PRÓLOGO
Hay palabras que no fueron escritas solo para ser
leídas, sino para encontrarse con alguien. Este texto nace de una idea
sencilla: detrás de cada mensaje puede habitar una historia que merece nuestra
atención.
“Leer también es escuchar”
Yo escribo, cierto. Pero también leo lo escrito por otros.
Leer y escribir son gestos enamorados. Siempre van de la mano. Sin embargo, hay
palabras que pasan ante nuestros ojos como hojas arrastradas por el viento.
Las vemos. Reconocemos su forma. Pero no siempre nos
detenemos a escuchar el arrastre que llevan consigo. Porque, algunas palabras
son más que palabras.
Algunas son ventanas: nos ponen a mirar algo que no habíamos
visto antes.
Algunas son puentes: nos comunican.
Otras, son pequeñas lámparas encendidas en medio de la
niebla, nos guían
Muchas lecturas son un regalo, nos gratifican.
Sí, leemos por placer, por curiosidad, por conocimiento.
Leemos para viajar sin movernos del sitio, para asomarnos a otras vidas y
ensanchar la nuestra. Para inspirarnos como si cada letra fuera una nota
musical que componen una hermosa melodía.
Pero existen otras lecturas.
Lecturas que no llegan vestidas de entretenimiento.
Lecturas que traen consigo el peso de una preocupación.
La sombra de una angustia.
El quiebre de una soledad.
A veces aparecen discretamente, escondidas entre líneas
sencillas que podrían pasar inadvertidas para quienes leamos con prisa, a
medias.
Ignorando que detrás de ellas puede haber una persona
reuniendo valor para pedir ayuda. Una persona intentando hacerse visible. Una
persona esperando que alguien la escuche.
Una persona necesitando de otra… ¡una palabra de aliento
para sostenerse un día más!
Y qué extraño resulta que, en un mundo lleno de ruidos,
algunas voces sigan golpeando suavemente las puertas del silencio.
Porque hay mensajes que son como una mano extendida en mitad
de la oscuridad. Una mano que tal vez no podamos sostener nosotros. Pero que
quizá sí podamos acercar a quien esté en condiciones de hacerlo.
Nunca sabremos cuántas historias cambiaron porque alguien se
tomó el tiempo de leer con calma, con atención. Ni cuántas oportunidades de
ayudar se perdieron porque una llamada silenciosa quedó atrapada entre palabras
que no supimos escuchar realmente.
Porque leer no es solamente mirar palabras, es detener el
paso, es abrir una puerta. Es ofrecer un rincón de nuestra conciencia para que
otro ser humano pueda entrar durante unos segundos. Algo tan simple como eso y,
sin embargo, pasamos por encima de las letras atropellando su significado.
A veces basta una mirada atenta, por respeto.
Un instante de comprensión, por solidaridad.
Pequeños gestos que tienen una extraña costumbre: cambiar el
rumbo de una historia.
Porque algunas publicaciones se olvidan al instante. Pero
otras contienen un latido. Una necesidad. Un ser humano.
Y esas merecen algo más que una mirada apresurada. Merecen
ser leídos con los ojos. Y también con el corazón.
“Que nunca nos falte la sensibilidad para reconocer
cuándo detrás de unas palabras hay alguien esperando ser visto y sentido”.
EPÍLOGO
Quizá la verdadera lectura comienza cuando dejamos de
buscar solamente significados y empezamos a reconocer presencias. Cada palabra
escuchada con humanidad puede convertirse en un pequeño puente hacia alguien
que necesita ser encontrado.