viernes, 16 de octubre de 2026

"El amanecer": un cuento sobre el amor y la intimidad.

"Amar no es aquello, no, es otra cosa"


PRÓLOGO

La intimidad entre dos personas que se aman es profundamente hermosa y necesaria. Es el espacio sagrado donde el amor y el deseo dejan de ser ideas para convertirse en experiencia; donde lo sentido atraviesa la piel y alcanza el alma. Celebrarla es honrar el vínculo, el cuidado y la entrega mutua.


Su cuerpo desnudo yacía a un lado de ella, abandonado como un secreto recién revelado.

Estaba despierto.

Inmóvil, con los ojos fijos en la ventana.

Observaba cómo la brisa fresca de la primavera se filtraba entre las cortinas, inflándolas y soltándolas una y otra vez, como un pecho que aprende a respirar. La habitación se iba llenando lentamente de aromas: el dulzor del jazmín, la promesa madura de los manzanos, el pulso agreste del orégano y el romero… y, por encima de todo, la fragancia de ella, esa que no tenía nombre y que, aun así, lo nombraba por completo.

Estaba a su lado.

Y eso bastaba.

Vivía para ese instante suspendido entre la noche y el día.

Para despertar y presenciar el nacimiento del amanecer.

Miraba la ventana como quien mira un altar, suplicándole a Dios que los primeros rayos de sol rompieran la penumbra y obraran, una vez más, el milagro.

¡Ocurrió!

Como una aparición sagrada, la luz comenzó a derramarse en la habitación. Avanzó despacio, sin prisa, tocándolo todo con dedos de oro pálido, como si mirara el mundo a través del velo de una novia. El espejo frente a la cama se transformó en un lago de plata quieta, donde se reflejaban las siluetas más hermosas que conocía:

¡las de ellos, fundidas en una sola imagen!

Como cada mañana, todo estaba por comenzar… y esa certeza lo agitaba por dentro. Sin embargo, permanecía quieto, fingiendo dormir. De pronto, sintió el leve movimiento del pie de ella, buscándolo, reconociéndolo en la oscuridad tibia de las sábanas.

Contuvo el aliento.

Cerró los ojos.

No quería que supiera que estaba despierto ni que todas las mañanas —con una devoción casi infantil— aguardaba ese despertar como quien espera una revelación.

Cuando los brazos de ella lo rodearon, su cuerpo entero se estremeció.

¡El milagro había comenzado!

Sus manos lo recorrieron con una lentitud deliberada, como el vaivén hipnótico de las olas al besar la orilla de un lago. Se acercaba tanto que podía sentir su aliento rozándole la piel, esa misma piel que se erizaba como hierba bajo la brisa del alba.

Ella ascendía sobre él.

Lentamente, con delicadeza.

Con ternura.

Su rostro tibio se apoyó en su mejilla mientras lo besaba, como quien recorre una geografía que conoce y en la que no teme perderse.

Cómo amaba ese peso sobre él.

Ese calor.

Esas caricias lentas, esos besos que parecían promesas.

¡Solo Dios sabía cuánto la amaba!

Ya no pudo contenerse.

Se dio vuelta y la sostuvo con firmeza, acomodándola para que quedara arriba y poder contemplar ese rostro iluminado por la mañana…

¡Y esa luz la volvía casi irreal!

La tomó con las manos y la atrajo hacia sí para besarla una y otra vez, perdiéndose en su boca, mientras avanzaba con suavidad, con devoción, buscando grabar en su memoria esa sensación de gloria que lo elevaba más allá de sí mismo, como si el firmamento descendiera a encontrarlos.

Él la miraba fijo, con la respiración rota, como si el aire ya no alcanzara.

Deseaba detener el tiempo, suspenderlo ahí, que esa mañana no terminara jamás. El placer que lo atravesaba era tan vasto como el miedo que, en silencio, lo acechaba:

¿Qué sería de su vida, de sus días, si alguna mañana despertara y ella no estuviera a su lado?

En ese instante suspendido, comprendió que la respuesta no se hallaba en el futuro.

El milagro ya había ocurrido.

Vivía en cada amanecer compartido.

En cada caricia entregada sin reservas.

¡En esa luz que ahora los envolvía como una bendición!

Supo que el amor que los unía no dependía de la piel ni del tiempo, sino de esa llama encendida para siempre en su interior.

Y aunque algún día ella no estuviera allí al despertar…

Seguiría encontrándola en cada amanecer, ¡hasta su último aliento!

Quizá porque nada podría arrebatarle esa verdad: había sido amado así…

O, quizá, porque ya había creado un espacio dentro de sí donde ella viviría, con él, por la eternidad.


EPÍLOGO

El amor es bendito.

Y expresarlo a través del roce de la piel es, quizá, la forma más honesta y profunda de decir te amo sin pronunciar palabra. Porque cuando los cuerpos se encuentran desde el amor, no se tocan solo entre sí: se guardan en lo sagrado.


"Ama bonito. Serás amado con el alma"

Nota de autora: Este texto fue escrito, originalmente, en el 2011. Se reescribió para adaptarlo a la lectura de todo público.

Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

domingo, 11 de octubre de 2026

"Tu Diario Íntimo": Una reflexión íntima sobre las decisiones que tomamos, las verdades que evitamos y las preguntas que dejamos sin respuesta. Un relato sobre la culpa, el perdón, la comprensión y el valor de mirar hacia dentro para encontrar una paz verdadera.

 

“Hay decisiones que nos devuelven la calma, pero nos dejan el alma llena de preguntas que un día tendremos que responder.”


PRÓLOGO

A veces, lo que más nos cuesta no es tomar una decisión, sino aceptar que ninguna de las opciones nos dejará completamente a salvo. Elegir también significa renunciar, y hay renuncias que parecen necesarias mientras las hacemos, pero que con el tiempo regresan convertidas en preguntas. Hoy quiero escribir sobre esas decisiones que nos alivian por fuera y nos dejan, por dentro, una conversación pendiente con nosotros mismos.


Querido diario:

Hoy he vuelto a encontrarme ante una bifurcación del camino.

Dos senderos se abren frente a mí.

Ninguno conduce al lugar donde soñaba llegar. Por un instante, quisiera cerrar los ojos y despertar en otro paisaje… ¡donde elegir no duela!

La vida nos deja a solas con esa piedra que pesa en el pecho cuando sabemos que, elijamos lo que elijamos, algo habrá de quedarse atrás.

Quizá por eso hoy he pensado en todas las veces que elegí lo que me resultaba más fácil…

En aquellas conversaciones que interrumpí porque la verdad empezaba a romperme por dentro.

En los silencios que prolongué para no escuchar respuestas que podían desordenarme las verdades.

En las personas de las que me alejé porque su presencia me obligaba a mirar de frente aquello que yo prefería mantener oculto.

No siempre nos marchamos porque alguien nos haya hecho daño.

A veces nos marchamos porque su existencia nos enfrenta a preguntas para las que no tenemos respuestas, o porque indagar la verdad puede ser más doloroso que señalar a quien creemos que la causó.

