jueves, 11 de junio de 2026

"La Paradoja De La Compañía": Texto reflexivo sobre la soledad después de cierta edad. Cuando la paz interior se convierte en prioridad para estar en el mundo.

 

"Con los años, la soledad deja de ser un cuarto vacío y se vuelve costa. Aprendemos el ritmo de nuestras mareas, el lenguaje de nuestros silencios, la forma exacta en que la luz cae sobre nuestras tardes."


Prólogo

Hay descubrimientos que solo llegan con el tiempo. Entre ellos, comprender que la soledad no siempre es una carencia; a veces es el lugar donde terminamos encontrándonos. Y cuando aprendemos a habitarla, nuestra mirada sobre el amor también cambia.


Hay una edad en la que uno deja de esperar que la vida ocurra en otra parte.

El café sabe exactamente como nos gusta. Las ventanas permanecen abiertas o cerradas según una costumbre que ya nadie cuestiona. Los libros ocupan su lugar en los estantes como viejos compañeros de viaje. La música llega a ciertas horas. El sueño tiene sus propios caminos. Incluso la tristeza, cuando aparece, conoce la puerta por la que debe entrar.

Todo encuentra su sitio.

Como el mar cuando regresa una y otra vez a la misma orilla.

Al principio pensamos que la soledad es una sala de espera. Creemos que estamos allí mientras llega alguien. Mientras aparece la conversación que falta, la mirada que falta, la presencia que falta.

Pero los años pasan. Y un día descubrimos algo asombroso.

Aquello que parecía una ausencia se ha convertido en una forma de estar en el mundo.

No necesariamente mejor. No necesariamente peor. Simplemente nuestra.

Aprendemos a caminar solos por playas interiores que nadie conoce. Aprendemos a escuchar el rumor de nuestras propias olas. Aprendemos a convivir con las tormentas y con las mañanas en calma. Aprendemos a reconocer, incluso con los ojos cerrados, el olor de nuestra propia marea.

Y cuando eso sucede, la soledad deja de ser enemiga. Se vuelve paisaje.

Por eso quizá hay tantas personas solas después de cierta edad.

No porque falten personas.

No porque el corazón se haya vuelto de piedra.

No porque ya no exista el deseo de compartir.

A veces ocurre algo mucho más profundo.

Cada vida se convierte en un mar.

Un mar con sus corrientes invisibles. Con sus bahías secretas. Con arrecifes que nadie ve desde la superficie. Con zonas tranquilas donde la luz danza sobre el agua y con profundidades donde aún descansan viejos naufragios.

Cada persona lleva dentro una geografía entera.

Y acercar dos océanos nunca ha sido una tarea sencilla.

Entonces llega alguien.

No cuando aún buscábamos quién nos acompañara, sino cuando ya aprendimos a navegar solos.

Y sucede algo extraño.

Durante años imaginamos que la compañía resolvería la nostalgia de ciertas tardes. Pensamos que bastaría con la presencia de otro ser humano para sentirnos acompañados.

Pero cuando finalmente aparece alguien que podría caminar a nuestro lado, descubrimos que no cuesta abrir el corazón; cuesta mover las mareas.

Porque cada costumbre tiene corrientes invisibles.

Cada silencio tiene su temperatura.

Cada rincón de la vida cotidiana guarda una pequeña ceremonia privada.

La taza favorita. El paseo de siempre. El lado de la cama que ocupa el cuerpo.

Pequeños rituales que, con los años, terminan pareciéndose a una patria.

No es rechazo.

No es egoísmo.

No es desamor.

Es simplemente que hemos tardado muchos años en aprender quiénes somos cuando estamos solos.

Y aquello que durante tanto tiempo pareció una ausencia, acaba convirtiéndose en prioritaria presencia.

Por eso algunas personas prefieren permanecer a solas antes que perder la paz que tanto les costó encontrar.

No porque hayan renunciado a la compañía, sino porque ya no desean cualquier compañía.

Siguen necesitando afecto.

Siguen emocionándose con una voz amable.

Siguen sintiendo el calor de una mano cercana.

Siguen deseando esa extraña belleza de compartir un amanecer sin necesidad de llenarlo de palabras.

Pero también aman el puerto que han construido dentro de sí. Aman las tardes lentas, los silencios sin explicaciones y la calma que llega cuando uno por fin deja de luchar contra sí mismo.

Quizá el amor, a cierta edad, no consista en fundir dos vidas en una sola.

Quizá consista en algo más delicado. Más respetuoso. Más consciente de la fragilidad y de la belleza que contienen los años.

Quizá consista en caminar junto al otro sin intentar ocupar su horizonte.

En escuchar sus mareas sin pretender dirigirlas.

En comprender que algunas distancias no son ausencia, sino espacio para respirar.

Pienso en dos personas caminando descalzas por la orilla. Un hombre unos pasos delante. La mujer siguiéndolo a poca distancia.

La espuma llega, retrocede y vuelve a llegar.

El aire huele a sal y a sol tibio. Las gaviotas cruzan lentamente el cielo.

Nadie corre, nadie arrastra al otro, nadie intenta cambiar el rumbo de las olas.

Y cuando el mar borra las huellas de ambos, no queda una marca sobre la arena que pertenezca al otro.

Porque ninguno necesita invadir el mundo del otro para acompañarlo.


Epílogo

Tal vez la verdadera compañía no llegue para llenar vacíos, sino para honrar lo que hemos construido en ellos. Porque el amor más sereno no exige renuncias; ofrece presencia, respeto y la libertad de seguir siendo uno mismo mientras se comparte el camino.


"Quizá el amor, después de cierta edad, se parezca a eso: dos mares caminando juntos por la misma orilla, compartiendo las mareas sin pedirle al otro que renuncie a sus profundidades."

martes, 9 de junio de 2026

"Sucedió de Golpe": Cuando la felicidad no depende de lo que falta. Entre sueños y destino.

 

“A veces la vida espera a que dejemos de perseguir un sueño para acercárnoslo en silencio.”


Prólogo

Hay momentos en los que perseguimos tanto aquello que deseamos que olvidamos mirar todo lo que ya florece a nuestro alrededor. Quizá algunas respuestas no llegan cuando más las exigimos, sino cuando aprendemos a caminar en paz con la incertidumbre.


Hay deseos que habitan con nosotros durante años. Los llevamos en el bolsillo del alma. Los imaginamos antes de dormir. Les hablamos en secreto. Los regamos con esperanza una y otra vez.

Y, sin embargo, parecen no llegar nunca.

Entonces esperamos. Y seguimos esperando.

Hasta que un día ocurre algo extraño.

No porque el deseo se cumpla. Sino porque dejamos de pelearnos con su ausencia. Porque comprendemos que la vida no está en pausa mientras aquello llega.

Y empezamos a vivir. A respirar. A agradecer. A encontrar belleza incluso en los espacios que creíamos vacíos.

Como quien deja de mirar el horizonte esperando la lluvia y descubre, de pronto, el perfume de los jazmines flotando en el aire tibio de una noche de verano.

Como quien deja de contar los días y siente, por primera vez, la sombra fresca de un árbol sobre la piel después de una larga caminata bajo el sol.

Como quien se detiene a escuchar y descubre que siempre estuvieron ahí las cigarras cantando entre los campos dorados, la brisa moviendo las hojas y la tarde derramando miel líquida sobre los tejados.

Y es entonces.

Justo entonces, cuando el corazón deja de exigir y aprende simplemente a estar. Cuando deja de apretar los puños y abre las manos. Cuando deja de preguntar «¿cuándo?» y empieza a decir «gracias».

Que la vida, misteriosamente, mueve una pieza. Y algo sucede.

Tal vez llega aquello que habías esperado durante tanto tiempo.

Tal vez llega algo distinto. Tal vez solo llega un instante hermoso. Una conversación. Una oportunidad. Una coincidencia. Una noticia. Una persona. Una puerta que parecía cerrada.

No sé si existe una explicación para esas cosas.

Pero a veces siento que la vida nos observa con infinita paciencia, esperando que aprendamos a florecer incluso en la estación en la que no hay frutos.

Y cuando por fin dejamos de arrancar la tierra para comprobar si la semilla crece, descubrimos que bajo nuestros pies ya estaban naciendo las raíces.

Quizá la fe no sea creer que recibiremos aquello que deseamos.

Quizá la fe sea aprender a vivir plenamente mientras llega... o mientras no llega.

Porque hay regalos que aparecen cuando los buscamos. Pero los más sorprendentes suelen llegar cuando, por fin, hemos aprendido que también podemos ser felices sin ellos.


Epílogo

La serenidad no nace cuando obtenemos todo lo que queremos, sino cuando descubrimos que nuestra plenitud puede existir incluso antes de alcanzarlo. Y, paradójicamente, es desde esa libertad donde la vida suele sorprendernos.


“A veces la vida no nos concede lo que anhelamos cuando estamos listos para recibirlo, sino cuando hemos aprendido que nuestra felicidad no depende de tenerlo.”

lunes, 8 de junio de 2026

"El Abrazo Azul": la historia detrás de un emoji que nunca entendí.

 

«Esta historia empieza con un color y termina con una sonrisa.»


PRÓLOGO

A veces no son las personas las que entendemos mal.
A veces es un símbolo. Un color. Una idea que damos por cierta sin haberla mirado de cerca
.


Estoy escribiendo y no puedo borrar de mi rostro esa sonrisa de quien se sabe tonta.

A veces —muchas veces, diría yo— he dado por hecho, o por entendido algo, sin tomarme la molestia de averiguar más a fondo el tema. Y ello ha conllevado que durante algún tiempo me sintiera incómoda y aplacada en mi libertad de expresión por temor a ser mal entendida, y por respeto a ti, que lees lo que escribo.

Cuando empecé a publicar en redes, algunas personas han respondido a mis textos con un emoticono de dos figuras abrazándose, en distintos tonos de azul.

Había algo que no terminaba de entender del todo en ese famoso «abrazo azul».

¿Un abrazo azul?

¿No es el azul, acaso, un color «frío», de acuerdo con el círculo cromático?

Pensaba: «¿Qué me quiere decir exactamente esta persona? ¿Es una forma de advertirme que no malinterprete su afecto? ¿Una manera de decir “te aprecio, pero no te hagas ilusiones”?». Incluso llegué a preguntarme si yo había dicho algo inapropiado para que sintieran la necesidad de levantar esa pequeña barrera preventiva.

Con el tiempo entendí que no.

Que no hay ningún mensaje oculto detrás de ese símbolo. Que, como todo abrazo, es una muestra de cariño o afecto. Apoyo emocional. Consuelo en momentos difíciles. Cercanía, amistad o solidaridad.

Un «Gracias por compartir».

Un «¡Me identifico!».

Un «Te mando un abrazo», mostrando cercanía, aunque sea a distancia.

El abrazo quedó absuelto. El color seguía bajo sospecha.

Pues, no termina de convencerme «el abrazo azul». No he conseguido reconciliarme con ese color... no ¡en un abrazo!

No cuestiono el abrazo; cuestiono el azul.

No cuestiono —ni cuestionaré, nunca— a las personas que me han enviado abrazos o corazones azules. Todos ellos han llegado a mí de personas que han creado conmigo una relación a distancia, cierto, pero una relación de confianza, respeto y afecto mutuo. Y el afecto que había detrás de ese gesto, de ese «abrazo azul», me llegó intacto.

Curiosamente, el azul es uno de mis colores favoritos. Es el color del cielo cuando se abre después de la lluvia. El del mar cuando respira en calma. El del agua que recoge la luz del mundo y la devuelve convertida en reflejo. Es un color inmenso, hermoso, casi infinito.

Pero no en un abrazo.

Y tampoco en un corazón.

Porque, cuando pienso en el afecto, no pienso en la inmensidad. Pienso en la temperatura.

Pienso en unas manos tibias. En una manta sobre los hombros. En el vapor que asciende de una taza caliente entre las manos. En la sensación de llegar a casa después de una larga caminata arrastrando el cansancio en los pies.

El azul puede ser bello, pero no abriga.

Y un abrazo, para mí, debería abrigar.

El azul me recuerda al mármol frío de una estación vacía, a la luz de una pantalla encendida de madrugada, al protocolo correcto y distante de quienes cumplen con un gesto porque toca hacerlo.

Y un abrazo no debería parecerse a nada de eso.

Un abrazo es presencia. Es una forma silenciosa de decir: «Estoy aquí, contigo».

Por eso me rebelo contra la idea del abrazo azul.

Los abrazos auténticos y los corazones verdaderos tienen el color de la sangre que circula, del fuego que reúne a la gente alrededor de una mesa, de las manos que consuelan, de la vida misma.

Porque un abrazo de verdad, incluso cuando es fraternal, incluso cuando no contiene el menor asomo de romance, debería dejar una pequeña sensación de calor en el alma.

Y el alma, que yo sepa, nunca ha sido azul.

No obstante, pese a todo lo que acabo de decir, seguiré recibiendo con cariño los abrazos azules. Porque ahora entiendo que el color frío no cambia el cálido afecto con el que se envían.

¡Lo tengo claro! Ahora sí.

Y espero seguir recibiéndolos: azules, amarillos, en signos negros encadenados formando la palabra «abrazo», porque el afecto, cuando es sincero, siempre encuentra la manera de llegar.

Y yo... yo estaré esperándolos con los brazos abiertos ¡correspondiendo ese abrazo!


EPÍLOGO

Quizá los símbolos no siempre vistan los colores que nosotros elegiríamos.
Pero el afecto sincero termina encontrando la forma de hacerse entender
.


«Porque, al final, lo importante nunca fue el color del abrazo, sino la persona que decidió darlo... y sí, sigo con esa sonrisa que revela lo terca y tonta que puedo llegar a ser.»

viernes, 5 de junio de 2026

"TÚ, AL OTRO LADO DE LA PANTALLA": Reflexión sobre los vínculos que nacen entre escritores y lectores, las presencias silenciosas y la huella que dejan las personas al otro lado de la pantalla.

 

"Hay personas a las que nunca hemos visto el rostro y, sin embargo, terminan ocupando un lugar silencioso en nuestros días."


PRÓLOGO

Hay encuentros que no suceden en una estación, en una plaza o en una cafetería.

Suceden entre palabras.

Personas que jamás se han estrechado una mano terminan formando parte de la rutina emocional de sus días. A veces basta una lectura, un comentario o una conversación nacida al calor de un texto para descubrir que la cercanía no siempre entiende de distancias.

Este texto está dedicado a quienes llegan en silencio y, sin proponérselo, terminan dejando huella.


Yo escribo porque me gusta escribir. Porque hay cosas que me nacen dentro y necesitan convertirse en palabras. Lo haría incluso si nadie me leyera. Pero cuando publico, sucede algo más. Algo que va mucho más allá de dejar un texto en una pantalla.

Alguien se detiene.

Y, en un mundo donde todos corremos, donde todo pasa deprisa y la atención dura apenas un suspiro, ese gesto tiene un valor inmenso.

Alguien dedica unos minutos de su vida a leerme.

Y cuando además comenta, cuando deja unas palabras, una emoción, un recuerdo, una reflexión o simplemente un saludo, ocurre algo extraordinario: se abre una pequeña puerta entre dos desconocidos.

Entonces, el lector se convierte en escritor,
y yo, en una ávida lectora.

Fascinada por los nuevos mundos que intuyo a través de sus palabras.

No sé dónde vive esa persona. No sé qué paisaje ve por su ventana cuando me escribe. No sé si está en España, en América o en cualquier rincón del mundo. Ignoro su edad, su historia y la mayoría de las cosas que la definen.

Y, sin embargo, poco a poco nos acostumbramos.

Nos acostumbramos a un "hola", a un "gracias", a un "qué bonito", a una opinión compartida. Nos acostumbramos a esas pequeñas conversaciones que nacen alrededor de un texto y terminan hablando también de la vida. A veces me cuentan recuerdos, pérdidas, alegrías, nostalgias o fragmentos de sí mismos que guardan entre líneas.

Y, sin darme cuenta, esas personas dejan de ser simples nombres en una pantalla.

Se vuelven presencia.

Como esas músicas suaves que apenas se escuchan y que, sin embargo, uno nota cuando dejan de sonar.

Por eso, cuando de pronto desaparecen, cuando pasan los días y ya no aparecen sus palabras, sucede algo tremendamente curioso.

No pienso: "He perdido un lector".

No pienso: "He perdido un comentario".

Pienso si estará atravesando días difíciles. Si estará ocupado. Si necesitará una palabra amable. Si seguirá leyendo en silencio. Si sonreirá al otro lado de la pantalla o hará una mueca de desagrado.

Y me pregunto: "¿Estará bien?"

Pienso en esa persona que siempre estaba ahí. En quien nunca faltaba a la conversación silenciosa que hemos ido construyendo en la cotidianidad de los días.

Es extraño.

Porque somos completos desconocidos.

Pero también es verdad que termino extrañándolos.

Y quizá eso dice algo hermoso sobre nuestra naturaleza humana: que somos capaces de encontrarnos incluso sin conocernos. Que podemos crear afecto sin haber estrechado una mano. Que una afinidad, una emoción compartida o una forma parecida de mirar la vida pueden tender puentes afectivos entre personas separadas por... ¿miles de kilómetros?

A veces pienso que escribir se parece un poco a dejar una lámpara encendida en mitad de la noche. Uno no sabe quién pasará por allí. No sabe quién encontrará refugio en esa pequeña luz. Pero, noche tras noche, aparecen las mismas almas, se sientan un instante junto a ella y comparten su calor. Y cuando alguna deja de venir, la luz sigue encendida, pero uno nota el hueco que ha quedado alrededor de la mesa.

Porque detrás de cada comentario hay una persona única. Y aunque estas palabras estén escritas para todos, mientras las lees son también para ti. Para ti, que te detuviste unos segundos. Para ti, que alguna vez me contaste un recuerdo. Para ti, que me saludas en silencio o que nunca comentas, pero siempre estás. Para ti, que quizá no imaginas que tu presencia también deja huella al otro lado de la pantalla.

Al final, detrás de cada perfil, de cada nombre y de cada comentario, hay alguien respirando, sintiendo, luchando, soñando y tratando de atravesar la vida igual que yo.

Y cuando deja de aparecer, queda un pequeño silencio.

Un silencio que recuerda que algunas presencias, por lejanas que parezcan, también llegan a ser importantes.

Si alguna vez has desaparecido por un tiempo y, al volver, encontraste mi alegría, quiero que sepas algo: quizá nunca nos hemos visto, pero me acostumbré a tu presencia.

Y sí...

cuando no apareces, te extraño.


EPÍLOGO

Quizá la vida esté hecha de más encuentros invisibles de los que imaginamos.

Tal vez nunca sepamos el nombre completo de algunas personas, ni el sonido de su voz, ni el paisaje que contemplan cada mañana. Pero eso no impide que formen parte de nuestra historia.

Porque hay presencias que no ocupan espacio físico y, aun así, encuentran un lugar permanente en el corazón.

A todas esas personas que alguna vez se detuvieron a leer, gracias por la luz compartida.


"A veces, la huella más profunda no la dejan quienes caminaron a nuestro lado, sino quienes, desde la distancia, iluminaron silenciosamente algunos de nuestros días."


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 4 de junio de 2026

"Dos Claveles Blancos": Un relato sobre la memoria, la infancia y un terremoto.

 
"El recuerdo más feliz de mi infancia nació el mismo día que otras niñas perdieron la suya."


Prólogo

Hay recuerdos que envejecen con nosotros. No porque los hechos cambien, sino porque cambian los ojos que regresan a mirarlos.

Este es uno de ellos.

Durante años creí que guardaba una única memoria de aquel terremoto. Con el tiempo comprendí que no.


Recuerdo aquel sacudón de tierra como se recuerdan las cosas cuando se es niña: sin contexto, sin magnitud, sin miedo verdadero… sin noción de sus consecuencias.

Recuerdo la tierra rugiendo bajo mis pies. No temblaba solamente: respiraba. Era como si un animal inmenso, enterrado bajo la ciudad, se hubiera escapado de una pesadilla. El suelo vibraba desde las plantas de los pies hasta el pecho. Las paredes se agrietaban y, de algunas heridas abiertas en el cemento, brotaba agua. Yo observaba aquello con los ojos muy abiertos —asustada, sí, pero fascinada—, como quien presencia un milagro.

Recuerdo a la gente corriendo. El pavor hecho voces. El ruido. Los grupos que se formaban en las calles. Recuerdo las manos de mis padres cubriéndonos los oídos cuando el mundo hacía demasiado estruendo.

—Todo está bien.

Lo repetían una y otra vez. Y les creí.

Porque los niños creen.

Creen en las palabras de sus padres igual que creen en la llegada de la mañana. Por eso, mientras la ciudad se estremecía, yo no vi una catástrofe.

Vi una aventura.

Dormimos al aire libre. Comimos juntos. Pasamos horas enteras bajo el cielo. Los adultos hablaban en voz baja mientras nosotros jugábamos. Había mantas, conversaciones alrededor de luces improvisadas y una extraña sensación de libertad. Mis padres consiguieron que aquello se pareciera a un camping en medio de la gran ciudad.

Ahora lo pienso y me parece un acto de amor casi imposible.

Construyeron una burbuja con sus propias manos y nos metieron dentro. Una burbuja donde no existían el peligro, ni la angustia ni las pérdidas. Una burbuja tejida con abrazos, sonrisas forzadas y la obstinación feroz de unos padres empeñados en proteger la infancia de sus hijos.

Y fui feliz en medio de la tragedia. Esa es la verdad. ¡Fui feliz!

No una felicidad inventada por la memoria, sino una felicidad auténtica, respirada a pulmón lleno por la niña que yo era entonces. Durante meses seguí creyendo aquella versión del mundo.

Hasta que regresamos a clase.

Los pupitres estaban en su sitio. Los cuadernos nuevos olían igual. El polvo de la tiza seguía flotando en el aire tibio de las mañanas. Pero había ausencias. Pupitres vacíos… que nadie movía.

Nombres que los adultos pronunciaban con cuidado, como si pudieran romperse.

Yo era demasiado pequeña para comprenderlo. Percibía el hueco, pero no su significado. Los niños aprendemos a convivir con los silencios mucho antes de entenderlos.

El tiempo pasó.

Y el tiempo, que primero protege, después revela.

Años más tarde, comprendí por fin aquello que nadie había sabido explicarme cuando era niña.

Entendí que el terremoto que yo recordaba como un evento mágico había dejado detrás dolor, pérdidas y familias quebradas.

Entendí que fue la razón de aquellos pupitres vacíos. Que las niñas ausentes fueron arropadas por la tierra y el concreto, acunándolas… hasta dormirlas para siempre.

Y, de pronto, ¡el recuerdo se partió en dos!

Desde entonces conviven en mí dos memorias del mismo acontecimiento.

La primera pertenece a la niña: la tierra rugiendo, el agua brotando de las paredes, las noches al aire libre, la emoción de una aventura inesperada y la certeza absoluta de que todo estaba bien porque mis padres lo decían.

La segunda pertenece a la mujer: la conciencia de la tragedia, el peso de los nombres que faltaron y la comprensión tardía de aquello que mis ojos infantiles no podían ver.

Durante mucho tiempo creí que uno de esos recuerdos debía borrar al otro.

Que la comprensión debía avergonzar a la felicidad.

Pero la memoria no funciona así.

La niña no sabía. La niña estaba protegida. La niña vivió aquellos días dentro del refugio más poderoso que existe: el amor.

Y esa felicidad ocurrió. Es parte de la verdad.

Como también lo son las ausencias, los pupitres vacíos.

Hoy, cuando regreso a aquel recuerdo, llevo dos claveles blancos entre las manos.

Uno para la niña feliz que fui.

Otro para las compañeras que no volvieron de su desgracia.

Y entre ambos claveles vive mi memoria: un lugar donde la alegría y la tristeza no se contradicen, sino que aprenden a sostenerse mutuamente bajo la misma luz.


Epílogo

Sobre ciertos recuerdos el tiempo no coloca una lápida.

Coloca un espejo.

Y cada vez que volvemos a ellos descubrimos un rostro nuevo reflejado en la misma historia.


"La niña recuerda una aventura. La mujer recuerda una tragedia. Y ambas dicen la verdad."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 2 de junio de 2026

"Un Hombre Honorable": Relato homenaje a un hombre cuya humildad, sabiduría y dignidad dejaron una huella imborrable en quienes tuvieron el privilegio de conocerlo.

 

Hay personas que llegan a nuestras vidas sin hacer ruido y terminan habitando para siempre en nuestra memoria.


PRÓLOGO

Hay personas que dejan recuerdos. Otras dejan enseñanzas. Y unas pocas, muy pocas, dejan una forma distinta de mirar el mundo. Esta es la historia de una de ellas.


Conocí a Gervasio siendo niña, a través de mi padre, que era su jefe. Entró en nuestras vidas por la puerta de atrás... y salió por la puerta de delante, la principal.

Era un hombre pequeño de estatura y parecía un personaje escapado de un cuento de otra época. Tenía el rostro asiático, aunque era de procedencia alemana. Vestía ropa vieja, pero sin una sola rotura y de impecable pulcritud. Tanto la camisa como el pantalón le venían grandes; la camisa se la plegaba a la espalda y los pantalones a la cintura, sujetándolos con un cinturón que parecía hecho de cuerdas trenzadas. Aún puedo verlo bajo la luz tranquila de las mañanas, con aquellas prendas que parecían heredadas del tiempo, moviéndose suavemente con el viento, como si llevaran consigo historias que nadie había escrito.

Caminaba despacio. En su andar no echaba las piernas hacia delante, como hacemos todos, sino que las levantaba doblando las rodillas, dando pequeños brinquitos. «Para no tropezar con nada y caer», decía. Y uno acababa pensando que aquella manera de caminar no era solo una costumbre de su cuerpo, sino también una forma de estar en el mundo: avanzando con prudencia, sin atropellar nada ni a nadie, como quien conoce el valor de cada paso.

Cuando apareció en nuestras vidas ya era mayor y tenía el aspecto de uno de esos ancianos sabios de una ciudad china perdida en el mapa. Lo parecía por su apariencia, pero sobre todo por la serenidad que transmitía, por el respeto que inspiraba, por la sabiduría que atesoraba y por aquel silencio suyo que no era ausencia de palabras: era una melodía sanadora para el alma. Había silencios que pesaban; el suyo, en cambio, aliviaba. Era como la sombra fresca de un árbol en mitad de agosto, como el rumor lejano del agua cuando el cansancio aprieta. Su sola presencia tenía algo de refugio.

Pronunciar su nombre era hablar de respeto y de afecto. Era de esas personas que no necesitaban levantar la voz para hacerse escuchar, porque la autoridad que desprendían nacía de la coherencia, de la bondad y de una dignidad silenciosa que se percibía incluso antes de intercambiar una palabra.

Sí, Gervasio entró por la puerta trasera, pero fue él quien conservó las llaves del portal principal. Tenía ese raro don que poseen las personas íntegras: saber quién debía entrar y quién debía quedarse fuera. No por autoridad impuesta, sino por la fuerza tranquila de su criterio, por la rectitud de su carácter y por la nobleza de su corazón. Había en él una manera de mirar que parecía atravesar las apariencias y detenerse justo donde habita la verdad de las personas.

El día de su muerte, la noticia corrió como pólvora por la ciudad.

Había muerto Gervasio.

Las palabras pasaban de boca en boca con la incredulidad de quien se resiste a aceptar una pérdida. En el aire se mezclaban el asombro de lo inesperado y el dolor de lo indeseado. Se palpaba una tristeza densa, un vacío difícil de nombrar. Parecía que algo se hubiera apagado de pronto, como cuando una campana deja de sonar y el silencio que queda detrás revela su verdadera importancia. Eso pensaba yo entonces.

Hoy entiendo algo que la infancia todavía no sabía explicar: no todos los días tiene uno la fortuna de conocer a una persona honorable. No todos los días recibe uno el privilegio de ser alcanzado por un alma inmensa; una de esas almas que iluminan como un faro cuando llega la noche y cobijan como una sombra fresca cuando el sol quema demasiado. Una de esas presencias que, sin pedir nada a cambio, dejan el mundo un poco mejor de como lo encontraron.

Por eso, asistir a su funeral fue un privilegio. Como privilegio fue haberlo conocido. Recuerdo aquel día como quien recuerda una despedida necesaria y, al mismo tiempo, imposible. Porque hay personas que se marchan, pero cuya huella permanece adherida al corazón con la misma fidelidad con la que el aroma de la lluvia permanece un instante sobre la tierra después de la tormenta.

Algunas personas pasan por el mundo; otras dejan un camino de luz para quienes vienen detrás. Gervasio fue una de ellas.


EPÍLOGO

El tiempo se lleva las voces, los rostros y los pasos. Pero hay seres humanos cuya presencia permanece intacta allí donde sembraron bondad. Gervasio fue uno de ellos.


Los hombres honorables no desaparecen cuando mueren; permanecen vivos en la conducta de quienes tuvieron la suerte de conocerlos.

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

lunes, 1 de junio de 2026

"Aún Camino Descalza": Seguir confiando en un mundo que enseña a desconfiar. Vulnerabilidad, sensibilidad y valentía emocional.


“Hay personas que aprenden a desconfiar del mundo muy temprano. Otras todavía saludan a la vida como quien se acerca a un pájaro herido: despacio, con las manos abiertas y el corazón temblando de ternura.”


Prólogo

Hay quienes llaman ingenuidad a seguir confiando después de las decepciones. Yo prefiero llamarlo sensibilidad. Este es un relato sobre la vulnerabilidad, la madurez emocional y la difícil tarea de conservar la autenticidad en un mundo que a menudo premia las corazas.


Salgo del trabajo todos los días a la misma hora.

Camino hacia la parada del Metro siguiendo siempre el mismo trayecto.

El cansancio lo llevo en los pies; la expectativa de un mañana me cuelga de los hombros como un abrigo tibio. A esa hora la ciudad parece respirar más lento. Las aceras conservan el calor del sol de la tarde, los árboles dejan caer hojas secas que crujen bajo mis zapatos y el aire huele a amplitud, a descanso, a papel y a tinta.

Camino despacio.

Como si alargar el trayecto pudiera suavizarme la vida.

Y justo antes de llegar a la parada está él.

El hombre inmenso de la publicidad del perfume.

Cada tarde lo encuentro esperándome bajo la luz blanca de la marquesina. Tiene el dedo sobre la boca y unos ojos quietos que parecen atravesarme.

“Silencio”, dice su gesto. “Calla”.

Y es curioso, porque es ahí donde coincide el momento en que me hago preguntas que duelen: me cuestiono —severamente— mi manera de ser y estar en esta vida.

Porque sigo creyendo demasiado.

Sigo pensando que las personas sienten como yo siento. Que las palabras pronunciadas son transparentes, que llevan dentro la verdad.

Que cuando alguien sonríe hay ternura detrás de esa sonrisa.

Que cuando alguien abraza, abraza de verdad, con la calidez del amor fraternal.

Y entonces me reprocho mi ingenuidad como quien regaña a una niña que se quedó mirando mariposas mientras el resto aprendía a construir trincheras.

Me digo que ya debería haber aprendido.

Que crecer significa confiar en todos… ¡pero no del todo!

Que ser adulta tal vez consista en mirar dos veces antes de abrirse el pecho y entregar el alma desnuda, en sospechar de los silencios, en cuestionar más, en protegerse.

Pero no sé cómo hacerlo.

No encuentro dentro de mí esa inteligencia emocional.

Hay personas que avanzan por la vida como quien atraviesa un bosque lleno de espinas: cubiertas, alertas, con el pecho protegido. En cambio, yo sigo caminando descalza. Sigo tocando las cosas con el corazón a sangre viva. Y aunque a veces termino herida, tampoco logro arrepentirme del todo.

¡Qué torpeza la mía!

Y quizás ahí esté el problema.

No enjuicio a nadie por ser distinto. El mundo obliga a muchos a endurecerse para sobrevivir… yo no he podido, ¡el mundo me queda demasiado grande!

Hay días en que eso pesa.

Días en que regreso a casa sintiéndome absurda por sentir así; y me pregunto si madurar será apagar poco a poco ciertas luces del alma hasta quedarse quieta, protegida, intacta.

El hombre sigue ahí, inmóvil, con mirada de reproche.

Con el dedo sobre los labios:

“Calla”.

Y yo callo.

Callo mientras el viento tibio de la tarde me despeina el cabello. Mientras el cielo se vuelve naranja detrás de los edificios. Mientras las luces de los coches empiezan a encenderse como luciérnagas cansadas.

Callo porque comprendo algo doloroso: quizás el error no sea sentir demasiado, sino avergonzarme de no haber aprendido a dejar de hacerlo.

Tal vez nunca consiga mirar la vida con sospecha.

Tal vez jamás aprenda a caminar con armadura.

Pero hay algo profundamente humano en seguir conservando cierta inocencia cuando el mundo insiste tanto en arrancárnosla.

Y aunque a veces mi forma de ser me vuelva vulnerable, también me permite seguir viendo belleza donde otros ya no miran, escuchar ternura donde otros solo oyen ruido y encontrar pequeños milagros en cosas diminutas.

Quizás la verdadera madurez no sea endurecerse.

Quizás sea proteger la suavidad del alma sin sentir vergüenza por ella.

¡Quizás!


Epílogo

Quizás la verdadera fortaleza no consista en desconfiar de todo, sino en aprender a cuidar el corazón sin dejar de ser uno mismo. Porque la sensibilidad, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en una de las formas más silenciosas y hermosas de valentía.


“En un mundo donde tantos sobreviven escondiendo el corazón, seguir siendo transparente puede que sea una forma torpe, pero bonita, de valentía.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 30 de mayo de 2026

"Las manos no escriben solas": Un texto íntimo sobre la autocensura del escritor: escribir entre el miedo, el juicio y la vulnerabilidad.

 

“Hay días en que escribir se parece demasiado a arrancarse la piel lentamente frente a un espejo”.


Prólogo

Antes de cada texto existe una mutilación invisible.

El escritor rara vez llega limpio a la página. Antes de escribir, corrige el impulso. Antes de decir, domestica la herida. Hay una vigilancia instalada en el lenguaje, una frontera silenciosa entre lo que arde por dentro y aquello que finalmente se permite existir sobre el papel.

Porque escribir no consiste únicamente en revelar, sino también en negociar con el miedo.

Miedo a parecer excesivo.
Miedo a no ser comprendido.
Miedo a que la verdad tenga un rostro demasiado humano para resultar literariamente aceptable.

Y entonces nace la autocensura: esa mano fría que acomoda las palabras antes de dejarlas salir al mundo. A veces protege. A veces asfixia. A veces convierte la escritura en una habitación donde el alma aprende a respirar de forma más pequeña para no incomodar a nadie.

Este texto habita precisamente ese límite: el lugar donde el deseo de decirlo todo se enfrenta al terror de ser visto por completo.


Las manos descansan sobre la mesa, quietas, como animales cansados después de una larga persecución. Nadie imagina el peso que pueden soportar unos dedos cuando la mente les ata piedras invisibles a las muñecas.

Porque las manos no escriben solas. Nunca lo hacen. Detrás de cada palabra hay una vigilancia. Una respiración contenida. Una voz que susurra con la severidad de un verdugo: “¡Cuidado!”.

Cuidado con lo que dices.
Cuidado con lo que revelas.
No vayas a herir.
No vayas a decepcionar.
No muestres tu vulnerabilidad.

Y entonces el alma empieza a doblarse hacia adentro, como una flor cerrándose antes de la tormenta.

Es agotador vivir corrigiendo el latido.

A veces quisiera desprenderme de la conciencia como quien se arranca un vestido empapado. Dejar caer al suelo la prudencia, las normas invisibles, el miedo a la mirada ajena. Escribir con la desnudez brutal con la que el mar golpea las rocas sin pedir disculpas. Pero no puedo.

El corazón queda atrapado entre la tinta y el juicio, estrujado como un fruto demasiado maduro entre manos nerviosas.

Y duele.

Duele porque escribir también es abrirse el pecho y dejar que otros entren a mirar el desorden. Las palabras no salen limpias; salen húmedas, calientes, respirando todavía. Salen con el olor de la memoria, con la sal de viejas heridas, con el temblor de aquello que jamás aprendió a defenderse.

Por eso necesito una pausa.

No una pausa pequeña, de minutos o de sueño.

Necesito una pausa honda,
uterina,
silenciosa.

Necesito sumergirme, al fondo del mar, como quien regresa al vientre de la madre. Hundirme despacio en un agua fría que me quite la temperatura, donde todo sonido llegue amortiguado y distante.

Allí, bajo esa oscuridad azul, nadie exige explicaciones.

Nadie corrige.
Nadie juzga la intensidad de una emoción,
ni las libres letras en su expresión.

Solo existe el rumor líquido rodeando el cuerpo.

Solo existe el latido.

Me imagino suspendida en esa profundidad, flotando como una medusa dormida. El agua acariciando mis párpados cerrados. El miedo perdiendo peso. El dolor disolviéndose lentamente, como tinta negra extendiéndose en el océano. Y, por primera vez en mucho tiempo, silencio. Un silencio absoluto, maternal, casi sagrado.

Porque escribir agota.

Agota sentir demasiado
y callar otro tanto.

Agota cargar un universo entero detrás de una frase aparentemente pequeña.

Y, sin embargo, escribo porque hay algo perversamente hermoso en ello. Algo dulce en este cansancio. Como si el alma, aun herida, necesitara seguir abriéndose para no morir asfixiada dentro de sí misma. Como si cada palabra arrancada doliera, sí, pero también permitiera respirar un poco mejor después del desgarro.

Quizá por eso siempre regreso… al papel, a la tinta.

Porque incluso cuando escribir me deja vacía, temblando y expuesta, hay una parte de mí que encuentra placer en esa caída. Una parte oscura, pero limpia, que necesita tocar el fondo para saber que sigue viva.

Y tal vez las manos nunca escriban solas.

Tal vez escriban acompañadas por todo aquello que intenta impedirles hacerlo.


Epílogo

Quizá la autocensura sea la cicatriz inevitable de quien escribe con conciencia de la mirada ajena.

Tal vez ningún texto llegue intacto al lector. Siempre hay una palabra retirada a último momento, una emoción suavizada, un grito convertido en metáfora para hacerlo soportable. El escritor aprende a vestir sus heridas con estética para que el mundo no retroceda ante su desnudez.

Pero incluso mutilada, la verdad encuentra grietas por donde respirar.

Porque hay algo indomable en la escritura: una necesidad casi biológica de existir fuera del cuerpo. Y aunque el miedo vigile cada frase, aunque el juicio apriete la garganta de las palabras, siempre queda un resto de humanidad latiendo debajo de la corrección.

Quizá escribir nunca sea libertad absoluta.

Quizá sea solamente esto: abrir una pequeña rendija en la celda para que el alma no se ahogue en su propio silencio.


“Escribir es dejar que el alma respire, así sea a través de la ventanilla de una celda”.


Nota: publicación: en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

"La Casa de los Piojos": Las vacaciones en casa de la abuela: recuerdos de infancia, piojos, playa y felicidad.

 

“Hay recuerdos que todavía dan picazón y huelen a vinagre, a playa, a verano eterno... y a abuela”


PRÓLOGO

Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, aguardando el instante preciso para regresar con toda su fuerza. A veces vuelven de la manera más inesperada: en un olor, en una fotografía amarillenta o en una simple palabra. Entonces reaparecen los paisajes, las voces y las emociones que creíamos olvidadas.

Esta historia es un viaje hacia esos veranos que parecían eternos. Un homenaje a las abuelas que reunían familias enteras bajo un mismo techo, a los primos que se convertían en hermanos por unas semanas y a una época en la que la infancia transcurría lejos de las pantallas y cerca de la tierra, del mar y de los afectos.


La escena final de aquellas vacaciones parecía el campo de concentración de una guerra inventada por los adultos para salvarnos la infancia. Los diecisiete primos hacíamos fila en el patio, bajo el sol inmóvil de agosto, esperando nuestro turno con una resignación teatral. Los más pequeños lloriqueaban. Los mayores fingían valentía. Pero todos sonreían, entre picazón y picazón.

Uno de los tíos manejaba la máquina de afeitar con disciplina militar, dejando caer mechones negros, castaños, rubios, sobre el piso caliente. El zumbido metálico sonaba como un enjambre furioso alrededor de las orejas. A los niños los dejaban casi rapados. A las niñas, la abuela nos cortaba el cabello apenas por debajo de las orejas, “para que no parezcan muchachitos”, decía, mientras el olor del aceite de ricino y del alcohol llenaba el aire.

El olor del vinagre contra los piojos se mezclaba con el perfume dulce de los mangos maduros que caían del patio.

Y aunque visto desde “afuera” aquello parecía una escena triste, jamás lo fue. Porque aquel desfile de cabezas desnudas no era el comienzo del verano, sino su despedida. El cierre de oro de unas vacaciones inolvidable.

Todo empezaba antes -de otra manera- cuando terminaban las clases.

Mis padres, junto con mis cuatro tíos, decidían marcharse de vacaciones al pueblo costero donde había nacido casi toda la familia, a la casa de la abuela…

Allí dormíamos atravesados sobre colchones improvisados, respirándonos los sueños unos a otros.

Niños de vacaciones en la playa, corriendo descalzos de un lado a otro, con las rodillas raspadas y la risa suelta. Las mujeres hablaban felices mientras cocinaban cantidades absurdas de comida para “la tropa”.

Las noches eran distintas. Se calmaban y llenaban de misterios. Los hombres apagaban las luces y solo dejaban la sala -teatro improvisado- iluminada con una pequeña lamparilla, para infundir quietud y llamar la atención de nosotros, los chiquillos. Entonces, empezaba la escenificación de cuentos de miedos: los grandes soltaban alguna risilla, pero las niñas nos juntábamos como una piña cubierta por una sábana para que nos protegiera de alguna mano peluda que nos quisiera coger de los pies. Así transcurrían las noches, hasta quedarnos dormidos; entonces, ellos descansan y disfrutaban el pedazo de día que les quedaba.

 Y la abuela —redonda, tibia, sudorosa de tanto trajinar— nos miraba a todos como si contemplara la cosecha más hermosa de su vida.

Pero el verdadero paraíso estaba enfrente: la casa de los Rodríguez.

Aquello no era una casa.

Era un pequeño universo abierto.

Una construcción larguísima que parecía haber estirado sus paredes para darle espacio a la alegría. Su pared de fondo era la ladera de la montaña, verde y húmeda, respirando sobre nosotros como un animal dormido. El suelo siempre tenía olor a tierra mojada, a hojas trituradas, a la acidez de la fruta caída.

Los siete hermanos Rodríguez se mezclaban con nosotros hasta formar una sola tribu salvaje. Corríamos detrás de las gallinas levantando remolinos de polvo; cargábamos polluelos tibios contra el pecho; perseguíamos cabras para sacarles leche entre risas y gritos; montábamos al burrito mientras alguien terminaba inevitablemente en el suelo. Las tardes se llenaban de chicharras, de frutas mordidas, de sudor infantil y de soles interminables pegados a la piel.

Y sí, siempre terminábamos algunos con sarampión, otros con picaduras y raspones y todos, ¡pero todos!, con piojos. Volvíamos a casa convertidos en pequeños animales del monte. Pero nadie parecía lamentarlo demasiado.

Éramos felices con el ruido, con el desorden, con el amor simple de sabernos acompañados.

Al recordar aquella fila de niños rapados no siento humillación: era el último ritual de una época luminosa en la que las familias todavía sabían reunirse para celebrar la dicha inmensa de pertenecer unos a otros, mientras los niños jugaban a “ser niños” en libertad.

Recuerdo que, al despedirnos, me pegaba al cristal de la ventana trasera del coche tirándole besos a mi abuela, y la veía reír, la veía feliz… y eso me hacía feliz, aunque las lágrimas corrieran por mis ojos al tener que dejarla.

Y, ahora, no puedo desprenderme de esa imagen, ni tampoco puedo dejar de preguntarme: ¿reía de felicidad por habernos tenido con ella, o porque al fin nos íbamos y volvía la paz a su hogar? Sonrío. Y sin duda alguna pienso que fue feliz por las dos razones, ¡pobre abuela!


Epílogo

Con los años comprendemos que no recordamos los días perfectos, sino aquellos que estuvieron llenos de vida.

No era la casa más grande ni las vacaciones más lujosas. No había itinerarios, hoteles ni fotografías para compartir al instante. Había algo mucho más valioso: tiempo. Tiempo para convivir, para aburrirse, para inventar aventuras y para aprender, sin saberlo, el significado de pertenecer a una familia.

Hoy muchas de aquellas voces ya se han apagado. Algunos partieron demasiado pronto, otros viven lejos y los niños de entonces cargan ahora responsabilidades de adultos. Sin embargo, cuando la memoria abre sus ventanas, la casa de la abuela sigue intacta.


“Tal vez la felicidad siempre fue eso: una casa llena de voces, niños corriendo sin miedo y adultos que todavía sabían amarse como uno solo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 28 de mayo de 2026

"Mudando la Piel": Cuando las chicharras cantan... recuerdos de un amor.

 

“Las chicharras siempre me recuerdan que hay cosas que solo pueden crecer después de romperse.”


Prólogo

Hay recuerdos que no regresan por voluntad propia.

Permanecen dormidos durante años, ocultos bajo las capas de tiempo que vamos acumulando para seguir adelante. Pero basta un sonido, un aroma o una estación del año para que despierten de nuevo con una nitidez inesperada.

A veces no recordamos a las personas. Recordamos quiénes éramos cuando las conocimos.

Esta es una historia sobre la transformación. Sobre la niña que temía a las chicharras sin comprender que aquellas cáscaras vacías guardaban una lección para toda la vida. Sobre el instante delicado en que la inocencia comienza a desprenderse y el corazón descubre emociones para las que todavía no tiene nombre.


Frente a la casa de mi infancia había un parque enorme, frondoso, lleno de sombra y de árboles tan altos que parecía que sostenían el cielo.

En mayo, cuando el calor empezaba a doblar el aire y las primeras lluvias se anunciaban a lo lejos con olor a tierra húmeda, las chicharras despertaban. El parque entero vibraba con aquel sonido eléctrico, desesperado, como si los troncos tuvieran corazón.

Yo les tenía miedo.

Mis hermanos mayores recogían del suelo aquellas cáscaras vacías adheridas a los árboles y me las pegaban en la ropa entre carcajadas.

Yo gritaba,
corría,
lloraba,

convencida de que eran insectos muertos aferrándose a mi vestido. Todavía puedo sentir el roce seco de aquellas patitas transparentes sobre la tela, el terror subiéndome por las piernas como una fiebre.

Con el tiempo entendí que no eran muerte.

Eran abandono.

La piel vieja de algo que había necesitado romperse para poder volar.

Y quizá por eso, años después, las escuché distinto.

Ya no era una niña. Estaba en esa edad tibia y peligrosa en la que una descubre que el cuerpo empieza a llenarse de mareas desconocidas. El uniforme escolar parecía quedarme diferente sobre la piel. El espejo comenzaba a devolverme un reflejo que yo apenas reconocía.

Fue entonces cuando apareció él.

Mi profesor.

Nunca dije su nombre en voz alta fuera del aula, como si pronunciarlo pudiera romper el hechizo. Tenía una voz grave y limpia, pausada, de esas voces que parecían ordenar el mundo. Sus modales eran masculinos, pero suaves. Elegantes. Nunca levantaba el tono. Nunca humillaba a nadie. Y cuando explicaba algo, yo sentía que las palabras se le iluminaban en la boca.

Me enamoré con esa inocencia torpe de los primeros amores; tontamente, como lo que era... ¡una adolescente!

Lo observaba mientras hablaba. El corazón me golpeaba tan fuerte que me asustaba al pensar que alguien podría escucharlo desde el pupitre vecino.

Me descubría mirándolo, inconscientemente, seguir el movimiento de sus manos mientras imaginaba la extraña inquietud que ocultaba bajo la falda azul del uniforme. Y cuando finalmente tomaba conciencia de ello, apartaba la mirada, avergonzada de mí misma, de aquellos pensamientos que aparecían sin permiso.

Nunca pasó nada.

Ni debía pasar.

Nada existía más allá de la imaginación de una niña que, sin entenderlo, se transformaba en mujer.

La niña que corría aterrada huyendo de las chicharras... ya no existía.

Algo dentro de mí se estaba abriendo paso, algo que dolía y brillaba al mismo tiempo. Como ellas, las chicharras, rompiéndose para salir a la luz.

Quería crecer.

Quería convertirme en mujer.

Quería volar.

Y entonces el año terminó como terminan ciertas lluvias de verano: sin pedir permiso, dejando el aire impregnado de humedad y nostalgia.

Los pupitres quedaron vacíos.

Su voz dejó de recorrer los salones.

Guardé los cuadernos lentamente, como quien recoge pétalos después de una ceremonia secreta. Las páginas conservaban todavía el roce de mis manos sudadas, mis letras inclinadas con su nombre garabateado, el perfume leve de aquella edad en que el corazón vive confundido, desbocado.

Pasé de grado, sí.

Pero también crucé un umbral.

Caminaba sintiendo el cuerpo extraño, nuevo, como si la sangre me hubiera cambiado de temperatura.

Nunca más supe de él...

Pero todavía ahora, cuando llega la temporada de calor y lluvia y las chicharras comienzan otra vez su canto desesperado entre los árboles, vuelvo a ser aquella muchacha.


Epílogo

Con los años aprendí que la memoria no conserva los hechos tal como ocurrieron.

Los transforma.

Los cubre de luz, de distancia y de significado.

Tal vez ya no recordaría exactamente el color de aquellos salones, ni las fechas, ni las palabras precisas que escuché durante aquel curso. Pero sí recuerdo la emoción. Ese temblor secreto que anunciaba el comienzo de algo más grande que yo misma.

Hoy sé que aquel primer amor no hablaba realmente de él.

Hablaba de mí.

De la mujer que empezaba a despertar bajo la piel de la niña.


"He comprendido que algunos primeros amores nunca terminan de irse... solo mudan de piel."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 26 de mayo de 2026

"La noche de los jazmines": Un relato íntimo y evocador sobre el poder de los aromas, la memoria emocional y la dulzura del primer amor. Entre noches perfumadas de jazmines y recuerdos que regresan con la misma intensidad de entonces, esta historia explora la vulnerabilidad, la ternura y la huella imborrable de aquello que alguna vez nos hizo creer en el amor.

 

“Algunos recuerdos no regresan porque los llamamos; regresan porque un aroma encuentra la puerta exacta de la memoria.”


Prólogo

Hay noches en que el mundo parece aflojar sus costuras y deja escapar aquello que el día mantiene oculto. Basta un aroma, una brisa tibia o una calle silenciosa para que el tiempo se vuelva permeable y los recuerdos regresen envueltos en la misma luz con que fueron vividos. Esta es la historia de uno de esos regresos.


“Hay calles que, de noche, parecen existir fuera de este mundo.”

Camino despacio, jugando con el tiempo. Lo desafío: que vaya lento conmigo, que detenga las manecillas del reloj… ¡y lo hace!, y yo le sonrío.

La noche tiene esa tibieza de las primaveras que parecen respirar sobre los hombros, y la calle, casi vacía, se alarga entre murallas de jazmines. Blancos. Cremas. Verdes oscuros. Miles de pequeñas estrellas húmedas abriéndose en silencio contra la sombra. Algunas flores tiemblan apenas cuando el viento las roza, como si la noche les susurrara algo secreto.

El aire entero parece hecho de pétalos invisibles.

Al principio, la fragancia entra como un golpe dulce, intenso, casi embriagador. Después, el cuerpo se acostumbra y entonces sucede lo inesperado: el perfume deja de sentirse en la nariz y comienza a respirarse desde la memoria.

Se instala lentamente en la garganta,
detrás de los ojos,
en ese rincón del pecho donde duermen las cosas que nunca terminan de irse.

Y regreso.

No a un lugar exacto, pero sí a aquel tiempo… a una manera de existir: entre niña y mujer. Con la piel todavía ignorante de sí misma. Con el corazón abierto como una ventana sin cortinas.

Era una inocencia distinta de la de ahora.

No la inocencia consciente de quien elige la bondad aun sabiendo del mundo y sus colmillos, sino aquella otra… esa, la que vive descalza dentro del alma y desconoce que algún día será herida.

Era una muchacha hecha de asombro.

Creía en las manos,
en las promesas,
en la eternidad diminuta de los besos dados despacio.

Creía que el amor era un sitio al que podía entrarse sin miedo, como quien entra al mar una tarde tranquila y permite que el agua le cubra lentamente los tobillos, las rodillas, la cintura, hasta perder pie dulcemente.

Los jazmines comenzaban a desplegar sus pétalos mientras la luna derramaba una claridad tibia sobre la piedra de los caminos. Y en medio de aquel bosquecillo oscuro, me veo otra vez desnuda.

No desnuda de ropa solamente.

Desnuda de defensas. De sospechas. De tiempo.

A mi piel solo la arropaba la fragancia de los jazmines.

Y unas manos —lentas, reverentes, casi incrédulas— me recorrían como quien explora un lugar secreto. No había prisa en aquel viaje. Éramos dos viajeros aprendiendo el mapa del otro a fuerza de respiración y temblor.

Su boca descendía sobre mí con la misma paciencia con que la noche cae sobre los árboles. Y yo abría los ojos dentro de la oscuridad como se abren las flores nocturnas: temiendo un poco, deseándolo todo.

Todavía puedo sentir la suavidad del aire entrando por la ventana, el roce de las sábanas frescas en los muslos, el latido desbocado bajo la garganta.

Afuera cantaban los insectos.

Adentro, dos cuerpos se descubrían igual que se descubren los caminos del mundo: curva a curva, silencio a silencio, maravilla tras maravilla.

Había momentos en que el cuarto entero parecía balancearse suavemente, como una embarcación perdida en un mar tibio de respiraciones.

El aroma de los jazmines entraba desde afuera y se mezclaba con el olor tenue de la piel caliente, con la humedad salada del deseo naciendo despacio.

Sé ahora que el amor verdadero quizá no sea la pasión furiosa que desboca, sino esa lentitud sagrada con la que alguien se aproxima a nuestra vulnerabilidad y la besa sin romperla. Como quien sostiene entre las manos una mariposa nocturna sabiendo que la belleza también puede morir de brusquedad.

Sigo caminando entre jazmines.

Y mientras la noche florece a mi alrededor, comprendo que algunos recuerdos no regresan para doler, sino para recordarnos que una vez fuimos capaces de entregarnos al amor con las manos vacías y el alma completamente abierta.

Que hubo un tiempo en que bastaba el perfume de unas flores y la ternura de unas manos para creer que el mundo entero podía caber dentro de un cuerpo amado.

Hay aromas que no pasan, se quedan viviendo para siempre en la parte más desnuda del alma.


Epílogo

La noche sigue ahí, respirando entre los jazmines. Y yo continúo mi camino sabiendo que ciertos recuerdos no pertenecen al pasado: viven en nosotros como una fragancia persistente, silenciosa y fiel. Porque hay amores que terminan, pero hay sensaciones que encuentran la manera de quedarse para siempre.


“Quizá la memoria no sea otra cosa que un jardín secreto donde algunas flores siguen abriéndose mucho después de que la primavera ha terminado.”


Nota: publicación en la plataforma de TikTok: cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

lunes, 25 de mayo de 2026

"Reciprocidad": reflexión sobre la reciprocidad, el respeto y la consideración como pilares de las relaciones humanas y de una convivencia más sana.

 

«Hay personas que quieren cosechar abrazos en jardines que jamás riegan.»


Prólogo

La reciprocidad rara vez aparece en los grandes discursos. Suele habitar en los gestos más sencillos: en la atención que prestamos, en la gratitud que expresamos, en el respeto con que tratamos a quienes comparten nuestro camino, aunque sea por un instante. Con los años he llegado a creer que son esos pequeños actos los que sostienen la armonía de la vida en común y nos recuerdan que nadie florece completamente solo.


Con los años he comprendido que las relaciones humanas no suelen romperse de golpe. Casi nunca estallan como un cristal contra el suelo. Más bien se van agrietando despacio: en silencios pequeños, en gestos que no regresan, en cansancios que nadie nota.

Y casi siempre, detrás de esas grietas, se asoma la misma ausencia: la reciprocidad.

Recuerdo que, cuando era niña, en casa no bastaba con «estar»; había que «ser».

No bastaba con sentarse a la mesa y esperar. Había que ayudar: poner la mesa, recoger los platos, alcanzar algo a quien lo requiriera, decir «por favor» y dar las gracias. Mi madre no lo decía como quien impone una tarea, sino como quien enseña a respirar entre otros seres humanos.

Y así con todo y con todos.

En aquel entonces yo no entendía que aquellas pequeñas tareas eran también una forma de amor.

Hoy sí lo entiendo.

Entiendo que mis padres intentaban enseñarme que nadie debe acostumbrarse a recibir sin corresponder. Que el cariño también necesita manos que devuelvan caricias. Que toda convivencia sana descansa sobre ese delicado equilibrio en el que uno da, pero el otro también se inclina hacia nosotros al recibir.

Porque hasta el mar devuelve a la orilla aquello que toca.

Y quizá por eso me duele tanto cuando siento relaciones en las que una sola persona sostiene todo el peso: quien llama primero, quien escucha siempre, quien pide perdón aunque no haya herido, quien recuerda las fechas, quien pregunta cómo estuvo el día del otro mientras nadie pregunta por el suyo.

Hay cansancios que no vienen del trabajo ni de los años.

Vienen de amar sin respuesta.

La reciprocidad no tiene que ser grandiosa. A veces vive en cosas mínimas: un «buenos días» respondido con calidez, una puerta sostenida unos segundos, un vaso de agua alcanzado sin necesidad de pedirlo, una mirada atenta cuando alguien habla. Son detalles tan pequeños que muchos los consideran insignificantes, pero yo creo que son justamente esos detalles los que mantienen tibio el corazón de las relaciones humanas.

Porque sentirse correspondido es sentir que uno no camina solo.

Que el afecto no cae en un pozo mudo.

Que nuestras manos no permanecen extendidas eternamente hacia el vacío.

Y cuando la reciprocidad existe, todo cambia. Las palabras descansan mejor. La tristeza pesa menos. Incluso los días difíciles parecen encontrar una silla donde sentarse sin rompernos por dentro.

Nadie necesita perfección para estar en la vida de otro.

Pero sí necesita sentir que también es importante para ese otro.

Porque toda convivencia florece mejor cuando el respeto, la consideración y la cordialidad encuentran camino de ida y de vuelta.


Epílogo

Quizá nunca podamos cambiar por completo la forma en que los demás se relacionan con nosotros. Pero sí podemos elegir qué sembramos a nuestro paso. Cada gesto amable, cada muestra de respeto, cada acto de consideración contribuye a crear espacios más humanos. Y aunque parezcan pequeñas semillas, son ellas las que terminan sosteniendo los jardines donde todos deseamos permanecer.


«La reciprocidad no engrandece los vínculos por lo que da, sino por lo que demuestra: que hemos comprendido que nadie está solo en el mundo.»

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel