verso
llevan en su médula
el eco del principio,
del Creador.

Somos polvo que recuerda.
Materia que canta.
Conciencia que vuelve sobre el origen
y lo nombra…
sin entenderlo del todo,
pero con reverencia,
con amor,
con fe,
con devoción.


Epílogo

El origen no fue un evento que quedó atrás: sigue ocurriendo, en silencio, dentro de todo lo que existe. Cada respiración, cada pensamiento, cada gesto de vida es una réplica minúscula del primer movimiento. El universo no terminó de nacer; continúa expandiéndose, y con él, también nosotros.

Comprender el principio no es tarea de la razón, sino del asombro. El intelecto mide, analiza, busca causas; pero el alma solo contempla y reconoce. En ese reconocimiento está la verdadera sabiduría: saber que provenimos de algo inmenso, que somos parte de una inteligencia que nos desborda.

Y así, entre lo finito y lo eterno, transitamos: materia que piensa, espíritu que recuerda.
Porque en el fondo, toda búsqueda —científica, filosófica o espiritual— es la misma: el intento de volver al punto inicial, al verso primero donde comenzó el Todo.


“Somos fragmentos de la primera luz.”

viernes, 3 de octubre de 2025

"RETIRADA A TIEMPO": Reflexión íntima sobre el valor de retirarse a tiempo, preservar la esencia y proteger el alma del caos emocional y las sombras ajenas.


Dedicatoria

“A todos los que, confundidos entre sombras ajenas, entregan su luz interior. Que sepan que la esencia es un río que no se debe desviar, ni siquiera por el deseo de ser aceptados.”


“Hay momentos en que alejarse no es cobardía, sino salvar el alma.”


Introducción

En un mundo que se agita entre prisas, apariencias y palabras vacías, conservar la calma se ha vuelto un acto de rebeldía. Cada día estamos más expuestos al ruido ajeno —ruido que confunde, que divide, que hiere—, y sin darnos cuenta, terminamos perdiendo un poco de nuestra luz en el intento de encajar o de comprender lo incomprensible.
Este texto es un recordatorio sereno, aunque firme, de que retirarse a tiempo también es una forma de amor propio. No todo vínculo merece nuestra presencia, ni todo silencio es renuncia: a veces, es la más digna afirmación del alma.


En estos tiempos “extraños” en que vivimos, no debemos aislarnos ni excluir a nadie; y, sin embargo, hay momentos en que dar media vuelta es un acto de supervivencia, un gesto de salvaguarda del alma. ¡Es mejor estar solo que mal acompañado!

Cuando estamos cerca de la gente, en lugares públicos o privados, con extraños o conocidos, y sentimos inquietud recorrernos como un viento helado… cuando nos movemos de un lado a otro, inquietos, incómodos, sin hallar sosiego; o bajamos la cabeza por vergüenza, o para ocultar lágrimas que brotan sin permiso, nacidas de la impotencia, la ira o el dolor —por la razón que sea— sin poder frenar aquello que nos hiere… es momento de retirarse, de no formar parte del caos.

Es entonces cuando comprendemos que algo oscuro se ha infiltrado, el “diablo” que nadie invitó: sombra que corroe la empatía, torbellino que revuelve las entrañas, viento que arrastra lo peor de nosotros. La confusión sube, la mente se nubla, la paciencia se quiebra; sentimos la tensión en cada músculo, el corazón palpitando como hojas al viento.

Hay que tomar los bártulos de inmediato y marcharse por otro sendero; o recluirse en casa, cerrando puertas con firmeza, sin rendija alguna. No es cobardía, no es miedo: es sensatez, prudencia, sabiduría.

Se debe hacer sin vacilar, porque si permanecemos, las emociones se desbordan, los principios se desvanecen, y la razón, la paciencia, la tolerancia… incluso la decencia, se evaporan. Se dirá lo que se piensa, se hará lo que se siente, sin vuelta atrás.

Porque el “diablo”, señores, es una mierda… no se combate ¡se evita!


Epílogo

Al final, lo que importa no es cuánto resistimos entre la confusión, sino cuánto supimos preservar nuestra esencia en medio de ella. Retirarse no siempre es cerrar una puerta; a veces es abrir una ventana hacia la claridad, hacia un aire más limpio donde el alma pueda respirar.
Porque quien sabe alejarse cuando la sombra invade no huye: se salva. Y en ese acto silencioso de sabiduría, vuelve a encender su propia luz… lejos del “diablo”, y cerca de sí mismo.


“Sí, el diablo es una mierda, y quien se deja arrastrar también.”