"Quizá el paraíso nunca estuvo lejos. Tal vez siempre comenzó en el instante en que decidí caminar despacio."
Prólogo
Hay momentos en los que la vida deja de pedirnos respuestas y solo nos invita a estar presentes. No ocurren cuando todo cambia, sino cuando aprendemos a mirar de otra manera. Descubrimos entonces que la belleza nunca necesitó ser extraordinaria: bastaba con concederle el tiempo suficiente para revelarse.
Esta noche escribo sobre la sensualidad que ha despertado en mí.
Una sensualidad que no nace de un encuentro con otra persona, sino del encuentro entre mi cuerpo, la brisa, la luz y un camino dorado que se abre en flor:
el camino que el sol dejó para mí.
Salgo cuando la tarde ha renunciado al calor, pero todavía se resiste a entregar el cielo a la noche. Las farolas aún no han despertado y, sin embargo, la luz sigue flotando sobre Madrid como un último pensamiento del día.
Entonces aparecen ellas.
Las diminutas flores de las sóforas han cubierto la calle con una delicadeza imposible. No parecen haber caído. Parecen haber sido sembradas para que alguien las descubra descalzo del alma.
Camino despacio. Siento placer en ello.
La brisa asciende desde la avenida y se desliza bajo mi ropa con la intimidad de unas manos que conocen el lugar exacto donde la piel guarda el cansancio. No pide permiso. Solo me encuentra. Y yo, sin darme cuenta, aflojo los hombros, suavizo la respiración y dejo que el día se desprenda de mí.
Cada paso levanta un susurro que sabe a oro.
Es como caminar sobre la memoria del sol. Como si hubiera pasado unas horas antes, dejando un rastro luminoso para decirme:
"Sígueme... todavía queda belleza."
Hay un regocijo sereno en recorrer esa alfombra de flores. No es un placer que arda. Es uno que refresca, que se instala lentamente en la piel y termina floreciendo por dentro. Un placer que no exige nada, que no posee nada, que simplemente acompaña.
Y, mientras avanzo, siento que el viento me desviste: me quita el cansancio, me quita el peso, me desprende de la realidad del día… hasta dejar mi alma desnuda. Toda la piel se me eriza, dejándome la sensación del agua fresca deslizándose por mi cuerpo en una tarde calurosa de verano.
Porque hay caricias que no nacen de unas manos. Algunas llegan vestidas de brisa, de sol, de luces y sombras, de color.
Algunas caen silenciosamente de un árbol, perfuman el suelo de amarillo y esperan, con infinita paciencia, a que pase por encima para recordarme que también el alma tiene una piel capaz de estremecerse.
No camino sobre flores. Camino sobre los besos que el sol dejó olvidados en la tierra. Para sentirlos y vibrar con ellos… al rozarlos con la mirada y arrastrarlos hacia mí con los pies.
Cada verano sé que el sol no desaparece. Simplemente deja un camino de flores para que lo siga, lo encuentre, lo mire, lo bese… antes de entregarle el cielo a la Luna.
Esta tarde no regresé a casa. Me fui con él. Regresé a mí.
Epílogo
Quizá la plenitud no consista en alcanzar lugares nuevos, sino en permitir que la vida vuelva a tocarnos con aquello que siempre estuvo ahí. Cuando dejamos de atravesar el tiempo con prisa, el mundo recupera la capacidad de acariciarnos y nosotros recuperamos la de sentir.
"Porque hay días en que el alma no necesita respuestas. Solo una brisa, un camino amarillo y el permiso de sentir."
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel