Hay palabras que salen de nuestra boca sin pedirnos permiso. Quizás por eso deberíamos aprender a escucharlas.
Prólogo
Hay algo fascinante en nuestro lenguaje: guardamos en
él pensamientos que no son enteramente nuestros, experiencias y emociones que
encontraron refugio en palabras de otros. A veces, sin saber por qué, una frase
dicha por nuestros padres y abuelos, o leída en algún texto, sale de nuestra
boca. Y entonces me pregunto si no será que, de vez en cuando, nuestras
palabras saben de nosotros algo que todavía no hemos aprendido a reconocer.
Últimamente me he sorprendido pronunciando refranes, dichos
y expresiones que llevan siglos siendo pronunciados por la humanidad. Son
pequeñas sentencias, máximas de experiencia, pensamientos que alguien, en algún
momento de la historia, consiguió comprimir en unas pocas palabras. La Biblia,
por ejemplo, los llama proverbios. Son, en cierta forma, cápsulas de sabiduría
que han sobrevivido al tiempo y han ido pasando de boca en boca, de generación
en generación, sin perder su significado.
Lo curioso es que muchas veces los pronunciamos sin
proponérnoslo. Simplemente aparecen. Y eso me ha llevado a pensar que quizás
deberíamos prestarles más atención.
Me gusta imaginar esas expresiones como mariposas que se nos
escapan de la boca. Mariposas que, antes de emprender el vuelo, han tenido que
nacer en algún lugar de nosotros. Pero ¿dónde? ¿En la memoria, en el
pensamiento, en una emoción que no hemos sabido reconocer? ¿En un corazón
herido, en una mente inquieta, en una experiencia que todavía nos acompaña?
¿Y si cada una de esas mariposas fuera una pequeña pista de
lo que está ocurriendo en nuestro interior?
Deberíamos atraparlas con cuidado.
No para impedirles volar, no, sino para observarlas.
Mirar sus colores, sus alas, su textura. Preguntarnos
cuántas veces aparecen, en qué circunstancias y qué las hace salir.
¡Porque no todas tienen la misma luz!
Algunas son hermosas, llenas de luz y vida.
Otras se parecen más a las polillas, criaturas discretas que
prefieren la oscuridad y que también forman parte de ese mundo que no siempre
queremos mirar.
Quizás nuestras palabras tengan algo de ambas.
A veces hablamos desde la serenidad y otras desde el
cansancio, la frustración, el miedo o la tristeza. Y no siempre advertimos que
aquello que estamos diciendo no nace del momento presente, sino de algo que
llevamos acumulando dentro.
Pero tampoco podemos olvidar que el entorno tiene sus
propias alas. Sus luces, sus sombras. Y su aleteo, a veces, va al ritmo de
nuestro corazón; otras, lo acelera o lo pausa.
Las personas que nos rodean, los lugares que frecuentamos,
las conversaciones que escuchamos, las injusticias que presenciamos, las
pequeñas alegrías y las grandes preocupaciones van dejando huellas en nuestro
ánimo.
Nos afectan.
Nos transforman.
Y, muchas veces, terminan hablando a través de nosotros.
Creo, por ello, que necesitamos aprender a observarnos.
No basta con corregir una palabra o contener una reacción.
Hay que preguntarse qué la ha provocado. Qué estamos permitiendo que entre en
nuestra vida, qué estamos alimentando y qué emociones estamos dejando crecer a
oscuras.
Porque si no lo hacemos, podemos terminar viviendo a merced
de nuestros propios estados de ánimo, provocados por la actitud y las
intenciones ajenas: un día tan eufóricos que perdamos el juicio; otro tan
abatidos que apenas reconozcamos nuestra propia luz.
La vida es demasiado breve para caminar por ella sin saber
qué nos está sucediendo por dentro.
Tenemos que cuidar nuestra serenidad.
Revisar nuestras emociones y aprender a distinguir aquello
que nos ilumina de aquello que nos apaga. No para convertirnos en personas
inmunes a las dificultades, sino para no permitir que las dificultades terminen
convirtiéndose en nuestra manera de estar en el mundo.
Siento que la verdadera reflexión de este texto no consiste
en preguntarnos solamente qué estamos diciendo, sino qué parte de nosotros está
necesitando decirlo.
Y cuando una mariposa salga de nuestra boca, detengámonos un
instante. Miremos de dónde viene antes de dejarla volar.
Porque también somos responsables de la luz que ponemos en
el aire que respiran los demás.
Epílogo
Tal vez no podamos elegir todas las mariposas que
nacen dentro de nosotros, pero sí podemos aprender a reconocerlas antes de
soltarlas al viento. Podemos preguntarnos si llevan consigo ternura o
resentimiento, esperanza o desaliento; si nacen de nuestra propia historia o si
alguien, sin que nos demos cuenta, ha sembrado en nosotros una oscuridad que no
nos pertenece.
No se trata de vivir escondiendo nuestras sombras,
sino de conocerlas para que no gobiernen nuestra existencia. Porque cuidar
nuestra luz también significa protegerla de aquello que la consume y procurar
que nuestras palabras no oscurezcan el camino de quienes caminan a nuestro
lado.
Quizás vivir mejor comience por aprender a reconocer
las mariposas que llevamos dentro.
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel