LA CASA DE WASHINGTON — Episodio 3
"A veces creemos haber aprendido la lección. Hasta
que la vida encuentra una manera distinta de preguntarnos si realmente la
aprendimos."
PRÓLOGO
Después de la muerte de la pequeña lagartija, yo había
aprendido algo que entonces me parecía definitivo:
Los animales silvestres debían seguir siendo libres.
No volvería a alimentarlos.
No volvería a darles agua.
No volvería a hacer que necesitaran de mí.
Había comprendido, aunque demasiado tarde, que el cariño
también puede hacer daño cuando convierte en dependencia aquello que nació para
ser libre.
Así que cuando apareció el ratoncito, tuve cuidado.
Mucho cuidado.
O eso creía.
Ese año terminaba la carrera. Enfocada en mis libros, pasaba
el tiempo sin darme cuenta. No así de aquella mancha que se deslizaba a gran
velocidad, sin dirección fija. De aquí para allá, de allá para acá.
Me estrujé los ojos, creyendo que era cansancio.
Pero no.
Me levanté sigilosamente y me acerqué al lugar del fenómeno
desconocido. No vi nada. Nada se movió.
Me arrodillé y puse la cara al ras del piso.
Entonces lo encontré.
Era diminuto y mullidito. Tenía el hocico rosa y unos ojos
tan grandes que no sabía cómo cabían en aquel rostro. Estaba de pie, atento,
con sus manitas colgando y las orejas derechas como antenas.
—¡Oh, no! Empezamos otra vez...
Me deslicé hasta quedar acostada en el suelo y puse un brazo
sobre mi rostro.
No quería verlo.
No quería sentir de nuevo lo que había sentido por mi
pequeña lagartija.
No cometería la misma torpeza.
No lo domesticaría. No hablaría con él como si fuera humano.
No lo nombraría como tal.
¡Por supuesto que no!
No habían pasado dos segundos cuando ya lo tenía encima.
Descubrí mi rostro y lo encontré sobre mi frente. Giré los
ojos hacia arriba.
Allí estaba, inclinado, mirándome.
Además de rápido, era temerario y curioso.
Entonces pensé en el ratoncito más veloz de México: Speedy
Gonzales, el ratón de mi infancia.
No pude evitar sonreír.
¡Mal asunto!
Subía por mi pie, corría por mi brazo hasta el escritorio e
intentaba quitarme el lápiz de la mano. Mordisqueaba los cuadernos y las tapas
de los libros.
Era tan osado que se paraba encima del libro que estuviera
leyendo y se quedaba mirándome, como esperando que le prestara atención.
—Ya, tú lo que quieres es jugar...
Busqué en mi armario una antigua caja de madera con
compartimentos y empecé a llenarla de objetos pequeños. Después le agregué unos
cuantos lápices.
Speedy, apenas la vio, dio pequeños brinquitos.
Yo sonreí.
Y así, como si nada, apareció en mi mente la razón:
Es tierno ahora, pero crecerá y se convertirá en una
plaga.
Sentí el rostro acartonarse, como si toda emoción huyera de
él.
—Oye, Speedy, cuando sientas entrar a la razón, piérdete.
Porque si no, él te hará desaparecer. Su fuerza es mayor que la de la
ternura... No podré protegerte.
Lo dije mirándolo de frente, bien asido en mi mano.
La abrí para que se fuera.
Pero se quedó allí quieto, mirándome.
Como pensando.
Como decidiendo.
De pronto se relajó y se fue a jugar.
¿Habría entendido?
¿Su intuición habría captado mi preocupación?
El tiempo, como siempre, daría las respuestas.
Pasaron los días y las semanas entre estudios y juegos con
Speedy...
Yo le lanzaba sus juguetes lejos, por el aire o rodando por
el suelo, para entretenerlo y poder continuar.
Pero antes de que mi mano regresara a su lugar, ya estaba él
de vuelta.
Yo sonreía.
Quería jugar conmigo.
—¿Quieres jugar? ¡Vamos a jugar!
Lo dije con malicia, lo reconozco.
Cogí un carrete de hilo y coloqué un lápiz en él. Puse a
Speedy en un extremo y pulsé el otro con fuerza, a manera de catapulta.
Speedy salió volando.
En el trayecto soltó un chillido.
Me asusté tanto ante la posibilidad de haberle causado daño
que tapé los ojos para no ver dónde iría a parar.
No hubo golpe.
Poco a poco separé los dedos.
Y allí estaba.
Montado sobre el lápiz del carrete.
Al muy sinvergüenza le había encantado volar.
¿La repetimos?
¡Claro que sí!
Un día cualquiera dejó de venir. Al pasar los días empecé a
extrañarlo.
Miraba su caja de juegos, aquella que me permitía
concentrarme en lo mío mientras él se entretenía en lo suyo.
Solía estudiar al ritmo de una felicidad ajena y minúscula.
El golpeteo de las canicas y el crujido de los objetos
dentro de la caja de madera eran la banda sonora que acompañaba mis horas de
estudio.
Mi ratoncito jugaba y yo, arrullada por su ruidosa
vitalidad, encontraba el enfoque perfecto.
Ahora la caja estaba intacta. Pero deshabitada.
Y aquel silencio repentino no era paz. Era un vacío.
Aun así, terminé mis exámenes y concluí la carrera.
Ese año no partiríamos de vacaciones. Regresaríamos a casa.
Poco a poco fui embalando las cosas y dejando solo lo
necesario para el día de la partida.
Tenía en mis manos la caja de madera con los juguetes de
Speedy.
Sonreí.
Dejaría su caja allí. Por si alguna vez regresaba, podría
encontrarla y saber que, aunque yo no estuviera, nunca me había olvidado de él.
Lo que no sabía era la manera en que lo recordaría.
La cocina estaba casi desmantelada. El silencio era denso,
interrumpido únicamente por el zumbido monótono de la nevera. Extrañaba el leve
rascado que Speedy solía hacer a esa hora para pedirme que jugara con él.
Fue entonces cuando vi, entre el motor de la nevera y la
pared, un montículo de polvo fino, azul verdoso. Me arrastré sobre las rodillas
para mirar mejor con la linterna.
Allí estaba Speedy, encogido sobre sí mismo.
Parecía dormido.
Su pelaje gris permanecía intacto, pero sus patitas traseras
estaban manchadas del mismo polvo azul.
Mientras las lágrimas me nublaban la vista, y el alma se me volvía
añicos, una certeza comenzó a golpearme la cabeza:
¡Había sido él!
Entonces algo crujió dentro de mí: la confianza.
La razón lo sabía.
Había descubierto mi pequeño secreto.
¿Por qué no se sentó conmigo y me propuso otra salida?
Había otras maneras.
Pero él eligió el veneno.
Y yo elegí el silencio…
¡Dos formas distintas de acabar con la ternura!
Muchos años después, cuando pienso en aquella casa, no
recuerdo solamente a dos animalitos muertos.
Recuerdo a una muchacha que todavía estaba aprendiendo
a distinguir entre querer, confiar y proteger.
Una muchacha que creía que el amor era suficiente.
Y que todavía no sabía que, algunas veces, el amor
necesita algo más que ternura.
Necesita ojos abiertos.
Necesita límites.
Necesita coraje.
Y, sobre todo, necesita saber cuándo una puerta
cerrada protege...
y cuándo simplemente mantiene dentro aquello que no
debería estar allí.
"Hay lecciones que llegan disfrazadas de dolor. Y
algunas tardan toda una vida en revelar lo que realmente vinieron a
enseñarnos."