Mostrando entradas con la etiqueta textos reflexivos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta textos reflexivos. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de junio de 2026

"El Abrazo Azul": la historia detrás de un emoji que nunca entendí.

 

«Esta historia empieza con un color y termina con una sonrisa.»


PRÓLOGO

A veces no son las personas las que entendemos mal.
A veces es un símbolo. Un color. Una idea que damos por cierta sin haberla mirado de cerca
.


Estoy escribiendo y no puedo borrar de mi rostro esa sonrisa de quien se sabe tonta.

A veces —muchas veces, diría yo— he dado por hecho, o por entendido algo, sin tomarme la molestia de averiguar más a fondo el tema. Y ello ha conllevado que durante algún tiempo me sintiera incómoda y aplacada en mi libertad de expresión por temor a ser mal entendida, y por respeto a ti, que lees lo que escribo.

Cuando empecé a publicar en redes, algunas personas han respondido a mis textos con un emoticono de dos figuras abrazándose, en distintos tonos de azul.

Había algo que no terminaba de entender del todo en ese famoso «abrazo azul».

¿Un abrazo azul?

¿No es el azul, acaso, un color «frío», de acuerdo con el círculo cromático?

Pensaba: «¿Qué me quiere decir exactamente esta persona? ¿Es una forma de advertirme que no malinterprete su afecto? ¿Una manera de decir “te aprecio, pero no te hagas ilusiones”?». Incluso llegué a preguntarme si yo había dicho algo inapropiado para que sintieran la necesidad de levantar esa pequeña barrera preventiva.

Con el tiempo entendí que no.

Que no hay ningún mensaje oculto detrás de ese símbolo. Que, como todo abrazo, es una muestra de cariño o afecto. Apoyo emocional. Consuelo en momentos difíciles. Cercanía, amistad o solidaridad.

Un «Gracias por compartir».

Un «¡Me identifico!».

Un «Te mando un abrazo», mostrando cercanía, aunque sea a distancia.

El abrazo quedó absuelto. El color seguía bajo sospecha.

Pues, no termina de convencerme «el abrazo azul». No he conseguido reconciliarme con ese color... no ¡en un abrazo!

No cuestiono el abrazo; cuestiono el azul.

No cuestiono —ni cuestionaré, nunca— a las personas que me han enviado abrazos o corazones azules. Todos ellos han llegado a mí de personas que han creado conmigo una relación a distancia, cierto, pero una relación de confianza, respeto y afecto mutuo. Y el afecto que había detrás de ese gesto, de ese «abrazo azul», me llegó intacto.

Curiosamente, el azul es uno de mis colores favoritos. Es el color del cielo cuando se abre después de la lluvia. El del mar cuando respira en calma. El del agua que recoge la luz del mundo y la devuelve convertida en reflejo. Es un color inmenso, hermoso, casi infinito.

Pero no en un abrazo.

Y tampoco en un corazón.

Porque, cuando pienso en el afecto, no pienso en la inmensidad. Pienso en la temperatura.

Pienso en unas manos tibias. En una manta sobre los hombros. En el vapor que asciende de una taza caliente entre las manos. En la sensación de llegar a casa después de una larga caminata arrastrando el cansancio en los pies.

El azul puede ser bello, pero no abriga.

Y un abrazo, para mí, debería abrigar.

El azul me recuerda al mármol frío de una estación vacía, a la luz de una pantalla encendida de madrugada, al protocolo correcto y distante de quienes cumplen con un gesto porque toca hacerlo.

Y un abrazo no debería parecerse a nada de eso.

Un abrazo es presencia. Es una forma silenciosa de decir: «Estoy aquí, contigo».

Por eso me rebelo contra la idea del abrazo azul.

Los abrazos auténticos y los corazones verdaderos tienen el color de la sangre que circula, del fuego que reúne a la gente alrededor de una mesa, de las manos que consuelan, de la vida misma.

Porque un abrazo de verdad, incluso cuando es fraternal, incluso cuando no contiene el menor asomo de romance, debería dejar una pequeña sensación de calor en el alma.

Y el alma, que yo sepa, nunca ha sido azul.

No obstante, pese a todo lo que acabo de decir, seguiré recibiendo con cariño los abrazos azules. Porque ahora entiendo que el color frío no cambia el cálido afecto con el que se envían.

¡Lo tengo claro! Ahora sí.

Y espero seguir recibiéndolos: azules, amarillos, en signos negros encadenados formando la palabra «abrazo», porque el afecto, cuando es sincero, siempre encuentra la manera de llegar.

Y yo... yo estaré esperándolos con los brazos abiertos ¡correspondiendo ese abrazo!


EPÍLOGO

Quizá los símbolos no siempre vistan los colores que nosotros elegiríamos.
Pero el afecto sincero termina encontrando la forma de hacerse entender
.


«Porque, al final, lo importante nunca fue el color del abrazo, sino la persona que decidió darlo... y sí, sigo con esa sonrisa que revela lo terca y tonta que puedo llegar a ser.»

viernes, 5 de junio de 2026

"TÚ, AL OTRO LADO DE LA PANTALLA": Reflexión sobre los vínculos que nacen entre escritores y lectores, las presencias silenciosas y la huella que dejan las personas al otro lado de la pantalla.

 

"Hay personas a las que nunca hemos visto el rostro y, sin embargo, terminan ocupando un lugar silencioso en nuestros días."


PRÓLOGO

Hay encuentros que no suceden en una estación, en una plaza o en una cafetería.

Suceden entre palabras.

Personas que jamás se han estrechado una mano terminan formando parte de la rutina emocional de sus días. A veces basta una lectura, un comentario o una conversación nacida al calor de un texto para descubrir que la cercanía no siempre entiende de distancias.

Este texto está dedicado a quienes llegan en silencio y, sin proponérselo, terminan dejando huella.


Yo escribo porque me gusta escribir. Porque hay cosas que me nacen dentro y necesitan convertirse en palabras. Lo haría incluso si nadie me leyera. Pero cuando publico, sucede algo más. Algo que va mucho más allá de dejar un texto en una pantalla.

Alguien se detiene.

Y, en un mundo donde todos corremos, donde todo pasa deprisa y la atención dura apenas un suspiro, ese gesto tiene un valor inmenso.

Alguien dedica unos minutos de su vida a leerme.

Y cuando además comenta, cuando deja unas palabras, una emoción, un recuerdo, una reflexión o simplemente un saludo, ocurre algo extraordinario: se abre una pequeña puerta entre dos desconocidos.

Entonces, el lector se convierte en escritor,
y yo, en una ávida lectora.

Fascinada por los nuevos mundos que intuyo a través de sus palabras.

No sé dónde vive esa persona. No sé qué paisaje ve por su ventana cuando me escribe. No sé si está en España, en América o en cualquier rincón del mundo. Ignoro su edad, su historia y la mayoría de las cosas que la definen.

Y, sin embargo, poco a poco nos acostumbramos.

Nos acostumbramos a un "hola", a un "gracias", a un "qué bonito", a una opinión compartida. Nos acostumbramos a esas pequeñas conversaciones que nacen alrededor de un texto y terminan hablando también de la vida. A veces me cuentan recuerdos, pérdidas, alegrías, nostalgias o fragmentos de sí mismos que guardan entre líneas.

Y, sin darme cuenta, esas personas dejan de ser simples nombres en una pantalla.

Se vuelven presencia.

Como esas músicas suaves que apenas se escuchan y que, sin embargo, uno nota cuando dejan de sonar.

Por eso, cuando de pronto desaparecen, cuando pasan los días y ya no aparecen sus palabras, sucede algo tremendamente curioso.

No pienso: "He perdido un lector".

No pienso: "He perdido un comentario".

Pienso si estará atravesando días difíciles. Si estará ocupado. Si necesitará una palabra amable. Si seguirá leyendo en silencio. Si sonreirá al otro lado de la pantalla o hará una mueca de desagrado.

Y me pregunto: "¿Estará bien?"

Pienso en esa persona que siempre estaba ahí. En quien nunca faltaba a la conversación silenciosa que hemos ido construyendo en la cotidianidad de los días.

Es extraño.

Porque somos completos desconocidos.

Pero también es verdad que termino extrañándolos.

Y quizá eso dice algo hermoso sobre nuestra naturaleza humana: que somos capaces de encontrarnos incluso sin conocernos. Que podemos crear afecto sin haber estrechado una mano. Que una afinidad, una emoción compartida o una forma parecida de mirar la vida pueden tender puentes afectivos entre personas separadas por... ¿miles de kilómetros?

A veces pienso que escribir se parece un poco a dejar una lámpara encendida en mitad de la noche. Uno no sabe quién pasará por allí. No sabe quién encontrará refugio en esa pequeña luz. Pero, noche tras noche, aparecen las mismas almas, se sientan un instante junto a ella y comparten su calor. Y cuando alguna deja de venir, la luz sigue encendida, pero uno nota el hueco que ha quedado alrededor de la mesa.

Porque detrás de cada comentario hay una persona única. Y aunque estas palabras estén escritas para todos, mientras las lees son también para ti. Para ti, que te detuviste unos segundos. Para ti, que alguna vez me contaste un recuerdo. Para ti, que me saludas en silencio o que nunca comentas, pero siempre estás. Para ti, que quizá no imaginas que tu presencia también deja huella al otro lado de la pantalla.

Al final, detrás de cada perfil, de cada nombre y de cada comentario, hay alguien respirando, sintiendo, luchando, soñando y tratando de atravesar la vida igual que yo.

Y cuando deja de aparecer, queda un pequeño silencio.

Un silencio que recuerda que algunas presencias, por lejanas que parezcan, también llegan a ser importantes.

Si alguna vez has desaparecido por un tiempo y, al volver, encontraste mi alegría, quiero que sepas algo: quizá nunca nos hemos visto, pero me acostumbré a tu presencia.

Y sí...

cuando no apareces, te extraño.


EPÍLOGO

Quizá la vida esté hecha de más encuentros invisibles de los que imaginamos.

Tal vez nunca sepamos el nombre completo de algunas personas, ni el sonido de su voz, ni el paisaje que contemplan cada mañana. Pero eso no impide que formen parte de nuestra historia.

Porque hay presencias que no ocupan espacio físico y, aun así, encuentran un lugar permanente en el corazón.

A todas esas personas que alguna vez se detuvieron a leer, gracias por la luz compartida.


"A veces, la huella más profunda no la dejan quienes caminaron a nuestro lado, sino quienes, desde la distancia, iluminaron silenciosamente algunos de nuestros días."


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 4 de abril de 2025

"UNA TAZA DE CAFÉ": Reflexión poética sobre los rituales matutinos, la gratitud, el café y la conciencia del presente como acto de amor a la vida.


“Cada sorbo, un agradecimiento por el hoy”


Prólogo

Cada amanecer es un pacto silencioso entre el alma y el tiempo. Antes de que el mundo reclame nombres, horarios y batallas, existe un instante puro: ese en el que respirar ya es motivo suficiente para agradecer. Este texto nace ahí, en ese umbral sagrado donde lo cotidiano se convierte en rito y la vida, simplemente por repetirse, vuelve a ser milagro.


Como todos y cada uno, tengo mis propios rituales al despertar, en eso que solemos llamar “otro día más”, al amanecer. No voy a hablar de ello; sería como escribir un tratado científico sobre la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso y de cómo este produce y regula nuestras emociones, pensamientos y conductas corporales básicas… ¡y es lo último que tengo en mente!

Al abrir los ojos, automáticamente —y como respuesta a mi profundo amor a Dios— solo doy gracias por existir “otro día más”, tomando conciencia de la importancia de ello. Y, claro está, se dibuja en mi rostro la primera sonrisa del día: ¡una sonrisa auténtica, una que sale del alma, hermosa, profunda, indeleble como obra de arte hecha por el mejor tatuador! Así empiezan mis días: el de ayer, el de hoy… ¡el de mañana no sé, tal vez no haya!

Y así, con cara de ángel despeinado y envalentonado para las batallas que le aguardan —me lo imagino yo— voy dando traspiés desde la cama hasta la cocina. Allí cojo mi más afilada y reluciente arma —esa que brilla como el más resplandeciente lucero de la mañana—, simbolizando mi grito de guerra que avisa a toda España, y demás tierras lejanas, que conmigo no se metan… ¡por supuesto, estoy hablando de la cafetera italiana!

Empieza la magia. El fuego pone a burbujear el agua, que sube con fuerza, casi con rabia, para producir el elíxir que abrirá esa caja fuerte que resguarda con recelo aquellos instantes que constituyen el tesoro de nuestras vidas: ¡los recuerdos!

La taza humea, desprendiendo la fina y aromática hebra que nos ata a los tiempos; que borda el pasado, ornamentando nuestros pensamientos; que teje el presente, creando telas tangibles con esos instantes extraordinarios, intangibles; que zurce lo dañado, convirtiendo lo roto y gastado en vestimenta de gala… ¡humo y aroma que aclaran la visión de lo hermoso que puede ser el hoy, y un mañana!


Epílogo

Tal vez no sea el café, ni el humo, ni siquiera la mañana lo que nos despierta. Tal vez sea la memoria, siempre paciente, esperando una excusa para recordarnos quiénes somos y por qué seguimos aquí. Mientras haya gratitud, aroma y conciencia del ahora, cada día —aunque parezca uno más— seguirá siendo único.


“La vida no se mide en años ni en logros, sino en los instantes que huelen a café recién hecho.”