lunes, 1 de junio de 2026

"Aún Camino Descalza": Seguir confiando en un mundo que enseña a desconfiar. Vulnerabilidad, sensibilidad y valentía emocional.


“Hay personas que aprenden a desconfiar del mundo muy temprano. Otras todavía saludan a la vida como quien se acerca a un pájaro herido: despacio, con las manos abiertas y el corazón temblando de ternura.”


Prólogo

Hay quienes llaman ingenuidad a seguir confiando después de las decepciones. Yo prefiero llamarlo sensibilidad. Este es un relato sobre la vulnerabilidad, la madurez emocional y la difícil tarea de conservar la autenticidad en un mundo que a menudo premia las corazas.


Salgo del trabajo todos los días a la misma hora.

Camino hacia la parada del Metro siguiendo siempre el mismo trayecto.

El cansancio lo llevo en los pies; la expectativa de un mañana me cuelga de los hombros como un abrigo tibio. A esa hora la ciudad parece respirar más lento. Las aceras conservan el calor del sol de la tarde, los árboles dejan caer hojas secas que crujen bajo mis zapatos y el aire huele a amplitud, a descanso, a papel y a tinta.

Camino despacio.

Como si alargar el trayecto pudiera suavizarme la vida.

Y justo antes de llegar a la parada está él.

El hombre inmenso de la publicidad del perfume.

Cada tarde lo encuentro esperándome bajo la luz blanca de la marquesina. Tiene el dedo sobre la boca y unos ojos quietos que parecen atravesarme.

“Silencio”, dice su gesto. “Calla”.

Y es curioso, porque es ahí donde coincide el momento en que me hago preguntas que duelen: me cuestiono —severamente— mi manera de ser y estar en esta vida.

Porque sigo creyendo demasiado.

Sigo pensando que las personas sienten como yo siento. Que las palabras pronunciadas son transparentes, que llevan dentro la verdad.

Que cuando alguien sonríe hay ternura detrás de esa sonrisa.

Que cuando alguien abraza, abraza de verdad, con la calidez del amor fraternal.

Y entonces me reprocho mi ingenuidad como quien regaña a una niña que se quedó mirando mariposas mientras el resto aprendía a construir trincheras.

Me digo que ya debería haber aprendido.

Que crecer significa confiar en todos… ¡pero no del todo!

Que ser adulta tal vez consista en mirar dos veces antes de abrirse el pecho y entregar el alma desnuda, en sospechar de los silencios, en cuestionar más, en protegerse.

Pero no sé cómo hacerlo.

No encuentro dentro de mí esa inteligencia emocional.

Hay personas que avanzan por la vida como quien atraviesa un bosque lleno de espinas: cubiertas, alertas, con el pecho protegido. En cambio, yo sigo caminando descalza. Sigo tocando las cosas con el corazón a sangre viva. Y aunque a veces termino herida, tampoco logro arrepentirme del todo.

¡Qué torpeza la mía!

Y quizás ahí esté el problema.

No enjuicio a nadie por ser distinto. El mundo obliga a muchos a endurecerse para sobrevivir… yo no he podido, ¡el mundo me queda demasiado grande!

Hay días en que eso pesa.

Días en que regreso a casa sintiéndome absurda por sentir así; y me pregunto si madurar será apagar poco a poco ciertas luces del alma hasta quedarse quieta, protegida, intacta.

El hombre sigue ahí, inmóvil, con mirada de reproche.

Con el dedo sobre los labios:

“Calla”.

Y yo callo.

Callo mientras el viento tibio de la tarde me despeina el cabello. Mientras el cielo se vuelve naranja detrás de los edificios. Mientras las luces de los coches empiezan a encenderse como luciérnagas cansadas.

Callo porque comprendo algo doloroso: quizás el error no sea sentir demasiado, sino avergonzarme de no haber aprendido a dejar de hacerlo.

Tal vez nunca consiga mirar la vida con sospecha.

Tal vez jamás aprenda a caminar con armadura.

Pero hay algo profundamente humano en seguir conservando cierta inocencia cuando el mundo insiste tanto en arrancárnosla.

Y aunque a veces mi forma de ser me vuelva vulnerable, también me permite seguir viendo belleza donde otros ya no miran, escuchar ternura donde otros solo oyen ruido y encontrar pequeños milagros en cosas diminutas.

Quizás la verdadera madurez no sea endurecerse.

Quizás sea proteger la suavidad del alma sin sentir vergüenza por ella.

¡Quizás!


Epílogo

Quizás la verdadera fortaleza no consista en desconfiar de todo, sino en aprender a cuidar el corazón sin dejar de ser uno mismo. Porque la sensibilidad, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en una de las formas más silenciosas y hermosas de valentía.


“En un mundo donde tantos sobreviven escondiendo el corazón, seguir siendo transparente puede que sea una forma torpe, pero bonita, de valentía.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 30 de mayo de 2026

"Las manos no escriben solas": Un texto íntimo sobre la autocensura del escritor: escribir entre el miedo, el juicio y la vulnerabilidad.

 

“Hay días en que escribir se parece demasiado a arrancarse la piel lentamente frente a un espejo”.


Prólogo

Antes de cada texto existe una mutilación invisible.

El escritor rara vez llega limpio a la página. Antes de escribir, corrige el impulso. Antes de decir, domestica la herida. Hay una vigilancia instalada en el lenguaje, una frontera silenciosa entre lo que arde por dentro y aquello que finalmente se permite existir sobre el papel.

Porque escribir no consiste únicamente en revelar, sino también en negociar con el miedo.

Miedo a parecer excesivo.
Miedo a no ser comprendido.
Miedo a que la verdad tenga un rostro demasiado humano para resultar literariamente aceptable.

Y entonces nace la autocensura: esa mano fría que acomoda las palabras antes de dejarlas salir al mundo. A veces protege. A veces asfixia. A veces convierte la escritura en una habitación donde el alma aprende a respirar de forma más pequeña para no incomodar a nadie.

Este texto habita precisamente ese límite: el lugar donde el deseo de decirlo todo se enfrenta al terror de ser visto por completo.


Las manos descansan sobre la mesa, quietas, como animales cansados después de una larga persecución. Nadie imagina el peso que pueden soportar unos dedos cuando la mente les ata piedras invisibles a las muñecas.

Porque las manos no escriben solas. Nunca lo hacen. Detrás de cada palabra hay una vigilancia. Una respiración contenida. Una voz que susurra con la severidad de un verdugo: “¡Cuidado!”.

Cuidado con lo que dices.
Cuidado con lo que revelas.
No vayas a herir.
No vayas a decepcionar.
No muestres tu vulnerabilidad.

Y entonces el alma empieza a doblarse hacia adentro, como una flor cerrándose antes de la tormenta.

Es agotador vivir corrigiendo el latido.

A veces quisiera desprenderme de la conciencia como quien se arranca un vestido empapado. Dejar caer al suelo la prudencia, las normas invisibles, el miedo a la mirada ajena. Escribir con la desnudez brutal con la que el mar golpea las rocas sin pedir disculpas. Pero no puedo.

El corazón queda atrapado entre la tinta y el juicio, estrujado como un fruto demasiado maduro entre manos nerviosas.

Y duele.

Duele porque escribir también es abrirse el pecho y dejar que otros entren a mirar el desorden. Las palabras no salen limpias; salen húmedas, calientes, respirando todavía. Salen con el olor de la memoria, con la sal de viejas heridas, con el temblor de aquello que jamás aprendió a defenderse.

Por eso necesito una pausa.

No una pausa pequeña, de minutos o de sueño.

Necesito una pausa honda,
uterina,
silenciosa.

Necesito sumergirme, al fondo del mar, como quien regresa al vientre de la madre. Hundirme despacio en un agua fría que me quite la temperatura, donde todo sonido llegue amortiguado y distante.

Allí, bajo esa oscuridad azul, nadie exige explicaciones.

Nadie corrige.
Nadie juzga la intensidad de una emoción,
ni las libres letras en su expresión.

Solo existe el rumor líquido rodeando el cuerpo.

Solo existe el latido.

Me imagino suspendida en esa profundidad, flotando como una medusa dormida. El agua acariciando mis párpados cerrados. El miedo perdiendo peso. El dolor disolviéndose lentamente, como tinta negra extendiéndose en el océano. Y, por primera vez en mucho tiempo, silencio. Un silencio absoluto, maternal, casi sagrado.

Porque escribir agota.

Agota sentir demasiado
y callar otro tanto.

Agota cargar un universo entero detrás de una frase aparentemente pequeña.

Y, sin embargo, escribo porque hay algo perversamente hermoso en ello. Algo dulce en este cansancio. Como si el alma, aun herida, necesitara seguir abriéndose para no morir asfixiada dentro de sí misma. Como si cada palabra arrancada doliera, sí, pero también permitiera respirar un poco mejor después del desgarro.

Quizá por eso siempre regreso… al papel, a la tinta.

Porque incluso cuando escribir me deja vacía, temblando y expuesta, hay una parte de mí que encuentra placer en esa caída. Una parte oscura, pero limpia, que necesita tocar el fondo para saber que sigue viva.

Y tal vez las manos nunca escriban solas.

Tal vez escriban acompañadas por todo aquello que intenta impedirles hacerlo.


Epílogo

Quizá la autocensura sea la cicatriz inevitable de quien escribe con conciencia de la mirada ajena.

Tal vez ningún texto llegue intacto al lector. Siempre hay una palabra retirada a último momento, una emoción suavizada, un grito convertido en metáfora para hacerlo soportable. El escritor aprende a vestir sus heridas con estética para que el mundo no retroceda ante su desnudez.

Pero incluso mutilada, la verdad encuentra grietas por donde respirar.

Porque hay algo indomable en la escritura: una necesidad casi biológica de existir fuera del cuerpo. Y aunque el miedo vigile cada frase, aunque el juicio apriete la garganta de las palabras, siempre queda un resto de humanidad latiendo debajo de la corrección.

Quizá escribir nunca sea libertad absoluta.

Quizá sea solamente esto: abrir una pequeña rendija en la celda para que el alma no se ahogue en su propio silencio.


“Escribir es dejar que el alma respire, así sea a través de la ventanilla de una celda”.


Nota: publicación: en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

"La Casa de los Piojos": Las vacaciones en casa de la abuela: recuerdos de infancia, piojos, playa y felicidad.

 

“Hay recuerdos que todavía dan picazón y huelen a vinagre, a playa, a verano eterno... y a abuela”


PRÓLOGO

Hay recuerdos que no envejecen. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, aguardando el instante preciso para regresar con toda su fuerza. A veces vuelven de la manera más inesperada: en un olor, en una fotografía amarillenta o en una simple palabra. Entonces reaparecen los paisajes, las voces y las emociones que creíamos olvidadas.

Esta historia es un viaje hacia esos veranos que parecían eternos. Un homenaje a las abuelas que reunían familias enteras bajo un mismo techo, a los primos que se convertían en hermanos por unas semanas y a una época en la que la infancia transcurría lejos de las pantallas y cerca de la tierra, del mar y de los afectos.


La escena final de aquellas vacaciones parecía el campo de concentración de una guerra inventada por los adultos para salvarnos la infancia. Los diecisiete primos hacíamos fila en el patio, bajo el sol inmóvil de agosto, esperando nuestro turno con una resignación teatral. Los más pequeños lloriqueaban. Los mayores fingían valentía. Pero todos sonreían, entre picazón y picazón.

Uno de los tíos manejaba la máquina de afeitar con disciplina militar, dejando caer mechones negros, castaños, rubios, sobre el piso caliente. El zumbido metálico sonaba como un enjambre furioso alrededor de las orejas. A los niños los dejaban casi rapados. A las niñas, la abuela nos cortaba el cabello apenas por debajo de las orejas, “para que no parezcan muchachitos”, decía, mientras el olor del aceite de ricino y del alcohol llenaba el aire.

El olor del vinagre contra los piojos se mezclaba con el perfume dulce de los mangos maduros que caían del patio.

Y aunque visto desde “afuera” aquello parecía una escena triste, jamás lo fue. Porque aquel desfile de cabezas desnudas no era el comienzo del verano, sino su despedida. El cierre de oro de unas vacaciones inolvidable.

Todo empezaba antes -de otra manera- cuando terminaban las clases.

Mis padres, junto con mis cuatro tíos, decidían marcharse de vacaciones al pueblo costero donde había nacido casi toda la familia, a la casa de la abuela…

Allí dormíamos atravesados sobre colchones improvisados, respirándonos los sueños unos a otros.

Niños de vacaciones en la playa, corriendo descalzos de un lado a otro, con las rodillas raspadas y la risa suelta. Las mujeres hablaban felices mientras cocinaban cantidades absurdas de comida para “la tropa”.

Las noches eran distintas. Se calmaban y llenaban de misterios. Los hombres apagaban las luces y solo dejaban la sala -teatro improvisado- iluminada con una pequeña lamparilla, para infundir quietud y llamar la atención de nosotros, los chiquillos. Entonces, empezaba la escenificación de cuentos de miedos: los grandes soltaban alguna risilla, pero las niñas nos juntábamos como una piña cubierta por una sábana para que nos protegiera de alguna mano peluda que nos quisiera coger de los pies. Así transcurrían las noches, hasta quedarnos dormidos; entonces, ellos descansan y disfrutaban el pedazo de día que les quedaba.

 Y la abuela —redonda, tibia, sudorosa de tanto trajinar— nos miraba a todos como si contemplara la cosecha más hermosa de su vida.

Pero el verdadero paraíso estaba enfrente: la casa de los Rodríguez.

Aquello no era una casa.

Era un pequeño universo abierto.

Una construcción larguísima que parecía haber estirado sus paredes para darle espacio a la alegría. Su pared de fondo era la ladera de la montaña, verde y húmeda, respirando sobre nosotros como un animal dormido. El suelo siempre tenía olor a tierra mojada, a hojas trituradas, a la acidez de la fruta caída.

Los siete hermanos Rodríguez se mezclaban con nosotros hasta formar una sola tribu salvaje. Corríamos detrás de las gallinas levantando remolinos de polvo; cargábamos polluelos tibios contra el pecho; perseguíamos cabras para sacarles leche entre risas y gritos; montábamos al burrito mientras alguien terminaba inevitablemente en el suelo. Las tardes se llenaban de chicharras, de frutas mordidas, de sudor infantil y de soles interminables pegados a la piel.

Y sí, siempre terminábamos algunos con sarampión, otros con picaduras y raspones y todos, ¡pero todos!, con piojos. Volvíamos a casa convertidos en pequeños animales del monte. Pero nadie parecía lamentarlo demasiado.

Éramos felices con el ruido, con el desorden, con el amor simple de sabernos acompañados.

Al recordar aquella fila de niños rapados no siento humillación: era el último ritual de una época luminosa en la que las familias todavía sabían reunirse para celebrar la dicha inmensa de pertenecer unos a otros, mientras los niños jugaban a “ser niños” en libertad.

Recuerdo que, al despedirnos, me pegaba al cristal de la ventana trasera del coche tirándole besos a mi abuela, y la veía reír, la veía feliz… y eso me hacía feliz, aunque las lágrimas corrieran por mis ojos al tener que dejarla.

Y, ahora, no puedo desprenderme de esa imagen, ni tampoco puedo dejar de preguntarme: ¿reía de felicidad por habernos tenido con ella, o porque al fin nos íbamos y volvía la paz a su hogar? Sonrío. Y sin duda alguna pienso que fue feliz por las dos razones, ¡pobre abuela!


Epílogo

Con los años comprendemos que no recordamos los días perfectos, sino aquellos que estuvieron llenos de vida.

No era la casa más grande ni las vacaciones más lujosas. No había itinerarios, hoteles ni fotografías para compartir al instante. Había algo mucho más valioso: tiempo. Tiempo para convivir, para aburrirse, para inventar aventuras y para aprender, sin saberlo, el significado de pertenecer a una familia.

Hoy muchas de aquellas voces ya se han apagado. Algunos partieron demasiado pronto, otros viven lejos y los niños de entonces cargan ahora responsabilidades de adultos. Sin embargo, cuando la memoria abre sus ventanas, la casa de la abuela sigue intacta.


“Tal vez la felicidad siempre fue eso: una casa llena de voces, niños corriendo sin miedo y adultos que todavía sabían amarse como uno solo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 28 de mayo de 2026

"Mudando la Piel": Cuando las chicharras cantan... recuerdos de un amor.

 

“Las chicharras siempre me recuerdan que hay cosas que solo pueden crecer después de romperse.”


Prólogo

Hay recuerdos que no regresan por voluntad propia.

Permanecen dormidos durante años, ocultos bajo las capas de tiempo que vamos acumulando para seguir adelante. Pero basta un sonido, un aroma o una estación del año para que despierten de nuevo con una nitidez inesperada.

A veces no recordamos a las personas. Recordamos quiénes éramos cuando las conocimos.

Esta es una historia sobre la transformación. Sobre la niña que temía a las chicharras sin comprender que aquellas cáscaras vacías guardaban una lección para toda la vida. Sobre el instante delicado en que la inocencia comienza a desprenderse y el corazón descubre emociones para las que todavía no tiene nombre.


Frente a la casa de mi infancia había un parque enorme, frondoso, lleno de sombra y de árboles tan altos que parecía que sostenían el cielo.

En mayo, cuando el calor empezaba a doblar el aire y las primeras lluvias se anunciaban a lo lejos con olor a tierra húmeda, las chicharras despertaban. El parque entero vibraba con aquel sonido eléctrico, desesperado, como si los troncos tuvieran corazón.

Yo les tenía miedo.

Mis hermanos mayores recogían del suelo aquellas cáscaras vacías adheridas a los árboles y me las pegaban en la ropa entre carcajadas.

Yo gritaba,
corría,
lloraba,

convencida de que eran insectos muertos aferrándose a mi vestido. Todavía puedo sentir el roce seco de aquellas patitas transparentes sobre la tela, el terror subiéndome por las piernas como una fiebre.

Con el tiempo entendí que no eran muerte.

Eran abandono.

La piel vieja de algo que había necesitado romperse para poder volar.

Y quizá por eso, años después, las escuché distinto.

Ya no era una niña. Estaba en esa edad tibia y peligrosa en la que una descubre que el cuerpo empieza a llenarse de mareas desconocidas. El uniforme escolar parecía quedarme diferente sobre la piel. El espejo comenzaba a devolverme un reflejo que yo apenas reconocía.

Fue entonces cuando apareció él.

Mi profesor.

Nunca dije su nombre en voz alta fuera del aula, como si pronunciarlo pudiera romper el hechizo. Tenía una voz grave y limpia, pausada, de esas voces que parecían ordenar el mundo. Sus modales eran masculinos, pero suaves. Elegantes. Nunca levantaba el tono. Nunca humillaba a nadie. Y cuando explicaba algo, yo sentía que las palabras se le iluminaban en la boca.

Me enamoré con esa inocencia torpe de los primeros amores; tontamente, como lo que era... ¡una adolescente!

Lo observaba mientras hablaba. El corazón me golpeaba tan fuerte que me asustaba al pensar que alguien podría escucharlo desde el pupitre vecino.

Me descubría mirándolo, inconscientemente, seguir el movimiento de sus manos mientras imaginaba la extraña inquietud que ocultaba bajo la falda azul del uniforme. Y cuando finalmente tomaba conciencia de ello, apartaba la mirada, avergonzada de mí misma, de aquellos pensamientos que aparecían sin permiso.

Nunca pasó nada.

Ni debía pasar.

Nada existía más allá de la imaginación de una niña que, sin entenderlo, se transformaba en mujer.

La niña que corría aterrada huyendo de las chicharras... ya no existía.

Algo dentro de mí se estaba abriendo paso, algo que dolía y brillaba al mismo tiempo. Como ellas, las chicharras, rompiéndose para salir a la luz.

Quería crecer.

Quería convertirme en mujer.

Quería volar.

Y entonces el año terminó como terminan ciertas lluvias de verano: sin pedir permiso, dejando el aire impregnado de humedad y nostalgia.

Los pupitres quedaron vacíos.

Su voz dejó de recorrer los salones.

Guardé los cuadernos lentamente, como quien recoge pétalos después de una ceremonia secreta. Las páginas conservaban todavía el roce de mis manos sudadas, mis letras inclinadas con su nombre garabateado, el perfume leve de aquella edad en que el corazón vive confundido, desbocado.

Pasé de grado, sí.

Pero también crucé un umbral.

Caminaba sintiendo el cuerpo extraño, nuevo, como si la sangre me hubiera cambiado de temperatura.

Nunca más supe de él...

Pero todavía ahora, cuando llega la temporada de calor y lluvia y las chicharras comienzan otra vez su canto desesperado entre los árboles, vuelvo a ser aquella muchacha.


Epílogo

Con los años aprendí que la memoria no conserva los hechos tal como ocurrieron.

Los transforma.

Los cubre de luz, de distancia y de significado.

Tal vez ya no recordaría exactamente el color de aquellos salones, ni las fechas, ni las palabras precisas que escuché durante aquel curso. Pero sí recuerdo la emoción. Ese temblor secreto que anunciaba el comienzo de algo más grande que yo misma.

Hoy sé que aquel primer amor no hablaba realmente de él.

Hablaba de mí.

De la mujer que empezaba a despertar bajo la piel de la niña.


"He comprendido que algunos primeros amores nunca terminan de irse... solo mudan de piel."

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 26 de mayo de 2026

"La noche de los jazmines": Un relato íntimo y evocador sobre el poder de los aromas, la memoria emocional y la dulzura del primer amor. Entre noches perfumadas de jazmines y recuerdos que regresan con la misma intensidad de entonces, esta historia explora la vulnerabilidad, la ternura y la huella imborrable de aquello que alguna vez nos hizo creer en el amor.

 

“Algunos recuerdos no regresan porque los llamamos; regresan porque un aroma encuentra la puerta exacta de la memoria.”


Prólogo

Hay noches en que el mundo parece aflojar sus costuras y deja escapar aquello que el día mantiene oculto. Basta un aroma, una brisa tibia o una calle silenciosa para que el tiempo se vuelva permeable y los recuerdos regresen envueltos en la misma luz con que fueron vividos. Esta es la historia de uno de esos regresos.


“Hay calles que, de noche, parecen existir fuera de este mundo.”

Camino despacio, jugando con el tiempo. Lo desafío: que vaya lento conmigo, que detenga las manecillas del reloj… ¡y lo hace!, y yo le sonrío.

La noche tiene esa tibieza de las primaveras que parecen respirar sobre los hombros, y la calle, casi vacía, se alarga entre murallas de jazmines. Blancos. Cremas. Verdes oscuros. Miles de pequeñas estrellas húmedas abriéndose en silencio contra la sombra. Algunas flores tiemblan apenas cuando el viento las roza, como si la noche les susurrara algo secreto.

El aire entero parece hecho de pétalos invisibles.

Al principio, la fragancia entra como un golpe dulce, intenso, casi embriagador. Después, el cuerpo se acostumbra y entonces sucede lo inesperado: el perfume deja de sentirse en la nariz y comienza a respirarse desde la memoria.

Se instala lentamente en la garganta,
detrás de los ojos,
en ese rincón del pecho donde duermen las cosas que nunca terminan de irse.

Y regreso.

No a un lugar exacto, pero sí a aquel tiempo… a una manera de existir: entre niña y mujer. Con la piel todavía ignorante de sí misma. Con el corazón abierto como una ventana sin cortinas.

Era una inocencia distinta de la de ahora.

No la inocencia consciente de quien elige la bondad aun sabiendo del mundo y sus colmillos, sino aquella otra… esa, la que vive descalza dentro del alma y desconoce que algún día será herida.

Era una muchacha hecha de asombro.

Creía en las manos,
en las promesas,
en la eternidad diminuta de los besos dados despacio.

Creía que el amor era un sitio al que podía entrarse sin miedo, como quien entra al mar una tarde tranquila y permite que el agua le cubra lentamente los tobillos, las rodillas, la cintura, hasta perder pie dulcemente.

Los jazmines comenzaban a desplegar sus pétalos mientras la luna derramaba una claridad tibia sobre la piedra de los caminos. Y en medio de aquel bosquecillo oscuro, me veo otra vez desnuda.

No desnuda de ropa solamente.

Desnuda de defensas. De sospechas. De tiempo.

A mi piel solo la arropaba la fragancia de los jazmines.

Y unas manos —lentas, reverentes, casi incrédulas— me recorrían como quien explora un lugar secreto. No había prisa en aquel viaje. Éramos dos viajeros aprendiendo el mapa del otro a fuerza de respiración y temblor.

Su boca descendía sobre mí con la misma paciencia con que la noche cae sobre los árboles. Y yo abría los ojos dentro de la oscuridad como se abren las flores nocturnas: temiendo un poco, deseándolo todo.

Todavía puedo sentir la suavidad del aire entrando por la ventana, el roce de las sábanas frescas en los muslos, el latido desbocado bajo la garganta.

Afuera cantaban los insectos.

Adentro, dos cuerpos se descubrían igual que se descubren los caminos del mundo: curva a curva, silencio a silencio, maravilla tras maravilla.

Había momentos en que el cuarto entero parecía balancearse suavemente, como una embarcación perdida en un mar tibio de respiraciones.

El aroma de los jazmines entraba desde afuera y se mezclaba con el olor tenue de la piel caliente, con la humedad salada del deseo naciendo despacio.

Sé ahora que el amor verdadero quizá no sea la pasión furiosa que desboca, sino esa lentitud sagrada con la que alguien se aproxima a nuestra vulnerabilidad y la besa sin romperla. Como quien sostiene entre las manos una mariposa nocturna sabiendo que la belleza también puede morir de brusquedad.

Sigo caminando entre jazmines.

Y mientras la noche florece a mi alrededor, comprendo que algunos recuerdos no regresan para doler, sino para recordarnos que una vez fuimos capaces de entregarnos al amor con las manos vacías y el alma completamente abierta.

Que hubo un tiempo en que bastaba el perfume de unas flores y la ternura de unas manos para creer que el mundo entero podía caber dentro de un cuerpo amado.

Hay aromas que no pasan, se quedan viviendo para siempre en la parte más desnuda del alma.


Epílogo

La noche sigue ahí, respirando entre los jazmines. Y yo continúo mi camino sabiendo que ciertos recuerdos no pertenecen al pasado: viven en nosotros como una fragancia persistente, silenciosa y fiel. Porque hay amores que terminan, pero hay sensaciones que encuentran la manera de quedarse para siempre.


“Quizá la memoria no sea otra cosa que un jardín secreto donde algunas flores siguen abriéndose mucho después de que la primavera ha terminado.”


Nota: publicación en la plataforma de TikTok: cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

lunes, 25 de mayo de 2026

"Reciprocidad": reflexión sobre la reciprocidad, el respeto y la consideración como pilares de las relaciones humanas y de una convivencia más sana.

 

«Hay personas que quieren cosechar abrazos en jardines que jamás riegan.»


Prólogo

La reciprocidad rara vez aparece en los grandes discursos. Suele habitar en los gestos más sencillos: en la atención que prestamos, en la gratitud que expresamos, en el respeto con que tratamos a quienes comparten nuestro camino, aunque sea por un instante. Con los años he llegado a creer que son esos pequeños actos los que sostienen la armonía de la vida en común y nos recuerdan que nadie florece completamente solo.


Con los años he comprendido que las relaciones humanas no suelen romperse de golpe. Casi nunca estallan como un cristal contra el suelo. Más bien se van agrietando despacio: en silencios pequeños, en gestos que no regresan, en cansancios que nadie nota.

Y casi siempre, detrás de esas grietas, se asoma la misma ausencia: la reciprocidad.

Recuerdo que, cuando era niña, en casa no bastaba con «estar»; había que «ser».

No bastaba con sentarse a la mesa y esperar. Había que ayudar: poner la mesa, recoger los platos, alcanzar algo a quien lo requiriera, decir «por favor» y dar las gracias. Mi madre no lo decía como quien impone una tarea, sino como quien enseña a respirar entre otros seres humanos.

Y así con todo y con todos.

En aquel entonces yo no entendía que aquellas pequeñas tareas eran también una forma de amor.

Hoy sí lo entiendo.

Entiendo que mis padres intentaban enseñarme que nadie debe acostumbrarse a recibir sin corresponder. Que el cariño también necesita manos que devuelvan caricias. Que toda convivencia sana descansa sobre ese delicado equilibrio en el que uno da, pero el otro también se inclina hacia nosotros al recibir.

Porque hasta el mar devuelve a la orilla aquello que toca.

Y quizá por eso me duele tanto cuando siento relaciones en las que una sola persona sostiene todo el peso: quien llama primero, quien escucha siempre, quien pide perdón aunque no haya herido, quien recuerda las fechas, quien pregunta cómo estuvo el día del otro mientras nadie pregunta por el suyo.

Hay cansancios que no vienen del trabajo ni de los años.

Vienen de amar sin respuesta.

La reciprocidad no tiene que ser grandiosa. A veces vive en cosas mínimas: un «buenos días» respondido con calidez, una puerta sostenida unos segundos, un vaso de agua alcanzado sin necesidad de pedirlo, una mirada atenta cuando alguien habla. Son detalles tan pequeños que muchos los consideran insignificantes, pero yo creo que son justamente esos detalles los que mantienen tibio el corazón de las relaciones humanas.

Porque sentirse correspondido es sentir que uno no camina solo.

Que el afecto no cae en un pozo mudo.

Que nuestras manos no permanecen extendidas eternamente hacia el vacío.

Y cuando la reciprocidad existe, todo cambia. Las palabras descansan mejor. La tristeza pesa menos. Incluso los días difíciles parecen encontrar una silla donde sentarse sin rompernos por dentro.

Nadie necesita perfección para estar en la vida de otro.

Pero sí necesita sentir que también es importante para ese otro.

Porque toda convivencia florece mejor cuando el respeto, la consideración y la cordialidad encuentran camino de ida y de vuelta.


Epílogo

Quizá nunca podamos cambiar por completo la forma en que los demás se relacionan con nosotros. Pero sí podemos elegir qué sembramos a nuestro paso. Cada gesto amable, cada muestra de respeto, cada acto de consideración contribuye a crear espacios más humanos. Y aunque parezcan pequeñas semillas, son ellas las que terminan sosteniendo los jardines donde todos deseamos permanecer.


«La reciprocidad no engrandece los vínculos por lo que da, sino por lo que demuestra: que hemos comprendido que nadie está solo en el mundo.»

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 22 de mayo de 2026

"Me da igual": Reflexión íntima sobre Dios, la fe y las experiencias que trascienden la lógica. Un texto sobre la presencia, el amor, la esperanza y aquello que se siente más allá de las creencias.


“Hay realidades que no se pueden demostrar, pero aun así transforman una vida entera.”


Prólogo

Hay palabras que nacen para nombrar objetos, lugares o certezas. Y hay otras que, por más veces que las pronunciemos, nunca terminan de caber en su significado.

"Dios" es una de ellas.

A lo largo de la historia, filósofos, científicos, creyentes y escépticos han intentado definirla, explicarla o negarla. Sin embargo, existen experiencias que escapan a cualquier argumento y que solo encuentran refugio en el territorio silencioso de los sentimientos.

El texto que sigue no pretende convencer a nadie ni sostener una verdad absoluta. Es simplemente la mirada sincera de alguien que, entre dudas y certezas, ha descubierto que algunas presencias no necesitan demostrarse para ser reales.

Porque hay cosas que no se comprenden con la razón, sino con la vida.

Y quizás, después de todo, aquello que llamamos Dios sea una de ellas.


Pienso —y lo creo— que no existe persona que no mantenga presente, en su corazón, todo aquello que ama. Y, al tenerlo en su pecho, la mente se asegura de que la lengua lo suelte entretejido en las conversaciones, como lentejuelas adheridas a una tela que brillan cuando les alcanza la luz... hacen gala de ello.

Yo no soy diferente; soy común a mis congéneres.

Aunque calle, se me nota en la expresión de la cara, en mis gestos. Si algún objeto pudiera representarme fielmente... sería un colador, un escurridor. Cuando la luz pasa a través de mí, proyecto luces y sombras: simple humanidad.

Y entonces hablo de Dios con la ignorancia de quien no sabe, pero siente.

Una de las expresiones españolas que más tardé en comprender es la de “me da igual”. Mis ojos se agrandaban mientras me mordía los labios. ¿Era indiferencia o incapacidad para tomar una decisión? Hoy ya lo he comprendido; ya no me cuestiono lo que hay detrás de tan singular y acertada expresión.

Y hoy tampoco hablaré de Dios. Hablaré de mí, de lo que significa para mí ese “me da igual”.

A veces escucho discutir sobre Dios y siento que las palabras de los hombres son demasiado pequeñas para tocar algo tan inmenso.

Hablan de Jesús como quien intenta reconstruir el mar con un vaso de agua.

Que si fue un mito.

Que si fue un profeta.

Que si un hombre manipulado por la historia.

Que si un experimento imposible sembrado en el vientre de María como una semilla llegada de otro cielo.

Y yo los escucho en silencio.

El aroma del café sube lento entre mis manos. Afuera, la noche de primavera se viste con el perfume del verano que se aproxima, con esa inquietud húmeda que tienen las madrugadas donde el alma no encuentra dónde acostarse. Los escucho debatir, medir, desmontar milagros como quien abre un reloj antiguo buscando el secreto de sus engranajes.

Pero dentro de mí... dentro de mí ocurre otra cosa.

Porque yo he sentido a Dios.

No como me lo enseñaron.

No como aparece en los cuadros antiguos ni en las voces solemnes de los templos.

Lo he sentido en los momentos más rotos de mi vida, cuando el dolor era tan grande que parecía llenar toda la habitación de agonía y, aun así... aun así, algo invisible me rozaba la piel como un abrazo tierno, acomodándose dentro de mí para sostenerme.

Lo sentí en las noches —y también en los días— en que lloraba de tristeza, de miedo, hasta quedarme dormida, y despertaba con una paz que no pertenecía a este mundo.

Lo sentí en un abrazo que llegó justo cuando mi corazón comenzaba a apagarse.

En la respiración tibia de un hijo dormido sobre mi pecho.

En el viento salado golpeándome el rostro frente al mar mientras pensaba que ya no podía más... y, sin embargo, podía.

¿Cómo explicarle eso a alguien?

¿Cómo ponerle lógica al estremecimiento de sentir que no estás sola incluso cuando todo alrededor parece vacío?

Por eso ya no me asustan los debates. Ni me interesa debatir.

Porque cuando alguien ha sentido verdaderamente a Dios, las teorías se vuelven apenas polvo suspendido en la luz. Insignificantes.

No me importa demasiado el nombre que le den: Dios. Universo. Naturaleza. Conciencia. Energía. Creador.

El nombre es solo una puerta; la presencia es la casa.

También he escuchado a algunos decir que no creen. Pero he visto sus ojos buscar el cielo en medio de la tragedia. He escuchado labios que se decían ateos romperse en un “Dios mío” cuando el miedo les congeló el alma.

Porque hay instantes en los que el ser humano, incluso sin querer, siente que existe algo más grande abrazándolo desde lo invisible.

Algo.

Una presencia imposible de tocar y, aun así, capaz de acariciarte por dentro.

Tal vez Dios nunca quiso ser comprendido como se comprende una fórmula.

Tal vez quiso ser sentido como se siente la lluvia fría sobre la piel caliente; como se siente el amor cuando alguien pronuncia tu nombre con ternura; como se siente la música que hace temblar recuerdos que ni siquiera sabías que seguían vivos.

Desde entonces entendí que la fe verdadera no necesita ganar discusiones.

Y que el “me da igual” no es indiferencia ni incapacidad para decidir.

Es no imponer nuestras preferencias, dejando que el otro tome sus decisiones conforme a sus posibilidades, necesidades y caminos.

Porque aquello que realmente existe encuentra siempre la forma de hacerse sentir.


Epílogo

Con los años he aprendido que las grandes preguntas rara vez encuentran respuestas definitivas. Más bien nos acompañan, cambian de forma y crecen junto a nosotros.

Hoy ya no necesito explicar aquello que siento ni buscar argumentos que lo sostengan. Me basta reconocer que existen momentos capaces de transformar una existencia; instantes en los que el dolor encuentra consuelo, el miedo se convierte en coraje y la soledad deja de ser absoluta.

Quizás cada persona nombre esa experiencia de una manera distinta. Tal vez algunos la llamen Dios y otros prefieran llamarla amor, esperanza, conciencia o simplemente vida.

Me da igual.

Porque al final no son las palabras las que importan, sino aquello que sucede dentro de nosotros cuando algo invisible nos recuerda que seguimos adelante.

Y eso, tenga el nombre que tenga, continúa encontrando la forma de hacerse sentir.


“Quizá Dios no sea una respuesta destinada a la mente, sino una certeza silenciosa reservada al corazón.”


Nota: publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 21 de mayo de 2026

" Ternura Feroz": Una reflexión emotiva sobre el amor de Dios, el amor romántico y el amor hacia los hijos, ese vínculo único que transforma para siempre la forma de sentir, vivir y amar.

"Hay amores que caben en una palabra, en una cama, en una vida entera… y hay otros que desbordan incluso el cuerpo que los contiene."


Prólogo

Hay sentimientos que creemos conocer porque los nombramos todos los días. Amor. Fe. Deseo. Ternura. Pertenencia.

Los pronunciamos con naturalidad, como si las palabras bastaran para contenerlos. Pero algunas experiencias son demasiado vastas para encerrarlas en una definición. Nos atraviesan, nos transforman y nos obligan a descubrir que el corazón humano tiene profundidades que desconocíamos.

Este texto nace precisamente de esa búsqueda: la de comparar los distintos rostros del amor y tratar de comprender por qué algunos nos acompañan, otros nos sostienen y uno, en particular, nos cambia para siempre.

No pretende explicar una verdad universal. Solo acercarse, con humildad, a ese misterio que habita en quienes han amado profundamente y han descubierto que existen vínculos capaces de trascender incluso los límites de uno mismo.


El amor que desborda

El amor de Dios —lo siento— es como regresar al principio de todo. Como dormir suspendido en una tibieza infinita donde nada puede herirte. Un amor que te envuelve igual que el universo debió envolver al primer latido de la existencia. Allí el alma flota ligera, como un bebé recién nacido aprendiendo la luz, asombrándose de cada cosa sin miedo, respirando paz en lugar de aire.

Y luego está el amor romántico… ese incendio hermoso que se reconoce en los ojos. Dos miradas que palpitan una dentro de la otra hasta abrir las ventanas del alma. Un amor de manos temblorosas, de respiraciones compartidas, de silencios que caen sobre la piel como una lluvia tibia en mitad de la noche.

Pero incluso esos amores conocen condiciones invisibles. Dios espera fe. El ser humano espera permanencia, lealtad, presencia, verdad. Siempre hay un borde, una herida posible, una puerta que puede cerrarse.

Con los hijos no.

El amor hacia un hijo no se parece a nada. No tiene la serenidad inmóvil de la fe ni la agitación hermosa del deseo. Es otra cosa. Algo... algo que no puedo definir. Quizá más salvaje. Más hondo. Más antiguo que las palabras.

Solo sé que lo siento como un mar respirando dentro del pecho.

Desde el instante en que nacen —y quizá desde antes— una parte de nosotras abandona para siempre su sitio y aprende a vivir fuera del cuerpo.

Entonces el miedo cambia de nombre.

Ya no tememos por nuestra piel, ni por nuestros sueños, ni siquiera por nuestra muerte. Tememos por ellos. Por su fiebre. Por sus silencios. Por esa tristeza que intentan ocultar detrás de un “no pasa nada, mamá”, mientras una flecha invisible nos atraviesa el alma como un relámpago.

Y da igual cuántos años tengan. Los hijos crecen, pero el amor no madura: permanece igual de vulnerable, igual de inmenso, igual de feroz. Un hijo de cinco años puede caerse de una bicicleta; uno de cuarenta puede romperse por dentro sin que nadie lo note. Y la madre —o el padre— siente el golpe igual, como si el universo hubiera tropezado dentro de sus propias costillas.

Por eso el amor a los hijos desborda.

Porque no sabe quedarse quieto. Porque no entiende de límites ni de prudencia. Quiere proteger incluso lo que no puede tocar. Quiere aliviar dolores que pertenecen al otro. Quiere tender las manos sobre cada abismo y convertirlo en puente.

A veces pienso que amar a un hijo es aceptar vivir con el corazón expuesto sobre la mesa del mundo. Sin armaduras. Sin refugios. Como una lámpara encendida durante la tormenta.

Y, sin embargo, qué milagro.

Porque incluso cuando duele, incluso cuando el miedo aprieta la garganta y el alma parece llenarse de agua, ese amor sigue siendo la forma más luminosa de existir. Un amor que no pide nada. Que no negocia. Que no se retira. Que permanece despierto mientras todos duermen.

Tal vez por eso no puede explicarse del todo. Porque hay sentimientos demasiado grandes para caber en las palabras. Como el mar no cabe en una copa, el amor por un hijo no cabe en el lenguaje.

Solo se puede sentir.


Epílogo

Quizá la grandeza del amor no esté en aquello que nos da, sino en aquello que nos convierte.

Algunos amores nos enseñan a confiar. Otros nos enseñan a compartir. Otros nos muestran la belleza de ser vistos y comprendidos. Pero hay un amor que nos enseña a salir de nosotros mismos para habitar en otro ser sin esperar recompensa.

Y tal vez ahí resida su secreto.

Porque cuando una parte del alma aprende a vivir fuera del propio cuerpo, la vida ya no vuelve a medirse únicamente en años, logros o recuerdos. Empieza a medirse en latidos ajenos, en alegrías prestadas, en preocupaciones silenciosas y en esa capacidad infinita de seguir amando incluso cuando no podemos proteger.

Quizá por eso el amor hacia un hijo no tiene comparación posible.

No porque sea mayor que todos los demás, sino porque los contiene a todos.


"Y cuando se siente de verdad, una ya no vuelve a pertenecerse por completo nunca más."


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 19 de mayo de 2026

"Falsedad": Reflexión cristiana sobre la fe, el amor y la hipocresía.

“La fe no muere cuando se cuestionan las religiones; muere cuando el amor deja de practicarse.”


Prólogo

Hay noches en las que el alma no encuentra descanso.
No porque haya dejado de creer, sino porque comienza a mirar demasiado profundamente aquello que durante años contempló desde la costumbre. Y cuando eso sucede, las certezas tiemblan, no para destruirse, sino para purificarse.

Este texto nació de una de esas noches.

No fue escrito desde la rabia ni desde el deseo de señalar culpables. Mucho menos desde el desprecio hacia la fe. Fue escrito desde el dolor que provoca descubrir cuánto puede deformarse el amor cuando pasa por las manos del ego, de la apariencia y de la necesidad humana de sentirse moralmente superior.

Hay heridas que no nacen de la ausencia de Dios, sino de la ausencia de humanidad entre quienes dicen representarlo.

Y quizá por eso estas palabras tiemblan.

Porque escribir sobre la incoherencia duele cuando todavía se ama profundamente aquello que se cuestiona. Duele mirar cómo algunos convierten la fe en escenario, en ornamento o en arma silenciosa. Duele descubrir que existen personas capaces de pronunciar el nombre de Dios con los labios mientras destruyen a otros con las manos, con las palabras o con la indiferencia.

Pero también sería injusto callar.

Porque todavía existen seres humanos buenos.
Todavía hay almas que ayudan sin anunciarse, que oran sin exhibirse, que aman sin convertir el amor en espectáculo. Y son precisamente ellos quienes sostienen la esperanza del mundo.

