viernes, 18 de abril de 2025

"LITTLE MISS SUNSHINE": Reflexión íntima sobre el insomnio, la familia disfuncional y la felicidad como instantes breves. Un texto sobre aceptar la imperfección, resistir y sonreír.


Texto

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“Una meditación sobre aceptar, amar y sonreír en medio del caos.”


Prólogo

Hay noches en las que el silencio pesa más que el cansancio y el tiempo parece olvidar su función. En esos instantes suspendidos, cuando dormir es imposible y pensar es inevitable, la mente se vuelve un territorio fértil para las preguntas esenciales. Este texto nace ahí: en una vigilia común que, sin proponérselo, se transforma en revelación.


Un día más, uno de esos que parecen estirarse hasta la eternidad. Me siento al borde de la cama, fijo la mirada en el reloj. Escucho su tic-tac, tic-tac, pero las manecillas permanecen inmóviles. No estoy loca: sé que el tiempo sigue corriendo…, aunque en mi mente parece suspendido, como un péndulo atrapado en el aire.

¿Para qué luchar contra esto? Si me acuesto, me quedaré observando el techo. Lo conozco bien: alto, imponente, de madera brillante aún bajo la penumbra del cuarto. Entonces recurro al único refugio posible del insomnio: la televisión.

Al encenderla, apareció FOX anunciando Little Miss Sunshine. Vieja, amarillenta, como las fotografías desvaídas de mi juventud. “Debe de ser buena”, pensé. Y pensé bien. Al principio me resultó extraña, incluso un poco absurda, pero pronto esa sencillez inesperada me cautivó. Su historia, tejida con hilos de rareza y ternura, me mantuvo atenta de principio a fin. No recordaba la última vez que una película lograba sostenerme así, sin que mi mente escapara por rendijas de distracción. Una obra de bajo presupuesto, sí, pero con el tesoro de un argumento que brillaba por encima de todo.

Con la mente despejada, intenté apagar la pantalla. Me dispuse a dormir. Pero FOX decidió encadenar mi vigilia con Los Simpsons. Reí un largo rato, como quien se deja arrullar por el humor, hasta que otra vez intenté cerrar los ojos. Resistían, como si fuesen criaturas tercas, con voluntad propia.

Entonces me sorprendió la coincidencia: tanto en la película como en la caricatura, los personajes eran distintos, cada uno cargando su propio drama, pero todos pertenecientes a una misma familia marcada por la disfuncionalidad. Así dirían los especialistas. ¿Cómo sobrevivían unidos, a pesar de todo, y además sonreían? ¿No era eso una contradicción? ¿Cómo podían ellos sí… y otros no? ¿Dónde estaba la clave?

Lo curioso era que no intervenían psiquiatras repartiendo pastillas que alteran la mente hasta confundirla, ni psicólogos eternizando sesiones sin soluciones reales, ni burócratas indiferentes midiendo la suerte de una familia en cifras presupuestarias. Nada de eso. Solo estaban ellos: imperfectos, raros, golpeados por la vida, pero de pie. Y, sobre todo, juntos. Compartiendo. Resistiendo. Riéndose de sí mismos.

Entonces lo entendí. La felicidad no existe como entidad sólida, como llave maestra o como destino prometido. La felicidad se disuelve en instantes: un destello, una carcajada, un abrazo fugaz. Son momentos breves los que la dibujan, como pinceladas dispersas que, al mirarlas de lejos, forman un cuadro entero.

La clave —incluso en medio del caos, incluso en la disfuncionalidad— está en desoír ese status quo que pretende uniformarnos, imponer un “deber ser” como si fuéramos piezas idénticas de un rompecabezas. La vida no exige encajar: exige existir. Y en esa diferencia irreductible, en nuestras aristas y grietas, está lo que nos hace humanos.

Esa noche no recibí de Dios la llave de la felicidad —porque tal vez no exista—, pero sí me entregó otras: la de la humildad y la de la tolerancia. Con ellas se abre la posibilidad de aceptar y amar a los demás, y también a uno mismo, tal como somos: con virtudes y defectos, con heridas y cicatrices, con luces y sombras. Aceptar lo que no podemos cambiar nos libera. Nos enseña a fluir. Y en ese fluir hay paz. ¿La han sentido? Es lo más cercano a la felicidad que conozco.

Quizás piensen que he perdido la razón. ¿Será? No lo creo. Lo cierto es que aquella noche, después de tantas vueltas y preguntas, logré dormir profundamente. Y lo hice con una sonrisa dibujada… ¡de oreja a oreja!

A veces, la felicidad no se encuentra en grandes certezas, sino en pequeños destellos. Un techo conocido, una película inesperada, una carcajada compartida con caricaturas amarillas. La noche que parecía interminable se convirtió en revelación: aceptar, resistir y sonreír puede ser lo más cercano a la plenitud que un ser humano pueda alcanzar.


Epílogo

Tal vez no exista una fórmula para la felicidad, ni una ruta clara que garantice su llegada. Pero a veces basta con detenerse, mirar sin exigencias y permitir que la vida sea imperfecta. En esa aceptación —simple, humana— ocurre algo sutil: el caos se aquieta, el corazón descansa y, por un instante, todo está bien.


“Una meditación sobre aceptar, amar y sonreír en medio del caos.”



viernes, 11 de abril de 2025

"LAS MANOS DE DIOS": Un texto poético y espiritual sobre el cansancio del alma, la oración silenciosa y la certeza de que, aun en el abismo, son las manos de Dios las que sostienen el camino.


“En el silencio del alma cansada, las manos de Dios hacen su obra.”

Prólogo

A veces el día comienza con luz y termina en prueba.
Entre lo cotidiano y lo invisible, el alma aprende que no toda batalla se libra con palabras, ni toda fuerza nace de uno mismo. Este texto es el rastro de ese instante en que el cansancio humano se encuentra con la gracia divina.


Un día cualquiera…
te levantas con música en la cabeza,
una sonrisa tatuada que simboliza amor y alegría.
Y una gente que no es gente… ¡te arruina el día!

Se frunce el entrecejo.
Se tensan las mandíbulas, sellando los labios
en muda oración.
Si pronuncio palabras, sonarán a maldición.

Te tragas la amargura.
Aprietas la frustración.
El corazón se oprime; la respiración se agita.
La mente se nubla con pensamientos perversos
que se esfuman por inacción.

Llegas a casa —ese lugar sagrado—,
el que alberga tu vida
como tu cuerpo al alma.

No haces nada. Nada vale la pena.
No apetece. ¡Ni eso ni nada!
Te acuestas en la cama, desanimada.
Adoptas posición fetal:
reflejo de que, en el vientre de tu madre, deseas estar.
Aun gestando. No nacida,
para no enfrentar los dilemas que surgen
entre el bien y el mal.

Con las palmas abiertas, juntas las manos bajo tu cara.

Palmas que, como orando,
tejen un lecho de consuelo y esperanza
donde Dios te permite descansar.

Te relajas.
Tus ojos decepcionados fabrican cuentas de rosario —uno de cristal—,
unidas por hilos de plata
que te enlazan a la Madre:
esa que te abriga con amor
y promesas de bienestar.

De tu boca se escapa un musitado:
—Ay, Dios...

No es una simple exclamación.
No llega a ser un suspiro, aunque suene igual.
Es la exhalación del alma
cuando se libera de la opresión
que cargas entre pecho y corazón.

Es súplica.
Es plegaria.
¡Es un llamado a Dios!
Que no te suelte.
Que te sostenga,
porque estás ante el abismo…
el abismo entre el “sí” y el “no”.

Solo ves ante ti un camino lleno de obstáculos.
Entras en desasosiego.
¿Otra vez? —te preguntas, incrédulo y con decepción—.
¿Empezar de nuevo… hasta cuándo, Señor?

Con frenesí empiezas a limpiarlo.
Las malas hierbas impiden que entre la luz.
No sientes nada físico, la exaltación te anestesia.
Ni cansancio, ni desgarro

Las manos no sangran.
Las miras solo para comprender que, como siempre,
no son las tuyas las que despejan el camino que has de transitar…
¡Son las manos de Dios!


Epílogo

Cuando el ruido calla y el cuerpo se rinde, queda la verdad esencial: no caminas sola.
Incluso en la duda, incluso al borde del abismo, hay unas manos —más firmes que las tuyas— que siguen despejando el sendero.


“Allí donde termina mi voluntad, surgen las manos de Dios”

 


viernes, 4 de abril de 2025

"UNA TAZA DE CAFÉ": Reflexión poética sobre los rituales matutinos, la gratitud, el café y la conciencia del presente como acto de amor a la vida.


“Cada sorbo, un agradecimiento por el hoy”


Prólogo

Cada amanecer es un pacto silencioso entre el alma y el tiempo. Antes de que el mundo reclame nombres, horarios y batallas, existe un instante puro: ese en el que respirar ya es motivo suficiente para agradecer. Este texto nace ahí, en ese umbral sagrado donde lo cotidiano se convierte en rito y la vida, simplemente por repetirse, vuelve a ser milagro.


Como todos y cada uno, tengo mis propios rituales al despertar, en eso que solemos llamar “otro día más”, al amanecer. No voy a hablar de ello; sería como escribir un tratado científico sobre la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso y de cómo este produce y regula nuestras emociones, pensamientos y conductas corporales básicas… ¡y es lo último que tengo en mente!

Al abrir los ojos, automáticamente —y como respuesta a mi profundo amor a Dios— solo doy gracias por existir “otro día más”, tomando conciencia de la importancia de ello. Y, claro está, se dibuja en mi rostro la primera sonrisa del día: ¡una sonrisa auténtica, una que sale del alma, hermosa, profunda, indeleble como obra de arte hecha por el mejor tatuador! Así empiezan mis días: el de ayer, el de hoy… ¡el de mañana no sé, tal vez no haya!

Y así, con cara de ángel despeinado y envalentonado para las batallas que le aguardan —me lo imagino yo— voy dando traspiés desde la cama hasta la cocina. Allí cojo mi más afilada y reluciente arma —esa que brilla como el más resplandeciente lucero de la mañana—, simbolizando mi grito de guerra que avisa a toda España, y demás tierras lejanas, que conmigo no se metan… ¡por supuesto, estoy hablando de la cafetera italiana!

Empieza la magia. El fuego pone a burbujear el agua, que sube con fuerza, casi con rabia, para producir el elíxir que abrirá esa caja fuerte que resguarda con recelo aquellos instantes que constituyen el tesoro de nuestras vidas: ¡los recuerdos!

La taza humea, desprendiendo la fina y aromática hebra que nos ata a los tiempos; que borda el pasado, ornamentando nuestros pensamientos; que teje el presente, creando telas tangibles con esos instantes extraordinarios, intangibles; que zurce lo dañado, convirtiendo lo roto y gastado en vestimenta de gala… ¡humo y aroma que aclaran la visión de lo hermoso que puede ser el hoy, y un mañana!


Epílogo

Tal vez no sea el café, ni el humo, ni siquiera la mañana lo que nos despierta. Tal vez sea la memoria, siempre paciente, esperando una excusa para recordarnos quiénes somos y por qué seguimos aquí. Mientras haya gratitud, aroma y conciencia del ahora, cada día —aunque parezca uno más— seguirá siendo único.


“La vida no se mide en años ni en logros, sino en los instantes que huelen a café recién hecho.”



viernes, 28 de marzo de 2025

"CARTA A ALGUIEN QUE CREÍ CONOCER": Una carta profunda y reflexiva sobre la pérdida, el suicidio y las preguntas que deja la muerte elegida. Un texto íntimo sobre el dolor, la fragilidad humana y la búsqueda de sentido

  Texto

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“Una carta íntima a la frontera entre la vida y la muerte.”


Prólogo 

Quizá nunca sepamos por qué algunas almas se cansan antes de tiempo. Pero al escribir, al recordar, al preguntar sin respuestas, seguimos eligiendo la vida. Este texto no cierra la herida: la honra. Porque amar también es aprender a vivir con lo que no se puede comprender.


Tengo tu foto frente a mí.

Tus ojos me miran desde un lugar al que ya no puedo llegar. En ellos sigue viviendo el mar que tanto amo: azul inmenso, inquieto, insondable. Ese mar ya no es un paisaje: es un espejo de tu último naufragio, un abismo que me devuelve preguntas que no sé responder.

No dejo de mirarte. Me pregunto —con miedo, con rabia, con ternura— qué sucede dentro de un ser humano para tomar esa decisión. ¿Cuánto dolor hay que cargar para que la muerte parezca descanso? Y mientras lo pienso me descubro temblando, porque no hablo solo de ti: hablo de cualquiera de nosotros. En otro tiempo, en otras circunstancias, podría haber sido yo.

Tu muerte me abrió una grieta que no conocía. Creía haber entendido la vida y la muerte, pero tu decisión deshizo mis certezas. Morir es inevitable, lo sabemos todos. Pero elegir morir, interrumpir la propia historia, es un acto que nos deja desarmados a quienes seguimos aquí.

Desde entonces me acompaña una pregunta que no consigo cerrar: quitarse la vida, ¿es un acto de valentía o de rendición? Quizá ambas cosas. Quizá ninguna. Tal vez sea el gesto extremo de un alma agotada que ya no encuentra salida. Pero para los que quedamos es un terremoto. Nos obliga a mirar de frente nuestras grietas, nuestras sombras, y a aceptar que la desesperación puede tocarnos a cualquiera.

Solías decir: «Las personas más tristes hacen siempre lo posible por hacer felices a los demás, porque saben lo que significa sentirse absolutamente inútiles y no quieren que nadie más se sienta así».

¿Guardabas tristeza detrás de tu rostro sonriente? Eras amable, generoso y amoroso… siempre te preocupabas por los demás. Me aterra imaginar que fue un grito desesperado, que esperabas ser rescatado y no llegó nadie.

A veces me conmueve pensar que quisiste liberarte, que buscabas un silencio que aquí no encontraste. Nunca lo sabré. Nadie lo sabrá. Solo tú conoces la verdad de ese instante, y ahora esa verdad es misterio.

Desde mi corazón adolorido te digo: me rompiste. Tu ausencia no es solo tristeza: es una herida que cuestiona mi propia existencia. Me miro al espejo y me descubro frágil, mortal, incapaz de dar respuestas definitivas. Quizá en esa incapacidad esté la clave: la vida es una pregunta sin respuesta, y tal vez quienes no soportan más siguen buscándola en otro lugar.

Quiero creer que hay un espacio, más allá de todo esto, donde tu alma encontró descanso. Que el azul profundo que vivía en tus ojos te haya recibido al fin. Que allí ya no exista ni valentía ni cobardía, solo paz.

Paz y vida eterna a tu alma, mi querido desconocido. Y también paz para nosotros, los que seguimos aquí intentando entender, sin lograrlo del todo.


Epílogo

Hay encuentros que creemos conocer y ausencias que jamás aprendemos a nombrar. Esta carta nace en ese territorio incierto donde el amor, la culpa y las preguntas sin respuesta conviven. No intenta explicar la muerte, sino acompañar el temblor que deja en quienes seguimos respirando, mirando una fotografía, buscando sentido en lo irreversible.


“Quizá la vida no se explica: solo se habita, hasta donde podamos.”

Dedicado: R.W.


viernes, 21 de marzo de 2025

"Amar, el acto de existir": Reflexión íntima sobre el amor en sus múltiples formas: amor romántico, filial, divino y al prójimo. Un texto sobre pensamiento, conciencia y sentido de vida.

"El amor no se explica, se encarna”


Prólogo

Hay palabras que no se escriben para ser entendidas, sino para ser reconocidas.
Este texto nace de una certeza íntima: el amor no se piensa, se vive; no se define, se encarna.
Cada línea es una huella de ese tránsito silencioso entre la mente que busca sentido y el alma que ya lo conoce.
Leerlo no exige respuestas, solo presencia.


En este andar por la vida, si algo permanece constante, es la abundancia de pensamientos espontáneos, incoherentes, muchas veces contradictorios con nuestra voluntad de existir.

Viene a mi mente una escena que me marcó profundamente. No como una herida, sino como una brújula. Mi madre, en su lúcida ancianidad, una vez me pidió consejo —ella a mí, cuando la sabia era ella— sobre cómo acallar las voces de la mente: esos pensamientos que brotan a borbotones, sin control ni coherencia, y que nos descolocan en nuestros sentires, llevándonos a lugares indeseados.

Sin pensarlo mucho, le respondí lo primero que me vino a la mente:
“Madre, el cerebro no se detiene ni un instante, y la mente te dará lo que quiera darte. Toma las riendas. Conduce los pensamientos hacia donde quieras que vayan. Llévalos a esos instantes del pasado donde sentiste alegría y plenitud, a esos tesoros que guardas en el alma y que son solo tuyos. Vuélvelos a vivir, disfrútalos como entonces.”

No sé si esas fueron exactamente mis palabras, pero así las recuerdo. Fue un consejo que le di a mi madre en un ayer, y que hoy sigo aplicando. Le sirvió a ella en su momento, y a mí me sostiene ahora.

Ser feliz no es un evento fortuito, ni algo que se encuentre doblando la esquina, como quien tropieza con el tesoro de otro. No. Me niego a aceptarlo. Porque no es racional, ni justo.

Pero no es la “felicidad” lo que me impulsa a escribir, sino los pensamientos que genera la mente y hacia dónde los dejamos ir. ¿Permitimos que fluyan sin control, como agua de manantial que se pierde entre las piedras, o los canalizamos hacia un cauce que nos dé paz y sentido?

Yo he elegido canalizarlos. El agua del manantial es el amor; el depósito, mi alma. Así me aseguro de tener suficiente para beber y para calmar la sed de otros. Los pensamientos llevan a las palabras, y éstas a la acción. Es mi forma de vivir en coherencia.

El amor. Breve en su escritura, insondable en su esencia. No hay verbo, sustantivo ni pensamiento capaz de contener su vastedad. Es principio y fin, origen y retorno. Es llama secreta que da sentido al existir, soplo que anima al hombre, vibración que atraviesa la piedra y alcanza las estrellas. Todo lo que respira, lo hace por amor; y todo lo que deja de hacerlo, muere también por él.

El amor, el amor, el amor… repetido así parece letra de canción. Y lo es. Porque es la inspiración de casi todas: por tenerlo, por perderlo o por no haberlo encontrado. Sea como sea, el amor siempre ha sido, y será, la fuerza que mueve al mundo —para bien o para mal—.

Hay amores que no salvan, sino que consumen.
El amor al poder se disfraza de liderazgo y termina en dominio.
El amor al dinero, que promete seguridad, se convierte en codicia que devora.
El amor desmedido a uno mismo se vuelve espejo sin fondo: el ego, hambriento, jamás se sacia.
El amor a la fama es un grito que necesita ser oído, aunque se pierda la voz.

Incluso el amor a la verdad puede enfermar cuando se impone con violencia sobre quienes no la ven igual. Son amores torcidos, pero amores al fin: la misma energía divina usada al revés.

Por eso el mundo convulsiona, no por falta de amor, sino por no saber cómo amar. Surgen entonces las preguntas inevitables: ¿el amor es uno solo? ¿Se ama a todos del mismo modo?

Desde el principio de los tiempos, cuando el hombre levantó los ojos al cielo y sintió en el pecho la nostalgia de un origen que no recordaba, el amor ya lo habitaba. Empédocles lo llamó philia, la fuerza que une los elementos del cosmos; Platón lo vio como un puente entre la carencia y la plenitud; San Agustín lo entendió como la presencia viva de Dios en el alma. Cada uno intentó nombrar lo innombrable, pero el amor siguió siendo ese misterio que solo se percibe cuando falta.

¿Desciende, entonces, el amor desde lo divino hasta lo humano, toma cuerpo, pulsa en la carne y se hace necesidad y temblor? ¡Ojalá fuera simple la búsqueda!

 La biología dice que el amor se enciende en las neuronas, danza con la dopamina, se anuda con la oxitocina. Se acelera el pulso, tiembla la respiración, se eriza la piel. Es impulso, deseo, hambre. Pero también lenguaje de supervivencia, pacto silencioso de la especie consigo misma.

Ahí nace el amor romántico: ese relámpago que atraviesa la soledad y promete eternidad. Es el más humano de los delirios y el más divino de los errores. Entre el hombre y la mujer, el amor es conjuro y abismo: une para luego dividir, eleva para luego derrumbar. Freud lo vio como sublimación del instinto; Fromm, como arte y disciplina; Neruda, como incendio en la sangre.

En el amor pasional, el ser se despoja de toda armadura: anhela ser visto, comprendido, penetrado hasta el alma. Pero esa entrega contiene su tragedia: todo lo que se une corre el riesgo de romperse.

Más allá del deseo, el amor se transforma en raíz y herencia. El amor de los padres hacia los hijos no se elige, se impone. Nace antes que la palabra y sobrevive a toda razón. Es fuego perpetuo que arde sin consumirse, antorcha que ilumina incluso cuando la vida se apaga.

Ese amor —irracional, absoluto— prueba que hay en el ser humano una fuerza que desafía toda lógica. Los padres aman incluso cuando duele, perdonan incluso cuando sangran. Morirían o matarían por proteger esa extensión de sí mismos que es su hijo. Nadie, absolutamente nadie, ha logrado nombrar el amor hacia los hijos. No se deja medir ni comprender: solo se siente. Es resplandor que habita el alma y trasciende, como si en ese lazo Dios recordara su propio origen. Es lo inefable hecho carne.

 ¿Y qué otra pasión logra eso?

En el extremo más alto de ese misterio hallamos el amor divino. El amor hacia Dios —o de Dios hacia el hombre— es la forma más pura de la paz que da esperanza. El alma, fatigada por el mundo, se aferra a Él como a una promesa. En la fe cristiana, Dios es amor; en el sufismo, el Amado es el fuego que consume el yo; en el budismo, la compasión es la forma más elevada de amar.

El ser humano, frágil y finito, busca en lo eterno un reflejo de sí mismo, una razón para seguir. Porque cuando la vida hiere, solo el amor parece dar sentido al dolor. Amar a Dios es creer que el bien tiene propósito, que la luz vence, que la entrega no es inútil. Es un acto de confianza frente al abismo.

Así, el amor —romántico, filial, divino— se revela como una misma esencia con distintos rostros. No se ve, pero se sabe; no se toca, pero sostiene. Es energía, impulso, conciencia. Es música que no cesa, aunque cambie el instrumento. Todo intento de definirlo es un fracaso hermoso: un espejo empañado frente a la inmensidad.

Ni la gramática, ni la biología, ni la filosofía lo abarcan por completo. El amor no pertenece a ningún dominio del saber: es el fundamento mismo del ser.

Y, sin embargo, hay algo que nos distingue en medio de esa vastedad: el amor a los hijos y el amor a Dios no son del mismo tejido que los demás. El primero nos mueve; el segundo nos sostiene.

El amor siempre hiere. La diferencia está en la herida que deja.

En el amor a los hijos y a Dios, las heridas no sanan: permanecen abiertas, sangrando, eternas. Necesitamos que así sea, para poder tocarlas, recordarlas, sentir que aún vivimos en ellas.

Las heridas del amor romántico, en cambio, cicatrizan. Dejan tatuajes en el alma, poemas de nostalgia, de traición u olvido. Pero se cierran.

Quizá por eso, en los vínculos humanos, prometemos amarnos “hasta que la muerte nos separe”, porque, en el fondo, sabemos que hay amores que la muerte puede separar; y, aun, antes de ella.
Solo el amor entre padres e hijos, y entre Dios y nosotros… continúan aun cuando ya no quede nadie para pronunciar nuestros nombres, ni el suyo.

La pregunta que flota entre mis líneas:

¿Y el amor al prójimo?

El prójimo somos todos: Dios, los hijos, tú, yo… cada cual con su modo de amar y de ser amado. El amor no entiende de orden ni de jerarquías; solo de presencia.
A veces amamos primero lo que nos sostiene, otras, lo que nos duele; y en ese vaivén aprendemos a amar mejor. El prójimo es el espejo donde Dios nos mira.
Amar al otro es también amarnos en él, reconocer que somos fragmentos del mismo fuego. No hay antes ni después, no hay yo ni tú: solo un nosotros que respira en una misma esencia.

Quizá ese sea el misterio último del amor:
que, al amar, no damos ni perdemos nada, solo regresamos al lugar de donde venimos.


Epílogo

Al final, el amor no nos pertenece.
Nos atraviesa, nos hiere, nos sostiene y nos devuelve —una y otra vez— al origen.
Quizá vivir consista en eso: en aprender a no huir de lo que duele cuando nace del amor,
y en aceptar que amar no es llegar a algún lugar, sino recordar quiénes somos.


“No amamos por elección, sino porque el alma no sabe existir sin amar.”

viernes, 14 de marzo de 2025

"ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO": Amar sin poseer: carta a un amor imposible entre la fe y el deseo

 

 Dedicatoria: Para los enamorados de lo inalcanzable, que viven la intensidad del querer sin poseer.


“Amar no siempre es tener. A veces, amar es aprender a dejar ir.”


Prólogo

Este no es un relato de amor correspondido,
sino de un amor sentido en silencio.
De esos que no buscan quedarse,
sino comprender.
Porque a veces, el amor más profundo
es el que se vive sin tocar,
el que se honra renunciando.


Amor, nunca leerás esta carta porque nunca te la entregaré.

Y si la lees…
será porque cayó en tus manos
por esas casualidades de la vida.

Aun así,
tampoco sabrás que fue escrita para ti.

Conociendo tu inteligencia
y tu capacidad de reflexionar,
de alguna manera…
te habrá de dejar enseñanza:

¡como eso de que la mujer necesita amar en libertad!

No me pediste que te amara,
pero lo hiciste fácil,
sin esfuerzo…
para que así ocurriera.

Abonaste mi vida con francas miradas,
dulces sonrisas,
y prudente silencio.

Llenaste mis oídos
con la música más melodiosa:

¡tu voz!
¡tu risa!

Endulzando mis días,
acaramelando mi alma.

¡Ah!
¡Qué días de entusiasmo…
y noches de inmenso placer!

Con solo guardar tu imagen
dentro de mi pecho
y verla crecer.

Pero, a medida que transcurre el tiempo,
más deseo acercarme a ti.

Necesidad de tomar tus manos,
perderme en la profundidad de tu mirada,
respirar el aroma de tu piel…
yo la tengo.

¿Qué hago con todo esto
si sentirlo no puedo?

Quienes conocen lo que siento
y cómo pienso,
ruegan que deje los estigmas
y me eche a “volar”
en busca de mi felicidad.

No lo hago…
retrocedo.

Doy excusas: todas son mentiras
queriéndome justificar.
Bien sé que dentro de mí los vientos azotan,
y que la tempestad amenaza
con devastar a esta pobre alma…

¡que los mandamientos anhelan romper!

Anoche fue dura la pelea
entre mi conciencia
y los demonios que me acechan.

Pero no puedo…
me rindo.

¿A quién engaño?

De la alegría he pasado al llanto;
el amor a Él es superior en fuerzas.

Me apartan de ti porque mi fe está quebrantada;
porque tu amor es terrenal
y el de Él es celestial;
porque el tuyo me confina a las sombras,
y el de Él me da luz…
y libertad.

Tú eres finito,
me acompañarás solo a ratos.

Él es infinito,
ha estado conmigo desde siempre…
hasta la eternidad.

Cariño mío…
nunca te he tenido,
y ya te di por perdido.

¡amándote tanto!


Epílogo

Al final, no todo amor se pierde:
algunos se transforman.
Se quedan en el alma
como una lección suave y eterna.
Porque amar, incluso sin tener,
también es una forma de eternidad


“Amar es perder, pero perder también es amar.”


viernes, 7 de marzo de 2025

"RAÍCES DE UN AMOR CALLADO": Relato íntimo y poético sobre el deseo callado, la contemplación y un amor vivido en silencio bajo la sombra de un flamboyán.


“Un secreto guardado bajo la sombra de un flamboyán.”


Prólogo

Hay amores que no comienzan con una palabra, sino con una sombra.
Con un lugar que se vuelve cómplice.
Con un árbol que guarda lo que el corazón no se atreve a pronunciar.

A veces no es la persona lo que nos llama primero, sino el espacio donde aprendemos a sentirla. El escenario se vuelve santuario, y cada regreso es un ritual secreto. Nadie sospecha lo que late en ese rincón del mundo, pero para quien ama en silencio, cada hoja, cada brisa, cada latido tiene nombre.

Esta es la historia de un amor que no pidió permiso.
Que no necesitó confesión.
Que creció hacia dentro, como raíz obstinada buscando profundidad.

Porque hay sentimientos que no se gritan: se cultivan.


El parque no era paisaje, era antesala. Yo avanzaba como quien cumple una cita secreta. El aire húmedo se me pegaba a la piel; las aves alzaban vuelo a mi paso, y todo en el entorno parecía abrirse para dejarme llegar hasta él.

El Flamboyán me esperaba. Orgulloso, erguido, cubierto aún de flores desafiantes. Nadie más lo miraba como yo; nadie lo reclamaba. Pero yo lo hacía mío en silencio.

Me tendía bajo su sombra, entregada, con el sudor resbalando lento por mi piel. El roce de la brisa —como amante invisible— me secaba con la paciencia de quien sabe que la espera es parte del juego. Cerraba los ojos, hundía mi cabeza entre los brazos, descansaba mis piernas en su tronco dócil, y me dejaba poseer por la calma.

Entonces lo incitaba, traviesa, con una orden que nacía, entre risa y deseo, al ritmo de mis pies:

—¡Baila!

Y bailaba.

Las mariposas estallaban en vuelo desde sus flores, como si la naturaleza misma me obedeciera. Una explosión breve, multicolor, que me erizaba la piel. Era solo para mí; nadie más lo contemplaba. Ese secreto me pertenecía, como me pertenecía él en mis pensamientos.

Un suspiro profundo me atravesaba. No necesitaba tocarlo para sentirlo. Me bastaba recordar sus letras, perfectas, para dejarme herida de admiración. Y, sobre todo, me bastaba su voz. Esa voz que no decía palabras: me recorría como un roce bajo la piel, como una vibración que me estremecía por dentro.

Huía de él siempre que podía, porque temía que descubriera lo evidente: mi corazón desbocado, latiendo como si su sola presencia pudiera desnudarme.

Así lo vivía: deseándolo en silencio. Saboreándolo de lejos. Bebiendo cada mirada, cada gesto suyo, como si fueran gotas de un elíxir mágico que me mataba y resucitaba a un mismo tiempo.

Con solo verlo respirar, yo me elevaba. Con solo sentirlo cerca, yo descendía.

Me descubrí dueña del universo, amándolo en silencio;
como una flor abierta a la luz,
con las raíces firmes de un amor callado.


Epílogo

Con el tiempo comprendí que aquel árbol no era testigo de mi amor, sino espejo. Bajo su sombra no solo lo pensaba a él: me encontraba a mí. Descubrí la intensidad de mi deseo, la ternura de mi espera, la valentía de sentir sin garantías.

Nada fue en vano. Aunque él nunca supo lo que habitaba en mi pecho, yo sí lo supe. Y eso bastó.

El amor callado no es menos amor.
Es una forma más honda de vivirlo.

No todos los sentimientos están destinados a compartirse. Algunos vienen a revelarnos la fuerza con la que somos capaces de latir.

Y si alguna vez vuelvo a sentarme bajo un flamboyán en flor, ya no será para esconder lo que siento, sino para agradecerlo.

Porque amar en silencio también es una manera de florecer.


“Él nunca lo supo y, sin embargo, todo en mí hablaba de él.”

sábado, 1 de marzo de 2025

"Tengo ganas de ti": Un texto íntimo y poético sobre el amor no dicho, el deseo silencioso y la emoción que se vive sin explicación. Para quienes han amado sin poder nombrarlo.

 

“Un texto para quienes han amado sin poder nombrarlo.”


Prólogo

Antes de nombrarlo, el amor ya ha pasado por nosotros.
Se instala en los silencios, en lo que no decimos, en lo que apenas nos atrevemos a pensar.
Este texto no busca definirlo, sino escucharlo.
Es una voz baja, casi un susurro, para quienes han sentido sin saber cómo llamarlo.


Hace tiempo que te pienso.
Has ocupado mis horas y mis silencios. Me has robado el presente.

Cuando apareces, todo se suspende: creas un tiempo que no figura en los relojes, una mezcla de un ayer que aún respira y de un mañana que apenas se sueña.
Un tiempo fuera del tiempo. Inexistente. Intangible. Irreal.

No me hablas, pero te escucho.
No me tocas, y aun así te siento.
Todo de ti me estremece… solo con pensarte.

Me siento ante el ordenador y dejo reposar los dedos sobre el teclado.
De fondo suena una canción que murmura “... hoy tengo ganas de ti…” —dice una voz que no es mía y, sin embargo, siento que me la arranca del pecho.

Mis manos permanecen quietas, como si el teclado temiera repetir lo que el mundo ya sabe: que el amor duele, que el amor salva, que el amor se disfraza de eternidad para morir cada noche.
Y aun, con ese temor, sigue esperando el roce de mis manos, como mi piel espera el de las tuyas.

Las palabras que quería escribir ya flotaban en el aire, como pájaros cansados que necesitan posarse en el papel y escribir las notas que toca un piano enamorado.

¿Pretendía, acaso, escribir sobre el amor?
Todo está dicho.
Cada palabra que intente escribir tiene siglos de haberse pronunciado.
Nada nuevo que decir.

Quisiera que las emociones que me desbordan se transformaran en trazos sobre el papel, como un código secreto que solo yo conozca, que solo yo puedo descifrar. Pero no sucede.
¡Qué pretensión la mía!

Cierro los ojos, sonrío.
Esa sonrisa que solo aparece cuando imagino tu boca cerca de la mía, tus palabras que me acarician y tu voz arrullándome.

Se fue la inspiración, llegó la lucidez.
Y comprendí: ese es el misterio del amor.
Añejo como el tiempo, pero nuevo cada vez que vibra en alguien, cada vez que roza una piel.

¿Qué más podría decir del amor?
O debo reformular la pregunta, no para expresar algo que el mundo no ignore, sino para que se escuche desde mi propia voz, entre la multitud de voces de un coro eterno.

¿Alguna vez te sorprendió la lluvia —en un día soleado— mientras estabas dentro del mar?
¡Pues eso!
Así siento yo el amor: algo que no buscas, que no esperas. Llega de sorpresa, convirtiendo lo ordinario en algo extraordinario. En algo exclusivo.

Las gotas dulces caen sobre el agua salada. Estallan al tocarla. Se funden al penetrarla.
Agua con agua.
Contraste de temperatura.
Fuerza con resistencia.
Fusión.

¿Qué sientes entonces?
Tal vez miedo.
El impulso de huir.
Pero te quedas un instante más —te dices—, y te anclas en él anhelando que se haga eterno.

Flotas, temiendo hundirte, y al mismo tiempo deseando sumergirte.
La orilla está ahí, segura, cercana, pero algo dentro de ti se deja arrastrar por la corriente.
Te dejas llevar, atraído por una energía que no se nombra, pero se siente.
Una aventura en busca de un tesoro, ¿tal vez?

Y entiendes que no hay salvación posible: el amor también es eso.
Una entrega temerosa y luminosa, una corriente que te arrastra y te sostiene, que te impulsa y te contiene.

Es indescriptible: esa mezcla de temor y entrega, de exaltación y calma…
Eso puede que sea el amor.
Una energía que cambia de rostro, un campo cuántico donde todos los latidos se reconocen, donde ninguna historia es nueva, pero todas son únicas cuando alguien se atreve a sentirla.

Quizás el amor no se define.

