“La herida no es toda la historia.”
Prólogo
“Hay heridas que necesitamos nombrar para
comprenderlas. Pero quizá también necesitamos recordar que una herida explica
una parte de nuestra historia, no necesariamente toda nuestra vida.”
Últimamente escucho hablar sobre el alto porcentaje de
depresión en la población, sobre todo la joven.
De la infancia.
De los padres.
De aquello que nos faltó, de aquello que nos hicieron, de
aquello que no supieron darnos.
Y me pregunto, sin saber muy bien dónde termina la pregunta
y dónde empieza la respuesta: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de una
infancia que nos marcó?
Quizá siempre haya existido la tristeza. La ansiedad. El
miedo. La sensación de no encajar en la propia vida, ni en la sociedad. Quizá
antes no teníamos tantas palabras —ni imágenes— para referirnos a ella y
visualizarla como algo normal.
Ahora las tenemos. ¡Y hablar de ello se ha vuelto popular!
Y algunas veces me pregunto si, al ponerle un nombre a una
herida, también corremos el riesgo de convertirla en un pequeño mundo donde los
garabatos ocupan el lugar de la conciencia.
Pienso especialmente en los padres.
Es curioso cómo, cuando intentamos explicar lo que somos,
volvemos una y otra vez a ellos. A lo que hicieron. A lo que no hicieron. A lo
que dijeron. A lo que callaron.
Como si detrás de cada adulto hubiera que encontrar
necesariamente a un padre culpable y a una infancia que explique todo lo que
vino después.
Pero entonces pienso en algo mucho más sencillo y, quizá por
eso, mucho más difícil de aceptar:
los padres también son seres humanos.
Llegaron a nosotros con sus propias historias. Con sus
miedos. Con sus torpezas. Con aquello que habían aprendido y con aquello que
nadie les enseñó.
A veces me pregunto si hemos aprendido a mirar tanto la
herida del hijo que hemos dejado de mirar la fragilidad de quien la pudo
causar.
No para justificarla.
No para decir que el daño no importa.
Sino para intentar comprender que quizá el amor humano no
siempre se parece al amor que necesitábamos recibir.
Hay también una decisión misteriosa en el hecho de traer una
vida al mundo.
Una persona pudo no hacerlo y, sin embargo, hacerlo.
Pudo sentirse demasiado joven, demasiado sola, demasiado
asustada, demasiado incapaz. Y aun así continuar.
Y cuando alguien entrega a un hijo para que otro lo cuide,
quizá podamos mirar esa decisión únicamente como abandono. Pero también
podríamos preguntarnos si, en determinadas circunstancias, no hubo detrás una
forma dolorosa de protección: yo no puedo darte lo que necesitas; quizá
alguien pueda hacerlo mejor que yo.
No sé.
Quizá la verdad no sea nunca tan limpia.
Quizá haya egoísmo mezclado con amor. Miedo mezclado con
ternura. Incapacidad mezclada con deseo. Como suele ocurrir con casi todo lo
que hacemos los seres humanos.
Por eso me cuesta pensar que nuestros padres debieran haber
sido perfectos.
Nosotros tampoco lo somos.
Y quizá una de las tareas más difíciles de crecer consista
precisamente en dejar de pedirles a quienes nos dieron la vida que hubieran
sabido vivirla perfectamente.
Y me pregunto si algún día podremos llegar a un lugar
distinto: uno en el que comprender no signifique absolver, y recordar no
signifique condenar.
Porque quizá nuestros padres no fueron solamente aquello que
nos hicieron.
Quizá también fueron aquello que pudieron.
Y nosotros tampoco somos únicamente aquello que nos
hicieron.
Somos, además, aquello que hacemos con lo que recibimos.
Precisamente por eso me resisto a las respuestas
definitivas.
No somos iguales.
Y tal vez ahí esté la verdadera cuestión.
Quizá nuestra historia pueda explicar muchas cosas, pero no
necesariamente tenga que convertirse en nuestra sentencia.
Quizá comprender a nuestros padres no nos quite el derecho a
alejarnos de ellos.
Quizá reconocer sus heridas no borre las nuestras.
Quizá perdonar, cuando sea posible, no signifique decir que
estuvo bien.
Y quizá hacerse responsable de la propia vida no consista en
negar lo que nos ocurrió, sino en preguntarnos, algún día, qué queremos hacer
con ello.
Quizá entre esas dos cosas exista un territorio mucho más
humano.
Un lugar donde no haya culpables absolutos ni inocentes
perfectos.
Solo personas.
Personas intentando, como pueden, no romperse del todo ni
romperlo todo.
Y quizá crecer consista también en eso:
en dejar de mirar únicamente hacia atrás para preguntar
quién tuvo la culpa...
y empezar, poco a poco, a mirar hacia delante para
preguntarnos qué hacemos nosotros con la vida que, de una manera imperfecta,
nos fue entregada.
Responsabilizarnos de ella no significa hacerlo todo solos.
Significa reconocer que, cuando podemos, también podemos pedir ayuda, buscarla
y participar activamente en nuestra propia recuperación.
Mirar la vida desde otra perspectiva.
Quizá nos sorprendamos con lo que veamos.
Epílogo
“Tal vez no podamos cambiar aquello que recibimos.
Pero sí podemos decidir qué lugar ocupará en la vida que todavía nos queda.”
“La vida continúa.”
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel