"Hay personas a las que nunca hemos visto el rostro y, sin embargo, terminan ocupando un lugar silencioso en nuestros días."
PRÓLOGO
Hay encuentros que no suceden en una estación, en una plaza o en una cafetería.
Suceden entre palabras.
Personas que jamás se han estrechado una mano terminan formando parte de la rutina emocional de sus días. A veces basta una lectura, un comentario o una conversación nacida al calor de un texto para descubrir que la cercanía no siempre entiende de distancias.
Este texto está dedicado a quienes llegan en silencio y, sin proponérselo, terminan dejando huella.
Yo escribo porque me gusta escribir. Porque hay cosas que me nacen dentro y necesitan convertirse en palabras. Lo haría incluso si nadie me leyera. Pero cuando publico, sucede algo más. Algo que va mucho más allá de dejar un texto en una pantalla.
Alguien se detiene.
Y, en un mundo donde todos corremos, donde todo pasa deprisa y la atención dura apenas un suspiro, ese gesto tiene un valor inmenso.
Alguien dedica unos minutos de su vida a leerme.
Y cuando además comenta, cuando deja unas palabras, una emoción, un recuerdo, una reflexión o simplemente un saludo, ocurre algo extraordinario: se abre una pequeña puerta entre dos desconocidos.
Entonces, el lector se convierte en escritor,
y yo, en una ávida lectora.
Fascinada por los nuevos mundos que intuyo a través de sus palabras.
No sé dónde vive esa persona. No sé qué paisaje ve por su ventana cuando me escribe. No sé si está en España, en América o en cualquier rincón del mundo. Ignoro su edad, su historia y la mayoría de las cosas que la definen.
Y, sin embargo, poco a poco nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a un "hola", a un "gracias", a un "qué bonito", a una opinión compartida. Nos acostumbramos a esas pequeñas conversaciones que nacen alrededor de un texto y terminan hablando también de la vida. A veces me cuentan recuerdos, pérdidas, alegrías, nostalgias o fragmentos de sí mismos que guardan entre líneas.
Y, sin darme cuenta, esas personas dejan de ser simples nombres en una pantalla.
Se vuelven presencia.
Como esas músicas suaves que apenas se escuchan y que, sin embargo, uno nota cuando dejan de sonar.
Por eso, cuando de pronto desaparecen, cuando pasan los días y ya no aparecen sus palabras, sucede algo tremendamente curioso.
No pienso: "He perdido un lector".
No pienso: "He perdido un comentario".
Pienso si estará atravesando días difíciles. Si estará ocupado. Si necesitará una palabra amable. Si seguirá leyendo en silencio. Si sonreirá al otro lado de la pantalla o hará una mueca de desagrado.
Y me pregunto: "¿Estará bien?"
Pienso en esa persona que siempre estaba ahí. En quien nunca faltaba a la conversación silenciosa que hemos ido construyendo en la cotidianidad de los días.
Es extraño.
Porque somos completos desconocidos.
Pero también es verdad que termino extrañándolos.
Y quizá eso dice algo hermoso sobre nuestra naturaleza humana: que somos capaces de encontrarnos incluso sin conocernos. Que podemos crear afecto sin haber estrechado una mano. Que una afinidad, una emoción compartida o una forma parecida de mirar la vida pueden tender puentes afectivos entre personas separadas por... ¿miles de kilómetros?
A veces pienso que escribir se parece un poco a dejar una lámpara encendida en mitad de la noche. Uno no sabe quién pasará por allí. No sabe quién encontrará refugio en esa pequeña luz. Pero, noche tras noche, aparecen las mismas almas, se sientan un instante junto a ella y comparten su calor. Y cuando alguna deja de venir, la luz sigue encendida, pero uno nota el hueco que ha quedado alrededor de la mesa.
Porque detrás de cada comentario hay una persona única. Y aunque estas palabras estén escritas para todos, mientras las lees son también para ti. Para ti, que te detuviste unos segundos. Para ti, que alguna vez me contaste un recuerdo. Para ti, que me saludas en silencio o que nunca comentas, pero siempre estás. Para ti, que quizá no imaginas que tu presencia también deja huella al otro lado de la pantalla.
Al final, detrás de cada perfil, de cada nombre y de cada comentario, hay alguien respirando, sintiendo, luchando, soñando y tratando de atravesar la vida igual que yo.
Y cuando deja de aparecer, queda un pequeño silencio.
Un silencio que recuerda que algunas presencias, por lejanas que parezcan, también llegan a ser importantes.
Si alguna vez has desaparecido por un tiempo y, al volver, encontraste mi alegría, quiero que sepas algo: quizá nunca nos hemos visto, pero me acostumbré a tu presencia.
Y sí...
cuando no apareces, te extraño.
EPÍLOGO
Quizá la vida esté hecha de más encuentros invisibles de los que imaginamos.
Tal vez nunca sepamos el nombre completo de algunas personas, ni el sonido de su voz, ni el paisaje que contemplan cada mañana. Pero eso no impide que formen parte de nuestra historia.
Porque hay presencias que no ocupan espacio físico y, aun así, encuentran un lugar permanente en el corazón.
A todas esas personas que alguna vez se detuvieron a leer, gracias por la luz compartida.
"A veces, la huella más profunda no la dejan quienes caminaron a nuestro lado, sino quienes, desde la distancia, iluminaron silenciosamente algunos de nuestros días."
Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel