Todas las
historias que se narran son basadas en hechos reales. Todas. O quizá solo
algunas. El
destino actúa más allá de la voluntad humana y de la realidad aparente.
Historias reales o inventadas nos recuerdan que hay fuerzas invisibles que
entrelazan vidas, tejen encuentros y colocan cada pieza del rompecabezas de la
existencia en su lugar.
La coincidencia
Era la hora pactada
para la reunión extraordinaria convocada por la Secretaría de Profesionales y
Técnicos del Partido Demócrata Cristiano, y aun así la sala permanecía con un
murmullo expectante. La luz del mediodía se filtraba por las persianas, dibujando
líneas en el suelo que parecían marcar el tiempo que se escurría lentamente.
Faltaba por hacer acto de presencia el convocado principal: el candidato
postulado para las próximas elecciones.
Los allí reunidos
conversaban entre ellos con un murmullo entrecortado. Algunos en voz baja, casi
susurrando secretos; otros sin disimulo alguno, dejando escapar risas nerviosas
ante algún chiste político. Había inquietud flotando en el aire, un malestar
sordo que se sentía en la tensión de las manos entrelazadas, los pies inquietos
y las miradas que se desviaban de un lado a otro. Sin embargo, entre la
ansiedad, se percibía también un hilo de humor: el eco de algunas risas parecía
aliviar por momentos el peso de la espera. Eran muchos los asuntos a discutir,
coordinar y resolver, como piezas de un rompecabezas que necesitaban encajar
perfectamente.
La Secretaria,
inquieta, optó por coger su teléfono y marcar el número del candidato, justo
cuando la puerta se abrió y él apareció en el umbral. No vino solo. Traía
consigo a alguien desconocido para ella, aunque no del todo: había en su
fisonomía un aire familiar, un rasgo que despertaba recuerdos vagos, como
fragmentos de sueños casi olvidados.
Al solicitarle que
se identificara para dejar asentada su concurrencia en el acta, ella levantó la
vista y lo contempló con el entrecejo fruncido, atrapada por el asombro.
—¿Será familiar del farmacéutico? —se preguntó para sus adentros, mientras un
cosquilleo de curiosidad se mezclaba con la sorpresa.
Durante la reunión
no logró apartar los ojos de él. Cada gesto, cada palabra parecía traer consigo recuerdos de aquel evento extraño del pasado de su padre, como sombras que reaparecen a través de la
memoria.
Al concluir la
reunión, cuando el hombre se acercó a firmar el acta, le susurró
al oído que no se fuera sin antes hablar en privado. El hombre asintió. La sala fue quedando vacía, con el resonar de pasos que se apagaban
hasta dejar solo un silencio cargado de expectativas. Finalmente quedaron ellos
dos, frente a frente, rodeados por la quietud del espacio que parecía contener
la respiración.
Sin vacilar, ella
preguntó:
—¿Eres familiar del
farmacéutico que tenía la botica en la calle de entrada del Puerto, donde en el
piso de arriba vivía un joven migrante español? El farmacéutico que murió, hace más de veinte años, en un accidente automovilístico…
—Sí —respondió él,
con la voz breve y firme—, sí lo soy.
Ella se recostó en
el espaldar de su asiento, dejándose envolver por la luz que se filtraba desde
la ventana, y lo observó con una sonrisa extraña, como esas que dibuja la
ironía de la vida cuando decide jugar sus cartas en el momento menos esperado.
—¿Nos tomamos un
café mientras te cuento algo relacionado con él, que quizá desconoces?
Se sentaron juntos
y compartieron ese café, cuyo aroma llenaba la pequeña sala con notas de
tostado y canela, mientras el sabor se tornaba dulce en medio de la historia
que ella comenzaba a narrarle en torno a un testimonio que diera su padre en su presencia, como un puente tendido entre el pasado y el
presente.
La historia que ella le contaba
Era el día del año
más alegre e importante para la familia. El día en que se reunían todos los
familiares: los que compartían techo y los que habían formado sus propios
hogares en otros lugares. Estaban todos, y la casa parecía contener, como un
cofre ansioso, la energía acumulada de meses de separación.
La celebración
comenzaba una semana antes, con un paseo muy especial: la elección del árbol de
Navidad. Debía ser el más alto, el más frondoso, un gigante verde que dominara
el salón como un guardián silencioso de las fiestas. La tarea era divertida y,
a la vez, fuente de debate acalorado; cada opinión chocaba como motas de polvo que caen desde distintos ángulos. Al final, papá dejaba la decisión final a mi
madre… y, como siempre, ella acertaba. La alegría se disparaba, cálida y
contagiosa, y continuábamos con la aventura: subir el árbol al techo de la
camioneta y llevarlo a casa. No era un simple traslado, sino un ritual, una
ceremonia que nos incluía a todos en un acto de complicidad familiar.
El camino de
regreso tenía una parada obligada. Era tradición. Nos adentrábamos en un pueblo
cercano, donde mi padre conocía a una familia que, aunque no formaba parte de
nuestra vida cotidiana, tenía un espacio propio en la suya. Nos recibían como
si fuéramos familiares cercanos, con la calidez de quienes abren la puerta al
afecto sin condiciones.
El hombre de la
casa caminaba con pasos que parecían marcar el tiempo: cada pisada era solemne,
cargada de significado. Su presencia era litúrgica, como si él mismo fuese
parte de un ritual ancestral. Amable, sí, pero con un respeto silencioso que se
imponía sin palabras. Tenía un porte sacramental: su cuerpo, sus gestos, todo
él parecía signo de algo profundo y callado: fe, autoridad moral,
trascendencia, misterio…
Procedía a bendecir
nuestro árbol. Ni yo ni mis
hermanos preguntábamos nada sobre aquel ritual, que se repetía año tras año
desde que tengo memoria. Aunque resultaba extraño, también era especial y
mágico, perfectamente acorde con el espíritu navideño que nos envolvía.
Al llegar a casa,
con la misma algarabía, todos colaborábamos en colocar el árbol en el salón, en
un lugar que parecía diseñado especialmente para él y para la celebración que
estaba por suceder. Durante el trajín, las voces infantiles se elevaban como un
torrente de agua que no puede contenerse, alborotadas, jugando y gritando como
si cada risa fuese un golpe de tambor en la ceremonia de la Navidad. La voz
paciente de mi madre, llamándonos a tener cuidado para no romper ninguna rama,
imponía un contraste delicado; entonces, por un instante, nos deteníamos,
observando el rastro de agujas que el árbol dejaba a su paso, como si fueran
testigos silenciosos de nuestro entusiasmo.
Una vez ubicado y
sostenido, abrir sus ramas era otro ritual. Lo hacíamos con amor, con cuidado,
desplegando cada ramita como si fuera un pétalo de flor de mayo. Al abrirse por
completo, nos sentábamos a su alrededor en silencio, contemplándolo. El olor a
pino silvestre nos envolvía, trayendo consigo la fragancia viva de la montaña,
mezclada con la calidez del hogar. La atmósfera anticipaba el festejo: el
reencuentro con tíos y primos, sus caras y sus sonrisas; la música navideña
apenas audible, ahogada por las risas y el parloteo de los adultos, ansiosos
por contarse lo acontecido durante el año. El tiempo parecía una banda elástica
que podían estirar y retraer a voluntad.
Llegado el día,
todo aquello que la presencia del pino había evocado sucedía de manera
tangible. Él estaba vestido de fiesta, iluminado por pequeñas luces blancas,
irradiando un brillo suave que se reflejaba en los ojos de todos nosotros.
Pasada la
medianoche, ya entrada la madrugada del 25, todos estaban donde deseaban estar:
los niños, algunos tumbados en el suelo jugando con sus regalos, otros dormidos
en sofás o incluso en el piso. Los adolescentes se apartaban, formando un
círculo en el suelo, inclinados hacia delante, cabezas juntas, hablando en voz
baja, compartiendo secretos que solo las hormonas pueden dictar. Yo debería
estar entre ellos, pero no lo estaba. Prefería sentarme con los adultos. Sus
historias me fascinaban: no solo las contaban, sino que las sentían, las
escenificaban.
Era un teatro
espontáneo, improvisado, con actores no anunciados y diálogos que surgían como
corrientes subterráneas. Uno de ellos ocupaba el centro del escenario: mi tío,
narrando un cuento. Su voz cambiaba, su cuerpo se tensaba, y por momentos
parecía que la historia lo poseía, moldeando su carne y su gesto. Una explosión
de risas recorrió la sala. Mi madre, con un discreto codazo a mi padre, le
indicó que era momento de tomar la palabra. Él, sin esperar un segundo codazo
más, acomodó su postura, adoptando una expresión algo siniestra, como si la
oscuridad de su relato ya se hubiera instalado en el ambiente.
Fue esa madrugada
del 25 cuando escuché, por primera vez, la historia del excomulgado.
La historia del excomulgado
Cuando aquel joven
inmigrante español entró en la farmacia, cargado con dos maletas de cartón y
una serie de objetos sostenidos entre sus brazos, apretados contra los
costados, el farmacéutico lo observó de arriba abajo como si estuviera midiendo
la forma de un sueño por definir. La luz del día que se filtraba por la vitrina
le hacía brillar la piel pálida y delgada, acentuando cada línea de su rostro:
ojos negros que se hundían en profundos pozos de misterio, pómulos que se
destacaban como montañas talladas, y una mandíbula cuadrada que parecía
cincelada por manos invisibles. Su figura era un contraste extraño: erguido,
pulcro, sonriente, y al mismo tiempo, emitiendo un aura de hambre y soledad que
se percibía como un frío que recorriera el aire de la farmacia, silencioso pero
presente.
—¿Qué te trae por
aquí? —preguntó el farmacéutico, con voz cálida, con la amabilidad de quien
abre una puerta invisible—. ¿Puedo ayudarte en algo?
Aquellos dos seres
no tenían idea de que estaban a punto de entrelazar sus vidas, no solo por
años, sino más allá de la muerte. El joven, impecablemente educado, con una
cortesía que parecía heredada de otra época, le explicó que solo quería
mostrarle algunos objetos que vendía. Sacó primero los que llevaba en brazos,
luego los de una de sus maletas, colocándolos sobre el mostrador con
delicadeza, como si estuviera ofreciendo fragmentos de su propia existencia.
—¿Y qué llevas en
la otra maleta? —preguntó el farmacéutico, curioso y esperanzado. Deseaba
comprar algo, cualquier cosa, para ayudarlo, pero lo que había mostrado no
despertaba su interés.
—¡Ah! No —respondió
el joven, con una sonrisa tímida, y un dejo de vergüenza—. En esa maleta solo
llevo mis pertenencias. No es para la venta.
Y entonces empezó.
Una conversación larga, profunda, un puente invisible que se tendía entre sus
almas. La conexión se estableció de inmediato. Era como si el universo jugara
con piezas de un rompecabezas demasiado grande para ellos, ignorando la voluntad
de Dios, tejiendo y cortando hilos invisibles que solo la intuición humana
podía rozar.
El joven llevaba
consigo todas sus pertenencias porque no tenía un lugar fijo donde dormir. Cada
noche era una improvisación: una puerta que se cerraba, un piso donde caía el
cansancio, la incertidumbre y el frío. Pero esa tarde, aquella conversación, esa
oferta de hospitalidad, cambió todo. De hablar con seriedad, pasaron a reír, a
tomar café; el olor amargo y cálido del café recién hecho llenaba la farmacia,
mezclándose con los aromas de la madera y del vidrio limpio, con un perfume de
hogar que el joven no había conocido en meses. Al final, hicieron negocio: el
farmacéutico le ofreció una habitación con ventana y baño en lo alto de la
farmacia. Podía quedarse allí, vivir allí, a cambio de mantener la farmacia
limpia. Era un acuerdo simple, elegante, y ambos lo aceptaron con una sensación
de justicia y armonía.
La primera noche,
cuando el joven durmió en “su” habitación, fue como despertar de un sueño que
nunca había soñado. Por fin tenía un lugar propio en esa tierra extranjera, un espacio donde podía
soltar el peso del mundo. Vaciar maletas, colocar objetos, disponerlos como
trofeos de su nueva vida errante: cada libro, cada fotografía, cada objeto era un
pequeño monumento a su existencia. Sonreía mientras lágrimas silenciosas caían,
mezclando emoción y alivio. Se asomó a la ventana. Las luces del puerto
titilaban en la distancia como luciérnagas atrapadas en la bruma. La sal del
mar le tocaba la piel, le llenaba los pulmones, le hablaba de su tierra natal
sin que un solo familiar estuviera cerca. El murmullo del mar lo serenaba, lo
abrazaba, lo acunaba; era un canto familiar, una nana que traía memorias que
creía olvidadas. Esa noche, después de limpiar la farmacia, durmió profundo,
entregado, sin más preocupaciones que dejar que el cansancio lo llenara y el
sueño lo abrazara.
El tiempo pasó, y
con él, la amistad se fortaleció. El joven dejó atrás el hambre, dejó de
deambular vendiendo objetos puerta a puerta. Estudió, consiguió un empleo,
escaló posiciones, y la vida lo recompensó. Ya no vivía en la habitación del
techo, ni se ocupaba de la limpieza nocturna. Pero el vínculo con el
farmacéutico permaneció sólido, como el de un hijo con un padre, como la raíz
que sostiene un árbol contra la tormenta. Hasta que el destino los separó… o al
menos eso parecía.
Un día cualquiera,
el joven estaba en casa escribiendo una carta para enviarla a España, al amor
de su vida, preparando el matrimonio por poder que traería a su amada a
Venezuela. La felicidad lo llenaba, los sueños se alineaban. Entonces, un golpe
apresurado sacudió la puerta, interrumpiendo el tiempo y el espacio. Se
levantó, el corazón latiendo rápido, y abrió:
—Necesito que venga
conmigo. El Dr. Serral desea comunicarle algo, urgente —dijo el mensajero, sin
saludo ni explicación.
—No sé quién es
usted, ni quién sea ese Dr. Serral. El que yo conocía falleció hace dos años en
un accidente automovilístico —respondió el joven, con firmeza, intentando
ocultar la confusión y el miedo que lo recorría.
—Es el mismo.
Necesita darle un mensaje, hoy. Ahora. Por favor, venga conmigo —añadió, como
si pronunciara un código secreto—: “Las Palmas no es lo mismo que estas palmas,
pero pueden serlo si lo eliges”.
Al escucharlo, la
piel del joven se erizó. La frase estaba cargada de memorias, de cariño, de
autoridad silenciosa: era la que el Dr. Serral le repetía cuando la nostalgia
lo atrapaba, cuando la tristeza se hacía tangible en su pecho. No había duda:
era su amigo farmacéutico, más allá de la muerte, y algo extraordinario
ocurría.
Siguiendo al extraño, salió al puerto. La
brisa, que antes le parecía un susurro acogedor, ahora mordía su piel y le
traía olor a sal y advertencia. Las calles, cubiertas de sombras, parecían
callejones de un laberinto imposible de sortear. Las farolas dibujaban
manchas de luz que se movían con el viento; el mismo viento que zarandeaba las hojas de las palmeras que simulaban garras queriéndolo atrapar; el mar rugía en lugar de susurrar,
golpeando los muelles como un tambor de guerra. Cada paso del joven sobre el
empedrado resonaba en su pecho, acompañando el golpeteo acelerado de su
corazón. Sentía el miedo como un peso húmedo en la espalda, pero la voluntad de
encontrar a su amigo lo impulsaba hacia adelante.
Al llegar, el lugar
era lúgubre y silencioso, apenas iluminado por velas que lanzaban sombras
danzantes, amenazantes, que parecían cobrar vida. Otras figuras se movían entre
la penumbra, irreconocibles, como espectros atrapados entre dos mundos. El
joven sentía frío en los huesos, respiración entrecortada, cuerpo tenso, pero
no se detenía. Quería entender el mensaje, aunque viniera del otro lado.
Y lo logró.
Desentrañó el
mensaje. Escuchó la voz de su amigo. No solo eso: recibió una misión. Debía
encontrar a su sobrino y advertirle que no ingresara al sacerdocio, porque ese
no era su destino. Si lo hacía, sería excomulgado.
La experiencia lo
desbordó. Salió del trance con la sensación de que algo en él había quedado
fuera de lugar, fragmentos de su alma dispersos en otra dimensión. Días enteros
se dedicó a recomponer su ánimo, a entender la experiencia, a recuperar la
normalidad. Había sobrevivido al miedo, pero una parte de él permanecía en la
penumbra, donde el amigo que ya no estaba todavía hablaba.
Buscó en páginas
amarillas, preguntó a vecinos, visitó oficinas públicas y parroquias, pero no
halló ningún rastro de otro “Serral”. Pasaron los años y, a donde quiera que se
mudara, siguió buscando. No logró encontrarlo para entregarle el mensaje a tiempo.
Por mucho tiempo
sintió que había fallado.
Que le había fallado a su amigo,
El farmacéutico
La revelación
Mientras ella le
contaba la historia, él escuchaba, atento, sin atrever a interrumpir. El
café humeaba frente a él, y cada sorbo era un puente que lo unía a la narradora
y al relato que se desplegaba como un tapiz lleno de viejos secretos. Sus ojos
recorrían los de aquella mujer, cautelosos, como quien contempla una
joya frágil, temiendo romperla con la mirada. La historia fluía entre ellos
como un río oscuro y profundo, lleno de recovecos, curvas y remolinos que
prometían misterios aún no revelados, sin un final conocido, suspendido en el
aire denso del café y del humo que ascendía lentamente de las tazas.
—Por eso me he
tomado el atrevimiento de invitarte a conversar, sin conocerte —dijo ella, con
una voz que mezclaba respeto y determinación—. Me gustaría saber si tú sabes
algo de esta historia, si es verdad o es invento de mi padre. Te confieso que
es algo que siempre he querido averiguar.
—No sé si la
historia, tal como la cuenta tu padre, es cierta —respondió él, pausadamente,
con la suavidad de quien mide cada palabra—. Pero sí puedo confirmarte que el
Dr. Serral, el de la farmacia del Puerto, en aquel tiempo, y que murió en un
accidente automovilístico, tuvo un sobrino cura… que fue excomulgado. Mi
hermano. Tu padre lo conoce; se tratan…
Ella asimilaba las
palabras como quien recibe un golpe inesperado que al mismo tiempo abre
puertas.
—Pero mi padre dice
sentir que le ha fallado a su amigo por no haber cumplido la misión que le
encomendara, por no haberlo encontrado —dijo ella, con una mezcla de
incredulidad y urgencia contenida.
—Cierto —asintió
él, apoyando su voz en la certeza de la memoria—. No lo encontró “a tiempo”;
cuando dio con él, ya se había ordenado, es más, ya lo habían excomulgado.
Según me cuenta mi hermano, tu padre lo buscaba por el apellido Serral. Lo que
pasa es que somos sobrinos de mi tío farmacéutico por parte de madre, y nuestro
primer apellido es otro, el de nuestro padre. Si yo no te doy mis dos
apellidos, tú tampoco hubieras dado conmigo para tener esta conversación. Tú
también conoces a mi hermano, el cura excomulgado. Es quien todos los años
bendice el árbol de Navidad. Yo he estado ahí, he observado el ritual. Siempre
he sabido quién eres.
Ella permaneció un
instante en silencio, atrapada entre la incredulidad y el asombro. Sus manos
sobre la taza temblaban apenas, como si el calor del café no pudiera contener
la corriente eléctrica que recorría su cuerpo. Cada palabra del hombre era un
peso y, al mismo tiempo, un alivio: la verdad que se había escondido en capas
de tiempo y silencio ahora caía como lluvia lenta, penetrando hasta los
rincones más recónditos de su memoria.
—Además —continuó, tras una breve pausa, como si necesitara tomar aire antes de poner en palabras aquello que llevaba tiempo meditando—, el hecho de que mi tío, desde el otro lado, le haya confiado esa misión a tu padre… y el hecho de que tu padre la haya asumido como una deuda moral, como un compromiso íntimo que debía honrar, no fue un error ni una casualidad. Fue, creo yo, la voluntad de Dios manifestándose de una forma que a veces nos resulta incomprensible.
Se inclinó levemente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, como quien desea que lo que va a decir sea escuchado no solo con los oídos, sino con el corazón.
—No para impedirle a mi hermano vivir lo que tenía que vivir —prosiguió—, ni para evitarle la experiencia que le tocaba atravesar, con todo lo que implicaba: el aprendizaje, la caída, la lección y también aquello que debía dar a otros en esta vida. No. La búsqueda no era para desviar su camino, sino para anudarlo con otros. Para que los lazos de familiaridad, de afecto y de destino que habían nacido entre tu padre y mi tío no se rompieran con la muerte, sino que encontraran una forma de continuidad.
Alzó la mirada, firme, serena, como quien ha hecho las paces con una verdad que ya no duele.
—¿Has pensado alguna vez en eso? —preguntó con suavidad—. Yo sí. Y lo creo profundamente. Por eso te digo que no te preocupes. Tu padre no falló. Nunca falló. El mensaje, la misión, incluso la aparente demora… todo eso fue solo un instrumento del destino. Un modo de mantener vivos los hilos que ya estaban tejidos, aunque nadie pudiera verlos.
El hombre terminó
su café y se puso de pie con un movimiento tranquilo, decidido, como quien
cierra un círculo invisible. Se acercó a ella, todavía sentada, descolocada por
la magnitud de la revelación. Con suavidad, le apoyó la mano en la cabeza y,
con la yema de los dedos, dibujó gestos lentos de caricia, pidiendo sin
palabras que se calmara, que todo estaba bien, que no había nada que temer, solo
verdad. El gesto era casi ceremonial: un toque que hablaba de confianza, de
cercanía y de silencios compartidos, de mundos que se conectan sin necesidad de
palabras.
—Si este año van a
bendecir el árbol, como acostumbran, allí nos encontraremos —dijo finalmente,
la voz cargada de promesa y calma—. Le pediremos a tu padre y a mi hermano que
nos cuenten la parte de la historia que no conocemos: el encuentro de ellos… sería
justo, ¿no?
Ella levantó la
mirada y lo observó. En sus ojos se reflejaba la luz de la tarde que entraba
por la ventana, mezclada con la certeza de lo que acababa de escuchar: una
historia que no era solo de su padre, ni suya, sino de todos los hilos invisibles que los
unían. El aroma del café permanecía entre ellos, cálido, envolvente, como un
recordatorio de que el pasado, por mucho que intente esconderse en el olvido, siempre deja su rastro —para ser encontrado— por quienes lo recuerdan.
Al final, comprendemos que la vida es un tapiz de hilos
invisibles, donde cada intención humana —por bienintencionada o equivocada que
sea— se enfrenta a la fuerza más grande: la voluntad divina. A veces parece que
fallamos, que las piezas no encajan, que los hilos se rompen… pero siempre hay
un diseño más amplio. Queda en nosotros aceptar que, aunque no entendamos los
caminos ni los silencios, hay una fuerza que teje, une y redime, y que en su
red invisible, somos todos parte de algo más grande que nuestra voluntad.