sábado, 7 de febrero de 2026

"Amé, y por eso gané": Relato corto y reflexivo sobre esos amores que llegan sin buscarse y enseñan a volver a una misma. Una historia sobre conexión, confusión, desapego y el descubrimiento del amor propio.

 

“Hay encuentros que no llegan para quedarse, sino para revelarnos quiénes somos cuando nos atrevemos a amar sin miedo.”


Hay días en que me envuelve una especie de sentimiento que no sé nombrar. Hoy es uno de ellos. Necesito hablarme para identificar qué es esto que siento: entre tristeza, confusión, incomodidad, temor, vacío… no lo sé. Con certeza, no lo sé.

Por eso me escribo a mí misma, porque las letras son mi manera de aclararme, de conocerme, de confesarme y redimirme. Quizá sea por aquello de que el papel es blanco y las letras negras, como pasa en el amor: o es blanco o es negro; no acepta matices intermedios.

Silencio mis emociones para escuchar mis pensamientos.

Vuelvo, entonces, a ese instante como quien regresa a la orilla donde comenzó la marea. No ocurrió nada extraordinario —pienso— y, sin embargo, algo se encendió. Dos desconocidos coincidiendo en el mismo espacio, una mirada sostenida un segundo más de lo prudente y ese temblor leve que anuncia que algo ha sido visto. No lo busqué. Solo sucedió. Y yo, sin saberlo, abrí la puerta.

Recuerdo el lenguaje silencioso: las distancias que se acortaban despacio, las sonrisas que nacían sin permiso, la certeza inexplicable de estar siendo reconocida por alguien que no sabía mi nombre, o no quiso pronunciarlo. Era un juego ligero, casi inocente. Un baile sin contacto donde todo se decía en los ojos. Y qué fácil fue dejarme llevar por esa corriente tibia que prometía sin prometer nada.

Hasta que dejé de jugar y empecé a sentir.

Me mostré sin adornos, sin cálculo, con la verdad desnuda de quien no teme amar. Y fue entonces cuando el movimiento cambió. Yo avanzaba y algo en él retrocedía. Seguía ahí, pero a medias; cerca, pero nunca presente del todo. Como una puerta entreabierta que invita y niega al mismo tiempo. Y yo, tratando de comprender, empecé a perderme en la incertidumbre, en la pregunta constante, en la silenciosa herida de no saber qué estaba haciendo mal.

La tristeza llegó despacio, como el frío cuando cae la tarde. No por una promesa rota —porque nunca la hubo—, sino por las emociones que sí existieron, por la conciencia de haber sentido algo verdadero en un lugar donde solo había un juego. Y dolió descubrirme empequeñeciendo, intentando encajar en un espacio estrecho, vacío, donde mi luz se desbordaba.

Hoy me miro sin condescendencia: no para castigarme, sino para no huir de la verdad, aunque esta duela. No fui ingenua. Fui auténtica. Fui valiente, profundamente valiente. Amé sin esconderme. Entregué lo que soy con una pureza que no pesa, con una ternura que no avergüenza. Y al recordarlo comprendo que no perdí nada. El amor que di no desapareció; me reveló. Me enseñó la amplitud de mi corazón, la profundidad de mi deseo de amar bonito, la belleza intacta de sentir sin miedo.

Ya no pienso: me cuestiono. ¿Será que amar sin filtros es carecer de amor propio? Le doy vueltas y vueltas a esa pregunta, y siempre hallo la misma respuesta: amar nunca es indigno. No, no lo es. Entonces, ¿Por qué siento esta incomodidad? Si amar no es indigno, ¿Qué lo es? La claridad llega, por fin: entregar ese amor tan tierno y honesto —con tanta pasión— a la persona incorrecta.

Desde ahora, ya nada será igual. Si amar es un juego, elijo retirarme. No desde la derrota, sino desde el reconocimiento. Porque quedarme significaría negarme, y marcharme es volver a mí. Entiendo, al fin, que el amor no es el premio: lo soy yo cuando me habito sin apagar mi luz para ser elegida.

Dibujo una sonrisa de entendimiento en mi rostro, una sonrisa amarga, pero serena. Y me da paz, porque comprendí que, mientras yo me entregaba, él jugaba a perderme… y ganó.


“Amar nunca fue perder; perder sería olvidar que yo también puedo elegirme.”

viernes, 6 de febrero de 2026

"Los ojos del miedo": Un relato poético e introspectivo sobre una mujer que, creyéndose emocionalmente agotada, se enfrenta al vértigo de volver a sentir tras un encuentro inesperado.

 

“Los ojos del desconocido pueden convertirse en un laberinto del alma.”


Prólogo

Hay momentos en los que no tememos a lo desconocido, sino a la posibilidad de que algo aún pueda conmovernos. Cuando creemos haber cerrado todas las puertas, basta una mirada para recordarnos que no todas estaban realmente clausuradas.


Caminaba cabizbaja, pero —de vez en cuando— alzaba la mirada, apenas un instante, para asegurarme de que el sendero estuviese limpio, despejado de tropiezos visibles y también de aquellos otros que no se ven. No solo vigilaba el camino: intentaba no caer en los recuerdos, en las ausencias que regresaban sin aviso.

Había gente delante de mí, caminando rápido, con un ritmo que no podía ni quería alcanzar; no tropezaría, no los sobrepasaría. No tenía prisa. El tiempo —ese mismo que no había logrado dar forma plena a lo que alguna vez creí amor— ya no me empujaba hacia ningún lugar.

Deseaba que el camino estuviera despejado, solo para mí, para todo aquello que bullía entre mi conciencia y mi mente: el dolor persistente, la confusión de un sentimiento que nunca llegó a consolidarse, la huella de un amor imposible que el paso de los años no supo transformar en algo habitable. Todo eso ocupaba un espacio interminable, dejando una sensación de vacío sereno y fatigado, como si algo esencial se hubiese quedado suspendido en un punto del pasado.

Era un murmullo constante, sordo, que golpeaba con suavidad y fuerza a la vez, absorbiendo cada fibra de mi atención y envolviéndome como un viento invisible que atraviesa la piel sin tocarla, recordándome que seguía avanzando… aunque me sintiera emocionalmente exhausta.

Entre ese vaivén de mi mirada, atenta al suelo y a mis propios pensamientos, observé que el hombre que caminaba delante de mí se detuvo. El gesto fue abrupto, inesperado. Se volteó y quedó frente a mí, rompiendo la distancia cómoda entre desconocidos.

Me detuve instintivamente, sin levantar la vista de sus pies. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, tensándose, como si ese encuentro no previsto hubiese activado una alerta que creía desactivada. Contuve la respiración sin darme cuenta.

Escuché mi nombre, pronunciado por una voz masculina, grave, firme. Una voz que no reconocía, pero que resonó con una intensidad inquietante. Hacía tiempo que nadie decía mi nombre de ese modo, como si al nombrarme me trajera de vuelta a un lugar del que me había marchado sin intención de regresar.

Levanté la vista lentamente, recorriendo su cuerpo con cautela, como quien busca una explicación lógica donde no la hay. Intenté hallar algo familiar, algún rasgo que justificara ese instante suspendido. No encontré nada. Solo un hombre desconocido, observándome con una atención que no sabía cómo interpretar.

Seguí alzando la vista, más allá de lo prudente, hasta encontrar sus ojos.
Torpeza mía.

Aquellos ojos —en un rostro que no conocía— eran de un negro tan absoluto que sus pupilas parecían haberse disuelto en la oscuridad. No reflejaban la luz; la absorbían. Eran extraños, impropios, como si no pertenecieran del todo a este mundo. Nunca había visto algo semejante.

El miedo apareció. Inmediato.

Mi cuerpo se inmovilizó, rígido. La respiración se volvió irregular, fragmentada, y el corazón comenzó a latir de forma errática, acelerándose y deteniéndose sin obedecerme. Un temblor interno recorrió mi cuerpo, profundo, silencioso, sin alcanzar la piel pero sacudiéndolo todo desde dentro.

No entendía aquella reacción. No había amenaza visible, ni gesto brusco, ni palabra indebida. Y, sin embargo, cada parte de mí estaba en alerta, como si esa mirada hubiese tocado un punto vulnerable que yo creía clausurado.

La mirada de esos ojos negros era profunda, insondable como el fondo de los océanos; vasta como un cielo sin límites. Eran dos túneles abiertos frente a mí, espacios donde la noción de control parecía desaparecer. Sentí, con una claridad inquietante, que sostener esa mirada entrañaba un riesgo.

Daban miedo esos ojos.

Pero no el miedo que nace del peligro inmediato. No el que empuja a huir de un monstruo oculto en un pasillo oscuro, donde la voluntad se quiebra y los pasos se arrastran entre sombras.

No. Ese miedo no.

Era otro.

Un miedo más sutil, más hondo. El miedo a seguir esa mirada, a adentrarme en ese espacio silencioso… y descubrir que no quería salir de él.

Y entonces lo comprendí.

El miedo no provenía de él, ni de su presencia, ni siquiera de la extrañeza de sus ojos. Provenía de lo que esa mirada había despertado en mí sin pedir permiso. De aquello que, contra toda previsión, se agitaba bajo la capa de cansancio emocional que había aprendido a llamar calma.

Era una emoción relegada, olvidada sin cerrar del todo. Una vibración leve, pero real. Y eso me aterrorizó.

Porque perderme en esa mirada significaba volver a sentir.
Y volver a sentir implicaba riesgo... riesgo de ser herida.

Riesgo de romper el equilibrio frágil que había construido, de enfrentar lo que el tiempo no había sabido resolver, de aceptar que aún era vulnerable. Que aún podía temblar ante un desconocido. Que aún podía desear.

Ese era el verdadero miedo.

No el de desaparecer, sino el de quedarme.
No el de caer, sino el de querer hacerlo.

Y mientras esa certeza se asentaba lentamente en mi pecho, supe que aquellos ojos no daban miedo por su oscuridad, sino por lo que prometían: la posibilidad de perderme en ellos… y no querer regresar jamás.


Epílogo

No todos los miedos advierten del peligro. Algunos aparecen para recordarnos que aún estamos vivos, que incluso en el cansancio y la pérdida, sigue existiendo la posibilidad de sentir. Y eso, a veces, es lo más arriesgado de todo.


“La mirada que paraliza puede ser la misma que seduce, sin remedio ni escape.”


martes, 3 de febrero de 2026

"Trazos de sal y tinta: La Habana, España". Un viaje poético y sensorial por Cuba, y el exilio español, donde la memoria se siente en la piel y el mar


“No es historia, no es ensayo: es la memoria que respira, huele y duele.”


Prólogo

Entre la luz que quema y el olor del mar, este relato reconstruye territorios suspendidos en el tiempo: los que se viven, los que se recuerdan. Cada palabra es sal en la piel, cada frase, viento en la memoria.
Aquí se habita el desarraigo, se escucha la historia en el murmullo del mar.


La Habana brillaba.
Calles adoquinadas que reflejaban la luz eléctrica de los pocos postes que iluminaban edificios oficiales, teatros y clubes privados. Ventiladores, privilegio de algunos hogares acomodados y cafés del centro, giraban con un zumbido constante, mientras desde los salones llegaban notas de óperas y zarzuelas que se escapaban por los balcones abiertos. Fonógrafos reproducían música y canciones populares importadas, llenando los espacios de risas y conversaciones cuidadosamente medidas; el murmullo de voces educadas y el cliquear de tacones sobre el pavimento componían un ritmo propio de la ciudad.

Los tranvías tirados por caballos se cruzaban con coches de alquiler y carruajes particulares, avanzando lentamente por las avenidas principales. Los cafés servían helados, café y cocteles, y la gente caminaba sin prisa, disfrutando de la tarde que se prolongaba hacia la noche con tertulias, fiestas y el olor del mar mezclándose con el aroma de tabacos y frutas maduras. Cada esquina era una promesa de movimiento, de vida, de progreso, un pequeño centro de modernidad que parecía que nada podría frenar.

Pero esa Habana era solo una Habana.
Mientras el centro se iluminaba con la electricidad limitada a teatros, oficinas y casas de élite, la mayoría de la isla trabajaba la tierra, criaba ganado, cultivaba tabaco, producía ron y habanos, lejos de la luz artificial y los ventiladores. La vida se desplegaba en campos y solares con otro ritmo: el del sol, la humedad, el trabajo, la conversación bajo árboles, el canto del río y el mar que todo lo bordeaba.

Aquí, en esta Habana brillante, se podía vislumbrar un reflejo del futuro que España quería proyectar sobre sus colonias: progreso, modernidad, poder, control. Pero la isla entera no era solo luces, ventiladores y música: era también tierra fértil, sudor, paciencia y memoria, y ahí comenzaba la verdadera historia que recorrería generaciones.

Cuba fue España.
No como consigna ni como nostalgia posterior, sino como una forma concreta de habitar el mundo.

Lo fue en los papeles oficiales, en los registros donde el nacimiento no necesitaba aclaraciones. Nacido en La Habana, España, se leía con naturalidad, como quien nombra una calle o una fecha. Lo fue en las escuelas, en las iglesias, en una administración que no se pensaba provisional. La isla no se vivía como borde ni como excepción. Era continuidad.

El mar rodeaba, sí, pero no separaba. El océano era tránsito, no ruptura. Llegaban barcos desde la península cargados de mercancías, de noticias atrasadas, de acentos apenas distintos. Partían otros llenos de azúcar, de tabaco, de cartas escritas con una paciencia que hoy parece imposible. Tardaban semanas, pero llegaban. Esa regularidad sostenía la ilusión de permanencia.

La vida ocurría bajo un clima que lo impregnaba todo. El calor se instalaba temprano y no se iba. Se adhería a la piel, espesaba la respiración, volvía el sudor una segunda capa del cuerpo. Las calles olían a sal, a fruta abierta, a madera calentada por el sol. La luz caía sin permiso, frontal, excesiva, haciendo vibrar los contornos hasta que nada parecía del todo firme.

La Habana se desplegaba como un cuadro trabajado a fuerza de capas. Alguna vez sus casas habían sido de colores vivos —azules insolentes, verdes húmedos, rosados casi festivos—, pero el tiempo y el sol las habían ido apagando. No las borraron: las transformaron. Los muros quedaron cubiertos de tonos pastel, como si alguien los hubiera trabajado con espátula sobre un lienzo demasiado expuesto. Colores quemados, descascarados, suavizados por una luz que quema y acaricia a la vez.

De noche, el calor no cedía: se volvía espeso.
Las lámparas dejaban charcos de luz amarilla detrás de las paredes.
Las voces subían desde patios invisibles, se cruzaban en el aire húmedo,
se apagaban despacio.
Los cuerpos buscaban sombra, aire, descanso.
El mar se filtraba incluso donde no se veía,
en el olor, en la sal pegada a la piel,
en ese rumor constante que no dejaba olvidar su presencia.

La ciudad respiraba lento,
como un cuerpo cansado que no termina de dormirse.

Para el niño, ese paisaje no era pintoresco ni histórico. No distinguía jerarquías ni fronteras. España no era un destino: era el idioma, la autoridad invisible, la continuidad asumida.

El suelo no parecía prestado.
Era casa.

El quiebre no llegó desde la isla. Llegó desde lejos. Desde mesas donde Cuba era un nombre escrito y no un cuerpo bajo el sol. El Tratado de París descendió sin ruido. Las palmas siguieron erguidas. El mar mantuvo su pulso. El calor no dio tregua. Y, sin embargo, algo esencial se desplazó.

De pronto, Cuba dejó de ser España.

La repatriación llegó como pérdida. No como regreso. El puerto se llenó de despedidas sin épica: maletas ligeras, objetos mínimos, raíces que no cabían en ningún equipaje. El niño miró La Habana desde la cubierta mientras la ciudad se deshacía en manchas de color, hasta quedar suspendida entre el azul del mar y el del cielo, como un cuadro que se retira lentamente de la pared.

Durante la travesía, el cuerpo aprendió el ritmo del desplazamiento antes de comprender su sentido.

España apareció como idea heredada. Y Cuba, con los años, dejó de ser un territorio preciso para convertirse en una sensación persistente. El aire húmedo al amanecer. El dulzor espeso de la fruta. El mar filtrándose en todas las horas del día. No como nostalgia consciente, sino como inscripción en la piel, en la respiración, en la memoria del cuerpo.

Esa memoria no se extinguió.
Se transmitió.

Pasó de generación en generación sin fechas ni mapas. Mucho antes de otros exilios, ya estaba ahí el gesto inaugural: haber nacido en un lugar que dejó de ser propio sin dejar de existir.

El tiempo siguió.
La isla volvió a cambiar de manos, de promesas, de relatos.

La Revolución llegó como palabra grande. Como esperanza pronunciada en voz alta. Pero con los años, el movimiento se volvió permanencia. La épica cedió su lugar a la vigilancia. El poder aprendió a administrarse desde la escasez, a gobernar el tiempo, a dosificar la vida.

Décadas después, yo estuve ahí.
No como heredera, sino como testigo.
Caminé esas calles, respiré esa quietud, vi cómo la vida se sostenía entre grietas,
cómo los cuerpos aprendían a moverse al ritmo de la escasez,
cómo las sonrisas sobrevivían detrás de miradas cansadas.

Todo lo que vi tenía raíces mucho más antiguas.
Mucho antes de mí, el siglo se cerraba con la caída del imperio español.
No fue un estruendo. Fue un movimiento casi silencioso, firmado lejos, ejecutado sin épica. Pero tuvo una fuerza suficiente para arrancar el nombre de España de sus tierras insulares: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam. Islas que dejaron de serlo en los mapas, aunque no en los cuerpos.

El imperio se retiró de los territorios,
pero no logró desprenderse de la sangre ni de la memoria.

Eso —y no otra cosa— es lo que siguió viajando.
Lo que cruzó océanos.
Lo que reaparece, generación tras generación,
como sal en la piel
y tinta en la mano.


Epílogo

El hogar puede ser robado, los nombres arrancados, los barcos partir. La memoria no se cierra con mapas ni tratados. Es territorio propio que nadie puede confiscar. Y aunque el tiempo borre nombres, la experiencia permanece, infinita y húmeda como el mar. Se lleva en el cuerpo, en el recuerdo, en la tinta que escribe sin permiso del tiempo.


“Cada isla es un corazón que late lejos del cuerpo que la habitó.”


lunes, 2 de febrero de 2026

TRAZOS DE SAL Y TINTA: Manila, España. Una narración poética y reflexiva sobre un niño nacido en Manila, el fin del imperio español, el exilio infantil y la herencia invisible del desplazamiento a través de generaciones.

 

“El fin de un imperio visto desde la altura de un niño.”


Nota de la autora

Este texto no pretende fijar fechas con precisión ni confirmar acontecimientos con archivos. Es, más bien, una de las muchas historias posibles que habitan la memoria de una familia.

No conocí a mi bisabuelo.
No conservo fotografías suyas.
No tengo su voz ni su mirada más allá de lo que ha sobrevivido en el relato oral, transmitido de generación en generación como se transmiten las cosas importantes: con afecto, con silencios, con inevitables deformaciones.

Lo que aquí se cuenta es memoria heredada, no prueba. No busca verdad histórica, sino permanencia. No aspira a demostrar, sino a recordar.

Que quienes me sucedan encuentren aquí una huella.


PRÓLOGO

No escribo esta historia porque la haya vivido, sino porque me alcanzó. Esta no es la historia de un imperio que cae, aunque lo atraviese. Es la historia de un niño que fue movido de lugar antes de entender que los lugares pueden perderse.


Manila respira antes de despertar del todo.

El día no irrumpe: se filtra. Entra despacio por entre los tejados bajos, se derrama sobre las murallas de Intramuros y se queda suspendido en el aire espeso, como si la ciudad misma dudara antes de ponerse en movimiento. El calor aún no oprime, pero ya se anuncia; está ahí, latente, pegado a la piel como una promesa inevitable.

El aire huele a sal y a río, a madera mojada, a fruta madura abierta demasiado pronto. Desde el puerto sube un olor metálico, mezclado con brea y algas, con el sudor de los hombres que descargan mercancías desde el alba. Los barcos, anclados, crujen suavemente, como animales grandes que dormitan sin cerrar del todo los ojos.

Las calles comienzan a llenarse de sonidos superpuestos. El rodar de los carros sobre la piedra. El golpe seco de los cascos de los caballos. Las voces que se llaman desde las ventanas, en castellano, en tagalo, en chino, en una mezcla que no necesita traducción. Las campanas de las iglesias marcan las horas con una cadencia grave, casi paternal, como si recordaran a la ciudad que el tiempo todavía tiene orden.

Las fachadas coloniales, desgastadas por el sol y la humedad, devuelven una luz blanda, amarillenta. Nada brilla del todo; todo parece cubierto por una pátina de años, de lluvias, de historia acumulada. Los balcones de madera proyectan sombras profundas donde el día se detiene un instante. Detrás de ellos, cortinas que se mueven apenas, miradas que observan sin hacerse visibles.

En los mercados, el color estalla. Mangos abiertos como carne dorada, plátanos aún verdes, pescado recién sacado del agua que todavía guarda el frío de la noche. El olor es intenso, casi dulce y casi agrio al mismo tiempo. El paladar lo imagina antes de probarlo: sal, azúcar, tierra, mar. Las manos se manchan, se humedecen, se acostumbran a tocar lo vivo.

La humedad lo envuelve todo. Incluso el silencio —cuando aparece— es húmedo.

Manila no se impone: te rodea. No exige atención; la absorbe. Es una ciudad que no se contempla desde lejos, sino desde dentro, caminándola, respirándola, aceptando su ritmo irregular, su exceso, su desorden vital. 

En este lugar, el mundo parece estable. Las banderas ondean donde siempre. Las murallas siguen en pie. El idioma del poder es conocido. Todo da la impresión de haber sido así desde siempre y de que seguirá siéndolo.

Y sin embargo, bajo esa superficie densa y cotidiana, algo se agita.

Todavía no se ve.
Todavía no se nombra.
Pero está ahí, como una vibración apenas perceptible en el aire caliente.

Manila respira.
Y no sabe que está a punto de exhalar una época entera.

Dentro de ese paisaje saturado de luz y humedad, el niño existe sin saber que está siendo atravesado por la historia.

La ciudad es demasiado grande para comprenderla, pero no para habitarla.

El niño no la mira: la absorbe.

La voz de su madre es uno de los primeros sonidos del día. No siempre en castellano. A veces en esa lengua blanda, ondulante, que se desliza como el agua entre las piedras. Una lengua que no ordena: acompaña. Su madre conoce la ciudad con el cuerpo entero. Sabe cuándo el cielo va a romperse en lluvia antes de que caiga la primera gota. Sabe qué calle evitar a cierta hora, qué silencio no debe interrumpirse.

El padre, en cambio, pertenece a otro ritmo. Su presencia trae consigo el peso de lo oficial: papeles, horarios, palabras dichas con precisión. El uniforme, cuando aparece, transforma el aire. No es severidad lo que impone, sino distancia. El niño percibe que, alrededor de su padre, las cosas se enderezan, se nombran, se clasifican.

Entre ambos mundos crece él, sin sentir aún la fisura.

En las mañanas, Manila se despliega ante sus ojos como un organismo vivo. Ve pasar a los soldados con paso regular, oye el golpe de las botas contra la piedra, el tintinear del metal. Ve a los comerciantes abrir sus puestos, levantar telas, ordenar frutas que brillan como si hubieran sido pulidas a mano. Ve a los cargadores del puerto, con la piel curtida, los músculos tensos, el sudor bajando en ríos lentos por la espalda.

Todo se mueve. Todo suena.
Nada parece quieto ni definitivo.

El niño mastica sabores sin preguntarse de dónde vienen: arroz tibio, frutas dulces hasta casi fermentar, pescado salado que deja una sed persistente. El gusto se le queda en la boca, mezclado con el aire espeso, con el olor del mar que nunca está lejos. Manila se come y se bebe tanto como se mira.

Por las tardes, cuando el calor se vuelve más denso, la ciudad parece bajar la voz. Es en esas horas cuando empiezan a filtrarse cosas que el niño no entiende, pero siente.

Conversaciones que se interrumpen cuando entra en la habitación.
Miradas que se cruzan por encima de su cabeza.
Un silencio súbito cuando se pronuncian ciertas palabras.

No sabe qué es una revolución, pero percibe el cambio en el tono de los adultos, en la forma en que el aire parece tensarse de pronto. La ciudad sigue viva, sí, pero algo en su respiración se vuelve irregular.

A veces, por la noche, oye sonidos lejanos que no logra identificar del todo: pasos apresurados, voces elevadas, un murmullo colectivo que no pertenece al sueño. Su madre se acerca más. El cuerpo de ella se convierte en frontera. El niño aprende entonces, sin que nadie se lo diga, que hay peligros que no se nombran.

Manila, que hasta entonces había sido un cuerpo abierto y confiable, empieza a mostrar zonas de sombra.

Y aun así, él sigue siendo un niño.

Para él, el mundo todavía es continuo.

Todavía no sabe que hay líneas que se cruzan solo una vez.

Manila lo envuelve, lo cría, lo marca. Se le mete en la piel como el calor, como la sal. 

Antes de que la historia lo arranque de allí, Manila le enseña lo esencial:
cómo se pertenece a un lugar sin saber que ese lugar puede perderse.

El quiebre no llega como un golpe seco.
Llega como una variación del aire.

Al principio es apenas perceptible, como cuando el cielo cambia de peso antes de la lluvia. Manila sigue oliendo a sal, a fruta abierta, a sudor permanente, pero hay algo distinto en la manera en que los adultos caminan por las calles: más rápido, más atentos a lo que ocurre detrás de ellos. La ciudad no se detiene, pero empieza a mirar hacia los costados.

El niño lo nota sin saber nombrarlo.
Nota que su padre llega más tarde.
Que sus pasos, antes firmes, ahora arrastran un cansancio nuevo.
Que el uniforme ya no impone el mismo orden invisible.

En la mesa, las conversaciones se vuelven fragmentarias. Palabras sueltas flotan como restos: Estados Unidos, derrota, entrega, mañana. Nadie le explica nada. A los niños no se les explica el fin de los mundos: se les protege del ruido mientras todo se desmorona.

Un día —no sabría decir cuál, porque los días empiezan a parecerse entre sí— ve algo que no encaja. Una bandera distinta ondea donde siempre estuvo la misma. Los colores no son los suyos. El símbolo no le dice nada. La tela se mueve con el mismo viento, pero ya no significa lo mismo.

Esa es la primera grieta consciente.

Después vienen otras.

Soldados extranjeros caminan por calles que conocen mal, con una seguridad ensayada. Su idioma suena duro, anguloso, como si la ciudad tuviera que forzar el oído para entenderlos. El niño escucha esas palabras como se escucha el ruido de una máquina desconocida: con curiosidad, con desconfianza, con la sensación de que no pertenecen al paisaje.

Manila sigue ahí, pero ya no es exactamente suya.

Su madre empieza a guardar cosas. No grandes cosas, sino objetos pequeños, íntimos: telas dobladas con cuidado, una imagen, algún utensilio que pasa de una mano a otra como si midiera su peso real. El niño observa ese gesto repetido y siente algo parecido al vértigo, aunque todavía no lo reconoce como tal.

Guardar es el primer gesto del adiós.

Una tarde, el padre habla con una voz que no admite interrupciones. No alza el tono, pero lo vuelve definitivo. La palabra España cae sobre la habitación como un objeto pesado. Para el niño, sigue siendo una palabra sin cuerpo, sin olor, sin color. No puede imaginarla. No sabe dónde colocarla en su mapa interior.

Esa noche, el sueño no llega igual.
El calor aprieta.
El aire no corre.

Escucha el murmullo distante de la ciudad, más intenso que otras veces, como si Manila misma estuviera despierta, inquieta, incapaz de descansar. Por primera vez, siente miedo sin forma. No por algo concreto, sino por la sensación de que algo se está yendo.

Los días siguientes se llenan de despedidas mal entendidas. Rostros que dejan de aparecer. Casas que se cierran. Voces conocidas que ya no se oyen en los mercados. La ciudad se vacía sin vaciarse, pierde capas, como una pintura que empieza a descascararse.

El puerto se vuelve el centro de todo.

Allí el aire es más espeso, cargado de expectación. Los barcos esperan, enormes, oscuros, con vientres abiertos listos para tragar personas, cajas, vidas enteras empaquetadas sin delicadeza. El olor del mar se mezcla con el del miedo: sal, hierro, madera húmeda, cuerpos apretados.

El niño camina entre adultos que no miran al horizonte, sino al suelo, como si temieran ver demasiado. Oye llantos contenidos, voces que se quiebran al despedirse, promesas que nadie cree del todo. Todo ocurre demasiado rápido y demasiado lento a la vez.

Cuando suben al barco, Manila queda detrás sin hacer ruido. No hay ceremonia. No hay música. La ciudad no se despide porque no sabe que está siendo abandonada.

Desde la cubierta, el niño la mira por última vez sin saber que es la última. Ve las murallas, los tejados, el perfil borroso de las palmeras contra el cielo. Todo se empequeñece con una lentitud cruel. El puerto se vuelve una mancha. La mancha, un recuerdo.

El barco se mueve.
El mundo se desplaza.

Durante el viaje, el tiempo se disuelve. El mar no ofrece referencias. Solo agua y cielo, cielo y agua, un vaivén constante que acaba por instalarse en el cuerpo. El niño aprende el idioma del balanceo, del mareo, del cansancio. Aprende que hay viajes que no prometen descubrimiento, sino desarraigo.

Su madre se convierte en refugio absoluto. El olor de su piel es el único territorio que no cambia. El padre mira hacia adelante con una concentración rígida, como si sostuviera algo invisible a fuerza de voluntad.

El niño guarda imágenes sin ordenarlas:
el ruido de las máquinas,
el sabor metálico del agua,
el cielo diferente en cada amanecer.

España llega sin anuncio, como llegan las cosas que no se desean.

El aire es otro. Más seco. Más frío. El olor del mar no es el mismo. Las voces suenan conocidas y extrañas a la vez. El suelo no quema. El cielo parece más alto. Todo está en su sitio, pero él no lo está.

Aquí nadie lo espera.

Es demasiado callado, o demasiado distinto para encajar sin esfuerzo. Las palabras que trae no siempre sirven. Los recuerdos que carga no interesan. Manila no es un lugar del que se hable: es una nota al pie, un territorio perdido, algo que conviene olvidar.

Y así aprende, siendo todavía niño, que hay pérdidas que no se lloran en público.

Con los años, el recuerdo de Manila no se ordena en fechas ni en acontecimientos, sino en sensaciones sueltas que regresan sin aviso: un olor, una luz oblicua, el sonido lejano de unas campanas. Nadie se las pidió, pero quedaron ahí, incrustadas en la memoria como restos de una vida anterior.

Yo no estuve allí.
Pero algo de esa humedad, de ese calor, de ese desarraigo, llegó hasta mí.

No como relato completo, sino como murmullo.
Como una nostalgia que no es mía y, sin embargo, me pertenece.

Porque hay historias que no se cuentan para ser entendidas,
sino para no perderlas del todo

El niño no lo sabía entonces.
No podía saberlo.

Con el tiempo, sin proponérselo, se convirtió en origen de una estirpe que heredaría no solo un apellido o una sangre mezclada, sino algo más sutil: la costumbre del tránsito, la familiaridad con los climas densos, con los lugares donde el aire pesa y el cuerpo recuerda. Como si el calor y la humedad fueran una forma de idioma que se transmite sin palabras.

Sus descendientes —sin saberlo— volverían a habitar geografías parecidas, no por nostalgia consciente, sino porque hay herencias que empujan desde adentro.

Cada uno escribiría su propia historia creyéndola nueva, sin advertir que los trazos ya estaban ahí:
la sal del océano,
la tinta de la memoria,
el desplazamiento como forma de estar en el mundo.

Él no lo sabía.
Pero fue escribiendo, sin palabras, la posibilidad de que otros escribieran después.

Y ahora, al reconstruir su historia, entiendo que nada se perdió del todo. Que Manila no quedó atrás, sino dentro. Que el viaje no terminó en España, sino que siguió ramificándose, desplazándose, transformándose. Porque hay linajes que no se definen por la tierra que pisan, sino por la manera en que se mueven sobre ella.

Y porque algunas historias —las que de verdad importan—
no se escriben solo con nombres y fechas,
sino con sal y tinta.

Mientras escribo, comprendo que no estoy reconstruyendo solo la historia de un niño arrancado de su infancia, sino el mapa invisible que me trajo hasta aquí. Que ese bisabuelo, siendo un jovenzuelo, no fue solo un personaje del pasado, sino una bisagra. Un punto de giro donde la historia decidió cambiar de dirección para seguir avanzando.

Él no sabía que era una pieza del puzzle.
Yo lo sé ahora.

Y al saberlo, algo se ordena.

No heredé Manila como lugar,

pero heredé su gesto.

Al escribir su historia, descubro que también estoy escribiendo la mía. Que cada palabra que trazo busca cerrar una distancia inconmensurable, tender un hilo entre su infancia interrumpida y mi presente consciente. Que la escritura no es solo memoria, sino continuación.

Quizá por eso escribo.
Porque su vida —atravesada por imperios que caen y mapas que se rehacen— no solo escribió su propia historia, sino que abrió la posibilidad de que otros la continuáramos. No de la misma forma, pero con los mismos materiales esenciales.

Sal para conservar la memoria.
Tinta para no dejarla morir.


EPÍLOGO

Al terminar de escribir, entiendo que esta historia no se cierra. Mi bisabuelo no sabía que estaba inaugurando un gesto. Yo escribo porque ese gesto sigue vivo.

Y porque, mientras haya alguien que lo nombre,
Manila —de algún modo—
sigue respirando.


“Algunas patrias no están en los mapas, sino en el cuerpo.”

domingo, 1 de febrero de 2026

"Entre Océanos y Destinos: Trazos de Sal y Tinta." Una historia íntima y poética sobre la migración y la memoria familiar: océanos cruzados, tierras cambiantes y la identidad que se hereda y se construye con cada paso. Para quienes son descendientes de migrantes o viven la experiencia del desplazamiento, un relato sobre pertenencia, resiliencia y la fuerza de la familia


“Entre tierras que cambiaron de nombre y mares que guardan la memoria, se construye la identidad.”

Prólogo
Hay historias que no caben en mapas ni en documentos; viven en los cuerpos, en la memoria y en la piel que se adapta a cada tierra que pisa. Esta es una de ellas. Una saga que cruza océanos, cambia de nombre, se mueve entre guerras y dictaduras, pero nunca pierde su hilo de pertenencia. Aquí se narran los pasos de bisabuelos que partieron hacia La Habana y Manila, de padres que buscaron refugio en Venezuela y de una hija que regresó a España. Cada generación lleva consigo la herencia de lo que significa habitar un lugar que no siempre es hogar, de aprender que la identidad se teje en el tránsito, y de entender que la fortaleza no se mide por la estabilidad, sino por la capacidad de seguir caminando con memoria, ternura y valentía.

Provengo —como millones de personas— de una familia marcada por el movimiento. No por vocación aventurera ni por un deseo abstracto de partir, sino por la forma en que la historia empuja los cuerpos, tuerce los destinos y desordena los mapas con una indiferencia casi natural.

Mis bisabuelos salieron de la España continental hacia territorios que entonces eran España sin estar en Europa, como si el país se hubiera estirado más allá de sí mismo siguiendo el curso del mar. Los paternos llegaron a Cuba, isla de calor persistente y tierra fértil; los maternos, a Filipinas, archipiélago remoto donde la humedad se pega a la piel y el océano parece no tener orillas.

Allí nacieron mis abuelos, bajo cielos distintos pero inscritos en una misma legalidad, y sus certificados de nacimiento aún lo dicen con una precisión que hoy resulta casi poética: natural de La Habana, España; natural de Manila, España. No hay metáfora en esas palabras, solo una verdad escrita en tinta oficial que el tiempo se encargó de volver extraña. Nacieron españoles porque lo eran, bajo banderas que ondeaban lejos de la península y bajo una idea de pertenencia que parecía firme, casi inamovible.

Aquella primera migración no se vivió como ruptura, sino como prolongación. Cruzar el océano no implicaba abandonar el país, sino llevarlo consigo, hacerlo viajar en la lengua, en las costumbres, en los gestos cotidianos. Cuba ofrecía esa ilusión de continuidad: una isla abierta al sol, atravesada por el rumor constante del mar y el perfume dulce de la caña, donde la vida parecía expandirse con una vitalidad casi excesiva. Allí la pertenencia se respiraba en el aire cálido, en la música, en la familiaridad del idioma. Nacer en Cuba no significaba estar lejos, sino estar dentro de una España desplazada por el trópico, sostenida por el clima, el trabajo y la esperanza.

Filipinas, en cambio, llevaba inscrita la distancia incluso antes de que la historia la confirmara. Llegar a Manila era llegar al borde del mundo conocido, a un lugar donde el mar no separa sino que envuelve, donde la luz es densa y las lluvias caen como si quisieran borrar las huellas. Allí España existía más como estructura que como multitud, más como administración que como sangre compartida. La identidad española se sostenía en documentos, en apellidos, en cargos y rituales, mientras alrededor se desplegaban otras lenguas, otros ritmos, otros silencios. Nacer español en Filipinas era hacerlo en una frontera permanente, sostenida por la ley y desafiada por el paisaje, como si el propio territorio cuestionara la permanencia de cualquier pertenencia.

Y entonces vino la ruptura.

De un día para otro, Cuba y Filipinas dejaron de ser España, y quienes habían nacido españoles quedaron suspendidos en una frontera invisible, sin alambradas ni muros, pero no por ello menos real. Demasiado españoles para ser otra cosa, demasiado nacidos fuera para encajar sin fisuras. La historia decidió por ellos sin consultar biografías ni afectos, sin escuchar los vínculos tejidos al ritmo del clima y de la vida cotidiana. La pertenencia, que había parecido un hecho sólido, se reveló frágil, revocable, dependiente de un tratado firmado lejos.

Entonces ocurrió la segunda migración, la menos nombrada y quizá la más dolorosa: el regreso.

Volver al continente no fue volver al origen, sino ingresar en un tercer territorio ambiguo, ni colonia ni metrópoli, donde los lugares de nacimiento se habían vuelto extranjeros sin haberse movido del sitio. Se regresó con papeles que seguían diciendo España, con recuerdos impregnados de sal, de calor y de humedad, con acentos que no siempre encajaban y con la necesidad constante de explicar una procedencia que el mapa ya no reconocía. El retorno no fue una llegada, sino una forma distinta de extranjería, una intemperie más silenciosa.

Mis padres heredaron ese suelo inestable.

El alzamiento militar en el Protectorado de Marruecos se propagó como pólvora hasta la península y hundió a España en una guerra civil —breve en el calendario, pero eterna en la experiencia— prolongada luego por una dictadura militar autoritaria, enlazada a la Segunda Guerra Mundial que resquebrajó al continente europeo.

En esos años emigraron a Venezuela, empujados por la violencia, el miedo y la urgencia de sobrevivir. Cruzaron el océano una vez más, en busca de un lugar donde la vida pudiera recomponerse. Durante un tiempo, Venezuela fue ese espacio de tregua: una tierra abierta y luminosa, donde el arraigo parecía posible y la migración dejó de ser herida para volverse proyecto.

Yo nací de esa pausa, de ese intento de quietud. Pero en esta familia las pausas nunca han sido definitivas: apenas respiraciones profundas entre un desplazamiento y otro.

Décadas después, la historia volvió a empujar. La dictadura venezolana convirtió el arraigo en amenaza y la cotidianidad en asfixia. El país que había sido refugio se transformó en expulsión. Entonces migré yo. Volví a España, la tierra de mis padres y de mis bisabuelos, no como quien regresa a un punto fijo, sino como quien entra en un lugar que ya había habitado en la memoria antes de conocerlo con el cuerpo. Llegué con una pertenencia heredada y, al mismo tiempo, aprendida, como si cada gesto tuviera que negociar su legitimidad.

A veces pienso —y lo pienso literariamente, íntimamente— que provengo de una genealogía donde el hogar nunca es definitivo y la identidad se transmite en movimiento. Soy hija y bisnieta de migraciones sucesivas, de idas y regresos que no cierran el círculo, sino que lo expanden. Mi historia familiar no se ordena por países, sino por travesías, por mares cruzados, por climas que se superponen en la memoria.

Hoy vivo en España, pero no como quien alcanza un final, sino como quien aprende a habitar el presente sin exigirle estabilidad absoluta. Camino estas calles con la conciencia de haberlas heredado antes de pisarlas y de haberlas aprendido después. Mi presente está hecho de una pertenencia que no necesita pureza ni raíces inmóviles, sino memoria. Si algo me fue legado no es el migrar, sino la capacidad de atravesar los cambios sin perder el hilo de lo que se es.

Tal vez el futuro no consista en encontrar un lugar definitivo, sino en aprender a habitar sin miedo los lugares que tocan. Que la historia deje de expulsar y empiece, al menos, a permitir. Que la palabra hogar no sea una coordenada fija, sino una relación viva con la lengua, con el recuerdo del mar, con el calor de las islas y con los afectos que sobreviven al desplazamiento.

Escribo para que ese tránsito no se diluya, para que quienes vengan después sepan que no comenzaron en la nada. Vengo de una familia que cruzó océanos y regresó cuando ya no había a dónde volver, y aun así siguió. Si existe una forma de pertenencia que no puede ser confiscada por guerras, decretos o dictaduras, es esta: la de saberse parte de una historia que continúa, no porque se detenga, sino porque aprende, finalmente, a caminar con conciencia —y con ternura— hacia adelante.

Los nietos y bisnietos han unido sus vidas con migrantes de otras tierras, con hijos de una Europa que alguna vez fue rota por guerras y nostalgias, y con nacionales de Estados Unidos, la nación que, por azares del destino, arrebató la tierra española a quienes nacieron en Cuba y en Filipinas; pero que, también, devolvió la soberanía al pueblo de Venezuela que había sido usurpada por la tiranía.

Cosas del destino, sí, y del mismo hilo que nos hace migrantes, viajeros.

Hoy, los descendientes de aquellos primeros migrantes —bisabuelos y padres— nos sentimos orgullosos de la fortaleza que llevamos en el espíritu, de la riqueza multicultural que nos define, de los genes que marcan nuestra fisionomía y nuestro carácter, de la capacidad de adaptarnos y de florecer en cualquier suelo donde caiga nuestra sombra.

Quizá, por eso, mis letras parecen trazos de sal y tinta: se diluyen en la forma, pero persisten en la esencia.


Nuestra familia, hoy, lleva tantas banderas en su genealogía como historias en el corazón, y las ondeamos con orgullo y valentía, como hicieron nuestros abuelos al alzar palomas mensajeras hacia un cielo español convulso por la guerra, llenando el aire de esperanza y promesas que todavía nos llegan a través del tiempo.


Epílogo

Al final, nos damos cuenta de que no es el suelo el que nos define, sino los pasos que damos sobre él, y las huellas que dejamos en él. Los océanos que cruzamos, los cielos que vimos y los documentos que registraron nuestro nombre son testigos de una identidad que no puede ser borrada por fronteras ni decretos. Somos la suma de los viajes de nuestros ancestros, de sus esperanzas, de su resiliencia. Las banderas que llevamos hoy en nuestra genealogía son muchas, y todas ondean con orgullo y valentía. No importa el lugar: somos migrantes de la memoria, herederos del mar, de la historia y del amor que nos permite siempre volver, y siempre avanzar.


“El mar y la memoria cruzan generaciones como un hilo invisible.”

jueves, 22 de enero de 2026

Cuento largo: "El excomulgado". Más allá de si los hechos son reales o imaginarios, esta historia revela cómo el destino une a las personas y coloca cada pieza del rompecabezas de la vida.


Todas las historias que se narran son basadas en hechos reales. Todas. O quizá solo algunas. El destino actúa más allá de la voluntad humana y de la realidad aparente. Historias reales o inventadas nos recuerdan que hay fuerzas invisibles que entrelazan vidas, tejen encuentros y colocan cada pieza del rompecabezas de la existencia en su lugar.


La coincidencia

Era la hora pactada para la reunión extraordinaria convocada por la Secretaría de Profesionales y Técnicos del Partido Demócrata Cristiano, y aun así la sala permanecía con un murmullo expectante. La luz del mediodía se filtraba por las persianas, dibujando líneas en el suelo que parecían marcar el tiempo que se escurría lentamente. Faltaba por hacer acto de presencia el convocado principal: el candidato postulado para las próximas elecciones.

Los allí reunidos conversaban entre ellos con un murmullo entrecortado. Algunos en voz baja, casi susurrando secretos; otros sin disimulo alguno, dejando escapar risas nerviosas ante algún chiste político. Había inquietud flotando en el aire, un malestar sordo que se sentía en la tensión de las manos entrelazadas, los pies inquietos y las miradas que se desviaban de un lado a otro. Sin embargo, entre la ansiedad, se percibía también un hilo de humor: el eco de algunas risas parecía aliviar por momentos el peso de la espera. Eran muchos los asuntos a discutir, coordinar y resolver, como piezas de un rompecabezas que necesitaban encajar perfectamente.

La Secretaria, inquieta, optó por coger su teléfono y marcar el número del candidato, justo cuando la puerta se abrió y él apareció en el umbral. No vino solo. Traía consigo a alguien desconocido para ella, aunque no del todo: había en su fisonomía un aire familiar, un rasgo que despertaba recuerdos vagos, como fragmentos de sueños casi olvidados.

Al solicitarle que se identificara para dejar asentada su concurrencia en el acta, ella levantó la vista y lo contempló con el entrecejo fruncido, atrapada por el asombro.
—¿Será familiar del farmacéutico? —se preguntó para sus adentros, mientras un cosquilleo de curiosidad se mezclaba con la sorpresa.

Durante la reunión no logró apartar los ojos de él. Cada gesto, cada palabra parecía traer consigo recuerdos de aquel evento extraño del pasado de su padre, como sombras que reaparecen a través de la memoria.

Al concluir la reunión, cuando el hombre se acercó a firmar el acta, le susurró al oído que no se fuera sin antes hablar en privado. El hombre asintió. La sala fue quedando vacía, con el resonar de pasos que se apagaban hasta dejar solo un silencio cargado de expectativas. Finalmente quedaron ellos dos, frente a frente, rodeados por la quietud del espacio que parecía contener la respiración.

Sin vacilar, ella preguntó:

—¿Eres familiar del farmacéutico que tenía la botica en la calle de entrada del Puerto, donde en el piso de arriba vivía un joven migrante español? El farmacéutico que murió, hace más de veinte años, en un accidente automovilístico…

—Sí —respondió él, con la voz breve y firme—, sí lo soy.

Ella se recostó en el espaldar de su asiento, dejándose envolver por la luz que se filtraba desde la ventana, y lo observó con una sonrisa extraña, como esas que dibuja la ironía de la vida cuando decide jugar sus cartas en el momento menos esperado.

—¿Nos tomamos un café mientras te cuento algo relacionado con él, que quizá desconoces?

Se sentaron juntos y compartieron ese café, cuyo aroma llenaba la pequeña sala con notas de tostado y canela, mientras el sabor se tornaba dulce en medio de la historia que ella comenzaba a narrarle en torno a un testimonio que diera su padre en su presencia, como un puente tendido entre el pasado y el presente.


La historia que ella le contaba

Era el día del año más alegre e importante para la familia. El día en que se reunían todos los familiares: los que compartían techo y los que habían formado sus propios hogares en otros lugares. Estaban todos, y la casa parecía contener, como un cofre ansioso, la energía acumulada de meses de separación.

La celebración comenzaba una semana antes, con un paseo muy especial: la elección del árbol de Navidad. Debía ser el más alto, el más frondoso, un gigante verde que dominara el salón como un guardián silencioso de las fiestas. La tarea era divertida y, a la vez, fuente de debate acalorado; cada opinión chocaba como motas de polvo que caen desde distintos ángulos. Al final, papá dejaba la decisión final a mi madre… y, como siempre, ella acertaba. La alegría se disparaba, cálida y contagiosa, y continuábamos con la aventura: subir el árbol al techo de la camioneta y llevarlo a casa. No era un simple traslado, sino un ritual, una ceremonia que nos incluía a todos en un acto de complicidad familiar.

El camino de regreso tenía una parada obligada. Era tradición. Nos adentrábamos en un pueblo cercano, donde mi padre conocía a una familia que, aunque no formaba parte de nuestra vida cotidiana, tenía un espacio propio en la suya. Nos recibían como si fuéramos familiares cercanos, con la calidez de quienes abren la puerta al afecto sin condiciones.

El hombre de la casa caminaba con pasos que parecían marcar el tiempo: cada pisada era solemne, cargada de significado. Su presencia era litúrgica, como si él mismo fuese parte de un ritual ancestral. Amable, sí, pero con un respeto silencioso que se imponía sin palabras. Tenía un porte sacramental: su cuerpo, sus gestos, todo él parecía signo de algo profundo y callado: fe, autoridad moral, trascendencia, misterio…

Procedía a bendecir nuestro árbol. Ni yo ni mis hermanos preguntábamos nada sobre aquel ritual, que se repetía año tras año desde que tengo memoria. Aunque resultaba extraño, también era especial y mágico, perfectamente acorde con el espíritu navideño que nos envolvía.

Al llegar a casa, con la misma algarabía, todos colaborábamos en colocar el árbol en el salón, en un lugar que parecía diseñado especialmente para él y para la celebración que estaba por suceder. Durante el trajín, las voces infantiles se elevaban como un torrente de agua que no puede contenerse, alborotadas, jugando y gritando como si cada risa fuese un golpe de tambor en la ceremonia de la Navidad. La voz paciente de mi madre, llamándonos a tener cuidado para no romper ninguna rama, imponía un contraste delicado; entonces, por un instante, nos deteníamos, observando el rastro de agujas que el árbol dejaba a su paso, como si fueran testigos silenciosos de nuestro entusiasmo.

Una vez ubicado y sostenido, abrir sus ramas era otro ritual. Lo hacíamos con amor, con cuidado, desplegando cada ramita como si fuera un pétalo de flor de mayo. Al abrirse por completo, nos sentábamos a su alrededor en silencio, contemplándolo. El olor a pino silvestre nos envolvía, trayendo consigo la fragancia viva de la montaña, mezclada con la calidez del hogar. La atmósfera anticipaba el festejo: el reencuentro con tíos y primos, sus caras y sus sonrisas; la música navideña apenas audible, ahogada por las risas y el parloteo de los adultos, ansiosos por contarse lo acontecido durante el año. El tiempo parecía una banda elástica que podían estirar y retraer a voluntad.

Llegado el día, todo aquello que la presencia del pino había evocado sucedía de manera tangible. Él estaba vestido de fiesta, iluminado por pequeñas luces blancas, irradiando un brillo suave que se reflejaba en los ojos de todos nosotros.

Pasada la medianoche, ya entrada la madrugada del 25, todos estaban donde deseaban estar: los niños, algunos tumbados en el suelo jugando con sus regalos, otros dormidos en sofás o incluso en el piso. Los adolescentes se apartaban, formando un círculo en el suelo, inclinados hacia delante, cabezas juntas, hablando en voz baja, compartiendo secretos que solo las hormonas pueden dictar. Yo debería estar entre ellos, pero no lo estaba. Prefería sentarme con los adultos. Sus historias me fascinaban: no solo las contaban, sino que las sentían, las escenificaban.

Era un teatro espontáneo, improvisado, con actores no anunciados y diálogos que surgían como corrientes subterráneas. Uno de ellos ocupaba el centro del escenario: mi tío, narrando un cuento. Su voz cambiaba, su cuerpo se tensaba, y por momentos parecía que la historia lo poseía, moldeando su carne y su gesto. Una explosión de risas recorrió la sala. Mi madre, con un discreto codazo a mi padre, le indicó que era momento de tomar la palabra. Él, sin esperar un segundo codazo más, acomodó su postura, adoptando una expresión algo siniestra, como si la oscuridad de su relato ya se hubiera instalado en el ambiente.

Fue esa madrugada del 25 cuando escuché, por primera vez, la historia del excomulgado.


La historia del excomulgado

Cuando aquel joven inmigrante español entró en la farmacia, cargado con dos maletas de cartón y una serie de objetos sostenidos entre sus brazos, apretados contra los costados, el farmacéutico lo observó de arriba abajo como si estuviera midiendo la forma de un sueño por definir. La luz del día que se filtraba por la vitrina le hacía brillar la piel pálida y delgada, acentuando cada línea de su rostro: ojos negros que se hundían en profundos pozos de misterio, pómulos que se destacaban como montañas talladas, y una mandíbula cuadrada que parecía cincelada por manos invisibles. Su figura era un contraste extraño: erguido, pulcro, sonriente, y al mismo tiempo, emitiendo un aura de hambre y soledad que se percibía como un frío que recorriera el aire de la farmacia, silencioso pero presente.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el farmacéutico, con voz cálida, con la amabilidad de quien abre una puerta invisible—. ¿Puedo ayudarte en algo?

Aquellos dos seres no tenían idea de que estaban a punto de entrelazar sus vidas, no solo por años, sino más allá de la muerte. El joven, impecablemente educado, con una cortesía que parecía heredada de otra época, le explicó que solo quería mostrarle algunos objetos que vendía. Sacó primero los que llevaba en brazos, luego los de una de sus maletas, colocándolos sobre el mostrador con delicadeza, como si estuviera ofreciendo fragmentos de su propia existencia.

—¿Y qué llevas en la otra maleta? —preguntó el farmacéutico, curioso y esperanzado. Deseaba comprar algo, cualquier cosa, para ayudarlo, pero lo que había mostrado no despertaba su interés.

—¡Ah! No —respondió el joven, con una sonrisa tímida, y un dejo de vergüenza—. En esa maleta solo llevo mis pertenencias. No es para la venta.

Y entonces empezó. Una conversación larga, profunda, un puente invisible que se tendía entre sus almas. La conexión se estableció de inmediato. Era como si el universo jugara con piezas de un rompecabezas demasiado grande para ellos, ignorando la voluntad de Dios, tejiendo y cortando hilos invisibles que solo la intuición humana podía rozar.

El joven llevaba consigo todas sus pertenencias porque no tenía un lugar fijo donde dormir. Cada noche era una improvisación: una puerta que se cerraba, un piso donde caía el cansancio, la incertidumbre y el frío. Pero esa tarde, aquella conversación, esa oferta de hospitalidad, cambió todo. De hablar con seriedad, pasaron a reír, a tomar café; el olor amargo y cálido del café recién hecho llenaba la farmacia, mezclándose con los aromas de la madera y del vidrio limpio, con un perfume de hogar que el joven no había conocido en meses. Al final, hicieron negocio: el farmacéutico le ofreció una habitación con ventana y baño en lo alto de la farmacia. Podía quedarse allí, vivir allí, a cambio de mantener la farmacia limpia. Era un acuerdo simple, elegante, y ambos lo aceptaron con una sensación de justicia y armonía.

La primera noche, cuando el joven durmió en “su” habitación, fue como despertar de un sueño que nunca había soñado. Por fin tenía un lugar propio en esa tierra extranjera, un espacio donde podía soltar el peso del mundo. Vaciar maletas, colocar objetos, disponerlos como trofeos de su nueva vida errante: cada libro, cada fotografía, cada objeto era un pequeño monumento a su existencia. Sonreía mientras lágrimas silenciosas caían, mezclando emoción y alivio. Se asomó a la ventana. Las luces del puerto titilaban en la distancia como luciérnagas atrapadas en la bruma. La sal del mar le tocaba la piel, le llenaba los pulmones, le hablaba de su tierra natal sin que un solo familiar estuviera cerca. El murmullo del mar lo serenaba, lo abrazaba, lo acunaba; era un canto familiar, una nana que traía memorias que creía olvidadas. Esa noche, después de limpiar la farmacia, durmió profundo, entregado, sin más preocupaciones que dejar que el cansancio lo llenara y el sueño lo abrazara.

El tiempo pasó, y con él, la amistad se fortaleció. El joven dejó atrás el hambre, dejó de deambular vendiendo objetos puerta a puerta. Estudió, consiguió un empleo, escaló posiciones, y la vida lo recompensó. Ya no vivía en la habitación del techo, ni se ocupaba de la limpieza nocturna. Pero el vínculo con el farmacéutico permaneció sólido, como el de un hijo con un padre, como la raíz que sostiene un árbol contra la tormenta. Hasta que el destino los separó… o al menos eso parecía.

Un día cualquiera, el joven estaba en casa escribiendo una carta para enviarla a España, al amor de su vida, preparando el matrimonio por poder que traería a su amada a Venezuela. La felicidad lo llenaba, los sueños se alineaban. Entonces, un golpe apresurado sacudió la puerta, interrumpiendo el tiempo y el espacio. Se levantó, el corazón latiendo rápido, y abrió:

—Necesito que venga conmigo. El Dr. Serral desea comunicarle algo, urgente —dijo el mensajero, sin saludo ni explicación.

—No sé quién es usted, ni quién sea ese Dr. Serral. El que yo conocía falleció hace dos años en un accidente automovilístico —respondió el joven, con firmeza, intentando ocultar la confusión y el miedo que lo recorría.

—Es el mismo. Necesita darle un mensaje, hoy. Ahora. Por favor, venga conmigo —añadió, como si pronunciara un código secreto—: “Las Palmas no es lo mismo que estas palmas, pero pueden serlo si lo eliges”.

Al escucharlo, la piel del joven se erizó. La frase estaba cargada de memorias, de cariño, de autoridad silenciosa: era la que el Dr. Serral le repetía cuando la nostalgia lo atrapaba, cuando la tristeza se hacía tangible en su pecho. No había duda: era su amigo farmacéutico, más allá de la muerte, y algo extraordinario ocurría.

Siguiendo al extraño, salió al puerto. La brisa, que antes le parecía un susurro acogedor, ahora mordía su piel y le traía olor a sal y advertencia. Las calles, cubiertas de sombras, parecían callejones de un laberinto imposible de sortear. Las farolas dibujaban manchas de luz que se movían con el viento; el mismo viento que zarandeaba las hojas de las palmeras que simulaban garras queriéndolo atrapar; el mar rugía en lugar de susurrar, golpeando los muelles como un tambor de guerra. Cada paso del joven sobre el empedrado resonaba en su pecho, acompañando el golpeteo acelerado de su corazón. Sentía el miedo como un peso húmedo en la espalda, pero la voluntad de encontrar a su amigo lo impulsaba hacia adelante.

Al llegar, el lugar era lúgubre y silencioso, apenas iluminado por velas que lanzaban sombras danzantes, amenazantes, que parecían cobrar vida. Otras figuras se movían entre la penumbra, irreconocibles, como espectros atrapados entre dos mundos. El joven sentía frío en los huesos, respiración entrecortada, cuerpo tenso, pero no se detenía. Quería entender el mensaje, aunque viniera del otro lado.

Y lo logró.

Desentrañó el mensaje. Escuchó la voz de su amigo. No solo eso: recibió una misión. Debía encontrar a su sobrino y advertirle que no ingresara al sacerdocio, porque ese no era su destino. Si lo hacía, sería excomulgado.

La experiencia lo desbordó. Salió del trance con la sensación de que algo en él había quedado fuera de lugar, fragmentos de su alma dispersos en otra dimensión. Días enteros se dedicó a recomponer su ánimo, a entender la experiencia, a recuperar la normalidad. Había sobrevivido al miedo, pero una parte de él permanecía en la penumbra, donde el amigo que ya no estaba todavía hablaba.

Buscó en páginas amarillas, preguntó a vecinos, visitó oficinas públicas y parroquias, pero no halló ningún rastro de otro “Serral”. Pasaron los años y, a donde quiera que se mudara, siguió buscando. No logró encontrarlo para entregarle el mensaje a tiempo.

Por mucho tiempo sintió que había fallado.
Que le había fallado a su amigo,
El farmacéutico


La revelación

Mientras ella le contaba la historia, él escuchaba, atento, sin atrever a interrumpir. El café humeaba frente a él, y cada sorbo era un puente que lo unía a la narradora y al relato que se desplegaba como un tapiz lleno de viejos secretos. Sus ojos recorrían los de aquella mujer, cautelosos, como quien contempla una joya frágil, temiendo romperla con la mirada. La historia fluía entre ellos como un río oscuro y profundo, lleno de recovecos, curvas y remolinos que prometían misterios aún no revelados, sin un final conocido, suspendido en el aire denso del café y del humo que ascendía lentamente de las tazas.

—Por eso me he tomado el atrevimiento de invitarte a conversar, sin conocerte —dijo ella, con una voz que mezclaba respeto y determinación—. Me gustaría saber si tú sabes algo de esta historia, si es verdad o es invento de mi padre. Te confieso que es algo que siempre he querido averiguar.

—No sé si la historia, tal como la cuenta tu padre, es cierta —respondió él, pausadamente, con la suavidad de quien mide cada palabra—. Pero sí puedo confirmarte que el Dr. Serral, el de la farmacia del Puerto, en aquel tiempo, y que murió en un accidente automovilístico, tuvo un sobrino cura… que fue excomulgado. Mi hermano. Tu padre lo conoce; se tratan…

Ella asimilaba las palabras como quien recibe un golpe inesperado que al mismo tiempo abre puertas.

—Pero mi padre dice sentir que le ha fallado a su amigo por no haber cumplido la misión que le encomendara, por no haberlo encontrado —dijo ella, con una mezcla de incredulidad y urgencia contenida.

—Cierto —asintió él, apoyando su voz en la certeza de la memoria—. No lo encontró “a tiempo”; cuando dio con él, ya se había ordenado, es más, ya lo habían excomulgado. Según me cuenta mi hermano, tu padre lo buscaba por el apellido Serral. Lo que pasa es que somos sobrinos de mi tío farmacéutico por parte de madre, y nuestro primer apellido es otro, el de nuestro padre. Si yo no te doy mis dos apellidos, tú tampoco hubieras dado conmigo para tener esta conversación. Tú también conoces a mi hermano, el cura excomulgado. Es quien todos los años bendice el árbol de Navidad. Yo he estado ahí, he observado el ritual. Siempre he sabido quién eres.

Ella permaneció un instante en silencio, atrapada entre la incredulidad y el asombro. Sus manos sobre la taza temblaban apenas, como si el calor del café no pudiera contener la corriente eléctrica que recorría su cuerpo. Cada palabra del hombre era un peso y, al mismo tiempo, un alivio: la verdad que se había escondido en capas de tiempo y silencio ahora caía como lluvia lenta, penetrando hasta los rincones más recónditos de su memoria.

—Además —continuó, tras una breve pausa, como si necesitara tomar aire antes de poner en palabras aquello que llevaba tiempo meditando—, el hecho de que mi tío, desde el otro lado, le haya confiado esa misión a tu padre… y el hecho de que tu padre la haya asumido como una deuda moral, como un compromiso íntimo que debía honrar, no fue un error ni una casualidad. Fue, creo yo, la voluntad de Dios manifestándose de una forma que a veces nos resulta incomprensible.

Se inclinó levemente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa, como quien desea que lo que va a decir sea escuchado no solo con los oídos, sino con el corazón.

—No para impedirle a mi hermano vivir lo que tenía que vivir —prosiguió—, ni para evitarle la experiencia que le tocaba atravesar, con todo lo que implicaba: el aprendizaje, la caída, la lección y también aquello que debía dar a otros en esta vida. No. La búsqueda no era para desviar su camino, sino para anudarlo con otros. Para que los lazos de familiaridad, de afecto y de destino que habían nacido entre tu padre y mi tío no se rompieran con la muerte, sino que encontraran una forma de continuidad.

Alzó la mirada, firme, serena, como quien ha hecho las paces con una verdad que ya no duele.

—¿Has pensado alguna vez en eso? —preguntó con suavidad—. Yo sí. Y lo creo profundamente. Por eso te digo que no te preocupes. Tu padre no falló. Nunca falló. El mensaje, la misión, incluso la aparente demora… todo eso fue solo un instrumento del destino. Un modo de mantener vivos los hilos que ya estaban tejidos, aunque nadie pudiera verlos.

El hombre terminó su café y se puso de pie con un movimiento tranquilo, decidido, como quien cierra un círculo invisible. Se acercó a ella, todavía sentada, descolocada por la magnitud de la revelación. Con suavidad, le apoyó la mano en la cabeza y, con la yema de los dedos, dibujó gestos lentos de caricia, pidiendo sin palabras que se calmara, que todo estaba bien, que no había nada que temer, solo verdad. El gesto era casi ceremonial: un toque que hablaba de confianza, de cercanía y de silencios compartidos, de mundos que se conectan sin necesidad de palabras.

—Si este año van a bendecir el árbol, como acostumbran, allí nos encontraremos —dijo finalmente, la voz cargada de promesa y calma—. Le pediremos a tu padre y a mi hermano que nos cuenten la parte de la historia que no conocemos: el encuentro de ellos… sería justo, ¿no?

Ella levantó la mirada y lo observó. En sus ojos se reflejaba la luz de la tarde que entraba por la ventana, mezclada con la certeza de lo que acababa de escuchar: una historia que no era solo de su padre, ni suya, sino de todos los hilos invisibles que los unían. El aroma del café permanecía entre ellos, cálido, envolvente, como un recordatorio de que el pasado, por mucho que intente esconderse en el olvido, siempre deja su rastro para ser encontrado— por quienes lo recuerdan.


Al final, comprendemos que la vida es un tapiz de hilos invisibles, donde cada intención humana —por bienintencionada o equivocada que sea— se enfrenta a la fuerza más grande: la voluntad divina. A veces parece que fallamos, que las piezas no encajan, que los hilos se rompen… pero siempre hay un diseño más amplio. Queda en nosotros aceptar que, aunque no entendamos los caminos ni los silencios, hay una fuerza que teje, une y redime, y que en su red invisible, somos todos parte de algo más grande que nuestra voluntad.

lunes, 19 de enero de 2026

"Semillas al viento": una reflexión poética sobre el amor, la espera y el valor de las personas.

 “Algunas personas son medicina en un mundo que solo busca ornamento.”


PRÓLOGO

Antes de hablar de amor, este texto habla de valor.
Antes de hablar de pérdida, habla de abundancia.
Antes de hablar de espera, habla de dignidad.

No todas las personas llegan al mundo para imponerse. Algunas llegan para ofrecer. Para sostener. Para sanar. Y en ese gesto silencioso, a menudo, son malinterpretadas. Porque el mundo sabe reconocer lo que brilla, pero aún aprende a cuidar lo que ilumina.

Esta no es una historia de carencia, sino de exceso. De semillas que contienen más vida de la que muchos suelos pueden recibir. De luces que no buscan aplauso, sino permanencia. De la diferencia —tan sutil como decisiva— entre ser deseado y ser elegido.

“Semillas al viento” no es una confesión, sino un espejo. Una reflexión sobre el amor que no hiere, pero incomoda. Sobre la belleza que no grita. Sobre el valor de quienes siguen sembrando, incluso cuando aún no encuentran dónde quedarse.


Hay personas que parecen estar hechas de una materia distinta. No de la que se exhibe, ni de la que impone presencia inmediata, sino de una sustancia silenciosa, profunda, casi invisible a primera vista. Son como semilleros antiguos, cargados de semillas nobles: aquellas que no prometen espectáculo, pero sí transformación.

Desde lejos, su valor no siempre se percibe. No brillan como las flores exóticas ni advierten como las plantas venenosas que se eligen para decorar espacios y provocar admiración. Su belleza no intimida por forma, sino por contenido. Son medicinales: sanan, sostienen, devuelven equilibrio. Y, como todo lo que sana, suelen ser buscadas solo cuando hay carencia, dolor o necesidad.

El mundo parece saber usarlas, pero no cuidarlas.

Hay seres humanos así: portadores de amor, conciencia, empatía, honestidad, lealtad, dulzura, pasión serena. Al acercarse a ellos, algo se aquieta, algo se ordena. Iluminan sin ruido, ofrecen sin cálculo, permanecen disponibles como la tierra fértil que no exige reconocimiento. Y, sin embargo, rara vez son elegidos como lugar de arraigo.

Se los desea, pero no se los habita.

En el terreno del amor, esto se vuelve más evidente. Porque hay luces que no solo alumbran: también revelan. Y no todos están dispuestos a verse con claridad. Hay presencias tan íntegras que incomodan; no porque exijan, sino porque reflejan. Y ese reflejo, para quien aún no ha hecho las paces consigo mismo, puede resultar intimidante.

Así, estas personas suelen convertirse en opción, nunca en elección. En refugio transitorio. En pausa reparadora antes de continuar camino hacia algo menos profundo, pero más fácil de sostener. Se las quiere, sí, pero con reservas. Se las admira, pero a distancia. Se las toma como se toman las hierbas que alivian: con gratitud momentánea, sin compromiso de cultivo.

Sus semillas viajan lejos. El viento las lleva de vínculo en vínculo, de promesa en promesa. Caen sobre suelos que parecen firmes, pero que no están listos para sostener raíces profundas. Al principio, todo anuncia crecimiento: hay calor, hay atención, hay palabras que suenan a hogar. Pero con el tiempo, la tierra se retrae. Falta cuidado. Falta constancia. Falta la voluntad de permanecer.

Entonces las semillas no mueren de inmediato. Se desgastan. Se marchitan en silencio. Son pisadas por la costumbre, ignoradas por la prisa, dejadas atrás cuando ya cumplieron su función sanadora.

Y surge la pregunta —no dicha en voz alta, pero persistente—:
¿Es un defecto del semillero, que entrega demasiado sin medir el terreno?
¿O es que el mundo aún no sabe qué hacer con aquello que no hiere, no compite, no se impone?

Tal vez haya una desproporción entre la abundancia de lo que se ofrece y la capacidad de recibirlo. Tal vez no todos los suelos están preparados para tanta semilla junta. Porque hay riquezas que, cuando aparecen completas, desbordan. Y no toda tierra desea ser transformada.

Aun así, estas personas no cambian su esencia. No endurecen sus semillas ni las vuelven escasas. No aprenden a ser veneno para ser elegidas. Siguen entregándose al viento con la misma dignidad con la que fueron creadas. Siguen creyendo —aun sin pruebas— que existe un lugar donde la luz no ciegue, sino caliente; donde el amor no tema profundidad; donde alguien no solo necesite sanar, sino también aprender a cuidar.

Quizás su misión no sea imponerse, sino permanecer fieles a lo que son, incluso en un mundo que aún no sabe cómo sostener tanta vida.
Quizás no fueron hechas para adornar, sino para transformar.
Y toda transformación verdadera requiere tiempo, valentía y una tierra que acepte cambiar para siempre.

Tal vez no haya error en el semillero, ni exceso en la semilla. Tal vez el tiempo no sea castigo, sino preparación. Porque algunas tierras no se encuentran: se forman. Y no todos los encuentros están destinados a florecer de inmediato.

Hay luces que no llegan para ser vistas, sino para enseñar a mirar. Presencias que no se ofrecen para ser poseídas, sino para recordar lo que el amor podría ser si no tuviera miedo. Y aunque parezca que pasan sin dejar huella, la verdad es otra: donde una semilla cae, algo cambia, incluso si no llega a brotar.

Nada que sane pasa en vano.

Quizás el verdadero destino de estas semillas no sea echar raíces en cualquier suelo, sino resistir intactas hasta encontrar uno que se atreva a recibirlas sin intentar reducirlas. Un suelo que no tema la profundidad, que no confunda luz con amenaza, que no huya cuando el amor exige permanencia.

Y cuando ese lugar exista —porque debe existir— no hará falta forzar el crecimiento. Bastará con quedarse. Con cuidar. Con permitir que el tiempo haga lo que siempre hace con lo verdadero: volverlo hogar.

Hasta entonces, el semillero permanece abierto. No por ingenuidad, sino por fidelidad a su naturaleza. Porque hay seres que no nacieron para cerrarse, ni para endurecerse, ni para aprender a ser menos. Nacieron para sembrar.

Y aun cuando el mundo no sepa qué hacer con tanta vida, la vida —silenciosa, paciente— siempre encuentra la manera de florecer.


EPÍLOGO

Quizás el mundo no deba cambiar de inmediato.                                                     
Quizás tampoco las semillas.

Tal vez baste con que alguien, en algún punto del camino, decida quedarse. Decida cuidar. Decida no huir cuando la profundidad aparece. Porque amar no siempre es sentir: a veces es sostener lo que florece lento.

Hasta que ese gesto exista, el viento seguirá haciendo su trabajo. Moviendo semillas, despertando tierras, probando tiempos. No como castigo, sino como promesa.

Porque lo que nace con vida verdadera no desaparece: espera.
Y cuando encuentra su lugar, no hace ruido.
Simplemente florece.


“Florecer no depende de la semilla, sino del suelo que se atreve.”