“No fue tu silencio lo que me liberó; fue mi decisión de escucharlo sin miedo.”
Prólogo
“Hay encuentros que no necesitan piel para sentir.
Aunque los caminos se separen y los cuerpos nunca se crucen, la vibración de
ese beso de almas permanece, recordando que algunas pasiones viven más allá de
lo tangible, eternas en la memoria de quienes supieron sentirlas.”
La Boca: el deseo
Hay emociones y sentimientos que nacen —sin quererlo ni
buscarlo— de una conexión espontánea. Una energía que se alimenta de presencias
sin roces, de miradas furtivas, de sonrisas que delatan palabras atragantadas,
de guiños y gestos fugados… ¡de un silencio ensordecedor!
Qué fácil es escribir cuando el amor y la pasión acompañan.
No hay esfuerzo: las manos obedecen al corazón, las ideas fluyen como agua que
cae en cascada. Todo suena bien, incluso lo imperfecto.
Tu boca… ¡esa boca!
Tantas veces la imaginé: tibia, húmeda, viva.
Pensaba en la suavidad de tus labios, en el roce áspero de tu lengua, en el
calor de un aliento que alguna vez creí que me pertenecía, aunque fuera en
sueños.
Tu boca era deseo y refugio. Eso quise creer. Ya no.
Esa boca nunca pronunció mi nombre.
Calló cuando más necesitaba oír tu voz…
El Silencio: la herida
Aprendí que el silencio habla, aunque en un idioma extraño
que necesita descifrarse sin un manual que nos enseñe a hacerlo. Es confuso,
cruel.
Hiere lentamente, más que una palabra contenida.
El que guarda silencio transmite un mensaje despiadado:
no es timidez,
ni miedo,
ni prudencia,
ni cuidado…
¿Es eso?
Me enamoraste sin hablar, como quien lanza una piedra y
observa si el agua se mueve.
Y mientras yo buscaba sentido en tus gestos, tú encontrabas refugio en mi
confusión.
Hay silencios que no esconden ternura: son juegos del ego.
¿De eso se trata?
Y aunque duelan, también enseñan. Porque el alma que se
queda esperando una palabra… su voz termina aprendiendo a hablarse sola.
Y en ese monólogo surge el entendimiento de lo que:
el cuerpo no puede entender,
la mente no acepta,
y el corazón rechaza.
No sé —ni jamás sabré— lo que tu silencio significaba.
Sí sé que levantó un muro entre nosotros.
De un lado tú, con tu calma inexplicable.
Del otro, yo, con el ruido de mis pensamientos intentando descifrarte.
A veces —creo— que el amor se
pierde exactamente ahí:
en esa grieta donde uno calla y el
otro imagina.
Qué cruel puede ser la mente
cuando ama: fabrica voces donde solo hay vacío.
Y está bien, no pasa nada… es la vida con sus juegos y sus
trampas.
En mis letras no hay quejas, mucho menos reclamos.
Solo abro mi pecho para que salga todo eso que me hiere, para que, al poner el
punto final, mi herida pueda terminar de sanar.
La Voz: la liberación
Entiendo que no todo lo que se calla se pierde: algunas
cosas simplemente se transforman.
Hablar ya no me duele; me define.
Callar ya no me oprime; eleva mis pensamientos al nivel de conciencia.
A veces me sorprendo recordándote. No con nostalgia, sino
con gratitud.
Sin ti no habría comprendido que amar también es saber soltar cuando no genera
paz y se pierde dignidad.
Tu silencio fue un espejo. En él me vi, me reconocí, me
elegí.
Gracias por existir y haber coincidido conmigo.
A ti te amé como se ama el reflejo propio.
De ti aprendí el valor del amor propio
y que —a veces— perder también es ganar: queda lo que soy después de ti.
Hoy te suelto con la misma ternura con la que te recibí,
consciente de que ya formas parte de mi historia… una que siempre mantendré
viva —con ternura, amor y pasión— gracias a un cerebro que no distingue entre
recuerdos y sueños. Uno que me hace creer que esa mirada del ayer sigue
ocurriendo, que ese encuentro soñado del mañana ya ha sucedido.
Un don divino para llenar vacíos, permitiendo que se pliegue
la línea de los tiempos, generando las emociones de un eterno presente.
Un presente —consciente, sin sombras— mío y solo mío, donde no hay nombres ni
espacio para dos.
Tu boca, tu silencio.
Mis letras, mi despedida.
EPÍLOGO
El amor y la pasión que despierta una conexión nacen
como un torbellino. Pero el silencio y la distancia actúan de otra manera. Son
como una puerta que se va cerrando sin ruido, sin rabia, sin reproches. Se
cierra despacio, con ternura. Y cuando finalmente queda clausurada, no deja
vacío, sino un silencio nuevo: uno propio que la vida, poco a poco, nos enseña
a soltar.
“Solo queda una
pregunta en el aire:
¿No se te
ocurrió guardar silencio sellando tu boca con mis besos?”
Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel