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domingo, 23 de agosto de 2026

"El armario que guarda el otoño": Una reflexión sobre el otoño, la infancia, los recuerdos y esas pequeñas ilusiones que permanecen con nosotros a través de los años.

 

“Hay otoños que empiezan antes de llegar.”


Prólogo

Hay recuerdos que no necesitan ser llamados para regresar. Permanecen ligados a pequeñas cosas que, con el paso de los años, adquieren un significado que antes no podíamos comprender.

A veces basta con reencontrarnos con un objeto, con una costumbre o con una determinada estación para descubrir que nuestra historia personal está hecha también de esos detalles aparentemente insignificantes. No porque el pasado vuelva, sino porque algo de nosotros todavía sabe reconocerlo.

Crecer no significa borrar lo que fuimos. Significa aprender a convivir con todas las edades que alguna vez experimentamos, incluso con aquellas que creíamos definitivamente perdidas.

Quizá por eso hay momentos en los que la vida adulta se detiene unos segundos y nos permite descubrir que aquella persona pequeña que fuimos todavía tiene algo que decirnos.


Estos dos últimos días he sostenido una sonrisa pícara en mis labios.

La temperatura ha fluctuado, descendiendo unos grados. Y es que no es un secreto para nadie que, al acercarse el fin del verano, mi estado de ánimo cambia. Falta para que llegue el otoño, ¡pero ya lo tengo cogido de la mano!

Sentada en el suelo y con el armario abierto de par en par, descubrí que allí dentro aguardaban, impacientes —como yo—, el otoño y el invierno. Entre las perchas respiraba mi universo favorito: una paleta de tonos tierra, ocres y verdes profundos, envuelta en la promesa de texturas gruesas y abrazos de lana. Todo en ese rincón olía a refugio, a tardes de lluvia y a mi piel restaurada, por fin libre del letargo del estío, limpia y delicadamente perfumada.

Mi sonrisa pícara de mujer realizada se volvía pura ternura al verlo a mi lado. Allí estaba él, como el niño que era, leyendo sus historietas. Las intocables para mí: el Monje Loco, las de Superman y las de Mortadelo y Filemón. Esas no: las del Monje Loco, porque eran de miedo; las de Superman, por la violenta lucha entre el bien y el mal; y las de Mortadelo y Filemón, por aquellas imágenes que me sacarían de la realidad.

¡Ah! Pero las de Archie sí, esas sí.

Las tomaba en mis manos y me deleitaba con aquellas páginas de colores, de figuras, de muchachos siempre alegres, siempre ocupados en algo: el colegio, los amigos, los planes, la diversión, los amores.

Y entre ellos, Betty y Verónica. Dos jovencitas amigas. Una rubia, una morena; una de clase media, la otra rica, pero con algo en común y que a mí me parecía extraordinario: cómo se vestían.

Botas.

Suéteres.

Chaquetas.

Abrigos.

Ropa que para mí pertenecía a un mundo lejano.

Y yo las miraba fascinada.

Las miraba y me imaginaba grande.

No sabía entonces que las cosas que imaginamos de niños no siempre desaparecen cuando crecemos.

Algunas se quedan escondidas. Esperando.

Ahora, cuando llega el otoño —aquí en Madrid— y abro el armario, encuentro aquellas prendas que una vez miré dibujadas en las páginas de Archie.

Y entonces vuelvo a sentirme niña, porque por un instante puedo mirar a la mujer que soy con los ojos de aquella niña. Y quizá eso sea lo más extraño de crecer: que uno cree que deja atrás a la niña, cuando en realidad algunas partes se quedan esperando.

Un olor.

Una luz.

El roce de un tejido sobre la piel.

El frío entrando por una ventana.

Unos árboles vestidos de ocre y naranja.

O simplemente unas botas.

Y cuando se aproxima el otoño, ella vuelve. Se sienta otra vez en el suelo, con su hermano, y abre la revista de Archie. No solo mira la historieta: está mirando hacia adelante.

Y yo, tantos años después, puedo mirar hacia atrás y encontrarla allí, todavía sentada en el suelo. A aquella niña que un día imaginó a la mujer que sería y que, cada otoño, tiene la extraña felicidad de encontrársela.

Allí está, esperando que me siente a su lado un momento para ver juntas cómo empieza el otoño.


Epílogo

Tal vez la verdadera memoria no consista en conservar intacto lo que ocurrió, sino en permitir que aquello que vivimos siga encontrando nuevas formas de acompañarnos.

Hay una parte de nuestra infancia que no reclama protagonismo. No necesita regresar todos los días ni hacerse notar. Le basta con aparecer de vez en cuando para recordarnos que nuestra identidad no se construyó de una sola vez, sino a través de muchas versiones de nosotros mismos.

Quizá madurar sea también eso: reconocerlas sin nostalgia excesiva y sin querer recuperarlas. Simplemente agradecer que estuvieron allí y que, de alguna manera, ayudaron a dibujar el camino.

Porque algunas alegrías no envejecen. Solo esperan el momento preciso para volver a ser reconocidas.


“Y por un instante, el tiempo vuelve a tener mi edad.”


Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel


sábado, 20 de diciembre de 2025

"Una tarde cualquiera", cuento reflexivo sobre la madurez, el paso del tiempo y la conciencia del presente. Una historia sensorial que invita a habitar cada instante sin prisa.

“La madurez no apaga la emoción: la vuelve consciente”


Nota de la autora

Este cuento nació de una caminata cotidiana y de una pregunta que no siempre se formula en voz alta: ¿en qué momento empezamos a habitar el tiempo de otra manera?

Con los años, el reloj sigue avanzando, pero la conciencia despierta y el alma parece detenerse en un punto extraño, donde conviven la madurez y la emoción intacta. Ese lugar —sin edad, sin prisa— es el que intento explorar aquí.

No quise escribir sobre la nostalgia ni sobre el paso del tiempo como pérdida, sino sobre el instante en que la vida se vuelve plenamente perceptible: cuando el cuerpo camina más despacio, los sentidos se abren y el presente deja de ser tránsito para convertirse en hogar.

Si este texto logra que quien lo lea recuerde una tarde, un olor, un sonido, o simplemente se permita caminar sin apuro por unos minutos, entonces el cuento habrá cumplido su propósito.


Prólogo

Hay un momento en que la prisa se detiene sin aviso.
No hay relojes que marquen la pausa: simplemente, el alma empieza a respirar distinto.
La vida se encorva sobre sí misma y el tiempo se vuelve maleable, como si quisiera abrazar todo lo que fuimos y lo que aún soñamos ser.

Eso, cree ella, es la madurez: no llegar al final, sino encontrar el centro.
El lugar donde los tiempos se tocan, donde el pasado ya no duele, el futuro no asusta y el presente —el presente— por fin se deja sentir.


Cuento

De salida del trabajo, se echó a andar calle abajo.

El cielo tenía ese color indeciso que no es del todo tarde ni todavía noche: una mezcla suave de miel y ceniza. Los troncos oscuros de los árboles, aún húmedos, sostenían hojas doradas, naranjas, ocres, que caían con una lentitud casi deliberada, contrastando con el gris brillante de la calzada mojada.

El aire era espeso y tibio, cargado del olor a tierra húmeda y a hojas rendidas por el otoño. También flotaban restos de perfumes ajenos: un rastro de jabón, un aroma dulce, un dejo amaderado que alguien había dejado atrás al pasar. Cada paso producía un crujido irregular, una música sin ritmo fijo. Las hojas se quebraban bajo sus zapatos con un sonido seco y suave a la vez, como pequeñas confesiones.

El viento, juguetón, no dejaba quieta la bufanda. La hacía ondear, la tironeaba con descaro, rozándole el cuello y las mejillas. A ratos, una ráfaga más fresca le acariciaba la piel, y luego el sol —ya cansado— le devolvía un calor tenue, casi agradecido.

Se bebía el aire como si fuera suyo. Solo suyo.

Delante de ella, un chiquillo arrastraba los pies, levantando remolinos de hojas. Cada paso suyo era un desorden alegre. No caminaba hacia ningún sitio urgente: avanzaba como si el trayecto fuera lo único importante. El sonido que dejaba tras de sí era una mezcla de crujidos, risas contenidas y viento revuelto.

Ella lo observaba con una sonrisa leve, de esas que aparecen sin permiso cuando se despiertan emociones que parecían dormidas para siempre. Pensó que, si fuera su madre, ya le habría pedido que levantara los pies, que caminara bien, que no hiciera tanto ruido.

Ese pensamiento la hizo reír en voz baja. No porque fuera gracioso, sino porque estaba cargado de una ternura inesperada.

El niño caminaba más rápido que ella. Poco a poco se fue alejando.
La distancia transformó su figura —envuelta en un abrigo rojo, bufanda multicolor y zapatillas brillantes como el sol— en una especie de garabato vivo, como si un pintor abstracto lo hubiera dibujado con prisa y alegría. Hasta que, finalmente, se volvió apenas un punto indefinido en el espacio que tenía delante.

Y con él se apagó el crujir de las hojas.
La música extraordinaria de aquella función vespertina llegó a su fin.

Aspiró profundo.
Exhaló lento.

Entonces, su mente comenzó un pequeño alboroto, y el alma —esa criatura caprichosa— se le unió en el bullicio.
Ambas hablaban a la vez, en idiomas distintos, reclamando atención, pidiéndole silencio para poder entenderse.

Algo se dobló dentro de ella.
El tiempo, tal vez.
O su manera de sentirlo.

Porque ya no estaba allí, sino detrás de una mujer joven que regañaba con dulzura a sus hijos para que no arrastraran los pies. Ellos reían, sin hacerle caso.

La mujer se volvió, la miró, y ella, con una sonrisa cómplice, le dijo:

—Déjalos, que disfruten el camino como niños… ya tendrán tiempo para aprender a no tropezar.

Le guiñó un ojo.

Lo supo: era ella.
Ella, mirándose desde —y hacia— otro tiempo.

¿Recordó o transmitía una experiencia?
¿Se plegaron los tiempos por un instante para crear algo nuevo?
Quizá sí. Quizá no.

Esa sensación de habitar dos tiempos a la vez no le era extraña. Tal vez fuera común a todos, aunque pocos se detuvieran a notarla. Lo cierto es que esos momentos la sumergían en una meditación profunda: el proceso de crecer, de madurar, de despertar.

Cuando se es joven —pensó— solo existe el futuro.
El presente no tiene espacio, y el pasado apenas se asoma en fotografías. Se vive de prisa, persiguiendo metas que se deshacen como polvo en la palma con el paso de los días.

Pero un día, sin aviso, algo cambia.

No es el reloj —ese invento mecánico que cree medir lo inmensurable—.
Es la mirada.

Porque el tiempo no es una línea: es el instante que se respira.

El cerebro lo sabe. Se vuelve cómplice.
Juega a confundir, a traer recuerdos con textura de presente, sueños con aroma de pasado. Y así convence de que todo ocurre a la vez: lo vivido, lo esperado, lo que aún no nos atrevemos a imaginar.

Allí donde el alma respira, el calendario no sabe marcar fecha y el reloj es incapaz de dar la hora.
Es la plenitud del instante.

Con los años, aprendió que solo hay un tiempo que el cuerpo reconoce como verdadero: el ahora que se respira. Todo lo demás —el pasado y el futuro— son huellas o anhelos.

Había entendido que el ser humano insiste en dividir la vida en minutos, pero el alma solo distingue dos territorios: lo que vibra ahora y lo que ya se apagó o todavía no ha ocurrido.

A esa altura de su vida, dejó de desafiar al tiempo.
No le teme.
Lo observa.
Lo respira.

El pasado es una piel que lleva encima: en ella están las marcas de quienes la amaron, de quienes la hirieron, de quienes le enseñaron sin darse cuenta.

El futuro ya no la amenaza; le pregunta:

¿Qué huella quiero dejar en otros?
¿Qué quedará de mí cuando mis días se desvanezcan en los suyos?

Por eso se queda aquí, en el presente.
No pide hazañas. Solo instantes verdaderos.
Los que laten.

Porque comprendió que llega un día —sin aviso— en que algo cambia.
No el reloj.
No el calendario.

Cambia la conciencia: un segundo de plenitud puede pesar más que un año entero de ruido.

Había aprendido a quedarse.

Su cuerpo tenía una edad clara, visible en los gestos, en ciertas líneas del rostro que ya no intentaba ocultar.
Pero el alma no obedecía esas reglas.

Se había detenido en un punto extraño.
No era joven del todo, pero sentía con la misma intensidad.
No era niña, pero conservaba la capacidad de asombro.
No era vieja: había aprendido a mirar sin miedo.

Tenía una edad sin número.
Una edad donde la conciencia había despertado, pero las emociones seguían a flor de piel. Donde la ternura no se había endurecido y la pasión no necesitaba correr. Donde se podía comprender sin dejar de sentir.

No renunciaría a la pasión, sino que aprendería a encenderla con calma.
No negaría la ternura, sino que sabría elegir con quién compartirla.

Comprendió que cada instante podía volverse memoria o legado, según cómo lo viviera. Y decidió que sus instantes tendrían esa doble alma: que le pertenecieran mientras los respiraba y que siguieran vivos en quienes los tocara después.

Y así, mientras el día terminaba de doblarse sobre sí mismo, siguió caminando, habitando esa edad invisible donde el tiempo no manda, donde la conciencia florece y el corazón —adulto y joven a la vez— aprende, por fin, a estar.

El tiempo no le pertenecía, pero sus huellas sí.
Y entre ellas —aunque nadie lo sepa— queda quien ha leído hasta aquí, tocado por este mismo instante.


Epílogo

Tal vez la vida no nos pida correr ni llegar primero, sino aprender a habitar cada paso. Respirar con atención. Caminar con los sentidos despiertos. Permitir que el presente se llene de las mejores memorias de lo que fue y de los sueños de lo que aún desea ser, como si ya existieran.

Que seamos felices en ese equilibrio frágil y hermoso.
Que atesoremos instantes repletos de sentimientos y emociones profundamente humanas, porque es lo único que verdaderamente nos llevamos.

Todo lo demás es equipaje que se queda en la estación cuando emprendemos el viaje, y un peso inútil mientras nos preparamos para él.

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel


viernes, 24 de enero de 2025

"EL PESO DEL ALMA": Un texto íntimo sobre la búsqueda interior, el peso del alma y el amor como espejo. Una reflexión existencial donde el otoño se convierte en metáfora de la permanencia.

“Lo que busco está donde soy.” 


Después de recorrer la piel, el cuerpo y las caricias —las fronteras sensibles del amor y la conciencia—, queda mirar hacia dentro. El alma, que antes se insinuaba en el roce y en el deseo, ahora reclama su voz.
Este texto nace de esa urgencia: la de buscar, una y otra vez, el sentido que habita detrás de la experiencia, el pulso que persiste cuando el cuerpo calla.
Porque amar, finalmente, también es una forma de búsqueda.


Empecé a caminar de regreso a casa. Mi portátil al hombro no representaba ningún peso, ninguna incomodidad. No, el peso lo llevaba en el alma. Estaba fatigada, con hambre de existencia, por los pasos dados en los caminos de la vida que no me conducían a ningún lado. Desorientada. Vacía. Rendida.

Seducida por el panorama otoñal… ¡otoño! —cómo ansío al otoño cuando no está, y cómo me desborda cuando llega— decidí sentarme en un banco a descansar; no el cuerpo, sino la mente, que bullía de cuestionamientos y reflexiones que me llevaban siempre al mismo punto: la vida y mi manera de existir. Estaba hastiada de estar, una vez más, en el banquillo de los acusados: siempre juzgándome, condenándome por el hecho de mantener despiertos mis sentidos, como si fuese un delito vivir a plenitud. Te confieso que dolía.

El otoño soy yo. Me representa por la edad, por el frío en la piel, por las nubes en mi mente que anuncian una borrasca inminente. Pero también me identifican los colores con los que se arropan los árboles: intensos, casi soñados, como mis ilusiones y mis esperanzas. Y al igual que ellos, me voy desnudando, dejando caer los sueños al suelo… pisoteados, deshechos, olvidados.

Tú también eres otoño. Uno que recuerda el calor que aún se lleva dentro, capaz de templar la piel de quien siente frío, o de permitir que otra alma disuelva lo gélido de sus pensamientos.

Mis reflexiones fueron aplacándose y, con ello, comenzaron a desvanecerse los rastros de los pasos dados a través de los tiempos y del espacio: el tránsito entre siglos, continentes, océanos… y almas. Solo huellas, solo memoria. Ninguna permanencia.

¿Permanencia?
La palabra me produjo paz. Volví a quedar atrapada en el diálogo perpetuo entre mi conciencia y mi fe.

¿Cuál era mi aflicción en este instante de la existencia? ¿No había sido creada para la eternidad? Tal vez esto que vivo hoy sea apenas un aprendizaje que aplicaré en otro “hoy”. Todo es temporal; la vida no se agota en este aquí y ahora —me dije—.

Cerré los ojos con la esperanza de que fuera mi último pestañear. Me concentré en la respiración, en el palpitar, intentando dominarlos, detenerlos. Quería dejar escapar, desde la fragilidad del cuerpo y la mente, lo único que verdaderamente poseo y me acompaña: esa chispa de vida llamada alma.

Sonreí. Me reí de mí misma. No tengo el poder de reiniciar mis ciclos de vida, ni de deshacerme de esta antigua alma, cansada de merodear las vidas ajenas. Es lo que hay. Es lo que toca. Ensimismada en mi propio ser, comprendí que el vacío que alego… lo merezco. Busco afuera lo que llevo dentro.

Los demás son espejos que reflejan el amor, la alegría y la ternura que tengo para dar. Cuando los miro, no los veo —ni lo que tienen para ofrecerme—, sino que me revelan: mi propio contenido, mi yo verdadero. Lo que les ofrezco, no lo que necesito de ellos… eso creo.

¿Será eso lo que me ocurre contigo?

Regreso —otra vez— a mis cuestionamientos. Vuelvo a ser yo. Me río, y no dejo de hacerlo, del mismo modo en que lo hago cuando imagino caminar por estas calles de Madrid ataviadas de otoño, cogida de tu mano, o con los brazos entrelazados, dando a nuestros cuerpos mutuo abrigo. Mirándonos. Hablándonos. Sonriéndonos.

Y entonces comprendo que, quizá, el alma no pesa por lo que carga, sino por lo que aún anhela permanecer


“He comprendido que no busco el sentido de la vida, sino el sentido de mi permanencia en ella.”