lunes, 25 de mayo de 2026

"Reciprocidad": reflexión sobre la reciprocidad, el respeto y la consideración como pilares de las relaciones humanas y de una convivencia más sana.

 

«Hay personas que quieren cosechar abrazos en jardines que jamás riegan.»


Prólogo

La reciprocidad rara vez aparece en los grandes discursos. Suele habitar en los gestos más sencillos: en la atención que prestamos, en la gratitud que expresamos, en el respeto con que tratamos a quienes comparten nuestro camino, aunque sea por un instante. Con los años he llegado a creer que son esos pequeños actos los que sostienen la armonía de la vida en común y nos recuerdan que nadie florece completamente solo.


Con los años he comprendido que las relaciones humanas no suelen romperse de golpe. Casi nunca estallan como un cristal contra el suelo. Más bien se van agrietando despacio: en silencios pequeños, en gestos que no regresan, en cansancios que nadie nota.

Y casi siempre, detrás de esas grietas, se asoma la misma ausencia: la reciprocidad.

Recuerdo que, cuando era niña, en casa no bastaba con «estar»; había que «ser».

No bastaba con sentarse a la mesa y esperar. Había que ayudar: poner la mesa, recoger los platos, alcanzar algo a quien lo requiriera, decir «por favor» y dar las gracias. Mi madre no lo decía como quien impone una tarea, sino como quien enseña a respirar entre otros seres humanos.

Y así con todo y con todos.

En aquel entonces yo no entendía que aquellas pequeñas tareas eran también una forma de amor.

Hoy sí lo entiendo.

Entiendo que mis padres intentaban enseñarme que nadie debe acostumbrarse a recibir sin corresponder. Que el cariño también necesita manos que devuelvan caricias. Que toda convivencia sana descansa sobre ese delicado equilibrio en el que uno da, pero el otro también se inclina hacia nosotros al recibir.

Porque hasta el mar devuelve a la orilla aquello que toca.

Y quizá por eso me duele tanto cuando siento relaciones en las que una sola persona sostiene todo el peso: quien llama primero, quien escucha siempre, quien pide perdón aunque no haya herido, quien recuerda las fechas, quien pregunta cómo estuvo el día del otro mientras nadie pregunta por el suyo.

Hay cansancios que no vienen del trabajo ni de los años.

Vienen de amar sin respuesta.

La reciprocidad no tiene que ser grandiosa. A veces vive en cosas mínimas: un «buenos días» respondido con calidez, una puerta sostenida unos segundos, un vaso de agua alcanzado sin necesidad de pedirlo, una mirada atenta cuando alguien habla. Son detalles tan pequeños que muchos los consideran insignificantes, pero yo creo que son justamente esos detalles los que mantienen tibio el corazón de las relaciones humanas.

Porque sentirse correspondido es sentir que uno no camina solo.

Que el afecto no cae en un pozo mudo.

Que nuestras manos no permanecen extendidas eternamente hacia el vacío.

Y cuando la reciprocidad existe, todo cambia. Las palabras descansan mejor. La tristeza pesa menos. Incluso los días difíciles parecen encontrar una silla donde sentarse sin rompernos por dentro.

Nadie necesita perfección para estar en la vida de otro.

Pero sí necesita sentir que también es importante para ese otro.

Porque toda convivencia florece mejor cuando el respeto, la consideración y la cordialidad encuentran camino de ida y de vuelta.


Epílogo

Quizá nunca podamos cambiar por completo la forma en que los demás se relacionan con nosotros. Pero sí podemos elegir qué sembramos a nuestro paso. Cada gesto amable, cada muestra de respeto, cada acto de consideración contribuye a crear espacios más humanos. Y aunque parezcan pequeñas semillas, son ellas las que terminan sosteniendo los jardines donde todos deseamos permanecer.


«La reciprocidad no engrandece los vínculos por lo que da, sino por lo que demuestra: que hemos comprendido que nadie está solo en el mundo.»

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 22 de mayo de 2026

"Me da igual": Reflexión íntima sobre Dios, la fe y las experiencias que trascienden la lógica. Un texto sobre la presencia, el amor, la esperanza y aquello que se siente más allá de las creencias.


“Hay realidades que no se pueden demostrar, pero aun así transforman una vida entera.”


Prólogo

Hay palabras que nacen para nombrar objetos, lugares o certezas. Y hay otras que, por más veces que las pronunciemos, nunca terminan de caber en su significado.

"Dios" es una de ellas.

A lo largo de la historia, filósofos, científicos, creyentes y escépticos han intentado definirla, explicarla o negarla. Sin embargo, existen experiencias que escapan a cualquier argumento y que solo encuentran refugio en el territorio silencioso de los sentimientos.

El texto que sigue no pretende convencer a nadie ni sostener una verdad absoluta. Es simplemente la mirada sincera de alguien que, entre dudas y certezas, ha descubierto que algunas presencias no necesitan demostrarse para ser reales.

Porque hay cosas que no se comprenden con la razón, sino con la vida.

Y quizás, después de todo, aquello que llamamos Dios sea una de ellas.


Pienso —y lo creo— que no existe persona que no mantenga presente, en su corazón, todo aquello que ama. Y, al tenerlo en su pecho, la mente se asegura de que la lengua lo suelte entretejido en las conversaciones, como lentejuelas adheridas a una tela que brillan cuando les alcanza la luz... hacen gala de ello.

Yo no soy diferente; soy común a mis congéneres.

Aunque calle, se me nota en la expresión de la cara, en mis gestos. Si algún objeto pudiera representarme fielmente... sería un colador, un escurridor. Cuando la luz pasa a través de mí, proyecto luces y sombras: simple humanidad.

Y entonces hablo de Dios con la ignorancia de quien no sabe, pero siente.

Una de las expresiones españolas que más tardé en comprender es la de “me da igual”. Mis ojos se agrandaban mientras me mordía los labios. ¿Era indiferencia o incapacidad para tomar una decisión? Hoy ya lo he comprendido; ya no me cuestiono lo que hay detrás de tan singular y acertada expresión.

Y hoy tampoco hablaré de Dios. Hablaré de mí, de lo que significa para mí ese “me da igual”.

A veces escucho discutir sobre Dios y siento que las palabras de los hombres son demasiado pequeñas para tocar algo tan inmenso.

Hablan de Jesús como quien intenta reconstruir el mar con un vaso de agua.

Que si fue un mito.

Que si fue un profeta.

Que si un hombre manipulado por la historia.

Que si un experimento imposible sembrado en el vientre de María como una semilla llegada de otro cielo.

Y yo los escucho en silencio.

El aroma del café sube lento entre mis manos. Afuera, la noche de primavera se viste con el perfume del verano que se aproxima, con esa inquietud húmeda que tienen las madrugadas donde el alma no encuentra dónde acostarse. Los escucho debatir, medir, desmontar milagros como quien abre un reloj antiguo buscando el secreto de sus engranajes.

Pero dentro de mí... dentro de mí ocurre otra cosa.

Porque yo he sentido a Dios.

No como me lo enseñaron.

No como aparece en los cuadros antiguos ni en las voces solemnes de los templos.

Lo he sentido en los momentos más rotos de mi vida, cuando el dolor era tan grande que parecía llenar toda la habitación de agonía y, aun así... aun así, algo invisible me rozaba la piel como un abrazo tierno, acomodándose dentro de mí para sostenerme.

Lo sentí en las noches —y también en los días— en que lloraba de tristeza, de miedo, hasta quedarme dormida, y despertaba con una paz que no pertenecía a este mundo.

Lo sentí en un abrazo que llegó justo cuando mi corazón comenzaba a apagarse.

En la respiración tibia de un hijo dormido sobre mi pecho.

En el viento salado golpeándome el rostro frente al mar mientras pensaba que ya no podía más... y, sin embargo, podía.

¿Cómo explicarle eso a alguien?

¿Cómo ponerle lógica al estremecimiento de sentir que no estás sola incluso cuando todo alrededor parece vacío?

Por eso ya no me asustan los debates. Ni me interesa debatir.

Porque cuando alguien ha sentido verdaderamente a Dios, las teorías se vuelven apenas polvo suspendido en la luz. Insignificantes.

No me importa demasiado el nombre que le den: Dios. Universo. Naturaleza. Conciencia. Energía. Creador.

El nombre es solo una puerta; la presencia es la casa.

También he escuchado a algunos decir que no creen. Pero he visto sus ojos buscar el cielo en medio de la tragedia. He escuchado labios que se decían ateos romperse en un “Dios mío” cuando el miedo les congeló el alma.

Porque hay instantes en los que el ser humano, incluso sin querer, siente que existe algo más grande abrazándolo desde lo invisible.

Algo.

Una presencia imposible de tocar y, aun así, capaz de acariciarte por dentro.

Tal vez Dios nunca quiso ser comprendido como se comprende una fórmula.

Tal vez quiso ser sentido como se siente la lluvia fría sobre la piel caliente; como se siente el amor cuando alguien pronuncia tu nombre con ternura; como se siente la música que hace temblar recuerdos que ni siquiera sabías que seguían vivos.

Desde entonces entendí que la fe verdadera no necesita ganar discusiones.

Y que el “me da igual” no es indiferencia ni incapacidad para decidir.

Es no imponer nuestras preferencias, dejando que el otro tome sus decisiones conforme a sus posibilidades, necesidades y caminos.

Porque aquello que realmente existe encuentra siempre la forma de hacerse sentir.


Epílogo

Con los años he aprendido que las grandes preguntas rara vez encuentran respuestas definitivas. Más bien nos acompañan, cambian de forma y crecen junto a nosotros.

Hoy ya no necesito explicar aquello que siento ni buscar argumentos que lo sostengan. Me basta reconocer que existen momentos capaces de transformar una existencia; instantes en los que el dolor encuentra consuelo, el miedo se convierte en coraje y la soledad deja de ser absoluta.

Quizás cada persona nombre esa experiencia de una manera distinta. Tal vez algunos la llamen Dios y otros prefieran llamarla amor, esperanza, conciencia o simplemente vida.

Me da igual.

Porque al final no son las palabras las que importan, sino aquello que sucede dentro de nosotros cuando algo invisible nos recuerda que seguimos adelante.

Y eso, tenga el nombre que tenga, continúa encontrando la forma de hacerse sentir.


“Quizá Dios no sea una respuesta destinada a la mente, sino una certeza silenciosa reservada al corazón.”


Nota: publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 21 de mayo de 2026

" Ternura Feroz": Una reflexión emotiva sobre el amor de Dios, el amor romántico y el amor hacia los hijos, ese vínculo único que transforma para siempre la forma de sentir, vivir y amar.

"Hay amores que caben en una palabra, en una cama, en una vida entera… y hay otros que desbordan incluso el cuerpo que los contiene."


Prólogo

Hay sentimientos que creemos conocer porque los nombramos todos los días. Amor. Fe. Deseo. Ternura. Pertenencia.

Los pronunciamos con naturalidad, como si las palabras bastaran para contenerlos. Pero algunas experiencias son demasiado vastas para encerrarlas en una definición. Nos atraviesan, nos transforman y nos obligan a descubrir que el corazón humano tiene profundidades que desconocíamos.

Este texto nace precisamente de esa búsqueda: la de comparar los distintos rostros del amor y tratar de comprender por qué algunos nos acompañan, otros nos sostienen y uno, en particular, nos cambia para siempre.

No pretende explicar una verdad universal. Solo acercarse, con humildad, a ese misterio que habita en quienes han amado profundamente y han descubierto que existen vínculos capaces de trascender incluso los límites de uno mismo.


El amor que desborda

El amor de Dios —lo siento— es como regresar al principio de todo. Como dormir suspendido en una tibieza infinita donde nada puede herirte. Un amor que te envuelve igual que el universo debió envolver al primer latido de la existencia. Allí el alma flota ligera, como un bebé recién nacido aprendiendo la luz, asombrándose de cada cosa sin miedo, respirando paz en lugar de aire.

Y luego está el amor romántico… ese incendio hermoso que se reconoce en los ojos. Dos miradas que palpitan una dentro de la otra hasta abrir las ventanas del alma. Un amor de manos temblorosas, de respiraciones compartidas, de silencios que caen sobre la piel como una lluvia tibia en mitad de la noche.

Pero incluso esos amores conocen condiciones invisibles. Dios espera fe. El ser humano espera permanencia, lealtad, presencia, verdad. Siempre hay un borde, una herida posible, una puerta que puede cerrarse.

Con los hijos no.

El amor hacia un hijo no se parece a nada. No tiene la serenidad inmóvil de la fe ni la agitación hermosa del deseo. Es otra cosa. Algo... algo que no puedo definir. Quizá más salvaje. Más hondo. Más antiguo que las palabras.

Solo sé que lo siento como un mar respirando dentro del pecho.

Desde el instante en que nacen —y quizá desde antes— una parte de nosotras abandona para siempre su sitio y aprende a vivir fuera del cuerpo.

Entonces el miedo cambia de nombre.

Ya no tememos por nuestra piel, ni por nuestros sueños, ni siquiera por nuestra muerte. Tememos por ellos. Por su fiebre. Por sus silencios. Por esa tristeza que intentan ocultar detrás de un “no pasa nada, mamá”, mientras una flecha invisible nos atraviesa el alma como un relámpago.

Y da igual cuántos años tengan. Los hijos crecen, pero el amor no madura: permanece igual de vulnerable, igual de inmenso, igual de feroz. Un hijo de cinco años puede caerse de una bicicleta; uno de cuarenta puede romperse por dentro sin que nadie lo note. Y la madre —o el padre— siente el golpe igual, como si el universo hubiera tropezado dentro de sus propias costillas.

Por eso el amor a los hijos desborda.

Porque no sabe quedarse quieto. Porque no entiende de límites ni de prudencia. Quiere proteger incluso lo que no puede tocar. Quiere aliviar dolores que pertenecen al otro. Quiere tender las manos sobre cada abismo y convertirlo en puente.

A veces pienso que amar a un hijo es aceptar vivir con el corazón expuesto sobre la mesa del mundo. Sin armaduras. Sin refugios. Como una lámpara encendida durante la tormenta.

Y, sin embargo, qué milagro.

Porque incluso cuando duele, incluso cuando el miedo aprieta la garganta y el alma parece llenarse de agua, ese amor sigue siendo la forma más luminosa de existir. Un amor que no pide nada. Que no negocia. Que no se retira. Que permanece despierto mientras todos duermen.

Tal vez por eso no puede explicarse del todo. Porque hay sentimientos demasiado grandes para caber en las palabras. Como el mar no cabe en una copa, el amor por un hijo no cabe en el lenguaje.

Solo se puede sentir.


Epílogo

Quizá la grandeza del amor no esté en aquello que nos da, sino en aquello que nos convierte.

Algunos amores nos enseñan a confiar. Otros nos enseñan a compartir. Otros nos muestran la belleza de ser vistos y comprendidos. Pero hay un amor que nos enseña a salir de nosotros mismos para habitar en otro ser sin esperar recompensa.

Y tal vez ahí resida su secreto.

Porque cuando una parte del alma aprende a vivir fuera del propio cuerpo, la vida ya no vuelve a medirse únicamente en años, logros o recuerdos. Empieza a medirse en latidos ajenos, en alegrías prestadas, en preocupaciones silenciosas y en esa capacidad infinita de seguir amando incluso cuando no podemos proteger.

Quizá por eso el amor hacia un hijo no tiene comparación posible.

No porque sea mayor que todos los demás, sino porque los contiene a todos.


"Y cuando se siente de verdad, una ya no vuelve a pertenecerse por completo nunca más."


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 19 de mayo de 2026

"Falsedad": Reflexión cristiana sobre la fe, el amor y la hipocresía.

“La fe no muere cuando se cuestionan las religiones; muere cuando el amor deja de practicarse.”


Prólogo

Hay noches en las que el alma no encuentra descanso.
No porque haya dejado de creer, sino porque comienza a mirar demasiado profundamente aquello que durante años contempló desde la costumbre. Y cuando eso sucede, las certezas tiemblan, no para destruirse, sino para purificarse.

Este texto nació de una de esas noches.

No fue escrito desde la rabia ni desde el deseo de señalar culpables. Mucho menos desde el desprecio hacia la fe. Fue escrito desde el dolor que provoca descubrir cuánto puede deformarse el amor cuando pasa por las manos del ego, de la apariencia y de la necesidad humana de sentirse moralmente superior.

Hay heridas que no nacen de la ausencia de Dios, sino de la ausencia de humanidad entre quienes dicen representarlo.

Y quizá por eso estas palabras tiemblan.

Porque escribir sobre la incoherencia duele cuando todavía se ama profundamente aquello que se cuestiona. Duele mirar cómo algunos convierten la fe en escenario, en ornamento o en arma silenciosa. Duele descubrir que existen personas capaces de pronunciar el nombre de Dios con los labios mientras destruyen a otros con las manos, con las palabras o con la indiferencia.

Pero también sería injusto callar.

Porque todavía existen seres humanos buenos.
Todavía hay almas que ayudan sin anunciarse, que oran sin exhibirse, que aman sin convertir el amor en espectáculo. Y son precisamente ellos quienes sostienen la esperanza del mundo.

Estas páginas no intentan destruir la fe.
Intentan rescatarla.


“La fe no muere cuando se cuestionan las religiones; muere cuando el amor deja de practicarse.”

Volví a mi escritorio como un perro cansado que da vueltas y vueltas antes de echarse sobre el suelo frío de la noche.

Traía un pensamiento mordiéndome por dentro.
Uno de esos pensamientos que hacen temblar las manos antes de convertirse en palabras.

Y tuve miedo.

Miedo de escribir algo que pareciera una daga hundiéndose en el centro mismo de mi fe.

Fue entonces cuando vinieron a mi mente aquellas palabras que solía decir mi abuela y, luego, mi madre: “Tengo suficiente edad para expresar lo que pienso y siento y, al que no le guste, conoce el camino de vuelta”.

Sonreí y me di coraje repitiendo esas palabras —una y otra vez— como quien proclama un decreto, lo firma y ordena su “Ejecútese”.

Y es con ese coraje que expreso —sin intención de herir ni ofender a nadie— lo que siento y pienso.

No escribo contra la fe. Ella no me ha fallado y yo jamás la negaré.

La fe verdadera jamás podría herir.

Lo que duele es la distancia insoportable entre lo que se predica y lo que realmente se vive.

Basta mirar el mundo para comprender que algo se ha podrido lentamente bajo el perfume espeso de las buenas apariencias. Las ciudades están llenas de voces sagradas, de libros abiertos sobre mesas impecables, de gargantas que pronuncian amor mientras las manos aprietan el cuello invisible del prójimo.

Y yo me pregunto:

¿En qué momento dejamos de comprender lo simple?

Todo era mucho más sencillo, más auténtico.

No herir.
No humillar.
No robarle la dignidad al otro.
No convertir el dolor ajeno en un espectáculo rentable.
No traicionar.
No devorar la esperanza del débil.

Amar. Solo eso: ¡amar!

Tal vez los mandamientos siempre fueron eso: las mínimas normas para que el ser humano pudiera convivir sin despedazarse.

Como una mesa compartida.
Como un pan tibio partiéndose entre varias manos que sonríen agradecidas.
Como una caricia puesta a tiempo sobre la espalda cansada de alguien.

Pero el hombre…

el hombre llenó de ruido aquello que era simple.

Construyó pasillos interminables de normas, rituales cubiertos de oro y paños bordados, palabras difíciles, ceremonias donde el alma a veces entra descalza y sale más sola de lo que llegó.

Y poco a poco la fe comenzó a confundirse.

Ya no bastó amar: ahora basta aparentarlo.

Exhibirlo.
Nombrarlo.
Vestirlo.

Entonces aparecieron las bocas perfectas y los corazones vacíos.

La gente aprendió a arrodillarse sin aprender antes a abrazar.

Aprendió a repetir versículos como quien memoriza una fórmula matemática, olvidando contemplar los ojos de quien llora.

Y el mundo empezó a oler distinto.

A flores podridas dentro de jarrones lujosos.
A incienso cubriendo la humedad de las ruinas.
A palabras hermosas pronunciadas por los mismos labios que después destruyen vidas… con la misma naturalidad con la que una serpiente muda la piel.

He escuchado a personas hablar de bondad mientras disfrutan la caída de otro.

He visto multitudes enteras rezando y luego marcharse indiferentes ante el hambre, ante la tristeza, ante la soledad de quienes se rompen en silencio.

Qué extraño resulta todo.

Cuanto más se habla del amor, menos parece practicarse.

Como esos amantes que escriben cartas apasionadas mientras duermen espalda contra espalda, convertidos en dos continentes separados por un frío océano.

Y, sin embargo, todavía quiero creer.

No en la perfección.
No en las máscaras impecables.
No en quienes llevan la virtud colgada del cuello como una joya exhibida.

Quiero creer en aquellos que comparten el pan sin anunciarlo, que escuchan el dolor ajeno sin esconderse en la indiferencia.

En quien ayuda, aunque nadie lo vea.

En quien aún conserva suficiente humanidad para sentir que herir a otro es herirse profundamente a sí mismo.

Quizá ahí comienza la única fe verdadera: en la ternura que sobrevive cuando nadie está mirando.

Porque la fe no se demuestra en las manos que se juntan mientras los labios repiten letanías a manera de oración, sino en las lenguas y las manos incapaces de hacer daño.

Y sí, si te lo preguntas, soy de fe cristiana.

Bautizada católica, de costumbres católicas… con un solo dogma: amar y honrar a Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— amando y honrando a mi prójimo como a mí misma.

Lo he escrito con las manos temblando, pero con el corazón firme en la fe.

“La única prédica de fe que reconozco es la fe que se practica con amor, humildad y desinterés”.


Epílogo

Quizá algún día el ser humano comprenda que ninguna religión fue creada para dividir corazones, humillar vidas ni levantar altares sobre la miseria ajena.

Quizá comprendamos —demasiado tarde o justo a tiempo— que Dios jamás necesitó templos gigantescos para habitar el mundo; le bastaba un gesto de bondad sincera, un abrazo ofrecido sin interés, una mano extendida cuando alguien estaba cayendo.

Tal vez la verdadera tragedia no sea perder la fe.

Tal vez la verdadera tragedia sea convertirla en una máscara.

Porque cuando la fe deja de traducirse en compasión, termina convirtiéndose en ruido.
En apariencia.
En discurso vacío.

Y el mundo ya está demasiado cansado de palabras hermosas pronunciadas por corazones incapaces de amar.

Por eso aún elijo creer.

No en los hombres perfectos.
No en quienes se proclaman dueños de la verdad.
No en quienes necesitan exhibir públicamente su virtud para sentirse puros.

Elijo creer en la bondad silenciosa.

En quienes ayudan sin cámaras.
En quienes callan antes de herir.
En quienes prefieren comprender antes que condenar.
En quienes todavía conservan la ternura suficiente para no disfrutar nunca del sufrimiento ajeno.

Porque quizá Dios habite precisamente ahí:
en el amor que nadie anuncia,
en la compasión que no busca recompensa,
en la humanidad que permanece intacta aun cuando el mundo parece olvidar cómo amar.

Y mientras exista una sola persona capaz de elegir la bondad por encima del ego, la misericordia por encima del juicio y el amor por encima de la apariencia…

la fe seguirá viva.


“La fe verdadera no se proclama desde los labios; se revela en la manera en que tratamos el corazón de los demás.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

miércoles, 13 de mayo de 2026

"San Isidro labrador":Un relato emotivo sobre las raíces españolas heredadas en Venezuela, la memoria familiar y las tradiciones de San Isidro que atraviesan océanos y generaciones.

 

Hay raíces que florecen incluso al otro lado del océano.


Prólogo
Hay recuerdos que llegan envueltos en música, en aromas antiguos y en palabras repetidas por generaciones. Este es un viaje íntimo entre Venezuela y España, entre la infancia y la memoria, donde las tradiciones sobreviven al tiempo y a la distancia.


En el trabajo no se oye otra cosa que lo del “puente de San Isidro” y las charlas para quedar y disfrutar de la fiesta madrileña en homenaje a este santo. Madrid entera se vuelve verbena… ¡y hay que disfrutarla!

Y mientras las compañeras hablan y acuerdan, mi mente hace otra vez de las suyas. Se pliegan los tiempos y yo estoy allí, físicamente, ¡pero mi alma vaga en otro mundo!

Hay memorias que no se heredan por la sangre, sino por el olor de un cajón antiguo al abrirse despacio.

Mi familia era española, aunque yo nací bajo el sol de Venezuela. Y, sin embargo, había tardes en que España aparecía dentro de la casa como un secreto vivo: escondida entre peinetas oscuras, mantillas de encaje y el sonido seco de unas castañuelas dormidas en el fondo de una gaveta.

Yo tendría cinco o seis años, según recuerdo. Entraba a la habitación de mi madre con el sigilo sagrado de los niños que exploran un templo. Abría los cajones y el aire olía a polvo fino, a perfume de antaño, a tela guardada durante años. Entonces encontraba la mantilla.

Era enorme.

La extendía sobre mí y el encaje negro me caía hasta los tobillos, como si fuera una noche bordada. Me colocaba la peineta torcida sobre mi pequeña cabeza y me subía a los zapatos de tacón de mi madre, tambaleándome sobre ellos con una solemnidad ridícula y preciosa, digo yo. En mis manos sonaban las castañuelas, torpes y desacompasadas, mientras yo giraba por la habitación creyéndome una mujer española salida de alguna verbena de Madrid.

Y entonces escuchaba las risas de mis padres y de mi abuela.

—Mírala… ya anda por ahí la españolita.

Lo decían con cariño. Con esa ternura suave con la que los adultos reconocen algo muy suyo despertando en un niño.

A veces llovía afuera. Una lluvia breve, tibia, venezolana, golpeando las ventanas. Y mi madre, mirando el cielo, decía, casi cantando:

—San Isidro Labrador, quita el agua y pon el sol…

Yo no entendía quién era aquel hombre invisible al que se le podía pedir el clima como quien le habla a un vecino. No sabía todavía que era el mismo santo campesino que siglos atrás caminó entre los campos de Madrid: el labrador humilde al que la gente rezaba para pedir lluvia o detenerla; el santo de las cosechas, de la tierra húmeda y del pan.

Mucho menos sabía que, mientras yo jugaba cubierta con mantillas demasiado grandes, mi madre me estaba entregando una patria invisible.

Porque la herencia verdadera no siempre llega en papeles ni en apellidos. A veces llega convertida en canciones pequeñas, en refranes, en un acento que aparece sin querer, en la forma de mover las manos, en la devoción a las raíces o en unas castañuelas olvidadas dentro de un cajón.

Ahora comprendo que aquella niña venezolana que bailaba sobre tacones enormes también estaba creciendo en una España hecha de memoria, de madres y abuelas, de verbenas, de rosquillas, de santos labradores y de mantones guardados con amor.

Y quizá eso sea lo más hermoso de las tradiciones: que atraviesan océanos sin romperse. Viajan escondidas en las mujeres de una familia —en sus voces, en sus objetos, en sus gestos cotidianos— y terminan viviendo dentro de nosotros, recordándonos que, a veces, el sentido de pertenencia no nace solamente del lugar donde venimos al mundo, sino también de las raíces invisibles que nos nombran incluso desde muy lejos.

Y sí, soy una española vestida con el azul del Caribe venezolano y perfumada con sal. Sonrío por la fortuna de tener un pie aquí y otro allá, con un océano en medio de otro azul: aquel que refleja el cielo donde habita el santo.


Epílogo
Quizá crecer sea descubrir que pertenecemos también a los lugares que habitaron nuestros mayores. Y que, aún lejos, las raíces encuentran siempre la forma de seguir floreciendo dentro de nosotros.


Porque hay patrias que no se pisan: se llevan dentro.


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 5 de mayo de 2026

"Azul Cobalto": Un texto poético e íntimo sobre el silencio, el cansancio emocional y la necesidad de detenerse. Reflexiones suaves sobre la primavera, los recuerdos y las palabras que no nacen.

 

Hay días en que el alma no quiere hablar… solo respirar despacio dentro del silencio.


Prólogo

A veces escribir no nace del impulso de decir, sino del cansancio de sentir demasiado.
Existen días suaves, lentos, casi suspendidos, donde las palabras dejan de empujar desde dentro y se quedan quietas, dormidas en algún rincón del pecho. No por ausencia, sino por tregua.

Este texto habita precisamente ahí: en el espacio donde el silencio también tiene voz, donde la pausa no es vacío, sino refugio.
Aquí no hay heridas abiertas buscando poesía, ni nostalgias reclamando un nombre. Solo un cuerpo cansado mirando la luz caer lentamente sobre el mundo, mientras la primavera respira alrededor como un recuerdo tibio.

Porque incluso cuando no escribimos, algo dentro de nosotros sigue pronunciándose en secreto.


Texto

Hoy la palabra me busca… y yo decido esconderme en el silencio.

Hay días en que la palabra no nace… y, sin embargo, respira en mí.
Hoy el cuerpo amanece lento, como si la piel pesara más que los pensamientos.

Las letras se quedan dormidas en la boca, tibias, sin hambre, sin ganas de ordenarse y tener sentido.

No escribiré.

Saldré a caminar —como siempre, pero despacio—, dejando que el aire roce mi piel como una caricia distraída, que el cielo —de ese azul cobalto profundo— me cubra como una sábana fresca recién tendida.

La primavera respira deprisa,
la siento en el pulso de las hojas,
en el leve perfume verde que se cuela entre las calles vacías,
como si el mundo aún bostezara conmigo.

Hoy no quiero lamer mis cicatrices con tinta.
Me da pereza hurgar entre recuerdos de amores fallidos, aquellos por los que mi inspiración sonaba a suspiros brotados de un corazón herido.

Los amores pasados se quedan donde están, cerrados como frascos de tapas atascadas, con su aroma agridulce intacto. No los abro. No hoy.

Mi pecho no tiene ganas de suspirar memorias ni de lamer heridas con tinta.
Tampoco inventaré tragedias ni encenderé mundos imposibles.

Prefiero quedarme quieta,
mirando cómo la luz se posa en las cosas pequeñas,
cómo la tarde se desliza como una mano lenta sobre los tejados.

La luna vendrá después, redonda, casi íntima, mirándome como si supiera algo de mí que yo hoy no quiero recordar. Y yo la miraré de vuelta, con ese cansancio suave que se estira como un bostezo largo, tragándose versos sin escribir.

No. Hoy no escribiré.

Me quedaré en la cama,
con las sábanas enredadas en las piernas, abrazándome como un secreto, mientras el tiempo —lento— se derrite entre mis dedos,
escuchando el leve crujido del silencio,
y dejo que el calor se apague despacio en mi vientre
como una brasa que aún guarda memoria del fuego.

Y en ese casi nada,
en ese no decir,
también respiro.

Porque incluso cuando renuncio a la palabra, ella insiste en escribirse en mis sueños.
Porque hay silencios que dicen más que cualquier verso que se atreva a nacer.


Epílogo

Quizá mañana regresen las palabras.
Tal vez vuelvan con la urgencia de siempre, golpeando la garganta, pidiendo convertirse en poema. Pero hoy no. Hoy el silencio ha pedido espacio, y por una vez, ha sido escuchado.

También existe belleza en detenerse.
En no abrir las heridas.
En dejar intactos ciertos recuerdos para que descansen donde pertenecen.

Hay días en que sobrevivir suavemente ya es una forma de poesía.
Y hay silencios tan llenos de alma que ninguna palabra logra alcanzarlos
.


Al final, incluso el silencio termina escribiendo aquello que el corazón todavía no se atreve a decir.


Nota: publicación en la plataforma de TikTok, Cuenta: @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 2 de mayo de 2026

"Madre": Un texto emotivo sobre la figura de la madre, el amor incondicional, la ternura y la memoria afectiva. Reflexiones sobre la maternidad, la gratitud y el refugio del alma.


“Hay palabras que no se pronuncian sin antes inclinar un poco el alma.”


Prólogo

Hay vínculos que no pueden explicarse del todo porque nacen antes del lenguaje. Antes incluso de la memoria. La palabra madre pertenece a ese territorio íntimo donde el alma reconoce algo esencial: la primera forma del refugio, del cuidado, de la entrega.

Pero toda verdad humana tiene múltiples rostros. Para algunos, madre es abrigo; para otros, ausencia. Hay quienes encuentran en ella un lugar al que volver, y quienes solo encuentran preguntas. Por eso este texto no pretende definir la maternidad, sino acercarse a ella con humildad, desde una experiencia profundamente personal y agradecida.

Aquí no hay una teoría sobre el amor materno. Hay una contemplación. Un intento de nombrar con delicadeza aquello que sostuvo la vida desde el principio y que todavía, aun en la distancia o en el tiempo, continúa respirando dentro del corazón.

Porque existen palabras que solo pueden decirse despacio. Y madre es una de ellas.


Madre.
La nombro despacio, como si al decirla pudiera rozar algo sagrado.

Es una palabra tibia, como la luz que entra por la ventana a primera hora, como unas manos que saben exactamente dónde posarse para que el mundo deje de doler.

No la nombro desde la ingenuidad.
No porque no la sienta clara, sino porque la siento demasiado hermosa para ser dicha sin cuidado.

Porque sé que no todos la han sentido igual.
Que hay quienes, al escucharla, no encuentran calor, sino hueco; no recuerdo, sino herida.

Y entonces me pregunto si mi luz puede rozar, sin querer, la sombra de otro, abrir sus heridas… las que parecen no cicatrizar jamás.

No encuentro respuestas, solo dudas. Sí, dudo.

Y por eso, al escribirla, no alzo la voz: la sostengo con delicadeza, como se sostiene algo vivo entre las manos.

Pero lo que es verdad en mí también merece un lugar. Y desde ese lugar abordo este tema que me desborda de amor y ternura.

En mí no pesa: florece.

En mí, madre ha sido refugio, certeza, un latido constante al que volver incluso cuando ya no estaba cerca.

Un abrazo sin preguntas. Una presencia que no exigía forma, que no pedía explicaciones, que simplemente estaba. Era el gesto sencillo de acercar, de cubrir, de sostener. Era ese instante en que el cuerpo se afloja porque sabe —sin tener que pensarlo— que está a salvo.

Madre era un ritmo. Un pulso que ordenaba el caos. Una respiración que me enseñó, sin palabras, que el amor puede ser hogar.

Fui hija. Y fui profundamente amada. Me dieron un cielo abierto, cercano, que aún hoy camino con la sensación del roce de los dedos de Dios enredados en mis cabellos, acariciándome, calmando mi agitación. Hubo en mi origen una ternura tan honda que todavía me habita, como una música que no se apaga.

Y desde ese lugar —desde esa herencia de amor— me miro ahora como madre.

Y dudo otra vez.

No de lo que sentí, sino de lo que supe dar.

No sé si mi conciencia alcanzó a estar a la altura de lo que recibí.

Y ahí también vive la verdad. Porque madre no es solo perfección: es entrega. Es presencia incluso cuando tiembla. Es amor que, aun siendo humano, intenta rozar lo eterno.

Por eso, cuando la nombro, lo hago con cuidado… pero también con gratitud.

Y en voz baja, casi como un susurro que se eleva, suplico:

Madre del Cielo, Santísima Virgen María… ruega a tu hijo para que en el mundo haya más madres como tú. Más brazos donde descansar la frente. Más pechos donde el llanto se vuelva calma. Más cuerpos que sepan sostener sin miedo.

Que cada niño, al cerrar los ojos, sienta, sin duda —aunque sea una vez—, que hay un lugar en el mundo donde puede ser sostenido sin romperse.

Y que ese lugar… se parezca al amor.


Epílogo

Tal vez la maternidad no sea la perfección que tantas veces el mundo exige, sino la capacidad infinita de permanecer. De seguir sosteniendo incluso con miedo, incluso con cansancio, incluso con el alma temblando.

Quizá madre sea, al final, esa forma silenciosa del amor que nunca deja de buscar cómo proteger la fragilidad de otro ser humano.

Y aunque cada historia tenga su propia herida o su propia luz, deseo que estas palabras puedan reposar suavemente en quien las lea. Sin imponer recuerdos. Sin negar dolores. Solo ofreciendo una verdad nacida desde la gratitud.

Porque cuando el amor ha sido verdadero, permanece como una huella invisible: una ternura que acompaña incluso en los días más oscuros.

Y si existe un milagro cotidiano capaz de parecerse al cielo, probablemente tenga la forma de unos brazos que sostienen sin pedir nada a cambio.


“Hay palabras que no hieren cuando se dicen con verdad: solo revelan la forma que tuvo la luz en nuestra vida.”


Nota: publicación en la Plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 1 de mayo de 2026

"Migajas": Cada palabra que escribo es una migaja de lo que fui… y de lo que aún soy. A veces alguien se detiene, lee, siente… y en ese instante, algo en mí también se eleva.

 

“Cada migaja es un gesto de amor que sigue flotando en el aire.”


Prólogo
“He llegado a un momento de mi vida en que el cuidado ya no tiene un único destino. Y, sin embargo, mis manos siguen buscando a quién dar, como si la costumbre del amor no supiera quedarse quieta.
Este es el texto de cómo, entre migas y silencios, descubrí que aún puedo tocar y ser tocada… aunque ahora nadie me espere en casa.”


No puedo evitar sonreír ante las vueltas de la vida.
Una sonrisa quieta, un poco rara, casi torcida, como si se hubiera quedado a vivir en mi rostro sin pedir permiso.
Una de esas sonrisas que aparecen cuando una aprende a convivir con el silencio… ese que no hace ruido, pero lo llena todo.

Toda una vida diciendo en la mesa:

“no dejen caer migajas al suelo”.

Como si las migajas fueran desorden y no ternura.
Como si no fueran gestos infantiles creando memoria.

Y ahora soy yo quien desmigaja el pan entre los dedos. Manos que ya no son tersas. Manos que no tienen a quién sostener ni a quién acompañar.

Y las dejo caer… las migajas.

Las dejo caer como quien escribe sin pensar demasiado, dejando que las palabras encuentren su propio camino.

Caen sobre el jardín, sobre los senderos húmedos de la tarde, donde el aire huele a tierra viva y a hojas cansadas de sol, sobre páginas en blanco o en pantalla con luz azul.

Y entonces llegan ellas. Las aves.

Algunas pasan ligeras, casi como un suspiro, rozando apenas lo que dejo.

Otras se detienen un poco más, como si algo en esas migajas les llamara sin hacer ruido. No hay prisa en ellas, ni en mí. Solo ese encuentro breve —o a veces más hondo— según lo que se ofrezca y lo que se busque.

Bajan sin miedo, curiosas, como si intuyeran que esas migajas no son solo pan. También son ternura y amor envueltas en letras, palabras. Fragmentos de algo que se desprende de la piel, que se escapa de la mente o del corazón cuando el alma se abre.
Y en ese intercambio silencioso, algo se completa, aunque sea por un instante, con una fidelidad que no exige nada.

Se acercan, picotean, levantan el vuelo, vuelven otra vez.
Y en ese ir y venir siento que algo mío también se mueve con ellas, como si cada palabra dejada en el suelo encontrara un lugar donde posarse.

Y en ese gesto, casi sin darme cuenta, también dejan en mí una luz tibia, algo que me sostiene… y, por momentos, me eleva con ellas.

Como si, apenas, dejara de pesarme el cuerpo y pudiera deslizarme un poco en ese azul que se abre arriba, entre nubes que todavía saben a sueño.

A veces pienso que no alimentan solo el cuerpo.
Tal vez recogen mi paciencia.
Tal vez mi memoria.
Tal vez ese resto de voz que no ocupa lugar en una conversación.
Y quizá ellas también se llevan algo que necesitaban, aunque no sepamos nombrarlo.

Son las guardianas de esta calma rara que me acompaña por las tardes. Una calma que no es paz del todo, pero tampoco tristeza. Se sienta conmigo como una vieja conocida que no necesita explicarse.

Está. Y ya.

Y entonces entiendo —sin decirlo en voz alta—.
Quizá todos acabamos así, dejando migajas. Dejando palabras; dejando señales torpes por si alguien, algún día, decide seguirlas y encontrarnos.

No siempre se trata de llegar, ni de quedarse.

A veces basta con cruzarse


Epílogo

“Al final de cada tarde, cuando el cielo empieza a bajar el tono y el viento se vuelve más lento, las aves terminan de venir y van yéndose poco a poco.

Yo me quedo un rato más.
Miro las huellas que dejan al pasar.

Ya no pienso en hijos ni en nietos esperando una mesa perfecta.

Pienso en el viento que pasa sin preguntar nada.
En el sol que se queda un poco más de lo que debería, haciéndome compañía.

Entonces, llego a comprender, sin dramatismo:
la vida no se guarda.
Se deja, como migajas, como palabras… como pequeñas señales de algo que todavía insiste en existir.”


“Y mientras alguien lea esto, nada habrá sido en vano, no. Habrá sido un roce de almas intercambiando latidos.”


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

martes, 28 de abril de 2026

"No es nada personal": Reflexión íntima sobre las relaciones, la claridad emocional y la dificultad de confiar cuando los gestos del otro no se pueden leer del todo..

 

«A veces no es nada personal… pero hay espacios que mi cuerpo no sabe habitar.»


Prólogo

No siempre vemos a las personas como son,
sino como se dejan ver.

Y entre lo que muestran y lo que guardan,
se juega algo frágil: la confianza.


Las relaciones personales no son fáciles. Cada uno es un mundo y nadie es moneda de oro para agradarle a todos. Son dichos muy trillados; no son frases vacías, carentes de sentido: son máximas de experiencia. Palabras que advierten que, antes de acercarte a alguien, no te conformes con mirar: observa. Porque las diferencias —en nuestras debilidades y fortalezas— son filos que nos pueden herir tan profundamente que las cicatrices no llegan a cerrar jamás.

Hay algo en los gestos apenas perceptibles que me desarma.
Una mirada vacía o turbia.
Una pausa apenas desfasada.
Un silencio que llega antes de tiempo.
La sombra mínima en la comisura de unos labios que ya no sonríen igual.

Y entonces… me inquieto.

¡Porque yo no sé estar si no es de frente!
Si no es con los ojos abiertos, buscándome en los ojos del otro como quien busca agua limpia en mitad del camino. Necesito verme reflejada. Saber si lo que soy llega intacto… o se quiebra al tocar a alguien más.

Cuando no puedo ver… imagino.
Y en lo que imagino, a veces, me pierdo.
Me vuelvo torpe por dentro,
como si caminara descalza sobre un suelo que no sé si es tierra que me sostiene o sal que me seca.

Temo herir sin querer. Temo que me hieran sin aviso.
Temo no haber entendido bien ese lenguaje invisible que vive en las miradas.

Y entonces hago lo único que sé hacer cuando el agua se enturbia:
me aparto.
Me pliego.

No de golpe,
no con ruido,
sino despacio… como una barca que se suelta de su propia orilla sin saber muy bien quién cortó la cuerda.

Y me alejo.
Un poco más.
Y otro poco.
Hasta volverme apenas un punto en el horizonte.

Porque hay algo en mí que no soporta la agitación que produce dudar de otra persona. Esa leve opacidad que roza la ansiedad. Ese casi imperceptible “no sé qué”.

Yo soy clara cuando siento. A veces demasiado directa, demasiado abierta, demasiado apasionada al respirar cada instante de mi vida, y puede que asuste… ¡pero soy clara!

Y quizá por eso me cuesta tanto quedarme donde no puedo leer el pulso de alguien.
No es que no quiera estar.
No es falta de ganas
ni de cariño.

Es otra cosa.

Es un miedo que no tiene nombre, pero aprieta igual. Es ese instante en el que dejo de reconocer lo que siento delante de mí. Ese punto exacto donde el agua ya no es transparente… y tampoco llega a ser oscura.

Y ahí… ahí ya no sé quedarme.

No es nada personal —digo, como quien intenta no hacer daño—, aunque mi cuerpo… ¡mi cuerpo no entiende de medias tintas!


Epílogo

Conocer a alguien no es mirarlo,
es reconocer su claridad… o su sombra.

Y entender, en ese filo,
hasta dónde podemos quedarnos sin perdernos.


«No me asusta lo que veo… me asusta no poder verlo del todo.»


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

lunes, 27 de abril de 2026

"Lo que queda de mí": Reflexión íntima sobre la identidad, el despojo personal y la búsqueda del yo auténtico más allá de creencias, nombres y expectativas.

 

“Antes de saber quién era, ya me habían nombrado mil veces.”

Prólogo

Hay nombres que llegan antes que la conciencia, historias que nos habitan antes de que podamos elegirlas. Crecemos dentro de relatos heredados, sostenidos por voces que, aun con amor, nos dibujan antes de tiempo. Este texto nace desde ese lugar: el de quien empieza siendo dicho por otros… y poco a poco aprende a escucharse.

No es una historia cerrada, ni una verdad definitiva. Es más bien un tránsito: de lo impuesto a lo sentido, de la forma al pulso, de lo aprendido a lo que insiste incluso cuando todo lo demás cae.


Nací envuelta en un susurro que no me pertenece, como una segunda piel que me identificaba y me daba sentido de pertenencia.
Voces que me acariciaban incluso antes de ser consciente de mi propio aliento.
Me alzaron manos firmes, suaves, tibias, que me recorrieron, me acomodaron, como si mi cuerpo fuera ya una promesa que debía cumplirse.
Me enseñaron a mantenerme erguida incluso cuando debía inclinar la cabeza; a pensar antes de hablar; a medir los gestos; a caminar por senderos ya recorridos —y reconocidos como seguros—.

Me vistieron con palabras religiosas ajenas a la fe; con orígenes y destinos pronunciados en voz baja —sobre mi cuna—, como semillas que debían germinar, echar raíces en tierras separadas por océanos.
Y yo, tierna, húmeda de vida, abierta a los cielos como un girasol, lo recibí todo sin defensa.

¡Crecí!
Y en ese crecer, algo se resquebrajó.
No fue una ruptura, no.
Fue un cosquilleo en el alma que empujó mi mente a vaciarse de conocimientos, a lograr entendimiento, a abrirse al asombro. Fue una respiración distinta que no pedía permiso.

Hubo noches en que mi piel me quedaba estrecha, en que mi nombre no me nombraba del todo.
Me descubrí en una agitación lenta, casi secreta, como si otra vida me rozara desde dentro.
Una vida sin instrucciones. Sin dogmas.
Una vida que no había sido dicha.

Entonces comencé a elegir, o a desobedecer con suavidad. A veces me afiné como una cuerda tensada al borde de la música, y otras me endurecí, me cerré, dejé aristas en quienes me tocaron.
Fui luz y también sombra.

Pero hubo algo que nunca pude esquivar. Llegó como un despojo.
Como si la vida, de pronto, retirara todas mis capas con una lentitud sensual, casi erótica. Cayeron los nombres. Cayeron las certezas. Cayeron las creencias que un día fueron refugio. Se deshicieron los logros, los títulos, las historias repetidas hasta parecer mías. Todo se aflojó, todo se desprendió, como una piel que ya pedía mudarse.

Y quedé respirando.
Quedó mi latido.

Y en ese espacio sin ornamento, sin testigos, sin relato, emergió, desnuda y precisa, la pregunta:
¿Qué queda de uno cuando se despoja de lo que ha sido en la vida?

¿Respuestas? ¡No las tengo con certeza!
Pero hay algo que queda.

Queda la forma en que uno sostuvo lo que dolía sin que nadie lo viera.
Queda ese gesto mínimo que nadie aplaudió.
Queda el titubeo antes de decir la verdad —o de callarla—.
Queda la manera en que miramos, incluso cuando ya no sabíamos qué estábamos buscando.

Queda, quizá, algo muy pequeño.
Algo que no tiene nombre y, aun así, insiste.
Algo que no aprendimos, que no nos enseñaron, que no vino de nadie.

Y eso… eso sí parece nuestro.


Epílogo

Quizá no haya una respuesta única. Quizá nunca la haya.
Pero hay algo honesto en quedarse ahí, en ese espacio desnudo donde ya no sostienen los nombres ni las certezas.

Tal vez vivir consista en eso: en ir soltando, una y otra vez, hasta rozar algo que no necesita explicación. Algo que no se construye, que no se hereda, que no se fuerza.

Y cuando todo lo demás se ha ido, reconocerlo —aunque sea en silencio— como lo único que, de verdad, permanece.


“Al final, no te define lo que fuiste obligado a ser, sino aquello que, aun en soledad, no pudiste dejar de ser.”


Nota: publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

domingo, 26 de abril de 2026

" CANSANCIO": Un texto íntimo sobre el cansancio emocional, la espera y la tristeza silenciosa. Una reflexión sobre sentir vacío y seguir.

“Hay cansancios que no pesan en el cuerpo… pesan en la esperanza.”

Prólogo

Hay días en los que el alma despierta antes que el cuerpo y ya llega agotada. No por lo vivido, sino por lo sostenido en silencio. Este es un recorrido íntimo por ese cansancio invisible, ese que no pide descanso, sino sentido.


Abro los ojos.
La luz aún no termina de entrar del todo y ya estoy cansada. No de haber hecho, sino de haber pensado, de haber deseado, de haber empujado la vida con las manos como si dependiera de mí que algo, por fin, ocurra.

Sigo acostada, con el cuerpo tibio entre las sábanas. Enredada en ellas, como sutiles manos que me apresan con ternura de madre, con sabiduría de padre. Con esas caricias que te calman y resguardan. Y, aun así, siento un peso sutil en el pecho, como una ausencia que ocupa espacio en el vacío.

No es dolor, ¡no!
Es algo más lento. Más hondo.

Una tristeza que no sabe identificarse, un hastío que no encuentra justificación, un cansancio que no se va con descanso. Respiro y el aire entra despacio, como si tuviera que traspasar cada poro de mi piel antes de llegar a mí.

Y entonces, sin moverme, me hablo. Lanzo mi voz como quien deja caer un pensamiento en un pozo profundo, esperando escuchar su eco, la confirmación de que algo, alguien, responde. Pero no hay pared. No hay rebote. Solo ese silencio confuso que se instala en mi alma.

Pongo mi mano sobre el pecho. Presiono apenas. Busco ese latido que insiste, que no se rinde, que sigue golpeando como si supiera algo que yo ignoro. Y, por un instante, cierro los ojos otra vez, imaginando otra piel sobre la mía, otra temperatura que me devuelva, que me nombre desde fuera.

Pero no llega.
Y cansa.

Cansa la espera.
Cansa sembrar palabras como semillas sobre tierras estériles, superficies que no las reciben.
Cansa esperar la lluvia como quien cree en un milagro repetido… y ver el cielo quedarse intacto, inmóvil, ajeno… indiferente.

Cansa insistir.
Cansa sumergirse en aguas que prometen profundidad y encontrar solo reflejos, superficies llanas, que engañan con honduras que no existen.
Cansa buscar en el fondo del mar algo que sostenga… y salir con las manos vacías, con la piel húmeda de intentos.

Y entonces algo dentro se recoge.
No se rompe.
No se quiebra.
Solo se cansa.

Se queda en silencio, como una llama que decide no consumirse, pero tampoco iluminar con la misma intensidad. Y en esa pausa hay una verdad que se filtra, despacio, sin violencia: tal vez lo que espero no viene. Tal vez nunca estuvo ahí. Tal vez he estado extendiendo mis manos hacia un horizonte que no sabe devolverlas.

Y aun así… hay algo que permanece.

Un pulso.
Una tibieza.
Una fidelidad extraña hacia lo que siento, incluso cuando duele.

Porque sentir, incluso así, es seguir aquí.

Y aquí sigo. Con este cansancio que no desaparece, pero tampoco me borra. Con esta tristeza que no tiene nombre, pero que me atraviesa con una precisión íntima, casi sagrada. Con esta espera que empieza a transformarse, muy lentamente, en otra forma de estar.

Más mía.
Más cierta.
Menos atada a lo que nunca llegó.


Epílogo

Quizá no todo lo que anhelamos está destinado a llegar en la forma en que lo imaginamos. A veces, la espera no es un vacío, sino un umbral. Y el cansancio… una señal de que algo dentro está dejando de buscar afuera lo que, en silencio, ya comienza a reconocerse dentro.


“¿Y si lo que espero, que no viene, es porque en el fondo no hay nada que esperar… o porque ya está aquí y no lo he sabido mirar?”

Nota: Publicación en la Plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

sábado, 25 de abril de 2026

"El Afilador": Un relato íntimo sobre cómo los sonidos cotidianos despiertan la memoria y pliegan el tiempo. Nostalgia, infancia y emociones en un texto sensorial y evocador.


“Hay sonidos que no se escuchan: se recuerdan.”


Prólogo

Antes de que el tiempo tuviera prisa, ya existían los sonidos que sabían regresar.
No vienen del presente, aunque los escuchemos ahora.
Son hilos invisibles que nos encuentran cuando bajamos la guardia, cuando la vida se vuelve blanda y permeable.
Este es un viaje por esas grietas: por los instantes en los que recordar no es mirar atrás, sino dejarse tocar.


Estaba en la terraza, con el café aún humeando entre mis manos, cuando el silbido atravesó la mañana.

No fue un sonido cualquiera: fue una grieta.

El aire, tibio y quieto, se tensó apenas, como si algo invisible lo acariciara desde dentro. Y entonces supe —antes de verlo, antes incluso de pensarlo— que era él.

¡El afilador!

El silbido llega antes que la figura, como una hebra fina que se desliza por el aire y se enreda en la memoria.

El afilador no aparece todavía, pero ya está en mí: en la niña que corría hacia la ventana con las manos aún tibias de pan y chupando la mantequilla de sus dedos; en la casa de la abuela donde el sol se filtraba en motas lentas; en la voz de mi madre que decía “¡ya viene!” con una mezcla de rutina y misterio.

Ese silbato no corta el aire: lo abre.

Y por esa grieta, el tiempo se pliega.

Entonces ocurre: el presente se vuelve poroso. Lo que fui respira en lo que soy. Siento el mismo cosquilleo en la piel, esa ligera urgencia en el pecho, como si algo fuese a suceder y nunca terminara de ocurrir.

El sonido se posa en mí como caricia añorada, como dedos que ya me han recorrido antes sin que yo supiera nombrarlos.

Hay palabras, gestos, pequeñas ceremonias domésticas que no envejecen.

Permanecen suspendidas, esperando el instante exacto para volver a tocarte.

El tintinear de una cuchara en una taza, el crujido de una puerta entreabierta, el roce de una tela conocida contra la piel… y de pronto, sin aviso, ya no estás solo aquí.

Estás en todos los lugares donde ese gesto fue vivido, en todas las versiones de ti que lo sintieron.

El tiempo no avanza.

Se repliega como una sábana que guarda el calor de todos los cuerpos que la han habitado.

Escuchar al afilador es dejar que el pasado me respire en la nuca.

Es permitir que el mañana, aún no vivido, ya tenga un eco.
Porque sé —lo sé en un lugar más hondo que el pensamiento— que ese sonido volverá, que seguirá trazando su línea invisible entre mis días, cosiéndolos con un hilo que no se rompe.

Y entonces comprendo: no recordamos, somos recordados por lo que permanece.

Hay portales discretos en lo cotidiano, grietas dulces por donde el tiempo se desliza y se queda. No hacen ruido al abrirse, pero lo transforman todo. Nos devuelven a nosotros mismos, nos desdoblan, nos reúnen.

Y tú… ¿qué sonido, qué gesto, qué mínima costumbre es capaz de tocarte así, de plegarte el tiempo en la piel y dejarte suspendido entre lo que fuiste, lo que eres… y lo que aún no sabes que serás?


Epílogo

El silbido se aleja, como siempre, sin despedirse.
Pero algo queda vibrando, apenas, en el aire… y en mí.

Ya no soy la misma que escuchó.
Ni la que recordó.

Soy aquello que aún resuena.


“Lo que verdaderamente permanece no vuelve: nos atraviesa.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel