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domingo, 1 de marzo de 2026

" El desapego ": Cuerpo, mente, consciencia y alma en alineación. Equilibrio emocional. Paz mental.

 

“Hay noches en que el silencio revela las conversaciones que el día se empeña en callar.”


Prólogo

A veces creemos que el conflicto nace del mundo, de las personas que llegan y se van, de los amores que no se concretan. Pero el verdadero desorden ocurre cuando lo que somos se fragmenta por dentro. Este relato no habla de una pérdida, sino de una búsqueda: la de esa sintonía invisible entre cuerpo, mente y alma que nos devuelve el sentido cuando el deseo amenaza con rompernos.


Llevaba meses habitando un territorio incierto: un lugar donde el deseo y la ausencia se confundían hasta volverse indistinguibles. No era exactamente tristeza, tampoco esperanza; era una intermitencia que me mantenía en vilo, como una respiración que nunca termina de completarse. Cuando él aparecía —una mirada fugaz, una palabra breve— el mundo se ordenaba por un instante; cuando desaparecía, todo dentro de mí caía en un ruido desacompasado.

El cuerpo lo resentía primero. El pecho apretado, el pulso acelerado ante la posibilidad de encontrarlo en cualquier esquina. El cuerpo, noble y biológico, respondía al estímulo de la expectativa y al vacío de la ausencia. Reaccionaba. No decidía.

Mi mente era la que tejía el laberinto: construía un amor perfecto en la misma medida en que la realidad lo negaba. En esa distancia entre lo imaginado y lo posible crecía la ansiedad, como una enredadera que trepa sin jamás ser podada.

Mi alma, en cambio, silenciosa, observaba el caos. Su anhelo era más hondo: buscaba sentido, propósito. No quería el sobresalto de un mensaje inesperado ni la euforia breve de una coincidencia; quería coherencia.

Una noche, exhausta, me recosté escuchando música de meditación. Buscaba —desesperadamente— una reconciliación interior. Cerré los ojos. Me concentré en la música, dejándome que me poseyera.

No dormía, pero algo comenzó a transformarse. Vi el techo elevarse, las paredes curvarse. Vi salir de mi pecho, sin dolor, una luz que quedó flotando encima de mí, casi rozándome, serena.

Era yo, me vi.

Desde arriba, observé mi cuerpo tendido en la cama: inmóvil, respirando con dificultad. Desde abajo… sentí esa presencia que flotaba, reconociéndome en ella. No hubo miedo, solo una curiosidad limpia. Intenté moverme. No pude. El corazón golpeaba con violencia.

—¿Temes verte? — me preguntó la figura suspendida, sin labios, sin sonido.

No era una voz externa.

—No temo verme —respondí desde la inmovilidad—. Temo perderlo.

La figura descendió apenas, lo suficiente para que la luz rozara su pecho.

—No te agita él. Te agita lo que imaginas.

La mente reaccionó con furia. Se negó a ser señalada.

—Si no imaginara, no habría esperanza. Si no interpretara, no habría sentido.

—Si no exageraras —replicó la presencia—, habría paz.

El aire se volvió más denso. El cuerpo, abajo, sudaba frío. Sentía el deseo como una corriente eléctrica bajo la piel. Sentía la ausencia como un hueco físico.

—El cuerpo solo responde —continuó la figura—. Late. Arde. Tiembla. No decide.

—Yo intento protegerla —insistió la mente—. La preparo para lo que podría ser.

—La arrastras hacia lo que no es—. El silencio se tensó entre ambas.

Entonces algo más emergió. No tenía forma ni altura. Era la consciencia, discerniendo, aportando claridad. Una firmeza suave que no discutía. Y, sin elevar la voz, ajustó a las dos.

No hubo rendición. Hubo reconciliación.

La respiración empezó a acompasarse. El latido dejó de golpear y comenzó a marcar ritmo. La luz que flotaba descendió lentamente hasta tocar el cuerpo inmóvil, se fundió con él, como si nunca hubiera estado separada. La mente aflojó la intensidad de sus imágenes. Las escenas perfectas perdieron brillo. El deseo siguió allí, pero ya no era incendio descontrolado; era calor contenido.

Abrí los ojos.

Nada externo había cambiado. Él seguía siendo improbable. La historia, inconclusa. Pero dentro de mi algo se había alineado. El cuerpo respiraba con mayor calma; la mente ya no corría desbocada detrás de escenarios imaginarios; el alma permanecía atenta, firme.

Comprendí que el sentido no depende de poseer aquello que se desea, sino de la armonía con la que se desea. Que el amor imposible puede ser maestro, pero no amo. Que la ansiedad surge cuando la mente se separa del alma y arrastra al cuerpo a una carrera sin dirección.

Esa noche no dejé de quererlo. Pero dejé de desordenarme por él.

Y en esa sutil diferencia comencé, por fin, a habitarme.


Epílogo

El amor imposible no desaparece por arte de magia; se transforma cuando dejamos de sostenerlo desde la carencia. La ansiedad se disuelve cuando la consciencia toma la dirección y convierte el deseo en aprendizaje. No siempre obtenemos aquello que anhelamos, pero siempre podemos elegir la armonía desde la cual lo anhelamos.


“Cuando las tres voces aprendieron a escucharse, el latido dejó de doler y comenzó a guiar.”

domingo, 15 de febrero de 2026

"Ayer te vi" – Texto poético sobre el amor, la soledad y la intensidad de los encuentros.


“A veces el peligro no es amar, sino recordar cómo se sintió.”


Prólogo

A veces el verdadero peligro no es amar, sino recordar lo que se sintió al borde del abismo del deseo. Esta prosa poética explora la intensidad de los sentimientos que nacen sin buscarse, la fascinación por alguien que parece prohibido y la ternura que despiertan miradas que no se atreven a ser descubiertas. Entre emociones fugaces y silencios significativos, cada instante se convierte en un recordatorio del amor no correspondido y del aprendizaje que trae consigo.


Ayer te vi.

Anteayer también.

Y cuando apareces, algo se altera apenas, como si la noche entrara antes de tiempo en mitad del día. No haces nada distinto, no dices nada especial, pero tu presencia deja una vibración leve, un rastro que permanece cuando ya no estás. Yo miro sin que lo notes. He aprendido a hacerlo así, a esconder el gesto, a guardar la quietud mientras por dentro algo despierta y enseguida vuelve a dormirse.

Cuando hablas, me alejo un poco. No por rechazo, sino por cuidado. Hay cercanías que arden despacio y uno no se da cuenta hasta que ya es tarde. Mi intuición lo sabe y me detiene antes de dar un paso más. No quiero engancharme a lo que no tiene nombre ni lugar. No quiero más señales confundidas con destino ni historias sostenidas solo por el deseo. El amor, con el tiempo, me enseñó a desconfiar de lo que se siente demasiado intenso y demasiado frágil a la vez.

Sé que no eres hombre para mí,

como yo no soy mujer para ti.

Y en esa certeza hay una calma triste, pero necesaria. No hay promesa entre nosotros, solo una posibilidad que existe mientras no se toca. Por eso necesito distancia. Que no me mires demasiado tiempo, que no me hables como si hubiera algo pendiente, que no me sonrías de esa forma que deja preguntas abiertas cuando llega la noche.

No me desordenes la vida.
Me ha costado aprender a habitar este silencio, a reconciliarme con la calma que queda cuando todo pasa. Aquí, en esta soledad, al menos, nada se rompe.

Amor no tengo.
Pero en mi soledad me sostengo.


Epílogo

Aprender a sostenernos en la soledad es un acto de valentía. Porque hay desórdenes que parecen amor, pero solo son la memoria de lo que nunca fue, comprendemos que la belleza de los encuentros intermitentes reside en la intensidad del instante, en la ternura de la mirada y en la fuerza de nuestro propio crecimiento emocional. Esta reflexión poética nos recuerda que los sentimientos más profundos no siempre requieren reciprocidad, solo atención y cuidado hacia nuestro propio corazón.

Nota: Publicado en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

martes, 10 de febrero de 2026

"De mí, para ti": un texto romántico y sensual sobre amor, deseo y protección mutua.

 
"Amar es tocar sin lastimar, desear sin apresurar, sostener sin poseer."


Prólogo

Este poema es un susurro sobre la entrega y el cuidado mutuo. Nos recuerda que amar y desear pueden coexistir con respeto y ternura, que la pasión no necesita causar daño, y que la intimidad verdadera se construye en la delicadeza del gesto compartido.


Te entrego una rosa.

Única, soñada, con espinas.
¿Acaso hay alguna que no estremezca
cuando su perfume roza la piel del que ama?

Huele su fragancia, que enciende los sentidos;
acaricia sus pétalos con labios temblorosos,
bebiendo cada gota de rocío
como secretos que se susurran al oído del deseo.

Deshójala lentamente.
Cada pétalo: un roce, un suspiro,
una petición muda de “quédate”
en la curva de mi sonrisa.

Déjala prendida a su tallo,
sin reparar en las espinas.
Yo lo sujetaré con mis manos,
para que las tuyas no sean heridas.

Tejamos el hilo invisible
que nos una, sin atraparnos.
Sin culpas, sin aflicción,
sin cargas ni desamparos.

No hay dolor.
Solo la dulzura imaginada
de un instante donde amor y deseo
se confundan entre pétalos y espinas,
entre cuerpos que se busquen con pasión encendida
y se sostengan como abrazo que protege lo sagrado.

Al entregarte la rosa,
en tus manos descansa
lo que elegimos cuidar,
con ternura y recelo.


Epílogo

Amar es aprender a sostener sin herir, a acercarse sin poseer, a cuidar al otro como un tesoro frágil y sagrado. En el roce de los sentidos y la entrega del corazón, descubrimos que la verdadera pasión es también un refugio de pureza y bienestar compartido.


"Entre pétalos y espinas, el amor verdadero se protege y se respira en silencio."

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 16 de enero de 2026

"A veces, solo a veces": Narrativa poética espiritual. Una conversación del alma con Dios sobre el amor imposible.


“Sentir puede ser un regalo… incluso cuando no se puede tener”.


Amar a Dios no es una idea ni un mandato: es una relación viva.
Es saber que hay una cuerda invisible que nos sostiene cuando el mundo amenaza con girar demasiado rápido, cuando lo que sentimos nos descoloca, cuando la emoción nos empuja a caminar con los pies en el aire y la cabeza hacia abajo.

Dios es esa cuerda tensa y amorosa que no aprieta, pero afirma.
La que nos recuerda dónde estamos parados cuando el deseo nos eleva y el dolor nos desequilibra.
Con Él no hace falta entenderlo todo: basta con no caer.

Tener a Dios como compañía permanente no nos salva del desconcierto, pero nos da un eje.
No evita que el corazón se encienda, pero impide que nos perdamos en el incendio.
Es el ancla que permite explorar sin naufragar, sentir sin rompernos, amar sin desintegrarnos.

Cuando el mundo parece ponerse al revés,
cuando el alma se adelanta al cuerpo,
cuando la emoción pide más de lo que la vida puede dar,
Dios no nos baja del vértigo:
nos sostiene dentro de él.


A veces —solo a veces— suelo enojarme con Dios.
No es para asustarse.
No es falta de fe; es exceso de confianza.

Mi relación con Dios es personal, íntima, espontánea. Nace de una necesidad interior que no sabe de fórmulas ni solemnidades. Guardo silencio, escucho, agradezco, me quejo. Dialogo con el alma, no con los labios, consciente de que Él ya sabe por dónde voy y a qué voy. No hacen falta explicaciones ni rodeos: nada de sutilezas ni protocolos. Amor, respeto, honestidad.

¿Acaso puede ser de otra forma?
Soy su hija.
Él es mi Padre.

Por lo general, soy sumisa frente a los llamados “misterios divinos”. Si no logro comprender algo, lo acepto. Es un misterio, ¿no? Así sucede casi siempre. Me inclino ante lo incomprensible con humildad, confiando en que hay cosas que no están hechas para ser entendidas, sino sostenidas.

Pero hay uno.
Uno solo.
Menudo “uno”.

Un misterio que no logro aceptar. Uno que no quiero dejar pasar como si fuera apenas otro límite de mi corta mente humana. No lo entiendo y me niego a hacerlo pasar por alto. Él lo sabe. Siempre lo sabe. Por eso se inquieta cuando lo rozo. Por eso se me esconde, no porque no pueda oírme, sino porque sabe que lo busco para discutir, para reclamar, para pelear por un derecho profundamente humano: que el alma envejezca al mismo tiempo que el cuerpo.

¿En qué estaba pensando cuando hizo al alma eterna?

¿Cómo se supone que soltemos, que nos desapeguemos de lo terrenal, si el alma vibra intacta, encendida, joven, mientras el cuerpo se queda atrás, se agrieta, se cansa o empieza a caerse a pedazos?

No lo acepto.
Y Él bien lo sabe.

Cuando le toco este tema, llego con el ceño fruncido y el ánimo revuelto. Traigo el corazón endurecido por una tristeza que no sabe dónde apoyarse. Él suele rehuir, esconderse… como si eso fuera posible.

Entonces le digo, en tono amenazante, casi infantil:
—Sé dónde vives.

Y sonrío.

—Habitas dentro de mí.

Me río, y Él se ríe conmigo.
Siempre se ríe conmigo.

Y nos sentamos a dialogar.

—Solo dime… ¿por qué y para qué? —le digo.

No necesito agregar nada más. Él sabe. No es el cuerpo el que pregunta; es el alma la que reclama sentido por haberse sentido tan viva.

Dios guarda un silencio hondo, denso, lleno. No es ausencia: es presencia absoluta. Me mira. Su mirada no juzga ni corrige; envuelve. No frunce el entrecejo como yo, por enojo. Lo frunce por extrañeza, como quien observa con asombro una criatura frágil y luminosa a la vez. Como si pensara: “¿Qué hice yo con esta hija que aún quiere comprender lo incomprensible?”

Entonces se acerca.

Siento primero el peso leve de su mano sobre mi cabeza. Sus dedos se deslizan despacio entre mis cabellos, no para ordenarlos, sino para aquietarme. El gesto es paternal, eterno, como si hubiera consolado así desde siempre. Su caricia no borra el dolor, pero lo vuelve soportable; lo vuelve humano. Apoya mi cabeza contra su pecho, y allí el mundo se silencia. Su abrazo no aprieta: sostiene. No retiene: ampara. Me envuelve con la compasión con la que se abraza a un niño que llora por algo que desea con toda el alma, pero que no puede tener.

—No llores. No sufras —me dice, con una voz que no suena, pero se siente—. Te lo dije ya una vez.

Y es cierto, me lo dijo; no lo voy a negar.

—Te lo entregué para que lo sintieras, no para que lo tuvieras. Eso debe bastarte. Hay quienes atraviesan la vida sin que nada los despierte. Lo que tú sentiste es un regalo. No la forma, no el nombre, no la historia, sino lo que ha despertado en ti. Celebra eso.

Lo último lo dice con dulzura, aunque sé que es un mandato.

Lo miro sin separarme de Él. Me quedo acurrucada sobre su pecho, escuchando un latido que no es sonido, sino certeza. La respuesta no me satisface del todo, pero me calma. Lo que necesito no es entender, sino que me acompañe en ese sentimiento que, según Él, debería ser motivo de festejo, pero que a mí todavía me sabe a amargura.

No sé cuánto tiempo dormité en sus brazos. El necesario —supongo— para que el cuerpo se rinda y el alma baje un poco la guardia.

Entonces, sin soltarme, abrió la bóveda del firmamento.

No fue un gesto brusco: fue un despliegue. El cielo se abrió como se abre una flor imposible. Una luz inmensa me envolvió primero los ojos, luego el pecho. El aire cambió de densidad. Sentí el frío de las estrellas que se apagan, el calor lejano del sol, la respiración silenciosa del universo entero. A mis pies aparecieron la luna, los planetas, las constelaciones, girando en un orden perfecto, vertiginoso. Era belleza en estado puro, desbordada, inabarcable.

Me mareé.

Sentí que el suelo desaparecía, que el mundo se invertía, que iba a caer dentro de tanta magnificencia. Me aferré a Él con desesperación, con miedo, con asombro. Mi corazón latía desacompasado, incapaz de contener tanto.

Él se rió.

Se rió de mi expresión, de mi temblor, de la fuerza con la que lo abrazaba.

Y cuando Él ríe, yo río con Él. Su risa me devuelve el eje. Su seguridad se filtra en mi cuerpo. Su Ser, poderoso y liviano, me ancla.

—Todo eso existe. Es maravilloso —me dice—. ¿Lo quieres tener? Si lo quieres para ti, yo te lo doy.

Y pensé: es Dios. Dios no miente. No promete lo que no va a cumplir.

—¿Para qué lo querría —le respondí— si con contemplarlo me basta? Me inspira solo verlo. Eso me basta.

Lo miré, aún con los ojos llenos de luz.

Sonrió.

—Esa es la respuesta a la pregunta que me hiciste al principio. ¿Ves? No era necesario tanto dolor ni tanto enojo por algo que comprendes más de lo que crees.

El firmamento se cerró con la misma suavidad con la que se había abierto.

El silencio volvió.

Un silencio distinto.

Llegó el entendimiento.
Hubo aceptación.

El corazón aún dolía, sí, pero ya no quemaba. Era un dolor tibio, dulce, como una herida que empieza a cicatrizar desde adentro.

Solté el aire lentamente. Sentí el peso de mi cuerpo. El latido volvió a su ritmo. El mundo recuperó su tamaño.

El universo que Dios había extendido a mis pies como una alfombra de pétalos de rosa se desvaneció, llevándose consigo las preguntas.
Y mi pequeño mundo, ese que había estado a punto de ponerse del revés, comenzó —por fin— a acomodarse.


Hay conexiones que no llegan para cumplirse, sino para revelarnos.
No nos entregan un futuro, sino un espejo.
No prometen permanencia, pero nos devuelven a nosotros mismos, distintos, más vivos, más despiertos.

Un amor imposible duele, sí.
Duele porque no puede poseerse.
Porque el cuerpo pide lo que el alma ya sabe que no tendrá.
Porque la realidad impone límites donde el sentir no los reconoce.

Pero también es un renacer.
Un acto profundo de autorreconocimiento.
La certeza de que algo en nosotros sigue intacto, sensible, capaz de vibrar con intensidad aun cuando la vida nos exige madurez, renuncia y silencio.

No todo lo que no se concreta es fracaso.
Hay encuentros que no se miden en tiempo ni en contacto,
sino en lo que despiertan,
en lo que transforman,
en la belleza irrepetible de haber coincidido.

Agradecer no borra el dolor,
pero lo vuelve fértil.
Y eso —aunque no lo tengamos—
es suficiente.


“Lo imposible también deja huella.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 7 de diciembre de 2025

"El guardián de la madre": la historia de un vínculo único entre madre e hijo, donde el alma guía, los abrazos hablan y el amor trasciende el tiempo. Reflexiones sobre maternidad, protección y gratitud.

 

Donde el primer hijo aprende a ser faro


PRÓLOGO

Siempre he creído que las almas tienen pasillos secretos por donde se buscan antes de nacer. A veces pienso que la tuya caminó por esos corredores infinitos hasta encontrar la mía y decirle: “Yo iré primero. Yo llegaré cuando me necesites.”

Y así fue.

Cuando te vi por primera vez, llevabas en los ojos un brillo que no pertenecía a un recién nacido: era el resplandor de un alma que ya sabía. Te recibí con la fuerza que una niña descubre solo cuando la vida la mira de frente, pero también con una soledad silenciosa, fina como un hilo de agua. Y tú, tan pequeño, ya escuchabas ese murmullo.

Creciste sin que yo te señalara caminos. Fuiste aprendiendo el mundo a tu modo, pero siempre había en ti una cuerda suave —como un lazo de luz— que te guiaba a donde debías ir y, además, nos mantenía unidos en la distancia. No te lo pedí. No te lo exigió nadie. Fue el alma quien lo decidió.

Este texto es mi manera de agradecerte.
De honrar el idioma secreto con el que siempre me has hablado.
Ese idioma que solo se aprende antes de nacer.

Somos dos historias que se encontraron mucho antes de hacerse cuerpo.
Somos dos almas que se siguen reconociendo en silencio.


Estábamos sentados en el sofá, en uno de esos instantes que no hacen ruido, pero que quedan grabados en la memoria como si fueran constelaciones. Me acomodaste con la delicadeza de quien conoce el mapa de un cuerpo amado: un pequeño movimiento hacia adelante y luego el abrazo que me dejaba descansar en tu pecho, como si en ti siempre hubiera un refugio destinado para mí.

Tu gesto era un manto, una orilla, un hogar.

—¿Me amas? —te pregunté, no por duda, sino por ritual.
—Muchísimo —me respondiste, con la firmeza de quienes llevan la verdad en la piel.

Cerré los ojos y sentí que un soplo conocido pasaba entre nosotros. Tus manos se entrelazaron sobre mi pecho como quien protege una llama para que no se apague. En ese gesto entendí algo que ya sabía sin saberlo: que mi vida había sido, desde siempre, un altar pequeño donde tú encendías luz.

Dicen que cuando el primer hijo es varón, es porque la vida sabe que esa mujer necesitará un guardián. No sé si sea un mito o un susurro del universo disfrazado de creencia, pero contigo todo tiene sentido. Desde niño cargabas una madurez que no aprendiste: la traías.

Tu alma caminaba delante de tus pasos.
Tú eras el faro antes de saber lo que era iluminar.

Porque entre todos los caminos que se abrieron ante ti, fuiste —eres— el hijo mayor que acompañó mi primera ausencia, el que asumió sin palabras ese rol de guardián sagrado, no por deber, sino por amor.

Un amor sin ruido.
Un amor que no pide permiso.

Tú hiciste tu vida, como debe ser. Yo seguí la mía, como aprendí a hacerlo. Ambos independientes, ambos completos. Sin embargo, siempre había un punto secreto donde nos encontrábamos, como dos ríos que, aun separados, siguen reconociendo el mismo mar.

Entre nosotros no hicieron falta grandes gestos: bastó un abrazo para decir lo que otros necesitan libros para explicar. Bastó un silencio compartido para entendernos. Bastó un “¿Cómo estás?” para que el alma respirara.

Y así seguimos: tú caminando tu destino, yo caminando el mío, pero ambos regresando una y otra vez al mismo centro: ese lugar invisible donde se tocan las almas que se eligieron desde siempre y que nunca dejaron de elegirse.


¿Te digo algo?

No sale de mi mente una imagen —que es pasado y eterno presente— en la que estoy parada frente a tu cuna, viéndote con miedo a que desaparecieras, temiendo que fueras solo un sueño del que podía despertar. Te observaba como quien observa un milagro encarnado, inmerecido, demasiado grande para ser verdad… y, aun así, sonreía; con miedo, sí, pero sonreía. Pasaba horas en esa contemplación, agradeciendo a Dios la bendición de la maternidad. ¡Es ahí, y solo ahí, cuando se pasa de niña a mujer!

Recuerdo —y sé que tú también lo recuerdas— que en esos momentos mágicos el móvil que pendía de tu cuna emitía la Canción de cuna de Brahms. Melodía clásica perfecta para tranquilizar y conciliar el sueño de un bebé… y para generar sueños en la madre con ese bebé. Yo le puse letra, ¿lo recuerdas?

Ay Francisco, ay Francisco,
ay Francisco José,
que eres mi hijo, que eres mi hijo…
¡No lo puedo creer!

Aún llevo esa música y esa letra en mi mente. Cuando te veo, saltan y suenan melodiosamente. Y yo sé por qué: ¡porque aún sigo fascinada, y agradecida, por el milagro de tenerte!


EPÍLOGO

Con los años comprendí que no fuiste mi sostén porque yo flaqueara, sino porque tu alma llevaba un propósito arraigado antes de que tu tiempo iniciara. Hay misiones silenciosas que no se anuncian, pero se cumplen. Y tú lo hiciste sin romper nunca tu propia vida, sin dejar de ser quien debías ser.

Cada reencuentro contigo es un ajuste del mundo, como si el universo respirara mejor cuando nuestras miradas se encuentran. Una taza de café compartida puede acomodar galaxias enteras. Un abrazo puede devolver el equilibrio al tiempo, o doblarlo a su antojo

Hoy te veo —hombre, padre, luz propia— y reconozco en ti al niño que me miraba con ojos de sabiduría.

Pero también veo algo más: el alma vieja que llegaba antes que mis pasos, para hacerme más liviana la vida.

Tú me enseñaste que el amor tiene muchas formas, pero que en su expresión más profunda es simplemente guía.
Es faro.
Es elección.

Tú me acompañaste porque así lo decidió tu espíritu, mucho antes de que existiera el nombre “hijo”.

Y sé que, aun cuando pase el tiempo, mientras exista la memoria de la luz, nuestras almas seguirán encontrándose, una y otra vez, en el ciclo infinito de la vida.


EPÍGRAFE

Entre nosotros, el amor siempre supo el camino

Dedicado a mi hijo mayor.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

sábado, 23 de agosto de 2025

"La caja nunca queda vacía": la magia de un cumpleaños sin edad, donde los recuerdos, la complicidad y la ternura se celebran más allá del tiempo. Un homenaje a miradas, sonrisas y memorias que nunca se apagan.


“Un cumpleaños sin edad, celebrado en la memoria.”


Introducción

Hoy desperté con esa sensación extraña de que el tiempo me guiñaba un ojo. No sé si es nostalgia o ternura, pero hay días —como este— en que la memoria tiene sabor a chocolate y a despedida suave. Me miro al espejo y reconozco las huellas que el amor y los años han dejado en mí: no me duelen; me pertenecen.
Quizá por eso, más que celebrar el paso del tiempo, celebro la persistencia de ciertos recuerdos, esas llamas pequeñas que no se apagan aunque el cuerpo cambie. Hay rostros que no se olvidan, miradas que siguen cumpliendo años dentro de uno. Y hoy, mientras acomodo palabras como si fueran bombones, te pienso… y sonrío.


¿Estás de cumpleaños?

¿Cuántos son?

No, no necesitas decirlo… tu cabello entrecano habla por ti.

También te delatan esas líneas finas en tus ojos y en tu boca, que han guardado la picardía de tus miradas, la chispa traviesa de tus sonrisas.

¿Cuántos serán? Los suficientes, seguro, como para haber aprendido a amar sin prisa y, aun así, con la locura intacta; con la calma sabia de quien entiende que el deseo también sabe esperar.

Hoy te ofrezco una caja de bombones: uno por cada instante de aquellas miradas fugaces que nos incendiaban antes de conocernos, de esas que ardían como brasas y dejaban su huella secreta en la piel del pensamiento.

Y aunque el fuego se haya aquietado con el tiempo, la caja nunca quedará vacía: guardará —siempre— la exquisitez de lo que no fue y la dulzura serena de lo que ahora es:

una complicidad de piel invisible, donde las miradas ya no queman, pero siguen rozando el aire como cenizas tibias, entrelazadas en un humo secreto que nunca se disipa… como un cumpleaños sin edad, celebrado siempre en la memoria.


Epílogo

No hay regalo más valioso que la complicidad que sobrevive al tiempo. Esa que no necesita gestos grandilocuentes, porque se reconoce en un silencio compartido, en una sonrisa que llega sin aviso.

Hoy guardo esta caja —llena de memorias, de deseo quieto, de cariño maduro— como quien guarda un secreto que ya no pesa, sino que acompaña.
La caja nunca queda vacía porque en ella vive todo lo que fuimos, lo que seguimos siendo, y esa ternura serena que ya no quema… pero todavía ilumina.
Y mientras soplo las velas invisibles de este cumpleaños sin edad, me descubro agradecida: por el amor, por el tiempo, y por ti, que aún habitas en la dulzura de mi recuerdo.


“Las miradas envejecen; la complicidad, jamás.”




viernes, 13 de junio de 2025

"CARITA DE LUNA LLENA": Un relato breve y emotivo sobre el amor vedadero, la ternura y el lazo eterno entre una abuela y su nieto. Una historia donde dos almas se vuelven una sola.


“El milagro del amor cabe en un instante.”


Prólogo

El amor verdadero no siempre irrumpe con estruendo; a veces llega en un instante diminuto y eterno. En un abrazo inesperado, en unos brazos pequeños que sostienen lo que el mundo ya no puede. Este relato nace de ese instante milagroso donde dos almas se reconocen como una sola.


Pasé por su escuela. Lo busqué en su salón de clases, solo para ver cómo estaba, cómo se comportaba. Al verme, salió corriendo: ¡nada impediría que de mi cuello se colgara!

El choque de trenes fue inevitable; me doblé como una vara. Traté de desprenderlo para que mi espalda no se lastimara, pero nada: ¡de mí, asido como una garrapata!

Bajé la mirada, y allí estaba: su carita de luna llena, viéndome como quien descubre el lucero de la mañana. ¡Sonrisa dulce y confiada, como quien tiene a Dios enganchado en el alma!

Es increíble ese sentimiento entre dos seres que se aman: ¡dos en uno, como polluelo en su cáscara!


Epílogo

Hay vínculos que no se explican: se sienten. Permanecen intactos más allá del tiempo, del dolor y de las caídas. Cuando la vida parece un pozo sin fondo, el amor —encarnado en la inocencia— se vuelve alas. Y entonces, sostener y ser sostenido es lo mismo.


 “Dos en uno: la esencia del amor verdadero.”


Dedicado: con todo mi amor, a mi nieto Emanuel, el niño que llegó a este mundo para sostenerme cuando yo caía a un pozo sin fin. Un ángel cuyas alas eran la ternura y la devoción, y con ellas me sostuvo.


Nota: publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 1 de marzo de 2025

"Tengo ganas de ti": Un texto íntimo y poético sobre el amor no dicho, el deseo silencioso y la emoción que se vive sin explicación. Para quienes han amado sin poder nombrarlo.

 

“Un texto para quienes han amado sin poder nombrarlo.”


Prólogo

Antes de nombrarlo, el amor ya ha pasado por nosotros.
Se instala en los silencios, en lo que no decimos, en lo que apenas nos atrevemos a pensar.
Este texto no busca definirlo, sino escucharlo.
Es una voz baja, casi un susurro, para quienes han sentido sin saber cómo llamarlo.


Hace tiempo que te pienso.
Has ocupado mis horas y mis silencios. Me has robado el presente.

Cuando apareces, todo se suspende: creas un tiempo que no figura en los relojes, una mezcla de un ayer que aún respira y de un mañana que apenas se sueña.
Un tiempo fuera del tiempo. Inexistente. Intangible. Irreal.

No me hablas, pero te escucho.
No me tocas, y aun así te siento.
Todo de ti me estremece… solo con pensarte.

Me siento ante el ordenador y dejo reposar los dedos sobre el teclado.
De fondo suena una canción que murmura “... hoy tengo ganas de ti…” —dice una voz que no es mía y, sin embargo, siento que me la arranca del pecho.

Mis manos permanecen quietas, como si el teclado temiera repetir lo que el mundo ya sabe: que el amor duele, que el amor salva, que el amor se disfraza de eternidad para morir cada noche.
Y aun, con ese temor, sigue esperando el roce de mis manos, como mi piel espera el de las tuyas.

Las palabras que quería escribir ya flotaban en el aire, como pájaros cansados que necesitan posarse en el papel y escribir las notas que toca un piano enamorado.

¿Pretendía, acaso, escribir sobre el amor?
Todo está dicho.
Cada palabra que intente escribir tiene siglos de haberse pronunciado.
Nada nuevo que decir.

Quisiera que las emociones que me desbordan se transformaran en trazos sobre el papel, como un código secreto que solo yo conozca, que solo yo puedo descifrar. Pero no sucede.
¡Qué pretensión la mía!

Cierro los ojos, sonrío.
Esa sonrisa que solo aparece cuando imagino tu boca cerca de la mía, tus palabras que me acarician y tu voz arrullándome.

Se fue la inspiración, llegó la lucidez.
Y comprendí: ese es el misterio del amor.
Añejo como el tiempo, pero nuevo cada vez que vibra en alguien, cada vez que roza una piel.

¿Qué más podría decir del amor?
O debo reformular la pregunta, no para expresar algo que el mundo no ignore, sino para que se escuche desde mi propia voz, entre la multitud de voces de un coro eterno.

¿Alguna vez te sorprendió la lluvia —en un día soleado— mientras estabas dentro del mar?
¡Pues eso!
Así siento yo el amor: algo que no buscas, que no esperas. Llega de sorpresa, convirtiendo lo ordinario en algo extraordinario. En algo exclusivo.

Las gotas dulces caen sobre el agua salada. Estallan al tocarla. Se funden al penetrarla.
Agua con agua.
Contraste de temperatura.
Fuerza con resistencia.
Fusión.

¿Qué sientes entonces?
Tal vez miedo.
El impulso de huir.
Pero te quedas un instante más —te dices—, y te anclas en él anhelando que se haga eterno.

Flotas, temiendo hundirte, y al mismo tiempo deseando sumergirte.
La orilla está ahí, segura, cercana, pero algo dentro de ti se deja arrastrar por la corriente.
Te dejas llevar, atraído por una energía que no se nombra, pero se siente.
Una aventura en busca de un tesoro, ¿tal vez?

Y entiendes que no hay salvación posible: el amor también es eso.
Una entrega temerosa y luminosa, una corriente que te arrastra y te sostiene, que te impulsa y te contiene.

Es indescriptible: esa mezcla de temor y entrega, de exaltación y calma…
Eso puede que sea el amor.
Una energía que cambia de rostro, un campo cuántico donde todos los latidos se reconocen, donde ninguna historia es nueva, pero todas son únicas cuando alguien se atreve a sentirla.

Quizás el amor no se define.

No se explica ni se escribe.
Se respira. Se intuye. Se calla.
Solo se vive, como la lluvia cayendo sobre el mar.

Y mientras la canción repite su estribillo —tengo ganas de ti, tengo ganas de ti— descubro que también el amor tiene ganas de mí.


Epílogo

Tal vez mañana el amor cambie de forma, de nombre o de ausencia.
Pero hoy dejó su huella: una vibración suave, persistente, imposible de negar.
No pidió ser entendido, solo vivido.
Y eso —quizás— sea suficiente.


“El amor: la misma historia contada con otra voz, en otro tono, sentido en otra piel.”


viernes, 21 de febrero de 2025

"ESOS OJOS...", una reflexión sobre el silencio, la mirada y la conexión íntima entre seres.”



ESOS OJOS…

Ana Margarita Pérez Martin

Mírate. Tus ojos no reflejan lo que ves: revelan lo que eres.”

Siempre eliges el silencio. Guardas distancia, como si temieras que las palabras, una vez liberadas, no pudieran volver atrás. Aprietas la mandíbula, cierras la boca. No sé si no quieres hablar o si, simplemente, no puedes. Tal vez temes que, al hacerlo, la verdad te desborde y no haya retorno posible.

No eres un misterio, aunque lo aparentes. Eres más bien un pensamiento inconcluso, una emoción suspendida entre lo que callas y lo que anhelas decir. Pero tus ojos… tus ojos son la grieta por donde se cuela tu alma.

Ellos hablan. Cuentan historias sin pronunciar sonido. No lo hacen por lo que han visto, sino por lo que te han hecho sentir y por lo que han hecho sentir en otra piel. En su fondo habita el vaivén de la vida: la alegría y la herida, el desvelo y la calma. En ellos cabe la existencia entera.

El tiempo transcurre, intenta opacar su mirada… pero la pasión los mantiene encendidos. Son faroles que resisten la penumbra, testigos silenciosos del deseo y la memoria. Tus ojos no solo miran: murmuran, estremecen, laten. En su brillo se mezclan los sueños y las huellas del pasado, como si cada destello contuviera una historia diminuta, un secreto que no sabe callar.

Cada parpadeo es una letra. Ellas se juntan, murmuran. Te delatan. Cada mirada es un susurro al tiempo, un desafío a la espera y a la distancia. Tus ojos registran lo que no puede decirse: la emoción, la pérdida, la esperanza. En ellos se desnuda tu “yo” más profundo, ese que rara vez dejas ver.

Y cuando los miro —tus ojos, que de algún modo también son míos—, siento que todo vuelve a comenzar. Que cada amanecer nace ahí, en ese reflejo donde la vida se reinventa una y otra vez.

Porque en tus ojos habita todo lo vivido y lo soñado.
Son la puerta que se abre a cada historia que escribo… y a las que aún esperan ser contadas.
Y al mirarlos, descubro que no me reflejan: me revelan.
Son espejos infinitos donde mi alma se reconoce en la tuya,
y en ese reconocimiento dejo de ser una sola.
Tú eres mi espejo, y yo —al mirarte— soy el reflejo que aprende a existir.

“Hay verdades que solo los ojos saben contar.”


sábado, 1 de febrero de 2025

"EXTRAÑO", un viaje a la nostalgia, el amor no vivido y los sentimientos que nunca se dijeron.

 

“La nostalgia tiene olor, tacto y sabor… y se llama ‘tú’.”


Prólogo
Hay recuerdos que no pertenecen al pasado sino a la imaginación. Historias que crecieron en las miradas sostenidas, en las palabras que nunca se dijeron y en todo lo que pudo haber sido. La nostalgia nace ahí, en ese territorio incierto donde el deseo y el silencio conviven. Este texto habla de esa ausencia llena, de amar sin haber llegado a tener, y de cómo a veces lo no vivido deja una huella más profunda que cualquier despedida.


Aparecías de repente.
Tus miradas, tus sonrisas... me estremecías.
Mi corazón golpeaba el pecho como loco,
mi respiración se agitaba. Lo sabías. Te sonreías.

¡Extraño verte! ¡Extraño todo eso!

Te veía... no te miraba,
temiendo que mi silencio gritara
las palabras atragantadas.
No quería delatarme,
¡como si eso fuese posible!
Lo sabías. Te sonreías...

Extraño las conversaciones que nunca tuvimos,
las llamadas que nunca hicimos,
los mensajes que jamás escribimos.
¡Extraño todo eso que nunca nos dijimos!

Extraño el olor de tu piel,
y su roce con la mía.
Extraño tu barbilla
clavada en mi garganta al besarme,
al morderme, al encajar.
¡Extraño todo eso que no llegamos a sentir!

Extraño esa extraña historia de nosotros,
mientras nos pensábamos.
¡Dolía!

¿Sabes qué más extraño?
Esa época de mi vida en que, sin conocerte,
soñaba con una historia de amor
sin tantos "extraño".


Epílogo
Con el tiempo se entiende que no todo amor está hecho para suceder. Algunos existen solo para enseñarnos cómo late el corazón cuando imagina. Y aunque la nostalgia regrese de vez en cuando, ya no duele igual: se vuelve memoria suave, un eco que recuerda quién fuimos cuando todavía creíamos en lo posible.


“A veces se extraña más lo que nunca se tuvo que lo que se perdió.” 


domingo, 8 de diciembre de 2024

"Los Pliegues del Tiempo, una vida que llegó a tiempo. Cap. IV": historia de amor imposible que no necesita tocar la piel para incendiar el alma. Relatos íntimos de emociones, deseos secretos y encuentros que dejan huella en Madrid.

 

Prólogo

Hay amores que no tocan la piel, pero incendian el alma. Amores que no reclaman nombre ni destino, pero dejan una huella tibia, como una caricia que nunca ocurrió y aun así se recuerda. Este capítulo nace de ese territorio íntimo donde lo imposible también florece, donde lo que no se vive se siente, y donde el deseo —manso y callado— se convierte en un refugio secreto.
Aquí, entre sombras doradas y latidos que no buscan futuro, respira la historia de un amor que nunca llegó… pero que, sin pedir permiso, se instaló en su existencia.
Un amor que la tocó sin tocarla.
Un amor que la sostuvo sin abrazarla.
Un amor que la encendió sin poseerla.


Había un rincón en Madrid —no un lugar físico, sino un pliegue secreto del alma— donde vivía un amor que no debía existir y que, sin embargo, latía con la fuerza silenciosa de las cosas inmensas. Era un amor sin nombre, sin comienzo y sin promesa; un amor hecho de miradas que se posaban suavemente, como hojas que caen sin ruido; un amor que ella no buscó, que no esperaba, que no podía tocar… pero que, aun así, la sostenía cada día.
Lo sentía en la piel, como un calor suave que aparecía sin aviso, iluminándole las mejillas cuando ese hombre —el hombre imposible— cruzaba su camino.
Un hombre que no pertenecía a sus tiempos, ni a sus posibilidades, ni a sus planes.
Un hombre al que había llegado tarde, como llegaba tarde a casi todo en esa nueva vida. Y, sin embargo, allí estaba:
el milagro prohibido que Dios había permitido no para poseerlo, sino para sentirlo.


Desde la primera mirada —aquella que cayó sobre ella como luz filtrada entre dos nubes— supo que había algo distinto. Sus ojos, esos recipientes de agua donde crece el moho sobre piedras y se refleja la luz, esos ojos que parecían guardar un amanecer permanente, se toparon con los de él y sintieron un temblor. No un temblor de pasión inmediata, sino un estremecimiento del alma, como si por un segundo fugaz ambos recordaran algo que no habían vivido todavía… pero que los reconocía.
Aquel encuentro no cambió su vida en hechos, pero sí en latidos.
El amor no llegó, pero la acompañó.
Desde entonces, cada vez que lo veía, aunque fuera por un instante breve, el tiempo se le plegaba como un acordeón. Todo se hacía más nítido: los sonidos, los colores, las texturas del aire.
Los espacios se acomodaban alrededor de ellos dos, aun cuando ni siquiera intercambiaban palabras.
Él le regalaba una sonrisa frágil, discreta, disimulada…
y ella respondía con esa sonrisa suya, suave como la Mona Lisa, cargada de comprensión, de fe, de aceptación, de un cariño que no pretendía nada.
Un cariño que solo existía para ser sentido.
Era suficiente.


Había días en los que él no aparecía, y aun así, ella seguía amándolo.
Porque no amaba al hombre en sí, sino la emoción sagrada que su existencia despertaba en ella. Lo amaba con el alma, por si la mente olvidaba, por si el corazón se detenía.
Era un amor que no reclamaba, que no pedía, que no buscaba crecer.
Un amor que no tenía espacio para convertirse en historia, pero sí para convertirse en luz.
A veces, al despertar, su mente viajaba hacia él sin intención. No lo idealizaba. No imaginaba un futuro juntos, porque sabía —lo sentía— que no había futuro para escribir.
Pero agradecía el presente:
el milagro de poder sentir.
Agradecía el temblor.
Agradecía el brillo.
Agradecía saber que su corazón aún tenía la capacidad de arder suavemente.
Y en ese agradecimiento, volvía a mirar al cielo, como quien levanta una oración:
“Gracias, Dios, porque incluso en lo imposible, Tú pones belleza.”


En ocasiones, al encontrárselo, la vida parecía detenerse.
Era apenas un cruce de caminos:
él caminando en su dirección,
ella avanzando en la suya,
el aire tibio entre ellos.
Y cuando sus miradas se tocaban, todo alrededor se volvía acuarela.
Los sonidos se volvían suaves.
La luz se hacía más dorada.
Y un hilo invisible —hecho de silencios y de destino— los unía por un segundo que valía por un siglo.
No había palabras,
ni manos que se rozaran,
ni promesas escritas.
Pero dentro de ella había un estallido manso, una alegría tan íntima que parecía una plegaria respondida.
El amor no llegaría nunca a convertirse en vida compartida…
y, aun así, la llenaba.


Había otras veces en las que él se alejaba un poco más de lo habitual. Se mantenía en la distancia prudente de los amores imposibles. Y aunque eso le dolía como una punzada leve, ella nunca lo vivió como pérdida.
¿Cómo perder algo que nunca le perteneció?
¿Cómo sufrir por un regalo que solo venía envuelto en instantes?
No, ella no sufría.
Ella aceptaba.
Ella agradecía.
Ella amaba sin reclamar.
Su amor no era un acto, era una presencia.
Un soplo.
Un color.
Una certeza dulce de que Dios, en su infinita delicadeza, le había permitido sentir algo hermoso, aunque fuera inalcanzable.
Porque a su edad —a esa edad donde el tiempo ya no es un territorio para construir, sino un jardín para oler— experimentar un amor así era un privilegio divino.


Madrid, con sus luces amarillas y su aire frío, se había convertido en un escenario perfecto para aquel sentimiento. La ciudad lo envolvía todo con discreción: los silencios, las lágrimas, las ausencias…
Como si también ella —la ciudad vieja, sabia, paciente— supiera que un amor imposible puede ser igual de verdadero que uno vivido.
Y así caminaba la mujer por las calles de su nuevo hogar:
con un amor que nunca llegó,
pero que cada día la acompañaba.
Un amor que no reclamaba espacio,
pero llenaba los suyos.
Un amor que no pedía explicación,
pero explicaba muchas cosas en ella.
Un amor que no construía nada,
pero que creaba luz en su interior.
En el fondo, sabía que había llegado tarde para amar con futuro,
pero no para amar con el alma.
Y Dios —que la sostenía en cada paso, que conocía las fibras más secretas de su corazón— parecía sonreírle desde el cielo y decirle:
“Llegaste tarde para tenerlo…
pero llegaste justo a tiempo para sentirlo.”


Epílogo

Hay amores que no se escriben en la piel, pero quedan tatuados en la memoria. Amores que, sin realizarse, dejan una estela cálida, como el perfume que persiste después de un abrazo que nunca ocurrió. Ella lo entendió: lo imposible también puede ser íntimo, también puede ser suyo.
Ese hombre —presencia leve, dolor dulce, luz prohibida— no vino a quedarse, pero sí a despertar algo que no había muerto: su capacidad de estremecerse, de agradecer, de arder sin consumirse.
Y quizá el verdadero milagro no fue él, sino lo que ella descubrió en sí misma al mirarlo.
Porque no todos los amores necesitan un cuerpo; algunos solo necesitan un alma que sepa reconocerlos.
Y ella lo hizo.
Lo sintió.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

"Labios sellados", Una carta íntima que habla de sentimientos que no se pronuncian, del dolor de soltar y la belleza de aprender a vivir con el recuerdo.

Cuando soltar duele, pero retener nos destruye, el alma aprende a hablar en silencio.

Prólogo

Hay despedidas que no ocurren entre dos cuerpos, sino entre dos dimensiones de un mismo sentimiento. Son adioses que no se pronuncian en voz alta, pero resuenan como un latido sordo en la memoria. Esta carta nace allí: en ese territorio donde nada sucedió… y, sin embargo, lo cambió todo. Es un intento de poner en palabras lo que nunca tuvo nombre, de cerrar con ternura aquello que ardió en silencio.


Carta

Quisiera escribir con las más bellas palabras que existan; unas que puedan expresar cuánto significas para mí. Sé que no existen. No las buscaré.
Así como ya no te buscaré más a ti, porque… ¡tampoco existes!
No en este hoy.
No en este tiempo que te diluye y me deshace.

Te he buscado en este hoy como si fueras el del “hoy” de un ayer; ese que reconocí en tu mirada, en tu voz y en tu risa. Aquella chispa que abrió un universo dentro de mí: impreciso, inesperado, maravilloso… y doloroso a la vez. Pero la versión tuya que mi alma recuerda ya no está aquí. O quizá sí, pero fuera de mi orilla.

Quizá en el “hoy” de un mañana —si no te busco— llegue por fin a tiempo.
Quizá allí, en algún doblez del destino, nuestras coincidencias no duelan.

Mientras tanto, con dolor y ternura, desataré los nudos con los que tejí mis sueños. Soltaré la cuerda invisible que me mantiene atada a ti, para que todo lo que te rodea te libere de mí; de este sentimiento que no sé nombrar —porque, como te dije— no hay palabras que lo definan.

Si te pido perdón, ¿me perdonarías?
No por sentir, porque sentirte ha sido una bendición.
Te pido perdón por quedarme más tiempo del que debí en el borde de tu vida.

A veces deseo desaparecer como si mi alma cayera en un agujero negro: ese abismo cósmico donde el tiempo se curva hasta volverse extraño. Y en esa frontera —donde la teoría imagina puentes que conectan distintos espacios y momentos— quisiera que un pliegue del universo me devolviera a ti en otro tiempo.
Un tiempo sin miedo.
Un tiempo sin silencios heridos.
Un tiempo donde mirarnos no doliera.

Hubiese querido que —si había silencio entre nosotros— fuera porque nuestros labios se sellaban a besos. Como no pudo ser, te prometo que morderé los míos para no pronunciar tu nombre.
Serás mi jardín secreto.
Mi constelación oculta.
La historia que solo mi pecho recordará cuando el mundo duerma.

Tu paz es la mía.
Por eso me alejo, sin ruido.
Te suelto, con amor.
Te abrazo mientras escribo, ¡con ternura!,
incluso ahora que lees,
incluso mientras me creas perdida.

Solo prométeme algo:
Prométeme que serás feliz, pero tan feliz que tu alegría resuene como un susurro en mi alma. Y que —sin voltear atrás para verte— pueda sentirte pleno, y así yo pueda decirme, en voz baja y sincera:
“Valió la pena renunciar a ti.”


Epílogo

No toda despedida es una puerta que se cierra; algunas son un pacto silencioso entre dos almas que se reconocieron demasiado tarde. Este adiós no busca olvido, sino paz… ¡la forma más generosa de amar!, aunque se rompa el alma en ese desprendimiento.

viernes, 15 de noviembre de 2024

"Territorio de Ausencia", un relato poético sobre el amor, y donde la mirada que se esquiva pone distancia emocional.

“Cuando la espalda es un muro, el deseo aprende a huir.”

Prólogo

Amar es una forma de mirar. Desear es una forma de decir sin palabras. A veces un simple roce sostiene universos enteros, y una sonrisa compartida mantiene vivo lo que dos cuerpos todavía ignoran que está naciendo.
Pero cuando se retira la mirada, cuando la piel se ofrenda solo por su reverso, la pasión empieza a respirar con dificultad. La ausencia de un gesto puede ser más elocuente que cualquier silencio.
Este texto nace ahí: en la distancia mínima que separa la piel del alma, en la frontera donde un cuerpo se convierte en sombra y la pasión busca desesperadamente un resquicio de luz.

A veces el amor se desgasta en los gestos que se omiten, en las palabras que se guardan demasiado tiempo. Me doy cuenta cuando te busco y encuentro solo la sombra de lo que fuiste. Me negaste tu voz, y en ese silencio suspendido quedó atrapada también la posibilidad de entenderte. Confiscaste las sonrisas que antes me alumbraban, y cada una de tus miradas —esas que antes abrían puertas— parece ahora custodiada detrás de un velo impenetrable.

Te vuelves de espaldas ante mí como quien levanta un santuario para protegerse, un muro que declara sin pronunciarlo: mírame, eso quiero, pero no te acerques demasiado. Y en esa pared viva que es tu espalda, ese territorio donde se enlazan tus pensamientos secretos con los pasos que te alejan, intento aún reconocer un mapa hacia ti. La recorro con mis manos, la despierto con mis labios, como si en su superficie pudiera encontrar alguna ruta de regreso a tu luz.

Tu espalda —esa tierra tibia que quisiera abrazar con ternura, ese refugio al que desearía acercarme sin miedo— guarda la fortaleza que anhelo. Allí busco un indicio, una señal mínima de que todavía es posible sostenerte. Pero no encuentro tus ojos, ni miradas que me sostengan. No descubro en ella tu boca, ni las sonrisas que alguna vez me dieron certeza de poder tocarte sin herirte. Solo hallo un espejo opaco, una sombra que ya no me refleja.

Y en esa ausencia que se extiende entre tu piel y mi deseo, algo empieza a quebrarse. Tu espalda me ofende sin querer, me confunde, me asusta; me aparta. Y me pregunto, con una inquietud que crece sin detenerse: ¿eres tú quien se retira, paso a paso, de mi frontera? ¿O soy yo quien, sin saberlo, comienza a alejarse de ti?

Epílogo

Quise sostener el fuego solo con mis manos, pero sin tus ojos el incendio se volvió humo. La piel que antes respondía al roce ahora es solo superficie sin destino. Comprendí entonces que la pasión no muere por falta de contacto, sino por falta de encuentro. Y que ninguna caricia sobrevive cuando quien la recibe ya no mira.

“Toda pasión necesita un gesto que la sostenga.”



jueves, 25 de julio de 2024

"COMO NIÑO CHIQUITO": Un poema íntimo sobre el amor prohibido, la inocencia del deseo y las miradas que dicen lo que el alma calla. Poesía emocional y profunda.

“Un poema que desnuda la inocencia traviesa del amor prohibido.”


Introducción: Donde las almas se rozan sin tocarse

He aprendido que hay amores que no se tocan, pero se sienten como si ardieran en la piel.

Que hay miradas capaces de recorrer distancias que los cuerpos no se atreven a cruzar.

A veces el destino pone frente a nosotros a alguien que desordena la calma, que despierta lo que dormía, y nos deja jugando con la tentación como un niño que no entiende las reglas, pero las disfruta.

Y ahí, entre el silencio y la sonrisa, entre lo que se dice con los ojos y se calla con el alma, se esconde ese amor prohibido: puro en su deseo, inocente en su falta. Y entre el deseo y la inocencia… me quedé contigo.

Porque cuando el alma reconoce a otra, no pregunta si puede… solo se inclina, la roza, y vuelve a su lugar.

Y uno se queda así, entre el impulso y la renuncia, amando en secreto, sintiendo en voz baja, como un niño chiquito que no sabe portarse bien.


Poema: Como niño chiquito

Como niño chiquito,
juegas a no crecer, y también juegas... ¡no sé a qué!
Como niño malcriado, alborotas todo,
quebrantas el orden y tambaleas la fe... ¡no sé por qué!
Te apartas callado,
y en tu silencio gritas lo que finges no querer,
cuando se asoma la mujer,
aquella... ¡por la que no te portas bien!


Epílogo: El resonar de lo que nunca fue

A veces me pregunto qué habría pasado si el deseo hubiera ganado la partida,
si la prudencia no hubiese puesto límites,
si las manos hubieran seguido el impulso de las miradas.

Pero tal vez, en su imposibilidad, este amor encontró su pureza.
Porque lo prohibido, cuando nace del alma, no necesita cumplirse para existir.
Basta una mirada, una pausa, una sonrisa que no se entrega del todo,
para que el corazón entienda que amó, aunque nunca lo diga

Y así me quedo, con tu ausencia tibia y tu presencia latente,
jugando todavía con lo que no fue,
como un niño chiquito que no sabe olvidar.

“Nos bastó mirarnos… para saber que ya era imposible.”