Hay despedidas en las que una hija vuelve a ser niña
justo cuando le toca sostener a su madre.
Prólogo
Hay amores que comienzan antes de que tengamos memoria.
El amor de una madre es uno de ellos: nos acompaña desde el
primer latido y, a veces, nos sostiene hasta el último de los suyos.
Este relato es el recuerdo de una despedida. Una de esas
experiencias en las que el tiempo parece detenerse y una descubre que, aun
cuando no puede hacer nada para retener a quien ama, todavía le queda algo
inmenso por ofrecer: sus brazos.
Eran uno de esos días en que la cercanía era necesaria.
Mutua.
No hablo de esa “cercanía” de estar bajo el mismo techo, o a
la vista. No.
Hablo de ese momento en que el alma le susurra al corazón
“toma sus manos, roza su piel, métete en ella”.
La observaba desde el umbral de su habitación. Estaba
acurrucada bajo la manta, como un bebé en el vientre de su madre. Me acerqué,
me acosté a su lado y la atraje hacia mí para darle calor. Rodeé su cuerpo con
mis brazos y puse mis manos sobre las suyas.
Su piel, blanca y tan fina que parecía transparente, dejaba
ver las venas azules en relieve como ramillete de rosas pálidas envueltas en
papel de seda. Tenía los dedos largos, delgados, huesudos; las uñas, apenas
rosadas. Los tomé entre mis manos y deslicé uno de mis dedos entre los suyos.
Entonces, como si aquel movimiento fuera una llave en la
caja de la memoria, comenzaron a abrirse cajones.
No sé si eran recuerdos.
No sé si el deseo los inventaba para mí.
La vi cuando yo era bebé,
tocándome la nariz con su pulgar y pellizcándome los mofletes para hacerme
reír.
Sentí sus brazos acunándome contra
su pecho, mientras una canción de cuna me llevaba al sueño.
Aparecieron sus manos llamándome para que me acercara cuando
quería enseñarme a dar mis primeros pasos.
Después, acariciándome el rostro el día de mi boda, mientras
me decía:
Mi niña, ¡siempre serás mi niña!
Y, más tarde, sus
manos sobre los cuerpos diminutos de mis hijos recién nacidos, enseñándome a
cuidarlos.
Sus manos me habían recibido al llegar al mundo, me habían
enseñado a caminar y me habían acompañado hasta convertirme en la mujer que
ahora la sostenía a ella.
Crecemos buscando la independencia, alejándonos de los
brazos de nuestra madre, hasta que un día nos toca ofrecerle los nuestros.
De pronto, volvió la cabeza hacia mí y sonrió. Era una
sonrisa que nunca le había visto, dulce y serena. Solo me dijo:
—Gracias, hija.
No supe qué responder.
Solo reaccioné…
Acomodé mi barbilla en su cuello.
La apreté un poco más contra mí.
Quería darle calor, hacerle sentir
que estaba allí…
¡que no estaba sola!
Después llegaron aquellos sonidos
extraños, roncos, húmedos, irregulares, que parecían nacer en lo más profundo
de su garganta.
Me asusté. Cada uno de ellos me
estremecía, como si algo dentro de mí se encogiera un poco más, incapaz de
aceptar lo que estaba escuchando. Era como si su alma, aferrada todavía a aquel
cuerpo agotado, intentara desprenderse de él sin encontrar la salida.
No sabía qué estaba ocurriendo, solo sentía miedo, una impotencia que me ahogaba y una rabia inmensa ante aquella despedida que yo no podía detener.
Solo sabía que me aterraban.
Asustada, salí de la habitación a hacer lo único que sabía hacer:
¡pelear con Dios!
—¿Qué haces? Si quiere irse, déjala ir. ¿Por qué la retienes en un cuerpo que ya no le sirve? Déjala marchar. Ha sido una buena mujer. Por favor, ¡déjala ir!
Lloraba entre sollozos, quizá más de rabia que de dolor. No
podía comprender que, después de toda una vida, todavía tuviera que luchar para
marcharse.
Regresé a su habitación y me acurruqué de nuevo a su lado.
Seguía allí, bajo la manta. Busqué sus manos y volví a abrazarla, como si aún
pudiera protegerla de algo.
Se oyó un sonido más.
Y después, el silencio.
Mi madre había muerto entre mis brazos. Me quedé
abrazándola, incapaz de comprender cómo podía estar tan cerca y tan lejos a la
vez.
Sus manos descansaban entre las mías: las mismas que me
habían acariciado, acunado y enseñado a caminar. Ahora era yo quien las
sostenía, aunque ya no pudiera devolverles el calor.
Cuando recuerdo aquel día, no escucho solamente el último
sonido. Recuerdo su sonrisa, sus dos palabras y la delicadeza de sus manos
entre las mías. Y vuelvo a ser su niña.
Y aprendí, ese mismo día, que no existe una manera correcta
de despedirse.
Porque una madre puede abandonar este mundo, pero deja en
nosotros el calor de todo lo que nos dio. Y mientras alguien conserve entre sus
manos el recuerdo de las manos de su madre, habrá una parte de ella que nunca
habrá terminado de despedirse.
Epílogo
Hay ausencias que el tiempo no borra, sino que transforma.
Un día descubrimos que la voz de nuestra madre sigue
acompañándonos en nuestras propias palabras, que sus gestos sobreviven en
nuestras caricias y que algo de su manera de amar ha echado raíces en nosotros.
Y cuando la nostalgia nos devuelva a la infancia, cuando
volvamos a sentirnos pequeños ante la inmensidad de su ausencia, tal vez
podamos cerrar los ojos y descansar un instante en aquel refugio que ninguna
distancia consigue borrar.
Porque, aunque la vida nos lleve muy lejos, hay un lugar al
que siempre volvemos: el regazo de nuestra madre.
“Y mientras alguien conserve entre sus manos el
recuerdo de las manos de su madre, habrá una parte de ella que nunca habrá
terminado de despedirse.”
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