“Cada
verso, un roce; cada línea, un suspiro.”
Prólogo
En la
quietud de la noche, los cuerpos hablan sin palabras. Este relato es un susurro
de deseo y complicidad, un instante donde la piel y los sentidos se entrelazan,
y el amor se expresa en la respiración y la mirada.
Contemplo tu
cuerpo desnudo
sobre sábanas arrugadas.
Tu piel aceitunada.
Sudada, como tierra mojada,
y huele a ella.
Esos ojos
negros,
como noche sobre luna llena,
que me miran extasiados,
pidiendo tregua.
Me sonrío.
Me río de ello.
No te hago caso.
Beso tus labios
rojos como el vino,
de tanto amar.
Me apetece beber de ellos
mientras mis dedos
juegan en ti
como hojas llevadas por el viento.
Susurras en mis
oídos,
alborotando mis cabellos.
Respiras,
jadeas en mi cuello
como la brisa de la mañana,
suave e inquieta al mismo tiempo.
Erizas mi piel.
Me hablas,
no te escucho.
Te abrazo con
fuerza,
abrochándote contra mi pecho.
No te digo nada.
No te suelto.
Solo sonrío,
no dejo de hacerlo.
Creo que estoy embriagada de ti.
Epílogo
Cuando el
éxtasis se calma, queda la memoria de cada roce, cada suspiro. La pasión no
termina en un final; permanece, silenciosa, tatuada en la piel y en el corazón,
recordándonos lo dulce y embriagador que puede ser entregarse.
“Tu piel
es mi refugio y tu abrazo, mi destino”
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