“El amor no se explica, se encarna”
Prólogo
Hay pensamientos que no se dejan ordenar, como hojas
llevadas por el viento.
Y, sin embargo, en medio de ese aparente desorden, algo en nosotros busca
sentido, cauce, dirección.
Este texto no nace de certezas, sino de una necesidad
íntima: la de comprender qué hacer con aquello que no podemos detener.
Porque quizá no se trate de silenciar la mente… sino de aprender a escuchar
hacia dónde queremos que nos lleve.
En este andar por la vida, si algo permanece constante, es
la abundancia de pensamientos espontáneos, incoherentes, muchas veces
contradictorios con nuestra voluntad de existir, como un murmullo incesante que
no concede tregua.
Viene a mi mente una escena que me marcó profundamente.
No como una herida, sino como una brújula que aún palpita en la penumbra.
Mi madre, en su lúcida ancianidad, una vez me pidió consejo
—ella a mí, cuando la sabia era ella— sobre cómo acallar las voces de la mente:
esos pensamientos que brotan a borbotones, como agua desbordada, sin control ni
coherencia, y que nos descolocan en nuestros sentires, arrastrándonos hacia
lugares donde el alma se extravía.
Sin pensarlo mucho, le respondí lo primero que me vino a la
mente:
“Madre, el cerebro no se detiene ni un instante, y la mente
te dará lo que quiera darte. Toma las riendas. Conduce los pensamientos hacia
donde quieras que vayan. Llévalos a esos instantes —del consumado pasado o del
idealizado futuro— donde sentiste alegría y plenitud; conviértelos en presente.
Vuélvelos a vivir, habítalos, respíralos, disfrútalos como entonces.”
No sé si esas fueron exactamente mis palabras, pero así las
recuerdo, como quien evoca un eco cálido en la distancia.
Fue un consejo que le di a mi madre en un ayer, y que hoy
sigo aplicando. Le sirvió a ella en su momento, y a mí me sostiene ahora, como
una llama que no se apaga.
Ser feliz no es un evento fortuito, ni algo que se encuentre
doblando la esquina, como quien tropieza con el tesoro perdido de otro,
cubierto de polvo ajeno.
No. Me niego a aceptarlo. Porque no es racional ni justo.
Pero no es la “felicidad” lo que me impulsa a escribir, sino
los pensamientos que genera la mente y hacia dónde decidimos conducirlos.
¿Permitimos que fluyan sin control, como agua de manantial
que se desliza entre las piedras y se pierde sin rumbo, o los canalizamos hacia
un cauce mayor que nos otorgue paz y sentido, como río que encuentra su mar?
Yo he elegido canalizarlos.
El agua del manantial —los pensamientos— debe ser
transparente, pura; el canal, el amor; el cauce mayor, la consciencia… y el
depósito, mi alma, donde reposa en silencio.
Así me aseguro de tener suficiente para beber y para calmar
la sed de otros. Los pensamientos conducen a las palabras, y estas, a la
acción. Es mi forma de vivir en coherencia, como quien alinea su pulso con el
del mundo.
El amor: breve en su escritura, insondable en su esencia.
No hay verbo, sustantivo ni pensamiento capaz de contener su
vastedad, como el cielo no cabe en los ojos que lo contemplan.
Es principio y fin, origen y retorno.
El amor ha sido, y será, la fuerza que mueve al mundo —para
bien o para mal—, como viento invisible que todo lo inclina.
Desde el principio de los tiempos, cuando el hombre levantó
los ojos al cielo y sintió en el pecho la nostalgia de un origen que no
recordaba, el amor ya lo habitaba. Cada uno intentó nombrar lo innombrable,
pero el amor siguió siendo ese misterio que solo se percibe cuando falta, como
el silencio tras la música.
¿Desciende, entonces, el amor desde lo divino hasta lo
humano? ¿Toma cuerpo, pulsa en la carne y se vuelve necesidad y temblor?
¡Ojalá fuera simple entenderlo!
El amor romántico: el más humano de los delirios y el más
divino de los errores.
Más allá del deseo, el amor se transforma en raíz y
herencia. El amor de los padres hacia los hijos no se elige, se impone. Nace
antes que la palabra y sobrevive a toda razón, como un latido anterior al
tiempo.
Ni la literatura, ni la ciencia, ni la filosofía lo abarcan
por completo. El amor no pertenece a ningún dominio del saber: es el fundamento
mismo del ser.
Quizá ese sea el misterio último del amor:
que, al amar, no damos ni perdemos nada, solo regresamos al lugar de donde
venimos, como quien vuelve al hogar tras un largo viaje.
Epílogo
“Al final, todo regresa a lo esencial.
No son los pensamientos los que nos definen, sino el
lugar al que los conducimos.
Y en ese acto —silencioso, casi invisible— se revela una elección profunda:
vivir desde la dispersión o desde el amor.
Quizá no podamos dominar la corriente,
pero sí elegir el cauce.
Y tal vez, en ese gesto, ya habite todo.”
“No amamos por elección, sino porque el alma no sabe
existir sin amar.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok ; cuenta escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel