“A veces necesitamos que otros nos cuenten nuestra propia vida.”
Prólogo
Hay momentos en los que el pasado deja de ser una
sucesión de fechas y acontecimientos para convertirse en algo mucho más
cercano: una historia que continúa creciendo cada vez que alguien la recuerda.
Quizá por eso ciertas conversaciones familiares tienen
la capacidad de sorprendernos. No solo porque recuperan escenas que creíamos
olvidadas, sino porque nos permiten descubrir que quienes estuvieron a nuestro
lado guardaron de aquellos días imágenes que nosotros nunca llegamos a ver.
Y entonces comprendemos que una vida puede tener
muchas versiones sin dejar de ser la misma.
En estos días cumplí años.
La noche estaba abierta sobre Madrid. Desde la terraza, las
luces de la ciudad parecían extenderse hasta la luna menguada que pendía del
cielo.
Éramos pocos alrededor de aquella mesa. Y, sin embargo,
estaban también... los que no estaban.
Porque en las reuniones familiares no es nada extraño mirar
a nuestro derredor solo para contar los que faltan: los muertos, los que están
lejos... ¡los que no pudieron venir!
Y, como siempre, es inevitable que las conversaciones giren
sobre ellos.
Y los recuerdos fueron apareciendo unos detrás de otros,
como pequeñas ventanas que alguien fuera abriendo en la noche.
Miré extasiada el rostro de mi hija menor. Esa expresión de
calma y dulce picardía que la delataba como autora y cómplice de aquel
encuentro familiar.
Hasta que mi hijo mayor tomó la palabra.
—Mamá, ¿tú te acuerdas...?
Al formular la pregunta, de inmediato acomodé mi postura,
afianzando el culo en la silla. Podía intuir las cosas que diría... ¡y cómo las
contaría! Él llevaba en su cadena de ADN todos mis cromosomas: su imaginación y
sus cualidades histriónicas...
¡Que Dios me coja confesada!
Comenzó a contar.
Yo conocía aquellas historias. O creía conocerlas.
Pero, de pronto, las estaba viendo desde otro lugar.
Eran episodios de mi vida, sí, pero contados por él eran
otra cosa. Habíamos estado en las mismas escenas, pero no habíamos vivido la
historia de la misma manera.
Y mientras hablaba, su rostro comenzó a cambiar.
Los ojos se le agrandaban con el asombro de aquel niño que
ya no estaba allí. La boca se le torcía para imitar una escena. Las cejas
subían, bajaban, se juntaban. Por un instante parecía enfadado; al siguiente,
aterrado; después, la cara se le deshacía en una carcajada.
Los demás se contagiaron.
Una historia provocaba otra. Una voz despertaba una
imitación. Una mano señalaba un lugar inexistente en aquella terraza y, de
repente, allí estaba la escena.
Yo los miraba.
Y cuanto más contaban, más pequeños me parecían mis propios
recuerdos y más grandes ellos.
Por momentos, la mesa parecía una escena de teatro vista
desde la penumbra. La luz de las velas les encendía los ojos y les dejaba el
resto del rostro en sombras. Una carcajada abría una boca desmesurada; un gesto
de sorpresa estiraba las cejas hasta casi desaparecerlas bajo el cabello; unos
labios se fruncían en un gesto de tragedia y, un instante después, aquella
misma cara se quebraba en una risa que parecía dibujada con pinceladas gruesas.
Yo los contemplaba como si sus rostros hubieran dejado de ser rostros para
convertirse en máscaras vivas, cambiantes, capaces de representar en un segundo
toda una vida.
Era como si hubieran levantado un escenario delante de mí y
se hubieran convertido en una compañía de actores. Yo estaba sentada en primera
fila, mientras ellos representaban episodios de una vida que también era mía.
Pero yo no era ya la protagonista.
Era espectadora.
Y aquello me fascinaba.
Mi vida me estaba siendo devuelta desde la mirada de los
otros. Y no de unos otros cualquiera, sino de los seres que más me amaban.
Y algo empezó a sucederme por dentro.
Sentí primero una calma profunda, una seguridad casi física,
como si hubiera llegado por fin a un lugar donde nada podía sucederme: el
hogar.
Y, al mismo tiempo, una euforia creciente.
Calma y euforia.
Dos fuerzas que deberían contradecirse y que, sin embargo,
aquella noche parecían encontrarse dentro de mí para producir una sensación
nueva.
Me sentía elevada, hipnotizada, extrañamente lúcida.
A veces basta una noche, una mesa y unas voces queridas.
Y que alguien nos diga:
—Mamá, ¿tú te acuerdas?
Para descubrir que nuestra vida no termina en nuestros
propios recuerdos.
También vive en los ojos de los otros.
Epílogo
Hay una forma de amor que consiste en conservar
aquello que el tiempo no consiguió llevarse.
Quizá quienes nos rodean hacen eso sin saberlo:
guardan gestos, anécdotas, palabras y pequeñas escenas que nosotros dejamos
atrás mientras seguíamos caminando. Y un día, cuando menos lo esperamos, las
ponen nuevamente frente a nosotros.
Entonces podemos mirarnos desde fuera y reconocer a la
persona que fuimos, pero también a la que fuimos para ellos.
Porque nadie se recuerda completamente a sí mismo.
“Quizá recordar sea eso...”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel