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martes, 10 de marzo de 2026

"Emanuel, siempre Emanuel": Un relato simbólico sobre una promesa hecha a un niño, el amor que intenta salvarlo y el puente invisible que se rompe cuando el mundo no entiende la ternura.

“En cada rincón existe un adulto que toma la mano de un niño y promete sostenerla contra el mundo”

Dicen que las promesas tenían peso.
No de palabra, sino de alma: ni tanto como para aplastar, ni tan poco como para olvidarse.
Se sostenían solas a la altura del pecho.

En un rincón del mundo —cualquiera, porque el dolor tiene la costumbre de repetirse en todas partes— vivían un adulto y un niño: dos almas que se habían escogido para existir una junto a la otra.

El niño vivía en un mundo partido, que se iba apagando.
Las calles olían a cansancio, tenían el sabor de un fruto demasiado maduro, a punto de caer y pudrirse.

Y el niño, corría hacia el adulto cada vez que el miedo crecía. El adulto lo recibía como quien recibe una oración: con el cuidado de no romper nada sagrado.

Un día, el adulto logró abrir una puerta hacia otra tierra.
Una donde aún se respiraba sin dolor.
Una donde el cielo no parecía una herida abierta.

Y quiso llevarse al niño.
No por necesidad; por amor.
No por obligación; por destino.

Y, entonces, pronunció la promesa: No voy a soltarte.

La frase se elevó al cielo. Y el universo —ingenuo, esperanzado, crédulo— creyó en ella.

En aquel lugar existían fuerzas disfrazadas de autoridad: no comprendían la ternura. Ellas fueron las que dijeron “no”. Sin emoción, ni argumento.

La mañana de la partida, el cielo estaba del color con que lloran los dioses cuando saben que pierden una apuesta. Gris. Espeso, lleno de presagios.
El niño tomó la mano del adulto: grande, cálida, firme. Era el hogar.

—¿Seguimos juntos? —preguntó el niño, con la voz que usan los seres puros cuando están a punto de aprender algo doloroso sobre el mundo.

Las lágrimas asomaron en los ojos del adulto.
Primero tímidas, como si dudaran si tenían permiso.
Luego decididas, desbordándose.
Cayeron al suelo como gotas de luz rota.
Y la tierra, al recibirlas, se humedeció tanto que algunos dicen que ese día creció un milímetro el nivel del mar.
Culparon al cambio climático. Pero no. Era solo la medida del dolor.

Aparecieron entonces los guardianes del límite: sin alma en la mirada.
Sin comprender lo que separaban, sentenciaron:

—El niño no puede cruzar —declararon.

Las palabras resonaron como hierro cayendo sobre mármol.

El niño apretó la mano del adulto, como quien se aferra a la rama más alta cuando la corriente arrastra todo.
Y el adulto apretó de vuelta, decidido a sostenerlo incluso si el universo entero reclamaba en contra.

El niño lo miró.
Una mirada frágil, transparente, hecha de confianza.
Una mirada que pedía verdad, no milagros.

Y ese rayo de inocencia detuvo al adulto:
no podía romper el mundo para salvarlo;
no podía convertirlo en herida para mantenerlo cerca;
no podía destruir la vida para sostener una promesa.

Las manos sin corazón comenzaron a separar sus dedos.

Uno a uno, dedo por dedo. Como si cortaran raíces.
Como si partieran un templo.
Como si trituraran la luz de un futuro que había empezado a nacer.

El niño no lloró. El adulto no gritó. Pero cada fibra de su alma pedía un milagro, un permiso.
No lo obtuvo.

Cuando la última parte de sus manos se separaron, el mundo rugió. No lo escucharon los guardias. Pero lo sintieron las aves, el viento, el cielo… y todas las promesas del planeta que aún recuerdan lo sagrado.

Así se rompió el puente entre ellos: crujió el alma crujió, la fe, la promesa… partiendo el mundo de ellos en dos.

El adulto, sentía el vacío en sus manos. Las estiraba en la oscuridad con la esperanza de que Dios le quitase la sensación de estar aferradas al pecado más grande del mundo: ¡traicionar la confianza de un niño!

Dicen que el dolor más hondo no es el que hace llorar:
es el que deja a la lágrima suspendida, incapaz de caer, como si temiera acrecentar los océanos otra vez.

Porque una promesa hecha a un niño es un templo; separarle la mano es una catástrofe; lo que se quiebra ahí no es el vínculo, sino la fe.
No como castigo. No.
Sino para recordarnos que todo dolor que nace de un amor puro queda vibrando en el interior de las personas, influyendo sus pasos, sus miedos, sus elecciones.

Emanuel no es un nombre:
es el símbolo de todo niño que alguna vez confió, para luego sentirse abandonado.
Y el adulto, sin nombre también, es cualquiera que haya amado hasta sangrar.

Si esas manos volviesen a encontrarse… ¿seguirían siendo esos corazones
refugio y propósito el uno para el otro?”

Esta es la versión abreviada de su original "Emanuel, siempre Emanuel", escrita para su publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 26 de diciembre de 2025

"Manos de algodón", la relación entre un hijo y su padre en el Chaco argentino, explorando la memoria, la migración europea tras las guerras mundiales y la vida trabajada en los algodonales.


 “Una memoria íntima atravesada por la guerra, la migración y el trabajo”.


Prólogo

Migrar nunca es solo cambiar de tierra.
Es aprender otro cielo, otro calor, otro silencio.
Es romper la lengua del pasado para poder nombrar el futuro, aun cuando ese futuro se construya con las mismas manos cansadas.
Quien migra no llega entero: siempre deja a alguien atrás.
Y a veces, sin saberlo, también se deja a sí mismo


Las manos de su padre cabían apenas entre las suyas.

Eran ásperas, anchas, marcadas por surcos profundos donde el tiempo había ido dejando su firma. Manos que sabían a tierra húmeda y a sudor viejo, a hierro oxidado y a hojas machacadas. Manos que habían aprendido el lenguaje del machete y del sol antes que el de las caricias. Ahora estaban frías, ligeramente húmedas, temblando con un pulso irregular, como una marea cansada que ya no logra volver.

Bruno no las soltaba.

Las sostenía con una devoción casi infantil, como si en ese gesto simple pudiera retenerlo un poco más en este mundo. El cuerpo del viejo yacía vencido sobre la cama angosta; la respiración le salía rota, trabajosa, como si el aire tuviera espinas. No podía tragar ni siquiera agua. El agua —ese alivio mínimo— se le negaba, y la vida parecía divertirse con esa crueldad.

Afuera, el Chaco ardía. El calor se pegaba a las paredes de adobe, se filtraba por las rendijas, empapaba el aire. Todo olía a tierra caliente, a polvo suspendido, a vegetación reseca. Adentro, el cuarto estaba lleno de un silencio espeso, roto apenas por el quejido bajo del moribundo y por el latido acelerado del hijo.

Se le moría su padre.
Se le moría su viejo.
Y con él, el amigo más fiel que había tenido jamás.

El sudor le bajaba por la frente y se le metía en los labios, dejando ese gusto salado, metálico, que conocía bien desde niño. A veces el sudor se mezclaba con lágrimas que no terminaban de caer. El llanto se le quedaba atorado en el pecho, como un animal asustado que no encuentra salida. Apretó un poco más esas manos, y entonces la memoria, sin pedir permiso, empezó a tirar de él hacia atrás.

Recordó historias que no había vivido, pero que había escuchado tantas veces que parecían suyas. Historias de una Europa quebrada. Ciudades reducidas a escombros; calles cubiertas de polvo gris, de ladrillos partidos, de vidrios rotos que crujían bajo los pies. El aire era espeso de humo y pólvora; el olor persistente de la carne quemada y del hierro caliente se impregnaba en la memoria de quienes lo habían vivido. Trenes abarrotados de hombres flacos, con los ojos hundidos y la ropa raída, atravesaban paisajes sin árboles, sin colores, sin promesas.

Escenas que se sucedían con una música de fondo: explosiones, gritos y llantos. Esa se oía. Pero había otra —un murmullo interno—, evocador del miedo y de la esperanza, que solo se sentía, flotando entre los cuerpos exhaustos y los silencios que la guerra dejaba atrás. Era un sonido sin forma, un latido que recorría a todos, un susurro que nadie podía nombrar pero que todos entendían: la incertidumbre de sobrevivir, la extraña sensación de que seguir con vida era tanto suerte como condena.

Dos guerras bastaron para partir un continente.

De allí salieron. No buscando riqueza, sino descanso. Se fueron porque quedarse era seguir enterrando hijos, padres, hermanos. Cruzaron el océano con la memoria llena de ruinas y las manos vacías. Llegaron a una tierra nueva donde el sol quemaba distinto y donde algo blanco crecía en los campos como una promesa.

El “oro blanco”.
Algodón.

Decían que era progreso. Y lo fue. Pero también fue sudor constante, espaldas dobladas, manos abiertas por las espinas. Sudor salado que ardía en los ojos y se quedaba pegado a la piel. Así se fue construyendo otra vida, lejos de Europa, pero no tan lejos del sacrificio.

No todas las batallas se libran con armas. Algunas se pelean en cocinas silenciosas, en camas separadas, en miradas que ya no se encuentran. La suya empezó en una casa humilde, cuando el matrimonio de sus padres se quebró sin estruendo.

Un día, su padre vino a buscarlo.

Lo esperaba en el zaguán, sentado bajo una sombra corta. Vestía su mejor camisa, planchada con esmero, como si fuera a misa. A su lado, una maleta vieja guardaba toda la vida del niño. Desde adentro, su madre los observaba sin dejarse ver, conteniendo el llanto para que no se notara.

La llegada fue breve.
La partida, definitiva.

Padre e hijo se fueron tomados de la mano. Caminaron por la calle de tierra levantando una nube fina que se les pegó a los tobillos. Bruno sonreía, contagiado por la firmeza tranquila de su padre, pero de tanto en tanto volteaba. Atrás quedaban su madre y su hermana, quietas, cada vez más pequeñas. Esa imagen se le clavó para siempre: el amor partido en dos, la infancia rasgada sin entender por qué.

El viaje fue largo. Corrientes quedó atrás; luego Resistencia y, más allá aún, Pedro Saénz. El paisaje se volvió más áspero. Tierra rojiza, vegetación rala, un cielo inmenso que parecía aplastar a los hombres.

La vida en el Chaco era dura.
Pero con él, era buena.

Se levantaban antes del amanecer, cuando el aire aún era fresco y olía a rocío. Caminaban hacia los algodonales, filas interminables de plantas bajas cubiertas de copos blancos que brillaban bajo el sol naciente. El calor subía rápido, empapándolos. El sudor corría por la espalda, salado, espeso.

Bruno miraba a su padre trabajar. Menudo, firme. El machete brillaba un segundo antes de caer. El sonido seco del corte se mezclaba con el zumbido de los insectos y el crujir de las plantas. Cada golpe era exacto, aprendido con los años.

Así pasaron los años.
Hasta que el niño dejó de serlo.

El campo empezó a quedarle estrecho. El algodón ya no era promesa, sino límite. Como una vez había dejado atrás a su madre, ahora dejaría a su padre. Volvería a Corrientes, al hogar materno. La despedida fue corta, silenciosa.

El recuerdo se quebró cuando el viejo emitió un último sonido. Un gemido leve, casi un suspiro.

Bruno levantó la vista. Los ojos de su padre estaban abiertos, tranquilos. No había miedo en ellos. Tampoco dolor. Se iba acompañado, sostenido por las manos de su hijo, lejos del sol inclemente y del áspero algodón.

Afuera, el calor seguía.
El mundo continuaba.

Bruno entendió entonces que algunas vidas se construyen enteras con las manos.
Y que cuando esas manos se detienen, dejan al mundo un poco más vacío.


Epílogo

Cuando un padre presente muere, no se va solo un hombre.
Se va una forma de estar en el mundo.
Quedan las manos aprendidas, los gestos heredados, el peso invisible de lo que fue amor sin palabras.
El duelo no es solo pérdida: es memoria que sigue trabajando,
como esas manos que, aun quietas, continúan sosteniendo.


“La historia también se escribe con manos anónimas.”

Dedicado: B. C.

Nota de autora: Este texto fue escrito originalmente el 08/02/2011, editado y publicado en esa fecha.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 21 de diciembre de 2025

"La habitación sin latido", relato literario que reflexiona sobre aceptar la pérdida, la fragilidad humana y el silencio que queda tras la muerte.

"La muerte no arrebata: reclama lo que le pertenece".

PRÓLOGO

Amar es aprender a convivir con la fragilidad. Desde el primer instante, la vida se nos ofrece como un préstamo breve e incierto, y aun así la habitamos con la ilusión de lo permanente. Crecemos creyendo que el amor protege, que el vínculo salva, que la cercanía puede detener lo inevitable. Pero amar no nos concede poder sobre el tiempo; apenas nos vuelve conscientes de su paso.

La vida, la muerte y el amor no son acontecimientos extraordinarios: son hechos profundamente humanos. Llegan sin pedir permiso, se instalan, transforman y continúan su curso. No obedecen a la voluntad ni al deseo, ni siquiera a la fe más fervorosa. Suceden. Y en su suceder nos despojan de certezas, obligándonos a mirar de frente aquello que no se puede controlar.

Este relato no pretende explicar la muerte ni suavizar el dolor. Se detiene en un instante suspendido: aquel en que el amor comprende que no puede retener. En el umbral donde la vida se apaga y quienes permanecen aceptan que partir y quedarse forman parte del mismo acto de amar.


CUENTO

La habitación permanecía en penumbras: sobria, solemne, detenida en un silencio tan espeso que parecía haber expulsado hasta el aliento. No se escuchaba la respiración de ninguna de las dos. En las paredes, un Cristo clavado, imágenes de la Virgen, rosarios colgando como cuentas inmóviles. No era un templo. Era su aposento. Su última estancia. El lugar donde se había invocado, una y otra vez, el poder de Dios y la intercesión de su Santísima Madre para que le concedieran un tiempo extra de vida.

Un tiempo breve, quizá mínimo, pero suficiente. No para hazañas ni milagros imposibles, sino para decir lo que nunca se dijo por darlo por sabido. Para abrazarse sin la urgencia que siempre empuja hacia otro lugar. Para detenerse, al fin, y reír por las cosas simples que pasaron inadvertidas por miedo a perderlas. Un tiempo más para vivir lo que sí merecía ser vivido… y que dejaron pasar.

En el aire flotaba aún el perfume de sus cabellos, ese aroma familiar que había acompañado los días de luz. Ahora se mezclaba con otra fragancia más grave: un olor a lirios, a flores de cementerio, que parecía haberse instalado en su piel. Blanca. Inmóvil. Fría como el mármol pulido de la lápida que algún día llevaría su nombre.

La mujer que velaba permanecía sentada junto a la cama. En su mente, el murmullo de las oraciones era incesante. Se sucedían como una letanía gastada que, a fuerza de repetirse, iba perdiendo sentido. Y con las palabras, también se deshilachaba la esperanza que las sostenía.

Contemplaba aquel cuerpo pálido tendido sobre las sábanas blancas, como si ya no perteneciera del todo a este mundo. El cuerpo conservaba apenas el eco de una presencia, pero el alma —esa que había conocido desde siempre— parecía haber emprendido otro camino.

El rostro boquiabierto. La mirada extraviada hacia el techo alto. Aunque la mujer sabía —lo sentía— que no miraba allí, sino más allá: hacia un punto sin coordenadas, donde los límites del tiempo se disuelven.

No dejaba de observarla. En la penumbra, la figura parecía una muñeca sin cuerda, expuesta, aguardando que alguien la tomara entre los brazos. Se preguntaba en qué momento habían cesado las ganas de andar… y con ellas, las de respirar. El cuerpo no luchaba: se entregaba. Como una flor marchitada antes del alba, privada incluso del deseo de sobrevivir.

La sábana de algodón que la cubría guardaba, como un tesoro mínimo, la última calidez de su piel. La mujer lo sabía sin tocarla. Aquel calor había sido suyo primero: lo había sostenido, lo había acunado, lo había protegido del frío del mundo. Ahora apenas quedaba un rastro, una tibieza que se extinguía lentamente.

La mente de la enferma estaba deshabitada. La memoria, arrancada a pedazos por las garras afiladas de aquello que había ido ocupando su cabeza. Un huésped no invitado, cruel, que se instaló sin permiso. Como una bestia ingrata y despiadada, lo devoró todo sin compasión. El pasado, a mordiscos lentos. El presente, de un solo bocado. ¿Y el futuro? A ese lo miró con desprecio… no le dejó nada.

En ese horizonte terrestre ya nada la aguardaba. Solo la muerte, deseada no como castigo, sino como regreso. Como volver a la cuna, al origen. Como un silencio dulce que, por fin, le abriera los brazos para descansar.

La mujer que la velaba no se atrevió a preguntarle cómo se sentía. No creyó que quedara aliento suficiente para tejer una palabra. Y si acaso respondía, ¿serían humanos sus sonidos? ¿Podría entenderlos desde este lado del umbral?

No intentó animarla. ¿Para qué? Toda palabra era ruido. Toda esperanza, un hilo cortado. La contemplaba como se contempla una imagen sagrada en un altar: con el alma arrodillada, los ojos desbordados, el corazón trémulo, implorando un milagro que, en lo más hondo, sabía que no vendría.

Nada se escuchaba en aquel recinto. Sin embargo, podría decirse que las lágrimas que brotaban de sus ojos y caían sobre su falda tenían sonido. Sonaban a plegarias perdidas. A súplicas sin destinatario.

Porque la muerte no entra ni golpea la puerta. Se desliza por debajo. Y cuando llega, ya ha estado antes. Ronda. Se posa. Envuelve. Habita. Como un suspiro sin dueño, entra por la boca y se instala, formando un umbral entre dos respiros.

Allí estaba ella, con las manos atadas por la impotencia, con la voz disuelta en la humedad de la pena. Comprendiendo, sin necesidad de palabras, que aquella —a la que le había dado la vida— ahora se la llevaba consigo. No por crueldad, sino por destino. Porque hay lazos que ni siquiera la muerte corta sin llevárselos.

Nada de lo suyo podía retenerla. Ni el amor. Ni las lágrimas. Ni las oraciones silenciosas repetidas en el altar secreto del pecho.

Entonces lo supo, como se saben las verdades últimas: que hay presencias que se van antes de partir. Y que existen despedidas que solo se entienden con el alma de rodillas.

No dijo nada.
No tocó su mano.
Solo la vio partir,
como se mira un barco que se aleja entre la niebla:
sin saber si volverá,
sin saber si alguna vez estuvo.


EPÍLOGO

Aceptar no es olvidar ni resignarse. Es reconocer que la vida no nos pertenece del todo, que los cuerpos son tránsito y los vínculos dejan huellas aun cuando la presencia se apaga.

La muerte no niega el amor: lo revela en su forma más desnuda, cuando ya no puede proteger ni sostener. Cuando amar consiste únicamente en dejar ir sin romper el hilo invisible que une lo que fue con lo que permanece.

Tal vez ese sea el aprendizaje final: comprender que la vida y la muerte no se oponen, que ambas se necesitan para cumplirse. Y que aceptar no es vencer el dolor, sino aprender a habitarlo en silencio, sabiendo que todo lo que respira, algún día, también aprende a callar.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

sábado, 13 de diciembre de 2025

"Emanuel, siempre Emanuel", Un relato simbólico sobre una promesa hecha a un niño, el amor que intenta salvarlo y el puente invisible que se rompe cuando el mundo no entiende la ternura.


Reflexión introductoria

Hay historias que no pertenecen a nadie en particular, porque nacen en un espacio sin nombre y en un tiempo que se repite.
Historias que vuelven una y otra vez, como un eco que atraviesa generaciones, recordándonos que lo humano —lo más hondo, lo más vulnerable— rara vez cambia.
En cada pueblo, en cada familia, en cada rincón donde un adulto toma la mano de un niño y promete sostenerla contra el mundo, se repite el mismo acto inmemorial:
la fe de unir dos destinos con un puente invisible.

Pero los puentes del alma son frágiles. No por débiles, sino porque cargan demasiado: esperanza, miedo, futuro, inocencia… y sobre todo amor.
Y cuando algo externo —una fuerza fría, un poder sin rostro, un Estado que no entiende la ternura— decide quebrarlos, lo que se rompe no es la realidad:
lo que se rompe es la música interna que hace a las personas ser quienes son.

Este cuento no habla de una historia particular, sino de todas.
No pretende señalar culpables ni buscar redenciones.
Solo busca recordar que hay promesas que, aun rotas, siguen brillando en la oscuridad con tanta fuerza como dolor haya en el corazón... y el tiempo —ese que macar el reloj— no llena la mella de la promesa arrebatada.


EMANUEL, siempre Emanuel

Dicen que, antes de que el mundo se llenara de grietas, las promesas tenían peso.
No peso de palabra, sino de alma: ni tanto como para aplastar, ni tan poco como para olvidarse.
Se sostenían solas, como pequeñas estrellas personales que alguien encendía a la altura del pecho. Un peso tan sutil que apenas se sentía en la lengua, pero tan profundo que podía sostener montañas, océanos, destinos enteros.

En un rincón del mundo —un rincón que podía ser cualquiera, porque el dolor tiene la costumbre de repetirse en todas partes— vivían un adulto y un niño. No necesitaban nombres: en su unión, los nombres eran innecesarios.

No necesitaban ser llamados: se reconocían por la forma en que sus sombras se buscaban incluso cuando no había sol. Eran simplemente dos almas que se habían escogido para existir una junto a la otra.

El niño vivía en un mundo partido, que se iba apagando.
Las calles olían a cansancio, tenían el sabor de un fruto demasiado maduro, a punto de caer y pudrirse.
Los edificios parecían inclinarse por la vergüenza de haber visto demasiado; las paredes murmuraban historias sombrías que nadie quería escuchar. Las noches se alargaban como si el tiempo, cansado de girar, hubiera decidido arrastrar los pies, y el viento traía rumores de futuros que ya estaban desapareciendo.
Y, aun así, en medio de esa desolación, el niño conservaba un corazón intacto —como una chispa de fósforo que se niega a apagarse incluso bajo la lluvia más fina—.

Y el niño, corría hacia el adulto cada vez que el miedo crecía. Corría como quien busca una isla en medio de un mar que se está tragando la tierra. El adulto lo recibía como quien recibe una oración: con el cuidado de no romper nada sagrado.

Un día, cuando la sombra del mundo ya casi tocaba sus pies, el adulto logró abrir una puerta hacia otra tierra.
Una donde aún se respiraba sin dolor.
Una donde el cielo no parecía una herida abierta.

Y quiso llevarse al niño.
No por necesidad; por amor.
No por obligación; por destino.

Fue entonces cuando pronunció la promesa.
Una promesa que no era frase, ni decreto, ni sonido.

Era puente.

Un puente tejido entre sus manos, sus miradas, sus miedos compartidos.

“No voy a soltarte.”

La frase se elevó al cielo como un pájaro luminoso.
Y el universo —ingenuo, esperanzado, crédulo— creyó en ella.

Pero todo puente tiene enemigos.

En aquel lugar existían fuerzas invisibles, disfrazadas de autoridad, pesadas como lodo seco, insaciables como abismos: fuerzas que no comprendían la ternura. Fuerzas que no pensaban, no sentían, no soñaban.
Fuerzas que podían cortar de un golpe aquello que dos almas tardaban años en construir.

Ellas fueron las que dijeron “no”.
Un “no” sin emoción, sin argumento, sin rostro.
Un “no” tan enorme que el aire tembló a su alrededor.

El puente se estremeció.


La mañana de la partida, el cielo estaba del color con que lloran los dioses cuando saben que pierden una apuesta. Un gris espeso, lleno de presagios.
El niño tomó la mano del adulto. La mano era grande, cálida, firme.
Era el hogar.

—¿Seguimos juntos? —preguntó el niño, con la voz que usan los seres puros cuando están a punto de aprender algo doloroso sobre el mundo.

Las lágrimas asomaron en los ojos del adulto.
Primero tímidas, como si dudaran si tenían permiso.
Luego decididas, desbordándose.
Cayeron al suelo como gotas de luz rota.
Y la tierra, al recibirlas, se humedeció tanto que algunos dicen que ese día creció un milímetro el nivel del mar.
Culparon al cambio climático.
Pero no.
Era solo la medida del dolor.

Aparecieron entonces los guardianes del límite: figuras opacas, sin alma en la mirada.
Sin comprender lo que separaban, comenzaron a cortar el puente.

—El niño no puede cruzar —declararon.

Las palabras resonaron como hierro cayendo sobre mármol.

El niño apretó la mano del adulto, como quien se aferra a la rama más alta cuando la corriente arrastra todo.
Y el adulto apretó de vuelta, decidido a sostenerlo incluso si el universo entero reclamaba en contra.

Pero hay miradas que quiebran incluso a quienes están dispuestos a incendiar el destino.
El niño lo miró.
Una mirada frágil, transparente, hecha de confianza.
Una mirada que pedía verdad, no milagros.

Y ese rayo de inocencia detuvo al adulto:
no podía romper el mundo para salvarlo;
no podía convertirlo en herida para mantenerlo cerca;
no podía destruir la vida para sostener una promesa.

Las manos sin corazón comenzaron a separar sus dedos.

Uno a uno, dedo por dedo.

Primero uno.
Luego otro.
Luego otro.

Como si cortaran raíces.
Como si partieran un templo.
Como si trituraran la luz de un futuro que había empezado a nacer.

El niño no lloró.
Pero su silencio tenía la densidad de un pequeño universo implosionando.

El adulto no gritó.
Pero cada fibra de su alma pedía un milagro, un permiso, una grieta en el destino.
No lo obtuvo.

Cuando la última parte de sus manos se separó, el mundo hizo un ruido interno.
No lo escucharon los guardias.
Pero lo sintieron las aves, el viento, el cielo… y todas las promesas del planeta que aún recuerdan lo sagrado.

Así se rompió el puente.

Un puente hecho de confianza, ternura y destino.
Un puente que nadie veía, pero que sostenía dos vidas
Y cuando por fin quedaron desunidos, el ruido no vino del mundo exterior, sino del interior:

el puente crujió.

La fe crujió
El alma crujió.
La promesa crujió.

Y la grieta se extendió —como una flor oscura—, partiendo el mundo de ellos en dos.


El tiempo, que nunca pide disculpas, ni espera por nadie, siguió adelante.

El niño creció.
Dejó de correr hacia brazos conocidos.
Aprendió a caminar solo, con un silencio nuevo adherido en la piel.
Su sonrisa se volvió mueca; su risa se volvió muda, como un sonido arqueológico que ya no sabía encontrar un muro que le devolviera su propio eco.

El adulto envejeció.
Y todas las noches, al cerrar los ojos, sentía el vacío exacto donde antes reposaba una pequeña mano cálida.
A veces estiraba los dedos en la oscuridad, por costumbre o por esperanza, como quien busca un fantasma amable que llenara ese vacío; o que Dios le quitase la inquietante sensación de la mano de estar aferrada al pecado más grande del mundo: ¡traicionar la confianza de un niño!

Dicen que el mundo nunca volvió a ser el mismo después de aquel crujido.
Dicen que los puentes del alma, cuando se rompen, dejan una vibración que se cuela en todos los silencios, en todas las despedidas, en todas las promesas que vienen después.

Dicen, también, que el dolor más hondo no es el que hace llorar:
es el que deja a la lágrima suspendida, incapaz de caer, como si temiera acrecentar los océanos otra vez.

Y aunque el adulto y el niño siguieron sus caminos —uno vacío, otro endurecido—, ambos llevaban incrustadas en algún rincón del pecho las astillas brillantes del puente roto: como esperanza colgada del cielo, quizá para que se transformase en milagro.

Astillas que no se olvidan.
Astillas que enseñan.
Astillas que duelen como verdades reveladas.

Porque nadie debería olvidar nunca que:

una promesa hecha a un niño es un templo;
que separarle la mano es una catástrofe;
que lo que se quiebra ahí no es el vínculo, sino la fe;
y que algún día, cuando el universo pase lista de las cosas que deben repararse, ese puente aparecerá primero.

No para castigarlos.
No para unirlos de nuevo.
Sino para recordarles —a ellos, y a todos— que todo dolor que nace de un amor puro es una forma secreta de luz que nunca se apaga.

Y que incluso roto, un puente así sigue brillando —aun después de este tiempo—.

Dicen que los puentes rotos no se borran.
Quedan vibrando en el interior de las personas, influyendo sus pasos, sus miedos, sus elecciones.
Quedan allí, recordando que algunas promesas, aunque se quiebren, nunca dejan de existir del todo.

Porque Emanuel —siempre Emanuel— no es un nombre:
es el símbolo de todo niño que alguna vez confió, para luego sentirse abandonado.
Y el adulto, sin nombre también, es cualquiera que haya amado hasta sangrar.


Reflexión final

Hay heridas que no buscan culpables; buscan sentido.
Hay promesas que, al romperse, no desaparecen: se convierten en flamas que siguen encendidas incluso bajo la lluvia.
Y hay puentes que, aunque quebrados, guardan en cada astilla la memoria de lo que un día fueron capaces de sostener.

Los tiempos aún no han llegado a su final.
El mundo sigue girando, acumulando despedidas y reencuentros.
Y quizá —quién sabe— el destino, caprichoso como es, decida algún día reparar aquello que fue separado por fuerzas que no entendían el amor.

Si el puente volviera a encenderse…
si esas manos volviesen a encontrarse…

¿seguirían siendo esos corazones
refugio y propósito el uno para el otro?

Esa respuesta todavía viaja en el aire.
A la espera… de que se cumpla en el tiempo perfecto de Dios.


Dedicado: a él, Emanuel, siempre Emanuel.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 1 de junio de 2025

"Hasta que la muerte nos separe": Un relato reflexivo sobre la fragilidad de la vida, la presencia de los seres queridos y cómo nada material puede compararse con el valor de lo esencial


Prólogo

A veces comprendemos con claridad lo que siempre estuvo delante de nosotros: la vida es la única riqueza que realmente importa. Todo lo demás —lujo, comodidad, apariencia— se vuelve irrelevante cuando la existencia de quienes amamos pende de un hilo. Este es un relato sobre la presencia, el tiempo compartido y la intensidad silenciosa de los vínculos que sostienen el alma.


Aun en medio de aquel espacio cuidado y silencioso, donde cada objeto parecía susurrar orden y confort, la habitación parecía conjurada para el desconsuelo.

Ella comprendió con una claridad dolorosa que nada de eso importaba. Todo lo material se volvía vano frente al hilo frágil de la vida que se sostenía en un cuerpo amado. La verdadera riqueza estaba en la respiración compartida, en la cercanía que no podía comprarse, en la calma que se quiebra ante la certeza de lo inevitable.

El olor neutro del desinfectante hospitalario no lograba disimular la sensación pesada de la espera, y cada pitido del monitor, aunque casi imperceptible para otro oído, le golpeaba como un tambor de funeral. La luz, pensada para calmar, ahora parecía un foco que revelaba, sin piedad, la fragilidad absoluta de su ser querido. La pulcritud impecable de la estancia no podía sostener la desesperación que crecía con cada respiración irregular que ella vigilaba.

Incluso las voces suaves del personal, entrenadas para transmitir calma, se filtraban como un rumor distante, incapaces de tocar el miedo que la llenaba.

Sentada estaba —paralizada de miedo— frente a la cama donde yacía él.

Fijaba la mirada en su cabello, enmarañado de tanto cabecear, una lucha inútil contra un destino ya sellado. Le sorprendía el brillo de aquellas hebras: hilos de plata y acero retorcidos, resplandeciendo como bajo una luna cruel. La cama, deshecha por su cuerpo contorsionado, mostraba las huellas de sus manos crispadas que habían arrancado hebras de la manta blanca.

Él respiraba con dificultad; cada exhalación era un suspiro de despedida. El rostro, contraído en dolor, parecía rezar en silencio mientras sus párpados cerrados guardaban la sombra de un llanto contenido.

Ella lo observaba, y con él, repasaba toda una vida.
Su amor había sido callado, austero en palabras, casi invisible en los gestos que suelen sostener a una pareja. Y, sin embargo, había estado ahí, presente en otra forma: en el calor compartido de las noches, en la fuerza de un deseo que no admitía discursos, en los hijos que nacieron como testigos silenciosos de esa unión. Fue un amor distinto, hecho de silencios y presencias corporales, de huidas hacia dentro y de encuentros donde el cuerpo decía lo que la voz callaba.

De repente, él se aquietó. Abrió los ojos y los dejó vagar en la nada. Su rostro se suavizó, rejuvenecido por un instante imposible; una sonrisa se dibujó en sus labios, como si acabara de sellar un pacto secreto con Dios. La luz cesó de titilar. Él dejó de estremecerse. El tiempo se suspendió, y la paz se hizo.

Él partió ligero, como quien se entrega al descanso. Ella sintió entonces cómo empezaba a morir de a poco, atrapada en una soledad helada. Se levantó con torpeza, el cuerpo tan pesado como su alma, y salió de aquella habitación fría de la misma manera en que había entrado:
sin el abrazo que nunca llegó,
sin la mano entrelazada que señalara un camino compartido,
sin el “te amo” que pudiera sostenerla más allá de la muerte.


Epílogo

La habitación quedó vacía, y con ella, el calor de una vida que se fue. Pero la memoria de ese amor callado, de cada instante compartido, permanece más allá de lo material, recordándonos que la verdadera riqueza nunca se puede comprar: está en la presencia, en la respiración compartida, en la calma que nos sostiene mientras aún estamos juntos.

 



viernes, 23 de mayo de 2025

"Quirófano ocho": Explora un relato íntimo sobre resiliencia, migración y autodescubrimiento. Un viaje entre Madrid y el Caribe que revela la fuerza que nace cuando todo parece perdido.

 Texto

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“Descubre la fuerza que nace cuando todo parece perdido.”


Dedicatoria: Para los que migran, no solo geográficamente, sino hacia su propia resiliencia.


“El mundo es un quirófano donde aprendemos a sostener lo que parece perderse.”


¿Quién no tiene una historia que narrar?
¡Todos somos libros fascinantes de leer!
Algunos contienen epopeyas que estremecen;
otros, relatos breves que dejan huella,
o que, al mirar sus rostros, ya nos anticipan versos
que nos acariciarán el corazón por un instante.
Todos formamos parte de esta gran biblioteca de la vida,
entretejiendo la historia universal de la humanidad.
¡Lástima que no haya tiempo de leerlos todos!
La longevidad sería un regalo invaluable para intentarlo.

Camino por Madrid.
El pavimento frío se adhiere a mis zapatos;
la brisa roza mi rostro con un dejo húmedo de lluvia reciente;
el murmullo de las calles se mezcla con pasos y voces lejanas.
Mi mente, inquieta como bandada de pájaros asustados,
salta de un pensamiento a otro,
captando colores, sombras, reflejos y sonidos que pasan inadvertidos para otros.

Solo me detengo cuando recuerdo el Caribe:
el sol dorado que se derrama sobre la arena,
el calor que acaricia la piel,
el aroma de la tierra húmeda y del mar que se mezcla con el viento,
el murmullo de risas y cantos que aún viven dentro de mí,
un perfume que se aferra a los recuerdos
como si la vida misma se resistiera a dejarlo ir.

Antes, mi trabajo era mental;
ahora es físico.
Levanto la vista para ver a los demás,
y descubro mi fuerza en cada músculo, en cada brazo que sostiene,
en cada rodilla que se flexiona, en cada respiración que se acompasa
con la exigencia del movimiento constante.
El cansancio aprieta, pero mi cuerpo responde;
descubro capacidades silenciosas que no sabía que existían,
un poder que me sostiene y me transforma,
un coraje que se asienta en mis manos y en mis pies.

Uniformada con pantalón blanco y casaca de rayas,
me inclino junto a la base de la columna hidráulica del quirófano ocho.
La luz blanca y fría ilumina cada gota de sangre derramada
por aquella mujer a quien abrieron el vientre
para extraer al hijo gestado con ilusión.
Limpio, froto, absorbo cada mancha con bayetas de microfibra,
sintiendo el roce de la tela sobre mis manos,
el esfuerzo que recorre mis brazos y espalda,
cada movimiento medido, consciente, necesario.

Pienso en Cristo, en mi madre, en mí misma…
tanta sangre derramada por los benditos hijos, por amor.
La vida se revela así:
no hay aprendizaje sin entrega,
no hay recompensa sin esfuerzo,
no hay belleza sin sacrificio.

En medio de aquel silencio, el lugar se vuelve sagrado.
Como un milagro, mi mente se abre:
la razón de estar allí no era otra que la esperanza.
Me enseña a soltar posesiones,
a desapegarme de afectos,
a recomenzar desde cero,
y a reconocer la fuerza que habita en mí.

Comprendo que la paz y la libertad
no dependen de lo que se posee,
sino del valor de descubrir lo que uno es capaz de sostener,
dar y resistir,
aun en los pasillos más inesperados de la vida.

Hoy camino de nuevo por Madrid.
Cada paso resuena bajo mis pies,
el roce de mi ropa, el aire fresco en mi piel,
el olor húmedo de la ciudad mezclado con humo lejano,
cada respiración llena mis pulmones de aire vivo.
Cada esfuerzo, cada descubrimiento, cada movimiento
se convierte en capítulo de mi historia.

Y mientras la luz del sol se refleja en las fachadas y los adoquines,
mientras siento en mis manos la memoria del Caribe y la fuerza de mi cuerpo,
siento que todo vuelve al comienzo:
todos somos libros fascinantes de leer,
y mi historia, como tantas otras,
se abre de nuevo, lista para ser contada,
completa, con el corazón abierto al mundo,
como cuando empezó.


“Todos somos libros que merecen ser leídos hasta el final.”


viernes, 28 de marzo de 2025

"CARTA A ALGUIEN QUE CREÍ CONOCER": Una carta profunda y reflexiva sobre la pérdida, el suicidio y las preguntas que deja la muerte elegida. Un texto íntimo sobre el dolor, la fragilidad humana y la búsqueda de sentido

  Texto

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“Una carta íntima a la frontera entre la vida y la muerte.”


Prólogo 

Quizá nunca sepamos por qué algunas almas se cansan antes de tiempo. Pero al escribir, al recordar, al preguntar sin respuestas, seguimos eligiendo la vida. Este texto no cierra la herida: la honra. Porque amar también es aprender a vivir con lo que no se puede comprender.


Tengo tu foto frente a mí.

Tus ojos me miran desde un lugar al que ya no puedo llegar. En ellos sigue viviendo el mar que tanto amo: azul inmenso, inquieto, insondable. Ese mar ya no es un paisaje: es un espejo de tu último naufragio, un abismo que me devuelve preguntas que no sé responder.

No dejo de mirarte. Me pregunto —con miedo, con rabia, con ternura— qué sucede dentro de un ser humano para tomar esa decisión. ¿Cuánto dolor hay que cargar para que la muerte parezca descanso? Y mientras lo pienso me descubro temblando, porque no hablo solo de ti: hablo de cualquiera de nosotros. En otro tiempo, en otras circunstancias, podría haber sido yo.

Tu muerte me abrió una grieta que no conocía. Creía haber entendido la vida y la muerte, pero tu decisión deshizo mis certezas. Morir es inevitable, lo sabemos todos. Pero elegir morir, interrumpir la propia historia, es un acto que nos deja desarmados a quienes seguimos aquí.

Desde entonces me acompaña una pregunta que no consigo cerrar: quitarse la vida, ¿es un acto de valentía o de rendición? Quizá ambas cosas. Quizá ninguna. Tal vez sea el gesto extremo de un alma agotada que ya no encuentra salida. Pero para los que quedamos es un terremoto. Nos obliga a mirar de frente nuestras grietas, nuestras sombras, y a aceptar que la desesperación puede tocarnos a cualquiera.

Solías decir: «Las personas más tristes hacen siempre lo posible por hacer felices a los demás, porque saben lo que significa sentirse absolutamente inútiles y no quieren que nadie más se sienta así».

¿Guardabas tristeza detrás de tu rostro sonriente? Eras amable, generoso y amoroso… siempre te preocupabas por los demás. Me aterra imaginar que fue un grito desesperado, que esperabas ser rescatado y no llegó nadie.

A veces me conmueve pensar que quisiste liberarte, que buscabas un silencio que aquí no encontraste. Nunca lo sabré. Nadie lo sabrá. Solo tú conoces la verdad de ese instante, y ahora esa verdad es misterio.

Desde mi corazón adolorido te digo: me rompiste. Tu ausencia no es solo tristeza: es una herida que cuestiona mi propia existencia. Me miro al espejo y me descubro frágil, mortal, incapaz de dar respuestas definitivas. Quizá en esa incapacidad esté la clave: la vida es una pregunta sin respuesta, y tal vez quienes no soportan más siguen buscándola en otro lugar.

Quiero creer que hay un espacio, más allá de todo esto, donde tu alma encontró descanso. Que el azul profundo que vivía en tus ojos te haya recibido al fin. Que allí ya no exista ni valentía ni cobardía, solo paz.

Paz y vida eterna a tu alma, mi querido desconocido. Y también paz para nosotros, los que seguimos aquí intentando entender, sin lograrlo del todo.


Epílogo

Hay encuentros que creemos conocer y ausencias que jamás aprendemos a nombrar. Esta carta nace en ese territorio incierto donde el amor, la culpa y las preguntas sin respuesta conviven. No intenta explicar la muerte, sino acompañar el temblor que deja en quienes seguimos respirando, mirando una fotografía, buscando sentido en lo irreversible.


“Quizá la vida no se explica: solo se habita, hasta donde podamos.”

Dedicado: R.W.


viernes, 6 de mayo de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (52) SANTÍSIMO CRISTO DE LA VERA-CRUZ



“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


“La fe, el amor y la justicia se entrelazan en un abrazo eterno.”

Una mañana gris plata, como el acero de una daga. Una lluvia tenue y pertinaz, como el llanto de aquel al que se le ha robado, de su alma, la paz. La lluvia mecía las ramas de los árboles, como debió mecer los brazos de la madre al recién nacido… el que no logró colocar su rostro en el pecho de ella para alimentarse de su cálido fluido, ni arrullarse con sus rítmicos latidos.

Doña Ana estaba afligida, pero no desesperada; sabía que, tarde o temprano, esta desgracia sucedería. Había ido a casa con el penoso deber de buscar los trajes con los que sepultarían a su marido e hija. Márgara y Ana Isabel se encargaron de Luis Antonio, el “cuatro de ocho” … mientras que Antonio cuidaba de los cuerpos insepultos de su suegro y de su mujer.

Doña Ana, en su triste resignación, miraba por la ventana, al fondo de los jardines. Era inmenso el dolor de saber que jamás volvería a ver a Lola cruzando la verja para venir a verla. Tampoco la vería recorriendo el jardín, jugando con sus hijos, ni recogiendo flores ni frutos. En su agonía, hurgó en los cajones de la cómoda buscando fotografías de ella; quería grabar sus facciones, no quería que se le borrasen de la memoria ni recordarla como un fantasma.

En su búsqueda encontró una que creía olvidada. Esa foto la tomó el cura Don José, cuando Lola nació: estaban Don Luis, Doña Rosaura cargando a su hija y ella. Cuando Don Luis dejó a Rosaura para casarse con Doña Ana, la dejó embarazada, sin saberlo. Lola nació el día que ellos se casaron y, Doña Rosaura, en un acto de gran amor y desprendimiento, se las entregó para que la criaran como suya; para que le dieran una vida con amor de familia y decoro… no quería que la llamasen “la hija de la bruja”.

A cambio, les prometió jamás interferir ni acercarse a ella. Doña Ana desarrolló un amor extraordinario por la niña, la quería más que a sus propias hijas. Siempre temió que Doña Rosaura se arrepintiera y en cualquier momento se la quitara. Doña Rosaura siempre cumplió su palabra en vida, pero muerta, eso fue otra vaina. No solo se llevó a Lola, sino a Luis, el único hombre que ella amó… por fin, ¡estaba con su familia reunida!

—Anita, Anita… despierta, cariño. Ya tendrás tiempo de llorar y dormir. Acompáñame a la iglesia, te lo pido de corazón, ¡no puedo sola con esto! —le dijo a su nieta mientras le retiraba el cabello del rostro.

—Sí, abuela Ana, ¡yo voy contigo! —le contestó al tiempo que se colocaba los zapatos y el abrigo.

Bajaron por las escaleras y salieron por la puerta, juntitas, tomadas de la mano. Cruzaron la calle sin ningún cuidado, mojándose los pies y llenando sus zapatos de barro. Cuando iban justo por el centro de la plaza, Anita dejó de andar.

—Abuela Ana, ellos me dieron un mensaje para ti… —mientras hablaba buscaba algo en sus bolsillos.

Doña Ana no le contestó nada en principio; se quedó parada, prácticamente paralizada.

—¿Es necesario esto? ¿En realidad debo escucharlo? —le hablaba sin bajar la cabeza para mirarla.

Tenía miedo Doña Ana de lo que Anita le diría; bien sabía que había heredado el don de su abuela Rosaura.

—¡Mira, abuelita, mira! —le expuso, en la palma abierta de su mano, dos objetos por ella apreciados.

Uno era su anillo de matrimonio y, el otro, el Cristo de la Vera-Cruz. Doña Ana, gratamente sorprendida, se puso de cuclillas ante su nieta. Tomó los objetos entre sus manos y los besaba con vehemencia y… ¡lloraba y lloraba! Los había perdido muchísimo tiempo atrás, no esperaba, ni en sueños, recuperarlos.

—El anillo te lo manda el abuelo y dice que casarse contigo fue lo más hermoso que haya hecho; que te ama y que jamás dejará de hacerlo. El Cristo te lo da mi madre; ella dice que fue afortunada de tenerte y, ahora, de tenerlas a las dos. También dijo que tu dolor no te aparte de Dios, que la historia de Jesús no es un cuento bien contado, ni es cuestión de fe… es real, ¡y todos lo llegaremos a ver en su tiempo justo! ¡Ah! Mi abuela Rosaura te mandó las gracias por haber cuidado de su hija y nietos, que ella mejor no lo podría haber hecho, y te mandó esto… —Anita le mostraba una dulce y pícara sonrisa, mientras metía su mano otra vez en el bolsillo.

La sacó con el puño y así lo colocó frente a la cara de su abuela. La fue abriendo lentamente, hasta que quedó completamente abierta. Pero allí no había nada, o nada se veía. Ante la cara intrigada de Doña Ana, Anita soltó una carcajada.

—Abuelita, no lo ves, pero allí está; lo sentirás. Ella te envía un aliento de consuelo y de profunda paz. Cierra los ojos…

Doña Ana los cerró y Anita sopló su mano. ¡Doña Ana sintió… lo que le habían regalado! Se abrazó a su nieta y le sonrió. Se puso de pie y reflexionó.

Se dirigía a la iglesia a advertirle al cura Don José que, por ningún motivo, permitiría que enterraran a su marido y a su hija junto a Doña Rosaura. Ahora, todo cambiaba: veía las cosas desde otra perspectiva; su dolor no la cegaba. Anita no dejaba de asombrarla; siempre era pertinente y oportuna. A Dios le daba las gracias porque con ella contaba. Continuaron su marcha, pero con otro semblante.

—¡Buenos días, José, contigo quiero hablar! —le dijo al cura al tiempo que se enganchaba de su brazo—. Debo ir al hospital, así que te suplico mandes al curita Don Francisco a mi casa y que él, junto a Doña Teresa, recojan todas, pero todas las flores del jardín; que no quede ni una a la planta atada. Quiero que la iglesia esté llena de luz, colores y gratas fragancias… que no parezca una misa de difuntos, sino que luzca como una misa en Sábado de Gloria. También te pido que reacomodes los bancos, para que las tres urnas puedan estar una junto a las otras, como corresponde a unos padres con su hija.

Las palabras de Doña Ana sonaron como cánticos celestiales a Don José, pues temía que ella se pusiera necia con el asunto. Contento como estaba por la justicia que se hacía con Doña Rosaura, su amiga de toda la vida, con gritos apremiaba al curita Don Francisco para que hiciese lo que tenía que hacerse.

Esa tarde, el centro de la ciudad colapsó. El cura Don José, a solas en el campanario, lloraba la muerte de sus amigos. En ese momento estaba disgustado con Dios por el duro golpe que le había asestado directo al corazón; se desquitaba con el campanario, se colgaba de él y lo hacía retumbar sin cesar por cada rincón de la ciudad, como gritos desesperados… ¡llenos de dolor!

La iglesia se desbordó… ¡la gente no cabía en ella! Ocuparon la plaza y las calles aledañas. Unos pocos iban por curiosidad; otros tantos, por compromiso social; pero la mayoría asistió porque amaba y respetaba a esos muertos.

Los tres féretros fueron llevados a hombros hasta el cementerio. En el camino, la gente se fue disgregando poco a poco, paso a paso; solo quedaron los dolientes. Nunca se sabrá cuánto lloraron sobre las sepulturas; la lluvia lavaba sus rostros y sofocaba sus gemidos, como diciéndoles que estaba mal tanto llanto, o… ¿les estaba diciendo que el cielo los acompañaba en su dolor? No lo sé, ¡quién sabe cómo se manejan los asuntos de Dios!

“Y así, bajo la lluvia y los cánticos del cielo, los corazones encontraron consuelo; lo perdido fue sentido, lo eterno abrazado, y la justicia del amor se hizo presente en cada lágrima, en cada gesto, en cada flor que perfumó la memoria.”


Este capítulo se lo dedico a todos aquellos que aman a Cristo Jesús; que creen en su palabra: en la eternidad de las almas, en la promesa de una vida después de esta.
Nota: La foto que ilustra este relato fue bajada de Imágenes de Google; se desconoce autor y propietario.

sábado, 30 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (51) LA BIZARRÍA



“Entre la muerte y la vida, siempre hay un hilo que nos sostiene.”

¿De qué sirve un reloj inventado por el hombre cuando el destino otro tiempo te impone? Ese día se definía como eterno; las manecillas del reloj daban vueltas, pero ni un segundo transcurría. Una mañana brillante y llena de vida se transformó en una tarde lluviosa y llena de llanto… para terminar en una noche oscura donde la muerte dio rienda suelta a su locura, llevándose consigo no solo vidas, sino sueños, amores y alegrías, dejando a su paso la más profunda desolación.

Lola sudaba profusamente, jadeaba al respirar y tenía taquicardia; estaba blanca como el papel. Se agitaba y dificultosamente pronunciaba palabras: solo quería ver al niño, su “cuatro” de ocho, y a su padre. Anita estaba contra ella, acurrucada como un pollito bajo las alas de su mamá gallina. No lloraba; en sus ojos solo se pintaban la resignación y la piedad… por Antonio. Este estaba sentado en la cama frente a Lola; le agarraba las manos y, con desesperación, se las besaba.

—Cálmate, amor, nuestro hijo está lleno de vida y muy sano; en cuestión de horas nos lo podremos llevar para la casa. Y tu padre está estable, dentro de poco lo veremos cargándolo —le decía él, tratando de serenarla, pero no lo lograba; por el contrario, ella lo impacientaba, lo llenaba de angustia.

Anita lo miraba serena, con los ojos llenos de lágrimas; por él estaba sintiendo lástima… pedía a Dios que de él se apiadara. Antonio temía por Lola; soltó las manos de su mujer y salió por el pasillo pegando gritos, pidiendo auxilio. A su encuentro salieron dos enfermeras y un médico de guardia. Entraron con él a la habitación, separando bruscamente a Anita de Lola. El doctor le tomó el pulso y la auscultó, mientras las enfermeras lo observaban.

—¿Es esta la paciente que dio a luz de emergencia y tiene a su padre en terapia intensiva? —preguntó el muy pendejo a las enfermeras, quienes asintieron sin aportar ninguna referencia—. Hagan que se calme y duerma toda la noche… lo que tiene es un agudo ataque de ansiedad, propio del posparto y de la situación de salud de su padre.

—Disculpe, doctor, pero yo la veo muy mal… ¡pareciera que se muere! —le dijo Antonio en tono grave, como un reclamo.

El médico se le quedó viendo con indiferencia y autorizó a las enfermeras a suministrar a ella algún calmante, si este así lo solicitaba. Así como vino, así se fue aquel jovenzuelo recién graduado. No revisó la historia médica. No se enteró de que el alumbramiento de Lola había sido consecuencia de los traumatismos por la caída. Tampoco se enteró de que el médico que la atendió se ocupó de salvar al bebé practicándole la cesárea de emergencia sin realizarle ningún tipo de examen para ver cómo se encontraba ella.

Lola, por dentro, se desangraba; sus órganos colapsaban, entraba en shock. El inexperto, sin saberlo, la puso a dormir… como en una eutanasia. Lola entró en un profundo letargo. Antonio la miraba desconsolado, impotente, con el corazón desgarrado. Anita volvió a acurrucarse a su madre, casi incrustada en ella. Mantenía los ojos abiertos, empañados por las lágrimas; serena estaba, montándole guardia.

Antonio, con el alma en pena, salió de la habitación y fue a la guardería. Observó cómo a su hijo le habían quitado el respirador; su salud se reponía. La comisura de sus labios se levantó milímetros, haciendo un gran esfuerzo por sonreír ante aquel milagro. Siguió su camino, todo el tiempo cabizbajo. Saludó a su suegra y a Doña Matilde, que, junto a Márgara y Ana Isabel, aguardaban noticias de Don Luis, allí en terapia intensiva. Les informó que Lola dormía, solo eso les dijo… cualquier otra cosa hubiese carecido de sentido. Salió de allí más desesperanzado.

Se dirigió a la calle, necesitaba salir. El silencio, las caras tristes, el olor a medicamentos y desinfectantes lo desesperaban, le causaban náuseas. Caía la noche, tiñendo de negro el rojo crepuscular, como el alma de él sobre la sangre de ella.

—Vamos, Luis, ¡no seas holgazán… despierta! —le decía Doña Rosaura a Don Luis, dándole palmaditas en la cara.

Él abrió los ojos, encontrando su dulce sonrisa. Se alegró mucho al verla. Todos los males se le quitaron; sintió cómo la vida volvía a él con mucha fuerza. El bienestar lo invadió.

—Mujer, ¿qué haces aquí? Creí que no te volvería a ver… —le dijo acariciándole el rostro.

—¿Creías que te abandonaría, dejándote solo en tu miseria? —le decía esto mientras lo ayudaba a levantarse.

Salieron de cuidados intensivos, sin despertar a su esposa, quien, con sus hijas y hermana, dormía en las butacas de la sala de espera. Siguieron por el pasillo y bajaron las escaleras hasta llegar a la habitación de Lola. Abrieron la puerta muy lentamente. Antonio estaba dormido, el agotamiento lo había vencido. Allí estaba Lola, dormida, junto a Anita, quien estaba bien despierta y, con la mirada bien atenta, los observaba. Apenas vio a su abuelo, salió a su encuentro y se abrazó fuertemente a él, casi con desespero.

—Te extrañé mucho, abuelo. Creí que no te volvería a ver; tardaste mucho en venir —le decía mientras lo besaba.

—Anita, Anita… ¿a mí no me saludas? —le dijo Doña Rosaura, alzándola en brazos y besándola.

Anita, a pesar de ser una niña grande, se recostó de su hombro y se puso a llorar.

—Abuela Rosaura, ¿no puedes venir por ella otro día? —levantó su cabeza y la miró fija, con esos grandes ojos azules, profundos como el mar.

—Cariño, yo no soy Dios. Él dice cuándo… ¡su tiempo es el justo! —le contestó ella con mucha solemnidad.

Anita se bajó de sus brazos y fue a la cama donde estaba su mamá.

—Despiértenla, abuelos, que quiero despedirme de ella, la quiero abrazar… —les dijo Anita, triste pero muy serena.

Así lo hicieron. Lola se despidió con un beso y con un “hasta luego” de Antonio, que seguía dormido; juntos y acompañados de Anita, se fueron a despedir del “cuatro de ocho” …

Una enfermera que pasaba por el pasillo le llamó la atención a Anita por andar sola, a esas horas, sin compañía de un adulto. Ella no le hizo ningún caso, continuó su camino, acompañada del destino.

—¡Niña malcriada e insolente, mañana reporto este incidente para que no te permitan quedar! —la regañó la enfermera, evidentemente disgustada.

Los cuatro sonrieron y siguieron su camino. De repente, tuvieron que detenerse. Los gritos desesperados de Antonio, llamando a Lola, se escuchaban por todos los pasillos. Era desgarrador; rompían el silencio de la noche, quebraban la paz de toda alma. Lola se arrodilló frente a su hija y la abrazó fuertemente.

—Anda, hija, regresa con él… ya se enteró de que me fui; necesita de tu fortaleza y consuelo.

Le dio un beso y le dijo un “hasta luego”. Anita se despidió de ellos sin pronunciar una sola palabra. Dio media vuelta y salió corriendo de regreso a la habitación donde yacía el cuerpo de su madre.

Otros llantos y gemidos se escuchaban del otro lado: a Doña Ana y a sus hijas ya les habían notificado que Don Luis, hacia el otro mundo, se había marchado.

Cuando Anita llegó, Antonio estaba sentado en el suelo, con ella… ¡y a ella aferrado! Lloraba como un niño sin consuelo. Gritaba de intenso dolor, de ira y frustración. Amenazaba y pateaba como un loco a todo aquel que se le acercara. No permitió que nadie se la arrebatara de los brazos.

Al amanecer, cuando despuntaban los primeros rayos del sol, él se quedó profundamente dormido —por el cansancio y el dolor— abrazado a ella; fue entonces cuando lograron separarla de él.

“Y así, entre lágrimas, abrazos y susurros, comprendieron que el destino no se mide en relojes, sino en amor y coraje.”

Nota: la foto que ilustra el presente relato fue obtenida de Imágenes de Google. Se desconoce autor y propietario