“Hay gente que no soporta la luz, aunque no tenga que
mirarla”
Prólogo
Hay comportamientos que no necesitan grandes
acontecimientos para revelar quién está detrás de ellos. Basta observar cómo
una persona trata a quienes no puede utilizar, cómo reacciona ante el
reconocimiento de otro o qué hace cuando el mérito no lleva su nombre.
En los espacios donde compartimos muchas horas, las
pequeñas actitudes terminan diciendo más que los discursos. Una palabra
malintencionada, una omisión deliberada o una sonrisa que esconde otra cosa
pueden alterar poco a poco la convivencia.
Quizás por eso conviene aprender a mirar sin dejarse
arrastrar. No todo merece una respuesta y no toda provocación merece nuestra
energía.
A veces, comprender ciertas conductas con un poco de
humor resulta mucho más saludable que tomárselas demasiado en serio.
Hay lugares de trabajo donde, de pronto, aparece alguien que
parece haber recibido una misión secreta: romper lo que otros llevan años
construyendo.
No llega necesariamente haciendo ruido. A veces entra con
una sonrisa, cumple con lo mínimo indispensable y observa. Mira quién se lleva
bien con quién, quién ayuda a quién, dónde están los afectos, dónde está la
confianza. Y, cuando lo ha descubierto, empieza a tocar los hilos.
Porque hay personas que no saben construir una mesa, pero
saben perfectamente cómo hacer que los que están sentados a ella se levanten.
En todos los equipos hay gente buena, que trabaja, que
aporta, que se compromete, que termina sintiendo que la empresa también es un
poco suya. Si la empresa está bien, ellos están bien. Si la representan,
quieren sentirse bien representados. No porque sean ingenuos, sino porque han
entendido algo sencillo: cuando uno pone una parte de sí mismo en lo que hace,
le importa aquello que ayuda a construir.
Y después están los otros.
Los que parecen vivir a oscuras.
No sé si porque nunca tuvieron luz o porque, teniéndola,
decidieron apagarla. Quizás sea la pereza. Quizás la envidia. Quizás esa
extraña incapacidad para alegrarse con el bien ajeno. Lo cierto es que hay
personas a las que la luz de los demás les molesta.
Y cuando no pueden brillar, intentan apagar.
Durante los últimos días sentí que el trabajo se había
convertido en una especie de nido de víboras. No de esas víboras espectaculares
que uno imagina en los cuentos, sino de las pequeñas, silenciosas, que se
esconden entre las hojas y esperan el momento exacto para morder.
Había algo incómodo en el ambiente.
No era odio.
Ni siquiera desprecio.
Mucho menos frustración.
Esa sensación que produce encontrarse, una vez más, con
personas que parecen empeñadas en convertirse en obstáculo de la vida de los
demás.
Y entonces pensé:
¡Estos se van a freír en la quinta paila del infierno!
La quinta paila.
Una expresión de mi tierra que siempre me ha hecho gracia.
Porque si existe una quinta paila debe de ser que las cuatro anteriores ya
estaban ocupadas. Y uno imagina al diablo con una libreta en la mano, revisando
la lista de espera.
—A ver... ¿quién sigue?
—Los que hicieron daño por gusto.
—A la quinta.
—¿Y los que dividieron a los compañeros?
—También.
—¿Y los que disfrutaron apagando la luz ajena?
—Esos tienen reserva.
Por un momento me hizo gracia imaginarlo.
Y quizás por eso dejé de enfadarme.
Porque recordé un viejo chiste sobre el infierno y el cielo.
Unos hombres mueren y les permiten conocer ambos lugares
antes de decidir dónde pasarán la eternidad.
Primero los llevan al cielo.
Todo es serenidad. Meditación, oración, descanso, silencio,
gente ayudando a los demás. Todo muy hermoso.
Después los llevan al infierno.
Y aquello parece una fiesta interminable: placeres, música,
mujeres hermosas, comida, bebida, diversión, todos los vicios que el ser humano
ha sabido inventar a lo largo de su historia.
Los hombres se miran.
—Bueno... si esto es para toda la eternidad, creo que ya
sabemos dónde queremos quedarnos.
Y escogen el infierno.
San Pedro cierra las puertas del cielo y ellos regresan
felices al lugar que habían elegido.
Pero cuando entran, descubren que aquello no era exactamente
como se lo habían mostrado.
Las mujeres no eran accesibles.
La comida no era buena.
La diversión tenía letra pequeña.
Y poco a poco empiezan a protestar.
—¡Esto no fue lo que nos enseñaste!
El diablo los mira, tranquilamente, y les responde:
—Una cosa es el turismo y otra cosa es la residencia.
Siempre me ha hecho reír ese final.
Pero estos días me ha hecho pensar.
Porque quizás todos estamos haciendo turismo.
Aquí.
En este mundo.
En este trabajo.
En esta vida.
Todos estamos de paso.
Y quizá por eso no necesito desearle a nadie la quinta paila
del infierno.
Ni pedir justicia.
Ni siquiera pedirle a Dios que ponga las cosas en su sitio.
La vida tiene una manera bastante particular de hacerlo.
Cada uno va construyendo, sin darse cuenta, el lugar donde
después tendrá que vivir.
Algunos construyen con solidaridad.
Otros con lealtad.
Otros con cariño.
Con empatía.
Con compañerismo.
Y algunos construyen con envidia, pereza, maldad y pequeñas
traiciones.
No sé si existe una quinta paila.
Pero, si existe, sospecho que no hace falta que nadie los
mande allí.
Quizás cada uno llega con su propio equipaje.
Porque al final, una cosa es el turismo...
¡y otra cosa es la residencia!
Epílogo
Tal vez la verdadera lección no esté en averiguar qué
destino espera a quienes actúan de mala fe. Tampoco en esperar que alguna
fuerza superior les pase factura.
Hay algo mucho más cercano y, quizá por eso, más
incómodo: nuestras decisiones terminan moldeando nuestra propia manera de estar
en el mundo.
Quien acostumbra a sembrar desconfianza difícilmente
encuentra tranquilidad. Quien convierte la convivencia en una competencia
permanente termina rodeado de cautelas. Quien necesita disminuir a los demás
para sentirse importante acaba haciendo de esa necesidad una forma de vida.
Y mientras tanto, quienes eligieron otra manera de
relacionarse pueden seguir adelante.
Sin discursos.
Sin venganzas.
Sin necesidad de demostrar nada.
Porque quizá la mejor respuesta ante ciertas personas
sea conservar intacta la capacidad de reconocer lo bueno, disfrutar de quienes
suman y marcharse de aquello que intenta convertir nuestra vida en un lugar más
pequeño.
El infierno puede ser una metáfora, una creencia o
simplemente una vieja imagen popular.
Pero hay condenas que no necesitan fuego.
Algunas consisten, sencillamente, en tener que
convivir todos los días con la persona en la que uno mismo decidió convertirse.
“Al final, cada quien termina viviendo en lo que
construyó”
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