“Una memoria íntima atravesada por la guerra, la migración y el trabajo”.
Prólogo
Migrar
nunca es solo cambiar de tierra.
Es aprender otro cielo, otro calor, otro silencio.
Es romper la lengua del pasado para poder nombrar el futuro, aun cuando ese
futuro se construya con las mismas manos cansadas.
Quien migra no llega entero: siempre deja a alguien atrás.
Y a veces, sin saberlo, también se deja a sí mismo
Las manos de su
padre cabían apenas entre las suyas.
Eran ásperas,
anchas, marcadas por surcos profundos donde el tiempo había ido dejando su
firma. Manos que sabían a tierra húmeda y a sudor viejo, a hierro oxidado y a
hojas machacadas. Manos que habían aprendido el lenguaje del machete y del sol
antes que el de las caricias. Ahora estaban frías, ligeramente húmedas,
temblando con un pulso irregular, como una marea cansada que ya no logra
volver.
Bruno no las
soltaba.
Las sostenía
con una devoción casi infantil, como si en ese gesto simple pudiera retenerlo
un poco más en este mundo. El cuerpo del viejo yacía vencido sobre la cama
angosta; la respiración le salía rota, trabajosa, como si el aire tuviera
espinas. No podía tragar ni siquiera agua. El agua —ese alivio mínimo— se le
negaba, y la vida parecía divertirse con esa crueldad.
Afuera, el
Chaco ardía. El calor se pegaba a las paredes de adobe, se filtraba por las
rendijas, empapaba el aire. Todo olía a tierra caliente, a polvo suspendido, a
vegetación reseca. Adentro, el cuarto estaba lleno de un silencio espeso, roto
apenas por el quejido bajo del moribundo y por el latido acelerado del hijo.
Se le moría su
padre.
Se le moría su viejo.
Y con él, el amigo más fiel que había tenido jamás.
El sudor le
bajaba por la frente y se le metía en los labios, dejando ese gusto salado,
metálico, que conocía bien desde niño. A veces el sudor se mezclaba con
lágrimas que no terminaban de caer. El llanto se le quedaba atorado en el
pecho, como un animal asustado que no encuentra salida. Apretó un poco más esas
manos, y entonces la memoria, sin pedir permiso, empezó a tirar de él hacia
atrás.
Recordó
historias que no había vivido, pero que había escuchado tantas veces que
parecían suyas. Historias de una Europa quebrada. Ciudades reducidas a
escombros; calles cubiertas de polvo gris, de ladrillos partidos, de vidrios
rotos que crujían bajo los pies. El aire era espeso de humo y pólvora; el olor
persistente de la carne quemada y del hierro caliente se impregnaba en la
memoria de quienes lo habían vivido. Trenes abarrotados de hombres flacos, con
los ojos hundidos y la ropa raída, atravesaban paisajes sin árboles, sin
colores, sin promesas.
Escenas que se
sucedían con una música de fondo: explosiones, gritos y llantos. Esa se oía.
Pero había otra —un murmullo interno—, evocador del miedo y de la
esperanza, que solo se sentía, flotando entre los cuerpos exhaustos y los
silencios que la guerra dejaba atrás. Era un sonido sin forma, un latido que
recorría a todos, un susurro que nadie podía nombrar pero que todos entendían:
la incertidumbre de sobrevivir, la extraña sensación de que seguir con vida era
tanto suerte como condena.
Dos guerras
bastaron para partir un continente.
De allí
salieron. No buscando riqueza, sino descanso. Se fueron porque quedarse era
seguir enterrando hijos, padres, hermanos. Cruzaron el océano con la memoria
llena de ruinas y las manos vacías. Llegaron a una tierra nueva donde el sol
quemaba distinto y donde algo blanco crecía en los campos como una promesa.
El “oro
blanco”.
Algodón.
Decían que era
progreso. Y lo fue. Pero también fue sudor constante, espaldas dobladas, manos
abiertas por las espinas. Sudor salado que ardía en los ojos y se quedaba
pegado a la piel. Así se fue construyendo otra vida, lejos de Europa, pero no
tan lejos del sacrificio.
No todas las
batallas se libran con armas. Algunas se pelean en cocinas silenciosas, en
camas separadas, en miradas que ya no se encuentran. La suya empezó en una casa
humilde, cuando el matrimonio de sus padres se quebró sin estruendo.
Un día, su
padre vino a buscarlo.
Lo esperaba en
el zaguán, sentado bajo una sombra corta. Vestía su mejor camisa, planchada con
esmero, como si fuera a misa. A su lado, una maleta vieja guardaba toda la vida
del niño. Desde adentro, su madre los observaba sin dejarse ver, conteniendo el
llanto para que no se notara.
La llegada fue
breve.
La partida, definitiva.
Padre e hijo se
fueron tomados de la mano. Caminaron por la calle de tierra levantando una nube
fina que se les pegó a los tobillos. Bruno sonreía, contagiado por la
firmeza tranquila de su padre, pero de tanto en tanto volteaba. Atrás quedaban
su madre y su hermana, quietas, cada vez más pequeñas. Esa imagen se le clavó
para siempre: el amor partido en dos, la infancia rasgada sin entender por qué.
El viaje fue
largo. Corrientes quedó atrás; luego Resistencia y, más allá aún, Pedro Saénz.
El paisaje se volvió más áspero. Tierra rojiza, vegetación rala, un cielo
inmenso que parecía aplastar a los hombres.
La vida en el
Chaco era dura.
Pero con él, era buena.
Se levantaban
antes del amanecer, cuando el aire aún era fresco y olía a rocío. Caminaban
hacia los algodonales, filas interminables de plantas bajas cubiertas de copos
blancos que brillaban bajo el sol naciente. El calor subía rápido,
empapándolos. El sudor corría por la espalda, salado, espeso.
Bruno miraba a
su padre trabajar. Menudo, firme. El machete brillaba un segundo antes de caer.
El sonido seco del corte se mezclaba con el zumbido de los insectos y el crujir
de las plantas. Cada golpe era exacto, aprendido con los años.
Así pasaron los
años.
Hasta que el niño dejó de serlo.
El campo empezó
a quedarle estrecho. El algodón ya no era promesa, sino límite. Como una vez
había dejado atrás a su madre, ahora dejaría a su padre. Volvería a Corrientes,
al hogar materno. La despedida fue corta, silenciosa.
El recuerdo se
quebró cuando el viejo emitió un último sonido. Un gemido leve, casi un
suspiro.
Bruno levantó
la vista. Los ojos de su padre estaban abiertos, tranquilos. No había miedo en
ellos. Tampoco dolor. Se iba acompañado, sostenido por las manos de su hijo,
lejos del sol inclemente y del áspero algodón.
Afuera, el
calor seguía.
El mundo continuaba.
Bruno entendió
entonces que algunas vidas se construyen enteras con las manos.
Y que cuando esas manos se detienen, dejan al mundo un poco más vacío.
Epílogo
Cuando un
padre presente muere, no se va solo un hombre.
Se va una forma de estar en el mundo.
Quedan las manos aprendidas, los gestos heredados, el peso invisible de lo que
fue amor sin palabras.
El duelo no es solo pérdida: es memoria que sigue trabajando,
como esas manos que, aun quietas, continúan sosteniendo.
“La
historia también se escribe con manos anónimas.”
Dedicado:
B. C.
Nota de autora: Este texto fue escrito originalmente el 08/02/2011, editado y publicado en esa fecha.
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