“Lo que busco está donde soy.”
Después
de recorrer la piel, el cuerpo y las caricias —las fronteras sensibles del amor
y la conciencia—, queda mirar hacia dentro. El alma, que antes se insinuaba en
el roce y en el deseo, ahora reclama su voz.
Este texto nace de esa urgencia: la de buscar, una y otra vez, el sentido que
habita detrás de la experiencia, el pulso que persiste cuando el cuerpo calla.
Porque amar, finalmente, también es una forma de búsqueda.
Empecé a
caminar de regreso a casa. Mi portátil al hombro no representaba ningún peso,
ninguna incomodidad. No, el peso lo llevaba en el alma. Estaba fatigada, con
hambre de existencia, por los pasos dados en los caminos de la vida que no me
conducían a ningún lado. Desorientada. Vacía. Rendida.
Seducida por el
panorama otoñal… ¡otoño! —cómo ansío al otoño cuando no está, y cómo me
desborda cuando llega— decidí sentarme en un banco a descansar; no el cuerpo,
sino la mente, que bullía de cuestionamientos y reflexiones que me llevaban
siempre al mismo punto: la vida y mi manera de existir. Estaba hastiada de
estar, una vez más, en el banquillo de los acusados: siempre juzgándome,
condenándome por el hecho de mantener despiertos mis sentidos, como si fuese un
delito vivir a plenitud. Te confieso que dolía.
El otoño soy
yo. Me representa por la edad, por el frío en la piel, por las nubes en mi
mente que anuncian una borrasca inminente. Pero también me identifican los
colores con los que se arropan los árboles: intensos, casi soñados, como mis
ilusiones y mis esperanzas. Y al igual que ellos, me voy desnudando, dejando
caer los sueños al suelo… pisoteados, deshechos, olvidados.
Tú también eres
otoño. Uno que recuerda el calor que aún se lleva dentro, capaz de templar la
piel de quien siente frío, o de permitir que otra alma disuelva lo gélido de
sus pensamientos.
Mis reflexiones
fueron aplacándose y, con ello, comenzaron a desvanecerse los rastros de los
pasos dados a través de los tiempos y del espacio: el tránsito entre siglos,
continentes, océanos… y almas. Solo huellas, solo memoria. Ninguna permanencia.
¿Permanencia?
La palabra me produjo paz. Volví a quedar atrapada en el diálogo perpetuo entre
mi conciencia y mi fe.
¿Cuál era mi
aflicción en este instante de la existencia? ¿No había sido creada para la
eternidad? Tal vez esto que vivo hoy sea apenas un aprendizaje que aplicaré en
otro “hoy”. Todo es temporal; la vida no se agota en este aquí y ahora —me
dije—.
Cerré los ojos
con la esperanza de que fuera mi último pestañear. Me concentré en la
respiración, en el palpitar, intentando dominarlos, detenerlos. Quería dejar
escapar, desde la fragilidad del cuerpo y la mente, lo único que verdaderamente
poseo y me acompaña: esa chispa de vida llamada alma.
Sonreí. Me reí
de mí misma. No tengo el poder de reiniciar mis ciclos de vida, ni de
deshacerme de esta antigua alma, cansada de merodear las vidas ajenas. Es lo
que hay. Es lo que toca. Ensimismada en mi propio ser, comprendí que el vacío
que alego… lo merezco. Busco afuera lo que llevo dentro.
Los demás son
espejos que reflejan el amor, la alegría y la ternura que tengo para dar.
Cuando los miro, no los veo —ni lo que tienen para ofrecerme—, sino que me
revelan: mi propio contenido, mi yo verdadero. Lo que les ofrezco, no lo que
necesito de ellos… eso creo.
¿Será eso lo
que me ocurre contigo?
Regreso —otra
vez— a mis cuestionamientos. Vuelvo a ser yo. Me río, y no dejo de hacerlo, del
mismo modo en que lo hago cuando imagino caminar por estas calles de Madrid
ataviadas de otoño, cogida de tu mano, o con los brazos entrelazados, dando a
nuestros cuerpos mutuo abrigo. Mirándonos. Hablándonos. Sonriéndonos.
Y entonces
comprendo que, quizá, el alma no pesa por lo que carga, sino por lo que aún
anhela permanecer
“He comprendido que no busco el sentido de la vida, sino el sentido de mi permanencia en ella.”

No hay comentarios:
Publicar un comentario