Estas páginas no intentan destruir la fe.
Intentan rescatarla.


“La fe no muere cuando se cuestionan las religiones; muere cuando el amor deja de practicarse.”

Volví a mi escritorio como un perro cansado que da vueltas y vueltas antes de echarse sobre el suelo frío de la noche.

Traía un pensamiento mordiéndome por dentro.
Uno de esos pensamientos que hacen temblar las manos antes de convertirse en palabras.

Y tuve miedo.

Miedo de escribir algo que pareciera una daga hundiéndose en el centro mismo de mi fe.

Fue entonces cuando vinieron a mi mente aquellas palabras que solía decir mi abuela y, luego, mi madre: “Tengo suficiente edad para expresar lo que pienso y siento y, al que no le guste, conoce el camino de vuelta”.

Sonreí y me di coraje repitiendo esas palabras —una y otra vez— como quien proclama un decreto, lo firma y ordena su “Ejecútese”.

Y es con ese coraje que expreso —sin intención de herir ni ofender a nadie— lo que siento y pienso.

No escribo contra la fe. Ella no me ha fallado y yo jamás la negaré.

La fe verdadera jamás podría herir.

Lo que duele es la distancia insoportable entre lo que se predica y lo que realmente se vive.

Basta mirar el mundo para comprender que algo se ha podrido lentamente bajo el perfume espeso de las buenas apariencias. Las ciudades están llenas de voces sagradas, de libros abiertos sobre mesas impecables, de gargantas que pronuncian amor mientras las manos aprietan el cuello invisible del prójimo.

Y yo me pregunto:

¿En qué momento dejamos de comprender lo simple?

Todo era mucho más sencillo, más auténtico.

No herir.
No humillar.
No robarle la dignidad al otro.
No convertir el dolor ajeno en un espectáculo rentable.
No traicionar.
No devorar la esperanza del débil.

Amar. Solo eso: ¡amar!

Tal vez los mandamientos siempre fueron eso: las mínimas normas para que el ser humano pudiera convivir sin despedazarse.

Como una mesa compartida.
Como un pan tibio partiéndose entre varias manos que sonríen agradecidas.
Como una caricia puesta a tiempo sobre la espalda cansada de alguien.

Pero el hombre…

el hombre llenó de ruido aquello que era simple.

Construyó pasillos interminables de normas, rituales cubiertos de oro y paños bordados, palabras difíciles, ceremonias donde el alma a veces entra descalza y sale más sola de lo que llegó.

Y poco a poco la fe comenzó a confundirse.

Ya no bastó amar: ahora basta aparentarlo.

Exhibirlo.
Nombrarlo.
Vestirlo.

Entonces aparecieron las bocas perfectas y los corazones vacíos.

La gente aprendió a arrodillarse sin aprender antes a abrazar.

Aprendió a repetir versículos como quien memoriza una fórmula matemática, olvidando contemplar los ojos de quien llora.

Y el mundo empezó a oler distinto.

A flores podridas dentro de jarrones lujosos.
A incienso cubriendo la humedad de las ruinas.
A palabras hermosas pronunciadas por los mismos labios que después destruyen vidas… con la misma naturalidad con la que una serpiente muda la piel.

He escuchado a personas hablar de bondad mientras disfrutan la caída de otro.

He visto multitudes enteras rezando y luego marcharse indiferentes ante el hambre, ante la tristeza, ante la soledad de quienes se rompen en silencio.

Qué extraño resulta todo.

Cuanto más se habla del amor, menos parece practicarse.

Como esos amantes que escriben cartas apasionadas mientras duermen espalda contra espalda, convertidos en dos continentes separados por un frío océano.

Y, sin embargo, todavía quiero creer.

No en la perfección.
No en las máscaras impecables.
No en quienes llevan la virtud colgada del cuello como una joya exhibida.

Quiero creer en aquellos que comparten el pan sin anunciarlo, que escuchan el dolor ajeno sin esconderse en la indiferencia.

En quien ayuda, aunque nadie lo vea.

En quien aún conserva suficiente humanidad para sentir que herir a otro es herirse profundamente a sí mismo.

Quizá ahí comienza la única fe verdadera: en la ternura que sobrevive cuando nadie está mirando.

Porque la fe no se demuestra en las manos que se juntan mientras los labios repiten letanías a manera de oración, sino en las lenguas y las manos incapaces de hacer daño.

Y sí, si te lo preguntas, soy de fe cristiana.

Bautizada católica, de costumbres católicas… con un solo dogma: amar y honrar a Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— amando y honrando a mi prójimo como a mí misma.

Lo he escrito con las manos temblando, pero con el corazón firme en la fe.

“La única prédica de fe que reconozco es la fe que se practica con amor, humildad y desinterés”.


Epílogo

Quizá algún día el ser humano comprenda que ninguna religión fue creada para dividir corazones, humillar vidas ni levantar altares sobre la miseria ajena.

Quizá comprendamos —demasiado tarde o justo a tiempo— que Dios jamás necesitó templos gigantescos para habitar el mundo; le bastaba un gesto de bondad sincera, un abrazo ofrecido sin interés, una mano extendida cuando alguien estaba cayendo.

Tal vez la verdadera tragedia no sea perder la fe.

Tal vez la verdadera tragedia sea convertirla en una máscara.

Porque cuando la fe deja de traducirse en compasión, termina convirtiéndose en ruido.
En apariencia.
En discurso vacío.

Y el mundo ya está demasiado cansado de palabras hermosas pronunciadas por corazones incapaces de amar.

Por eso aún elijo creer.

No en los hombres perfectos.
No en quienes se proclaman dueños de la verdad.
No en quienes necesitan exhibir públicamente su virtud para sentirse puros.

Elijo creer en la bondad silenciosa.

En quienes ayudan sin cámaras.
En quienes callan antes de herir.
En quienes prefieren comprender antes que condenar.
En quienes todavía conservan la ternura suficiente para no disfrutar nunca del sufrimiento ajeno.

Porque quizá Dios habite precisamente ahí:
en el amor que nadie anuncia,
en la compasión que no busca recompensa,
en la humanidad que permanece intacta aun cuando el mundo parece olvidar cómo amar.

Y mientras exista una sola persona capaz de elegir la bondad por encima del ego, la misericordia por encima del juicio y el amor por encima de la apariencia…

la fe seguirá viva.


“La fe verdadera no se proclama desde los labios; se revela en la manera en que tratamos el corazón de los demás.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

miércoles, 13 de mayo de 2026

"San Isidro labrador":Un relato emotivo sobre las raíces españolas heredadas en Venezuela, la memoria familiar y las tradiciones de San Isidro que atraviesan océanos y generaciones.

 

Hay raíces que florecen incluso al otro lado del océano.


Prólogo
Hay recuerdos que llegan envueltos en música, en aromas antiguos y en palabras repetidas por generaciones. Este es un viaje íntimo entre Venezuela y España, entre la infancia y la memoria, donde las tradiciones sobreviven al tiempo y a la distancia.


En el trabajo no se oye otra cosa que lo del “puente de San Isidro” y las charlas para quedar y disfrutar de la fiesta madrileña en homenaje a este santo. Madrid entera se vuelve verbena… ¡y hay que disfrutarla!

Y mientras las compañeras hablan y acuerdan, mi mente hace otra vez de las suyas. Se pliegan los tiempos y yo estoy allí, físicamente, ¡pero mi alma vaga en otro mundo!

Hay memorias que no se heredan por la sangre, sino por el olor de un cajón antiguo al abrirse despacio.

Mi familia era española, aunque yo nací bajo el sol de Venezuela. Y, sin embargo, había tardes en que España aparecía dentro de la casa como un secreto vivo: escondida entre peinetas oscuras, mantillas de encaje y el sonido seco de unas castañuelas dormidas en el fondo de una gaveta.

Yo tendría cinco o seis años, según recuerdo. Entraba a la habitación de mi madre con el sigilo sagrado de los niños que exploran un templo. Abría los cajones y el aire olía a polvo fino, a perfume de antaño, a tela guardada durante años. Entonces encontraba la mantilla.

Era enorme.

La extendía sobre mí y el encaje negro me caía hasta los tobillos, como si fuera una noche bordada. Me colocaba la peineta torcida sobre mi pequeña cabeza y me subía a los zapatos de tacón de mi madre, tambaleándome sobre ellos con una solemnidad ridícula y preciosa, digo yo. En mis manos sonaban las castañuelas, torpes y desacompasadas, mientras yo giraba por la habitación creyéndome una mujer española salida de alguna verbena de Madrid.

Y entonces escuchaba las risas de mis padres y de mi abuela.

—Mírala… ya anda por ahí la españolita.

Lo decían con cariño. Con esa ternura suave con la que los adultos reconocen algo muy suyo despertando en un niño.

A veces llovía afuera. Una lluvia breve, tibia, venezolana, golpeando las ventanas. Y mi madre, mirando el cielo, decía, casi cantando:

—San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol…

Yo no entendía quién era aquel hombre invisible al que se le podía pedir el clima como quien le habla a un vecino. No sabía todavía que era el mismo santo campesino que siglos atrás caminó entre los campos de Madrid: el labrador humilde al que la gente rezaba para pedir lluvia o detenerla; el santo de las cosechas, de la tierra húmeda y del pan.

Mucho menos sabía que, mientras yo jugaba cubierta con mantillas demasiado grandes, mi madre me estaba entregando una patria invisible.

Porque la herencia verdadera no siempre llega en papeles ni en apellidos. A veces llega convertida en canciones pequeñas, en refranes, en un acento que aparece sin querer, en la forma de mover las manos, en la devoción a las raíces o en unas castañuelas olvidadas dentro de un cajón.

Ahora comprendo que aquella niña venezolana que bailaba sobre tacones enormes también estaba creciendo en una España hecha de memoria, de madres y abuelas, de verbenas, de rosquillas, de santos labradores y de mantones guardados con amor.

Y quizá eso sea lo más hermoso de las tradiciones: que atraviesan océanos sin romperse. Viajan escondidas en las mujeres de una familia —en sus voces, en sus objetos, en sus gestos cotidianos— y terminan viviendo dentro de nosotros, recordándonos que, a veces, el sentido de pertenencia no nace solamente del lugar donde venimos al mundo, sino también de las raíces invisibles que nos nombran incluso desde muy lejos.

Y sí, soy una española vestida con el azul del Caribe venezolano y perfumada con sal. Sonrío por la fortuna de tener un pie aquí y otro allá, con un océano en medio de otro azul: aquel que refleja el cielo donde habita el santo.


Epílogo
Quizá crecer sea descubrir que pertenecemos también a los lugares que habitaron nuestros mayores. Y que, aún lejos, las raíces encuentran siempre la forma de seguir floreciendo dentro de nosotros.


Porque hay patrias que no se pisan: se llevan dentro.


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 5 de mayo de 2026

"Azul Cobalto": Un texto poético e íntimo sobre el silencio, el cansancio emocional y la necesidad de detenerse. Reflexiones suaves sobre la primavera, los recuerdos y las palabras que no nacen.

 

Hay días en que el alma no quiere hablar… solo respirar despacio dentro del silencio.


Prólogo

A veces escribir no nace del impulso de decir, sino del cansancio de sentir demasiado.
Existen días suaves, lentos, casi suspendidos, donde las palabras dejan de empujar desde dentro y se quedan quietas, dormidas en algún rincón del pecho. No por ausencia, sino por tregua.

Este texto habita precisamente ahí: en el espacio donde el silencio también tiene voz, donde la pausa no es vacío, sino refugio.
Aquí no hay heridas abiertas buscando poesía, ni nostalgias reclamando un nombre. Solo un cuerpo cansado mirando la luz caer lentamente sobre el mundo, mientras la primavera respira alrededor como un recuerdo tibio.

Porque incluso cuando no escribimos, algo dentro de nosotros sigue pronunciándose en secreto.


Texto

Hoy la palabra me busca… y yo decido esconderme en el silencio.

Hay días en que la palabra no nace… y, sin embargo, respira en mí.
Hoy el cuerpo amanece lento, como si la piel pesara más que los pensamientos.

Las letras se quedan dormidas en la boca, tibias, sin hambre, sin ganas de ordenarse y tener sentido.

No escribiré.

Saldré a caminar —como siempre, pero despacio—, dejando que el aire roce mi piel como una caricia distraída, que el cielo —de ese azul cobalto profundo— me cubra como una sábana fresca recién tendida.

La primavera respira deprisa,
la siento en el pulso de las hojas,
en el leve perfume verde que se cuela entre las calles vacías,
como si el mundo aún bostezara conmigo.

Hoy no quiero lamer mis cicatrices con tinta.
Me da pereza hurgar entre recuerdos de amores fallidos, aquellos por los que mi inspiración sonaba a suspiros brotados de un corazón herido.

Los amores pasados se quedan donde están, cerrados como frascos de tapas atascadas, con su aroma agridulce intacto. No los abro. No hoy.

Mi pecho no tiene ganas de suspirar memorias ni de lamer heridas con tinta.
Tampoco inventaré tragedias ni encenderé mundos imposibles.

Prefiero quedarme quieta,
mirando cómo la luz se posa en las cosas pequeñas,
cómo la tarde se desliza como una mano lenta sobre los tejados.

La luna vendrá después, redonda, casi íntima, mirándome como si supiera algo de mí que yo hoy no quiero recordar. Y yo la miraré de vuelta, con ese cansancio suave que se estira como un bostezo largo, tragándose versos sin escribir.

No. Hoy no escribiré.

Me quedaré en la cama,
con las sábanas enredadas en las piernas, abrazándome como un secreto, mientras el tiempo —lento— se derrite entre mis dedos,
escuchando el leve crujido del silencio,
y dejo que el calor se apague despacio en mi vientre
como una brasa que aún guarda memoria del fuego.

Y en ese casi nada,
en ese no decir,
también respiro.

Porque incluso cuando renuncio a la palabra, ella insiste en escribirse en mis sueños.
Porque hay silencios que dicen más que cualquier verso que se atreva a nacer.


Epílogo

Quizá mañana regresen las palabras.
Tal vez vuelvan con la urgencia de siempre, golpeando la garganta, pidiendo convertirse en poema. Pero hoy no. Hoy el silencio ha pedido espacio, y por una vez, ha sido escuchado.

También existe belleza en detenerse.
En no abrir las heridas.
En dejar intactos ciertos recuerdos para que descansen donde pertenecen.

Hay días en que sobrevivir suavemente ya es una forma de poesía.
Y hay silencios tan llenos de alma que ninguna palabra logra alcanzarlos
.


Al final, incluso el silencio termina escribiendo aquello que el corazón todavía no se atreve a decir.


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