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domingo, 15 de febrero de 2026

"Ayer te vi" – Texto poético sobre el amor, la soledad y la intensidad de los encuentros.


“A veces el peligro no es amar, sino recordar cómo se sintió.”


Prólogo

A veces el verdadero peligro no es amar, sino recordar lo que se sintió al borde del abismo del deseo. Esta prosa poética explora la intensidad de los sentimientos que nacen sin buscarse, la fascinación por alguien que parece prohibido y la ternura que despiertan miradas que no se atreven a ser descubiertas. Entre emociones fugaces y silencios significativos, cada instante se convierte en un recordatorio del amor no correspondido y del aprendizaje que trae consigo.


Ayer te vi.

Anteayer también.

Y cuando apareces, algo se altera apenas, como si la noche entrara antes de tiempo en mitad del día. No haces nada distinto, no dices nada especial, pero tu presencia deja una vibración leve, un rastro que permanece cuando ya no estás. Yo miro sin que lo notes. He aprendido a hacerlo así, a esconder el gesto, a guardar la quietud mientras por dentro algo despierta y enseguida vuelve a dormirse.

Cuando hablas, me alejo un poco. No por rechazo, sino por cuidado. Hay cercanías que arden despacio y uno no se da cuenta hasta que ya es tarde. Mi intuición lo sabe y me detiene antes de dar un paso más. No quiero engancharme a lo que no tiene nombre ni lugar. No quiero más señales confundidas con destino ni historias sostenidas solo por el deseo. El amor, con el tiempo, me enseñó a desconfiar de lo que se siente demasiado intenso y demasiado frágil a la vez.

Sé que no eres hombre para mí,

como yo no soy mujer para ti.

Y en esa certeza hay una calma triste, pero necesaria. No hay promesa entre nosotros, solo una posibilidad que existe mientras no se toca. Por eso necesito distancia. Que no me mires demasiado tiempo, que no me hables como si hubiera algo pendiente, que no me sonrías de esa forma que deja preguntas abiertas cuando llega la noche.

No me desordenes la vida.
Me ha costado aprender a habitar este silencio, a reconciliarme con la calma que queda cuando todo pasa. Aquí, en esta soledad, al menos, nada se rompe.

Amor no tengo.
Pero en mi soledad me sostengo.


Epílogo

Aprender a sostenernos en la soledad es un acto de valentía. Porque hay desórdenes que parecen amor, pero solo son la memoria de lo que nunca fue, comprendemos que la belleza de los encuentros intermitentes reside en la intensidad del instante, en la ternura de la mirada y en la fuerza de nuestro propio crecimiento emocional. Esta reflexión poética nos recuerda que los sentimientos más profundos no siempre requieren reciprocidad, solo atención y cuidado hacia nuestro propio corazón.

Nota: Publicado en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 21 de febrero de 2025

"ESOS OJOS...", una reflexión sobre el silencio, la mirada y la conexión íntima entre seres.”



ESOS OJOS…

Ana Margarita Pérez Martin

Mírate. Tus ojos no reflejan lo que ves: revelan lo que eres.”

Siempre eliges el silencio. Guardas distancia, como si temieras que las palabras, una vez liberadas, no pudieran volver atrás. Aprietas la mandíbula, cierras la boca. No sé si no quieres hablar o si, simplemente, no puedes. Tal vez temes que, al hacerlo, la verdad te desborde y no haya retorno posible.

No eres un misterio, aunque lo aparentes. Eres más bien un pensamiento inconcluso, una emoción suspendida entre lo que callas y lo que anhelas decir. Pero tus ojos… tus ojos son la grieta por donde se cuela tu alma.

Ellos hablan. Cuentan historias sin pronunciar sonido. No lo hacen por lo que han visto, sino por lo que te han hecho sentir y por lo que han hecho sentir en otra piel. En su fondo habita el vaivén de la vida: la alegría y la herida, el desvelo y la calma. En ellos cabe la existencia entera.

El tiempo transcurre, intenta opacar su mirada… pero la pasión los mantiene encendidos. Son faroles que resisten la penumbra, testigos silenciosos del deseo y la memoria. Tus ojos no solo miran: murmuran, estremecen, laten. En su brillo se mezclan los sueños y las huellas del pasado, como si cada destello contuviera una historia diminuta, un secreto que no sabe callar.

Cada parpadeo es una letra. Ellas se juntan, murmuran. Te delatan. Cada mirada es un susurro al tiempo, un desafío a la espera y a la distancia. Tus ojos registran lo que no puede decirse: la emoción, la pérdida, la esperanza. En ellos se desnuda tu “yo” más profundo, ese que rara vez dejas ver.

Y cuando los miro —tus ojos, que de algún modo también son míos—, siento que todo vuelve a comenzar. Que cada amanecer nace ahí, en ese reflejo donde la vida se reinventa una y otra vez.

Porque en tus ojos habita todo lo vivido y lo soñado.
Son la puerta que se abre a cada historia que escribo… y a las que aún esperan ser contadas.
Y al mirarlos, descubro que no me reflejan: me revelan.
Son espejos infinitos donde mi alma se reconoce en la tuya,
y en ese reconocimiento dejo de ser una sola.
Tú eres mi espejo, y yo —al mirarte— soy el reflejo que aprende a existir.

“Hay verdades que solo los ojos saben contar.”