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martes, 14 de abril de 2026

"HABITACIÓN 317": Un texto íntimo y sensorial sobre la transformación de la inspiración, la maternidad y el instante presente. Una reflexión poética sobre sentir más allá de las palabras.

 
"Hay amores que no se piensan... se respiran; y al respirarlos, el mundo deja de hacer ruido."


Prólogo

Hay momentos en la vida que no se anuncian, que no piden permiso ni hacen ruido al llegar. Se instalan despacio, como la luz que se filtra entre las persianas al amanecer, y cuando uno quiere nombrarlos, ya lo han transformado todo.

Este texto nace en uno de esos lugares: donde el lenguaje empieza a quedarse corto. Donde lo vivido deja de ser relato para convertirse en presencia. No es una historia en el sentido tradicional, sino una experiencia detenida, un latido extendido en palabras que intentan —sin lograrlo del todo— capturar lo inefable.

Aquí no hay búsqueda: hay hallazgo. No hay urgencia: hay permanencia.

Y tal vez, mientras lo leas, algo en ti también recuerde lo que significa sentir sin traducir.


Habitación 317.


La luz entra en silencio, como si supiera que aquí dentro todo es sagrado.

Huele a piel nueva, a leche tibia, a ese perfume que tienen los comienzos
cuando aún no saben que lo son todo.

Antes, cualquier palabra me rozaba como un aliento tibio en la nuca, como el roce invisible de un deseo que despierta la piel... y yo me agitaba.

Me encendía por dentro, lenta y luminosa, como una brasa que no necesita fuego para incendiarlo todo.

Me comía el mundo con la mirada: lo desnudaba, lo bebía, lo hacía mío sin tocarlo.

Porque me bastaban los ojos —esa hambre sembrada en el alma— para recorrerlo entero:
la curva insinuada de una idea, el temblor de una palabra a punto de nacer,
el destello fugaz de una sombra sobre la piel del día,
un gesto mínimo que se demoraba apenas un segundo más de lo necesario,
una respiración contenida que prometía derramarse,
un pecho agitado latiendo cerca... demasiado cerca.

Y entonces todo se volvía tacto.

Todo era piel, incluso lo invisible.

Cada instante tenía sabor:
a sal, a fruta madura, a vértigo.

Cada imagen dejaba un rastro húmedo en la memoria,
como si el mundo entero transpirara sentido bajo mi mirada.

Yo no observaba: poseía.

No nombraba: devoraba.

Y en ese exceso —en ese temblor constante entre lo que es y lo que quema por ser—
ya estaba escribiendo el universo,
con el pulso acelerado,
con el cuerpo abierto,
con la vida desbordándoseme entre los dedos.

Ahora no.

Ahora el mundo cabe en un suspiro, en la curva diminuta de un cuerpo que respira cerca del mío.

Y yo... Yo me he quedado sin afuera.

No es ausencia. Es desbordamiento.

Como si algo me hubiera tomado por dentro y me susurrara: "calla... esto no se escribe, esto se encarna."

La inspiración ya no vuela: late.

No llega desde lejos; Me habita.

Pero es tan intensa, tan total, que no encuentra grietas por donde salir convertida en palabras.

Es un calor constante en el pecho, una humedad en los ojos, una vibración suave en las manos que ya no buscan escribir, sino sostener.

La miro, y todo lo demás pierde premura.

El tiempo se vuelve líquido: se derrama lento sobre las sábanas, se enreda en su respiración, se queda suspendido en ese instante exacto en el que su pecho sube... y baja.

Ya no hay vértigo: hay raíz.

Ya no hay incendio: hay latido.

Sonrío: un gesto sutil. Un guiño a mí misma, a mi "yo en pausa".

Mi manera de decirme: no has perdido la inspiración... ¡has entrado en ella!

He cruzado al otro lado de las palabras, a ese territorio donde el lenguaje se rinde
y solo queda sentir.

Quizá algún día todo esto se desborde hacia fuera, y las letras regresen como agua que encuentra su cauce.

Pero ahora... ahora soy receptor.

Ahora soy latido.

Ahora soy esta habitación
que no escribe,
porque está siendo escrita
por algo infinitamente más grande que ella.



Epílogo

Quizá escribir siempre fue esto: una forma de rozar lo que no se puede contener.

Pero hay instantes —raros, plenos, irrepetibles— en los que la vida deja de necesitar traducción. Instantes en los que no somos narradores, sino territorio. No somos voz, sino eco.

Este texto no termina: se aquieta.

Queda suspendido en ese lugar donde el tiempo no empuja y el sentido no se explica, solo se respira.

Y si algo permanece después de estas palabras, que no sea una idea, ni una imagen, sino una sensación leve, casi imperceptible:

la de haber estado, por un momento,
exactamente donde todo sucede.


"Y tal vez la verdadera inspiración no sea decir la vida...
sino permitir que la vida, en su forma más pura, te deje sin palabras."


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

domingo, 21 de diciembre de 2025

"La habitación sin latido", relato literario que reflexiona sobre aceptar la pérdida, la fragilidad humana y el silencio que queda tras la muerte.

"La muerte no arrebata: reclama lo que le pertenece".

PRÓLOGO

Amar es aprender a convivir con la fragilidad. Desde el primer instante, la vida se nos ofrece como un préstamo breve e incierto, y aun así la habitamos con la ilusión de lo permanente. Crecemos creyendo que el amor protege, que el vínculo salva, que la cercanía puede detener lo inevitable. Pero amar no nos concede poder sobre el tiempo; apenas nos vuelve conscientes de su paso.

La vida, la muerte y el amor no son acontecimientos extraordinarios: son hechos profundamente humanos. Llegan sin pedir permiso, se instalan, transforman y continúan su curso. No obedecen a la voluntad ni al deseo, ni siquiera a la fe más fervorosa. Suceden. Y en su suceder nos despojan de certezas, obligándonos a mirar de frente aquello que no se puede controlar.

Este relato no pretende explicar la muerte ni suavizar el dolor. Se detiene en un instante suspendido: aquel en que el amor comprende que no puede retener. En el umbral donde la vida se apaga y quienes permanecen aceptan que partir y quedarse forman parte del mismo acto de amar.


CUENTO

La habitación permanecía en penumbras: sobria, solemne, detenida en un silencio tan espeso que parecía haber expulsado hasta el aliento. No se escuchaba la respiración de ninguna de las dos. En las paredes, un Cristo clavado, imágenes de la Virgen, rosarios colgando como cuentas inmóviles. No era un templo. Era su aposento. Su última estancia. El lugar donde se había invocado, una y otra vez, el poder de Dios y la intercesión de su Santísima Madre para que le concedieran un tiempo extra de vida.

Un tiempo breve, quizá mínimo, pero suficiente. No para hazañas ni milagros imposibles, sino para decir lo que nunca se dijo por darlo por sabido. Para abrazarse sin la urgencia que siempre empuja hacia otro lugar. Para detenerse, al fin, y reír por las cosas simples que pasaron inadvertidas por miedo a perderlas. Un tiempo más para vivir lo que sí merecía ser vivido… y que dejaron pasar.

En el aire flotaba aún el perfume de sus cabellos, ese aroma familiar que había acompañado los días de luz. Ahora se mezclaba con otra fragancia más grave: un olor a lirios, a flores de cementerio, que parecía haberse instalado en su piel. Blanca. Inmóvil. Fría como el mármol pulido de la lápida que algún día llevaría su nombre.

La mujer que velaba permanecía sentada junto a la cama. En su mente, el murmullo de las oraciones era incesante. Se sucedían como una letanía gastada que, a fuerza de repetirse, iba perdiendo sentido. Y con las palabras, también se deshilachaba la esperanza que las sostenía.

Contemplaba aquel cuerpo pálido tendido sobre las sábanas blancas, como si ya no perteneciera del todo a este mundo. El cuerpo conservaba apenas el eco de una presencia, pero el alma —esa que había conocido desde siempre— parecía haber emprendido otro camino.

El rostro boquiabierto. La mirada extraviada hacia el techo alto. Aunque la mujer sabía —lo sentía— que no miraba allí, sino más allá: hacia un punto sin coordenadas, donde los límites del tiempo se disuelven.

No dejaba de observarla. En la penumbra, la figura parecía una muñeca sin cuerda, expuesta, aguardando que alguien la tomara entre los brazos. Se preguntaba en qué momento habían cesado las ganas de andar… y con ellas, las de respirar. El cuerpo no luchaba: se entregaba. Como una flor marchitada antes del alba, privada incluso del deseo de sobrevivir.

La sábana de algodón que la cubría guardaba, como un tesoro mínimo, la última calidez de su piel. La mujer lo sabía sin tocarla. Aquel calor había sido suyo primero: lo había sostenido, lo había acunado, lo había protegido del frío del mundo. Ahora apenas quedaba un rastro, una tibieza que se extinguía lentamente.

La mente de la enferma estaba deshabitada. La memoria, arrancada a pedazos por las garras afiladas de aquello que había ido ocupando su cabeza. Un huésped no invitado, cruel, que se instaló sin permiso. Como una bestia ingrata y despiadada, lo devoró todo sin compasión. El pasado, a mordiscos lentos. El presente, de un solo bocado. ¿Y el futuro? A ese lo miró con desprecio… no le dejó nada.

En ese horizonte terrestre ya nada la aguardaba. Solo la muerte, deseada no como castigo, sino como regreso. Como volver a la cuna, al origen. Como un silencio dulce que, por fin, le abriera los brazos para descansar.

La mujer que la velaba no se atrevió a preguntarle cómo se sentía. No creyó que quedara aliento suficiente para tejer una palabra. Y si acaso respondía, ¿serían humanos sus sonidos? ¿Podría entenderlos desde este lado del umbral?

No intentó animarla. ¿Para qué? Toda palabra era ruido. Toda esperanza, un hilo cortado. La contemplaba como se contempla una imagen sagrada en un altar: con el alma arrodillada, los ojos desbordados, el corazón trémulo, implorando un milagro que, en lo más hondo, sabía que no vendría.

Nada se escuchaba en aquel recinto. Sin embargo, podría decirse que las lágrimas que brotaban de sus ojos y caían sobre su falda tenían sonido. Sonaban a plegarias perdidas. A súplicas sin destinatario.

