Hay días en que el alma no quiere hablar… solo respirar despacio dentro del silencio.
Prólogo
A veces escribir no nace del impulso de decir, sino
del cansancio de sentir demasiado.
Existen días suaves, lentos, casi suspendidos, donde las palabras dejan de
empujar desde dentro y se quedan quietas, dormidas en algún rincón del pecho.
No por ausencia, sino por tregua.
Este texto habita precisamente ahí: en el espacio
donde el silencio también tiene voz, donde la pausa no es vacío, sino refugio.
Aquí no hay heridas abiertas buscando poesía, ni nostalgias reclamando un
nombre. Solo un cuerpo cansado mirando la luz caer lentamente sobre el mundo,
mientras la primavera respira alrededor como un recuerdo tibio.
Porque incluso cuando no escribimos, algo dentro de
nosotros sigue pronunciándose en secreto.
Texto
Hoy la palabra me busca… y yo decido esconderme en el
silencio.
Hay días en que la palabra no nace… y, sin embargo, respira
en mí.
Hoy el cuerpo amanece lento, como si la piel pesara más que los pensamientos.
Las letras se quedan dormidas en la boca, tibias, sin
hambre, sin ganas de ordenarse y tener sentido.
No escribiré.
Saldré a caminar —como siempre, pero despacio—, dejando que
el aire roce mi piel como una caricia distraída, que el cielo —de ese azul
cobalto profundo— me cubra como una sábana fresca recién tendida.
La primavera respira deprisa,
la siento en el pulso de las hojas,
en el leve perfume verde que se cuela entre las calles vacías,
como si el mundo aún bostezara conmigo.
Hoy no quiero lamer mis cicatrices con tinta.
Me da pereza hurgar entre recuerdos de amores fallidos, aquellos por los que mi
inspiración sonaba a suspiros brotados de un corazón herido.
Los amores pasados se quedan donde están, cerrados como
frascos de tapas atascadas, con su aroma agridulce intacto. No los abro. No
hoy.
Mi pecho no tiene ganas de suspirar memorias ni de lamer
heridas con tinta.
Tampoco inventaré tragedias ni encenderé mundos imposibles.
Prefiero quedarme quieta,
mirando cómo la luz se posa en las cosas pequeñas,
cómo la tarde se desliza como una mano lenta sobre los tejados.
La luna vendrá después, redonda, casi íntima, mirándome como
si supiera algo de mí que yo hoy no quiero recordar. Y yo la miraré de vuelta,
con ese cansancio suave que se estira como un bostezo largo, tragándose versos
sin escribir.
No. Hoy no escribiré.
Me quedaré en la cama,
con las sábanas enredadas en las piernas, abrazándome como un secreto, mientras
el tiempo —lento— se derrite entre mis dedos,
escuchando el leve crujido del silencio,
y dejo que el calor se apague despacio en mi vientre
como una brasa que aún guarda memoria del fuego.
Y en ese casi nada,
en ese no decir,
también respiro.
Porque incluso cuando renuncio a la palabra, ella insiste en
escribirse en mis sueños.
Porque hay silencios que dicen más que cualquier verso que se atreva a nacer.
Epílogo
Quizá mañana regresen las palabras.
Tal vez vuelvan con la urgencia de siempre, golpeando la garganta, pidiendo
convertirse en poema. Pero hoy no. Hoy el silencio ha pedido espacio, y por una
vez, ha sido escuchado.
También existe belleza en detenerse.
En no abrir las heridas.
En dejar intactos ciertos recuerdos para que descansen donde pertenecen.
Hay días en que sobrevivir suavemente ya es una forma
de poesía.
Y hay silencios tan llenos de alma que ninguna palabra logra alcanzarlos.
Al final, incluso el silencio termina escribiendo
aquello que el corazón todavía no se atreve a decir.
Nota: publicación en la plataforma de TikTok, Cuenta: @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel