Hay privilegios que solo reconocemos cuando descubrimos que no estaban al alcance de todos.
PRÓLOGO
Vivimos acostumbrados a pensar que cada vida comienza desde el mismo punto de partida. Quizá porque resulta más cómodo creer que todo depende de la voluntad, del esfuerzo y de las decisiones que tomamos.
Pero basta detenerse un instante para mirar alrededor y descubrir que la vida reparte de manera desigual aquello que recibimos antes de poder elegir.
Hay preguntas que nacen de una conversación aparentemente sencilla y terminan obligándonos a revisar nuestras propias certezas. Esta es una de ellas.
Tenía un vecino con el que desarrollé una amistad.
Todas las tardes salía a caminar y me encontraba con él: yo para despejar la mente y ordenar los pensamientos, él para pasear a su perra. Coincidíamos. Nos saludábamos, hasta que, en un momento, empezamos a hacer el recorrido juntos.
¡Una manera sencilla de iniciar una amistad!
Una caminata. Una conversación. Los perros delante. Un café después. La sensación de encontrar a alguien con quien es fácil compartir el tiempo.
Poco a poco, casi sin darme cuenta, nuestras conversaciones entraron en lugares más profundos. Dejamos de hablar de lo cotidiano y comenzamos a hablar de aquello que pensamos, creemos y nos duele.
Entonces descubrí el verdadero límite de nuestra amistad.
Porque hay temas que no son solo temas. Son espacios donde cada uno lleva su historia, sus valores y su forma de ver el mundo.
Una de esas conversaciones llegó cuando hablamos de la pobreza y de las oportunidades de quienes nacen en determinados lugares del mundo.
Él dijo, con absoluta espontaneidad y convicción, que esas personas tenían las mismas oportunidades que cualquiera de nosotros aquí, en España.
Aquella frase me incomodó. Deshizo la imagen que tenía de él hasta ese momento, porque…
¡No todos nacemos con las mismas oportunidades!
Hay niños que nacen con un pan bajo el brazo.
Nacen en una familia que los espera. Tienen un padre y una madre, o al menos alguien que los cuida. Tienen casa, escuela, ropa, alimentos y protección. Alguien que les enseña a distinguir el bien del mal, los acompaña cuando tienen miedo y les dice que pueden llegar a ser algo en la vida.
Y hay otros que nacen sin nada de eso.
Niños que viven donde la pobreza no es una circunstancia, sino el panorama entero. Desde pequeños deben cuidar de sus hermanos, trabajar, pedir, sobrevivir. Conocen antes el hambre que los libros y antes el miedo que la seguridad.
Y cuando hablo de hambre, no hablo solo de comida.
Existe también el hambre de amor, ternura, protección, cuidado, educación…
¡El hambre de oportunidades!
El hambre de sentirse alguien en un mundo que parece haberles dicho que valen menos.
¿Cómo puedo entonces mirar a esas personas y decir que tuvieron las mismas oportunidades que yo?
Quizá tuvieron las mismas capacidades, sueños, inteligencia, bondad y capacidad de amar.
Pero no tuvieron las mismas oportunidades.
¡Y eso importa!
Muchas veces juzgamos a las personas por aquello en lo que terminaron convirtiéndose, sin preguntarnos qué circunstancias las construyeron.
Por eso creo que deberíamos ser más prudentes al opinar.
No se trata de justificarlo todo. La libertad también necesita condiciones para ejercerse y no puedo exigir las mismas respuestas a quienes comenzaron la vida desde lugares distintos.
No creo que debamos culpar a un pueblo por las circunstancias en las que vive. Creo que debemos preguntarnos quién tenía la responsabilidad y el poder de cambiarlas.
Y, sobre todo, creo que debemos cuidar algo que a veces olvidamos cuando vivimos cómodamente:
¡la empatía!
Para mí, la empatía no es sentir lástima desde lejos, sino imaginar cómo habría sido mi vida si hubiera nacido en esas condiciones.
Quizá entonces comprendería que muchas cosas que creo haber conseguido solo por mis méritos también tuvieron algo de regalo:
¡Ese pan bajo el brazo con el que algunos llegamos al mundo sin siquiera saber que lo llevábamos!
A mí hay imágenes que me parten el alma.
Las miro y algo dentro de mí se encoge. Mi mente hace «cortocircuito» al no entender cómo puede existir tanto sufrimiento mientras otros vivimos con cosas que damos por hechas.
Y entonces aparece mi fe.
No como explicación que resuelva el dolor, porque no la tengo. Tampoco como consuelo.
Solo como una forma de aceptar aquello que mi razón no consigue comprender.
Creo en un Dios que no desea el mal para nadie.
Y, aun así, hay sufrimientos que siguen siendo incomprensibles.
Quizá creer significa aprender a convivir con algunas preguntas sin permitir que nos vuelvan indiferentes.
Eso era lo que, para mí, estaba en juego: no era solo una diferencia de opinión.
¡Era una diferencia en la manera de mirar al otro!
Quizá por eso algunas amistades se separan cuando dejan lo superficial y muestran aquello que de verdad somos.
Porque llega un momento en que aparece una pregunta incómoda:
¿Cómo miro yo el dolor de los demás?
La respuesta puede acercarnos, o no.
Yo solo sé que no quiero perder la empatía.
Y que podemos recordar, cada vez que miremos a alguien que nació con menos, que el pan bajo nuestro brazo no fue necesariamente un mérito nuestro.
A veces, simplemente, tuvimos la fortuna de nacer donde había pan.
Y quizá recordarlo sea una de las formas más honestas de aprender a mirar al otro.
EPÍLOGO
Tal vez crecer también consista en descubrir que nuestra historia no empezó el día en que comenzamos a tomar decisiones.
Antes hubo un lugar, una familia, unas circunstancias, personas que estuvieron o que faltaron, puertas que se abrieron y otras que ni siquiera llegamos a conocer.
Reconocerlo no disminuye nuestros esfuerzos ni borra nuestros méritos. Simplemente nos recuerda que nadie construye su vida completamente solo.
Y quizá desde esa conciencia podamos mirar el mundo con menos juicio y con una pregunta más humilde: ¿Qué habría sido de mí si la vida me hubiera colocado al otro lado de la frontera?
A veces la verdadera justicia comienza cuando dejamos de creer que todos partimos del mismo lugar.
Publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta @escritosenblancoynegro : @tintasobrepapel
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