Porque la muerte no entra ni golpea la puerta. Se desliza por debajo. Y cuando llega, ya ha estado antes. Ronda. Se posa. Envuelve. Habita. Como un suspiro sin dueño, entra por la boca y se instala, formando un umbral entre dos respiros.

Allí estaba ella, con las manos atadas por la impotencia, con la voz disuelta en la humedad de la pena. Comprendiendo, sin necesidad de palabras, que aquella —a la que le había dado la vida— ahora se la llevaba consigo. No por crueldad, sino por destino. Porque hay lazos que ni siquiera la muerte corta sin llevárselos.

Nada de lo suyo podía retenerla. Ni el amor. Ni las lágrimas. Ni las oraciones silenciosas repetidas en el altar secreto del pecho.

Entonces lo supo, como se saben las verdades últimas: que hay presencias que se van antes de partir. Y que existen despedidas que solo se entienden con el alma de rodillas.

No dijo nada.
No tocó su mano.
Solo la vio partir,
como se mira un barco que se aleja entre la niebla:
sin saber si volverá,
sin saber si alguna vez estuvo.


EPÍLOGO

Aceptar no es olvidar ni resignarse. Es reconocer que la vida no nos pertenece del todo, que los cuerpos son tránsito y los vínculos dejan huellas aun cuando la presencia se apaga.

La muerte no niega el amor: lo revela en su forma más desnuda, cuando ya no puede proteger ni sostener. Cuando amar consiste únicamente en dejar ir sin romper el hilo invisible que une lo que fue con lo que permanece.

Tal vez ese sea el aprendizaje final: comprender que la vida y la muerte no se oponen, que ambas se necesitan para cumplirse. Y que aceptar no es vencer el dolor, sino aprender a habitarlo en silencio, sabiendo que todo lo que respira, algún día, también aprende a callar.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

jueves, 11 de diciembre de 2025

"La mano que cruje el silencio": Relato literario intenso y conmovedor sobre el amor llevado al límite, la violencia silenciosa, la culpa y la protección de la infancia. Una historia oscura donde el silencio final es la única paz posible.

 

"El amor, incluso roto, puede salvar a quien queda."              

Ana Margarita Pérez Martín


Prólogo

La paciencia tiene un límite, y la bondad también puede agotarse.
Un padre que ama hasta la locura puede actuar sin pensar, arrastrado por un impulso que no distingue entre justicia y venganza.
El deseo de proteger a quienes amamos nos hace torpes, feroces, humanos en su estado más primitivo.
Y, aun así, lo único que importa al final es que quienes dependen de nosotros encuentren un instante de paz, aunque nosotros no tengamos refugio posible.


Habían sido meses duros.
Pero ese día fue una borrasca que se llevó vida y alegrías. Se oían los gritos de ella, por el dolor, por el temor de perder a su criatura; estaba atorada en su vientre: era ella o la niña.

Desde su muerte —¿o debería decir desde el nacimiento de la niña?— la casa se quedó sin alma.
Los días eran largos, torcidos, como el eco del llanto que ella dejó al partir.

El hombre y la vieja se toleraban por necesidad: él, porque no sabía criar a una niña recién nacida; ella, porque no podía soltar lo poco que le quedaba de su hija.
La muerte le había envenenado el corazón, y en cada gesto hacia la criatura se filtraba el rencor.

—Te la llevaste —susurró la vieja, con un hilo de voz—. Naciste robándome lo que era mío.

La niña no dijo nada. Solo bajó la cabeza, apretando sus manos.

Creció encorvada, como si la tierra la llamara antes de tiempo. Su espalda era un arco de ternura y resignación. No lloraba. No pedía. Solo observaba el mundo desde abajo, como pidiendo disculpas por existir.

El hombre la miraba en silencio, con una tristeza que lo carcomía. A veces pensaba que el dolor se heredaba, que la casa entera se había encorvado con la niña.
Pero callaba. Siempre callaba…
hasta que una tarde la enfrentó.

La vieja estaba en la cocina, removiendo un guiso agrio, con los dedos manchados de ajo y tristeza.

—Suegra —dijo él, con la voz áspera, como si le doliera pronunciar esa palabra—. Te pido que la dejes en paz. Es una niña… no merece tu crueldad.

Ella levantó la mirada, con el ceño arrugado como una tela vieja, y soltó un bufido.

—¿Crueldad? —respondió—. No conoces el peso de criar en la desgracia. Si supieras lo que me ha dolido verla así, torcida, marcada… como si la vida se burlara de mí a través de ella.

—No te burla —replicó él, apretando los puños—. La vida no se burla. Solo pide que la amemos así, como vino, sin enderezarla a golpes.

Ella calló un instante, mirando el humo que subía del puchero, como si allí buscara una respuesta.
Luego dijo, con la voz quebrada:

—Lo intentaré… de veras lo intentaré. Perdóname si mis tormentos se derraman en ustedes. Pero no sé ser de otra manera.

Él la miró, sabiendo que mentía sin querer. Que su promesa no era más que un eco débil antes del grito.
Y, aun así, la besó en la frente, con una ternura resignada.


Aquella noche, los gritos volvieron.

—Maldita la hora en que la trajiste al mundo. ¡Una joroba en la sangre! —vociferaba, para que el hombre la escuchara dondequiera que estuviese.

La niña se acurrucó en el rincón, tapándose los oídos con las manos pequeñas, como si así pudiera aplastar el sonido que la hería.

