“Hay personas que aprenden a desconfiar del mundo muy temprano. Otras todavía saludan a la vida como quien se acerca a un pájaro herido: despacio, con las manos abiertas y el corazón temblando de ternura.”
Prólogo
Hay quienes llaman ingenuidad a seguir confiando
después de las decepciones. Yo prefiero llamarlo sensibilidad. Este es un
relato sobre la vulnerabilidad, la madurez emocional y la difícil tarea de
conservar la autenticidad en un mundo que a menudo premia las corazas.
Salgo del trabajo todos los días a la misma hora.
Camino hacia la parada del Metro siguiendo siempre el mismo
trayecto.
El cansancio lo llevo en los pies; la expectativa de un
mañana me cuelga de los hombros como un abrigo tibio. A esa hora la ciudad
parece respirar más lento. Las aceras conservan el calor del sol de la tarde,
los árboles dejan caer hojas secas que crujen bajo mis zapatos y el aire huele
a amplitud, a descanso, a papel y a tinta.
Camino despacio.
Como si alargar el trayecto pudiera suavizarme la vida.
Y justo antes de llegar a la parada está él.
El hombre inmenso de la publicidad del perfume.
Cada tarde lo encuentro esperándome bajo la luz blanca de la
marquesina. Tiene el dedo sobre la boca y unos ojos quietos que parecen
atravesarme.
“Silencio”, dice su gesto. “Calla”.
Y es curioso, porque es ahí donde coincide el momento en que
me hago preguntas que duelen: me cuestiono —severamente— mi manera de ser y
estar en esta vida.
Porque sigo creyendo demasiado.
Sigo pensando que las personas sienten como yo siento. Que
las palabras pronunciadas son transparentes, que llevan dentro la verdad.
Que cuando alguien sonríe hay ternura detrás de esa sonrisa.
Que cuando alguien abraza, abraza de verdad, con la calidez
del amor fraternal.
Y entonces me reprocho mi ingenuidad como quien regaña a una
niña que se quedó mirando mariposas mientras el resto aprendía a construir
trincheras.
Me digo que ya debería haber aprendido.
Que crecer significa confiar en todos… ¡pero no del todo!
Que ser adulta tal vez consista en mirar dos veces antes de
abrirse el pecho y entregar el alma desnuda, en sospechar de los silencios, en
cuestionar más, en protegerse.
Pero no sé cómo hacerlo.
No encuentro dentro de mí esa inteligencia emocional.
Hay personas que avanzan por la vida como quien atraviesa un
bosque lleno de espinas: cubiertas, alertas, con el pecho protegido. En cambio,
yo sigo caminando descalza. Sigo tocando las cosas con el corazón a sangre
viva. Y aunque a veces termino herida, tampoco logro arrepentirme del todo.
¡Qué torpeza la mía!
Y quizás ahí esté el problema.
No enjuicio a nadie por ser distinto. El mundo obliga a
muchos a endurecerse para sobrevivir… yo no he podido, ¡el mundo me queda
demasiado grande!
Hay días en que eso pesa.
Días en que regreso a casa sintiéndome absurda por sentir
así; y me pregunto si madurar será apagar poco a poco ciertas luces del alma
hasta quedarse quieta, protegida, intacta.
El hombre sigue ahí, inmóvil, con mirada de reproche.
Con el dedo sobre los labios:
“Calla”.
Y yo callo.
Callo mientras el viento tibio de la tarde me despeina el
cabello. Mientras el cielo se vuelve naranja detrás de los edificios. Mientras
las luces de los coches empiezan a encenderse como luciérnagas cansadas.
Callo porque comprendo algo doloroso: quizás el error no sea
sentir demasiado, sino avergonzarme de no haber aprendido a dejar de hacerlo.
Tal vez nunca consiga mirar la vida con sospecha.
Tal vez jamás aprenda a caminar con armadura.
Pero hay algo profundamente humano en seguir conservando
cierta inocencia cuando el mundo insiste tanto en arrancárnosla.
Y aunque a veces mi forma de ser me vuelva vulnerable,
también me permite seguir viendo belleza donde otros ya no miran, escuchar
ternura donde otros solo oyen ruido y encontrar pequeños milagros en cosas
diminutas.
Quizás la verdadera madurez no sea endurecerse.
Quizás sea proteger la suavidad del alma sin sentir
vergüenza por ella.
¡Quizás!
Epílogo
Quizás la verdadera fortaleza no consista en
desconfiar de todo, sino en aprender a cuidar el corazón sin dejar de ser uno
mismo. Porque la sensibilidad, lejos de ser una debilidad, puede convertirse en
una de las formas más silenciosas y hermosas de valentía.
“En un mundo donde tantos sobreviven escondiendo el
corazón, seguir siendo transparente puede que sea una forma torpe, pero bonita,
de valentía.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel