“Hay cansancios que no pesan en el cuerpo… pesan en la
esperanza.”
Prólogo
Hay días en los que el alma despierta antes que el cuerpo y ya llega
agotada. No por lo vivido, sino por lo sostenido en silencio. Este es un
recorrido íntimo por ese cansancio invisible, ese que no pide descanso, sino
sentido.
Abro los ojos.
La luz aún no termina de entrar del todo y ya estoy cansada. No de haber hecho,
sino de haber pensado, de haber deseado, de haber empujado la vida con las
manos como si dependiera de mí que algo, por fin, ocurra.
Sigo acostada, con el cuerpo tibio entre las sábanas.
Enredada en ellas, como sutiles manos que me apresan con ternura de madre, con
sabiduría de padre. Con esas caricias que te calman y resguardan. Y, aun así,
siento un peso sutil en el pecho, como una ausencia que ocupa espacio en el
vacío.
No es dolor, ¡no!
Es algo más lento. Más hondo.
Una tristeza que no sabe identificarse, un hastío que no
encuentra justificación, un cansancio que no se va con descanso. Respiro y el
aire entra despacio, como si tuviera que traspasar cada poro de mi piel antes
de llegar a mí.
Y entonces, sin moverme, me hablo. Lanzo mi voz como quien
deja caer un pensamiento en un pozo profundo, esperando escuchar su eco, la
confirmación de que algo, alguien, responde. Pero no hay pared. No hay rebote.
Solo ese silencio confuso que se instala en mi alma.
Pongo mi mano sobre el pecho. Presiono apenas. Busco ese
latido que insiste, que no se rinde, que sigue golpeando como si supiera algo
que yo ignoro. Y, por un instante, cierro los ojos otra vez, imaginando otra
piel sobre la mía, otra temperatura que me devuelva, que me nombre desde fuera.
Pero no llega.
Y cansa.
Cansa la espera.
Cansa sembrar palabras como semillas sobre tierras estériles, superficies que
no las reciben.
Cansa esperar la lluvia como quien cree en un milagro repetido… y ver el cielo
quedarse intacto, inmóvil, ajeno… indiferente.
Cansa insistir.
Cansa sumergirse en aguas que prometen profundidad y encontrar solo reflejos,
superficies llanas, que engañan con honduras que no existen.
Cansa buscar en el fondo del mar algo que sostenga… y salir con las manos
vacías, con la piel húmeda de intentos.
Y entonces algo dentro se recoge.
No se rompe.
No se quiebra.
Solo se cansa.
Se queda en silencio, como una llama que decide no
consumirse, pero tampoco iluminar con la misma intensidad. Y en esa pausa hay
una verdad que se filtra, despacio, sin violencia: tal vez lo que espero no
viene. Tal vez nunca estuvo ahí. Tal vez he estado extendiendo mis manos hacia
un horizonte que no sabe devolverlas.
Y aun así… hay algo que permanece.
Un pulso.
Una tibieza.
Una fidelidad extraña hacia lo que siento, incluso cuando duele.
Porque sentir, incluso así, es seguir aquí.
Y aquí sigo. Con este cansancio que no desaparece, pero
tampoco me borra. Con esta tristeza que no tiene nombre, pero que me atraviesa
con una precisión íntima, casi sagrada. Con esta espera que empieza a
transformarse, muy lentamente, en otra forma de estar.
Más mía.
Más cierta.
Menos atada a lo que nunca llegó.
Epílogo
Quizá no todo lo que anhelamos está destinado a llegar en la forma en que
lo imaginamos. A veces, la espera no es un vacío, sino un umbral. Y el
cansancio… una señal de que algo dentro está dejando de buscar afuera lo que,
en silencio, ya comienza a reconocerse dentro.
“¿Y si lo que espero, que no viene, es porque en el
fondo no hay nada que esperar… o porque ya está aquí y no lo he sabido mirar?”