“Mostrarse no es quedarse sin armadura. A veces es elegir no llevarla donde no hace falta.”
PRÓLOGO
Hay frases sencillas que se quedan dando vueltas
dentro de nosotros porque tocan una pregunta que quizá ya estaba allí.
Durante mucho tiempo aprendimos que protegernos
significa reservarnos y controlar lo que mostramos. Como si revelar nuestra
manera de sentir pudiera conceder a otros un poder que no deberían tener.
Pero quizá la cuestión no esté en cuánto mostramos,
sino en desde dónde lo hacemos.
Hace unos días alguien me dijo algo que se quedó conmigo más
de lo que esperaba.
—Oye, tú te muestras mucho. Compartes tu vida, lo que eres,
lo que piensas, lo que sientes. Eso te hace vulnerable.
—¿En serio piensas que soy vulnerable? —fue lo único que
alcancé a decir.
El comentario cayó dentro de mí como una piedra pequeña en
un estanque.
Vulnerable.
Y me pregunté si mostrarme como soy me hace vulnerable o si
puede ocurrir justamente lo contrario.
Yo escribo desde lo que pienso, siento y, muchas veces, he
vivido —porque, además de experiencia, tengo imaginación y creatividad—.
Si soy romántica y sensible, lo soy. Si algo me conmueve, no
necesito esconderlo.
Si una experiencia me ha dolido, puedo contarla. Si me ha
hecho feliz, tampoco necesito guardarla bajo llave.
Y entonces pensé en las casas.
Hay casas que tienen las ventanas siempre cerradas. Desde
fuera nadie sabe qué ocurre dentro.
Y hay otras que las abren por la mañana y dejan entrar el
sol.
Pero una ventana abierta no significa que la puerta también
lo esté. Mostrar una ventana no es entregar la llave de una casa.
Cuando escribo sobre mi vida, hay cosas que no cuento y
otras que se transforman como herramienta literaria. No porque me avergüencen.
Hay detalles que simplemente no pertenecen al relato.
Y algunos, sencillamente, ¡me pertenecen!
No todo lo que vivimos necesita convertirse en palabra. La
honestidad no consiste en vivir con todas las puertas abiertas, sino en no
fingir que detrás de ellas hay otra persona.
Pero también me he preguntado otra cosa.
¿Y si esconder nuestras vulnerabilidades no siempre nos
protege?
Aquello que ocultamos con demasiado empeño puede despertar
precisamente la curiosidad que queríamos evitar.
Si cierro todas las ventanas, quizá nadie sepa qué hay
dentro de mí. Pero lo desconocido tiene una curiosa manera de llamar la
atención.
¿Qué estará ocultando? ¿Por qué se protege tanto? ¿Dónde
estará su punto débil?
En cambio, cuando digo quién soy, qué siento y qué me
conmueve, ¿qué queda por descubrir?
Si muestro mi sensibilidad es porque no me avergüenza
tenerla.
Si digo que soy romántica, no estoy confesando una debilidad
que alguien haya descubierto. Se la estoy mostrando yo.
Si cuento que algo me ha dolido, tampoco estoy entregando un
arma. Estoy diciendo que ocurrió y que forma parte de mi historia.
¿Qué podrían descubrir de mí que yo misma no sepa?
Quizá ahí esté una parte de la fortaleza de mostrarse.
Una cosa es que sepan dónde está una herida y otra que
tengan permiso para tocarla.
Puedo mostrar la herida sin entregar la mano de quien quiera
hacer daño.
Y entonces comprendí que hay una clase de fortaleza que no
necesita endurecerse.
No necesito convertir mi corazón en piedra para demostrar
que soy fuerte.
También tengo mis armas: la experiencia, la intuición, el
pensamiento y la capacidad de reconocer quién merece acercarse y quién debe
quedarse al otro lado de la puerta.
Mostrarme no me hace vulnerable, sino valiente.
Hay una diferencia entre ser vulnerable y estar a merced de
alguien.
Puedo contar una historia y guardar aquello que no necesito
convertir en parte de ella.
Puedo mostrar el corazón sin ponerlo en manos de cualquiera.
Y quizá la autenticidad sea justamente eso:
no esconderse por miedo,
pero tampoco entregarse por necesidad.
Saber quién eres y qué merece permanecer contigo.
La verdadera protección no está en que nadie conozca
nuestros puntos sensibles, sino en que nosotros los conozcamos primero, los
aceptemos, sepamos defenderlos y sepamos quién merece acercarse a ellos.
EPÍLOGO
Quizá la madurez no nos enseñe a cerrar las ventanas,
sino a decidir cuáles queremos abrir y ante quién.
Hay partes de nuestra historia que pueden permanecer
fuera de la mirada ajena sin que por ello dejemos de ser sinceros.
Conocerse permite algo que el miedo nunca puede
ofrecer: la posibilidad de elegir cuándo hablar, cuándo callar, a quién acercar
y de quién tomar distancia.
Y quizá ahí resida una forma serena de libertad: no
necesitar esconder nuestra manera de ser para sentirnos a salvo, pero tampoco
exhibirla para sentirnos aceptados.
“No somos libros usados que se regalan en ferias,
somos libros que nos abrimos en aquellas páginas que permitimos que se lean”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel