domingo, 27 de septiembre de 2026

"Las Paredes... no solo escuchan, también cuentan": Una escena escuchada a través de una pared despierta rabia, impotencia y juicios. Una reflexión sobre la necesidad de hacer una pausa entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos.

 

“Hay historias que despiertan sin pedir permiso.”


PRÓLOGO

“A veces, lo que irrumpe en nuestra vida durante unos minutos basta para mostrarnos algo que llevábamos tiempo sin mirar.”


Fui despertada, no por la alarma del reloj, no, sino por los gritos de una mujer desesperada… una a la que pareciera que le estaban robando el alma.

No había que esforzarse para escuchar —ni posibilidad de no hacerlo—.

Se sumaron más voces: un hombre que pedía que se calmara, que bajara la voz; unos niños que solo repetían una palabra: “mamá” …

¡Con un dolor que partía el alma!

Las finas paredes de pladur no protegían la intimidad de lo que allí sucedía.

No era necesario inventarse una historia: las palabras eran claras.

Tampoco había necesidad de imaginar cómo se sentían al pronunciarlas: el volumen y el tono de las voces dejaban claro el drama que allí se desataba.

Traté de hundir mi cabeza en la almohada para ahogar aquellas palabras que me herían como puñaladas directas a mi razón, a mi dignidad, a mi paz…

¡A mi entendimiento!

Me levanté.

Fui al baño.

Abrí la regadera de la ducha.

El grifo del lavamanos.

Puse distancia a aquello que escapaba de mi control. Me senté en el suelo…

¡y lloré!

Lloré mucho, les confieso.

Sentía rabia. Eso no debería estar ocurriendo.

Sentía impotencia: tenía ganas de ser parte de la escena. De darles un par de bofetadas a cada uno para que se callaran. De coger a los niños y llevarlos a sus camas:

“Tranquilos, no pasa nada, todo estará bien”…

¡como si pudiese ser verdad!

Y allí, sentada en el suelo de un baño, seguía llorando por un asunto que —supuestamente— no me incumbía.

Seguía sintiendo rabia contra el hombre por su falta de carácter: había roto el compromiso de sostener y proteger a su familia, de cuidarla más allá de la pasión. Me parecía un ser débil, merecedor de lástima, pero no de compasión.

¿Y la mujer? Más rabia sentía contra ella.

No gritaba desde el miedo de perder al amor. Gritaba desde el ego herido.

Y yo allí, juzgando a otros, como si tuviese derecho a hacerlo.

Pero mientras seguía pensando y pensando, algo empezó a cambiar.

La escena no había cambiado. Las voces seguían atravesando aquellas paredes demasiado finas. Los niños seguían llorando. La mujer seguía gritando. El hombre seguía pidiendo calma.

La que estaba cambiando era yo.

Me di cuenta de que había construido una historia completa con lo que había escuchado durante unos minutos. Había decidido quién era el culpable, quién era la víctima, quién merecía mi compasión y quién no.

¿Y qué sabía yo realmente?

Sabía lo que había oído. Nada más.

No sabía qué había ocurrido antes. No conocía sus heridas, sus historias, sus miedos ni las palabras que quizá habían sido acumulándose durante años. No sabía qué había llevado a aquella mujer a gritar ni qué había llevado a aquel hombre a quedarse sin saber qué hacer.

Y entonces comprendí que también yo había reaccionado.

Había juzgado desde la emoción aquello que pretendía comprender desde la razón.

Quizá por eso aquella escena terminó enseñándome algo que, hasta ese momento, solo había sido una pregunta:

¿Cómo serían nuestras relaciones si entre sentir y actuar existiera una pausa que nos permitiera elegir, en lugar de reaccionar?

Una pausa para respirar.
Para mirar lo que sentimos sin convertirlo inmediatamente en una sentencia.
Para preguntarnos qué sabemos realmente y qué estamos suponiendo.
Y, después de esa pausa, elegir qué hacer con aquello que sentimos, en lugar de dejar que aquello que sentimos decida por nosotros.

Tal vez esa pausa no evitaría todos los conflictos.

Pero quizá evitaría que una emoción momentánea se convirtiera en una palabra imposible de recoger, en una acción difícil de reparar o en un juicio que nunca nos correspondió hacer.

Y mientras las voces seguían llegando desde el otro lado de la pared, comprendí que aquella mañana no solo había escuchado una discusión.

También había escuchado mi propia reacción.

Y quizá ese era el verdadero asunto que me correspondía mirar.


EPÍLOGO

"No siempre podemos elegir lo que llega hasta nosotros. Pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que despierta en nuestro interior."


"A veces, la pausa también habla."


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viernes, 25 de septiembre de 2026

"La casa de los lapiceros": Una divertida y emotiva historia sobre bolígrafos que desaparecen, regresan y terminan convirtiéndose en una excusa para compartir risas, abrazos y momentos especiales.

 

“Hay cosas pequeñas que terminan juntando a las personas.”


PRÓLOGO

A veces, una costumbre aparentemente insignificante termina convirtiéndose en una forma de cariño. Y uno descubre que, detrás de una simple anécdota, había algo mucho más importante ocurriendo.


Cada vez que me siento delante del ordenador ocurre lo mismo:

sonrío.

No puedo evitar mirar lo que tengo enfrente: varias tazas de café con nombres de ciudades extranjeras. Recuerdos de lugares que, de una manera u otra, terminaron acompañándome hasta aquí.

Pero mis tazas no están vacías.

Están llenas de lapiceros, bolígrafos, creyones, resaltadores, marcadores y cuánta parafernalia exista para escribir, dibujar y pintar.

¡Todos son míos!

Bueno… todos menos los bolis.

Los bolis tienen otra historia.

Una casaca blanca debe permanecer blanca. Las manchas de tinta en los bolsillos son inaceptables.

¡Impresentable!

Y sigo sonriendo porque las chicas de los controles ya me conocen.

Cuando tengo que escribir algo, me concentro en la tarea, guardo automáticamente el bolígrafo en mi bolsillo y continúo como si nada. Después olvido por completo de dónde salió.

No lo hago con intención maliciosa.

¡Lo prometo!

Ellas, sin embargo, ya saben cómo funciona mi cerebro con los bolígrafos.

Por eso, cuando me ven llegar, parece que empieza una pequeña escena teatral.

—Ahí viene Ana. ¡Guarden los bolis!

Y todas se levantan rápidamente, metiéndose las manos en los bolsillos para esconderlos, mientras se ríen.

Yo también.

Después extienden los brazos, no solo para entregarme los bolígrafos que algún día vendré a devolver, sino también para darme un abrazo.

Y eso, sinceramente, me gusta mucho más que los bolis.

Son encantadoras.

Mientras sigo delante del ordenador, tecleando, mi cabeza se va a otra escena. Una que todavía no ha ocurrido, pero que sé perfectamente cómo terminará, porque siempre termina igual.

—¡Joder, Ana! ¿Cuánto tiempo conservaste los bolis que vienen de regreso multiplicados?

Y ellas se ríen.

Y yo con ellas.

—No se quejen, que aquí los tienen de vuelta…

Porque los bolígrafos van y vienen.

Desaparecen.

Aparecen.

Se multiplican.

Y, de alguna manera, terminan siendo parte de nuestra pequeña historia.

Hoy por hoy, si bien es cierto que me quedo con los bolis sin intención, también es cierto que le pido a Dios que no me quite esa cleptomanía inconsciente.

No porque quiera quedarme con ellos.

Sino porque, gracias a ellos, pasamos buenos momentos.

Porque todo esto no queda en unos cuantos bolígrafos desaparecidos y vueltos a aparecer. Los bolis se han convertido en una excusa para acercarnos, para reírnos, para compartir unos minutos y, algunas veces, para regalarnos un abrazo.

Son simples y económicos bolis.

Pero los momentos que pasamos por su causa…

¡No tienen precio!

Dejé de teclear.

Miré las tazas.

Metí la mano en una de ellas y fui sacando los bolígrafos.

Había rojos, azules, verdes, negros, amarillos… algunos nuevos, otros mordisqueados, otros con esa tinta que ya casi no escribe pero que uno conserva vaya a saber por qué.

Los junté todos en la mano.

Al moverlos, chocaron unos contra otros con ese pequeño sonido de plástico y metal que hacen los bolígrafos cuando se amontonan.

Tac, tac, tac…

Por un momento me pareció estar escuchando nuestra propia historia: pequeñas cosas que se encuentran, se mezclan, se pierden y vuelven a aparecer.

Los guardé en mi bolso.

Esta vez los devolvería.

Solo que había una diferencia.

Esta vez era consciente.

Intencional.

Y mientras cerraba el bolso, volví a sonreír.

Porque quizá no eran los bolígrafos los que yo había estado coleccionando todo este tiempo.

Eran los momentos.

Y esos sí que no pienso devolverlos.


EPÍLOGO

Quizá por eso algunas cosas que parecen insignificantes terminan ocupando un lugar especial. No por lo que son, sino por todo lo que ocurre alrededor de ellas.


“No todo lo que llevamos en el bolso pesa.”


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viernes, 18 de septiembre de 2026

"La cara de la verdad": Una reflexión sobre los recuerdos, las emociones y las distintas versiones que construimos de un mismo acontecimiento. Una historia familiar con humor y ternura..

 

“A veces, la verdad tiene varias caras.”


Prólogo

Hay momentos pequeños que terminan dejándonos una gran lección. Este nació de un susto doméstico y acabó mostrando algo que ocurre mucho más de lo que imaginamos: cada persona guarda una versión distinta de lo que pasó.


Dicen que con el tiempo uno se vuelve más sabio. Y yo, que soy una alumna renuente, solo he aprendido que:

La vida es efímera.

La vida es lo que sentimos.

La vida hay que vivirla amando,
solo amando.

Y que los recuerdos no son testimonio de algo que ha sucedido, sino la historia que escribe nuestra mente con las manos del corazón. Con su gramática de emoción e intención.

 Por ello, quizá, cuando relatamos una historia que hemos vivido con otras personas, nuestras versiones no coinciden en su totalidad.

Aquella tarde estaba fresca, y después del almuerzo, nos invitó a la pereza. Así que todos decidimos echar una buena siesta: nosotros, en la habitación, y la niña, acurrucada junto a la abuela, en el sofá.

 Al despertar, fuimos directamente al encuentro de ellas.

Pero no había un “ellas”.

Solo la abuela.
La niña no estaba.
Eso fue lo que sucedió.

 “Sin despertarla para no asustarla, empezamos a buscarla con todo afán. Al encontrar la puerta abierta de la terraza, por mi mente pasaron todos los escenarios posibles de una desgracia.

Mientras ella entró en pánico, yo fui a buscarla al exterior, bajo cada piedra, en cada rincón…, y ella seguía gritando su nombre con toda desesperación, sin dar un paso para buscarla. Solo suplicando que apareciera de la nada —versión del padre—.”

“No se despertó a la abuela para que no se angustiara inútilmente. Sabía que la niña estaría por allí metida, cerca, curioseando algo. Era una niña tranquila, acostumbrada a ir de la mano de su abuela o de algún adulto que la guiara y acompañara. No había nada que temer. Empecé a llamarla por su nombre, para que saliera de donde estaba, pidiéndole a Dios que lo hiciera rápido y se acabara la angustia del padre, que daba por hecho lo peor —versión mía—.”

 “Nos despertaron, interrumpiendo nuestra placentera siesta. ¿Cuál era la gritería? ¡Qué manera de despertarnos! Fue una desconsideración. No sé por qué no la buscaron donde la dejaron… ¡Qué poca confianza tuvieron en mí! ¡Vaya tontería! —versión de la abuela—.”

 Y sí, todas las versiones son verdaderas.

Un mismo hecho contado desde miradas diferentes. Cada uno contó cómo vivió, cómo sintió —desde sus emociones— el momento.

 ¿Y la niña? Se preguntarán ustedes.

La niña estaba acurrucada al costado de la abuela, casi incrustada en el sillón.

La abuela apartó su mantilla, develando la presencia de la criatura. Tenía en el rostro una expresión de pícara ternura, como de quien se considera triunfadora en un juego de “escondidas”.

 ¿Y la abuela?

Con cara de enojada por tanto barullo por nada. Sonrío al recordarla.

 Al final, nos miramos las caras y terminamos riéndonos. Porque es imposible que cada quien no relate su vida a su manera: para uno será un drama, para otro una comedia, para aquel una serie de suspenso y, para mí, ya ustedes saben…, una novela romántica.

 Cada uno cuenta la historia como la siente. Y yo, además, como me gusta.


Epílogo

Quizá por eso, cuando creemos recordar, también estamos creando. Y en esa creación caben el miedo, la ternura, la exageración y hasta una buena dosis de humor.


“Tal vez recordar también sea una forma de reescribir la vida.”


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martes, 15 de septiembre de 2026

"Una relación perfecta": Reflexión sobre el amor, las relaciones y las diferencias entre las personas. Una mirada desde la fe sobre la imperfección, el perdón y el espacio que dejamos al otro para ser quien es.

 
“Amar también es saber convivir con las diferencias.”


Prólogo

A veces una conversación entre amigas termina llevándonos mucho más lejos de lo que imaginábamos. Una charla cotidiana puede dejarnos una pregunta dando vueltas en la cabeza.


Hace unos días logré conseguir algo de tiempo para reunirme con un par de amigas. No es por falta de ganas que no lo hacemos más a menudo, sino porque nuestras vidas se desarrollan en contextos diferentes.

El encuentro fue el habitual: expresiones de alegría al vernos, abrazos y la típica zalamería entre besos y besos: “¡Qué guapa estás, el tiempo no pasa por ti!”. El estallido de risas no se hace esperar. Sabemos que nos mentimos, pero si esas mentirillas no las dicen las amigas… ¿Quiénes nos las van a decir?

Luego, lo obvio: ¡ponernos al día!

Al final, siempre terminamos conversando sobre un mismo tema: las relaciones y la dificultad de sostenerlas por las diferencias.

En las relaciones, decíamos, nunca estamos completamente de acuerdo.

Y quizá sea verdad.

Porque basta compartir una mesa, una casa, una conversación demasiado larga, para descubrir que el otro tiene otra manera de mirar. Otra forma de callar. Otra velocidad para enfadarse, para perdonar, para volver.

Con el tiempo, las relaciones terminan por craquelarse.

Una palabra que se dice mal. Una promesa que no llega a cumplirse. Una puerta que se cierra con un poco más de fuerza de la necesaria. Una costumbre que irrita. Un silencio que permanece en la habitación incluso cuando ya nadie recuerda cómo empezó.

Y hay que atenderla, cuidarla para que no se rompa… ¡y nosotros con ella!

Al volver a casa me quedé pensando profundamente en ello. Y me pregunté:

¿Acaso no puede darse una relación perfecta pese a nuestras imperfecciones?

Sonreí porque yo sí conozco una relación que siento perfecta.

¡La mía con Dios!

No porque yo sea perfecta. Precisamente por todo lo contrario.

Hay días en que me acerco a Él con las manos llenas y otros en que llego con ellas vacías. Días en que cumplo lo que me prometí y otros en que vuelvo a tropezar exactamente en la misma piedra. A veces me siento fuerte, luminosa, capaz de cualquier cosa. Y otras veces me descubro cansada, pequeña, decepcionada de mí misma.

Pero nunca he sentido que tenga que ser perfecta para acercarme a Él.

Puedo llegarle tal como estoy.

Siento su presencia a mi lado, sin reproches, sin ese dedo invisible que señala la caída. Casi puedo sentir una sonrisa tranquila, como quien mira a alguien que acaba de tropezar y, en lugar de preguntarle por qué no miró dónde pisaba, le tiende la mano.

“Vale, tranquila. Levántate. El próximo paso lo harás mejor”.

Quizá por eso pienso tanto en el amor.

Porque si esperamos que alguien nos ame solamente cuando coincidimos, cuando comprendemos, cuando acertamos, cuando no decepcionamos y cuando nuestras diferencias no incomodan, quizá no estemos hablando de amor.

Amar también debe ser aprender a convivir con aquello que no entendemos del otro.

Con sus silencios.

Con sus maneras distintas de sentir.

Con sus pequeñas sombras.

Con aquello que jamás haríamos de la misma manera.

No significa aceptar el daño, ni justificar la crueldad, ni quedarse donde el amor ha dejado de existir. Hay diferencias que enriquecen y diferencias que destruyen. Hay errores que pueden repararse y heridas que exigen distancia.

Pero entre esos extremos existe un territorio mucho más íntimo: ese lugar donde dos personas se miran y, aun sin pensar igual, deciden seguir caminando juntas.

Y entonces vuelvo a Dios.

Pienso que quizá esa sea la lección que me ofrece su amor: no me pide que nunca caiga. Me pide que, cuando caiga, sea capaz de reconocerlo, levantarme y volver a intentarlo.

¿No debería parecerse a eso el amor humano?

A veces me pregunto cuánto amor hay realmente en una relación.

Y cada vez creo más que la respuesta no está en cuánto coinciden dos personas.

Está en cuánto espacio dejan para que el otro pueda ser imperfecto sin dejar de sentirse amado.

Quizá esa sea la verdadera medida del amor.


Epílogo

Tal vez las diferencias no sean siempre aquello que nos separa. A veces pueden mostrarnos cuánto estamos dispuestos a comprender, cuidar y permanecer.


“Y tal vez amar sea dejar espacio para el otro.”


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lunes, 14 de septiembre de 2026

"Cuando mirar atrás ya no basta": Una reflexión sobre las heridas de la infancia, los padres, el perdón y la responsabilidad de construir nuestra propia vida sin negar aquello que nos ocurrió.

 

“La herida no es toda la historia.”


Prólogo

“Hay heridas que necesitamos nombrar para comprenderlas. Pero quizá también necesitamos recordar que una herida explica una parte de nuestra historia, no necesariamente toda nuestra vida.”


Últimamente escucho hablar sobre el alto porcentaje de depresión en la población, sobre todo la joven.

De la infancia.

De los padres.

De aquello que nos faltó, de aquello que nos hicieron, de aquello que no supieron darnos.

Y me pregunto, sin saber muy bien dónde termina la pregunta y dónde empieza la respuesta: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de una infancia que nos marcó?

Quizá siempre haya existido la tristeza. La ansiedad. El miedo. La sensación de no encajar en la propia vida, ni en la sociedad. Quizá antes no teníamos tantas palabras —ni imágenes— para referirnos a ella y visualizarla como algo normal.

Ahora las tenemos. ¡Y hablar de ello se ha vuelto popular!

Y algunas veces me pregunto si, al ponerle un nombre a una herida, también corremos el riesgo de convertirla en un pequeño mundo donde los garabatos ocupan el lugar de la conciencia.

Pienso especialmente en los padres.

Es curioso cómo, cuando intentamos explicar lo que somos, volvemos una y otra vez a ellos. A lo que hicieron. A lo que no hicieron. A lo que dijeron. A lo que callaron.

Como si detrás de cada adulto hubiera que encontrar necesariamente a un padre culpable y a una infancia que explique todo lo que vino después.

Pero entonces pienso en algo mucho más sencillo y, quizá por eso, mucho más difícil de aceptar:

los padres también son seres humanos.

Llegaron a nosotros con sus propias historias. Con sus miedos. Con sus torpezas. Con aquello que habían aprendido y con aquello que nadie les enseñó.

A veces me pregunto si hemos aprendido a mirar tanto la herida del hijo que hemos dejado de mirar la fragilidad de quien la pudo causar.

No para justificarla.

No para decir que el daño no importa.

Sino para intentar comprender que quizá el amor humano no siempre se parece al amor que necesitábamos recibir.

Hay también una decisión misteriosa en el hecho de traer una vida al mundo.

Una persona pudo no hacerlo y, sin embargo, hacerlo.

Pudo sentirse demasiado joven, demasiado sola, demasiado asustada, demasiado incapaz. Y aun así continuar.

Y cuando alguien entrega a un hijo para que otro lo cuide, quizá podamos mirar esa decisión únicamente como abandono. Pero también podríamos preguntarnos si, en determinadas circunstancias, no hubo detrás una forma dolorosa de protección: yo no puedo darte lo que necesitas; quizá alguien pueda hacerlo mejor que yo.

No sé.

Quizá la verdad no sea nunca tan limpia.

Quizá haya egoísmo mezclado con amor. Miedo mezclado con ternura. Incapacidad mezclada con deseo. Como suele ocurrir con casi todo lo que hacemos los seres humanos.

Por eso me cuesta pensar que nuestros padres debieran haber sido perfectos.

Nosotros tampoco lo somos.

Y quizá una de las tareas más difíciles de crecer consista precisamente en dejar de pedirles a quienes nos dieron la vida que hubieran sabido vivirla perfectamente.

Y me pregunto si algún día podremos llegar a un lugar distinto: uno en el que comprender no signifique absolver, y recordar no signifique condenar.

Porque quizá nuestros padres no fueron solamente aquello que nos hicieron.

Quizá también fueron aquello que pudieron.

Y nosotros tampoco somos únicamente aquello que nos hicieron.

Somos, además, aquello que hacemos con lo que recibimos.

Precisamente por eso me resisto a las respuestas definitivas.

No somos iguales.

Y tal vez ahí esté la verdadera cuestión.

Quizá nuestra historia pueda explicar muchas cosas, pero no necesariamente tenga que convertirse en nuestra sentencia.

Quizá comprender a nuestros padres no nos quite el derecho a alejarnos de ellos.

Quizá reconocer sus heridas no borre las nuestras.

Quizá perdonar, cuando sea posible, no signifique decir que estuvo bien.

Y quizá hacerse responsable de la propia vida no consista en negar lo que nos ocurrió, sino en preguntarnos, algún día, qué queremos hacer con ello.

Quizá entre esas dos cosas exista un territorio mucho más humano.

Un lugar donde no haya culpables absolutos ni inocentes perfectos.

Solo personas.

Personas intentando, como pueden, no romperse del todo ni romperlo todo.

Y quizá crecer consista también en eso:

en dejar de mirar únicamente hacia atrás para preguntar quién tuvo la culpa...

y empezar, poco a poco, a mirar hacia delante para preguntarnos qué hacemos nosotros con la vida que, de una manera imperfecta, nos fue entregada.

Responsabilizarnos de ella no significa hacerlo todo solos. Significa reconocer que, cuando podemos, también podemos pedir ayuda, buscarla y participar activamente en nuestra propia recuperación.

Mirar la vida desde otra perspectiva.

Quizá nos sorprendamos con lo que veamos.


Epílogo

“Tal vez no podamos cambiar aquello que recibimos. Pero sí podemos decidir qué lugar ocupará en la vida que todavía nos queda.”


“La vida continúa.”

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viernes, 11 de septiembre de 2026

"LA FORTALEZA DE MOSTRARSE": ¿Mostrarse nos hace vulnerables? Una reflexión sobre autenticidad, sensibilidad, límites y la fuerza de ser nosotros mismos sin entregar nuestra intimidad.

 

“Mostrarse no es quedarse sin armadura. A veces es elegir no llevarla donde no hace falta.”


PRÓLOGO

Hay frases sencillas que se quedan dando vueltas dentro de nosotros porque tocan una pregunta que quizá ya estaba allí.

Durante mucho tiempo aprendimos que protegernos significa reservarnos y controlar lo que mostramos. Como si revelar nuestra manera de sentir pudiera conceder a otros un poder que no deberían tener.

Pero quizá la cuestión no esté en cuánto mostramos, sino en desde dónde lo hacemos.


Hace unos días alguien me dijo algo que se quedó conmigo más de lo que esperaba.

—Oye, tú te muestras mucho. Compartes tu vida, lo que eres, lo que piensas, lo que sientes. Eso te hace vulnerable.

—¿En serio piensas que soy vulnerable? —fue lo único que alcancé a decir.

El comentario cayó dentro de mí como una piedra pequeña en un estanque.

Vulnerable.

Y me pregunté si mostrarme como soy me hace vulnerable o si puede ocurrir justamente lo contrario.

Yo escribo desde lo que pienso, siento y, muchas veces, he vivido —porque, además de experiencia, tengo imaginación y creatividad—.

Si soy romántica y sensible, lo soy. Si algo me conmueve, no necesito esconderlo.

Si una experiencia me ha dolido, puedo contarla. Si me ha hecho feliz, tampoco necesito guardarla bajo llave.

Y entonces pensé en las casas.

Hay casas que tienen las ventanas siempre cerradas. Desde fuera nadie sabe qué ocurre dentro.

Y hay otras que las abren por la mañana y dejan entrar el sol.

Pero una ventana abierta no significa que la puerta también lo esté. Mostrar una ventana no es entregar la llave de una casa.

Cuando escribo sobre mi vida, hay cosas que no cuento y otras que se transforman como herramienta literaria. No porque me avergüencen. Hay detalles que simplemente no pertenecen al relato.

Y algunos, sencillamente, ¡me pertenecen!

No todo lo que vivimos necesita convertirse en palabra. La honestidad no consiste en vivir con todas las puertas abiertas, sino en no fingir que detrás de ellas hay otra persona.

Pero también me he preguntado otra cosa.

¿Y si esconder nuestras vulnerabilidades no siempre nos protege?

Aquello que ocultamos con demasiado empeño puede despertar precisamente la curiosidad que queríamos evitar.

Si cierro todas las ventanas, quizá nadie sepa qué hay dentro de mí. Pero lo desconocido tiene una curiosa manera de llamar la atención.

¿Qué estará ocultando? ¿Por qué se protege tanto? ¿Dónde estará su punto débil?

En cambio, cuando digo quién soy, qué siento y qué me conmueve, ¿qué queda por descubrir?

Si muestro mi sensibilidad es porque no me avergüenza tenerla.

Si digo que soy romántica, no estoy confesando una debilidad que alguien haya descubierto. Se la estoy mostrando yo.

Si cuento que algo me ha dolido, tampoco estoy entregando un arma. Estoy diciendo que ocurrió y que forma parte de mi historia.

¿Qué podrían descubrir de mí que yo misma no sepa?

Quizá ahí esté una parte de la fortaleza de mostrarse.

Una cosa es que sepan dónde está una herida y otra que tengan permiso para tocarla.

Puedo mostrar la herida sin entregar la mano de quien quiera hacer daño.

Y entonces comprendí que hay una clase de fortaleza que no necesita endurecerse.

No necesito convertir mi corazón en piedra para demostrar que soy fuerte.

También tengo mis armas: la experiencia, la intuición, el pensamiento y la capacidad de reconocer quién merece acercarse y quién debe quedarse al otro lado de la puerta.

Mostrarme no me hace vulnerable, sino valiente.

Hay una diferencia entre ser vulnerable y estar a merced de alguien.

Puedo contar una historia y guardar aquello que no necesito convertir en parte de ella.

Puedo mostrar el corazón sin ponerlo en manos de cualquiera.

Y quizá la autenticidad sea justamente eso:

no esconderse por miedo,

pero tampoco entregarse por necesidad.

Saber quién eres y qué merece permanecer contigo.

La verdadera protección no está en que nadie conozca nuestros puntos sensibles, sino en que nosotros los conozcamos primero, los aceptemos, sepamos defenderlos y sepamos quién merece acercarse a ellos.


EPÍLOGO

Quizá la madurez no nos enseñe a cerrar las ventanas, sino a decidir cuáles queremos abrir y ante quién.

Hay partes de nuestra historia que pueden permanecer fuera de la mirada ajena sin que por ello dejemos de ser sinceros.

Conocerse permite algo que el miedo nunca puede ofrecer: la posibilidad de elegir cuándo hablar, cuándo callar, a quién acercar y de quién tomar distancia.

Y quizá ahí resida una forma serena de libertad: no necesitar esconder nuestra manera de ser para sentirnos a salvo, pero tampoco exhibirla para sentirnos aceptados.


“No somos libros usados que se regalan en ferias, somos libros que nos abrimos en aquellas páginas que permitimos que se lean”


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jueves, 10 de septiembre de 2026

"La chica de la mirada azul": Una carta, una tableta de chocolate y unos ojos azules despiertan una profunda reflexión sobre el cuidado, la infancia herida, la bondad y el legado que dejamos en los demás.

 

Hay regalos que llegan envueltos en muy poco y terminan ocupando un lugar inmenso.


Prólogo

Hay encuentros que parecen pequeños cuando suceden, pero con el tiempo adquieren otra dimensión. Quizá porque algunas personas aparecen en nuestra vida sin saber cuánto pueden enseñarnos sobre nosotros mismos.

Esta es una historia de esas que nacen de un gesto sencillo y terminan hablando de algo mucho más profundo: de lo que damos, de lo que recibimos y de esas inesperadas formas en que la vida nos devuelve el sentido.


Llegó el día tan ansiado: ¡el día de mis vacaciones!

Les prometí a mis chicas que dormiría las primeras cuarenta y ocho horas. Así lo hice, a pierna suelta. Sin alarmas, sin prisas, sin la mente anticipando planes para el día.

Y hoy, mientras intento poner un poco de orden en mi vida íntima —esa vida que se nos escurre entre el tiempo comprometido y las prisas—, me he encontrado con un papel arrugado en mi bolso: una carta de ella, de la chica de la mirada azul.

"Bueno, Margarita, este detalle —una gran tableta de chocolate— es por tu cumple y por tus vacaciones. Gracias por cuidarme y preocuparte por mí. Eres una gran persona. Te vamos a extrañar, pero mereces esas vacaciones. Y gracias porque, aunque tus días fueron grises, tenías sonrisas y tu buen humor para nosotras".

Mis manos temblaron. Mis ojos se nublaron. Mi corazón no cabía en el pecho de la alegría.

Sí, ¡alegría!

Esas palabras escritas con el corazón —por alguien que es la inocencia encarnada— me confirmaban que mi vida tenía propósito; que, de alguna manera, mis padres estaban cosechando aquello que sembraron en mí; que mis hijos tendrían un motivo para sentirse orgullosos de su madre, porque estaba acumulando la única riqueza que ellos pretenden que les sea legada.

Y ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene de particular recibir una muestra de afecto y agradecimiento? ¿Acaso todos no hemos sido receptores de esas demostraciones por parte de alguien?

Y yo les contesto:

Hay niños que nacieron en un mundo de cristal completamente roto.

Niños que tuvieron que aprender a caminar de puntillas, a no tocar, a no hacer ruido, para no herir un alma que ya venía herida.

Niños que aprendieron demasiado pronto que hasta la ternura podía convertirse en una herramienta para manipular, asustar, quebrar; para sembrar miedo y desconfianza en una mente que apenas estaba aprendiendo a descubrir el mundo.

Niños que no maduran dejando que el tiempo les entregue, poco a poco, la infancia que merecieron.

Y yo, desde aquí, humildemente, le contesto a la chica de la mirada azul —no solo por el color de sus ojos, sino porque en ellos todavía se refleja la pureza del cielo—:

"Gracias por tu gracias. Gracias por sentirme como un lugar seguro. Gracias por encontrar en mí luz en las sombras. Gracias por hacerme sentir bien conmigo misma. Gracias por ser como eres. ¡Gracias por existir!"

No soy perfecta, lo sé. ¿Acaso alguien lo es?

También yo he tenido días en los que la sonrisa ha sido un esfuerzo y otros en los que he llegado a casa preguntándome si todo aquello que hago tiene algún sentido.

Quizá por eso aquella carta me conmovió tanto.

Porque a veces creemos que para dejar algo en los demás necesitamos hacer grandes cosas. Y no. A veces basta con estar. Con mirar. Con escuchar. Con cuidar una pequeña parcela de la vida de alguien cuando la nuestra también necesita ser cuidada.

Quizá nunca sepamos qué huella dejan nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra manera de tratar a quienes se cruzan con nosotros.

Tal vez alguien recuerde, muchos años después, una sonrisa que nosotros apenas recordamos haber ofrecido.

Tal vez alguien conserve como refugio una conversación que para nosotros fue solamente un momento cualquiera.

Tal vez, incluso sin saberlo, estemos enseñándole a alguien que todavía existen lugares donde no hace falta defenderse.

Y entonces comprendo que hay riquezas que no caben en una cuenta bancaria, ni en una casa, ni en una herencia.

Hay riquezas que se acumulan en la memoria de otros.

En la confianza que despertamos. En el cariño que dejamos. En las heridas que evitamos. En la luz que somos capaces de encender cuando alguien atraviesa su propia oscuridad.

Quizá eso sea, después de todo, lo que significa dejar un legado.

No que nuestros hijos hereden lo que tuvimos, sino que puedan reconocer en nosotros aquello que merece ser continuado.

La chica de la mirada azul me dejó una tableta de chocolate envuelta en un papel arrugado.

Un pequeño regalo.

Una enorme verdad.

Lo sostengo ahora entre mis manos y vuelvo a leer aquellas palabras.

Afuera, Madrid sigue haciendo ruido.

Yo, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa.

Doblo despacio el papel y lo guardo.

No sé cuánto tiempo permanecerá allí.

Quizá años.

Quizá hasta que el papel termine por deshacerse.

Pero hay cosas que, una vez que encuentran un lugar dentro de nosotros, ya no necesitan papel para permanecer.

Y pienso en sus ojos.

En ese azul limpio.

En esa niña que la vida no consiguió borrar del todo.

Y sonrío.

Porque algunas veces, sin proponérnoslo, cuidamos una pequeña luz creyendo que somos nosotros quienes la protegemos.

Hasta que un día descubrimos que era ella la que nos estaba iluminando.


Epílogo

Tal vez el verdadero valor de lo que hacemos no pueda medirse mientras lo estamos haciendo. Hay gestos cuyo significado solo aparece cuando alguien, mucho después, nos devuelve una parte de aquello que entregamos sin esperar recompensa.

Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de saber que nuestra presencia no pasó en vano por la vida de otro ser humano.


Hay personas que llegan con las manos pequeñas y terminan enseñándonos el tamaño verdadero de la bondad.


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¿También eres bisagra?: Una reflexión sobre quienes sostienen el equilibrio entre dos partes, median, concilian y también necesitan aprender a poner límites.

 

A veces una palabra inesperada abre una puerta hacia nosotros mismos.


Prólogo

Hay palabras que llegan sin anunciarse y, sin embargo, encuentran un lugar donde quedarse. Algunas describen una situación; otras nos obligan a mirarla desde otro ángulo. Esta reflexión nace de una de esas palabras y de la curiosidad de seguir su rastro hasta descubrir cuánto puede decirnos.


En estos días, una joven y jovial compañera me dijo, acercándose mucho a mi rostro, como quien susurra algo penoso que no debe ser oído: “no sé si me das pena o te admiro, pero, en todo caso, no quisiera estar en tu lugar: ¡eres una bisagra humana!”.

—¿Una bisagra humana? —le pregunté.

—Sí, te encuentras en medio: entre nosotras y la empresa… ¡nada fácil mantener el equilibrio!

No puedo asegurar que fueran sus palabras exactas, pero así lo recuerdo.

La palabra “bisagra” se quedó rondando en mi mente, creando una tormenta de pensamientos de la cual necesitaba escapar.

Al llegar a casa no pude dejar de observar las puertas, sus bisagras. Obsesionada con esa idea, empecé a moverlas: abrirlas y cerrarlas.

Y sí, sí. Creo que la imagen surgida de la bisagra es muchísimo más rica de lo que me pareció a primera vista. Porque una bisagra no es simplemente algo que “abre y cierra”: es el punto de unión entre dos partes que necesitan moverse sin dejar de estar unidas.

Entonces, ¿qué es una bisagra? —pensé—.

Es un mecanismo que une dos piezas y permite que una de ellas gire respecto de la otra alrededor de un eje.

Y ahí está lo interesante: la bisagra no pertenece enteramente a ninguna de las dos piezas y, al mismo tiempo, pertenece a las dos…

¡Como ella dijo!

Su función es permitir el movimiento y mantener unidas las dos partes mientras se mueven en direcciones diferentes.

Una puerta puede abrirse o cerrarse gracias a ella. Pero la bisagra no decide hacia dónde quiere ir la puerta. Soporta el movimiento. Lo articula. Lo hace posible.

La bisagra puede chirriar tanto al abrir como al cerrar. El ruido no significa necesariamente que esté haciendo mal su trabajo. A veces significa que está soportando fricción.

Y ahí, para mí, aparece la metáfora: yo, la bisagra… ¿tú también?

Lo pregunto porque estoy describiendo una posición de articulación: estar entre dos espacios que tienen intereses diferentes y, en ocasiones, contrapuestos. Por un lado, el equipo del que formamos parte, con sus necesidades, sus límites, su cansancio, sus derechos. Por otro, la organización, con sus objetivos, sus exigencias, su eficiencia y sus responsabilidades.

Y ahí está uno en medio.

No se es exactamente “la puerta”, porque no somos quienes decidimos todo. Tampoco somos completamente «el marco», porque formamos parte del movimiento. ¡Somos la bisagra!

Y quizá lo más duro de ser bisagra es esto: cuando la puerta se abre hacia un lado, la bisagra tiene que soportar la tensión del otro.

Cuando proteges a tu equipo, puedes sentir que tiras contra la empresa. Cuando haces cumplir una exigencia, puedes sentir que cierras la puerta frente a quienes tienes al lado.

La realidad es que se ocupa una posición intermedia desde la que hay que conciliar, transmitir, poner límites y negociar.

Y ahí aparece otra cosa que me parece todavía más interesante: una bisagra está constantemente adaptándose.

Abre.

Cierra.

Abre.

Cierra.

Y si la fricción aumenta y nadie la lubrica, empieza a chirriar.

La metáfora se vuelve humana: hablamos del desgaste de una persona que lleva demasiado tiempo absorbiendo la fricción entre dos mundos.

Una bisagra sana no elimina la tensión entre las dos partes. Permite que esa tensión no rompa la puerta.

Pero también tiene un límite.

Si soporta demasiado peso, si está mal colocada, si se oxida o si nadie la mantiene, no importa cuánto quiera cumplir su función: terminará chirriando, deformándose o rompiéndose.

No se trata de preguntarse únicamente “¿hacia qué lado debo tirar?”. Tal vez la pregunta sea:

“¿Cuánto tiempo puede una persona permanecer en medio de dos fuerzas sin terminar convirtiéndose ella misma en el lugar donde se produce toda la fricción?”

Porque quizá ese sea el verdadero precio de ser bisagra.

Y te diría algo más: no todas las bisagras tienen que abrirse siempre hasta donde los demás quieren. También necesitan límites. Una buena bisagra permite el movimiento, pero tiene un ángulo determinado. No permite que la puerta se abra indefinidamente hasta arrancarse del marco.