El hombre, desde el otro cuarto, sintió que algo se rompía dentro de él.
Hacía tiempo que el cansancio le roía el alma, como un animal invisible. Había soportado más de lo que entendía, hasta que la rabia se volvió tristeza, y la tristeza, un nudo que ya no podía desatar.

Entró en la estancia, temblando.

La vieja gritaba, y cada palabra parecía una piedra lanzada al corazón de la niña.
Él la apartó con un gesto. Sin decir nada.
Corrió hacia la pequeña.

Ella estaba hecha un ovillo, temblor puro.

—Shhh... ven, mi amor —susurró él, levantándola del suelo—. No escuches más, ¿sí? Solo escucha esto.

La apretó contra su pecho.
El calor de su cuerpo envolvió el miedo de la niña.
Ella hundió la cara en su camisa y, entre sollozos, comenzó a acompasarse con su respiración.

—¿La abuela me odia? —preguntó, con voz apenas audible.

—No, mi vida —mintió él, acariciándole el cabello—. Solo se olvidó de cómo se quiere. Pero tú no olvides… escucha, ¿oyes? —la apretó un poco más contra sí—. Esto que suena aquí... pum... pum... pum... Es mi corazón. Late por ti.

El grito de la vieja se apagó a lo lejos.
Solo quedó el ruido de los latidos y un silencio que comenzaba a transformarse.

Minutos más tarde, los gritos volvieron a retumbar en los muros.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Algo dentro de él se partía.
Dejó a la niña en su rincón… y ya no pudo detenerse.
No fue decisión ni pensamiento: fue impulso.

La vieja lo vio venir, con los ojos llenos de odios clavados en los suyos, y aun así seguía vociferando, sostenida en su rencor inútil.

La tomó por la garganta, la levantó con una fuerza que no reconoció como suya.
Su mano se cerró sobre el cuello huesudo de la vieja.
La alzó y empujó contra la pared. Se oía el manoteo y pataleo, la desesperación de quien siente que el aire se va.

De su boca salían sonidos como de animal que regurgita, ni una sola palabra por la falta de aliento.

El hombre podía sentir en su mano el crujir de los huesos, y ver cómo el rostro de ella se tornaba de blanco a azul.
Los ojos desorbitados se le pintaban de rojo asfixia, así como los de él de un blanco odio.

Hundieron sus miradas en el infierno,
hasta perderlas en él.

La soltó cuando en ella no quedó signo de vida.
Cayó al piso como un costal vacío.

Nunca entendió la vieja que la niña inclinaba su cuerpecito hacia la tierra porque su corazón era gigante, rebosante de amor, humildad y dulzura; un peso mayor —como toda bendición— que el cielo a ella asignó.
Dios no se equivoca: la infanta era perfecta.

Ya no abusaría más de la inocente criatura.
No volvería a sufrir maltratos ni desprecio… mira que vejarla una y otra vez por “jorobada”.

El hombre miró el cuerpo inmóvil, sin culpa ni descanso, y ahí lo dejó.

Todo sucedió en un segundo —así le pareció—, y el silencio regresó.
No era un silencio limpio, sino espeso, cargado de sombra.

No recordó cómo ni cuándo su mano se cerró sobre el cuello de la vieja. Solo la sensación del temblor, la respiración cortada, la certeza de que ese momento llevaba años esperándolo.
No fue rabia: fue hartazgo. Fue cansancio. Fue el ruido del silencio rompiéndose.

Cuando el cuerpo cayó, lo invadió una calma densa, como si el mundo se hubiese detenido.
La miró sin odio ni alivio, con una tristeza sin forma.

La vieja ya no gritaba.
El aire era quieto, y la niña —desde el rincón— lo observaba con esos ojos enormes, de un verde fundido en agua y piedra, como los de su madre, que no sabían juzgar, solo entender que, por fin, el ruido había cesado.

Él se arrodilló frente a ella, temblando. Quiso decir algo, pero no halló palabras. La acarició apenas, temiendo mancharla con lo que había hecho.
Luego se levantó y salió.

No corrió. No miró atrás. Caminó hasta perderse en el polvo del camino, con la espalda recta y el alma torcida, con el corazón vacío y la conciencia muda.
No pensaba en castigos ni en redención.
Solo en que, por primera vez, la casa había quedado en silencio.

Esa noche, los vecinos dijeron haber visto una luz tenue arder hasta tarde en la ventana.
Nadie supo quién la encendió.
Quizás fue la niña, velando a su abuela.
O quizás fue el alma del hombre, que volvió en forma de sombra para no dejar a la chiquilla sola.

Desde entonces, en esa casa, nunca más se escucharon gritos.
Solo un silencio calmo, como si por fin alguien hubiera dormido en paz.


Epílogo

La culpa pesa de maneras que la justicia no alcanza a medir; todos los que permanecen, cargan las sombras de ese instante.
Y la verdad, como siempre, se confunde entre lo que sentimos y lo que realmente ocurrió.

A veces, los actos más extremos revelan más sobre quiénes somos que sobre cómo son los demás.


Epígrafe final

"Hay días que se pierden, y otros que nunca terminan."

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 21 de noviembre de 2025

"El Poder de la Palabra y del Silencio": Descubre cómo la palabra y el silencio moldean nuestra vida. Reflexiones sobre comunicación consciente y el poder de elegir cuándo hablar o callar.

 

Prólogo

Hay reflexiones que llegan como un susurro y otras como un golpe suave en el alma. Este texto nace de ambas: del susurro de la sabiduría y del golpe que deja en el corazón la certeza de que, muchas veces, lo que callamos o lo que decimos sin medir puede cambiar el rumbo de una vida. Aquí habitan palabras que buscan comprender el delicado equilibrio entre hablar y guardar silencio, ese territorio donde se revelan los verdaderos gestos del espíritu humano.

“Dos cosas arruinan la sabiduría: guardar silencio cuando debes hablar y hablar cuando debes guardar silencio.”

Así comienza la vieja reflexión persa que escuché una tarde en la que el viento parecía cargar secretos entre sus soplos. Desde entonces, cada vez que la recuerdo, algo se mueve dentro de mí, como si una vieja puerta oculta en mi pecho se entreabriera.

Porque la palabra y el silencio son fuerzas que no vemos, pero que arrastran destinos enteros. Podríamos pensar que son simples elecciones —decir o callar—, pero en realidad son umbrales: se cruzan, y al otro lado ya nada vuelve a ser como antes.

He vivido, en carne propia, cómo una palabra retenida demasiado tiempo se nos pudre en la garganta. No muere: se transforma. Se vuelve un nudo, un peso sutil pero constante, como un suspiro que jamás encuentra salida. Una palabra que debía ser dicha —perdón, te quiero, detente, basta, estoy contigo o no— puede cambiar el color del alma. Cuando se calla, nos ubica en el ojo del huracán; nos creemos a salvo, pero ¿por cuánto tiempo… hasta que la tormenta se desate y nos arrastre con ella?

También he escuchado que en Arabia dicen: “La palabra es como el pájaro: una vez libre, nadie puede atraparla”. Pero ¿Qué ocurre cuando nunca la dejamos volar? ¿Qué paisaje interno se marchita cuando la palabra necesaria no se atreve a saltar? A veces basta una frase, incluso una palabra sola, para salvar a alguien, evitar una herida o iluminar un camino oscuro. Pero el miedo —ese heredero silencioso de nuestras experiencias pasadas— nos convence de que es mejor callar, que quizá mañana habrá oportunidad, o mejor ¡nunca! Y si llega un mañana… sí, puede que llegue, pero ya no encontrará el mismo corazón.

Y sí, también he vivido lo contrario: palabras que estallan antes de tiempo, como flechas lanzadas sin mirar. “La lengua no tiene huesos, pero es capaz de romper corazones”, dice un proverbio turco. Y cuánta razón. Una palabra dicha a destiempo, desde el orgullo, desde la rabia o desde esa impaciencia que confunde sinceridad con brusquedad, puede abrir heridas más hondas que cualquier silencio.

Porque hay silencios protectores, humildes, necesarios. Silencios que son un abrazo antes del abrazo, una pausa que permite que el alma del otro se aquiete. Pero también hay palabras que, en vez de ser puentes, son martillos. Y un martillo no sabe distinguir entre una puerta y un corazón.

Cuando miro hacia atrás, descubro que mi historia es un manto tejido de palabras pronunciadas y de palabras perdidas. De silencios que sostuvieron algo frágil y de silencios que lo derrumbaron todo. Y duele, a veces, tener conciencia de que fueron decisiones pequeñas —una frase, un gesto, una pausa— las que guiaron mis pasos más grandes.

Y, a pesar de ello, qué hermoso es comprender que ambas fuerzas, palabra y silencio, nacen del mismo lugar: la intención. Cuando la intención es honesta, incluso el silencio habla; cuando es turbia, incluso la palabra miente.

Me conmueve la sabiduría de los ancianos que, en algún tiempo, era considerada y respetada por la enseñanza que transmitían. Dicen que ellos dicen: “Antes de hablar, deja que tus palabras pasen por tres puertas: ¿es verdad?, ¿es necesario?, ¿es amable?”. Y si no pueden cruzarlas, mejor que reposen en la boca cerrada, donde al menos no harán daño.

He aprendido —a veces tarde y a alto costo— que la sabiduría no consiste en hablar mucho ni en callar siempre, sino en reconocer desde dónde nace cada impulso. La palabra es un fuego: puede iluminar un camino o quemar un puente. El silencio es un río: puede calmar la sed o arrastrar todo lo que encuentra.

Lo difícil, lo humano, es elegir bien. Escuchar esa vibración adentro que nos avisa cuando una verdad quiere salir o cuando el corazón necesita paz. Saber cuándo una confesión salvará algo y cuándo una pausa evitará una herida.

Y, sobre todo, he de recordar que —tanto la palabra como el silencio— tienen un precio: uno es la valentía; el otro, la paciencia.

Siempre me pregunto cuántas vidas habrían sido distintas si alguien hubiese dicho lo que sentía a tiempo. O si alguien hubiese guardado la palabra que rompió lo que aún podía salvarse. Y es entonces cuando la reflexión persa vuelve a mí como un eco que no perece:

Dos cosas arruinan la sabiduría…
Y quizá también dos cosas la construyen:
hablar cuando el alma nos lo pide con verdad
y callar cuando el amor nos pide ser refugio.

Entre palabra y silencio, al final, se escribe todo sobre quiénes somos. Y sí, lo confieso: no he sido nada sabia en la vida, he guardado silencio cuando he debido hablar y he hablado cuando he debido callar, pero ahí voy —entre llantos y alegrías, aciertos y errores— ¡aprendiendo!

Epílogo
Cuando las páginas interiores se han aquietado, solo queda el eco de lo aprendido: que la palabra tiene un filo que puede abrir luz o herida, y que el silencio, lejos de ser vacío, es un espejo donde el alma se reconoce. Quizá nunca lleguemos a dominar por completo el arte de elegir entre uno u otro, pero cada intento nos acerca un poco más a la sabiduría de escuchar, sentir y actuar con el corazón despierto.

Al final, somos la suma de nuestras palabras y de aquellos silencios que supieron —o no supieron— sostenernos.



viernes, 7 de marzo de 2025

"RAÍCES DE UN AMOR CALLADO": Relato íntimo y poético sobre el deseo callado, la contemplación y un amor vivido en silencio bajo la sombra de un flamboyán.


“Un secreto guardado bajo la sombra de un flamboyán.”


Prólogo

Hay amores que no comienzan con una palabra, sino con una sombra.
Con un lugar que se vuelve cómplice.
Con un árbol que guarda lo que el corazón no se atreve a pronunciar.

A veces no es la persona lo que nos llama primero, sino el espacio donde aprendemos a sentirla. El escenario se vuelve santuario, y cada regreso es un ritual secreto. Nadie sospecha lo que late en ese rincón del mundo, pero para quien ama en silencio, cada hoja, cada brisa, cada latido tiene nombre.

Esta es la historia de un amor que no pidió permiso.
Que no necesitó confesión.
Que creció hacia dentro, como raíz obstinada buscando profundidad.

Porque hay sentimientos que no se gritan: se cultivan.


El parque no era paisaje, era antesala. Yo avanzaba como quien cumple una cita secreta. El aire húmedo se me pegaba a la piel; las aves alzaban vuelo a mi paso, y todo en el entorno parecía abrirse para dejarme llegar hasta él.

El Flamboyán me esperaba. Orgulloso, erguido, cubierto aún de flores desafiantes. Nadie más lo miraba como yo; nadie lo reclamaba. Pero yo lo hacía mío en silencio.

Me tendía bajo su sombra, entregada, con el sudor resbalando lento por mi piel. El roce de la brisa —como amante invisible— me secaba con la paciencia de quien sabe que la espera es parte del juego. Cerraba los ojos, hundía mi cabeza entre los brazos, descansaba mis piernas en su tronco dócil, y me dejaba poseer por la calma.

Entonces lo incitaba, traviesa, con una orden que nacía, entre risa y deseo, al ritmo de mis pies:

—¡Baila!

Y bailaba.

Las mariposas estallaban en vuelo desde sus flores, como si la naturaleza misma me obedeciera. Una explosión breve, multicolor, que me erizaba la piel. Era solo para mí; nadie más lo contemplaba. Ese secreto me pertenecía, como me pertenecía él en mis pensamientos.

Un suspiro profundo me atravesaba. No necesitaba tocarlo para sentirlo. Me bastaba recordar sus letras, perfectas, para dejarme herida de admiración. Y, sobre todo, me bastaba su voz. Esa voz que no decía palabras: me recorría como un roce bajo la piel, como una vibración que me estremecía por dentro.

Huía de él siempre que podía, porque temía que descubriera lo evidente: mi corazón desbocado, latiendo como si su sola presencia pudiera desnudarme.

Así lo vivía: deseándolo en silencio. Saboreándolo de lejos. Bebiendo cada mirada, cada gesto suyo, como si fueran gotas de un elíxir mágico que me mataba y resucitaba a un mismo tiempo.

Con solo verlo respirar, yo me elevaba. Con solo sentirlo cerca, yo descendía.

Me descubrí dueña del universo, amándolo en silencio;
como una flor abierta a la luz,
con las raíces firmes de un amor callado.


Epílogo

Con el tiempo comprendí que aquel árbol no era testigo de mi amor, sino espejo. Bajo su sombra no solo lo pensaba a él: me encontraba a mí. Descubrí la intensidad de mi deseo, la ternura de mi espera, la valentía de sentir sin garantías.

Nada fue en vano. Aunque él nunca supo lo que habitaba en mi pecho, yo sí lo supe. Y eso bastó.

El amor callado no es menos amor.
Es una forma más honda de vivirlo.

No todos los sentimientos están destinados a compartirse. Algunos vienen a revelarnos la fuerza con la que somos capaces de latir.

Y si alguna vez vuelvo a sentarme bajo un flamboyán en flor, ya no será para esconder lo que siento, sino para agradecerlo.

Porque amar en silencio también es una manera de florecer.


“Él nunca lo supo y, sin embargo, todo en mí hablaba de él.”

sábado, 1 de marzo de 2025

"Tengo ganas de ti": Un texto íntimo y poético sobre el amor no dicho, el deseo silencioso y la emoción que se vive sin explicación. Para quienes han amado sin poder nombrarlo.

 

“Un texto para quienes han amado sin poder nombrarlo.”


Prólogo

Antes de nombrarlo, el amor ya ha pasado por nosotros.
Se instala en los silencios, en lo que no decimos, en lo que apenas nos atrevemos a pensar.
Este texto no busca definirlo, sino escucharlo.
Es una voz baja, casi un susurro, para quienes han sentido sin saber cómo llamarlo.


Hace tiempo que te pienso.
Has ocupado mis horas y mis silencios. Me has robado el presente.

Cuando apareces, todo se suspende: creas un tiempo que no figura en los relojes, una mezcla de un ayer que aún respira y de un mañana que apenas se sueña.
Un tiempo fuera del tiempo. Inexistente. Intangible. Irreal.

No me hablas, pero te escucho.
No me tocas, y aun así te siento.
Todo de ti me estremece… solo con pensarte.

Me siento ante el ordenador y dejo reposar los dedos sobre el teclado.
De fondo suena una canción que murmura “... hoy tengo ganas de ti…” —dice una voz que no es mía y, sin embargo, siento que me la arranca del pecho.

Mis manos permanecen quietas, como si el teclado temiera repetir lo que el mundo ya sabe: que el amor duele, que el amor salva, que el amor se disfraza de eternidad para morir cada noche.
Y aun, con ese temor, sigue esperando el roce de mis manos, como mi piel espera el de las tuyas.

Las palabras que quería escribir ya flotaban en el aire, como pájaros cansados que necesitan posarse en el papel y escribir las notas que toca un piano enamorado.

¿Pretendía, acaso, escribir sobre el amor?
Todo está dicho.
Cada palabra que intente escribir tiene siglos de haberse pronunciado.
Nada nuevo que decir.

Quisiera que las emociones que me desbordan se transformaran en trazos sobre el papel, como un código secreto que solo yo conozca, que solo yo puedo descifrar. Pero no sucede.
¡Qué pretensión la mía!

Cierro los ojos, sonrío.
Esa sonrisa que solo aparece cuando imagino tu boca cerca de la mía, tus palabras que me acarician y tu voz arrullándome.

Se fue la inspiración, llegó la lucidez.
Y comprendí: ese es el misterio del amor.
Añejo como el tiempo, pero nuevo cada vez que vibra en alguien, cada vez que roza una piel.

¿Qué más podría decir del amor?
O debo reformular la pregunta, no para expresar algo que el mundo no ignore, sino para que se escuche desde mi propia voz, entre la multitud de voces de un coro eterno.

¿Alguna vez te sorprendió la lluvia —en un día soleado— mientras estabas dentro del mar?
¡Pues eso!
Así siento yo el amor: algo que no buscas, que no esperas. Llega de sorpresa, convirtiendo lo ordinario en algo extraordinario. En algo exclusivo.

Las gotas dulces caen sobre el agua salada. Estallan al tocarla. Se funden al penetrarla.
Agua con agua.
Contraste de temperatura.
Fuerza con resistencia.
Fusión.

¿Qué sientes entonces?
Tal vez miedo.
El impulso de huir.
Pero te quedas un instante más —te dices—, y te anclas en él anhelando que se haga eterno.

Flotas, temiendo hundirte, y al mismo tiempo deseando sumergirte.
La orilla está ahí, segura, cercana, pero algo dentro de ti se deja arrastrar por la corriente.
Te dejas llevar, atraído por una energía que no se nombra, pero se siente.
Una aventura en busca de un tesoro, ¿tal vez?

Y entiendes que no hay salvación posible: el amor también es eso.
Una entrega temerosa y luminosa, una corriente que te arrastra y te sostiene, que te impulsa y te contiene.

Es indescriptible: esa mezcla de temor y entrega, de exaltación y calma…
Eso puede que sea el amor.
Una energía que cambia de rostro, un campo cuántico donde todos los latidos se reconocen, donde ninguna historia es nueva, pero todas son únicas cuando alguien se atreve a sentirla.

Quizás el amor no se define.

No se explica ni se escribe.
Se respira. Se intuye. Se calla.
Solo se vive, como la lluvia cayendo sobre el mar.

Y mientras la canción repite su estribillo —tengo ganas de ti, tengo ganas de ti— descubro que también el amor tiene ganas de mí.


Epílogo

Tal vez mañana el amor cambie de forma, de nombre o de ausencia.
Pero hoy dejó su huella: una vibración suave, persistente, imposible de negar.
No pidió ser entendido, solo vivido.
Y eso —quizás— sea suficiente.


“El amor: la misma historia contada con otra voz, en otro tono, sentido en otra piel.”


viernes, 21 de febrero de 2025

"ESOS OJOS...", una reflexión sobre el silencio, la mirada y la conexión íntima entre seres.”



ESOS OJOS…

Ana Margarita Pérez Martin

“Mírate. Tus ojos no reflejan lo que ves: revelan lo que eres.”

Siempre eliges el silencio. Guardas distancia, como si temieras que las palabras, una vez liberadas, no pudieran volver atrás. Aprietas la mandíbula, cierras la boca. No sé si no quieres hablar o si, simplemente, no puedes. Tal vez temes que, al hacerlo, la verdad te desborde y no haya retorno posible.

No eres un misterio, aunque lo aparentes. Eres más bien un pensamiento inconcluso, una emoción suspendida entre lo que callas y lo que anhelas decir. Pero tus ojos… tus ojos son la grieta por donde se cuela tu alma.

Ellos hablan. Cuentan historias sin pronunciar sonido. No lo hacen por lo que han visto, sino por lo que te han hecho sentir y por lo que han hecho sentir en otra piel. En su fondo habita el vaivén de la vida: la alegría y la herida, el desvelo y la calma. En ellos cabe la existencia entera.

El tiempo transcurre, intenta opacar su mirada… pero la pasión los mantiene encendidos. Son faroles que resisten la penumbra, testigos silenciosos del deseo y la memoria. Tus ojos no solo miran: murmuran, estremecen, laten. En su brillo se mezclan los sueños y las huellas del pasado, como si cada destello contuviera una historia diminuta, un secreto que no sabe callar.

Cada parpadeo es una letra. Ellas se juntan, murmuran. Te delatan. Cada mirada es un susurro al tiempo, un desafío a la espera y a la distancia. Tus ojos registran lo que no puede decirse: la emoción, la pérdida, la esperanza. En ellos se desnuda tu “yo” más profundo, ese que rara vez dejas ver.

Y cuando los miro —tus ojos, que de algún modo también son míos—, siento que todo vuelve a comenzar. Que cada amanecer nace ahí, en ese reflejo donde la vida se reinventa una y otra vez.

Porque en tus ojos habita todo lo vivido y lo soñado.
Son la puerta que se abre a cada historia que escribo… y a las que aún esperan ser contadas.
Y al mirarlos, descubro que no me reflejan: me revelan.
Son espejos infinitos donde mi alma se reconoce en la tuya,
y en ese reconocimiento dejo de ser una sola.
Tú eres mi espejo, y yo —al mirarte— soy el reflejo que aprende a existir.

“Hay verdades que solo los ojos saben contar.”


martes, 31 de agosto de 2010

"El silencio que grita": No hay victoria en la partida: exilio, memoria y el silencio de un país herido

“No hay victoria en la partida, ni consuelo en la permanencia.”

Introducción

A veces creo que el silencio tiene un lenguaje propio, uno que solo se aprende cuando el dolor se hace demasiado grande para pronunciarlo. Yo lo escucho en cada esquina vacía, en los rostros que evitan mirarse, en el eco de las voces que ya no pueden hablar. Es un silencio que grita, que ruge desde las entrañas de un país que sangra por dentro.
He visto partir a los míos, y he sentido la ausencia como un golpe seco, como una cuerda que se tensa hasta romperse. No sé si es peor irse o quedarse; ambos caminos duelen igual. En medio del ruido del mundo, intento rescatar ese silencio —mi propio grito ahogado— para que no se pierda entre los escombros de la costumbre y el olvido.

Tanta bulla, tanta palabrería sin virtud, se impone sobre el silencio que grita:

las voces de los amordazados,
el pedido de auxilio de los secuestrados,
el sonido metálico de las cadenas que se arrastran en cada paso,
el gemido de los torturados al crujir sus huesos, al ser desollados;
el llanto de los testigos de la infamia,
las protestas de un pueblo enardecido.

Familias desmembradas por el simple acto de pensar distinto,
por atreverse a soñar,
por no callar.
Querencias aniquiladas, arrancadas de raíz,
robadas u olvidadas en el infame marchar de los días sin justicia.
Un país saqueado, una quiebra moral que no aparece en los balances,
sino en las miradas vacías,
en las casas desiertas,
en las calles que aprendieron a olvidar nombres…
escritos con la sangre de valientes justos e inocentes.

Tanta bulla ha sofocado:
el rugido de los potentes motores que desgarran el aire,
alzando las naves hacia un infinito celeste que nunca responde,
que se oculta tras el incomprensible “libre albedrío”.

Y entonces, la pregunta queda flotando en el aire:
un “me quedo” o un “me voy”, ¿qué diferencia hace?
Porque ya nunca será lo mismo,
no será la misma forma de amar,
ni de reunirnos bajo un mismo techo,
cuando la mesa está incompleta
y cada abrazo lleva la sombra de quien falta.

Tristeza sienten los que se quedan,
y también los que parten con los bolsillos cargados de ausencias.
Se marchan dejando una estela de vacío,
y en los que permanecen queda la herida abierta del despojo.

No hay victoria en la partida,
ni consuelo en la permanencia:
solo fragmentos dispersos de un mismo corazón,
golpeando contra un destino
que no sabe devolver lo perdido.

Epílogo

Aún escucho el silencio. Ya no como un lamento, sino como un testigo. Él me recuerda lo que fuimos, lo que seguimos siendo pese a todo. Me habla de los que partieron con la esperanza doblada en la maleta y de los que se quedaron, sosteniendo la ruina con las manos desnudas.
He aprendido que no hay distancia capaz de exiliar la memoria. Que mientras recuerde, mientras nombre, mientras duela, sigo perteneciendo. El silencio, aunque grite, es mi patria; una patria invisible, hecha de fragmentos, de amor y de duelo.
Camino con él dentro, sabiendo que no hay victoria en la partida ni consuelo en la permanencia… solo la certeza de que recordar es resistir, y que resistir —aunque duela— sigue siendo una forma de amor.

“La memoria es la única patria que no se exilia.”