Dedicatoria: Para los enamorados de lo inalcanzable, que viven la intensidad del querer sin poseer.
“Amar no
siempre es tener. A veces, amar es aprender a dejar ir.”
Prólogo
Este no
es un relato de amor correspondido,
sino de un amor sentido en silencio.
De esos que no buscan quedarse,
sino comprender.
Porque a veces, el amor más profundo
es el que se vive sin tocar,
el que se honra renunciando.
Amor, nunca
leerás esta carta porque nunca te la entregaré.
Y si la lees…
será porque cayó en tus manos
por esas casualidades de la vida.
Aun así,
tampoco sabrás que fue escrita para ti.
Conociendo tu
inteligencia
y tu capacidad de reflexionar,
de alguna manera…
te habrá de dejar enseñanza:
¡como eso de
que la mujer necesita amar en libertad!
No me pediste
que te amara,
pero lo hiciste fácil,
sin esfuerzo…
para que así ocurriera.
Abonaste mi
vida con francas miradas,
dulces sonrisas,
y prudente silencio.
Llenaste mis
oídos
con la música más melodiosa:
¡tu voz!
¡tu risa!
Endulzando mis
días,
acaramelando mi alma.
¡Ah!
¡Qué días de entusiasmo…
y noches de inmenso placer!
Con solo
guardar tu imagen
dentro de mi pecho
y verla crecer.
Pero, a medida
que transcurre el tiempo,
más deseo acercarme a ti.
Necesidad de
tomar tus manos,
perderme en la profundidad de tu mirada,
respirar el aroma de tu piel…
yo la tengo.
¿Qué hago con
todo esto
si sentirlo no puedo?
Quienes conocen
lo que siento
y cómo pienso,
ruegan que deje los estigmas
y me eche a “volar”
en busca de mi felicidad.
No lo hago…
retrocedo.
Doy excusas:
todas son mentiras
queriéndome justificar.
Bien sé que dentro de mí los vientos azotan,
y que la tempestad amenaza
con devastar a esta pobre alma…
¡que
los mandamientos anhelan romper!
Anoche fue dura
la pelea
entre mi conciencia
y los demonios que me acechan.
Pero no puedo…
me rindo.
¿A quién
engaño?
De la alegría
he pasado al llanto;
el amor a Él es superior en fuerzas.
Me apartan de
ti porque mi fe está quebrantada;
porque tu amor es terrenal
y el de Él es celestial;
porque el tuyo me confina a las sombras,
y el de Él me da luz…
y libertad.
Tú eres finito,
me acompañarás solo a ratos.
Él es infinito,
ha estado conmigo desde siempre…
hasta la eternidad.
Cariño mío…
nunca te he tenido,
y ya te di por perdido.
¡amándote
tanto!
Epílogo
Al final,
no todo amor se pierde:
algunos se transforman.
Se quedan en el alma
como una lección suave y eterna.
Porque amar, incluso sin tener,
también es una forma de eternidad
“Amar es
perder, pero perder también es amar.”
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