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jueves, 18 de diciembre de 2025

"Pasillos de luz", un relato conmovedor sobre la empatía, los gestos cotidianos y los encuentros breves que iluminan la vida incluso en los lugares más duros.

Hay encuentros breves que nos acompañan para siempre.

PRÓLOGO

Vivimos rodeados de personas y, sin embargo, cada vez más distantes. Caminamos deprisa, miramos poco, escuchamos menos. La cortesía se ha vuelto excepcional y la empatía, un acto casi heroico. No obstante, basta un gesto amable, una palabra dicha a tiempo, una sonrisa sincera, para recordarnos que la humanidad aún late en lo cotidiano.

Este relato nace de esa verdad sencilla y profunda: que los buenos modales, el respeto y el cariño no son formalidades vacías, sino puentes invisibles entre las almas. Que nunca sabemos cuánto puede significar nuestra manera de estar para quien se cruza en nuestro camino.
Y que incluso en los lugares más duros, más impersonales o más temidos, puede brotar la luz.


PASILLOS DE LUZ

En un edificio inmenso —tan vasto como el más grande de los templos— transitaban miles de personas cada día, mientras otras pernoctaban entre sus muros.

Quienes transitaban lo hacían porque así lo querían… o porque lo necesitaban.
Quienes pernoctaban, en cambio, no lo deseaban; pero debían.
Eso, sin embargo, es otra historia.

En ese ir y venir constante, como aves de paso cruzando un mismo cielo, muchas personas coincidían a diario sin llegar a verse realmente. No se saludaban. No se conocían. Apenas se reconocían. Eran solo rostros familiares, figuras repetidas en la rutina, presencias sin nombre ni historia.

Pero había otras que volaban a la misma altura, en la misma dirección y con idéntica frecuencia. Ellas sí se saludaban. Se comunicaban. Interactuaban. Unas dependían de lo que hacían las otras, y en esa dependencia nacía una coreografía silenciosa, casi perfecta.
Entre risas contenidas, oraciones murmuradas y llantos que se escondían tras puertas entreabiertas, algunas lograban conectarse de una manera especial. Sus presencias se notaban al instante, como una luz tibia en medio del ruido.
Entre ellas se sabían los nombres. Se regalaban sonrisas sinceras, abrazos breves pero hondos, palabras amables que, sin saberlo, salvaban días enteros.

El edificio, de innumerables plantas siempre iluminadas, estaba atravesado por pasillos interminables que, como un laberinto, te absorbían en sus entrañas. Pasillos que parecían alargarse con cada paso, obligándote a ver cosas que jamás hubieras querido ver; a sentir emociones que nunca imaginaste sentir.
Allí, el alma se volvía más fervorosa de lo que uno habría creído posible. No había día en que no cerraras los ojos para rogarle a Dios por alguien que ni siquiera conocías. Rezabas. Rezabas mucho.
Rezabas para que los milagros sucedieran uno tras otro, como cuentas frágiles de un rosario que intentabas proteger para que no cayeran al suelo y se perdieran en los recovecos imprevisibles de la vida.

Era un edificio donde el bien y el mal luchaban con frenesí.
Donde la esperanza entraba… y a veces salía la resignación.
Otras veces, la desesperanza se instalaba como una niebla espesa, hasta que de pronto alguien exclamaba un “¡Gloria a Dios!” que lo cambiaba todo.

Era un edificio donde se oraba más que en un templo; donde Dios estaba siempre en la punta de la lengua de quienes lo transitaban o lo habitaban.
¿O era mágico?
Tal vez.
Porque allí las cosas no siempre eran lo que parecían.

Más allá del llanto, solía reinar la alegría por los milagros que sucedían. Algunos los llamaban conocimiento, buena praxis, dedicación, diligencia, debida atención o buen servicio.
Como fuera que los nombraran, eran milagros.
La mano de Dios estaba en cada saber, en cada tiempo, en cada acto, en cada lugar, en cada cosa.

Y así, con el paso del tiempo en esa colmena vibrante, fue como se conocieron aquellas dos mujeres:
una jovencita que despertaba a la vida,
y otra que comenzaba a escribir los capítulos finales de la suya.

Durante los últimos meses de aquel año, coincidían casi a diario en esos pasillos interminables que parecían no tener fin.
La jovencita era como un copo de algodón: blanca, de gestos suaves, de una serenidad que no necesitaba hacer ruido para hacerse notar.
Era tierna.
Era mansa.

La otra era impaciente, como quien mantiene una lucha constante contra el reloj. Su energía desbordada se volcaba sobre los demás, empujándolos a seguir su ritmo, a no detenerse, a no perder tiempo.
La jovencita lo sabía. Lo comprendía. Y se acoplaba con una diligencia absoluta.
De su trabajo dependía el trabajo de la otra.
Y respondía.

Hacían un buen equipo. Funcionaban como el más fino y perfecto engranaje de un reloj.
Entre ellas se tejió un hilo invisible que las ataba sin que ninguna fuera consciente de ello: un hilo hecho de respeto, amabilidad y cariño.

Pero hay días destinados a romper esos hilos.
Días en que las aves de paso se cruzan por última vez en el cielo de una vida y luego se pierden de vista para siempre.

Ese día llegó.

La jovencita buscó afanosamente a la mujer por los pasillos, por las estancias… hasta que, por fin, la encontró en la 105.
La mujer estaba de espaldas.
La jovencita, paciente como era, se quedó quieta, en silencio, esperando que se volviera.

Y sucedió.

—¡Mi niña! ¿Qué haces aquí? ¿Está reservada la habitación? ¿La necesitas urgente? —preguntó la mujer con su acostumbrada amabilidad y esa sonrisa amplia que siempre le iluminaba el rostro.

—No… —respondió ella—. Solo vengo a decirte que me voy.

Lo dijo con su serenidad habitual, aunque la tristeza asomaba, tímida, en la voz.

La mujer no lo comprendió de inmediato. No era costumbre despedirse así; sus horarios nunca coincidían al final de los turnos.

—Vale, cariño. Nos vemos mañana. Descansa —dijo mientras se acercaba para darle un abrazo sincero.

—No entiendes… —continuó la jovencita—. Me voy. Terminaron mis prácticas. Y no quería irme sin despedirme de ti… sin decirte lo agradecida que estoy contigo.
Ha habido días muy duros. Y cuando tú aparecías con tus sonrisas, me alegrabas el día. Me lo componías.

La ternura de aquellas palabras desarmó a la mujer. No esperaba una manifestación de gratitud tan profunda y tan limpia. El alma le tembló.
Se fundieron en otro abrazo.
Uno de esos abrazos que no se miden en tiempo ni se explican con palabras, pero que quedan grabados para siempre en algún rincón del pecho.

La jovencita se fue con su rostro de poema.
La mujer se quedó con los ojos húmedos y el alma encogida.

Jamás pensó recibir una muestra tan sincera de cariño de una “extraña”.
Se conocían… pero no sabían nada la una de la otra.

Desde entonces, la mujer no puede ver aves cruzar el cielo en alto vuelo sin acordarse de aquella jovencita cuya piel olía a hambre de conocimiento, a amor y bondad en abundancia, a dignidad, a futuro.
Otra ave de paso en su vida.
Una que jamás olvidaría.


EPÍLOGO

Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos transformar los pequeños universos que tocamos.
Ser amables. Ser respetuosos. Ser atentos.
Entregar lo mejor de nosotros en cada encuentro, incluso cuando creemos que es insignificante.

Las sociedades no se reconstruyen con grandes discursos, sino con gestos cotidianos: una palabra dicha con cuidado, un agradecimiento sincero, un abrazo oportuno.
Rescatar la empatía es rescatar la humanidad.

Porque todos somos aves de paso…
y siempre está en nuestras manos decidir si, al irnos, dejamos vacío
o dejamos luz.

Dedicado: a LAURA VELLON, la jovencita que era alumna y se convirtió —ese día— en maestra mía.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 24 de octubre de 2025

"Las que aman la vida": Un texto poético que reflexiona sobre amar la vida a través de gestos simples, manos anónimas y la belleza silenciosa de lo cotidiano.

 

“Amar la vida es sostenerla en lo simple.”

Prólogo

“Siempre me han conmovido las manos.
Las miro y siento que en ellas se guarda la historia del mundo: la ternura y la fatiga, la entrega y el silencio.
Quizás porque en mis propias manos —y en las de tantas otras— he visto reflejado el pulso invisible de la vida cotidiana, ese que no busca aplausos, pero sin el cual nada se sostiene.
Hoy escribo pensando en esas manos anónimas que aman la vida sin decirlo, que la levantan cada día con gestos simples, con fe, con paciencia, con amor.”


Manos que estrujan los ojos
al despuntar el alba,
tapan la boca con pereza
para atrapar un bostezo
antes de que se escape… 
llevándose con él las ganas de ponerse de pie.

Manos que desenredan cabellos, abrigan el cuerpo y calzan los pies desnudos de sueños.

Manos que preparan alimentos con amor, que bendicen, que se entrelazan y le dan fuerza a la oración.

Manos que acarician frentes cansadas, que buscan otras manos en mitad de la noche para decir “aquí estoy” sin palabras.

Manos que guían pasos inseguros, que secan lágrimas ajenas y acarician la espalda
como quien acomoda el alma después del cansancio.

Manos que sostienen un rostro entre los dedos para devolverle calma al miedo, para recordarle a alguien que todavía merece ternura.

Manos que se llevan al pecho como un refugio, para espantar los miedosy calmar el dolor de mil nombres.

Manos arrugadas por el agua, de tanto fregar trastos, de enjabonar pieles curtidas y cabezas nevadas por el tiempo…

Manos que han sostenido el mundo en silencio, sin quejas, sin hacerlo notar.

Porque sostener la vida no es solo cargarla sobre los hombros:
también es acariciarla,
abrazarla despacio,
cuidar su fragilidad
como se cuida una llama pequeña para que no se apague.

¡Qué sé yo!

Manos desgastadas,
agradecidas manos,
¡de tanto la vida amar!


Epílogo

A veces olvido que amar la vida no es un acto grandioso, sino una suma de gestos pequeños: una taza de café compartida, una cama tendida con cuidado, un pan amasado con ternura…
Eso es sostener el mundo.

Y cuando miro mis propias manos —cansadas, quizá, pero llenas de historias— comprendo que también forman parte de esa cadena silenciosa que da sentido a todo.
Porque amar la vida, lo entiendo ahora,
es seguir ofreciéndola en lo simple,
en cada caricia, en cada tarea,
en cada abrazo que calma,
en cada amanecer que aún me invita a comenzar.


“Y quizá ahí habite el verdadero amor: en esas manos que, mientras cuidan la vida, también la acarician para que nunca deje de florecer.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @Escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 11 de abril de 2025

"LAS MANOS DE DIOS": Un texto poético y espiritual sobre el cansancio del alma, la oración silenciosa y la certeza de que, aun en el abismo, son las manos de Dios las que sostienen el camino.


“En el silencio del alma cansada, las manos de Dios hacen su obra.”

Prólogo

A veces el día comienza con luz y termina en prueba.
Entre lo cotidiano y lo invisible, el alma aprende que no toda batalla se libra con palabras, ni toda fuerza nace de uno mismo. Este texto es el rastro de ese instante en que el cansancio humano se encuentra con la gracia divina.


Un día cualquiera…
te levantas con música en la cabeza,
una sonrisa tatuada que simboliza amor y alegría.
Y una gente que no es gente… ¡te arruina el día!

Se frunce el entrecejo.
Se tensan las mandíbulas, sellando los labios
en muda oración.
Si pronuncio palabras, sonarán a maldición.

Te tragas la amargura.
Aprietas la frustración.
El corazón se oprime; la respiración se agita.
La mente se nubla con pensamientos perversos
que se esfuman por inacción.

Llegas a casa —ese lugar sagrado—,
el que alberga tu vida
como tu cuerpo al alma.

No haces nada. Nada vale la pena.
No apetece. ¡Ni eso ni nada!
Te acuestas en la cama, desanimada.
Adoptas posición fetal:
reflejo de que, en el vientre de tu madre, deseas estar.
Aun gestando. No nacida,
para no enfrentar los dilemas que surgen
entre el bien y el mal.

Con las palmas abiertas, juntas las manos bajo tu cara.

Palmas que, como orando,
tejen un lecho de consuelo y esperanza
donde Dios te permite descansar.

Te relajas.
Tus ojos decepcionados fabrican cuentas de rosario —uno de cristal—,
unidas por hilos de plata
que te enlazan a la Madre:
esa que te abriga con amor
y promesas de bienestar.

De tu boca se escapa un musitado:
—Ay, Dios...

No es una simple exclamación.
No llega a ser un suspiro, aunque suene igual.
Es la exhalación del alma
cuando se libera de la opresión
que cargas entre pecho y corazón.

Es súplica.
Es plegaria.
¡Es un llamado a Dios!
Que no te suelte.
Que te sostenga,
porque estás ante el abismo…
el abismo entre el “sí” y el “no”.

Solo ves ante ti un camino lleno de obstáculos.
Entras en desasosiego.
¿Otra vez? —te preguntas, incrédulo y con decepción—.
¿Empezar de nuevo… hasta cuándo, Señor?

Con frenesí empiezas a limpiarlo.
Las malas hierbas impiden que entre la luz.
No sientes nada físico, la exaltación te anestesia.
Ni cansancio, ni desgarro

Las manos no sangran.
Las miras solo para comprender que, como siempre,
no son las tuyas las que despejan el camino que has de transitar…
¡Son las manos de Dios!


Epílogo

Cuando el ruido calla y el cuerpo se rinde, queda la verdad esencial: no caminas sola.
Incluso en la duda, incluso al borde del abismo, hay unas manos —más firmes que las tuyas— que siguen despejando el sendero.


“Allí donde termina mi voluntad, surgen las manos de Dios”