“Un secreto guardado bajo la sombra de un flamboyán.”
Prólogo
Hay amores que no comienzan con una palabra, sino con una
sombra.
Con un lugar que se vuelve cómplice.
Con un árbol que guarda lo que el corazón no se atreve a pronunciar.
A veces no es la persona lo que nos llama primero, sino el
espacio donde aprendemos a sentirla. El escenario se vuelve santuario, y cada
regreso es un ritual secreto. Nadie sospecha lo que late en ese rincón del
mundo, pero para quien ama en silencio, cada hoja, cada brisa, cada latido
tiene nombre.
Esta es la historia de un amor que no pidió permiso.
Que no necesitó confesión.
Que creció hacia dentro, como raíz obstinada buscando profundidad.
Porque hay sentimientos que no se gritan: se cultivan.
El parque no era paisaje, era antesala. Yo avanzaba como
quien cumple una cita secreta. El aire húmedo se me pegaba a la piel; las aves
alzaban vuelo a mi paso, y todo en el entorno parecía abrirse para dejarme
llegar hasta él.
El Flamboyán me esperaba. Orgulloso, erguido, cubierto aún
de flores desafiantes. Nadie más lo miraba como yo; nadie lo reclamaba. Pero yo
lo hacía mío en silencio.
Me tendía bajo su sombra, entregada, con el sudor resbalando
lento por mi piel. El roce de la brisa —como amante invisible— me secaba con la
paciencia de quien sabe que la espera es parte del juego. Cerraba los ojos,
hundía mi cabeza entre los brazos, descansaba mis piernas en su tronco dócil, y
me dejaba poseer por la calma.
Entonces lo incitaba, traviesa, con una orden que nacía,
entre risa y deseo, al ritmo de mis pies:
—¡Baila!
Y bailaba.
Las mariposas estallaban en vuelo desde sus flores, como si
la naturaleza misma me obedeciera. Una explosión breve, multicolor, que me
erizaba la piel. Era solo para mí; nadie más lo contemplaba. Ese secreto me
pertenecía, como me pertenecía él en mis pensamientos.
Un suspiro profundo me atravesaba. No necesitaba tocarlo
para sentirlo. Me bastaba recordar sus letras, perfectas, para dejarme herida
de admiración. Y, sobre todo, me bastaba su voz. Esa voz que no decía palabras:
me recorría como un roce bajo la piel, como una vibración que me estremecía por
dentro.
Huía de él siempre que podía, porque temía que descubriera
lo evidente: mi corazón desbocado, latiendo como si su sola presencia pudiera
desnudarme.
Así lo vivía: deseándolo en silencio. Saboreándolo de lejos.
Bebiendo cada mirada, cada gesto suyo, como si fueran gotas de un elíxir mágico
que me mataba y resucitaba a un mismo tiempo.
Con
solo verlo respirar, yo me elevaba. Con solo sentirlo cerca, yo descendía.
Me
descubrí dueña del universo, amándolo en silencio;
como una flor abierta a la luz,
con las raíces firmes de un amor callado.
Epílogo
Con
el tiempo comprendí que aquel árbol no era testigo de mi amor, sino espejo.
Bajo su sombra no solo lo pensaba a él: me encontraba a mí. Descubrí la
intensidad de mi deseo, la ternura de mi espera, la valentía de sentir sin
garantías.
Nada
fue en vano. Aunque él nunca supo lo que habitaba en mi pecho, yo sí lo supe. Y
eso bastó.
El
amor callado no es menos amor.
Es una forma más honda de vivirlo.
No
todos los sentimientos están destinados a compartirse. Algunos vienen a
revelarnos la fuerza con la que somos capaces de latir.
Y
si alguna vez vuelvo a sentarme bajo un flamboyán en flor, ya no será para
esconder lo que siento, sino para agradecerlo.
Porque
amar en silencio también es una manera de florecer.
“Él nunca lo supo y, sin embargo, todo en mí hablaba de él.”
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