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viernes, 18 de septiembre de 2026

"La cara de la verdad": Una reflexión sobre los recuerdos, las emociones y las distintas versiones que construimos de un mismo acontecimiento. Una historia familiar con humor y ternura..

 

“A veces, la verdad tiene varias caras.”


Prólogo

Hay momentos pequeños que terminan dejándonos una gran lección. Este nació de un susto doméstico y acabó mostrando algo que ocurre mucho más de lo que imaginamos: cada persona guarda una versión distinta de lo que pasó.


Dicen que con el tiempo uno se vuelve más sabio. Y yo, que soy una alumna renuente, solo he aprendido que:

La vida es efímera.

La vida es lo que sentimos.

La vida hay que vivirla amando,
solo amando.

Y que los recuerdos no son testimonio de algo que ha sucedido, sino la historia que escribe nuestra mente con las manos del corazón. Con su gramática de emoción e intención.

 Por ello, quizá, cuando relatamos una historia que hemos vivido con otras personas, nuestras versiones no coinciden en su totalidad.

Aquella tarde estaba fresca, y después del almuerzo, nos invitó a la pereza. Así que todos decidimos echar una buena siesta: nosotros, en la habitación, y la niña, acurrucada junto a la abuela, en el sofá.

 Al despertar, fuimos directamente al encuentro de ellas.

Pero no había un “ellas”.

Solo la abuela.
La niña no estaba.
Eso fue lo que sucedió.

 “Sin despertarla para no asustarla, empezamos a buscarla con todo afán. Al encontrar la puerta abierta de la terraza, por mi mente pasaron todos los escenarios posibles de una desgracia.

Mientras ella entró en pánico, yo fui a buscarla al exterior, bajo cada piedra, en cada rincón…, y ella seguía gritando su nombre con toda desesperación, sin dar un paso para buscarla. Solo suplicando que apareciera de la nada —versión del padre—.”

“No se despertó a la abuela para que no se angustiara inútilmente. Sabía que la niña estaría por allí metida, cerca, curioseando algo. Era una niña tranquila, acostumbrada a ir de la mano de su abuela o de algún adulto que la guiara y acompañara. No había nada que temer. Empecé a llamarla por su nombre, para que saliera de donde estaba, pidiéndole a Dios que lo hiciera rápido y se acabara la angustia del padre, que daba por hecho lo peor —versión mía—.”

 “Nos despertaron, interrumpiendo nuestra placentera siesta. ¿Cuál era la gritería? ¡Qué manera de despertarnos! Fue una desconsideración. No sé por qué no la buscaron donde la dejaron… ¡Qué poca confianza tuvieron en mí! ¡Vaya tontería! —versión de la abuela—.”

 Y sí, todas las versiones son verdaderas.

Un mismo hecho contado desde miradas diferentes. Cada uno contó cómo vivió, cómo sintió —desde sus emociones— el momento.

 ¿Y la niña? Se preguntarán ustedes.

La niña estaba acurrucada al costado de la abuela, casi incrustada en el sillón.

La abuela apartó su mantilla, develando la presencia de la criatura. Tenía en el rostro una expresión de pícara ternura, como de quien se considera triunfadora en un juego de “escondidas”.

 ¿Y la abuela?

Con cara de enojada por tanto barullo por nada. Sonrío al recordarla.

 Al final, nos miramos las caras y terminamos riéndonos. Porque es imposible que cada quien no relate su vida a su manera: para uno será un drama, para otro una comedia, para aquel una serie de suspenso y, para mí, ya ustedes saben…, una novela romántica.

 Cada uno cuenta la historia como la siente. Y yo, además, como me gusta.


Epílogo

Quizá por eso, cuando creemos recordar, también estamos creando. Y en esa creación caben el miedo, la ternura, la exageración y hasta una buena dosis de humor.


“Tal vez recordar también sea una forma de reescribir la vida.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

jueves, 10 de septiembre de 2026

"La chica de la mirada azul": Una carta, una tableta de chocolate y unos ojos azules despiertan una profunda reflexión sobre el cuidado, la infancia herida, la bondad y el legado que dejamos en los demás.

 

Hay regalos que llegan envueltos en muy poco y terminan ocupando un lugar inmenso.


Prólogo

Hay encuentros que parecen pequeños cuando suceden, pero con el tiempo adquieren otra dimensión. Quizá porque algunas personas aparecen en nuestra vida sin saber cuánto pueden enseñarnos sobre nosotros mismos.

Esta es una historia de esas que nacen de un gesto sencillo y terminan hablando de algo mucho más profundo: de lo que damos, de lo que recibimos y de esas inesperadas formas en que la vida nos devuelve el sentido.


Llegó el día tan ansiado: ¡el día de mis vacaciones!

Les prometí a mis chicas que dormiría las primeras cuarenta y ocho horas. Así lo hice, a pierna suelta. Sin alarmas, sin prisas, sin la mente anticipando planes para el día.

Y hoy, mientras intento poner un poco de orden en mi vida íntima —esa vida que se nos escurre entre el tiempo comprometido y las prisas—, me he encontrado con un papel arrugado en mi bolso: una carta de ella, de la chica de la mirada azul.

"Bueno, Margarita, este detalle —una gran tableta de chocolate— es por tu cumple y por tus vacaciones. Gracias por cuidarme y preocuparte por mí. Eres una gran persona. Te vamos a extrañar, pero mereces esas vacaciones. Y gracias porque, aunque tus días fueron grises, tenías sonrisas y tu buen humor para nosotras".

Mis manos temblaron. Mis ojos se nublaron. Mi corazón no cabía en el pecho de la alegría.

Sí, ¡alegría!

Esas palabras escritas con el corazón —por alguien que es la inocencia encarnada— me confirmaban que mi vida tenía propósito; que, de alguna manera, mis padres estaban cosechando aquello que sembraron en mí; que mis hijos tendrían un motivo para sentirse orgullosos de su madre, porque estaba acumulando la única riqueza que ellos pretenden que les sea legada.

Y ustedes se preguntarán: ¿Qué tiene de particular recibir una muestra de afecto y agradecimiento? ¿Acaso todos no hemos sido receptores de esas demostraciones por parte de alguien?

Y yo les contesto:

Hay niños que nacieron en un mundo de cristal completamente roto.

Niños que tuvieron que aprender a caminar de puntillas, a no tocar, a no hacer ruido, para no herir un alma que ya venía herida.

Niños que aprendieron demasiado pronto que hasta la ternura podía convertirse en una herramienta para manipular, asustar, quebrar; para sembrar miedo y desconfianza en una mente que apenas estaba aprendiendo a descubrir el mundo.

Niños que no maduran dejando que el tiempo les entregue, poco a poco, la infancia que merecieron.

Y yo, desde aquí, humildemente, le contesto a la chica de la mirada azul —no solo por el color de sus ojos, sino porque en ellos todavía se refleja la pureza del cielo—:

"Gracias por tu gracias. Gracias por sentirme como un lugar seguro. Gracias por encontrar en mí luz en las sombras. Gracias por hacerme sentir bien conmigo misma. Gracias por ser como eres. ¡Gracias por existir!"

No soy perfecta, lo sé. ¿Acaso alguien lo es?

También yo he tenido días en los que la sonrisa ha sido un esfuerzo y otros en los que he llegado a casa preguntándome si todo aquello que hago tiene algún sentido.

Quizá por eso aquella carta me conmovió tanto.

Porque a veces creemos que para dejar algo en los demás necesitamos hacer grandes cosas. Y no. A veces basta con estar. Con mirar. Con escuchar. Con cuidar una pequeña parcela de la vida de alguien cuando la nuestra también necesita ser cuidada.

Quizá nunca sepamos qué huella dejan nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra manera de tratar a quienes se cruzan con nosotros.

Tal vez alguien recuerde, muchos años después, una sonrisa que nosotros apenas recordamos haber ofrecido.

Tal vez alguien conserve como refugio una conversación que para nosotros fue solamente un momento cualquiera.

Tal vez, incluso sin saberlo, estemos enseñándole a alguien que todavía existen lugares donde no hace falta defenderse.

Y entonces comprendo que hay riquezas que no caben en una cuenta bancaria, ni en una casa, ni en una herencia.

Hay riquezas que se acumulan en la memoria de otros.

En la confianza que despertamos. En el cariño que dejamos. En las heridas que evitamos. En la luz que somos capaces de encender cuando alguien atraviesa su propia oscuridad.

Quizá eso sea, después de todo, lo que significa dejar un legado.

No que nuestros hijos hereden lo que tuvimos, sino que puedan reconocer en nosotros aquello que merece ser continuado.

La chica de la mirada azul me dejó una tableta de chocolate envuelta en un papel arrugado.

Un pequeño regalo.

Una enorme verdad.

Lo sostengo ahora entre mis manos y vuelvo a leer aquellas palabras.

Afuera, Madrid sigue haciendo ruido.

Yo, por primera vez en mucho tiempo, no tengo prisa.

Doblo despacio el papel y lo guardo.

No sé cuánto tiempo permanecerá allí.

Quizá años.

Quizá hasta que el papel termine por deshacerse.

Pero hay cosas que, una vez que encuentran un lugar dentro de nosotros, ya no necesitan papel para permanecer.

Y pienso en sus ojos.

En ese azul limpio.

En esa niña que la vida no consiguió borrar del todo.

Y sonrío.

Porque algunas veces, sin proponérnoslo, cuidamos una pequeña luz creyendo que somos nosotros quienes la protegemos.

Hasta que un día descubrimos que era ella la que nos estaba iluminando.


Epílogo

Tal vez el verdadero valor de lo que hacemos no pueda medirse mientras lo estamos haciendo. Hay gestos cuyo significado solo aparece cuando alguien, mucho después, nos devuelve una parte de aquello que entregamos sin esperar recompensa.

Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de saber que nuestra presencia no pasó en vano por la vida de otro ser humano.


Hay personas que llegan con las manos pequeñas y terminan enseñándonos el tamaño verdadero de la bondad.


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 21 de agosto de 2026

"La Quinta Paila del Infierno": Una reflexión con humor e ironía sobre la envidia, las malas actitudes y los conflictos laborales, y sobre cómo cada persona termina viviendo las consecuencias de sus propias decisiones.

 
“Hay gente que no soporta la luz, aunque no tenga que mirarla”


Prólogo

Hay comportamientos que no necesitan grandes acontecimientos para revelar quién está detrás de ellos. Basta observar cómo una persona trata a quienes no puede utilizar, cómo reacciona ante el reconocimiento de otro o qué hace cuando el mérito no lleva su nombre.

En los espacios donde compartimos muchas horas, las pequeñas actitudes terminan diciendo más que los discursos. Una palabra malintencionada, una omisión deliberada o una sonrisa que esconde otra cosa pueden alterar poco a poco la convivencia.

Quizás por eso conviene aprender a mirar sin dejarse arrastrar. No todo merece una respuesta y no toda provocación merece nuestra energía.

A veces, comprender ciertas conductas con un poco de humor resulta mucho más saludable que tomárselas demasiado en serio.


Hay lugares de trabajo donde, de pronto, aparece alguien que parece haber recibido una misión secreta: romper lo que otros llevan años construyendo.

No llega necesariamente haciendo ruido. A veces entra con una sonrisa, cumple con lo mínimo indispensable y observa. Mira quién se lleva bien con quién, quién ayuda a quién, dónde están los afectos, dónde está la confianza. Y, cuando lo ha descubierto, empieza a tocar los hilos.

Porque hay personas que no saben construir una mesa, pero saben perfectamente cómo hacer que los que están sentados a ella se levanten.

En todos los equipos hay gente buena, que trabaja, que aporta, que se compromete, que termina sintiendo que la empresa también es un poco suya. Si la empresa está bien, ellos están bien. Si la representan, quieren sentirse bien representados. No porque sean ingenuos, sino porque han entendido algo sencillo: cuando uno pone una parte de sí mismo en lo que hace, le importa aquello que ayuda a construir.

Y después están los otros.

Los que parecen vivir a oscuras.

No sé si porque nunca tuvieron luz o porque, teniéndola, decidieron apagarla. Quizás sea la pereza. Quizás la envidia. Quizás esa extraña incapacidad para alegrarse con el bien ajeno. Lo cierto es que hay personas a las que la luz de los demás les molesta.

Y cuando no pueden brillar, intentan apagar.

Durante los últimos días sentí que el trabajo se había convertido en una especie de nido de víboras. No de esas víboras espectaculares que uno imagina en los cuentos, sino de las pequeñas, silenciosas, que se esconden entre las hojas y esperan el momento exacto para morder.

Había algo incómodo en el ambiente.

No era odio.

Ni siquiera desprecio.

Mucho menos frustración.

Esa sensación que produce encontrarse, una vez más, con personas que parecen empeñadas en convertirse en obstáculo de la vida de los demás.

Y entonces pensé:

¡Estos se van a freír en la quinta paila del infierno!

La quinta paila.

Una expresión de mi tierra que siempre me ha hecho gracia. Porque si existe una quinta paila debe de ser que las cuatro anteriores ya estaban ocupadas. Y uno imagina al diablo con una libreta en la mano, revisando la lista de espera.

—A ver... ¿quién sigue?

—Los que hicieron daño por gusto.

—A la quinta.

—¿Y los que dividieron a los compañeros?

—También.

—¿Y los que disfrutaron apagando la luz ajena?

—Esos tienen reserva.

Por un momento me hizo gracia imaginarlo.

Y quizás por eso dejé de enfadarme.

Porque recordé un viejo chiste sobre el infierno y el cielo.

Unos hombres mueren y les permiten conocer ambos lugares antes de decidir dónde pasarán la eternidad.

Primero los llevan al cielo.

Todo es serenidad. Meditación, oración, descanso, silencio, gente ayudando a los demás. Todo muy hermoso.

Después los llevan al infierno.

Y aquello parece una fiesta interminable: placeres, música, mujeres hermosas, comida, bebida, diversión, todos los vicios que el ser humano ha sabido inventar a lo largo de su historia.

Los hombres se miran.

—Bueno... si esto es para toda la eternidad, creo que ya sabemos dónde queremos quedarnos.

Y escogen el infierno.

San Pedro cierra las puertas del cielo y ellos regresan felices al lugar que habían elegido.

Pero cuando entran, descubren que aquello no era exactamente como se lo habían mostrado.

Las mujeres no eran accesibles.

La comida no era buena.

La diversión tenía letra pequeña.

Y poco a poco empiezan a protestar.

—¡Esto no fue lo que nos enseñaste!

El diablo los mira, tranquilamente, y les responde:

—Una cosa es el turismo y otra cosa es la residencia.

Siempre me ha hecho reír ese final.

Pero estos días me ha hecho pensar.

Porque quizás todos estamos haciendo turismo.

Aquí.

En este mundo.

En este trabajo.

En esta vida.

Todos estamos de paso.

Y quizá por eso no necesito desearle a nadie la quinta paila del infierno.

Ni pedir justicia.

Ni siquiera pedirle a Dios que ponga las cosas en su sitio.

La vida tiene una manera bastante particular de hacerlo.

Cada uno va construyendo, sin darse cuenta, el lugar donde después tendrá que vivir.

Algunos construyen con solidaridad.

Otros con lealtad.

Otros con cariño.

Con empatía.

Con compañerismo.

Y algunos construyen con envidia, pereza, maldad y pequeñas traiciones.

No sé si existe una quinta paila.

Pero, si existe, sospecho que no hace falta que nadie los mande allí.

