jueves, 10 de septiembre de 2026

"La chica de la mirada azul": Una carta, una tableta de chocolate y unos ojos azules despiertan una profunda reflexión sobre el cuidado, la infancia herida, la bondad y el legado que dejamos en los demás.

 

Hay regalos que llegan envueltos en muy poco y terminan ocupando un lugar inmenso.


Prólogo

Hay encuentros que parecen pequeños cuando suceden, pero con el tiempo adquieren otra dimensión. Quizá porque algunas personas aparecen en nuestra vida sin saber cuánto pueden enseñarnos sobre nosotros mismos.

Esta es una historia de esas que nacen de un gesto sencillo y terminan hablando de algo mucho más profundo: de lo que damos, de lo que recibimos y de esas inesperadas formas en que la vida nos devuelve el sentido.


Llegó el día tan ansiado: ¡el día de mis vacaciones!

Les prometí a mis chicas que dormiría las primeras cuarenta y ocho horas. Así lo hice, a pierna suelta. Sin alarmas, sin prisas, sin la mente anticipando planes para el día.

Y hoy, mientras intento poner un poco de orden en mi vida íntima —esa vida que se nos escurre entre el tiempo comprometido y las prisas—, me he encontrado con un papel arrugado en mi bolso: una carta de ella, de la chica de la mirada azul.

"Bueno, Margarita, este detalle —una gran tableta de chocolate— es por tu cumple y por tus vacaciones. Gracias por cuidarme y preocuparte por mí. Eres una gran persona. Te vamos a extrañar, pero mereces esas vacaciones. Y gracias porque, aunque tus días fueron grises, tenías sonrisas y tu buen humor para nosotras".

Mis manos temblaron. Mis ojos se nublaron. Mi corazón no cabía en el pecho de la alegría.

Sí, ¡alegría!

Esas palabras escritas con el corazón —por alguien que es la inocencia encarnada— me confirmaban que mi vida tenía propósito; que, de alguna manera, mis padres estaban cosechando aquello que sembraron en mí; que mis hijos tendrían un motivo para sentirse orgullosos de su madre, porque estaba acumulando la única riqueza que ellos pretenden que les sea legada.

Y ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene de particular recibir una muestra de afecto y agradecimiento? ¿Acaso todos no hemos sido receptores de esas demostraciones por parte de alguien?

Y yo les contesto:

Hay niños que nacieron en un mundo de cristal completamente roto.

Niños que tuvieron que aprender a caminar de puntillas, a no tocar, a no hacer ruido, para no herir un alma que ya venía herida.

Niños que aprendieron demasiado pronto que hasta la ternura podía convertirse en una herramienta para manipular, asustar, quebrar; para sembrar miedo y desconfianza en una mente que apenas estaba aprendiendo a descubrir el mundo.

Niños que no maduran dejando que el tiempo les entregue, poco a poco, la infancia que merecieron.

Y yo, desde aquí, humildemente, le contesto a la chica de la mirada azul —no solo por el color de sus ojos, sino porque en ellos todavía se refleja la pureza del cielo—:

"Gracias por tu gracias. Gracias por sentirme como un lugar seguro. Gracias por encontrar en mí luz en las sombras. Gracias por hacerme sentir bien conmigo misma. Gracias por ser como eres. ¡Gracias por existir!"

No soy perfecta, lo sé. ¿Acaso alguien lo es?

También yo he tenido días en los que la sonrisa ha sido un esfuerzo y otros en los que he llegado a casa preguntándome si todo aquello que hago tiene algún sentido.

Quizá por eso aquella carta me conmovió tanto.

Porque a veces creemos que para dejar algo en los demás necesitamos hacer grandes cosas. Y no. A veces basta con estar. Con mirar. Con escuchar. Con cuidar una pequeña parcela de la vida de alguien cuando la nuestra también necesita ser cuidada.

Quizá nunca sepamos qué huella dejan nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra manera de tratar a quienes se cruzan con nosotros.

Tal vez alguien recuerde, muchos años después, una sonrisa que nosotros apenas recordamos haber ofrecido.

Tal vez alguien conserve como refugio una conversación que para nosotros fue solamente un momento cualquiera.

Tal vez, incluso sin saberlo, estemos enseñándole a alguien que todavía existen lugares donde no hace falta defenderse.

Y entonces comprendo que hay riquezas que no caben en una cuenta bancaria, ni en una casa, ni en una herencia.

Hay riquezas que se acumulan en la memoria de otros.

En la confianza que despertamos. En el cariño que dejamos. En las heridas que evitamos. En la luz que somos capaces de encender cuando alguien atraviesa su propia oscuridad.

Quizá eso sea, después de todo, lo que significa dejar un legado.

No que nuestros hijos hereden lo que tuvimos, sino que puedan reconocer en nosotros aquello que merece ser continuado.

La chica de la mirada azul me dejó una tableta de chocolate envuelta en un papel arrugado.

Un pequeño regalo.

Una enorme verdad.

Lo sostengo ahora entre mis manos y vuelvo a leer aquellas palabras.

Afuera, Madrid sigue haciendo ruido.

Yo, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa.

Doblo despacio el papel y lo guardo.

No sé cuánto tiempo permanecerá allí.

Quizá años.

Quizá hasta que el papel termine por deshacerse.

Pero hay cosas que, una vez que encuentran un lugar dentro de nosotros, ya no necesitan papel para permanecer.

Y pienso en sus ojos.

En ese azul limpio.

En esa niña que la vida no consiguió borrar del todo.

Y sonrío.

Porque algunas veces, sin proponérnoslo, cuidamos una pequeña luz creyendo que somos nosotros quienes la protegemos.

Hasta que un día descubrimos que era ella la que nos estaba iluminando.


Epílogo

Tal vez el verdadero valor de lo que hacemos no pueda medirse mientras lo estamos haciendo. Hay gestos cuyo significado solo aparece cuando alguien, mucho después, nos devuelve una parte de aquello que entregamos sin esperar recompensa.

Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de saber que nuestra presencia no pasó en vano por la vida de otro ser humano.


Hay personas que llegan con las manos pequeñas y terminan enseñándonos el tamaño verdadero de la bondad.


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¿También eres bisagra?: Una reflexión sobre quienes sostienen el equilibrio entre dos partes, median, concilian y también necesitan aprender a poner límites.

 

A veces una palabra inesperada abre una puerta hacia nosotros mismos.


Prólogo

Hay palabras que llegan sin anunciarse y, sin embargo, encuentran un lugar donde quedarse. Algunas describen una situación; otras nos obligan a mirarla desde otro ángulo. Esta reflexión nace de una de esas palabras y de la curiosidad de seguir su rastro hasta descubrir cuánto puede decirnos.


En estos días, una joven y jovial compañera me dijo, acercándose mucho a mi rostro, como quien susurra algo penoso que no debe ser oído: “no sé si me das pena o te admiro, pero, en todo caso, no quisiera estar en tu lugar: ¡eres una bisagra humana!”.

—¿Una bisagra humana? —le pregunté.

—Sí, te encuentras en medio: entre nosotras y la empresa… ¡nada fácil mantener el equilibrio!

No puedo asegurar que fueran sus palabras exactas, pero así lo recuerdo.

La palabra “bisagra” se quedó rondando en mi mente, creando una tormenta de pensamientos de la cual necesitaba escapar.

Al llegar a casa no pude dejar de observar las puertas, sus bisagras. Obsesionada con esa idea, empecé a moverlas: abrirlas y cerrarlas.

Y sí, sí. Creo que la imagen surgida de la bisagra es muchísimo más rica de lo que me pareció a primera vista. Porque una bisagra no es simplemente algo que “abre y cierra”: es el punto de unión entre dos partes que necesitan moverse sin dejar de estar unidas.

Entonces, ¿qué es una bisagra? —pensé—.

Es un mecanismo que une dos piezas y permite que una de ellas gire respecto de la otra alrededor de un eje.

Y ahí está lo interesante: la bisagra no pertenece enteramente a ninguna de las dos piezas y, al mismo tiempo, pertenece a las dos…

¡Como ella dijo!

Su función es permitir el movimiento y mantener unidas las dos partes mientras se mueven en direcciones diferentes.

Una puerta puede abrirse o cerrarse gracias a ella. Pero la bisagra no decide hacia dónde quiere ir la puerta. Soporta el movimiento. Lo articula. Lo hace posible.

La bisagra puede chirriar tanto al abrir como al cerrar. El ruido no significa necesariamente que esté haciendo mal su trabajo. A veces significa que está soportando fricción.

Y ahí, para mí, aparece la metáfora: yo, la bisagra… ¿tú también?

Lo pregunto porque estoy describiendo una posición de articulación: estar entre dos espacios que tienen intereses diferentes y, en ocasiones, contrapuestos. Por un lado, el equipo del que formamos parte, con sus necesidades, sus límites, su cansancio, sus derechos. Por otro, la organización, con sus objetivos, sus exigencias, su eficiencia y sus responsabilidades.

Y ahí está uno en medio.

No se es exactamente “la puerta”, porque no somos quienes decidimos todo. Tampoco somos completamente «el marco», porque formamos parte del movimiento. ¡Somos la bisagra!

Y quizá lo más duro de ser bisagra es esto: cuando la puerta se abre hacia un lado, la bisagra tiene que soportar la tensión del otro.

Cuando proteges a tu equipo, puedes sentir que tiras contra la empresa. Cuando haces cumplir una exigencia, puedes sentir que cierras la puerta frente a quienes tienes al lado.

La realidad es que se ocupa una posición intermedia desde la que hay que conciliar, transmitir, poner límites y negociar.

Y ahí aparece otra cosa que me parece todavía más interesante: una bisagra está constantemente adaptándose.

Abre.

Cierra.

Abre.

Cierra.

Y si la fricción aumenta y nadie la lubrica, empieza a chirriar.

La metáfora se vuelve humana: hablamos del desgaste de una persona que lleva demasiado tiempo absorbiendo la fricción entre dos mundos.

Una bisagra sana no elimina la tensión entre las dos partes. Permite que esa tensión no rompa la puerta.

Pero también tiene un límite.

Si soporta demasiado peso, si está mal colocada, si se oxida o si nadie la mantiene, no importa cuánto quiera cumplir su función: terminará chirriando, deformándose o rompiéndose.

No se trata de preguntarse únicamente “¿hacia qué lado debo tirar?”. Tal vez la pregunta sea:

“¿Cuánto tiempo puede una persona permanecer en medio de dos fuerzas sin terminar convirtiéndose ella misma en el lugar donde se produce toda la fricción?”

Porque quizá ese sea el verdadero precio de ser bisagra.

Y te diría algo más: no todas las bisagras tienen que abrirse siempre hasta donde los demás quieren. También necesitan límites. Una buena bisagra permite el movimiento, pero tiene un ángulo determinado. No permite que la puerta se abra indefinidamente hasta arrancarse del marco.

Eso no es mandar, es liderar. Es gozar de la confianza de los involucrados… ¡nada más satisfactorio que eso!

Y sigo pensando. Ese pensamiento me lleva a las personas “bisagras” fuera del ambiente laboral. Porque también puede darse en la familia, en la comunidad, en el grupo de amistades…

¿Eres tú una de ellas?

Sabes, entonces, que no tienes que conseguir que nadie gane siempre. Tu función puede ser conseguir que la puerta siga funcionando sin que ninguna de las dos partes termine arrancándola del marco.

Y quizá por eso no te sorprenda que esa puerta chirríe unas veces al abrir y otras al cerrar: mediar para conservar la paz y la armonía también desgasta.

Y, sin saberlo, acabas de leer una pequeña metáfora de ti mismo.


Epílogo

Quizá algunas posiciones de la vida no se eligen, sino que terminan ocupándonos. Y cuando nos toca sostener vínculos, decisiones o expectativas ajenas, conviene recordar que también nosotros formamos parte de aquello que intentamos mantener en pie.


Tal vez la verdadera fortaleza consista en saber hasta dónde podemos sostener sin dejar de sostenernos.

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lunes, 7 de septiembre de 2026

"Un Pan Bajo El Brazo": Una reflexión sobre la pobreza, la desigualdad de oportunidades, el mérito, la empatía y las circunstancias que condicionan nuestra vida desde el nacimiento.


 Hay privilegios que solo reconocemos cuando descubrimos que no estaban al alcance de todos.


PRÓLOGO

Vivimos acostumbrados a pensar que cada vida comienza desde el mismo punto de partida. Quizá porque resulta más cómodo creer que todo depende de la voluntad, del esfuerzo y de las decisiones que tomamos.

Pero basta detenerse un instante para mirar alrededor y descubrir que la vida reparte de manera desigual aquello que recibimos antes de poder elegir.

Hay preguntas que nacen de una conversación aparentemente sencilla y terminan obligándonos a revisar nuestras propias certezas. Esta es una de ellas.


Tenía un vecino con el que desarrollé una amistad.

Todas las tardes salía a caminar y me encontraba con él: yo para despejar la mente y ordenar los pensamientos, él para pasear a su perra. Coincidíamos. Nos saludábamos, hasta que, en un momento, empezamos a hacer el recorrido juntos.

¡Una manera sencilla de iniciar una amistad!

Una caminata. Una conversación. Los perros delante. Un café después. La sensación de encontrar a alguien con quien es fácil compartir el tiempo.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, nuestras conversaciones entraron en lugares más profundos. Dejamos de hablar de lo cotidiano y comenzamos a hablar de aquello que pensamos, creemos y nos duele.

Entonces descubrí el verdadero límite de nuestra amistad.

Porque hay temas que no son solo temas. Son espacios donde cada uno lleva su historia, sus valores y su forma de ver el mundo.

Una de esas conversaciones llegó cuando hablamos de la pobreza y de las oportunidades de quienes nacen en determinados lugares del mundo.

Él dijo, con absoluta espontaneidad y convicción, que esas personas tenían las mismas oportunidades que cualquiera de nosotros aquí, en España.

Aquella frase me incomodó. Deshizo la imagen que tenía de él hasta ese momento, porque…

¡No todos nacemos con las mismas oportunidades!

Hay niños que nacen con un pan bajo el brazo.

Nacen en una familia que los espera. Tienen un padre y una madre, o al menos alguien que los cuida. Tienen casa, escuela, ropa, alimentos y protección. Alguien que les enseña a distinguir el bien del mal, los acompaña cuando tienen miedo y les dice que pueden llegar a ser algo en la vida.

Y hay otros que nacen sin nada de eso.

Niños que viven donde la pobreza no es una circunstancia, sino el panorama entero. Desde pequeños deben cuidar de sus hermanos, trabajar, pedir, sobrevivir. Conocen antes el hambre que los libros y antes el miedo que la seguridad.

Y cuando hablo de hambre, no hablo solo de comida.

Existe también el hambre de amor, ternura, protección, cuidado, educación…

¡El hambre de oportunidades!

El hambre de sentirse alguien en un mundo que parece haberles dicho que valen menos.

¿Cómo puedo entonces mirar a esas personas y decir que tuvieron las mismas oportunidades que yo?

Quizá tuvieron las mismas capacidades, sueños, inteligencia, bondad y capacidad de amar.

Pero no tuvieron las mismas oportunidades.

¡Y eso importa!

Muchas veces juzgamos a las personas por aquello en lo que terminaron convirtiéndose, sin preguntarnos qué circunstancias las construyeron.

Por eso creo que deberíamos ser más prudentes al opinar.

No se trata de justificarlo todo. La libertad también necesita condiciones para ejercerse y no puedo exigir las mismas respuestas a quienes comenzaron la vida desde lugares distintos.

No creo que debamos culpar a un pueblo por las circunstancias en las que vive. Creo que debemos preguntarnos quién tenía la responsabilidad y el poder de cambiarlas.

Y, sobre todo, creo que debemos cuidar algo que a veces olvidamos cuando vivimos cómodamente:

¡la empatía!

Para mí, la empatía no es sentir lástima desde lejos, sino imaginar cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en esas condiciones.

Quizá entonces comprendería que muchas cosas que creo haber conseguido solo por mis méritos también tuvieron algo de regalo:

¡Ese pan bajo el brazo con el que algunos llegamos al mundo sin siquiera saber que lo llevábamos!

A mí hay imágenes que me parten el alma.

Las miro y algo dentro de mí se encoge. Mi mente hace «cortocircuito» al no entender cómo puede existir tanto sufrimiento mientras otros vivimos con cosas que damos por hechas.

Y entonces aparece mi fe.

No como explicación que resuelva el dolor, porque no la tengo. Tampoco como consuelo.

Solo como una forma de aceptar aquello que mi razón no consigue comprender.

Creo en un Dios que no desea el mal para nadie.

Y, aun así, hay sufrimientos que siguen siendo incomprensibles.

Quizá creer significa aprender a convivir con algunas preguntas sin permitir que nos vuelvan indiferentes.

Eso era lo que, para mí, estaba en juego: no era solo una diferencia de opinión.

¡Era una diferencia en la manera de mirar al otro!

Quizá por eso algunas amistades se separan cuando dejan lo superficial y muestran aquello que de verdad somos.

Porque llega un momento en que aparece una pregunta incómoda:

¿Cómo miro yo el dolor de los demás?

La respuesta puede acercarnos, o no.

Yo solo sé que no quiero perder la empatía.

Y que podemos recordar, cada vez que miremos a alguien que nació con menos, que el pan bajo nuestro brazo no fue necesariamente un mérito nuestro.

A veces, simplemente, tuvimos la fortuna de nacer donde había pan.

Y quizá recordarlo sea una de las formas más honestas de aprender a mirar al otro.


EPÍLOGO

Tal vez crecer también consista en descubrir que nuestra historia no empezó el día en que comenzamos a tomar decisiones.

Antes hubo un lugar, una familia, unas circunstancias, personas que estuvieron o que faltaron, puertas que se abrieron y otras que ni siquiera llegamos a conocer.

Reconocerlo no disminuye nuestros esfuerzos ni borra nuestros méritos. Simplemente nos recuerda que nadie construye su vida completamente solo.

Y quizá desde esa conciencia podamos mirar el mundo con menos juicio y con una pregunta más humilde: ¿Qué habría sido de mí si la vida me hubiera colocado al otro lado de la frontera?


A veces la verdadera justicia comienza cuando dejamos de creer que todos partimos del mismo lugar.


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sábado, 5 de septiembre de 2026

¿Te acuerdas...? : la experiencia de descubrir que nuestra vida adquiere otros significados cuando quienes nos aman la cuentan desde su propia memoria.


 “A veces necesitamos que otros nos cuenten nuestra propia vida.”


Prólogo

Hay momentos en los que el pasado deja de ser una sucesión de fechas y acontecimientos para convertirse en algo mucho más cercano: una historia que continúa creciendo cada vez que alguien la recuerda.

Quizá por eso ciertas conversaciones familiares tienen la capacidad de sorprendernos. No solo porque recuperan escenas que creíamos olvidadas, sino porque nos permiten descubrir que quienes estuvieron a nuestro lado guardaron de aquellos días imágenes que nosotros nunca llegamos a ver.

Y entonces comprendemos que una vida puede tener muchas versiones sin dejar de ser la misma.


En estos días cumplí años.

La noche estaba abierta sobre Madrid. Desde la terraza, las luces de la ciudad parecían extenderse hasta la luna menguada que pendía del cielo.

Éramos pocos alrededor de aquella mesa. Y, sin embargo, estaban también... los que no estaban.

Porque en las reuniones familiares no es nada extraño mirar a nuestro derredor solo para contar los que faltan: los muertos, los que están lejos... ¡los que no pudieron venir!

Y, como siempre, es inevitable que las conversaciones giren sobre ellos.

Y los recuerdos fueron apareciendo unos detrás de otros, como pequeñas ventanas que alguien fuera abriendo en la noche.

Miré extasiada el rostro de mi hija menor. Esa expresión de calma y dulce picardía que la delataba como autora y cómplice de aquel encuentro familiar.

Hasta que mi hijo mayor tomó la palabra.

—Mamá, ¿tú te acuerdas...?

Al formular la pregunta, de inmediato acomodé mi postura, afianzando el culo en la silla. Podía intuir las cosas que diría... ¡y cómo las contaría! Él llevaba en su cadena de ADN todos mis cromosomas: su imaginación y sus cualidades histriónicas...

¡Que Dios me coja confesada!

Comenzó a contar.

Yo conocía aquellas historias. O creía conocerlas.

Pero, de pronto, las estaba viendo desde otro lugar.

Eran episodios de mi vida, sí, pero contados por él eran otra cosa. Habíamos estado en las mismas escenas, pero no habíamos vivido la historia de la misma manera.

Y mientras hablaba, su rostro comenzó a cambiar.

Los ojos se le agrandaban con el asombro de aquel niño que ya no estaba allí. La boca se le torcía para imitar una escena. Las cejas subían, bajaban, se juntaban. Por un instante parecía enfadado; al siguiente, aterrado; después, la cara se le deshacía en una carcajada.

Los demás se contagiaron.

Una historia provocaba otra. Una voz despertaba una imitación. Una mano señalaba un lugar inexistente en aquella terraza y, de repente, allí estaba la escena.

Yo los miraba.

Y cuanto más contaban, más pequeños me parecían mis propios recuerdos y más grandes ellos.

Por momentos, la mesa parecía una escena de teatro vista desde la penumbra. La luz de las velas les encendía los ojos y les dejaba el resto del rostro en sombras. Una carcajada abría una boca desmesurada; un gesto de sorpresa estiraba las cejas hasta casi desaparecerlas bajo el cabello; unos labios se fruncían en un gesto de tragedia y, un instante después, aquella misma cara se quebraba en una risa que parecía dibujada con pinceladas gruesas. Yo los contemplaba como si sus rostros hubieran dejado de ser rostros para convertirse en máscaras vivas, cambiantes, capaces de representar en un segundo toda una vida.

Era como si hubieran levantado un escenario delante de mí y se hubieran convertido en una compañía de actores. Yo estaba sentada en primera fila, mientras ellos representaban episodios de una vida que también era mía.

Pero yo no era ya la protagonista.

Era espectadora.

Y aquello me fascinaba.

Mi vida me estaba siendo devuelta desde la mirada de los otros. Y no de unos otros cualquiera, sino de los seres que más me amaban.

Y algo empezó a sucederme por dentro.

Sentí primero una calma profunda, una seguridad casi física, como si hubiera llegado por fin a un lugar donde nada podía sucederme: el hogar.

Y, al mismo tiempo, una euforia creciente.

Calma y euforia.

Dos fuerzas que deberían contradecirse y que, sin embargo, aquella noche parecían encontrarse dentro de mí para producir una sensación nueva.

Me sentía elevada, hipnotizada, extrañamente lúcida.

A veces basta una noche, una mesa y unas voces queridas.

Y que alguien nos diga:

—Mamá, ¿tú te acuerdas?

Para descubrir que nuestra vida no termina en nuestros propios recuerdos.

También vive en los ojos de los otros.


Epílogo

Hay una forma de amor que consiste en conservar aquello que el tiempo no consiguió llevarse.

Quizá quienes nos rodean hacen eso sin saberlo: guardan gestos, anécdotas, palabras y pequeñas escenas que nosotros dejamos atrás mientras seguíamos caminando. Y un día, cuando menos lo esperamos, las ponen nuevamente frente a nosotros.

Entonces podemos mirarnos desde fuera y reconocer a la persona que fuimos, pero también a la que fuimos para ellos.

Porque nadie se recuerda completamente a sí mismo.


“Quizá recordar sea eso...”


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domingo, 23 de agosto de 2026

"El armario que guarda el otoño": Una reflexión sobre el otoño, la infancia, los recuerdos y esas pequeñas ilusiones que permanecen con nosotros a través de los años.

 

“Hay otoños que empiezan antes de llegar.”


Prólogo

Hay recuerdos que no necesitan ser llamados para regresar. Permanecen ligados a pequeñas cosas que, con el paso de los años, adquieren un significado que antes no podíamos comprender.

A veces basta con reencontrarnos con un objeto, con una costumbre o con una determinada estación para descubrir que nuestra historia personal está hecha también de esos detalles aparentemente insignificantes. No porque el pasado vuelva, sino porque algo de nosotros todavía sabe reconocerlo.

Crecer no significa borrar lo que fuimos. Significa aprender a convivir con todas las edades que alguna vez experimentamos, incluso con aquellas que creíamos definitivamente perdidas.

Quizá por eso hay momentos en los que la vida adulta se detiene unos segundos y nos permite descubrir que aquella persona pequeña que fuimos todavía tiene algo que decirnos.


Estos dos últimos días he sostenido una sonrisa pícara en mis labios.

La temperatura ha fluctuado, descendiendo unos grados. Y es que no es un secreto para nadie que, al acercarse el fin del verano, mi estado de ánimo cambia. Falta para que llegue el otoño, ¡pero ya lo tengo cogido de la mano!

Sentada en el suelo y con el armario abierto de par en par, descubrí que allí dentro aguardaban, impacientes —como yo—, el otoño y el invierno. Entre las perchas respiraba mi universo favorito: una paleta de tonos tierra, ocres y verdes profundos, envuelta en la promesa de texturas gruesas y abrazos de lana. Todo en ese rincón olía a refugio, a tardes de lluvia y a mi piel restaurada, por fin libre del letargo del estío, limpia y delicadamente perfumada.

Mi sonrisa pícara de mujer realizada se volvía pura ternura al verlo a mi lado. Allí estaba él, como el niño que era, leyendo sus historietas. Las intocables para mí: el Monje Loco, las de Superman y las de Mortadelo y Filemón. Esas no: las del Monje Loco, porque eran de miedo; las de Superman, por la violenta lucha entre el bien y el mal; y las de Mortadelo y Filemón, por aquellas imágenes que me sacarían de la realidad.

¡Ah! Pero las de Archie sí, esas sí.

Las tomaba en mis manos y me deleitaba con aquellas páginas de colores, de figuras, de muchachos siempre alegres, siempre ocupados en algo: el colegio, los amigos, los planes, la diversión, los amores.

Y entre ellos, Betty y Verónica. Dos jovencitas amigas. Una rubia, una morena; una de clase media, la otra rica, pero con algo en común y que a mí me parecía extraordinario: cómo se vestían.

Botas.

Suéteres.

Chaquetas.

Abrigos.

Ropa que para mí pertenecía a un mundo lejano.

Y yo las miraba fascinada.

Las miraba y me imaginaba grande.

No sabía entonces que las cosas que imaginamos de niños no siempre desaparecen cuando crecemos.

Algunas se quedan escondidas. Esperando.

Ahora, cuando llega el otoño —aquí en Madrid— y abro el armario, encuentro aquellas prendas que una vez miré dibujadas en las páginas de Archie.

Y entonces vuelvo a sentirme niña, porque por un instante puedo mirar a la mujer que soy con los ojos de aquella niña. Y quizá eso sea lo más extraño de crecer: que uno cree que deja atrás a la niña, cuando en realidad algunas partes se quedan esperando.

Un olor.

Una luz.

El roce de un tejido sobre la piel.

El frío entrando por una ventana.

Unos árboles vestidos de ocre y naranja.

O simplemente unas botas.

Y cuando se aproxima el otoño, ella vuelve. Se sienta otra vez en el suelo, con su hermano, y abre la revista de Archie. No solo mira la historieta: está mirando hacia adelante.

Y yo, tantos años después, puedo mirar hacia atrás y encontrarla allí, todavía sentada en el suelo. A aquella niña que un día imaginó a la mujer que sería y que, cada otoño, tiene la extraña felicidad de encontrársela.

Allí está, esperando que me siente a su lado un momento para ver juntas cómo empieza el otoño.


Epílogo

Tal vez la verdadera memoria no consista en conservar intacto lo que ocurrió, sino en permitir que aquello que vivimos siga encontrando nuevas formas de acompañarnos.

Hay una parte de nuestra infancia que no reclama protagonismo. No necesita regresar todos los días ni hacerse notar. Le basta con aparecer de vez en cuando para recordarnos que nuestra identidad no se construyó de una sola vez, sino a través de muchas versiones de nosotros mismos.

Quizá madurar sea también eso: reconocerlas sin nostalgia excesiva y sin querer recuperarlas. Simplemente agradecer que estuvieron allí y que, de alguna manera, ayudaron a dibujar el camino.

Porque algunas alegrías no envejecen. Solo esperan el momento preciso para volver a ser reconocidas.


“Y por un instante, el tiempo vuelve a tener mi edad.”


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viernes, 21 de agosto de 2026

"La Quinta Paila del Infierno": Una reflexión con humor e ironía sobre la envidia, las malas actitudes y los conflictos laborales, y sobre cómo cada persona termina viviendo las consecuencias de sus propias decisiones.

 
“Hay gente que no soporta la luz, aunque no tenga que mirarla”


Prólogo

Hay comportamientos que no necesitan grandes acontecimientos para revelar quién está detrás de ellos. Basta observar cómo una persona trata a quienes no puede utilizar, cómo reacciona ante el reconocimiento de otro o qué hace cuando el mérito no lleva su nombre.

En los espacios donde compartimos muchas horas, las pequeñas actitudes terminan diciendo más que los discursos. Una palabra malintencionada, una omisión deliberada o una sonrisa que esconde otra cosa pueden alterar poco a poco la convivencia.

Quizás por eso conviene aprender a mirar sin dejarse arrastrar. No todo merece una respuesta y no toda provocación merece nuestra energía.

A veces, comprender ciertas conductas con un poco de humor resulta mucho más saludable que tomárselas demasiado en serio.


Hay lugares de trabajo donde, de pronto, aparece alguien que parece haber recibido una misión secreta: romper lo que otros llevan años construyendo.

No llega necesariamente haciendo ruido. A veces entra con una sonrisa, cumple con lo mínimo indispensable y observa. Mira quién se lleva bien con quién, quién ayuda a quién, dónde están los afectos, dónde está la confianza. Y, cuando lo ha descubierto, empieza a tocar los hilos.

Porque hay personas que no saben construir una mesa, pero saben perfectamente cómo hacer que los que están sentados a ella se levanten.

En todos los equipos hay gente buena, que trabaja, que aporta, que se compromete, que termina sintiendo que la empresa también es un poco suya. Si la empresa está bien, ellos están bien. Si la representan, quieren sentirse bien representados. No porque sean ingenuos, sino porque han entendido algo sencillo: cuando uno pone una parte de sí mismo en lo que hace, le importa aquello que ayuda a construir.

Y después están los otros.

Los que parecen vivir a oscuras.

No sé si porque nunca tuvieron luz o porque, teniéndola, decidieron apagarla. Quizás sea la pereza. Quizás la envidia. Quizás esa extraña incapacidad para alegrarse con el bien ajeno. Lo cierto es que hay personas a las que la luz de los demás les molesta.

Y cuando no pueden brillar, intentan apagar.

Durante los últimos días sentí que el trabajo se había convertido en una especie de nido de víboras. No de esas víboras espectaculares que uno imagina en los cuentos, sino de las pequeñas, silenciosas, que se esconden entre las hojas y esperan el momento exacto para morder.

Había algo incómodo en el ambiente.

No era odio.

Ni siquiera desprecio.

Mucho menos frustración.

Esa sensación que produce encontrarse, una vez más, con personas que parecen empeñadas en convertirse en obstáculo de la vida de los demás.

Y entonces pensé:

¡Estos se van a freír en la quinta paila del infierno!

La quinta paila.

Una expresión de mi tierra que siempre me ha hecho gracia. Porque si existe una quinta paila debe de ser que las cuatro anteriores ya estaban ocupadas. Y uno imagina al diablo con una libreta en la mano, revisando la lista de espera.

—A ver... ¿quién sigue?

—Los que hicieron daño por gusto.

—A la quinta.

—¿Y los que dividieron a los compañeros?

—También.

—¿Y los que disfrutaron apagando la luz ajena?

—Esos tienen reserva.

Por un momento me hizo gracia imaginarlo.

Y quizás por eso dejé de enfadarme.

Porque recordé un viejo chiste sobre el infierno y el cielo.

Unos hombres mueren y les permiten conocer ambos lugares antes de decidir dónde pasarán la eternidad.

Primero los llevan al cielo.

Todo es serenidad. Meditación, oración, descanso, silencio, gente ayudando a los demás. Todo muy hermoso.

Después los llevan al infierno.

Y aquello parece una fiesta interminable: placeres, música, mujeres hermosas, comida, bebida, diversión, todos los vicios que el ser humano ha sabido inventar a lo largo de su historia.

Los hombres se miran.

—Bueno... si esto es para toda la eternidad, creo que ya sabemos dónde queremos quedarnos.

Y escogen el infierno.

San Pedro cierra las puertas del cielo y ellos regresan felices al lugar que habían elegido.

Pero cuando entran, descubren que aquello no era exactamente como se lo habían mostrado.

Las mujeres no eran accesibles.

La comida no era buena.

La diversión tenía letra pequeña.

Y poco a poco empiezan a protestar.

—¡Esto no fue lo que nos enseñaste!

El diablo los mira, tranquilamente, y les responde:

—Una cosa es el turismo y otra cosa es la residencia.

Siempre me ha hecho reír ese final.

Pero estos días me ha hecho pensar.

Porque quizás todos estamos haciendo turismo.

Aquí.

En este mundo.

En este trabajo.

En esta vida.

Todos estamos de paso.

Y quizá por eso no necesito desearle a nadie la quinta paila del infierno.

Ni pedir justicia.

Ni siquiera pedirle a Dios que ponga las cosas en su sitio.

La vida tiene una manera bastante particular de hacerlo.

Cada uno va construyendo, sin darse cuenta, el lugar donde después tendrá que vivir.

Algunos construyen con solidaridad.

Otros con lealtad.

Otros con cariño.

Con empatía.

Con compañerismo.

Y algunos construyen con envidia, pereza, maldad y pequeñas traiciones.

No sé si existe una quinta paila.

Pero, si existe, sospecho que no hace falta que nadie los mande allí.

Quizás cada uno llega con su propio equipaje.

Porque al final, una cosa es el turismo...

¡y otra cosa es la residencia!


Epílogo

Tal vez la verdadera lección no esté en averiguar qué destino espera a quienes actúan de mala fe. Tampoco en esperar que alguna fuerza superior les pase factura.

Hay algo mucho más cercano y, quizá por eso, más incómodo: nuestras decisiones terminan moldeando nuestra propia manera de estar en el mundo.

Quien acostumbra a sembrar desconfianza difícilmente encuentra tranquilidad. Quien convierte la convivencia en una competencia permanente termina rodeado de cautelas. Quien necesita disminuir a los demás para sentirse importante acaba haciendo de esa necesidad una forma de vida.

Y mientras tanto, quienes eligieron otra manera de relacionarse pueden seguir adelante.

Sin discursos.

Sin venganzas.

Sin necesidad de demostrar nada.

Porque quizá la mejor respuesta ante ciertas personas sea conservar intacta la capacidad de reconocer lo bueno, disfrutar de quienes suman y marcharse de aquello que intenta convertir nuestra vida en un lugar más pequeño.

El infierno puede ser una metáfora, una creencia o simplemente una vieja imagen popular.

Pero hay condenas que no necesitan fuego.

Algunas consisten, sencillamente, en tener que convivir todos los días con la persona en la que uno mismo decidió convertirse.


“Al final, cada quien termina viviendo en lo que construyó”


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jueves, 20 de agosto de 2026

"El Tamaño del Miedo": ¿Quién manda: el miedo o nosotros? A veces una pequeña tapa de registro puede convertirse en un enfrentamiento mucho más grande: el que ocurre entre aquello que imaginamos y nuestra capacidad para atrevernos a mirar de frente.

 

¿Quién manda: el miedo o nosotros?


Prólogo

Hay momentos en los que una dificultad aparentemente insignificante puede enfrentarnos con preguntas mucho más profundas de lo que habíamos imaginado.

No siempre necesitamos estar frente a un gran peligro para descubrir cuánto confiamos en nosotros mismos. A veces basta una situación doméstica, una decisión que nadie más considera importante, algo que nos obliga a preguntarnos si seremos capaces de resolverlo por nuestra cuenta.

Quizás sea en esos momentos pequeños, precisamente porque nadie los observa, cuando descubrimos de qué manera estamos dispuestos a relacionarnos con nuestros propios temores.


Un día cualquiera me encontré de pie en la regadera, mirando —fuera de ella— aquella tapa plateada, circular, que estaba en el suelo: la tapa de registro… ¡con el agua desbordándose por ella!

Tenía un problema.

En realidad, tenía dos.

Por un lado, estaba la incertidumbre. Sabía cómo levantar la tapa. Sabía lo que tenía que hacer. Lo que no sabía era qué había debajo de ella.

Y ahí estaba el verdadero problema.

No sabía si algo respiraba. Si algo vivía. Si algo había anidado allí. Si algo se encontraba atrapado y, al abrir, encontraría la manera de salir… de llegar a mí.

Eso me produce un miedo que pocas cosas consiguen producirme:

Lo desconocido.

Y, sin embargo, había algo más en juego.

Mi independencia.

Mis hijos, ellos velan por mí. Lo hacen discretamente. Observan cómo vivo, qué hago, qué necesito, qué siento. Están pendientes, pero sin invadir. Me cuidan sin hacerme sentir cuidada. Respetan mi independencia como si supieran que parte de quererme consiste precisamente en no arrebatármela.

Por eso, aquella tapa de registro terminó poniendo en jaque algo mucho más importante que una cañería: si yo no era capaz de levantarla, si permitía que el miedo a lo desconocido me detuviera ante un problema tan pequeño,

¿Qué decía eso de mí?

¿Cómo podía sostener ante mí misma —y ante ellos— la convicción de que soy una mujer independiente si algo tan insignificante podía vencerme?

No era la cañería. No.

¡Era yo frente a mi propio miedo!

Hemos vivido situaciones verdaderamente peligrosas. Hemos tenido delante amenazas reales. Y, ante ellas, el cerebro funciona.

Analiza.

Compara.

Calcula.

Y, de alguna manera, ordena las emociones y nos dice: detente, apártate, aléjate, enfréntate.

Y siempre hay un cuándo y un cómo.

Pero el miedo a lo desconocido es diferente.

El cerebro no puede analizar aquello que no conoce. No tiene imágenes con las que comparar, ni experiencias que le permitan calcular, ni información suficiente para anticipar el peligro.

Y cuando no puede pensar, la imaginación ocupa su lugar.

Entonces uno deja de temer lo que existe y empieza a temer aquello que la imaginación, en su oscuridad, inventa.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquella tarde.

Una pequeña tapa metálica en el suelo había conseguido enfrentar dos fuerzas dentro de mí: el miedo y la necesidad de demostrarme que seguía siendo capaz de resolver mi propia vida.

No quería que el miedo decidiera por mí.

Así que respiré.

Dejé que la imaginación dejara de correr.

Me atreví… ¡y levanté la tapa!

No había nada respirando.

Nada escondido.

Nada esperando salir.

Solo había asco.

Un montón de cabellos mezclados con productos químicos, convertidos en una masa lodosa que, vista desde mi imaginación, había llegado a convertirse en cualquier cosa menos aquello que realmente era.

Sonreía mientras limpiaba aquella pequeña porquería. Comprendí que había resuelto algo mucho más grande que una cañería atascada.

A veces la vida no nos pone en jaque con grandes acontecimientos.

A veces basta una tapa de registro.

Un día cualquiera.

Un problema cualquiera.

Un miedo cualquiera.

Y, sin embargo, en ese pequeño instante puede ponerse en juego algo enorme: la imagen que tenemos de nuestra persona, la confianza en nuestras propias capacidades, esa íntima seguridad de poder valernos por nosotros mismos.

Aquel día no destapé solamente una cañería.

Destapé el miedo.

Y al otro lado no había ningún monstruo. Solo aquella humedad oscura, el asco y yo, por fin, mirándome de frente.

