viernes, 21 de marzo de 2025

"Amar, el acto de existir": Reflexión íntima sobre el amor en sus múltiples formas: amor romántico, filial, divino y al prójimo. Un texto sobre pensamiento, conciencia y sentido de vida.

"El amor no se explica, se encarna”


Prólogo

Hay palabras que no se escriben para ser entendidas, sino para ser reconocidas.
Este texto nace de una certeza íntima: el amor no se piensa, se vive; no se define, se encarna.
Cada línea es una huella de ese tránsito silencioso entre la mente que busca sentido y el alma que ya lo conoce.
Leerlo no exige respuestas, solo presencia.


En este andar por la vida, si algo permanece constante, es la abundancia de pensamientos espontáneos, incoherentes, muchas veces contradictorios con nuestra voluntad de existir.

Viene a mi mente una escena que me marcó profundamente. No como una herida, sino como una brújula. Mi madre, en su lúcida ancianidad, una vez me pidió consejo —ella a mí, cuando la sabia era ella— sobre cómo acallar las voces de la mente: esos pensamientos que brotan a borbotones, sin control ni coherencia, y que nos descolocan en nuestros sentires, llevándonos a lugares indeseados.

Sin pensarlo mucho, le respondí lo primero que me vino a la mente:
“Madre, el cerebro no se detiene ni un instante, y la mente te dará lo que quiera darte. Toma las riendas. Conduce los pensamientos hacia donde quieras que vayan. Llévalos a esos instantes del pasado donde sentiste alegría y plenitud, a esos tesoros que guardas en el alma y que son solo tuyos. Vuélvelos a vivir, disfrútalos como entonces.”

No sé si esas fueron exactamente mis palabras, pero así las recuerdo. Fue un consejo que le di a mi madre en un ayer, y que hoy sigo aplicando. Le sirvió a ella en su momento, y a mí me sostiene ahora.

Ser feliz no es un evento fortuito, ni algo que se encuentre doblando la esquina, como quien tropieza con el tesoro de otro. No. Me niego a aceptarlo. Porque no es racional, ni justo.

Pero no es la “felicidad” lo que me impulsa a escribir, sino los pensamientos que genera la mente y hacia dónde los dejamos ir. ¿Permitimos que fluyan sin control, como agua de manantial que se pierde entre las piedras, o los canalizamos hacia un cauce que nos dé paz y sentido?

Yo he elegido canalizarlos. El agua del manantial es el amor; el depósito, mi alma. Así me aseguro de tener suficiente para beber y para calmar la sed de otros. Los pensamientos llevan a las palabras, y éstas a la acción. Es mi forma de vivir en coherencia.

El amor. Breve en su escritura, insondable en su esencia. No hay verbo, sustantivo ni pensamiento capaz de contener su vastedad. Es principio y fin, origen y retorno. Es llama secreta que da sentido al existir, soplo que anima al hombre, vibración que atraviesa la piedra y alcanza las estrellas. Todo lo que respira, lo hace por amor; y todo lo que deja de hacerlo, muere también por él.

El amor, el amor, el amor… repetido así parece letra de canción. Y lo es. Porque es la inspiración de casi todas: por tenerlo, por perderlo o por no haberlo encontrado. Sea como sea, el amor siempre ha sido, y será, la fuerza que mueve al mundo —para bien o para mal—.

Hay amores que no salvan, sino que consumen.
El amor al poder se disfraza de liderazgo y termina en dominio.
El amor al dinero, que promete seguridad, se convierte en codicia que devora.
El amor desmedido a uno mismo se vuelve espejo sin fondo: el ego, hambriento, jamás se sacia.
El amor a la fama es un grito que necesita ser oído, aunque se pierda la voz.

Incluso el amor a la verdad puede enfermar cuando se impone con violencia sobre quienes no la ven igual. Son amores torcidos, pero amores al fin: la misma energía divina usada al revés.

Por eso el mundo convulsiona, no por falta de amor, sino por no saber cómo amar. Surgen entonces las preguntas inevitables: ¿el amor es uno solo? ¿Se ama a todos del mismo modo?

Desde el principio de los tiempos, cuando el hombre levantó los ojos al cielo y sintió en el pecho la nostalgia de un origen que no recordaba, el amor ya lo habitaba. Empédocles lo llamó philia, la fuerza que une los elementos del cosmos; Platón lo vio como un puente entre la carencia y la plenitud; San Agustín lo entendió como la presencia viva de Dios en el alma. Cada uno intentó nombrar lo innombrable, pero el amor siguió siendo ese misterio que solo se percibe cuando falta.

¿Desciende, entonces, el amor desde lo divino hasta lo humano, toma cuerpo, pulsa en la carne y se hace necesidad y temblor? ¡Ojalá fuera simple la búsqueda!

 La biología dice que el amor se enciende en las neuronas, danza con la dopamina, se anuda con la oxitocina. Se acelera el pulso, tiembla la respiración, se eriza la piel. Es impulso, deseo, hambre. Pero también lenguaje de supervivencia, pacto silencioso de la especie consigo misma.

Ahí nace el amor romántico: ese relámpago que atraviesa la soledad y promete eternidad. Es el más humano de los delirios y el más divino de los errores. Entre el hombre y la mujer, el amor es conjuro y abismo: une para luego dividir, eleva para luego derrumbar. Freud lo vio como sublimación del instinto; Fromm, como arte y disciplina; Neruda, como incendio en la sangre.

En el amor pasional, el ser se despoja de toda armadura: anhela ser visto, comprendido, penetrado hasta el alma. Pero esa entrega contiene su tragedia: todo lo que se une corre el riesgo de romperse.

Más allá del deseo, el amor se transforma en raíz y herencia. El amor de los padres hacia los hijos no se elige, se impone. Nace antes que la palabra y sobrevive a toda razón. Es fuego perpetuo que arde sin consumirse, antorcha que ilumina incluso cuando la vida se apaga.

Ese amor —irracional, absoluto— prueba que hay en el ser humano una fuerza que desafía toda lógica. Los padres aman incluso cuando duele, perdonan incluso cuando sangran. Morirían o matarían por proteger esa extensión de sí mismos que es su hijo. Nadie, absolutamente nadie, ha logrado nombrar el amor hacia los hijos. No se deja medir ni comprender: solo se siente. Es resplandor que habita el alma y trasciende, como si en ese lazo Dios recordara su propio origen. Es lo inefable hecho carne.

 ¿Y qué otra pasión logra eso?

En el extremo más alto de ese misterio hallamos el amor divino. El amor hacia Dios —o de Dios hacia el hombre— es la forma más pura de la paz que da esperanza. El alma, fatigada por el mundo, se aferra a Él como a una promesa. En la fe cristiana, Dios es amor; en el sufismo, el Amado es el fuego que consume el yo; en el budismo, la compasión es la forma más elevada de amar.

El ser humano, frágil y finito, busca en lo eterno un reflejo de sí mismo, una razón para seguir. Porque cuando la vida hiere, solo el amor parece dar sentido al dolor. Amar a Dios es creer que el bien tiene propósito, que la luz vence, que la entrega no es inútil. Es un acto de confianza frente al abismo.

Así, el amor —romántico, filial, divino— se revela como una misma esencia con distintos rostros. No se ve, pero se sabe; no se toca, pero sostiene. Es energía, impulso, conciencia. Es música que no cesa, aunque cambie el instrumento. Todo intento de definirlo es un fracaso hermoso: un espejo empañado frente a la inmensidad.

Ni la gramática, ni la biología, ni la filosofía lo abarcan por completo. El amor no pertenece a ningún dominio del saber: es el fundamento mismo del ser.

Y, sin embargo, hay algo que nos distingue en medio de esa vastedad: el amor a los hijos y el amor a Dios no son del mismo tejido que los demás. El primero nos mueve; el segundo nos sostiene.

El amor siempre hiere. La diferencia está en la herida que deja.

En el amor a los hijos y a Dios, las heridas no sanan: permanecen abiertas, sangrando, eternas. Necesitamos que así sea, para poder tocarlas, recordarlas, sentir que aún vivimos en ellas.

Las heridas del amor romántico, en cambio, cicatrizan. Dejan tatuajes en el alma, poemas de nostalgia, de traición u olvido. Pero se cierran.

Quizá por eso, en los vínculos humanos, prometemos amarnos “hasta que la muerte nos separe”, porque, en el fondo, sabemos que hay amores que la muerte puede separar; y, aun, antes de ella.
Solo el amor entre padres e hijos, y entre Dios y nosotros… continúan aun cuando ya no quede nadie para pronunciar nuestros nombres, ni el suyo.

La pregunta que flota entre mis líneas:

¿Y el amor al prójimo?

El prójimo somos todos: Dios, los hijos, tú, yo… cada cual con su modo de amar y de ser amado. El amor no entiende de orden ni de jerarquías; solo de presencia.
A veces amamos primero lo que nos sostiene, otras, lo que nos duele; y en ese vaivén aprendemos a amar mejor. El prójimo es el espejo donde Dios nos mira.
Amar al otro es también amarnos en él, reconocer que somos fragmentos del mismo fuego. No hay antes ni después, no hay yo ni tú: solo un nosotros que respira en una misma esencia.

Quizá ese sea el misterio último del amor:
que, al amar, no damos ni perdemos nada, solo regresamos al lugar de donde venimos.


Epílogo

Al final, el amor no nos pertenece.
Nos atraviesa, nos hiere, nos sostiene y nos devuelve —una y otra vez— al origen.
Quizá vivir consista en eso: en aprender a no huir de lo que duele cuando nace del amor,
y en aceptar que amar no es llegar a algún lugar, sino recordar quiénes somos.


“No amamos por elección, sino porque el alma no sabe existir sin amar.”

viernes, 14 de marzo de 2025

"ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO": Amar sin poseer: carta a un amor imposible entre la fe y el deseo

 

 Dedicatoria: Para los enamorados de lo inalcanzable, que viven la intensidad del querer sin poseer.


“Amar no siempre es tener. A veces, amar es aprender a dejar ir.”


Prólogo

Este no es un relato de amor correspondido,
sino de un amor sentido en silencio.
De esos que no buscan quedarse,
sino comprender.
Porque a veces, el amor más profundo
es el que se vive sin tocar,
el que se honra renunciando.


Amor, nunca leerás esta carta porque nunca te la entregaré.

Y si la lees…
será porque cayó en tus manos
por esas casualidades de la vida.

Aun así,
tampoco sabrás que fue escrita para ti.

Conociendo tu inteligencia
y tu capacidad de reflexionar,
de alguna manera…
te habrá de dejar enseñanza:

¡como eso de que la mujer necesita amar en libertad!

No me pediste que te amara,
pero lo hiciste fácil,
sin esfuerzo…
para que así ocurriera.

Abonaste mi vida con francas miradas,
dulces sonrisas,
y prudente silencio.

Llenaste mis oídos
con la música más melodiosa:

¡tu voz!
¡tu risa!

Endulzando mis días,
acaramelando mi alma.

¡Ah!
¡Qué días de entusiasmo…
y noches de inmenso placer!

Con solo guardar tu imagen
dentro de mi pecho
y verla crecer.

Pero, a medida que transcurre el tiempo,
más deseo acercarme a ti.

Necesidad de tomar tus manos,
perderme en la profundidad de tu mirada,
respirar el aroma de tu piel…
yo la tengo.

¿Qué hago con todo esto
si sentirlo no puedo?

Quienes conocen lo que siento
y cómo pienso,
ruegan que deje los estigmas
y me eche a “volar”
en busca de mi felicidad.

No lo hago…
retrocedo.

Doy excusas: todas son mentiras
queriéndome justificar.
Bien sé que dentro de mí los vientos azotan,
y que la tempestad amenaza
con devastar a esta pobre alma…

¡que los mandamientos anhelan romper!

Anoche fue dura la pelea
entre mi conciencia
y los demonios que me acechan.

Pero no puedo…
me rindo.

¿A quién engaño?

De la alegría he pasado al llanto;
el amor a Él es superior en fuerzas.

Me apartan de ti porque mi fe está quebrantada;
porque tu amor es terrenal
y el de Él es celestial;
porque el tuyo me confina a las sombras,
y el de Él me da luz…
y libertad.

Tú eres finito,
me acompañarás solo a ratos.

Él es infinito,
ha estado conmigo desde siempre…
hasta la eternidad.

Cariño mío…
nunca te he tenido,
y ya te di por perdido.

¡amándote tanto!


Epílogo

Al final, no todo amor se pierde:
algunos se transforman.
Se quedan en el alma
como una lección suave y eterna.
Porque amar, incluso sin tener,
también es una forma de eternidad


“Amar es perder, pero perder también es amar.”


viernes, 7 de marzo de 2025

"RAÍCES DE UN AMOR CALLADO": Relato íntimo y poético sobre el deseo callado, la contemplación y un amor vivido en silencio bajo la sombra de un flamboyán.


“Un secreto guardado bajo la sombra de un flamboyán.”


Prólogo

Hay amores que no comienzan con una palabra, sino con una sombra.
Con un lugar que se vuelve cómplice.
Con un árbol que guarda lo que el corazón no se atreve a pronunciar.

A veces no es la persona lo que nos llama primero, sino el espacio donde aprendemos a sentirla. El escenario se vuelve santuario, y cada regreso es un ritual secreto. Nadie sospecha lo que late en ese rincón del mundo, pero para quien ama en silencio, cada hoja, cada brisa, cada latido tiene nombre.

Esta es la historia de un amor que no pidió permiso.
Que no necesitó confesión.
Que creció hacia dentro, como raíz obstinada buscando profundidad.

Porque hay sentimientos que no se gritan: se cultivan.


El parque no era paisaje, era antesala. Yo avanzaba como quien cumple una cita secreta. El aire húmedo se me pegaba a la piel; las aves alzaban vuelo a mi paso, y todo en el entorno parecía abrirse para dejarme llegar hasta él.

El Flamboyán me esperaba. Orgulloso, erguido, cubierto aún de flores desafiantes. Nadie más lo miraba como yo; nadie lo reclamaba. Pero yo lo hacía mío en silencio.

Me tendía bajo su sombra, entregada, con el sudor resbalando lento por mi piel. El roce de la brisa —como amante invisible— me secaba con la paciencia de quien sabe que la espera es parte del juego. Cerraba los ojos, hundía mi cabeza entre los brazos, descansaba mis piernas en su tronco dócil, y me dejaba poseer por la calma.

Entonces lo incitaba, traviesa, con una orden que nacía, entre risa y deseo, al ritmo de mis pies:

—¡Baila!

Y bailaba.

Las mariposas estallaban en vuelo desde sus flores, como si la naturaleza misma me obedeciera. Una explosión breve, multicolor, que me erizaba la piel. Era solo para mí; nadie más lo contemplaba. Ese secreto me pertenecía, como me pertenecía él en mis pensamientos.

Un suspiro profundo me atravesaba. No necesitaba tocarlo para sentirlo. Me bastaba recordar sus letras, perfectas, para dejarme herida de admiración. Y, sobre todo, me bastaba su voz. Esa voz que no decía palabras: me recorría como un roce bajo la piel, como una vibración que me estremecía por dentro.

Huía de él siempre que podía, porque temía que descubriera lo evidente: mi corazón desbocado, latiendo como si su sola presencia pudiera desnudarme.

Así lo vivía: deseándolo en silencio. Saboreándolo de lejos. Bebiendo cada mirada, cada gesto suyo, como si fueran gotas de un elíxir mágico que me mataba y resucitaba a un mismo tiempo.

Con solo verlo respirar, yo me elevaba. Con solo sentirlo cerca, yo descendía.

Me descubrí dueña del universo, amándolo en silencio;
como una flor abierta a la luz,
con las raíces firmes de un amor callado.


Epílogo

Con el tiempo comprendí que aquel árbol no era testigo de mi amor, sino espejo. Bajo su sombra no solo lo pensaba a él: me encontraba a mí. Descubrí la intensidad de mi deseo, la ternura de mi espera, la valentía de sentir sin garantías.

Nada fue en vano. Aunque él nunca supo lo que habitaba en mi pecho, yo sí lo supe. Y eso bastó.

El amor callado no es menos amor.
Es una forma más honda de vivirlo.

No todos los sentimientos están destinados a compartirse. Algunos vienen a revelarnos la fuerza con la que somos capaces de latir.

Y si alguna vez vuelvo a sentarme bajo un flamboyán en flor, ya no será para esconder lo que siento, sino para agradecerlo.

Porque amar en silencio también es una manera de florecer.


“Él nunca lo supo y, sin embargo, todo en mí hablaba de él.”

sábado, 1 de marzo de 2025

"Tengo ganas de ti": Un texto íntimo y poético sobre el amor no dicho, el deseo silencioso y la emoción que se vive sin explicación. Para quienes han amado sin poder nombrarlo.

 

“Un texto para quienes han amado sin poder nombrarlo.”


Prólogo

Antes de nombrarlo, el amor ya ha pasado por nosotros.
Se instala en los silencios, en lo que no decimos, en lo que apenas nos atrevemos a pensar.
Este texto no busca definirlo, sino escucharlo.
Es una voz baja, casi un susurro, para quienes han sentido sin saber cómo llamarlo.


Hace tiempo que te pienso.
Has ocupado mis horas y mis silencios. Me has robado el presente.

Cuando apareces, todo se suspende: creas un tiempo que no figura en los relojes, una mezcla de un ayer que aún respira y de un mañana que apenas se sueña.
Un tiempo fuera del tiempo. Inexistente. Intangible. Irreal.

No me hablas, pero te escucho.
No me tocas, y aun así te siento.
Todo de ti me estremece… solo con pensarte.

Me siento ante el ordenador y dejo reposar los dedos sobre el teclado.
De fondo suena una canción que murmura “... hoy tengo ganas de ti…” —dice una voz que no es mía y, sin embargo, siento que me la arranca del pecho.

Mis manos permanecen quietas, como si el teclado temiera repetir lo que el mundo ya sabe: que el amor duele, que el amor salva, que el amor se disfraza de eternidad para morir cada noche.
Y aun, con ese temor, sigue esperando el roce de mis manos, como mi piel espera el de las tuyas.

Las palabras que quería escribir ya flotaban en el aire, como pájaros cansados que necesitan posarse en el papel y escribir las notas que toca un piano enamorado.

¿Pretendía, acaso, escribir sobre el amor?
Todo está dicho.
Cada palabra que intente escribir tiene siglos de haberse pronunciado.
Nada nuevo que decir.

Quisiera que las emociones que me desbordan se transformaran en trazos sobre el papel, como un código secreto que solo yo conozca, que solo yo puedo descifrar. Pero no sucede.
¡Qué pretensión la mía!

Cierro los ojos, sonrío.
Esa sonrisa que solo aparece cuando imagino tu boca cerca de la mía, tus palabras que me acarician y tu voz arrullándome.

Se fue la inspiración, llegó la lucidez.
Y comprendí: ese es el misterio del amor.
Añejo como el tiempo, pero nuevo cada vez que vibra en alguien, cada vez que roza una piel.

¿Qué más podría decir del amor?
O debo reformular la pregunta, no para expresar algo que el mundo no ignore, sino para que se escuche desde mi propia voz, entre la multitud de voces de un coro eterno.

¿Alguna vez te sorprendió la lluvia —en un día soleado— mientras estabas dentro del mar?
¡Pues eso!
Así siento yo el amor: algo que no buscas, que no esperas. Llega de sorpresa, convirtiendo lo ordinario en algo extraordinario. En algo exclusivo.

Las gotas dulces caen sobre el agua salada. Estallan al tocarla. Se funden al penetrarla.
Agua con agua.
Contraste de temperatura.
Fuerza con resistencia.
Fusión.

¿Qué sientes entonces?
Tal vez miedo.
El impulso de huir.
Pero te quedas un instante más —te dices—, y te anclas en él anhelando que se haga eterno.

Flotas, temiendo hundirte, y al mismo tiempo deseando sumergirte.
La orilla está ahí, segura, cercana, pero algo dentro de ti se deja arrastrar por la corriente.
Te dejas llevar, atraído por una energía que no se nombra, pero se siente.
Una aventura en busca de un tesoro, ¿tal vez?

Y entiendes que no hay salvación posible: el amor también es eso.
Una entrega temerosa y luminosa, una corriente que te arrastra y te sostiene, que te impulsa y te contiene.

Es indescriptible: esa mezcla de temor y entrega, de exaltación y calma…
Eso puede que sea el amor.
Una energía que cambia de rostro, un campo cuántico donde todos los latidos se reconocen, donde ninguna historia es nueva, pero todas son únicas cuando alguien se atreve a sentirla.

Quizás el amor no se define.

No se explica ni se escribe.
Se respira. Se intuye. Se calla.
Solo se vive, como la lluvia cayendo sobre el mar.

Y mientras la canción repite su estribillo —tengo ganas de ti, tengo ganas de ti— descubro que también el amor tiene ganas de mí.


Epílogo

Tal vez mañana el amor cambie de forma, de nombre o de ausencia.
Pero hoy dejó su huella: una vibración suave, persistente, imposible de negar.
No pidió ser entendido, solo vivido.
Y eso —quizás— sea suficiente.


“El amor: la misma historia contada con otra voz, en otro tono, sentido en otra piel.”


sábado, 22 de febrero de 2025

"EL AMANTE DE PAPEL": Poema íntimo y reflexivo que explora la lectura nocturna como un acto de deseo, compañía y entrega. Un homenaje sensorial al amor por los libros.


“Un libro en mis manos, un amante en mis noches.”


Prólogo

Antes de que la noche se cierre del todo, existe un instante suspendido en el que el mundo calla y uno se permite escuchar lo esencial. Este texto nace ahí: en la frontera entre el insomnio y el deseo, donde un libro deja de ser objeto y se vuelve presencia. Leer, entonces, es un acto de entrega.


Ha llegado la noche, sola,
dejándome libre para embeberte,
para que me hagas fiel compañía,
para que entibies mi cama hasta que el gallo cante,
anunciando el nuevo día.

La tenue luz de la lámpara me permite verte,
deleitarme en ti. Te busco en la penumbra.
El brillo de las letras, como brasas diminutas,
me guía hacia ti. Te tomo.

Mis manos hambrientas recorren tu lomo y, al abrirte,
crujes calladamente, como un gemido contenido,
como murmullo secreto del papel que solo escucha
quien se abandona a la lectura.

El roce áspero y sedoso de tus páginas contra mis dedos
me invita a acariciarte, a poseerte sin pudor, con íntima confianza.

Llevo mi rostro hacia ti. Quiero olerte.
Envolverme en tu aliento de hojas secas,
aroma de polvo y humedad que me recuerda
a jardines florecidos en penumbra, dulcemente marchitos.

Te descifro, te interpreto.
Disfruto de tus letras, de la dulzura de una palabra justa,
como un beso sorpresivo en la boca.

Te vivo con suma intensidad,
¡como si tú fueses yo!

A veces te acurruco en mi pecho tibio,
cierro los ojos y te sueño:
sombras danzantes entre párrafo y párrafo,
como pliegues en un cuerpo desnudo.

Libro que te abrazo y no suelto
hasta acabar contigo.
Libro que arrancas mis negras noches
y las forjas en letras vivas, como piel tatuada en símbolos;
esas que me consumen la vida,
como tizones encendidos de fantasías,
con finales que dejan un regusto suave de amargor,
como un café frío, sin azúcar.

Libro que te cierro hoy,
con la esperanza de abrirte mañana
y la certeza de volver a sentir
el mismo placer que me diste esta noche:
libro que me posees tanto como yo a ti.


Epílogo

Cuando la lámpara se apaga y el libro descansa, algo permanece despierto. Las palabras siguen latiendo bajo la piel, reclamando memoria. Porque hay lecturas que no se terminan al cerrar la tapa: continúan, silenciosas, habitándonos.


“Entre letras, encuentro placer.”

viernes, 21 de febrero de 2025

"ESOS OJOS...", una reflexión sobre el silencio, la mirada y la conexión íntima entre seres.”



ESOS OJOS…

Ana Margarita Pérez Martin

Mírate. Tus ojos no reflejan lo que ves: revelan lo que eres.”

Siempre eliges el silencio. Guardas distancia, como si temieras que las palabras, una vez liberadas, no pudieran volver atrás. Aprietas la mandíbula, cierras la boca. No sé si no quieres hablar o si, simplemente, no puedes. Tal vez temes que, al hacerlo, la verdad te desborde y no haya retorno posible.

No eres un misterio, aunque lo aparentes. Eres más bien un pensamiento inconcluso, una emoción suspendida entre lo que callas y lo que anhelas decir. Pero tus ojos… tus ojos son la grieta por donde se cuela tu alma.

Ellos hablan. Cuentan historias sin pronunciar sonido. No lo hacen por lo que han visto, sino por lo que te han hecho sentir y por lo que han hecho sentir en otra piel. En su fondo habita el vaivén de la vida: la alegría y la herida, el desvelo y la calma. En ellos cabe la existencia entera.

El tiempo transcurre, intenta opacar su mirada… pero la pasión los mantiene encendidos. Son faroles que resisten la penumbra, testigos silenciosos del deseo y la memoria. Tus ojos no solo miran: murmuran, estremecen, laten. En su brillo se mezclan los sueños y las huellas del pasado, como si cada destello contuviera una historia diminuta, un secreto que no sabe callar.

Cada parpadeo es una letra. Ellas se juntan, murmuran. Te delatan. Cada mirada es un susurro al tiempo, un desafío a la espera y a la distancia. Tus ojos registran lo que no puede decirse: la emoción, la pérdida, la esperanza. En ellos se desnuda tu “yo” más profundo, ese que rara vez dejas ver.

Y cuando los miro —tus ojos, que de algún modo también son míos—, siento que todo vuelve a comenzar. Que cada amanecer nace ahí, en ese reflejo donde la vida se reinventa una y otra vez.

Porque en tus ojos habita todo lo vivido y lo soñado.
Son la puerta que se abre a cada historia que escribo… y a las que aún esperan ser contadas.
Y al mirarlos, descubro que no me reflejan: me revelan.
Son espejos infinitos donde mi alma se reconoce en la tuya,
y en ese reconocimiento dejo de ser una sola.
Tú eres mi espejo, y yo —al mirarte— soy el reflejo que aprende a existir.

“Hay verdades que solo los ojos saben contar.”


viernes, 14 de febrero de 2025

"CONTEMPLO", descubre un poema apasionado que mezcla deseo y ternura. Cada verso transmite roce, suspiro y la intensidad de un amor embriagador.

“Cada verso, un roce; cada línea, un suspiro.”


Prólogo

En la quietud de la noche, los cuerpos hablan sin palabras. Este relato es un susurro de deseo y complicidad, un instante donde la piel y los sentidos se entrelazan, y el amor se expresa en la respiración y la mirada.


Contemplo tu cuerpo desnudo
sobre sábanas arrugadas.
Tu piel aceitunada.
Sudada, como tierra mojada,
y huele a ella.

Esos ojos negros,
como noche sobre luna llena,
que me miran extasiados,
pidiendo tregua.

Me sonrío.
Me río de ello.
No te hago caso.

Beso tus labios
rojos como el vino,
de tanto amar.
Me apetece beber de ellos
mientras mis dedos
juegan en ti
como hojas llevadas por el viento.

Susurras en mis oídos,
alborotando mis cabellos.
Respiras,
jadeas en mi cuello
como la brisa de la mañana,
suave e inquieta al mismo tiempo.

Erizas mi piel.
Me hablas,
no te escucho.

Te abrazo con fuerza,
abrochándote contra mi pecho.
No te digo nada.
No te suelto.

Solo sonrío,
no dejo de hacerlo.
Creo que estoy embriagada de ti.


 Epílogo

Cuando el éxtasis se calma, queda la memoria de cada roce, cada suspiro. La pasión no termina en un final; permanece, silenciosa, tatuada en la piel y en el corazón, recordándonos lo dulce y embriagador que puede ser entregarse.


“Tu piel es mi refugio y tu abrazo, mi destino”

viernes, 7 de febrero de 2025

"ME ENGAÑARON": Un texto reflexivo sobre cómo los miedos aprendidos y los dogmas distorsionan la percepción del mal y nos alejan de la verdadera conciencia interior

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El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

No hay monstruos en la oscuridad, solo sombras dentro de la conciencia.”


Prólogo

Desde pequeños nos enseñan a mirar el mundo con símbolos heredados: luces que salvan, sombras que condenan. Aprendemos a temer lo externo antes de conocernos por dentro. No es culpa de la fe ni de las creencias, sino de la rigidez con que a veces se transmiten, como si la vida fuera un mapa ya trazado. Este texto nace de esa grieta: del momento en que comprendemos que ninguna doctrina basta si no nos prepara para mirarnos con honestidad y asumir la responsabilidad de nuestros propios pensamientos.


Temía a la oscuridad.
Temía al bajo de la cama, a los senderos solitarios, a las personas raras y de fea presencia.
Temía saliera la bestia roja, con aroma de azufre, dientes afilados, cuernos y cola.

¡Me engañaron!
No me enseñaron que el diablo está dentro de la cabeza, a toda hora, en cualquier lugar, y que luce como un ángel dulcemente perfumado, hablándote de amor, caricias y entrega.
No me enseñaron que es un ladrón que te roba el sueño, la tranquilidad, la cordura… ¡la conciencia!

Me engañaron al hacerme creer que debía cuidarme del mal que rondaba fuera, cuando estaba en mi mente, carcomiéndome la dignidad, el amor propio, la decencia.

No me enseñaron a prepararme para la guerra entre el bien y el mal.
Aprendí a lidiar mis batallas con las únicas armas que me dio el tiempo: derrotas, coraje, lágrimas y fortaleza.

¡Me engañaron!

Una sola cosa fue cierta: el infierno arde en llamas…
¡Nos quemamos en la hoguera!


Epílogo

Con el tiempo entendí que no todo lo que hiere viene de fuera ni todo lo que seduce es bondadoso. El verdadero aprendizaje no fue renunciar a creer, sino dejar de delegar la conciencia. El mal no siempre ruge ni amenaza: a veces susurra, justifica y se disfraza de amor. Y quizá la libertad comienza cuando dejamos de buscar demonios ajenos y empezamos a hacernos cargo de las voces que habitan nuestra mente. Ahí, y solo ahí, empieza la verdadera luz.


“El diablo no tiene cuernos: lleva perfume y sonrisa.” 

sábado, 1 de febrero de 2025

"EXTRAÑO", un viaje a la nostalgia, el amor no vivido y los sentimientos que nunca se dijeron.

 

“La nostalgia tiene olor, tacto y sabor… y se llama ‘tú’.”


Prólogo
Hay recuerdos que no pertenecen al pasado sino a la imaginación. Historias que crecieron en las miradas sostenidas, en las palabras que nunca se dijeron y en todo lo que pudo haber sido. La nostalgia nace ahí, en ese territorio incierto donde el deseo y el silencio conviven. Este texto habla de esa ausencia llena, de amar sin haber llegado a tener, y de cómo a veces lo no vivido deja una huella más profunda que cualquier despedida.


Aparecías de repente.
Tus miradas, tus sonrisas... me estremecías.
Mi corazón golpeaba el pecho como loco,
mi respiración se agitaba. Lo sabías. Te sonreías.

¡Extraño verte! ¡Extraño todo eso!

Te veía... no te miraba,
temiendo que mi silencio gritara
las palabras atragantadas.
No quería delatarme,
¡como si eso fuese posible!
Lo sabías. Te sonreías...

Extraño las conversaciones que nunca tuvimos,
las llamadas que nunca hicimos,
los mensajes que jamás escribimos.
¡Extraño todo eso que nunca nos dijimos!

Extraño el olor de tu piel,
y su roce con la mía.
Extraño tu barbilla
clavada en mi garganta al besarme,
al morderme, al encajar.
¡Extraño todo eso que no llegamos a sentir!

Extraño esa extraña historia de nosotros,
mientras nos pensábamos.
¡Dolía!

¿Sabes qué más extraño?
Esa época de mi vida en que, sin conocerte,
soñaba con una historia de amor
sin tantos "extraño".


Epílogo
Con el tiempo se entiende que no todo amor está hecho para suceder. Algunos existen solo para enseñarnos cómo late el corazón cuando imagina. Y aunque la nostalgia regrese de vez en cuando, ya no duele igual: se vuelve memoria suave, un eco que recuerda quién fuimos cuando todavía creíamos en lo posible.


“A veces se extraña más lo que nunca se tuvo que lo que se perdió.” 


viernes, 31 de enero de 2025

"FRUTO MADURO": Amar en la madurez no es resignación, es valentía. Cuando el cuerpo cambia, el amor deja de buscar perfección y aprende a quedarse.

FRUTO MADURO. El miedo a amar

“El amor no tiene edad, solo coraje para sentirlo.”
—Ana Margarita Pérez Martín


El espejo del tiempo

Después de haber recorrido la piel, el cuerpo, las caricias y el alma, queda el amor mismo, desnudo de toda pretensión.
Llega un momento en que amar ya no busca descubrimientos, sino comprensión.

La piel ya no es la misma, ni el cuerpo responde con la ligereza de antes.
Ellas temen no ser miradas más allá de sus huellas; ellos, no poder ofrecer lo que antes daban con espontaneidad.

Pero en esa vulnerabilidad compartida hay una nueva forma de belleza.
El tiempo, lejos de restarles, los vuelve más verdaderos.
Ya no se trata de la perfección del cuerpo, sino de la honestidad del encuentro: del deseo que nace desde la ternura, del amor que se atreve a quedarse.


Sombras y contradicciones

Después de leer mis textos anteriores, donde hablo de manera transparente, íntima, confesional, sobre el amor, la pasión, la ternura, la presencia… creerás que carezco de inhibiciones o prejuicios en mi comportamiento, ¿verdad?
Pues ¡no!

Sí, soy espontánea, desenvuelta y sin reservas al expresar lo que pienso y siento: esa es mi luz, la que proyecta mi mente y mi alma.
Pero ¿sabes qué? También tengo mis sombras.

Sombras que me confinan a amar y desear con miedos. Tanto, que a veces rezo para que no suceda lo que más deseo…
Paradójico. Contradictorio. Incoherente, ¿verdad?

¿Recuerdas el dicho “Dime de qué alardeas y te diré de qué careces”?
¡Máxima de experiencia!

Si me sigues, te revelo mis sombras, esas que me cubren hasta casi sofocarme.


El aula del amor

Los miedos nacen de la cobardía de no aceptar aquello que escapa a nuestro control. Así lo pienso, así lo creo, así lo vivo.
Hablo del amor, de amar y de las formas en que amamos.
Del amor romántico, ese que nos convierte —paradójicamente— en aprendiz y maestro a la vez.

¿Cuántas veces hemos amado?
¿Cuántas veces el amor se ha manifestado de la misma manera?
Cada binomio es una forma de amar.

El amor es un maestro paciente que jamás nos deja graduar.
Nos mantiene en su aula eterna, dictando lecciones que se graban en la piel, en la memoria, en los silencios.


El peso del tiempo

Cuando la piel aún es tersa, el amor no conoce fronteras.
Pero el tiempo —ese escultor sin compasión— deja su huella, y con cada trazo nos roba un poco de libertad.
Nos enseña a amar en secreto, a silenciar la pasión, a caminar por la vida con la mirada baja, como si el deseo fuese un delito y la ternura, un exceso.

Amar, entonces, se vuelve un acto subversivo.
Nos acostumbramos a esconder los destellos que podrían incendiar el alma, a disimular el fuego bajo el “deber ser” o la vergüenza.
Y quien osa amar a destiempo —según las normas del mundo— es señalado, cuestionado, reducido a un error, una mentira o un pecado.

¿Por qué el amor romántico se considera derecho exclusivo de los jóvenes?
¿Acaso la edad despoja al alma de su capacidad de estremecerse?


El encuentro

Hace unos días me crucé con un médico cirujano plástico. Nos conocemos desde hace tiempo, mucho.
Mantenemos un trato cercano, amable y cordial, sin llegar a la amistad.
Nos tenemos confianza al punto de mantener conversaciones sobre temas considerados tabú, que tratamos sin eufemismos.

Ese día le dije, en tono de broma, que si algún día tuviera dinero me pondría en sus manos para que hiciera de mí una maravilla.
Él se rió, luego me miró con extrañeza.
Me tomó del brazo con suavidad y me condujo a un rincón apartado. Con el ceño fruncido, me pidió que explicara mis palabras.
—Se tomó en serio lo dicho en broma—.

Entonces confesé que no me sentía cómoda en mi cuerpo, que había dejado de reconocerlo.
Guardó silencio, cerró los ojos como quien ordena sus pensamientos y me dijo, con voz pausada:

—Hagamos un ejercicio mental. Imagina que estás en mi consulta, desnuda frente al espejo. Yo, a tu lado, te pido que señales lo que deseas cambiar y por qué.


El espejo imaginario

Me costó imaginarme allí, pero lo hice.
Acerqué mi rostro al suyo, susurrándole al oído las partes de mi cuerpo que no me incomodaban.
Luego, mirándolo a los ojos, le dije:
—Lo demás puedes picarlo en trocitos y meterlo en una bolsa negra —lo dije con absoluta sinceridad.

Él sonrió apenas.
—¿En serio? Mírate de nuevo. Hazlo con calma. Porque una vez que cambias, no hay vuelta atrás. Puede que no te reconozcas, no te aceptes.

Volví al espejo imaginario, esta vez con más seriedad.
—Mis manos —dije— están ajadas por la edad y el trabajo; han perdido su lozanía, su feminidad. —Las observaba mientras hablaba, acariciándolas como si fueran de otro tiempo—. Pero… ¿sabes qué? Viéndolas bien, quiero conservarlas así.
Tienen la forma de las manos de mi padre. Cuando las miro, lo veo a él. No solo me lo recuerdan: me lo traen de vuelta. Dejémoslas así.

Seguí recorriendo mi cuerpo. Llegué al vientre, ese territorio donde quedaron registrados mis embarazos y los nacimientos de mis hijos. Allí habita lo más hermoso de mi vida.
Acaricié —imaginariamente— esa zona, y brotaron recuerdos: anhelos, miedos, sueños, dolor, alegrías.
¿Cómo borrar momentos tan memorables de mi historia?
No. Eso también se quedaba.


El ritual del reflejo

Luego subí la mirada hasta mi rostro.
Cerré los ojos y sonreí al recordar mi ritual de cada mañana frente al espejo:
—¿Quién eres tú? ¡Hazte a un lado para verme yo!

Y es que a veces no me conozco.
Dios tiene esas travesuras: nos regala un alma eterna envuelta en un cuerpo que se marchita.
El envase caduca, pero el alma insiste en permanecer niña.
Me río de esa ironía.
Río mucho. Sonrío más.
Es mi estado natural, mi refugio y mi bandera.

¿Entonces por qué me molestan las líneas que el tiempo dibuja alrededor de mis ojos cuando lo hago?
¿Y las ojeras por pasar horas tecleando en mi ordenador, mi confesionario, mi amigo, socio y compañero?
¿Estoy dispuesta a dejar de reír, trabajar y soñar para conservar la tersura?

La respuesta fue obvia: no.
Las arrugas son la caligrafía de mi alegría y de mis desvelos.
Los surcos en mis labios, las cicatrices de las veces que sané antes de que la herida cerrara por completo.
No dejaré de ser yo.
Mi mente rechazaría esa nueva identidad sin registro de vida.


El silencio del médico

Abrí los ojos.
El joven médico me miraba en silencio, con una mezcla de ternura y respeto.
Yo creía haber pasado su examen, pero él sabía que quedaba lo más difícil: la mirada hacia adentro.

Se inclinó ligeramente y, con voz baja, me susurró al oído:
—¿Cuál es la verdadera razón por la que desearías, algún día, cambiar tu cuerpo?

Me sonrojé, por pudor.
Dudé, pero le respondí, musitándole al oído:
—Cuando amo lo hago con la devoción de quien se incendia, pero frente a la desnudez… me ruborizo, me avergüenzo, me paralizo. Es un vértigo de saberme observada sin armaduras. Es desnudar la fragilidad, la imperfección, el miedo a no ser amada más allá de la forma.

Él asintió y sonrió.
—No hablas de vanidad, sino de poder amar en libertad, sintiéndote segura de ti misma. Las inseguridades no se quitan con cirugía. Ayudamos al ego, pero no reparamos el amor propio.

Nos miramos un instante más, con la ternura que nace del cariño y del respeto.
La complicidad del silencio nos abrazó.
Él se marchó con su amabilidad habitual; yo me quedé con una verdad que no sabía aún cómo digerir.


El aprendizaje

Aquel encuentro fortuito me hizo reflexionar sobre algo que no me había planteado antes.
Caminé mucho ese día, con la mirada baja y los pensamientos en fuga.
Sentía que algo en mí se sacudía…

Vinieron a mi mente las veces que he soñado un encuentro contigo.
En ninguna de esas imágenes me vi observando tu cuerpo, solo sintiendo tu presencia.
No era el calor de tu piel, sino el de tu alma encendida.
No eran tus ojos, sino tu mirada la que me poseía.
No era tu boca, era el aliento de tu existencia lo que me acercaba a ti.
Tu sola presencia, tu proximidad a mí, era el arrebato de mi amor, la pasión pura.

Entonces, ¿por qué era tan dura al juzgarme?
¿Cuál era mi miedo?
¿Acaso tú solo observarías mi apariencia, incapaz de ver más allá de ella, de amar y desear mi esencia?


El amor propio

Al pasar el tiempo, solo me retumbaba en la mente —como martillo que golpea sin tregua— la palabra amor propio: aceptación de lo que uno es, con amor.
Se dice fácil, pero no lo es. Te lo aseguro.

Empecé a identificar, uno a uno, mis prejuicios: la vergüenza por amar, el miedo a desear, la culpa por sentir.
¿Desde qué edad se puede amar? ¿Y hasta cuándo?
No hay límites.
La naturaleza no los pone; los inventa la sociedad para domesticar lo indomable.
Y lo que es peor, nos los imponemos nosotros mismos con nuestras inseguridades y complejos, que provienen de una formación moral estricta, basada en dogmas arcaicos, antinaturales, que imponían pureza y perfección en cuerpo, mente y alma.

Amar a mi edad es un acto de valentía, créelo.
Es mi alma manifestándose sin permiso.

He comprendido que mis miedos no son míos.
Son ecos de esas voces confundidas y represivas que olvidaron al cuerpo y a la naturaleza.
Todavía me atan, pero ya no con la misma fuerza.
Con ternura y tiempo voy soltando cada eslabón, sin culpa, sin trauma, como quien se despide de una vieja sombra para volver a ver la luz.

Solo me queda vencer al ego: aceptar mi cuerpo tal como es, redimensionar mi vanidad herida por el tiempo, reconciliarme con mis inseguridades.
No sé si voy bien, pero lo estoy intentando.
Estoy aprendiendo a amarme.
A mirarme —sin máscaras, sin espejos— como soy.
A aceptarme.


El proceso

Es un proceso lento y complejo.
Requiere valor, muchísimo coraje… y paciencia.
Debo lograrlo: reconocerme, no como la imagen que muestro, sino como la presencia que permanece cuando todo lo demás se desvanece.
Para que quien me ame no tenga que buscar a otra mujer dentro de mí.

Y tú, ¿te miras con ternura?
¿Te amas sin disculpas?
O, como yo… ¿temes amar en libertad?


Epílogo: el fruto maduro

Cinco caminos, un solo recorrido: la piel que siente, el cuerpo que despierta, las caricias que enseñan, el alma que busca y, finalmente, el amor que madura.

Cada texto es un espejo;
cada huella, un recuerdo;
cada encuentro, un aprendizaje.

Y al final comprendemos que el viaje no termina.
Simplemente nos deja listos para amar con ojos más claros, manos más tiernas y corazones más valientes
.

Amar, al fin, es reconocerse en otro sin miedo a desaparecer.


Epígrafe final:
“El amor no rejuvenece el cuerpo, pero resucita el alma.

viernes, 24 de enero de 2025

"EL PESO DEL ALMA": Un texto íntimo sobre la búsqueda interior, el peso del alma y el amor como espejo. Una reflexión existencial donde el otoño se convierte en metáfora de la permanencia.

“Lo que busco está donde soy.” 


Después de recorrer la piel, el cuerpo y las caricias —las fronteras sensibles del amor y la conciencia—, queda mirar hacia dentro. El alma, que antes se insinuaba en el roce y en el deseo, ahora reclama su voz.
Este texto nace de esa urgencia: la de buscar, una y otra vez, el sentido que habita detrás de la experiencia, el pulso que persiste cuando el cuerpo calla.
Porque amar, finalmente, también es una forma de búsqueda.


Empecé a caminar de regreso a casa. Mi portátil al hombro no representaba ningún peso, ninguna incomodidad. No, el peso lo llevaba en el alma. Estaba fatigada, con hambre de existencia, por los pasos dados en los caminos de la vida que no me conducían a ningún lado. Desorientada. Vacía. Rendida.

Seducida por el panorama otoñal… ¡otoño! —cómo ansío al otoño cuando no está, y cómo me desborda cuando llega— decidí sentarme en un banco a descansar; no el cuerpo, sino la mente, que bullía de cuestionamientos y reflexiones que me llevaban siempre al mismo punto: la vida y mi manera de existir. Estaba hastiada de estar, una vez más, en el banquillo de los acusados: siempre juzgándome, condenándome por el hecho de mantener despiertos mis sentidos, como si fuese un delito vivir a plenitud. Te confieso que dolía.

El otoño soy yo. Me representa por la edad, por el frío en la piel, por las nubes en mi mente que anuncian una borrasca inminente. Pero también me identifican los colores con los que se arropan los árboles: intensos, casi soñados, como mis ilusiones y mis esperanzas. Y al igual que ellos, me voy desnudando, dejando caer los sueños al suelo… pisoteados, deshechos, olvidados.

Tú también eres otoño. Uno que recuerda el calor que aún se lleva dentro, capaz de templar la piel de quien siente frío, o de permitir que otra alma disuelva lo gélido de sus pensamientos.

Mis reflexiones fueron aplacándose y, con ello, comenzaron a desvanecerse los rastros de los pasos dados a través de los tiempos y del espacio: el tránsito entre siglos, continentes, océanos… y almas. Solo huellas, solo memoria. Ninguna permanencia.

¿Permanencia?
La palabra me produjo paz. Volví a quedar atrapada en el diálogo perpetuo entre mi conciencia y mi fe.

¿Cuál era mi aflicción en este instante de la existencia? ¿No había sido creada para la eternidad? Tal vez esto que vivo hoy sea apenas un aprendizaje que aplicaré en otro “hoy”. Todo es temporal; la vida no se agota en este aquí y ahora —me dije—.

Cerré los ojos con la esperanza de que fuera mi último pestañear. Me concentré en la respiración, en el palpitar, intentando dominarlos, detenerlos. Quería dejar escapar, desde la fragilidad del cuerpo y la mente, lo único que verdaderamente poseo y me acompaña: esa chispa de vida llamada alma.

Sonreí. Me reí de mí misma. No tengo el poder de reiniciar mis ciclos de vida, ni de deshacerme de esta antigua alma, cansada de merodear las vidas ajenas. Es lo que hay. Es lo que toca. Ensimismada en mi propio ser, comprendí que el vacío que alego… lo merezco. Busco afuera lo que llevo dentro.

Los demás son espejos que reflejan el amor, la alegría y la ternura que tengo para dar. Cuando los miro, no los veo —ni lo que tienen para ofrecerme—, sino que me revelan: mi propio contenido, mi yo verdadero. Lo que les ofrezco, no lo que necesito de ellos… eso creo.

¿Será eso lo que me ocurre contigo?

Regreso —otra vez— a mis cuestionamientos. Vuelvo a ser yo. Me río, y no dejo de hacerlo, del mismo modo en que lo hago cuando imagino caminar por estas calles de Madrid ataviadas de otoño, cogida de tu mano, o con los brazos entrelazados, dando a nuestros cuerpos mutuo abrigo. Mirándonos. Hablándonos. Sonriéndonos.

Y entonces comprendo que, quizá, el alma no pesa por lo que carga, sino por lo que aún anhela permanecer


“He comprendido que no busco el sentido de la vida, sino el sentido de mi permanencia en ella.”