Quizás cada uno llega con su propio equipaje.

Porque al final, una cosa es el turismo...

¡y otra cosa es la residencia!


Epílogo

Tal vez la verdadera lección no esté en averiguar qué destino espera a quienes actúan de mala fe. Tampoco en esperar que alguna fuerza superior les pase factura.

Hay algo mucho más cercano y, quizá por eso, más incómodo: nuestras decisiones terminan moldeando nuestra propia manera de estar en el mundo.

Quien acostumbra a sembrar desconfianza difícilmente encuentra tranquilidad. Quien convierte la convivencia en una competencia permanente termina rodeado de cautelas. Quien necesita disminuir a los demás para sentirse importante acaba haciendo de esa necesidad una forma de vida.

Y mientras tanto, quienes eligieron otra manera de relacionarse pueden seguir adelante.

Sin discursos.

Sin venganzas.

Sin necesidad de demostrar nada.

Porque quizá la mejor respuesta ante ciertas personas sea conservar intacta la capacidad de reconocer lo bueno, disfrutar de quienes suman y marcharse de aquello que intenta convertir nuestra vida en un lugar más pequeño.

El infierno puede ser una metáfora, una creencia o simplemente una vieja imagen popular.

Pero hay condenas que no necesitan fuego.

Algunas consisten, sencillamente, en tener que convivir todos los días con la persona en la que uno mismo decidió convertirse.


“Al final, cada quien termina viviendo en lo que construyó”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel

viernes, 19 de junio de 2026

"Más allá de las palabras": Una reflexión sobre la importancia de leer con atención, escuchar más allá de las palabras y descubrir las historias humanas que se esconden detrás de cada mensaje.

 


PRÓLOGO

Hay palabras que no fueron escritas solo para ser leídas, sino para encontrarse con alguien. Este texto nace de una idea sencilla: detrás de cada mensaje puede habitar una historia que merece nuestra atención.


“Leer también es escuchar”

Yo escribo, cierto. Pero también leo lo escrito por otros. Leer y escribir son gestos enamorados. Siempre van de la mano. Sin embargo, hay palabras que pasan ante nuestros ojos como hojas arrastradas por el viento.

Las vemos. Reconocemos su forma. Pero no siempre nos detenemos a escuchar el arrastre que llevan consigo. Porque, algunas palabras son más que palabras.

Algunas son ventanas: nos ponen a mirar algo que no habíamos visto antes.

Algunas son puentes: nos comunican.

Otras, son pequeñas lámparas encendidas en medio de la niebla, nos guían

Muchas lecturas son un regalo, nos gratifican.

Sí, leemos por placer, por curiosidad, por conocimiento. Leemos para viajar sin movernos del sitio, para asomarnos a otras vidas y ensanchar la nuestra. Para inspirarnos como si cada letra fuera una nota musical que componen una hermosa melodía.

Pero existen otras lecturas.

Lecturas que no llegan vestidas de entretenimiento.

Lecturas que traen consigo el peso de una preocupación.

La sombra de una angustia.

El quiebre de una soledad.

A veces aparecen discretamente, escondidas entre líneas sencillas que podrían pasar inadvertidas para quienes leamos con prisa, a medias.

Ignorando que detrás de ellas puede haber una persona reuniendo valor para pedir ayuda. Una persona intentando hacerse visible. Una persona esperando que alguien la escuche.

Una persona necesitando de otra… ¡una palabra de aliento para sostenerse un día más!

Y qué extraño resulta que, en un mundo lleno de ruidos, algunas voces sigan golpeando suavemente las puertas del silencio.

Porque hay mensajes que son como una mano extendida en mitad de la oscuridad. Una mano que tal vez no podamos sostener nosotros. Pero que quizá sí podamos acercar a quien esté en condiciones de hacerlo.

Nunca sabremos cuántas historias cambiaron porque alguien se tomó el tiempo de leer con calma, con atención. Ni cuántas oportunidades de ayudar se perdieron porque una llamada silenciosa quedó atrapada entre palabras que no supimos escuchar realmente.

Porque leer no es solamente mirar palabras, es detener el paso, es abrir una puerta. Es ofrecer un rincón de nuestra conciencia para que otro ser humano pueda entrar durante unos segundos. Algo tan simple como eso y, sin embargo, pasamos por encima de las letras atropellando su significado.

A veces basta una mirada atenta, por respeto.

Un instante de comprensión, por solidaridad.

Pequeños gestos que tienen una extraña costumbre: cambiar el rumbo de una historia.

Porque algunas publicaciones se olvidan al instante. Pero otras contienen un latido. Una necesidad. Un ser humano.

Y esas merecen algo más que una mirada apresurada. Merecen ser leídos con los ojos. Y también con el corazón.

“Que nunca nos falte la sensibilidad para reconocer cuándo detrás de unas palabras hay alguien esperando ser visto y sentido”.


EPÍLOGO

Quizá la verdadera lectura comienza cuando dejamos de buscar solamente significados y empezamos a reconocer presencias. Cada palabra escuchada con humanidad puede convertirse en un pequeño puente hacia alguien que necesita ser encontrado.

Publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta @escritosenblancoy negro : @tintasobrepapel

jueves, 9 de abril de 2026

"Decisiones": Entre la duda y la certeza: tomar decisiones en la vida .

 
“Hay decisiones que no nacen de la claridad… sino de ese temor que aprende a sostenerse: la duda”

Prólogo

Existe un borde invisible donde la vida se vuelve susurro. La intuición, la duda, el discernimiento y la decisión no son ideas separadas: son partes de una misma verdad, de un proceso interior vivo que necesita desplegarse para cobrar sentido.

Primero, algo en ti se inclina sin saber por qué. Es la intuición que asoma. Luego, te nublas, te inquietas, te incomodas… la duda entra en escena. Llega como una bruma fría sobre la piel, y deseas arroparte con la manta tibia de la certeza.

Entonces te detienes. La miras, la desarmas, la atraviesas hasta que deja de ser niebla. Eso es el discernimiento.

Y entonces… decides.

Decidir no es ver con los ojos completamente abiertos ni sostener la verdad en las manos; es sentir con todo el cuerpo despierto. Es elegir.

Y al elegir, te conviertes en aquello que elegiste.


Relato

Durante mucho tiempo esperé a que todo fuera claro.

A que las respuestas se ordenaran como hojas quietas sobre una mesa sin viento. A que la certeza descendiera limpia, sin fisuras, sin preguntas.

Pero la vida no me habló así.

Llegó como un murmullo entre los árboles, como una luz filtrándose entre mis párpados cerrados.

Y con ella, la duda.

No era ruido. Era un roce. Una inquietud suave que me recorría el pecho como agua fría. Deshacía mis seguridades, abría grietas donde antes había muros. Y en esas grietas, algo respiraba.

La duda me enseñó a mirar despacio: a observar.
A no creer en todo lo que parecía firme: a reflexionar, a discernir.
A tocar la realidad como quien palpa la arena, sabiendo que cambia con cada soplo del viento, con el vaivén de las olas, con las pisadas que dejan huellas: a comprender.

Pero también me paralizó demasiado tiempo.

Se volvió un pasillo largo, sin puertas. Un murmullo constante. Un cielo nublado que no terminaba de abrirse. Y en esa permanencia, mi cuerpo comenzó a pedirme otra cosa: movimiento.

Entonces apareció la certeza.

No como un trueno, sino como calor en mis manos. Como un peso leve en el vientre. Como un “sí” apenas audible que no apagaba el miedo, pero lo atravesaba.

No lo sabía todo. No lo entendía todo.

Pero algo en mí se aquietó lo suficiente para dar un paso.

Y avancé.

Con la duda rozando mis talones, recordándome que no existen verdades completas.
Con la certeza encendida en el pecho, empujándome a no quedarme inmóvil.

Fue entonces cuando comprendí que:

La duda abre. Ensancha mi mundo, me vuelve humilde ante lo desconocido.
La certeza sostiene. Me da dirección y valentía para avanzar.

Y entre ambas, mi vida dejó de ser espera… para convertirse en experiencia.

Desde entonces, ya no busco dejar de dudar: aprendo a escuchar la duda sin perderme en ella, y a abrazar la certeza sin convertirla en prisión.

Porque entendí que decidir no es disipar la niebla… sino avanzar con una pequeña luz encendida dentro.


Epílogo

La duda es el agua que me mueve; la certeza, la forma que me contiene. Una sin la otra se desborda o se estanca. Juntas crean el cauce por el que mi vida fluye y encuentra sentido.


“No necesito estar completamente segura para dar el paso… solo lo suficientemente viva como para sentir hacia dónde late mi verdad.”


Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta escritoenblancoynegro: @tintasobrepapel

viernes, 4 de abril de 2025

"UNA TAZA DE CAFÉ": Reflexión poética sobre los rituales matutinos, la gratitud, el café y la conciencia del presente como acto de amor a la vida.


“Cada sorbo, un agradecimiento por el hoy”


Prólogo

Cada amanecer es un pacto silencioso entre el alma y el tiempo. Antes de que el mundo reclame nombres, horarios y batallas, existe un instante puro: ese en el que respirar ya es motivo suficiente para agradecer. Este texto nace ahí, en ese umbral sagrado donde lo cotidiano se convierte en rito y la vida, simplemente por repetirse, vuelve a ser milagro.


Como todos y cada uno, tengo mis propios rituales al despertar, en eso que solemos llamar “otro día más”, al amanecer. No voy a hablar de ello; sería como escribir un tratado científico sobre la comprensión del funcionamiento del sistema nervioso y de cómo este produce y regula nuestras emociones, pensamientos y conductas corporales básicas… ¡y es lo último que tengo en mente!

Al abrir los ojos, automáticamente —y como respuesta a mi profundo amor a Dios— solo doy gracias por existir “otro día más”, tomando conciencia de la importancia de ello. Y, claro está, se dibuja en mi rostro la primera sonrisa del día: ¡una sonrisa auténtica, una que sale del alma, hermosa, profunda, indeleble como obra de arte hecha por el mejor tatuador! Así empiezan mis días: el de ayer, el de hoy… ¡el de mañana no sé, tal vez no haya!

Y así, con cara de ángel despeinado y envalentonado para las batallas que le aguardan —me lo imagino yo— voy dando traspiés desde la cama hasta la cocina. Allí cojo mi más afilada y reluciente arma —esa que brilla como el más resplandeciente lucero de la mañana—, simbolizando mi grito de guerra que avisa a toda España, y demás tierras lejanas, que conmigo no se metan… ¡por supuesto, estoy hablando de la cafetera italiana!

Empieza la magia. El fuego pone a burbujear el agua, que sube con fuerza, casi con rabia, para producir el elíxir que abrirá esa caja fuerte que resguarda con recelo aquellos instantes que constituyen el tesoro de nuestras vidas: ¡los recuerdos!

La taza humea, desprendiendo la fina y aromática hebra que nos ata a los tiempos; que borda el pasado, ornamentando nuestros pensamientos; que teje el presente, creando telas tangibles con esos instantes extraordinarios, intangibles; que zurce lo dañado, convirtiendo lo roto y gastado en vestimenta de gala… ¡humo y aroma que aclaran la visión de lo hermoso que puede ser el hoy, y un mañana!


Epílogo

Tal vez no sea el café, ni el humo, ni siquiera la mañana lo que nos despierta. Tal vez sea la memoria, siempre paciente, esperando una excusa para recordarnos quiénes somos y por qué seguimos aquí. Mientras haya gratitud, aroma y conciencia del ahora, cada día —aunque parezca uno más— seguirá siendo único.


“La vida no se mide en años ni en logros, sino en los instantes que huelen a café recién hecho.”