No se explica ni se escribe.
Se respira. Se intuye. Se calla.
Solo se vive, como la lluvia cayendo sobre el mar.

Y mientras la canción repite su estribillo —tengo ganas de ti, tengo ganas de ti— descubro que también el amor tiene ganas de mí.


Epílogo

Tal vez mañana el amor cambie de forma, de nombre o de ausencia.
Pero hoy dejó su huella: una vibración suave, persistente, imposible de negar.
No pidió ser entendido, solo vivido.
Y eso —quizás— sea suficiente.


“El amor: la misma historia contada con otra voz, en otro tono, sentido en otra piel.”


sábado, 22 de febrero de 2025

"EL AMANTE DE PAPEL": Poema íntimo y reflexivo que explora la lectura nocturna como un acto de deseo, compañía y entrega. Un homenaje sensorial al amor por los libros.


“Un libro en mis manos, un amante en mis noches.”


Prólogo

Antes de que la noche se cierre del todo, existe un instante suspendido en el que el mundo calla y uno se permite escuchar lo esencial. Este texto nace ahí: en la frontera entre el insomnio y el deseo, donde un libro deja de ser objeto y se vuelve presencia. Leer, entonces, es un acto de entrega.


Ha llegado la noche, sola,
dejándome libre para embeberte,
para que me hagas fiel compañía,
para que entibies mi cama hasta que el gallo cante,
anunciando el nuevo día.

La tenue luz de la lámpara me permite verte,
deleitarme en ti. Te busco en la penumbra.
El brillo de las letras, como brasas diminutas,
me guía hacia ti. Te tomo.

Mis manos hambrientas recorren tu lomo y, al abrirte,
crujes calladamente, como un gemido contenido,
como murmullo secreto del papel que solo escucha
quien se abandona a la lectura.

El roce áspero y sedoso de tus páginas contra mis dedos
me invita a acariciarte, a poseerte sin pudor, con íntima confianza.

Llevo mi rostro hacia ti. Quiero olerte.
Envolverme en tu aliento de hojas secas,
aroma de polvo y humedad que me recuerda
a jardines florecidos en penumbra, dulcemente marchitos.

Te descifro, te interpreto.
Disfruto de tus letras, de la dulzura de una palabra justa,
como un beso sorpresivo en la boca.

Te vivo con suma intensidad,
¡como si tú fueses yo!

A veces te acurruco en mi pecho tibio,
cierro los ojos y te sueño:
sombras danzantes entre párrafo y párrafo,
como pliegues en un cuerpo desnudo.

Libro que te abrazo y no suelto
hasta acabar contigo.
Libro que arrancas mis negras noches
y las forjas en letras vivas, como piel tatuada en símbolos;
esas que me consumen la vida,
como tizones encendidos de fantasías,
con finales que dejan un regusto suave de amargor,
como un café frío, sin azúcar.

Libro que te cierro hoy,
con la esperanza de abrirte mañana
y la certeza de volver a sentir
el mismo placer que me diste esta noche:
libro que me posees tanto como yo a ti.


Epílogo

Cuando la lámpara se apaga y el libro descansa, algo permanece despierto. Las palabras siguen latiendo bajo la piel, reclamando memoria. Porque hay lecturas que no se terminan al cerrar la tapa: continúan, silenciosas, habitándonos.


“Entre letras, encuentro placer.”

viernes, 21 de febrero de 2025

"ESOS OJOS...", una reflexión sobre el silencio, la mirada y la conexión íntima entre seres.”



ESOS OJOS…

Ana Margarita Pérez Martin

Mírate. Tus ojos no reflejan lo que ves: revelan lo que eres.”

Siempre eliges el silencio. Guardas distancia, como si temieras que las palabras, una vez liberadas, no pudieran volver atrás. Aprietas la mandíbula, cierras la boca. No sé si no quieres hablar o si, simplemente, no puedes. Tal vez temes que, al hacerlo, la verdad te desborde y no haya retorno posible.

No eres un misterio, aunque lo aparentes. Eres más bien un pensamiento inconcluso, una emoción suspendida entre lo que callas y lo que anhelas decir. Pero tus ojos… tus ojos son la grieta por donde se cuela tu alma.

Ellos hablan. Cuentan historias sin pronunciar sonido. No lo hacen por lo que han visto, sino por lo que te han hecho sentir y por lo que han hecho sentir en otra piel. En su fondo habita el vaivén de la vida: la alegría y la herida, el desvelo y la calma. En ellos cabe la existencia entera.

El tiempo transcurre, intenta opacar su mirada… pero la pasión los mantiene encendidos. Son faroles que resisten la penumbra, testigos silenciosos del deseo y la memoria. Tus ojos no solo miran: murmuran, estremecen, laten. En su brillo se mezclan los sueños y las huellas del pasado, como si cada destello contuviera una historia diminuta, un secreto que no sabe callar.

Cada parpadeo es una letra. Ellas se juntan, murmuran. Te delatan. Cada mirada es un susurro al tiempo, un desafío a la espera y a la distancia. Tus ojos registran lo que no puede decirse: la emoción, la pérdida, la esperanza. En ellos se desnuda tu “yo” más profundo, ese que rara vez dejas ver.

Y cuando los miro —tus ojos, que de algún modo también son míos—, siento que todo vuelve a comenzar. Que cada amanecer nace ahí, en ese reflejo donde la vida se reinventa una y otra vez.

Porque en tus ojos habita todo lo vivido y lo soñado.
Son la puerta que se abre a cada historia que escribo… y a las que aún esperan ser contadas.
Y al mirarlos, descubro que no me reflejan: me revelan.
Son espejos infinitos donde mi alma se reconoce en la tuya,
y en ese reconocimiento dejo de ser una sola.
Tú eres mi espejo, y yo —al mirarte— soy el reflejo que aprende a existir.

“Hay verdades que solo los ojos saben contar.”


viernes, 14 de febrero de 2025

"CONTEMPLO", descubre un poema apasionado que mezcla deseo y ternura. Cada verso transmite roce, suspiro y la intensidad de un amor embriagador.

“Cada verso, un roce; cada línea, un suspiro.”