Eso no es mandar, es liderar. Es gozar de la confianza de los involucrados… ¡nada más satisfactorio que eso!

Y sigo pensando. Ese pensamiento me lleva a las personas “bisagras” fuera del ambiente laboral. Porque también puede darse en la familia, en la comunidad, en el grupo de amistades…

¿Eres tú una de ellas?

Sabes, entonces, que no tienes que conseguir que nadie gane siempre. Tu función puede ser conseguir que la puerta siga funcionando sin que ninguna de las dos partes termine arrancándola del marco.

Y quizá por eso no te sorprenda que esa puerta chirríe unas veces al abrir y otras al cerrar: mediar para conservar la paz y la armonía también desgasta.

Y, sin saberlo, acabas de leer una pequeña metáfora de ti mismo.


Epílogo

Quizá algunas posiciones de la vida no se eligen, sino que terminan ocupándonos. Y cuando nos toca sostener vínculos, decisiones o expectativas ajenas, conviene recordar que también nosotros formamos parte de aquello que intentamos mantener en pie.


Tal vez la verdadera fortaleza consista en saber hasta dónde podemos sostener sin dejar de sostenernos.

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lunes, 7 de septiembre de 2026

"Un Pan Bajo El Brazo": Una reflexión sobre la pobreza, la desigualdad de oportunidades, el mérito, la empatía y las circunstancias que condicionan nuestra vida desde el nacimiento.


 Hay privilegios que solo reconocemos cuando descubrimos que no estaban al alcance de todos.


PRÓLOGO

Vivimos acostumbrados a pensar que cada vida comienza desde el mismo punto de partida. Quizá porque resulta más cómodo creer que todo depende de la voluntad, del esfuerzo y de las decisiones que tomamos.

Pero basta detenerse un instante para mirar alrededor y descubrir que la vida reparte de manera desigual aquello que recibimos antes de poder elegir.

Hay preguntas que nacen de una conversación aparentemente sencilla y terminan obligándonos a revisar nuestras propias certezas. Esta es una de ellas.


Tenía un vecino con el que desarrollé una amistad.

Todas las tardes salía a caminar y me encontraba con él: yo para despejar la mente y ordenar los pensamientos, él para pasear a su perra. Coincidíamos. Nos saludábamos, hasta que, en un momento, empezamos a hacer el recorrido juntos.

¡Una manera sencilla de iniciar una amistad!

Una caminata. Una conversación. Los perros delante. Un café después. La sensación de encontrar a alguien con quien es fácil compartir el tiempo.

Poco a poco, casi sin darme cuenta, nuestras conversaciones entraron en lugares más profundos. Dejamos de hablar de lo cotidiano y comenzamos a hablar de aquello que pensamos, creemos y nos duele.

Entonces descubrí el verdadero límite de nuestra amistad.

Porque hay temas que no son solo temas. Son espacios donde cada uno lleva su historia, sus valores y su forma de ver el mundo.

Una de esas conversaciones llegó cuando hablamos de la pobreza y de las oportunidades de quienes nacen en determinados lugares del mundo.

Él dijo, con absoluta espontaneidad y convicción, que esas personas tenían las mismas oportunidades que cualquiera de nosotros aquí, en España.

Aquella frase me incomodó. Deshizo la imagen que tenía de él hasta ese momento, porque…

¡No todos nacemos con las mismas oportunidades!

Hay niños que nacen con un pan bajo el brazo.

Nacen en una familia que los espera. Tienen un padre y una madre, o al menos alguien que los cuida. Tienen casa, escuela, ropa, alimentos y protección. Alguien que les enseña a distinguir el bien del mal, los acompaña cuando tienen miedo y les dice que pueden llegar a ser algo en la vida.

Y hay otros que nacen sin nada de eso.

Niños que viven donde la pobreza no es una circunstancia, sino el panorama entero. Desde pequeños deben cuidar de sus hermanos, trabajar, pedir, sobrevivir. Conocen antes el hambre que los libros y antes el miedo que la seguridad.

Y cuando hablo de hambre, no hablo solo de comida.

Existe también el hambre de amor, ternura, protección, cuidado, educación…

¡El hambre de oportunidades!

El hambre de sentirse alguien en un mundo que parece haberles dicho que valen menos.

¿Cómo puedo entonces mirar a esas personas y decir que tuvieron las mismas oportunidades que yo?

Quizá tuvieron las mismas capacidades, sueños, inteligencia, bondad y capacidad de amar.

Pero no tuvieron las mismas oportunidades.

¡Y eso importa!

Muchas veces juzgamos a las personas por aquello en lo que terminaron convirtiéndose, sin preguntarnos qué circunstancias las construyeron.

Por eso creo que deberíamos ser más prudentes al opinar.

No se trata de justificarlo todo. La libertad también necesita condiciones para ejercerse y no puedo exigir las mismas respuestas a quienes comenzaron la vida desde lugares distintos.

No creo que debamos culpar a un pueblo por las circunstancias en las que vive. Creo que debemos preguntarnos quién tenía la responsabilidad y el poder de cambiarlas.

Y, sobre todo, creo que debemos cuidar algo que a veces olvidamos cuando vivimos cómodamente:

¡la empatía!

Para mí, la empatía no es sentir lástima desde lejos, sino imaginar cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en esas condiciones.

Quizá entonces comprendería que muchas cosas que creo haber conseguido solo por mis méritos también tuvieron algo de regalo:

¡Ese pan bajo el brazo con el que algunos llegamos al mundo sin siquiera saber que lo llevábamos!

A mí hay imágenes que me parten el alma.

Las miro y algo dentro de mí se encoge. Mi mente hace «cortocircuito» al no entender cómo puede existir tanto sufrimiento mientras otros vivimos con cosas que damos por hechas.

Y entonces aparece mi fe.

No como explicación que resuelva el dolor, porque no la tengo. Tampoco como consuelo.

Solo como una forma de aceptar aquello que mi razón no consigue comprender.

Creo en un Dios que no desea el mal para nadie.

Y, aun así, hay sufrimientos que siguen siendo incomprensibles.

Quizá creer significa aprender a convivir con algunas preguntas sin permitir que nos vuelvan indiferentes.

Eso era lo que, para mí, estaba en juego: no era solo una diferencia de opinión.

¡Era una diferencia en la manera de mirar al otro!

Quizá por eso algunas amistades se separan cuando dejan lo superficial y muestran aquello que de verdad somos.

Porque llega un momento en que aparece una pregunta incómoda:

¿Cómo miro yo el dolor de los demás?

La respuesta puede acercarnos, o no.

Yo solo sé que no quiero perder la empatía.

Y que podemos recordar, cada vez que miremos a alguien que nació con menos, que el pan bajo nuestro brazo no fue necesariamente un mérito nuestro.

A veces, simplemente, tuvimos la fortuna de nacer donde había pan.

Y quizá recordarlo sea una de las formas más honestas de aprender a mirar al otro.


EPÍLOGO

Tal vez crecer también consista en descubrir que nuestra historia no empezó el día en que comenzamos a tomar decisiones.

Antes hubo un lugar, una familia, unas circunstancias, personas que estuvieron o que faltaron, puertas que se abrieron y otras que ni siquiera llegamos a conocer.

Reconocerlo no disminuye nuestros esfuerzos ni borra nuestros méritos. Simplemente nos recuerda que nadie construye su vida completamente solo.

Y quizá desde esa conciencia podamos mirar el mundo con menos juicio y con una pregunta más humilde: ¿Qué habría sido de mí si la vida me hubiera colocado al otro lado de la frontera?


A veces la verdadera justicia comienza cuando dejamos de creer que todos partimos del mismo lugar.


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sábado, 5 de septiembre de 2026

¿Te acuerdas...? : la experiencia de descubrir que nuestra vida adquiere otros significados cuando quienes nos aman la cuentan desde su propia memoria.


 “A veces necesitamos que otros nos cuenten nuestra propia vida.”


Prólogo

Hay momentos en los que el pasado deja de ser una sucesión de fechas y acontecimientos para convertirse en algo mucho más cercano: una historia que continúa creciendo cada vez que alguien la recuerda.

Quizá por eso ciertas conversaciones familiares tienen la capacidad de sorprendernos. No solo porque recuperan escenas que creíamos olvidadas, sino porque nos permiten descubrir que quienes estuvieron a nuestro lado guardaron de aquellos días imágenes que nosotros nunca llegamos a ver.

Y entonces comprendemos que una vida puede tener muchas versiones sin dejar de ser la misma.


En estos días cumplí años.

La noche estaba abierta sobre Madrid. Desde la terraza, las luces de la ciudad parecían extenderse hasta la luna menguada que pendía del cielo.

Éramos pocos alrededor de aquella mesa. Y, sin embargo, estaban también... los que no estaban.

Porque en las reuniones familiares no es nada extraño mirar a nuestro derredor solo para contar los que faltan: los muertos, los que están lejos... ¡los que no pudieron venir!

Y, como siempre, es inevitable que las conversaciones giren sobre ellos.

Y los recuerdos fueron apareciendo unos detrás de otros, como pequeñas ventanas que alguien fuera abriendo en la noche.

Miré extasiada el rostro de mi hija menor. Esa expresión de calma y dulce picardía que la delataba como autora y cómplice de aquel encuentro familiar.

Hasta que mi hijo mayor tomó la palabra.

—Mamá, ¿tú te acuerdas...?

Al formular la pregunta, de inmediato acomodé mi postura, afianzando el culo en la silla. Podía intuir las cosas que diría... ¡y cómo las contaría! Él llevaba en su cadena de ADN todos mis cromosomas: su imaginación y sus cualidades histriónicas...

¡Que Dios me coja confesada!

Comenzó a contar.

Yo conocía aquellas historias. O creía conocerlas.

Pero, de pronto, las estaba viendo desde otro lugar.

Eran episodios de mi vida, sí, pero contados por él eran otra cosa. Habíamos estado en las mismas escenas, pero no habíamos vivido la historia de la misma manera.

Y mientras hablaba, su rostro comenzó a cambiar.

Los ojos se le agrandaban con el asombro de aquel niño que ya no estaba allí. La boca se le torcía para imitar una escena. Las cejas subían, bajaban, se juntaban. Por un instante parecía enfadado; al siguiente, aterrado; después, la cara se le deshacía en una carcajada.

Los demás se contagiaron.

Una historia provocaba otra. Una voz despertaba una imitación. Una mano señalaba un lugar inexistente en aquella terraza y, de repente, allí estaba la escena.

Yo los miraba.

Y cuanto más contaban, más pequeños me parecían mis propios recuerdos y más grandes ellos.

Por momentos, la mesa parecía una escena de teatro vista desde la penumbra. La luz de las velas les encendía los ojos y les dejaba el resto del rostro en sombras. Una carcajada abría una boca desmesurada; un gesto de sorpresa estiraba las cejas hasta casi desaparecerlas bajo el cabello; unos labios se fruncían en un gesto de tragedia y, un instante después, aquella misma cara se quebraba en una risa que parecía dibujada con pinceladas gruesas. Yo los contemplaba como si sus rostros hubieran dejado de ser rostros para convertirse en máscaras vivas, cambiantes, capaces de representar en un segundo toda una vida.

Era como si hubieran levantado un escenario delante de mí y se hubieran convertido en una compañía de actores. Yo estaba sentada en primera fila, mientras ellos representaban episodios de una vida que también era mía.

Pero yo no era ya la protagonista.

Era espectadora.

Y aquello me fascinaba.

Mi vida me estaba siendo devuelta desde la mirada de los otros. Y no de unos otros cualquiera, sino de los seres que más me amaban.

Y algo empezó a sucederme por dentro.

Sentí primero una calma profunda, una seguridad casi física, como si hubiera llegado por fin a un lugar donde nada podía sucederme: el hogar.

Y, al mismo tiempo, una euforia creciente.

Calma y euforia.

Dos fuerzas que deberían contradecirse y que, sin embargo, aquella noche parecían encontrarse dentro de mí para producir una sensación nueva.

Me sentía elevada, hipnotizada, extrañamente lúcida.

A veces basta una noche, una mesa y unas voces queridas.

Y que alguien nos diga:

—Mamá, ¿tú te acuerdas?

Para descubrir que nuestra vida no termina en nuestros propios recuerdos.

También vive en los ojos de los otros.


Epílogo

Hay una forma de amor que consiste en conservar aquello que el tiempo no consiguió llevarse.

Quizá quienes nos rodean hacen eso sin saberlo: guardan gestos, anécdotas, palabras y pequeñas escenas que nosotros dejamos atrás mientras seguíamos caminando. Y un día, cuando menos lo esperamos, las ponen nuevamente frente a nosotros.

Entonces podemos mirarnos desde fuera y reconocer a la persona que fuimos, pero también a la que fuimos para ellos.

Porque nadie se recuerda completamente a sí mismo.


“Quizá recordar sea eso...”


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