Hay verdades que, para ser descubiertas, exigen levantar alfombras, abrir cajones olvidados y dejar que entre una luz que ilumine también nuestras propias faltas…

¡Eso asusta!

Escogemos una explicación que nos acomoda.

Una versión de los hechos que nos permite dormir.

Un culpable sobre el que depositar el peso de aquello que no sabemos resolver.

Nos decimos que no merece la pena remover el pasado, que hay que proteger la tranquilidad, que algunas distancias son necesarias.

Y puede que así sea.

No toda herida debe reabrirse, ni toda relación tiene que recuperarse.

Pero ¿Cuántas veces hemos llamado paz a nuestra renuncia a comprender?

Hay decisiones que se parecen a quitarse los zapatos después de una larga caminata: el alivio es inmediato, los pies descansan y hasta parece que el mundo pesa menos.

Sin embargo, el camino continúa, y aquello que dejamos sin resolver viaja con nosotros, aunque no lo veamos.

La vida es también una recolección silenciosa.

Vamos recogiendo pequeñas piedras a lo largo de los años: una palabra que no dijimos, una disculpa que aplazamos, una injusticia que preferimos no examinar, una mano que no tendimos porque hacerlo habría significado reconocer que quizá nuestra razón no era tan limpia como creíamos.

Las guardamos en los bolsillos del alma y seguimos andando.

Algunas son tan pequeñas que apenas las sentimos; otras golpean contra nuestras costillas en las noches de insomnio.

Y así, sin darnos cuenta, llegamos al final de ciertos caminos con las manos vacías y el corazón lleno de aquello que creímos haber dejado atrás.

Entonces nos sentamos.

La tarde derrama su luz dorada sobre las cosas y, por primera vez en mucho tiempo, ya no tenemos prisa por llegar a ninguna parte.

Miramos hacia atrás y nos preguntamos qué quedó de todo aquello que sacrificamos para estar en paz.

Quizá descubramos que algunas decisiones eran necesarias.

Quizá comprendamos que otras nacieron del miedo, del orgullo o de la comodidad de no tener que mirar más allá de nuestras propias razones. Y quizá también entendamos que la vida no nos pedía tener siempre razón, sino aprender a escuchar; no nos exigía juzgar con rapidez, sino comprender.

Las personas somos mucho más que el peor de nuestros errores, y las historias...

¡mucho más que la versión que de ellas nos contamos!

A veces, detrás de una conducta que condenamos, hay una infancia que no supo defenderse; detrás de un silencio, un dolor que nunca encontró palabras; detrás de una separación, dos verdades que jamás se sentaron juntas a la misma mesa.

No siempre podremos reparar lo que rompimos.

El tiempo no devuelve intactas las oportunidades ni borra las cicatrices porque al fin hayamos comprendido.

Pero siempre podemos intentar colocar las cosas en su sitio,

desandar un trecho,

tender una mano,

pedir perdón o, al menos, dejar de alimentar con nuestras verdades aquello que quizá merecía una pregunta.

Y ahora, querido diario, me pregunto si estas páginas son realmente mías.

Si no habrá alguien, en alguna parte, leyendo en silencio y reconociendo en mis palabras una despedida propia, una vieja culpa, un rostro que creía olvidado o una decisión que todavía le pesa.

Tal vez por eso escribo: para descubrir que mi intimidad no es una habitación cerrada, sino una casa con ventanas hacia otras vidas.


EPÍLOGO

Quizá escribir estas páginas no cambie lo ocurrido ni nos permita recuperar lo que dejamos atrás. Pero puede ofrecernos algo que también necesitamos: la oportunidad de mirarnos sin excusas y sin condenarnos antes de comprender. No se trata de vivir prisioneros de cada error, sino de aprender a reconocerlo, reparar lo que aún sea posible y seguir adelante con un poco más de humildad. A veces, la paz verdadera no llega cuando dejamos de hacernos preguntas, sino cuando por fin nos atrevemos a escuchar las respuestas.


“Porque, al final, todos llevamos un diario íntimo escrito con nuestras decisiones; y quizá el verdadero dolor no sea descubrir que nos equivocamos, sino comprender cuántas veces elegimos la comodidad de no saber antes que la valentía de comprender.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 8 de octubre de 2026

"Cuando un lugar deja de sentirse como casa": Reflexión sobre liderazgo, respeto y dignidad laboral, y sobre cómo una empresa puede perder el compromiso de sus trabajadores cuando olvida que detrás de cada puesto hay una persona.

 

A veces, lo que más duele no es descubrir una realidad, sino descubrir que era distinta de aquello en lo que habíamos creído.


Prólogo

Hay lugares a los que llegamos con la ilusión de haber encontrado algo más que un trabajo. Llegamos creyendo en lo que nos cuentan, en las palabras que los representan y en la posibilidad de formar parte de algo que merece la pena.

Pero el tiempo también sabe mostrarnos aquello que las palabras no alcanzan a decir.


Recuerdo la alegría que sentí durante aquella charla de bienvenida a los nuevos empleados, cuando nos contaron que la empresa había sido fundada por un hombre cuyo propósito era ayudar a los demás, guiado por principios y valores humanos inspirados en la fe cristiana.

¡Me sentí inmediatamente en casa!

Pensé que había llegado a un lugar donde las personas no serían solamente trabajadores, donde la dignidad tendría un espacio junto a la eficiencia, y donde hacer las cosas bien no sería únicamente una obligación, sino también una forma de honrar aquello en lo que la empresa decía creer.

Después descubrí que una empresa puede tener hermosos principios escritos en su historia y, sin embargo, perderlos en algún lugar del camino.

Porque ser jefe no es solamente ocupar un lugar más alto en un organigrama. Un cargo puede conceder autoridad, pero no convierte a nadie en líder.

Liderar es otra cosa.

Es comprender que detrás de cada uniforme, cada despacho, cada nombre en una nómina, hay una persona. Alguien que también tiene preocupaciones, cansancio, sueños, límites y una vida que continúa cuando termina la jornada. Alguien que necesita saber que su esfuerzo tiene sentido y que aquello que hace importa.

Una empresa puede estar formada por departamentos, jerarquías y números, pero en realidad está sostenida por personas. Y cuando quienes la dirigen olvidan eso, comienza una extraña transformación: el trabajador deja de sentirse parte de un proyecto y empieza a sentirse parte de un mecanismo.

Entonces ya no trabaja con la empresa.

Trabaja para ella.

Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.

Porque cuando desaparece el sentido de pertenencia, también comienza a desaparecer algo más difícil de medir: la voluntad de dar un poco más, de cuidar lo que se hace, de proponer, de implicarse, de sentirse orgulloso del lugar al que se pertenece.

Quizá por eso la falta de liderazgo sea mucho más costosa de lo que parece.

Un jefe que gobierna desde el miedo puede conseguir obediencia. Puede conseguir silencio. Incluso puede conseguir que las cosas aparentemente funcionen.

Pero difícilmente conseguirá compromiso.

El compromiso nace de sentirse respetado.

Y respetar a un trabajador no consiste únicamente en hablarle correctamente. También significa reconocer sus derechos, escuchar cuando algo no funciona, actuar con justicia, valorar su esfuerzo y recordar que ninguna necesidad de la empresa debería exigirle que renuncie a su dignidad.

Porque cuando los derechos se ignoran, no se está ignorando solamente una norma. Se está ignorando a la persona que existe detrás de ella.

Y quizá lo más doloroso sea la ausencia de meritocracia.

Porque hay algo profundamente desalentador en comprobar que el esfuerzo, la responsabilidad y la capacidad pueden pasar inadvertidos, mientras la ineptitud consigue permanecer protegida por un cargo.

Entonces el trabajador aprende una lección que ninguna empresa debería enseñar:

que hacer las cosas bien no siempre importa.

Y cuando una persona aprende eso, algo empieza a romperse.

A veces se marcha.

A veces permanece, pero deja de entregar aquello que antes entregaba espontáneamente.

Y otras veces, las más silenciosas, aprende simplemente a hacer lo necesario para sobrevivir.

¿Cuántas personas valiosas se habrán marchado de empresas que necesitaban que se quedaran?

¿Cuánto talento habrá sido expulsado no por falta de capacidad, sino por falta de liderazgo?

¿Cuántos buenos trabajadores habrán terminado creyendo que ellos eran el problema, cuando quizá lo que estaba enfermo era la manera de dirigirlos?

Tal vez una empresa debería preguntarse esto antes de preguntarse cuánto cuesta perder a un empleado:

¿Cuánto le cuesta perder la confianza de sus empleados?

Porque un trabajador puede sustituirse.

Un puesto puede cubrirse.

Un nombre puede borrarse de una nómina y escribirse otro.

Pero recuperar el corazón de alguien que dejó de sentirse valorado es mucho más difícil.

Tan difícil, quizá, como conservar durante mucho tiempo la reputación de ser un buen lugar para trabajar cuando quienes estuvieron dentro empiezan a contar una historia diferente.

Y hay algo todavía más triste: que quizá no sea necesario perder a nadie para comprenderlo. A veces bastaría con mirar a los que permanecen y preguntarse cuánto de aquello que un día entregaban con ilusión han dejado ya en el camino.

Porque una empresa no pierde a sus buenos empleados únicamente cuando estos se marchan. También los pierde cuando permanecen físicamente, pero han dejado de sentirse parte de ella.

Y quizá la verdadera grandeza de quien dirige no esté en conseguir que nadie se atreva a contradecirlo, sino en conseguir que quienes trabajan a su lado quieran caminar con él.

Porque mandar ocupa un cargo.

Liderar deja huella.


Epílogo

Quizá por eso algunos lugares dejan de parecernos casa sin que nos demos cuenta del momento exacto en que ocurrió. No siempre hace falta una gran injusticia; basta con que, poco a poco, aquello que nos hacía confiar empiece a faltar.

Y cuando llega ese día, uno comprende que pertenecer no depende de estar dentro, sino de sentir que allí también hay un espacio para uno.


Hay puertas que seguimos atravesando durante un tiempo, incluso después de haber comprendido que ya no conducen al lugar donde alguna vez quisimos quedarnos.


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


domingo, 4 de octubre de 2026

"Domingo... ¡Ay! Domingo": Una reflexión personal sobre los prejuicios, las apariencias y la necesidad de mirar más allá de nuestras primeras impresiones. Una historia real.

 

“A veces, una mirada equivocada necesita muy poco para convertirse en una lección.”


Prólogo

Hay encuentros que parecen insignificantes mientras suceden. Un rostro que vemos de paso, una presencia que apenas registramos, una persona a la que colocamos, sin darnos cuenta, dentro de una categoría construida por nuestra propia imaginación.

Y, sin embargo, basta un instante de cercanía para que esa imagen se desmorone.

Esta es una de esas historias.


Hay días en que pienso que mis esfuerzos son en vano.

Me pregunto qué condiciones se necesitan para ser considerados “santos”.

Nunca he soñado, mucho menos pretendido ser una santa.
Cierto es que mi propósito es ser cada día mejor de lo que fui ayer. Pero…

¿Cómo se logra eso?

Por instinto escojo el lado del bien, y a conciencia ¡mucho más! Pero hay una capa intermedia —el subconsciente— que me traiciona y deja salir ese lado oscuro, en mí, que aborrezco cuando lo observo en otras personas:

¡el prejuzgar!

Esta vez a Domingo le tocó el turno de meter el dedo en la llaga… ¡mi llaga!

Les confieso que no conocía el nombre de ese hombre, hasta hoy, ni nada de su historia… nada más allá de lo que me contaba mi prejuicio.

¡Toca joderse!

 —¡Buenos días! —me saluda con cordialidad y respeto al pasar frente a él.

 —¡Buenos días! —le contestaba yo con la misma amabilidad, pero sin mirarle a los ojos.

La impresión que me había dado al mirarlo, de lejos, me bastaba para hacerme un juicio sobre quién era él. Y sabía, además, que si lo miraba a los ojos cometería una imprudencia que nos daría —a él y a mí— una idea equivocada del otro, posiblemente.

Siempre estaba parado en la entrada del supermercado. No pedía limosna alguna. Solo ofrecía su ayuda para cargar las bolsas de la compra hasta el domicilio.

Y eso… ¡eso era lo que me retorcía por dentro!

¿Cómo puedo permitir que un extraño, alcohólico, supiera dónde yo vivía?

Si se lo permitía, se enteraría, en algún momento, de que vivo sola. No trabajaba, pensé. ¿Y si algún día se ve sin dinero para satisfacer su adicción y siente la necesidad de hacerse con él? Eso me hacía sentirme vulnerable ante él.

Cargaba yo mis bolsas, sin importar cuánto pesaran.

Acallaba mi conciencia ofreciéndole algún bocadillo comprado en el mercado.

Tampoco le daba dinero, lo usaría para comprar alcohol, me decía —repetidamente— para convencerme de que así hacía el bien.

Pero hoy las cosas fueron diferentes.

Un olvido, y un deber sagrado, me condujeron a aceptar lo inimaginable.

Olvidé comprarle su bocadillo, y me sentí necesitada de ofrecerle algo a ese ser que, para mí, se encontraba en desgracia.

Sin darme cuenta ya estábamos parados en la puerta —abierta— de mi casa, muerta de la risa con él por sus ocurrencias. Mientras reía no dejaba de mirar a sus ojos verdes, profundos y vivos como el musgo que crece en las piedras del cauce de un río manso.

—¡Domingo! —me respondió al preguntarle su nombre.

—¡Gracias, Domingo! Has sido de gran ayuda, y un placer conocerte —le contesté al poner en su mano una cantidad de dinero por su trabajo.

Su trabajo… ¡Sí trabajaba!

Trabajaba cargando la mercancía que otras personas no podían cargar. Además, lo hacía acompañando a esas personas, haciéndoles más livianos sus días.

Desde ese día, ese hombre dejó de ser —para mí— un extraño, un alcohólico al que temer o por el que tuviera que sentir compasión: Domingo era un autónomo que prestaba un excelente servicio…

¡Sin ironía alguna!


Epílogo

Quizás crecer por dentro no consista en alcanzar una perfección imposible, sino en reconocer con honestidad aquellas partes de nosotros que todavía necesitan aprender.

Porque también se aprende cuando alguien, sin proponérselo, nos obliga a mirar hacia adentro.

Y algunas veces, la persona que creíamos conocer de lejos termina enseñándonos algo que nosotros mismos ignorábamos.


“La verdadera transformación comienza cuando dejamos de confiar ciegamente en la primera versión que fabricamos de los demás.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


miércoles, 30 de septiembre de 2026

"El Buitre": Una reflexión sobre la bondad, los límites y la necesidad de no cargar con los problemas de los demás. Porque amar también significa aprender cuándo ayudar y cuándo dejar que cada persona camine su propio camino.

 

"A veces, la bondad también pesa"


Prólogo

Hay personas que han aprendido a estar para todos antes de aprender a estar para sí mismas. Escuchan, resuelven, acompañan, sostienen… hasta que un día descubren que aquello que llamaban amor también podía convertirse en una forma silenciosa de olvidarse de sí.

Esta es la historia de Juan, pero quizá también sea la de quienes alguna vez confundieron ayudar con hacerse responsables de todo.


Juan no siempre tuvo aquella forma.

Nació hermoso, sano, en una familia común, con sus pequeñas alegrías y sus problemas cotidianos. De niño tenía el cuerpo erguido, los ojos despiertos y una sonrisa fácil.

Pero había algo en él que lo distinguiría siempre: no soportaba ver sufrir a los demás.

Si alguien tenía un problema, Juan acudía. Si alguien lloraba, escuchaba. Si alguien necesitaba ayuda, él encontraba la manera de prestársela.

Poco a poco comenzó a cargar lo que no le correspondía.

Una deuda. Una enfermedad. Una tristeza. Una culpa. Los problemas de un hermano, las angustias de una madre, las decisiones equivocadas de un amigo.

Juan lo recibía todo.

—Yo puedo —decía.

Y seguía caminando.

Al principio nadie notó que sus hombros comenzaban a inclinarse.

Después apareció una pequeña curva en su espalda. Luego otra. Como si cada pena ajena fuera dejando una piedra sobre él. Juan seguía sonriendo. Seguía resolviendo. Seguía diciendo:

—No te preocupes.

Hasta que su cuerpo empezó a contar aquello que su boca callaba.

Su espalda se encorvó y entre los hombros creció una joroba que parecía hecha de años, preocupaciones y cansancio.

Pero había algo extraño.

A pesar de aquel peso, Juan siempre levantaba el rostro hacia el cielo.

Era profundamente creyente. Cuando rezaba, alzaba los ojos como si esperara una respuesta de la inmensidad.

Su cuello fue cambiando también. Ya no parecía nacer verticalmente de los hombros: avanzaba hacia delante mientras su cabeza permanecía elevada.

Y un día alguien dijo:

—¡Juan parece un buitre!

Fue un niño quien lo dijo. Los niños todavía no conocen el peso de algunas palabras.

Los demás rieron.

Juan también.

Después lo dijeron otros.

Hasta que dejó de ser una broma y se convirtió en su nombre.

El Buitre.

Era un nombre cruel.

Porque un buitre espera la muerte, mientras Juan había
pasado su vida intentando evitar el sufrimiento de otros.

Un buitre se alimenta de lo que queda.

Juan entregaba lo que tenía para que a los demás no les faltara nada.

Pero nadie veía eso.

Veían su espalda.

Su joroba.

Su cuello adelantado.

Su rostro mirando al cielo.

Al amanecer, cuando la luz atravesaba las calles, la sombra de Juan se dibujaba sobre las paredes y parecía la de un ave.

¡Esa ave!

Al atardecer ocurría lo mismo.

Y por la noche, cuando los faros de un automóvil lo iluminaban, su silueta se alargaba sobre los muros: una espalda encorvada, un cuello extraño, una cabeza elevada.

¡El buitre!

La gente veía la sombra y se burlaba.

Nadie se preguntaba qué había dentro de ella.

Nadie sabía cuántas noches había permanecido despierto resolviendo problemas ajenos, ni cuántas veces había puesto sus propias necesidades al final de la lista.

Juan había confundido el amor con la obligación de salvar.

Y quizá ahí estaba su parte de responsabilidad.

Porque nadie le había puesto todas aquellas cargas.

Él había abierto los brazos para recibirlas.

Había dicho “yo puedo” demasiadas veces.

Hasta que ya no pudo.

Hasta comprender algo que había tardado toda una vida en aprender:

hay dolores que pertenecen a otros.

Hay vidas que cada persona debe vivir por sí misma.

Y existe una frontera invisible entre ayudar a alguien a levantarse y cargarlo sobre los hombros hasta caer con él.

Una tarde, Juan se detuvo frente a una pared.

El sol estaba bajo y su sombra apareció enorme sobre el muro.

Allí estaba… ¡el buitre!

La contempló en silencio.

Por primera vez no sintió vergüenza.

Quizá aquella figura no era él.

Quizá era todo lo que había cargado.

Las culpas, las tristezas, los problemas ajenos, todos aquellos "yo puedo" pronunciados cuando en realidad quería decir "ya no puedo más".

Juan levantó los ojos.

El cielo comenzaba a teñirse de violeta.

Pensó que quizá Dios nunca le había pedido que salvara a nadie.

Quizá solamente le había pedido que amara.

Y amar no era lo mismo que cargar.

Respiró profundamente.

La sombra seguía allí.

Pero ya no le pareció la de un buitre.

Le pareció la del hombre cansado que era, después de haber vivido para sostener a los demás... ¡estaba aprendiendo a sostenerse a sí mismo!


Epílogo

A veces creemos que cuanto más damos, más demostramos nuestro amor. Y quizá no sea así.

También puede haber amor en decir "hasta aquí puedo". En permitir que otro se haga responsable de su propia vida. En acompañar sin sustituir, en tender la mano sin convertirnos en las piernas del otro.

Porque ayudar no debería exigirnos desaparecer.

Hay personas que llevan años sintiéndose culpables por no haber podido salvar a todos aquellos que amaban. Tal vez necesiten recordar que amar profundamente no significa tener poder sobre el destino de nadie.

Incluso Dios, en quien Juan confiaba, no le había pedido cargar con el mundo.

Quizá la bondad también necesita límites para seguir siendo bondad.

Y quizá aprender a dejar una carga en el suelo no sea abandonar a quien amamos, sino reconocer, por fin, que nosotros también merecemos caminar con la espalda erguida.


"Ayudar a otros a caminar no debería obligarnos a dejar de caminar nuestra propia vida."


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

 


domingo, 27 de septiembre de 2026

"Las Paredes... no solo escuchan, también cuentan": Una escena escuchada a través de una pared despierta rabia, impotencia y juicios. Una reflexión sobre la necesidad de hacer una pausa entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos.