Aquel día, frente a una pequeña tapa plateada, elegí levantarla.

Entendiendo que la libertad también puede ser eso:

una mano que tiembla,

pero que, aun así, decide levantar “la tapa”,

develar lo incierto,

desatascar el miedo.


Epílogo

Quizás nunca lleguemos a conocer todas las formas en que el temor puede influir en nuestras decisiones. Algunas veces se presenta con claridad; otras, se disfraza de prudencia, de espera o de una razón aparentemente sensata para no hacer aquello que sabemos que debemos hacer.

Y quizá por eso algunos de nuestros aprendizajes más importantes no llegan acompañados de grandes acontecimientos. Llegan en silencio, en medio de un día común, cuando descubrimos que podemos hacer algo que, hasta ese momento, creíamos que no seríamos capaces de hacer.


“El tamaño del miedo no determina la libertad que estamos dispuestos a conservar.”


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martes, 18 de agosto de 2026

"El Vendedor de Ilusiones": Un boleto de lotería puede ser mucho más que un número. Una reflexión sobre la imaginación, la percepción, las ilusiones y la manera en que cada persona construye su propia realidad.

 

“Hay ilusiones que cuestan muy poco.”


Prólogo

Hay experiencias que no dejan huella en los acontecimientos y, sin embargo, pueden modificar profundamente la manera en que atravesamos un día. No necesitan grandes cambios ni circunstancias extraordinarias. A veces basta con permitirnos una pausa, imaginar otra posibilidad y concedernos el derecho de sentir, aunque sea por unos instantes, un espacio que solo nosotros conocemos.

Quizá por eso no todo lo valioso puede comprobarse desde fuera. Hay cosas que no tienen una forma visible, pero sí una consecuencia real en quien las experimenta.

Esta es la historia de una de esas pequeñas cosas que, sin parecerlo, pueden decir mucho sobre nosotros.


Nací en la segunda mitad del siglo pasado.

Una época maravillosa donde el ser humano era el centro del cosmos.

Existían adelantos científicos y tecnológicos que nos hacían la vida más cómoda que la que tuvieron nuestros antepasados, pero no tanto como la de nuestros descendientes. Así que tuvimos la oportunidad de ser y hacer una vida más auténtica. Eso pienso, después de haber vivido entre dos siglos.

Buscábamos direcciones con nuestro sentido de orientación y preguntando en cada esquina. La gente no temía acercarse a otra.

Realizábamos operaciones matemáticas mentalmente; no disponíamos de calculadoras a la mano. Estudiábamos con libros, no para memorizar, sino para comprender y razonar. Pensábamos. Formábamos criterios.

No nos aburríamos. Nos reuníamos en las calles para conversar, jugar y enamorarnos —cara a cara—. ¡Ah! El juego de la botella, ese que nos daba la oportunidad de darle un beso al chico que nos gustaba y que guardábamos en secreto.

Por supuesto, en toda época existieron “ventajas”, si analizamos y comparamos.

Y habrá quien diga:

—No, mi época fue mejor.

Y no deja de ser cierto, porque lo que se ha vivido y “sentido” es lo que hace a una época inolvidable.

“Toda época pasada fue mejor”.

Porque de eso trata este texto: de lo “sentido”.

He vivido años en el mismo lugar. Estoy a gusto con ello y con la oportunidad que me ha dado de conocer gente a través del trato de cada día.

Jesús es uno de ellos.

Y aquí viene el cuento.

A veces llego directo a su puesto. Otras veces debo esperar en la fila.

¡Me gusta estar en la fila! Observo. Deduzco. Invento.

Hay algunos que llegan en pareja. Cogidos de la mano, mientras deciden qué número jugar. Otros piden tal o cual número, su número de la suerte, ese mismo que llevan años jugando sin darle suerte alguna. Y así van, aferrados a su cábala, con la firme creencia de que dicho número puede influir en un resultado puramente aleatorio.

Jesús tardó mucho tiempo en aceptar que a mí el número me daba igual. Cada vez que me veía, hacía una mueca y meneaba la cabeza de lado a lado, mostrando su confusión:

—¿El que mi santa mano elija? —me preguntaba con sarcasmo, y yo le contestaba que “sí”, sonriendo.

Con el tiempo y el roce, nos hicimos conocidos. Ya charlábamos.

—¿Por qué compras un solo boleto al mes, con cualquier número que te dé, y por qué lo revisas solo el día antes de que caduque, justo cuando vas a comprar el próximo? —me preguntó una vez, con la curiosidad ansiosa de un niño que desea descubrir un truco de magia.

—El problema, Jesús, está en que tú crees que vendes boletos de lotería, cuando en realidad eres un vendedor de ilusiones. ¿De los boletos que has vendido, cuántos han resultado premiados? ¿Alguno? ¿Ninguno?

Vienen a comprarte, no la certeza de un premio que cambie su vida, sino un poco de esperanza, de posibilidad, de ilusión… o, como yo, una puerta para vivir lo que quiero por el tiempo que permita —le expliqué—.

Y le confesé que ¡todos mis billetes son premiados!

Cada vez que compro un boleto de lotería, tengo un recurso que me abre una puerta para salir de la realidad de mi entorno cuando pretende que tenga un mal día. Paso esa puerta y entro en el mundo de mi imaginación. Le doy a mi mente todo el poder que necesita para crear una realidad distinta en la que pueda conservar mi sonrisa y mi paz interior.

Pensarás que evado la realidad. Pero no. No la niego.

Me muevo dentro de ella y, a partir de lo que hay, creo un lugar donde estar a gusto.

¿Alguna vez te has enamorado de alguien en secreto y deseado estar con ese alguien? ¿Adónde has llevado tu mente y qué has sentido?

Sentiste, ¿verdad?

Aunque nunca haya ocurrido nada fuera, aquello que sentiste ocurrió dentro de ti. Y tu cuerpo respondió a ello.

¿Entonces no fue real para ti?

Tal vez por eso la realidad común no sea exactamente la realidad de cada uno. Lo que sucede alrededor de nosotros es una cosa; lo que hacemos con aquello que sucede es otra.

La mente mueve el cuerpo y dirige los sentidos. Lo que sientes, lo vives.

Por eso hay quienes lloran y quienes ríen; quienes se sienten plenos o insatisfechos ante una misma circunstancia.

No digo que podamos cambiar lo que ocurre. Digo que podemos decidir qué hacemos con ello. Podemos dejarnos llevar por la realidad que nos toca o construir, a consciencia, una manera distinta de vivirla.

Yo me desplazo en mi entorno, como todos. Pero a partir de él creo una vida en sosiego, plena de sentido.

Y quizá eso sea lo que realmente compro cada vez que Jesús me entrega un boleto.

No un número.

Una posibilidad.


Epílogo

Tal vez cada persona lleve consigo una manera particular de hacer más llevadero aquello que le toca vivir. Algunas veces será una decisión; otras, un recuerdo, una fantasía, una conversación o simplemente la capacidad de mirar las cosas desde otro lugar.

No siempre podemos escoger las circunstancias que nos rodean. Pero quizá sí podamos escoger qué lugar ocupan dentro de nosotros.

Y eso también es una forma de libertad.


“Quizá la realidad también dependa de quien la vive.”

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sábado, 15 de agosto de 2026

" El Equipaje": Una mujer vuelve la mirada hacia la casa donde comenzó su vida adulta y descubre que las pequeñas experiencias de aquellos años dejaron lecciones profundas.

 

La casa de Washington — Episodio final

"A veces, marcharse es la forma más profunda de comprender."


PRÓLOGO

Hay lugares que no permanecen en nuestra memoria por lo que fueron, sino por todo aquello que ocurrió mientras los habitábamos.

Una casa puede ser paredes, ventanas, habitaciones y puertas. Pero también puede convertirse, sin que lo sepamos, en el escenario donde dejamos atrás una parte de quienes éramos.

Esta es la última vez que miré la casa de Washington.

Pero no es la última vez que la casa me miró a mí.


Me senté en la acera de enfrente y la miré por última vez. En el mismo lugar donde lo hice por primera vez, al llegar, antes de entrar en ella.

Entonces la casa me pareció enorme.

Quizá porque yo todavía era pequeña frente al mundo.

La casa seguía allí, grande, solemne, con esa arquitectura que pertenecía a los inicios del siglo pasado. Ahora los edificios, las calles y el ruido la habían ido acorralando poco a poco, quitándole sus espacios verdes con motas multicolores.

No le habían quitado su belleza.

Pero sí su magia.

Y pensé que algo parecido me había sucedido a mí.

La primera vez que la vi llevaba otro equipaje. En aquella maleta cabían demasiadas cosas para tan poco espacio: ilusiones, sueños, inocencia, curiosidad… y ese asombro que se tiene cuando todavía no sabemos cuánto puede cambiar una vida.

Ahora la contemplaba de otra manera. No porque hubiera cambiado ella, sino porque había cambiado la mirada con la que la veía.

En esos años había aprendido que algunas cosas no se rompen de repente.

Se van gastando.

Una palabra que ya no significa lo mismo.

Una confianza que, sin advertencia alguna, empieza a desvanecerse.

Una ilusión que, sin hacer ruido, va perdiendo luz.

Mientras pensaba en todo aquello, jugueteaba distraídamente con la alianza. La hacía girar entre los dedos. Me la quitaba. Volvía a ponérmela. Entonces reparé en algo extraño.

La sentía estrecha.

Miré mi mano. No había cambiado. El dedo seguía teniendo el mismo tamaño y la sortija, naturalmente, no había encogido.

Sonreí ante aquella ocurrencia.

Tal vez no era la alianza la que se había hecho más pequeña.

Tal vez era yo la que ya no cabía dentro de ella.

Me quedé un instante mirando aquel pequeño aro que brillaba como el sol. Parecía susurrarme algo que yo, aún, no lograba comprender.

Quizá en ese tiempo había cambiado la forma en que entendía las cosas. Había aprendido que no todas las lecciones llegan disfrazadas de acontecimientos importantes.

Algunas se presentan de pronto, con seis patas y un sobresalto, y nos obligan a mirar de frente aquello que preferiríamos no ver. Enseñan, a su manera, que cosas pequeñas e insignificantes pueden sembrar un miedo inmenso… ¡y dejarnos indefensos!

Y luego estuvo Carlitos, mi pequeña lagartija, con su ternura inesperada, recordándome que no todo lo que entra en nuestra vida viene a perturbarnos. A veces una criatura diminuta puede despertar una delicadeza que pensábamos no existía.

¿Y Speedy? 

¡Ah! Speedy me había enseñado otra cosa: que la vida también sabe jugar. Que incluso en medio de los días serios hay lugar para lo travieso, para la sorpresa, para una carrera diminuta que nos arranca una sonrisa.

Quizá eran cosas pequeñas.

Tal vez para otros, incluso, cosas tontas.

Pero yo me las llevaba.

Porque todo eso… eso, ¡era mi equipaje!

Levanté la mirada hacia la casa y pensé en que la niña que había entrado allí y la que ahora estaba sentada en aquella acera, a punto de marcharse, ya no era la misma.

La de entonces llevaba ternura en las manos y preguntas en los ojos. Creía que las cosas podían sostenerse simplemente porque se amaban. Que la confianza era una especie de promesa silenciosa que nadie necesitaba pronunciar.

La de ahora sabía algo más.

Había aprendido que también hay que mirar. Que no todo lo que se quiere puede sostenerse con los ojos cerrados. Que la ternura, por sí sola, a veces no alcanza para protegernos.

Y quizá por eso, el equipaje con el que me marchaba ya no pesaba lo mismo.

Había dejado algunas cosas por el camino.

La inocencia, quizá.

Alguna ilusión.

Una parte de aquella confianza ciega con la que había llegado.

Pero llevaba otras.

Un poco más de madurez. Algunas verdades. Más preguntas que respuestas. Y planes. Sobre todo, planes.

Llevaba también aquellas pequeñas criaturas y sus grandes lecciones: el asco convertido en aprendizaje, la ternura encontrada donde menos la esperaba y la alegría traviesa de una vida diminuta que se empeñaba en correr.

También aprendí lo que no me enseñaron en las aulas: que puede apagarse una vida, sin intención o con ella, y que ese crimen no tendría sanción ni consecuencias…

¿O sí?

Y que las decisiones basadas en la razón no siempre son sentencias que imparten justicia.

Ese equipaje me permitió entender que todo aquello que parecía pequeño adquiría sentido al final.

Quizá esa sea, justamente, la magia de La casa de Washington: que una casa que parecía contar una historia termine siendo el lugar donde quien la habitó descubre que, en realidad, la historia era la suya.

Miré nuevamente la casa.

Me levanté despacio.

La alianza volvió a mi dedo.

Nos marchamos juntos, cada uno con su equipaje.


EPÍLOGO

Durante mucho tiempo creí que crecer consistía en aprender a tener respuestas.

Con los años descubrí que no.

Crecer también es aprender a convivir con aquello que no pudimos evitar, con aquello que hicimos sin comprender y con aquello que solo conseguimos entender cuando ya era demasiado tarde.

Quizá por eso algunas casas nunca desaparecen del todo.

No porque permanezcamos en ellas, sino porque una parte de nosotros salió de allí para seguir viviendo en otro lugar.


“No todo lo que dejamos atrás desaparece; algunas cosas se convierten en la persona que llegamos a ser.”


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