“Hay decisiones que no nacen de la claridad… sino de
ese temor que aprende a sostenerse: la duda”
Prólogo
Existe un borde invisible donde la vida se vuelve susurro. La intuición, la duda, el discernimiento y la decisión no son ideas separadas: son partes de una misma verdad, de un proceso interior vivo que necesita desplegarse para cobrar sentido.
Primero, algo en ti se inclina sin saber por qué. Es la intuición que asoma. Luego, te nublas, te inquietas, te incomodas… la duda entra en escena. Llega como una bruma fría sobre la piel, y deseas arroparte con la manta tibia de la certeza.
Entonces te detienes. La miras, la desarmas, la atraviesas hasta que deja de ser niebla. Eso es el discernimiento.
Y entonces… decides.
Decidir no es ver con los ojos completamente abiertos ni sostener la verdad en las manos; es sentir con todo el cuerpo despierto. Es elegir.
Y al elegir, te conviertes en aquello que elegiste.
Relato
Durante mucho tiempo esperé a que todo fuera claro.
A que las respuestas se ordenaran como hojas quietas sobre una mesa sin viento. A que la certeza descendiera limpia, sin fisuras, sin preguntas.
Pero la vida no me habló así.
Llegó como un murmullo entre los árboles, como una luz filtrándose entre mis párpados cerrados.
Y con ella, la duda.
No era ruido. Era un roce. Una inquietud suave que me recorría el pecho como agua fría. Deshacía mis seguridades, abría grietas donde antes había muros. Y en esas grietas, algo respiraba.
La duda me enseñó a mirar despacio: a observar.
A no creer en todo lo que parecía firme: a reflexionar, a discernir.
A tocar la realidad como quien palpa la arena, sabiendo que cambia con cada soplo del viento, con el vaivén de las olas, con las pisadas que dejan huellas: a comprender.
Pero también me paralizó demasiado tiempo.
Se volvió un pasillo largo, sin puertas. Un murmullo constante. Un cielo nublado que no terminaba de abrirse. Y en esa permanencia, mi cuerpo comenzó a pedirme otra cosa: movimiento.
Entonces apareció la certeza.
No como un trueno, sino como calor en mis manos. Como un peso leve en el vientre. Como un “sí” apenas audible que no apagaba el miedo, pero lo atravesaba.
No lo sabía todo. No lo entendía todo.
Pero algo en mí se aquietó lo suficiente para dar un paso.
Y avancé.
Con la duda rozando mis talones, recordándome que no existen verdades completas.
Con la certeza encendida en el pecho, empujándome a no quedarme inmóvil.
Fue entonces cuando comprendí que:
La duda abre. Ensancha mi mundo, me vuelve humilde ante lo desconocido.
La certeza sostiene. Me da dirección y valentía para avanzar.
Y entre ambas, mi vida dejó de ser espera… para convertirse en experiencia.
Desde entonces, ya no busco dejar de dudar: aprendo a escuchar la duda sin perderme en ella, y a abrazar la certeza sin convertirla en prisión.
Porque entendí que decidir no es disipar la niebla… sino avanzar con una pequeña luz encendida dentro.
Epílogo
La duda es el agua que me mueve; la certeza, la forma que me contiene. Una sin la otra se desborda o se estanca. Juntas crean el cauce por el que mi vida fluye y encuentra sentido.
“No necesito estar completamente segura para dar el paso… solo lo suficientemente viva como para sentir hacia dónde late mi verdad.”
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta escritoenblancoynegro: @tintasobrepapel