 

“Hay historias que despiertan sin pedir permiso.”


PRÓLOGO

“A veces, lo que irrumpe en nuestra vida durante unos minutos basta para mostrarnos algo que llevábamos tiempo sin mirar.”


Fui despertada, no por la alarma del reloj, no, sino por los gritos de una mujer desesperada… una a la que pareciera que le estaban robando el alma.

No había que esforzarse para escuchar —ni posibilidad de no hacerlo—.

Se sumaron más voces: un hombre que pedía que se calmara, que bajara la voz; unos niños que solo repetían una palabra: “mamá” …

¡Con un dolor que partía el alma!

Las finas paredes de pladur no protegían la intimidad de lo que allí sucedía.

No era necesario inventarse una historia: las palabras eran claras.

Tampoco había necesidad de imaginar cómo se sentían al pronunciarlas: el volumen y el tono de las voces dejaban claro el drama que allí se desataba.

Traté de hundir mi cabeza en la almohada para ahogar aquellas palabras que me herían como puñaladas directas a mi razón, a mi dignidad, a mi paz…

¡A mi entendimiento!

Me levanté.

Fui al baño.

Abrí la regadera de la ducha.

El grifo del lavamanos.

Puse distancia a aquello que escapaba de mi control. Me senté en el suelo…

¡y lloré!

Lloré mucho, les confieso.

Sentía rabia. Eso no debería estar ocurriendo.

Sentía impotencia: tenía ganas de ser parte de la escena. De darles un par de bofetadas a cada uno para que se callaran. De coger a los niños y llevarlos a sus camas:

“Tranquilos, no pasa nada, todo estará bien”…

¡como si pudiese ser verdad!

Y allí, sentada en el suelo de un baño, seguía llorando por un asunto que —supuestamente— no me incumbía.

Seguía sintiendo rabia contra el hombre por su falta de carácter: había roto el compromiso de sostener y proteger a su familia, de cuidarla más allá de la pasión. Me parecía un ser débil, merecedor de lástima, pero no de compasión.

¿Y la mujer? Más rabia sentía contra ella.

No gritaba desde el miedo de perder al amor. Gritaba desde el ego herido.

Y yo allí, juzgando a otros, como si tuviese derecho a hacerlo.

Pero mientras seguía pensando y pensando, algo empezó a cambiar.

La escena no había cambiado. Las voces seguían atravesando aquellas paredes demasiado finas. Los niños seguían llorando. La mujer seguía gritando. El hombre seguía pidiendo calma.

La que estaba cambiando era yo.

Me di cuenta de que había construido una historia completa con lo que había escuchado durante unos minutos. Había decidido quién era el culpable, quién era la víctima, quién merecía mi compasión y quién no.

¿Y qué sabía yo realmente?

Sabía lo que había oído. Nada más.

No sabía qué había ocurrido antes. No conocía sus heridas, sus historias, sus miedos ni las palabras que quizá habían sido acumulándose durante años. No sabía qué había llevado a aquella mujer a gritar ni qué había llevado a aquel hombre a quedarse sin saber qué hacer.

Y entonces comprendí que también yo había reaccionado.

Había juzgado desde la emoción aquello que pretendía comprender desde la razón.

Quizá por eso aquella escena terminó enseñándome algo que, hasta ese momento, solo había sido una pregunta:

¿Cómo serían nuestras relaciones si entre sentir y actuar existiera una pausa que nos permitiera elegir, en lugar de reaccionar?

Una pausa para respirar.
Para mirar lo que sentimos sin convertirlo inmediatamente en una sentencia.
Para preguntarnos qué sabemos realmente y qué estamos suponiendo.
Y, después de esa pausa, elegir qué hacer con aquello que sentimos, en lugar de dejar que aquello que sentimos decida por nosotros.

Tal vez esa pausa no evitaría todos los conflictos.

Pero quizá evitaría que una emoción momentánea se convirtiera en una palabra imposible de recoger, en una acción difícil de reparar o en un juicio que nunca nos correspondió hacer.

Y mientras las voces seguían llegando desde el otro lado de la pared, comprendí que aquella mañana no solo había escuchado una discusión.

También había escuchado mi propia reacción.

Y quizá ese era el verdadero asunto que me correspondía mirar.


EPÍLOGO

"No siempre podemos elegir lo que llega hasta nosotros. Pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que despierta en nuestro interior."


"A veces, la pausa también habla."


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 25 de septiembre de 2026

"La casa de los lapiceros": Una divertida y emotiva historia sobre bolígrafos que desaparecen, regresan y terminan convirtiéndose en una excusa para compartir risas, abrazos y momentos especiales.

 

“Hay cosas pequeñas que terminan juntando a las personas.”


PRÓLOGO

A veces, una costumbre aparentemente insignificante termina convirtiéndose en una forma de cariño. Y uno descubre que, detrás de una simple anécdota, había algo mucho más importante ocurriendo.


Cada vez que me siento delante del ordenador ocurre lo mismo:

sonrío.

No puedo evitar mirar lo que tengo enfrente: varias tazas de café con nombres de ciudades extranjeras. Recuerdos de lugares que, de una manera u otra, terminaron acompañándome hasta aquí.

Pero mis tazas no están vacías.

Están llenas de lapiceros, bolígrafos, creyones, resaltadores, marcadores y cuánta parafernalia exista para escribir, dibujar y pintar.

¡Todos son míos!

Bueno… todos menos los bolis.

Los bolis tienen otra historia.

Una casaca blanca debe permanecer blanca. Las manchas de tinta en los bolsillos son inaceptables.

¡Impresentable!

Y sigo sonriendo porque las chicas de los controles ya me conocen.

Cuando tengo que escribir algo, me concentro en la tarea, guardo automáticamente el bolígrafo en mi bolsillo y continúo como si nada. Después olvido por completo de dónde salió.

No lo hago con intención maliciosa.

¡Lo prometo!

Ellas, sin embargo, ya saben cómo funciona mi cerebro con los bolígrafos.

Por eso, cuando me ven llegar, parece que empieza una pequeña escena teatral.

—Ahí viene Ana. ¡Guarden los bolis!

Y todas se levantan rápidamente, metiéndose las manos en los bolsillos para esconderlos, mientras se ríen.

Yo también.

Después extienden los brazos, no solo para entregarme los bolígrafos que algún día vendré a devolver, sino también para darme un abrazo.

Y eso, sinceramente, me gusta mucho más que los bolis.

Son encantadoras.

Mientras sigo delante del ordenador, tecleando, mi cabeza se va a otra escena. Una que todavía no ha ocurrido, pero que sé perfectamente cómo terminará, porque siempre termina igual.

—¡Joder, Ana! ¿Cuánto tiempo conservaste los bolis que vienen de regreso multiplicados?

Y ellas se ríen.

Y yo con ellas.

—No se quejen, que aquí los tienen de vuelta…

Porque los bolígrafos van y vienen.

Desaparecen.

Aparecen.

Se multiplican.

Y, de alguna manera, terminan siendo parte de nuestra pequeña historia.

Hoy por hoy, si bien es cierto que me quedo con los bolis sin intención, también es cierto que le pido a Dios que no me quite esa cleptomanía inconsciente.

No porque quiera quedarme con ellos.

Sino porque, gracias a ellos, pasamos buenos momentos.

Porque todo esto no queda en unos cuantos bolígrafos desaparecidos y vueltos a aparecer. Los bolis se han convertido en una excusa para acercarnos, para reírnos, para compartir unos minutos y, algunas veces, para regalarnos un abrazo.

Son simples y económicos bolis.

Pero los momentos que pasamos por su causa…

¡No tienen precio!

Dejé de teclear.

Miré las tazas.

Metí la mano en una de ellas y fui sacando los bolígrafos.

Había rojos, azules, verdes, negros, amarillos… algunos nuevos, otros mordisqueados, otros con esa tinta que ya casi no escribe pero que uno conserva vaya a saber por qué.

Los junté todos en la mano.

Al moverlos, chocaron unos contra otros con ese pequeño sonido de plástico y metal que hacen los bolígrafos cuando se amontonan.

Tac, tac, tac…

Por un momento me pareció estar escuchando nuestra propia historia: pequeñas cosas que se encuentran, se mezclan, se pierden y vuelven a aparecer.

Los guardé en mi bolso.

Esta vez los devolvería.

Solo que había una diferencia.

Esta vez era consciente.

Intencional.

Y mientras cerraba el bolso, volví a sonreír.

Porque quizá no eran los bolígrafos los que yo había estado coleccionando todo este tiempo.

Eran los momentos.

Y esos sí que no pienso devolverlos.


EPÍLOGO

Quizá por eso algunas cosas que parecen insignificantes terminan ocupando un lugar especial. No por lo que son, sino por todo lo que ocurre alrededor de ellas.


“No todo lo que llevamos en el bolso pesa.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


viernes, 18 de septiembre de 2026

"La cara de la verdad": Una reflexión sobre los recuerdos, las emociones y las distintas versiones que construimos de un mismo acontecimiento. Una historia familiar con humor y ternura..

 

“A veces, la verdad tiene varias caras.”


Prólogo

Hay momentos pequeños que terminan dejándonos una gran lección. Este nació de un susto doméstico y acabó mostrando algo que ocurre mucho más de lo que imaginamos: cada persona guarda una versión distinta de lo que pasó.


Dicen que con el tiempo uno se vuelve más sabio. Y yo, que soy una alumna renuente, solo he aprendido que:

La vida es efímera.

La vida es lo que sentimos.

La vida hay que vivirla amando,
solo amando.

Y que los recuerdos no son testimonio de algo que ha sucedido, sino la historia que escribe nuestra mente con las manos del corazón. Con su gramática de emoción e intención.

 Por ello, quizá, cuando relatamos una historia que hemos vivido con otras personas, nuestras versiones no coinciden en su totalidad.

Aquella tarde estaba fresca, y después del almuerzo, nos invitó a la pereza. Así que todos decidimos echar una buena siesta: nosotros, en la habitación, y la niña, acurrucada junto a la abuela, en el sofá.

 Al despertar, fuimos directamente al encuentro de ellas.

Pero no había un “ellas”.

Solo la abuela.
La niña no estaba.
Eso fue lo que sucedió.

 “Sin despertarla para no asustarla, empezamos a buscarla con todo afán. Al encontrar la puerta abierta de la terraza, por mi mente pasaron todos los escenarios posibles de una desgracia.

Mientras ella entró en pánico, yo fui a buscarla al exterior, bajo cada piedra, en cada rincón…, y ella seguía gritando su nombre con toda desesperación, sin dar un paso para buscarla. Solo suplicando que apareciera de la nada —versión del padre—.”

“No se despertó a la abuela para que no se angustiara inútilmente. Sabía que la niña estaría por allí metida, cerca, curioseando algo. Era una niña tranquila, acostumbrada a ir de la mano de su abuela o de algún adulto que la guiara y acompañara. No había nada que temer. Empecé a llamarla por su nombre, para que saliera de donde estaba, pidiéndole a Dios que lo hiciera rápido y se acabara la angustia del padre, que daba por hecho lo peor —versión mía—.”

 “Nos despertaron, interrumpiendo nuestra placentera siesta. ¿Cuál era la gritería? ¡Qué manera de despertarnos! Fue una desconsideración. No sé por qué no la buscaron donde la dejaron… ¡Qué poca confianza tuvieron en mí! ¡Vaya tontería! —versión de la abuela—.”

 Y sí, todas las versiones son verdaderas.

Un mismo hecho contado desde miradas diferentes. Cada uno contó cómo vivió, cómo sintió —desde sus emociones— el momento.

 ¿Y la niña? Se preguntarán ustedes.

La niña estaba acurrucada al costado de la abuela, casi incrustada en el sillón.

La abuela apartó su mantilla, develando la presencia de la criatura. Tenía en el rostro una expresión de pícara ternura, como de quien se considera triunfadora en un juego de “escondidas”.

 ¿Y la abuela?

Con cara de enojada por tanto barullo por nada. Sonrío al recordarla.

 Al final, nos miramos las caras y terminamos riéndonos. Porque es imposible que cada quien no relate su vida a su manera: para uno será un drama, para otro una comedia, para aquel una serie de suspenso y, para mí, ya ustedes saben…, una novela romántica.

 Cada uno cuenta la historia como la siente. Y yo, además, como me gusta.


Epílogo

Quizá por eso, cuando creemos recordar, también estamos creando. Y en esa creación caben el miedo, la ternura, la exageración y hasta una buena dosis de humor.


“Tal vez recordar también sea una forma de reescribir la vida.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 15 de septiembre de 2026

"Una relación perfecta": Reflexión sobre el amor, las relaciones y las diferencias entre las personas. Una mirada desde la fe sobre la imperfección, el perdón y el espacio que dejamos al otro para ser quien es.

 
“Amar también es saber convivir con las diferencias.”


Prólogo

A veces una conversación entre amigas termina llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos. Una charla cotidiana puede dejarnos una pregunta dando vueltas en la cabeza.


Hace unos días logré conseguir algo de tiempo para reunirme con un par de amigas. No es por falta de ganas que no lo hacemos más a menudo, sino porque nuestras vidas se desarrollan en contextos diferentes.

El encuentro fue el habitual: expresiones de alegría al vernos, abrazos y la típica zalamería entre besos y besos: “¡Qué guapa estás, el tiempo no pasa por ti!”. El estallido de risas no se hace esperar. Sabemos que nos mentimos, pero si esas mentirillas no las dicen las amigas… ¿Quiénes nos las van a decir?

Luego, lo obvio: ¡ponernos al día!

Al final, siempre terminamos conversando sobre un mismo tema: las relaciones y la dificultad de sostenerlas por las diferencias.

En las relaciones, decíamos, nunca estamos completamente de acuerdo.

Y quizá sea verdad.

Porque basta compartir una mesa, una casa, una conversación demasiado larga, para descubrir que el otro tiene otra manera de mirar. Otra forma de callar. Otra velocidad para enfadarse, para perdonar, para volver.

Con el tiempo, las relaciones terminan por craquelarse.

Una palabra que se dice mal. Una promesa que no llega a cumplirse. Una puerta que se cierra con un poco más de fuerza de la necesaria. Una costumbre que irrita. Un silencio que permanece en la habitación incluso cuando ya nadie recuerda cómo empezó.

Y hay que atenderla, cuidarla para que no se rompa… ¡y nosotros con ella!

Al volver a casa me quedé pensando profundamente en ello. Y me pregunté:

¿Acaso no puede darse una relación perfecta pese a nuestras imperfecciones?

Sonreí porque yo sí conozco una relación que siento perfecta.

¡La mía con Dios!

No porque yo sea perfecta. Precisamente por todo lo contrario.

Hay días en que me acerco a Él con las manos llenas y otros en que llego con ellas vacías. Días en que cumplo lo que me prometí y otros en que vuelvo a tropezar exactamente en la misma piedra. A veces me siento fuerte, luminosa, capaz de cualquier cosa. Y otras veces me descubro cansada, pequeña, decepcionada de mí misma.

Pero nunca he sentido que tenga que ser perfecta para acercarme a Él.

Puedo llegarle tal como estoy.

Siento su presencia a mi lado, sin reproches, sin ese dedo invisible que señala la caída. Casi puedo sentir una sonrisa tranquila, como quien mira a alguien que acaba de tropezar y, en lugar de preguntarle por qué no miró dónde pisaba, le tiende la mano.

“Vale, tranquila. Levántate. El próximo paso lo harás mejor”.

Quizá por eso pienso tanto en el amor.

Porque si esperamos que alguien nos ame solamente cuando coincidimos, cuando comprendemos, cuando acertamos, cuando no decepcionamos y cuando nuestras diferencias no incomodan, quizá no estemos hablando de amor.

Amar también debe ser aprender a convivir con aquello que no entendemos del otro.

Con sus silencios.

Con sus maneras distintas de sentir.

Con sus pequeñas sombras.

Con aquello que jamás haríamos de la misma manera.

No significa aceptar el daño, ni justificar la crueldad, ni quedarse donde el amor ha dejado de existir. Hay diferencias que enriquecen y diferencias que destruyen. Hay errores que pueden repararse y heridas que exigen distancia.

Pero entre esos extremos existe un territorio mucho más íntimo: ese lugar donde dos personas se miran y, aun sin pensar igual, deciden seguir caminando juntas.

Y entonces vuelvo a Dios.

Pienso que quizá esa sea la lección que me ofrece su amor: no me pide que nunca caiga. Me pide que, cuando caiga, sea capaz de reconocerlo, levantarme y volver a intentarlo.

¿No debería parecerse a eso el amor humano?

A veces me pregunto cuánto amor hay realmente en una relación.

Y cada vez creo más que la respuesta no está en cuánto coinciden dos personas.

Está en cuánto espacio dejan para que el otro pueda ser imperfecto sin dejar de sentirse amado.

Quizá esa sea la verdadera medida del amor.


Epílogo

Tal vez las diferencias no sean siempre aquello que nos separa. A veces pueden mostrarnos cuánto estamos dispuestos a comprender, cuidar y permanecer.


“Y tal vez amar sea dejar espacio para el otro.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


lunes, 14 de septiembre de 2026

"Cuando mirar atrás ya no basta": Una reflexión sobre las heridas de la infancia, los padres, el perdón y la responsabilidad de construir nuestra propia vida sin negar aquello que nos ocurrió.

 

“La herida no es toda la historia.”


Prólogo

“Hay heridas que necesitamos nombrar para comprenderlas. Pero quizá también necesitamos recordar que una herida explica una parte de nuestra historia, no necesariamente toda nuestra vida.”


Últimamente escucho hablar sobre el alto porcentaje de depresión en la población, sobre todo la joven.

De la infancia.

De los padres.

De aquello que nos faltó, de aquello que nos hicieron, de aquello que no supieron darnos.

Y me pregunto, sin saber muy bien dónde termina la pregunta y dónde empieza la respuesta: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de una infancia que nos marcó?

Quizá siempre haya existido la tristeza. La ansiedad. El miedo. La sensación de no encajar en la propia vida, ni en la sociedad. Quizá antes no teníamos tantas palabras —ni imágenes— para referirnos a ella y visualizarla como algo normal.

Ahora las tenemos. ¡Y hablar de ello se ha vuelto popular!

Y algunas veces me pregunto si, al ponerle un nombre a una herida, también corremos el riesgo de convertirla en un pequeño mundo donde los garabatos ocupan el lugar de la conciencia.

Pienso especialmente en los padres.

Es curioso cómo, cuando intentamos explicar lo que somos, volvemos una y otra vez a ellos. A lo que hicieron. A lo que no hicieron. A lo que dijeron. A lo que callaron.

Como si detrás de cada adulto hubiera que encontrar necesariamente a un padre culpable y a una infancia que explique todo lo que vino después.

Pero entonces pienso en algo mucho más sencillo y, quizá por eso, mucho más difícil de aceptar:

los padres también son seres humanos.

Llegaron a nosotros con sus propias historias. Con sus miedos. Con sus torpezas. Con aquello que habían aprendido y con aquello que nadie les enseñó.

A veces me pregunto si hemos aprendido a mirar tanto la herida del hijo que hemos dejado de mirar la fragilidad de quien la pudo causar.

No para justificarla.

No para decir que el daño no importa.

Sino para intentar comprender que quizá el amor humano no siempre se parece al amor que necesitábamos recibir.

Hay también una decisión misteriosa en el hecho de traer una vida al mundo.

Una persona pudo no hacerlo y, sin embargo, hacerlo.

Pudo sentirse demasiado joven, demasiado sola, demasiado asustada, demasiado incapaz. Y aun así continuar.

Y cuando alguien entrega a un hijo para que otro lo cuide, quizá podamos mirar esa decisión únicamente como abandono. Pero también podríamos preguntarnos si, en determinadas circunstancias, no hubo detrás una forma dolorosa de protección: yo no puedo darte lo que necesitas; quizá alguien pueda hacerlo mejor que yo.

No sé.

Quizá la verdad no sea nunca tan limpia.

Quizá haya egoísmo mezclado con amor. Miedo mezclado con ternura. Incapacidad mezclada con deseo. Como suele ocurrir con casi todo lo que hacemos los seres humanos.

Por eso me cuesta pensar que nuestros padres debieran haber sido perfectos.

Nosotros tampoco lo somos.

Y quizá una de las tareas más difíciles de crecer consista precisamente en dejar de pedirles a quienes nos dieron la vida que hubieran sabido vivirla perfectamente.

Y me pregunto si algún día podremos llegar a un lugar distinto: uno en el que comprender no signifique absolver, y recordar no signifique condenar.

Porque quizá nuestros padres no fueron solamente aquello que nos hicieron.

Quizá también fueron aquello que pudieron.

Y nosotros tampoco somos únicamente aquello que nos hicieron.

Somos, además, aquello que hacemos con lo que recibimos.

Precisamente por eso me resisto a las respuestas definitivas.

No somos iguales.

Y tal vez ahí esté la verdadera cuestión.

Quizá nuestra historia pueda explicar muchas cosas, pero no necesariamente tenga que convertirse en nuestra sentencia.

Quizá comprender a nuestros padres no nos quite el derecho a alejarnos de ellos.

Quizá reconocer sus heridas no borre las nuestras.

Quizá perdonar, cuando sea posible, no signifique decir que estuvo bien.

Y quizá hacerse responsable de la propia vida no consista en negar lo que nos ocurrió, sino en preguntarnos, algún día, qué queremos hacer con ello.

Quizá entre esas dos cosas exista un territorio mucho más humano.

Un lugar donde no haya culpables absolutos ni inocentes perfectos.

Solo personas.

Personas intentando, como pueden, no romperse del todo ni romperlo todo.

Y quizá crecer consista también en eso:

en dejar de mirar únicamente hacia atrás para preguntar quién tuvo la culpa...

y empezar, poco a poco, a mirar hacia delante para preguntarnos qué hacemos nosotros con la vida que, de una manera imperfecta, nos fue entregada.

Responsabilizarnos de ella no significa hacerlo todo solos. Significa reconocer que, cuando podemos, también podemos pedir ayuda, buscarla y participar activamente en nuestra propia recuperación.

Mirar la vida desde otra perspectiva.

Quizá nos sorprendamos con lo que veamos.


Epílogo

“Tal vez no podamos cambiar aquello que recibimos. Pero sí podemos decidir qué lugar ocupará en la vida que todavía nos queda.”


“La vida continúa.”

Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 11 de septiembre de 2026

"LA FORTALEZA DE MOSTRARSE": ¿Mostrarse nos hace vulnerables? Una reflexión sobre autenticidad, sensibilidad, límites y la fuerza de ser nosotros mismos sin entregar nuestra intimidad.

 

“Mostrarse no es quedarse sin armadura. A veces es elegir no llevarla donde no hace falta.”


PRÓLOGO

Hay frases sencillas que se quedan dando vueltas dentro de nosotros porque tocan una pregunta que quizá ya estaba allí.

Durante mucho tiempo aprendimos que protegernos significa reservarnos y controlar lo que mostramos. Como si revelar nuestra manera de sentir pudiera conceder a otros un poder que no deberían tener.

Pero quizá la cuestión no esté en cuánto mostramos, sino en desde dónde lo hacemos.


Hace unos días alguien me dijo algo que se quedó conmigo más de lo que esperaba.

—Oye, tú te muestras mucho. Compartes tu vida, lo que eres, lo que piensas, lo que sientes. Eso te hace vulnerable.

—¿En serio piensas que soy vulnerable? —fue lo único que alcancé a decir.

El comentario cayó dentro de mí como una piedra pequeña en un estanque.

Vulnerable.

Y me pregunté si mostrarme como soy me hace vulnerable o si puede ocurrir justamente lo contrario.

Yo escribo desde lo que pienso, siento y, muchas veces, he vivido —porque, además de experiencia, tengo imaginación y creatividad—.

Si soy romántica y sensible, lo soy. Si algo me conmueve, no necesito esconderlo.

Si una experiencia me ha dolido, puedo contarla. Si me ha hecho feliz, tampoco necesito guardarla bajo llave.

Y entonces pensé en las casas.

Hay casas que tienen las ventanas siempre cerradas. Desde fuera nadie sabe qué ocurre dentro.

Y hay otras que las abren por la mañana y dejan entrar el sol.

Pero una ventana abierta no significa que la puerta también lo esté. Mostrar una ventana no es entregar la llave de una casa.

Cuando escribo sobre mi vida, hay cosas que no cuento y otras que se transforman como herramienta literaria. No porque me avergüencen. Hay detalles que simplemente no pertenecen al relato.

Y algunos, sencillamente, ¡me pertenecen!

No todo lo que vivimos necesita convertirse en palabra. La honestidad no consiste en vivir con todas las puertas abiertas, sino en no fingir que detrás de ellas hay otra persona.

Pero también me he preguntado otra cosa.

¿Y si esconder nuestras vulnerabilidades no siempre nos protege?

Aquello que ocultamos con demasiado empeño puede despertar precisamente la curiosidad que queríamos evitar.

Si cierro todas las ventanas, quizá nadie sepa qué hay dentro de mí. Pero lo desconocido tiene una curiosa manera de llamar la atención.

¿Qué estará ocultando? ¿Por qué se protege tanto? ¿Dónde estará su punto débil?

En cambio, cuando digo quién soy, qué siento y qué me conmueve, ¿qué queda por descubrir?

Si muestro mi sensibilidad es porque no me avergüenza tenerla.

Si digo que soy romántica, no estoy confesando una debilidad que alguien haya descubierto. Se la estoy mostrando yo.

Si cuento que algo me ha dolido, tampoco estoy entregando un arma. Estoy diciendo que ocurrió y que forma parte de mi historia.

¿Qué podrían descubrir de mí que yo misma no sepa?

Quizá ahí esté una parte de la fortaleza de mostrarse.

Una cosa es que sepan dónde está una herida y otra que tengan permiso para tocarla.

Puedo mostrar la herida sin entregar la mano de quien quiera hacer daño.

Y entonces comprendí que hay una clase de fortaleza que no necesita endurecerse.

No necesito convertir mi corazón en piedra para demostrar que soy fuerte.

También tengo mis armas: la experiencia, la intuición, el pensamiento y la capacidad de reconocer quién merece acercarse y quién debe quedarse al otro lado de la puerta.

Mostrarme no me hace vulnerable, sino valiente.

Hay una diferencia entre ser vulnerable y estar a merced de alguien.

Puedo contar una historia y guardar aquello que no necesito convertir en parte de ella.

Puedo mostrar el corazón sin ponerlo en manos de cualquiera.

Y quizá la autenticidad sea justamente eso:

no esconderse por miedo,

pero tampoco entregarse por necesidad.

Saber quién eres y qué merece permanecer contigo.

La verdadera protección no está en que nadie conozca nuestros puntos sensibles, sino en que nosotros los conozcamos primero, los aceptemos, sepamos defenderlos y sepamos quién merece acercarse a ellos.


EPÍLOGO

Quizá la madurez no nos enseñe a cerrar las ventanas, sino a decidir cuáles queremos abrir y ante quién.

Hay partes de nuestra historia que pueden permanecer fuera de la mirada ajena sin que por ello dejemos de ser sinceros.

Conocerse permite algo que el miedo nunca puede ofrecer: la posibilidad de elegir cuándo hablar, cuándo callar, a quién acercar y de quién tomar distancia.

Y quizá ahí resida una forma serena de libertad: no necesitar esconder nuestra manera de ser para sentirnos a salvo, pero tampoco exhibirla para sentirnos aceptados.


“No somos libros usados que se regalan en ferias, somos libros que nos abrimos en aquellas páginas que permitimos que se lean”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel