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lunes, 27 de abril de 2026

"Lo que queda de mí": Reflexión íntima sobre la identidad, el despojo personal y la búsqueda del yo auténtico más allá de creencias, nombres y expectativas.

 

“Antes de saber quién era, ya me habían nombrado mil veces.”

Prólogo

Hay nombres que llegan antes que la conciencia, historias que nos habitan antes de que podamos elegirlas. Crecemos dentro de relatos heredados, sostenidos por voces que, aun con amor, nos dibujan antes de tiempo. Este texto nace desde ese lugar: el de quien empieza siendo dicho por otros… y poco a poco aprende a escucharse.

No es una historia cerrada, ni una verdad definitiva. Es más bien un tránsito: de lo impuesto a lo sentido, de la forma al pulso, de lo aprendido a lo que insiste incluso cuando todo lo demás cae.


Nací envuelta en un susurro que no me pertenece, como una segunda piel que me identificaba y me daba sentido de pertenencia.
Voces que me acariciaban incluso antes de ser consciente de mi propio aliento.
Me alzaron manos firmes, suaves, tibias, que me recorrieron, me acomodaron, como si mi cuerpo fuera ya una promesa que debía cumplirse.
Me enseñaron a mantenerme erguida incluso cuando debía inclinar la cabeza; a pensar antes de hablar; a medir los gestos; a caminar por senderos ya recorridos —y reconocidos como seguros—.

Me vistieron con palabras religiosas ajenas a la fe; con orígenes y destinos pronunciados en voz baja —sobre mi cuna—, como semillas que debían germinar, echar raíces en tierras separadas por océanos.
Y yo, tierna, húmeda de vida, abierta a los cielos como un girasol, lo recibí todo sin defensa.

¡Crecí!
Y en ese crecer, algo se resquebrajó.
No fue una ruptura, no.
Fue un cosquilleo en el alma que empujó mi mente a vaciarse de conocimientos, a lograr entendimiento, a abrirse al asombro. Fue una respiración distinta que no pedía permiso.

Hubo noches en que mi piel me quedaba estrecha, en que mi nombre no me nombraba del todo.
Me descubrí en una agitación lenta, casi secreta, como si otra vida me rozara desde dentro.
Una vida sin instrucciones. Sin dogmas.
Una vida que no había sido dicha.

Entonces comencé a elegir, o a desobedecer con suavidad. A veces me afiné como una cuerda tensada al borde de la música, y otras me endurecí, me cerré, dejé aristas en quienes me tocaron.
Fui luz y también sombra.

Pero hubo algo que nunca pude esquivar. Llegó como un despojo.
Como si la vida, de pronto, retirara todas mis capas con una lentitud sensual, casi erótica. Cayeron los nombres. Cayeron las certezas. Cayeron las creencias que un día fueron refugio. Se deshicieron los logros, los títulos, las historias repetidas hasta parecer mías. Todo se aflojó, todo se desprendió, como una piel que ya pedía mudarse.

Y quedé respirando.
Quedó mi latido.

Y en ese espacio sin ornamento, sin testigos, sin relato, emergió, desnuda y precisa, la pregunta:
¿Qué queda de uno cuando se despoja de lo que ha sido en la vida?

¿Respuestas? ¡No las tengo con certeza!
Pero hay algo que queda.

Queda la forma en que uno sostuvo lo que dolía sin que nadie lo viera.
Queda ese gesto mínimo que nadie aplaudió.
Queda el titubeo antes de decir la verdad —o de callarla—.
Queda la manera en que miramos, incluso cuando ya no sabíamos qué estábamos buscando.

Queda, quizá, algo muy pequeño.
Algo que no tiene nombre y, aun así, insiste.
Algo que no aprendimos, que no nos enseñaron, que no vino de nadie.

Y eso… eso sí parece nuestro.


Epílogo

Quizá no haya una respuesta única. Quizá nunca la haya.
Pero hay algo honesto en quedarse ahí, en ese espacio desnudo donde ya no sostienen los nombres ni las certezas.

Tal vez vivir consista en eso: en ir soltando, una y otra vez, hasta rozar algo que no necesita explicación. Algo que no se construye, que no se hereda, que no se fuerza.

Y cuando todo lo demás se ha ido, reconocerlo —aunque sea en silencio— como lo único que, de verdad, permanece.


“Al final, no te define lo que fuiste obligado a ser, sino aquello que, aun en soledad, no pudiste dejar de ser.”


Nota: publicación en la plataforma de Tiktok. Cuenta @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel

viernes, 24 de enero de 2025

"EL PESO DEL ALMA": Un texto íntimo sobre la búsqueda interior, el peso del alma y el amor como espejo. Una reflexión existencial donde el otoño se convierte en metáfora de la permanencia.

“Lo que busco está donde soy.” 


Después de recorrer la piel, el cuerpo y las caricias —las fronteras sensibles del amor y la conciencia—, queda mirar hacia dentro. El alma, que antes se insinuaba en el roce y en el deseo, ahora reclama su voz.
Este texto nace de esa urgencia: la de buscar, una y otra vez, el sentido que habita detrás de la experiencia, el pulso que persiste cuando el cuerpo calla.
Porque amar, finalmente, también es una forma de búsqueda.


Empecé a caminar de regreso a casa. Mi portátil al hombro no representaba ningún peso, ninguna incomodidad. No, el peso lo llevaba en el alma. Estaba fatigada, con hambre de existencia, por los pasos dados en los caminos de la vida que no me conducían a ningún lado. Desorientada. Vacía. Rendida.

Seducida por el panorama otoñal… ¡otoño! —cómo ansío al otoño cuando no está, y cómo me desborda cuando llega— decidí sentarme en un banco a descansar; no el cuerpo, sino la mente, que bullía de cuestionamientos y reflexiones que me llevaban siempre al mismo punto: la vida y mi manera de existir. Estaba hastiada de estar, una vez más, en el banquillo de los acusados: siempre juzgándome, condenándome por el hecho de mantener despiertos mis sentidos, como si fuese un delito vivir a plenitud. Te confieso que dolía.

El otoño soy yo. Me representa por la edad, por el frío en la piel, por las nubes en mi mente que anuncian una borrasca inminente. Pero también me identifican los colores con los que se arropan los árboles: intensos, casi soñados, como mis ilusiones y mis esperanzas. Y al igual que ellos, me voy desnudando, dejando caer los sueños al suelo… pisoteados, deshechos, olvidados.

Tú también eres otoño. Uno que recuerda el calor que aún se lleva dentro, capaz de templar la piel de quien siente frío, o de permitir que otra alma disuelva lo gélido de sus pensamientos.

Mis reflexiones fueron aplacándose y, con ello, comenzaron a desvanecerse los rastros de los pasos dados a través de los tiempos y del espacio: el tránsito entre siglos, continentes, océanos… y almas. Solo huellas, solo memoria. Ninguna permanencia.

¿Permanencia?
La palabra me produjo paz. Volví a quedar atrapada en el diálogo perpetuo entre mi conciencia y mi fe.

¿Cuál era mi aflicción en este instante de la existencia? ¿No había sido creada para la eternidad? Tal vez esto que vivo hoy sea apenas un aprendizaje que aplicaré en otro “hoy”. Todo es temporal; la vida no se agota en este aquí y ahora —me dije—.

Cerré los ojos con la esperanza de que fuera mi último pestañear. Me concentré en la respiración, en el palpitar, intentando dominarlos, detenerlos. Quería dejar escapar, desde la fragilidad del cuerpo y la mente, lo único que verdaderamente poseo y me acompaña: esa chispa de vida llamada alma.

Sonreí. Me reí de mí misma. No tengo el poder de reiniciar mis ciclos de vida, ni de deshacerme de esta antigua alma, cansada de merodear las vidas ajenas. Es lo que hay. Es lo que toca. Ensimismada en mi propio ser, comprendí que el vacío que alego… lo merezco. Busco afuera lo que llevo dentro.

Los demás son espejos que reflejan el amor, la alegría y la ternura que tengo para dar. Cuando los miro, no los veo —ni lo que tienen para ofrecerme—, sino que me revelan: mi propio contenido, mi yo verdadero. Lo que les ofrezco, no lo que necesito de ellos… eso creo.

¿Será eso lo que me ocurre contigo?

Regreso —otra vez— a mis cuestionamientos. Vuelvo a ser yo. Me río, y no dejo de hacerlo, del mismo modo en que lo hago cuando imagino caminar por estas calles de Madrid ataviadas de otoño, cogida de tu mano, o con los brazos entrelazados, dando a nuestros cuerpos mutuo abrigo. Mirándonos. Hablándonos. Sonriéndonos.

Y entonces comprendo que, quizá, el alma no pesa por lo que carga, sino por lo que aún anhela permanecer


“He comprendido que no busco el sentido de la vida, sino el sentido de mi permanencia en ella.”