Prólogo

En la quietud de la noche, los cuerpos hablan sin palabras. Este relato es un susurro de deseo y complicidad, un instante donde la piel y los sentidos se entrelazan, y el amor se expresa en la respiración y la mirada.


Contemplo tu cuerpo desnudo
sobre sábanas arrugadas.
Tu piel aceitunada.
Sudada, como tierra mojada,
y huele a ella.

Esos ojos negros,
como noche sobre luna llena,
que me miran extasiados,
pidiendo tregua.

Me sonrío.
Me río de ello.
No te hago caso.

Beso tus labios
rojos como el vino,
de tanto amar.
Me apetece beber de ellos
mientras mis dedos
juegan en ti
como hojas llevadas por el viento.

Susurras en mis oídos,
alborotando mis cabellos.
Respiras,
jadeas en mi cuello
como la brisa de la mañana,
suave e inquieta al mismo tiempo.

Erizas mi piel.
Me hablas,
no te escucho.

Te abrazo con fuerza,
abrochándote contra mi pecho.
No te digo nada.
No te suelto.

Solo sonrío,
no dejo de hacerlo.
Creo que estoy embriagada de ti.


 Epílogo

Cuando el éxtasis se calma, queda la memoria de cada roce, cada suspiro. La pasión no termina en un final; permanece, silenciosa, tatuada en la piel y en el corazón, recordándonos lo dulce y embriagador que puede ser entregarse.


“Tu piel es mi refugio y tu abrazo, mi destino”

viernes, 7 de febrero de 2025

"ME ENGAÑARON": Un texto reflexivo sobre cómo los miedos aprendidos y los dogmas distorsionan la percepción del mal y nos alejan de la verdadera conciencia interior

Imagen que contiene texto, libro, hombre, persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

No hay monstruos en la oscuridad, solo sombras dentro de la conciencia.”


Prólogo

Desde pequeños nos enseñan a mirar el mundo con símbolos heredados: luces que salvan, sombras que condenan. Aprendemos a temer lo externo antes de conocernos por dentro. No es culpa de la fe ni de las creencias, sino de la rigidez con que a veces se transmiten, como si la vida fuera un mapa ya trazado. Este texto nace de esa grieta: del momento en que comprendemos que ninguna doctrina basta si no nos prepara para mirarnos con honestidad y asumir la responsabilidad de nuestros propios pensamientos.


Temía a la oscuridad.
Temía al bajo de la cama, a los senderos solitarios, a las personas raras y de fea presencia.
Temía saliera la bestia roja, con aroma de azufre, dientes afilados, cuernos y cola.

¡Me engañaron!
No me enseñaron que el diablo está dentro de la cabeza, a toda hora, en cualquier lugar, y que luce como un ángel dulcemente perfumado, hablándote de amor, caricias y entrega.
No me enseñaron que es un ladrón que te roba el sueño, la tranquilidad, la cordura… ¡la conciencia!

Me engañaron al hacerme creer que debía cuidarme del mal que rondaba fuera, cuando estaba en mi mente, carcomiéndome la dignidad, el amor propio, la decencia.

No me enseñaron a prepararme para la guerra entre el bien y el mal.
Aprendí a lidiar mis batallas con las únicas armas que me dio el tiempo: derrotas, coraje, lágrimas y fortaleza.

¡Me engañaron!

Una sola cosa fue cierta: el infierno arde en llamas…
¡Nos quemamos en la hoguera!


Epílogo

Con el tiempo entendí que no todo lo que hiere viene de fuera ni todo lo que seduce es bondadoso. El verdadero aprendizaje no fue renunciar a creer, sino dejar de delegar la conciencia. El mal no siempre ruge ni amenaza: a veces susurra, justifica y se disfraza de amor. Y quizá la libertad comienza cuando dejamos de buscar demonios ajenos y empezamos a hacernos cargo de las voces que habitan nuestra mente. Ahí, y solo ahí, empieza la verdadera luz.


“El diablo no tiene cuernos: lleva perfume y sonrisa.” 

sábado, 1 de febrero de 2025

"EXTRAÑO", un viaje a la nostalgia, el amor no vivido y los sentimientos que nunca se dijeron.

 

“La nostalgia tiene olor, tacto y sabor… y se llama ‘tú’.”


Prólogo
Hay recuerdos que no pertenecen al pasado sino a la imaginación. Historias que crecieron en las miradas sostenidas, en las palabras que nunca se dijeron y en todo lo que pudo haber sido. La nostalgia nace ahí, en ese territorio incierto donde el deseo y el silencio conviven. Este texto habla de esa ausencia llena, de amar sin haber llegado a tener, y de cómo a veces lo no vivido deja una huella más profunda que cualquier despedida.


Aparecías de repente.
Tus miradas, tus sonrisas... me estremecías.
Mi corazón golpeaba el pecho como loco,
mi respiración se agitaba. Lo sabías. Te sonreías.

¡Extraño verte! ¡Extraño todo eso!

Te veía... no te miraba,
temiendo que mi silencio gritara
las palabras atragantadas.
No quería delatarme,
¡como si eso fuese posible!
Lo sabías. Te sonreías...

Extraño las conversaciones que nunca tuvimos,
las llamadas que nunca hicimos,
los mensajes que jamás escribimos.
¡Extraño todo eso que nunca nos dijimos!

Extraño el olor de tu piel,
y su roce con la mía.
Extraño tu barbilla
clavada en mi garganta al besarme,
al morderme, al encajar.
¡Extraño todo eso que no llegamos a sentir!

Extraño esa extraña historia de nosotros,
mientras nos pensábamos.
¡Dolía!

¿Sabes qué más extraño?
Esa época de mi vida en que, sin conocerte,
soñaba con una historia de amor
sin tantos "extraño".


Epílogo
Con el tiempo se entiende que no todo amor está hecho para suceder. Algunos existen solo para enseñarnos cómo late el corazón cuando imagina. Y aunque la nostalgia regrese de vez en cuando, ya no duele igual: se vuelve memoria suave, un eco que recuerda quién fuimos cuando todavía creíamos en lo posible.


“A veces se extraña más lo que nunca se tuvo que lo que se perdió.”