A veces, lo que más duele no es descubrir una realidad, sino descubrir que era distinta de aquello en lo que habíamos creído.
Prólogo
Hay lugares a los que llegamos con la ilusión de haber
encontrado algo más que un trabajo. Llegamos creyendo en lo que nos cuentan, en
las palabras que los representan y en la posibilidad de formar parte de algo
que merece la pena.
Pero el tiempo también sabe mostrarnos aquello que las
palabras no alcanzan a decir.
Recuerdo la alegría que sentí durante aquella charla de
bienvenida a los nuevos empleados, cuando nos contaron que la empresa había
sido fundada por un hombre cuyo propósito era ayudar a los demás, guiado por
principios y valores humanos inspirados en la fe cristiana.
¡Me sentí inmediatamente en casa!
Pensé que había llegado a un lugar donde las personas no
serían solamente trabajadores, donde la dignidad tendría un espacio junto a la
eficiencia, y donde hacer las cosas bien no sería únicamente una obligación,
sino también una forma de honrar aquello en lo que la empresa decía creer.
Después descubrí que una empresa puede tener hermosos
principios escritos en su historia y, sin embargo, perderlos en algún lugar del
camino.
Porque ser jefe no es solamente ocupar un lugar más alto en
un organigrama. Un cargo puede conceder autoridad, pero no convierte a nadie en
líder.
Liderar es otra cosa.
Es comprender que detrás de cada uniforme, cada despacho,
cada nombre en una nómina, hay una persona. Alguien que también tiene
preocupaciones, cansancio, sueños, límites y una vida que continúa cuando
termina la jornada. Alguien que necesita saber que su esfuerzo tiene sentido y
que aquello que hace importa.
Una empresa puede estar formada por departamentos,
jerarquías y números, pero en realidad está sostenida por personas. Y cuando
quienes la dirigen olvidan eso, comienza una extraña transformación: el
trabajador deja de sentirse parte de un proyecto y empieza a sentirse parte de
un mecanismo.
Entonces ya no trabaja con la empresa.
Trabaja para ella.
Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Porque cuando desaparece el sentido de pertenencia, también
comienza a desaparecer algo más difícil de medir: la voluntad de dar un poco
más, de cuidar lo que se hace, de proponer, de implicarse, de sentirse
orgulloso del lugar al que se pertenece.
Quizá por eso la falta de liderazgo sea mucho más costosa de
lo que parece.
Un jefe que gobierna desde el miedo puede conseguir
obediencia. Puede conseguir silencio. Incluso puede conseguir que las cosas
aparentemente funcionen.
Pero difícilmente conseguirá compromiso.
El compromiso nace de sentirse respetado.
Y respetar a un trabajador no consiste únicamente en
hablarle correctamente. También significa reconocer sus derechos, escuchar
cuando algo no funciona, actuar con justicia, valorar su esfuerzo y recordar
que ninguna necesidad de la empresa debería exigirle que renuncie a su
dignidad.
Porque cuando los derechos se ignoran, no se está ignorando
solamente una norma. Se está ignorando a la persona que existe detrás de ella.
Y quizá lo más doloroso sea la ausencia de meritocracia.
Porque hay algo profundamente desalentador en comprobar que
el esfuerzo, la responsabilidad y la capacidad pueden pasar inadvertidos,
mientras la ineptitud consigue permanecer protegida por un cargo.
Entonces el trabajador aprende una lección que ninguna
empresa debería enseñar:
que hacer las cosas bien no siempre importa.
Y cuando una persona aprende eso, algo empieza a romperse.
A veces se marcha.
A veces permanece, pero deja de entregar aquello que antes
entregaba espontáneamente.
Y otras veces, las más silenciosas, aprende simplemente a
hacer lo necesario para sobrevivir.
¿Cuántas personas valiosas se habrán marchado de empresas
que necesitaban que se quedaran?
¿Cuánto talento habrá sido expulsado no por falta de
capacidad, sino por falta de liderazgo?
¿Cuántos buenos trabajadores habrán terminado creyendo que
ellos eran el problema, cuando quizá lo que estaba enfermo era la manera de
dirigirlos?
Tal vez una empresa debería preguntarse esto antes de
preguntarse cuánto cuesta perder a un empleado:
¿Cuánto le cuesta perder la confianza de sus empleados?
Porque un trabajador puede sustituirse.
Un puesto puede cubrirse.
Un nombre puede borrarse de una nómina y escribirse otro.
Pero recuperar el corazón de alguien que dejó de sentirse
valorado es mucho más difícil.
Tan difícil, quizá, como conservar durante mucho tiempo la
reputación de ser un buen lugar para trabajar cuando quienes estuvieron dentro
empiezan a contar una historia diferente.
Y hay algo todavía más triste: que quizá no sea necesario
perder a nadie para comprenderlo. A veces bastaría con mirar a los que
permanecen y preguntarse cuánto de aquello que un día entregaban con ilusión
han dejado ya en el camino.
Porque una empresa no pierde a sus buenos empleados
únicamente cuando estos se marchan. También los pierde cuando permanecen
físicamente, pero han dejado de sentirse parte de ella.
Y quizá la verdadera grandeza de quien dirige no esté en
conseguir que nadie se atreva a contradecirlo, sino en conseguir que quienes
trabajan a su lado quieran caminar con él.
Porque mandar ocupa un cargo.
Liderar deja huella.
Epílogo
Quizá por eso algunos lugares dejan de parecernos casa
sin que nos demos cuenta del momento exacto en que ocurrió. No siempre hace
falta una gran injusticia; basta con que, poco a poco, aquello que nos hacía
confiar empiece a faltar.
Y cuando llega ese día, uno comprende que pertenecer
no depende de estar dentro, sino de sentir que allí también hay un espacio para
uno.
Hay puertas que seguimos atravesando durante un
tiempo, incluso después de haber comprendido que ya no conducen al lugar donde
alguna vez quisimos quedarnos.
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