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domingo, 1 de marzo de 2026

" El desapego ": Cuerpo, mente, consciencia y alma en alineación. Equilibrio emocional. Paz mental.

 

“Hay noches en que el silencio revela las conversaciones que el día se empeña en callar.”


Prólogo

A veces creemos que el conflicto nace del mundo, de las personas que llegan y se van, de los amores que no se concretan. Pero el verdadero desorden ocurre cuando lo que somos se fragmenta por dentro. Este relato no habla de una pérdida, sino de una búsqueda: la de esa sintonía invisible entre cuerpo, mente y alma que nos devuelve el sentido cuando el deseo amenaza con rompernos.


Llevaba meses habitando un territorio incierto: un lugar donde el deseo y la ausencia se confundían hasta volverse indistinguibles. No era exactamente tristeza, tampoco esperanza; era una intermitencia que me mantenía en vilo, como una respiración que nunca termina de completarse. Cuando él aparecía —una mirada fugaz, una palabra breve— el mundo se ordenaba por un instante; cuando desaparecía, todo dentro de mí caía en un ruido desacompasado.

El cuerpo lo resentía primero. El pecho apretado, el pulso acelerado ante la posibilidad de encontrarlo en cualquier esquina. El cuerpo, noble y biológico, respondía al estímulo de la expectativa y al vacío de la ausencia. Reaccionaba. No decidía.

Mi mente era la que tejía el laberinto: construía un amor perfecto en la misma medida en que la realidad lo negaba. En esa distancia entre lo imaginado y lo posible crecía la ansiedad, como una enredadera que trepa sin jamás ser podada.

Mi alma, en cambio, silenciosa, observaba el caos. Su anhelo era más hondo: buscaba sentido, propósito. No quería el sobresalto de un mensaje inesperado ni la euforia breve de una coincidencia; quería coherencia.

Una noche, exhausta, me recosté escuchando música de meditación. Buscaba —desesperadamente— una reconciliación interior. Cerré los ojos. Me concentré en la música, dejándome que me poseyera.

No dormía, pero algo comenzó a transformarse. Vi el techo elevarse, las paredes curvarse. Vi salir de mi pecho, sin dolor, una luz que quedó flotando encima de mí, casi rozándome, serena.

Era yo, me vi.

Desde arriba, observé mi cuerpo tendido en la cama: inmóvil, respirando con dificultad. Desde abajo… sentí esa presencia que flotaba, reconociéndome en ella. No hubo miedo, solo una curiosidad limpia. Intenté moverme. No pude. El corazón golpeaba con violencia.

—¿Temes verte? — me preguntó la figura suspendida, sin labios, sin sonido.

No era una voz externa.

—No temo verme —respondí desde la inmovilidad—. Temo perderlo.

La figura descendió apenas, lo suficiente para que la luz rozara su pecho.

—No te agita él. Te agita lo que imaginas.

La mente reaccionó con furia. Se negó a ser señalada.

—Si no imaginara, no habría esperanza. Si no interpretara, no habría sentido.

—Si no exageraras —replicó la presencia—, habría paz.

El aire se volvió más denso. El cuerpo, abajo, sudaba frío. Sentía el deseo como una corriente eléctrica bajo la piel. Sentía la ausencia como un hueco físico.

—El cuerpo solo responde —continuó la figura—. Late. Arde. Tiembla. No decide.

—Yo intento protegerla —insistió la mente—. La preparo para lo que podría ser.

—La arrastras hacia lo que no es—. El silencio se tensó entre ambas.

Entonces algo más emergió. No tenía forma ni altura. Era la consciencia, discerniendo, aportando claridad. Una firmeza suave que no discutía. Y, sin elevar la voz, ajustó a las dos.

No hubo rendición. Hubo reconciliación.

La respiración empezó a acompasarse. El latido dejó de golpear y comenzó a marcar ritmo. La luz que flotaba descendió lentamente hasta tocar el cuerpo inmóvil, se fundió con él, como si nunca hubiera estado separada. La mente aflojó la intensidad de sus imágenes. Las escenas perfectas perdieron brillo. El deseo siguió allí, pero ya no era incendio descontrolado; era calor contenido.

Abrí los ojos.

Nada externo había cambiado. Él seguía siendo improbable. La historia, inconclusa. Pero dentro de mi algo se había alineado. El cuerpo respiraba con mayor calma; la mente ya no corría desbocada detrás de escenarios imaginarios; el alma permanecía atenta, firme.

Comprendí que el sentido no depende de poseer aquello que se desea, sino de la armonía con la que se desea. Que el amor imposible puede ser maestro, pero no amo. Que la ansiedad surge cuando la mente se separa del alma y arrastra al cuerpo a una carrera sin dirección.

Esa noche no dejé de quererlo. Pero dejé de desordenarme por él.

Y en esa sutil diferencia comencé, por fin, a habitarme.


Epílogo

El amor imposible no desaparece por arte de magia; se transforma cuando dejamos de sostenerlo desde la carencia. La ansiedad se disuelve cuando la consciencia toma la dirección y convierte el deseo en aprendizaje. No siempre obtenemos aquello que anhelamos, pero siempre podemos elegir la armonía desde la cual lo anhelamos.


“Cuando las tres voces aprendieron a escucharse, el latido dejó de doler y comenzó a guiar.”

martes, 24 de febrero de 2026

"El disfraz del dolor": Texto poético sobre el ego y el amor propio. La verdadera herida del desamor.

“Hay despedidas que no solo se llevan a una persona; se llevan la versión de nosotros que existía cuando éramos amados.”


Prólogo

Este texto no nace de las certezas, sino de las heridas que obligan a mirar hacia dentro. Está escrito para quienes alguna vez confundieron amor con permanencia, y pérdida con falta de valor. No pretende explicar el dolor ni resolverlo, solo acompañarlo. Porque a veces lo único que necesitamos es saber que alguien más ha atravesado la misma noche y ha aprendido a respirar dentro de ella.


Desgarraba el alma con solo verla. Su cuerpo parecía inanimado, sin espíritu, sin esencia. Todos esquivaban la mirada al cruzársela, temerosos de que notara la lástima que inspiraba: esa ya no era ella. No quedaba chispa en sus ojos, ni sonrisa en sus labios. Mucho menos la música que antaño desprendía a su paso, un melodioso himno a la alegría. Era un despojo. Le vaciaron la mente; le estrujaron el corazón; la dejaron al borde de su centro… colgando de un hilo en un abismo espiritual.

El amor no se rompe de golpe, no.
Se resquebraja como un vaso fino que nadie vio caer.
Primero es una fisura invisible.
Después, una línea fría que atraviesa el pecho.
Y un día, sin ruido, ya no hay agua en las manos.

Duele.
Duele como si el cuerpo hubiera perdido un órgano secreto.
Como si alguien hubiera retirado el aire de la habitación y uno respirara por costumbre.

Pero lo que más duele no es la ausencia del otro en la cama, ni el silencio del teléfono, ni la puerta que ya no se abre con la misma impaciencia.
Lo que desgarra es descubrir que ya no somos el centro de una mirada.

Antes éramos territorio.
Éramos el nombre que se pronunciaba con premura.
Éramos prioridad, destino, refugio.

Y de pronto, la brújula del otro apunta hacia otro norte.
Y uno queda en la periferia, como una casa que fue hogar y ahora es solo arquitectura.

Entonces la pregunta insiste:
¿Duele perderlo… o duele dejar de ser elegido?

Hay un instante cruel en toda ruptura: cuando comprendemos que ya no habitamos la mente del otro como antes; que nuestras palabras ya no provocan ese brillo; que nuestra ausencia no desata tormentas. Y en esa revelación algo interno se encoge, como un animal herido.

No es solo amor lo que sangra.
Es la identidad que se cree perdida.

Porque cuando alguien nos ama, no solo nos acompaña: nos confirma. Nos devuelve una versión luminosa de nosotros mismos. Bajo su atención, nos expandimos. Nos sentimos necesarios, deseables, únicos. Y cuando esa luz se apaga, no sabemos si lo que se oscureció fue el vínculo… o nuestro propio valor.

Por eso la herida parece tan profunda.
No es únicamente la pérdida de un cuerpo, sino la pérdida de un espejo.

Y entonces ocurre algo extraño.
En esa imagen desvalida que proyectamos, despierta la atención de alguien que se ve reflejado ante tanto dolor, y aparece. Nos rescata del abismo con una tierna mirada.
Con una voz nueva que nos busca, que nos nombra.
Con un mensaje que se adelanta a la noche, iluminando la oscuridad.

Y en la penumbra visualizamos a ese “yo” que habíamos perdido.
Y de pronto, el pecho respira un poco mejor. El corazón late en la medida en que tomamos consciencia de la propia existencia. No somos una “costilla” del otro, no somos seres incompletos… solo estábamos adosados por elección, no por riesgo de que la estructura cayera.

Viene la calma.
La mente se abre.
La piel vuelve a sentir.
La sangre vuelve a circular con un ritmo menos doloroso.
La herida, que parecía abierta como un tajo en carne viva, empieza a cerrarse en los bordes.

¿Es amor?
A veces no. A veces sí, pero eso no importa.
La certeza está en el alivio que todo lo sana.
Es la restitución del “aún soy deseable”.
Es el bálsamo de volver a ser prioridad en la mente de alguien.
Es el ego, que había quedado arrodillado, levantándose con torpeza y diciendo: “Sigo siendo importante.”

Y no hay vergüenza en eso.
Nuestra humanidad necesita sentirse significativa. Necesitamos sabernos elegidos, aunque sea por un instante. El corazón busca donde apoyarse para no caer en el vacío que crea la mente al decirte “no soy nadie, no valgo nada, no soy suficiente”.

Y de allí brota la revelación que transforma el dolor en consciencia:
Si la presencia de otro puede aliviar la herida, entonces… ¿la herida no era solo por la persona que se fue? ¡Era por el significado que le habíamos entregado a su mirada!

Confundimos amor propio con ser amados.
Confundimos valía con ser preferidos.

El ego herido grita:
“Ya no soy especial.”
El amor propio, en cambio, susurra:
“Sigo siendo valioso, aunque nadie me esté mirando.”

El ego necesita testigos.
El amor propio respira incluso en la soledad.

Y, al comprender esto, el dolor no desaparece de inmediato, pero cambia de textura. De intensidad. Ya no es una herida sangrante; es un duelo. Ya no es una caída al vacío; es un desprendimiento.

Perder a alguien es perder un mundo compartido.
Pero perder la idea de que solo en los ojos del otro existimos… eso es recuperar la libertad.

Ya, el amor, deja de ser una prueba de valor.
Convirtiéndose en elección, no en validación.
En encuentro, no en salvación.

La herida cicatriza de verdad cuando entendemos que nunca fuimos insignificantes; que solo depositamos nuestra identidad, nuestra valía en manos ajenas. Esas mismas manos que ahora nos sueltan, y de las cuales estamos obligados a rescatar, con dignidad, lo que alguna vez entregamos confiados en la permanencia de algo que bien puede ser temporal, pasajero… efímero.

Y el día que el amor propio se levanta —sereno, sin estridencias— el dolor ya no tiene la última palabra.

Porque el corazón aprende algo esencial:
No duele solo que se vayan.
Duele creer que, sin ellos, dejamos de ser.

Y esa es la ilusión que, al romperse, también nos ilumina.


Epílogo

Al final, el amor que se queda no siempre es el que imaginamos. A veces permanece en forma de aprendizaje, de calma, de una mirada más amable hacia uno mismo. Y comprendemos que perder a alguien no era desaparecer, sino regresar lentamente a casa, a un lugar donde la propia existencia basta.


“El día que dejé de preguntarme por qué te fuiste, empecé a preguntarme por qué había olvidado quedarme conmigo.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

domingo, 15 de febrero de 2026

"Ayer te vi" – Texto poético sobre el amor, la soledad y la intensidad de los encuentros.


“A veces el peligro no es amar, sino recordar cómo se sintió.”


Prólogo

A veces el verdadero peligro no es amar, sino recordar lo que se sintió al borde del abismo del deseo. Esta prosa poética explora la intensidad de los sentimientos que nacen sin buscarse, la fascinación por alguien que parece prohibido y la ternura que despiertan miradas que no se atreven a ser descubiertas. Entre emociones fugaces y silencios significativos, cada instante se convierte en un recordatorio del amor no correspondido y del aprendizaje que trae consigo.


Ayer te vi.

Anteayer también.

Y cuando apareces, algo se altera apenas, como si la noche entrara antes de tiempo en mitad del día. No haces nada distinto, no dices nada especial, pero tu presencia deja una vibración leve, un rastro que permanece cuando ya no estás. Yo miro sin que lo notes. He aprendido a hacerlo así, a esconder el gesto, a guardar la quietud mientras por dentro algo despierta y enseguida vuelve a dormirse.

Cuando hablas, me alejo un poco. No por rechazo, sino por cuidado. Hay cercanías que arden despacio y uno no se da cuenta hasta que ya es tarde. Mi intuición lo sabe y me detiene antes de dar un paso más. No quiero engancharme a lo que no tiene nombre ni lugar. No quiero más señales confundidas con destino ni historias sostenidas solo por el deseo. El amor, con el tiempo, me enseñó a desconfiar de lo que se siente demasiado intenso y demasiado frágil a la vez.

Sé que no eres hombre para mí,

como yo no soy mujer para ti.

Y en esa certeza hay una calma triste, pero necesaria. No hay promesa entre nosotros, solo una posibilidad que existe mientras no se toca. Por eso necesito distancia. Que no me mires demasiado tiempo, que no me hables como si hubiera algo pendiente, que no me sonrías de esa forma que deja preguntas abiertas cuando llega la noche.

No me desordenes la vida.
Me ha costado aprender a habitar este silencio, a reconciliarme con la calma que queda cuando todo pasa. Aquí, en esta soledad, al menos, nada se rompe.

Amor no tengo.
Pero en mi soledad me sostengo.


Epílogo

Aprender a sostenernos en la soledad es un acto de valentía. Porque hay desórdenes que parecen amor, pero solo son la memoria de lo que nunca fue, comprendemos que la belleza de los encuentros intermitentes reside en la intensidad del instante, en la ternura de la mirada y en la fuerza de nuestro propio crecimiento emocional. Esta reflexión poética nos recuerda que los sentimientos más profundos no siempre requieren reciprocidad, solo atención y cuidado hacia nuestro propio corazón.

Nota: Publicado en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

sábado, 7 de febrero de 2026

"Amé, y por eso gané": Relato corto y reflexivo sobre esos amores que llegan sin buscarse y enseñan a volver a una misma. Una historia sobre conexión, confusión, desapego y el descubrimiento del amor propio.

 

“Hay encuentros que no llegan para quedarse, sino para revelarnos quiénes somos cuando nos atrevemos a amar sin miedo.”


Hay días en que me envuelve una especie de sentimiento que no sé nombrar. Hoy es uno de ellos. Necesito hablarme para identificar qué es esto que siento: entre tristeza, confusión, incomodidad, temor, vacío… no lo sé. Con certeza, no lo sé.

Por eso me escribo a mí misma, porque las letras son mi manera de aclararme, de conocerme, de confesarme y redimirme. Quizá sea por aquello de que el papel es blanco y las letras negras, como pasa en el amor: o es blanco o es negro; no acepta matices intermedios.

Silencio mis emociones para escuchar mis pensamientos.

Vuelvo, entonces, a ese instante como quien regresa a la orilla donde comenzó la marea. No ocurrió nada extraordinario —pienso— y, sin embargo, algo se encendió. Dos desconocidos coincidiendo en el mismo espacio, una mirada sostenida un segundo más de lo prudente y ese temblor leve que anuncia que algo ha sido visto. No lo busqué. Solo sucedió. Y yo, sin saberlo, abrí la puerta.

Recuerdo el lenguaje silencioso: las distancias que se acortaban despacio, las sonrisas que nacían sin permiso, la certeza inexplicable de estar siendo reconocida por alguien que no sabía mi nombre, o no quiso pronunciarlo. Era un juego ligero, casi inocente. Un baile sin contacto donde todo se decía en los ojos. Y qué fácil fue dejarme llevar por esa corriente tibia que prometía sin prometer nada.

Hasta que dejé de jugar y empecé a sentir.

Me mostré sin adornos, sin cálculo, con la verdad desnuda de quien no teme amar. Y fue entonces cuando el movimiento cambió. Yo avanzaba y algo en él retrocedía. Seguía ahí, pero a medias; cerca, pero nunca presente del todo. Como una puerta entreabierta que invita y niega al mismo tiempo. Y yo, tratando de comprender, empecé a perderme en la incertidumbre, en la pregunta constante, en la silenciosa herida de no saber qué estaba haciendo mal.

La tristeza llegó despacio, como el frío cuando cae la tarde. No por una promesa rota —porque nunca la hubo—, sino por las emociones que sí existieron, por la conciencia de haber sentido algo verdadero en un lugar donde solo había un juego. Y dolió descubrirme empequeñeciendo, intentando encajar en un espacio estrecho, vacío, donde mi luz se desbordaba.

Hoy me miro sin condescendencia: no para castigarme, sino para no huir de la verdad, aunque esta duela. No fui ingenua. Fui auténtica. Fui valiente, profundamente valiente. Amé sin esconderme. Entregué lo que soy con una pureza que no pesa, con una ternura que no avergüenza. Y al recordarlo comprendo que no perdí nada. El amor que di no desapareció; me reveló. Me enseñó la amplitud de mi corazón, la profundidad de mi deseo de amar bonito, la belleza intacta de sentir sin miedo.

Ya no pienso: me cuestiono. ¿Será que amar sin filtros es carecer de amor propio? Le doy vueltas y vueltas a esa pregunta, y siempre hallo la misma respuesta: amar nunca es indigno. No, no lo es. Entonces, ¿Por qué siento esta incomodidad? Si amar no es indigno, ¿Qué lo es? La claridad llega, por fin: entregar ese amor tan tierno y honesto —con tanta pasión— a la persona incorrecta.

Desde ahora, ya nada será igual. Si amar es un juego, elijo retirarme. No desde la derrota, sino desde el reconocimiento. Porque quedarme significaría negarme, y marcharme es volver a mí. Entiendo, al fin, que el amor no es el premio: lo soy yo cuando me habito sin apagar mi luz para ser elegida.

Dibujo una sonrisa de entendimiento en mi rostro, una sonrisa amarga, pero serena. Y me da paz, porque comprendí que, mientras yo me entregaba, él jugaba a perderme… y le dejé ganar.


“Amar nunca fue perder; perder sería olvidar que yo también puedo elegirme.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 5 de septiembre de 2025

"El agua más allá del barro": Relato filosófico ambientado en Fez sobre la pérdida, el desapego y la sabiduría espiritual. Una historia íntima sobre aprender a soltar y vivir con gratitud.


“Un eco existencial en los laberintos de Fez”


Introducción

He aprendido que la vida tiene maneras sutiles de enseñarnos lo que realmente importa. A veces creemos que lo valioso reside en lo que poseemos, en los objetos, en las costumbres o en los recuerdos, y nos aferramos a ellos con fuerza. Pero hay momentos en que todo eso se rompe o se escapa, y nos enfrentamos a la elección de hundirnos en la pérdida o descubrir que lo esencial siempre ha estado más allá de las formas. Este relato es una historia que me recuerda, con claridad y ternura, que aprender a soltar es también aprender a vivir.


En el Mellah de Fez vivía un hombre que había heredado de su padre una vasija de barro. Sencilla, sin adornos, pero para él era única: preciosa. En ella conservaba el agua que lo sostenía en los días de sol inclemente. Cada amanecer, antes de salir al campo, la observaba como si al mirarla ya bebiera su frescor.

Una mañana cualquiera, por los laberintos de la medina, tropezó. Junto con él cayó la vasija. De rodillas en la tierra polvorienta, recogió los fragmentos con manos temblorosas. Uno a uno, con la urgencia de quien recoge diamantes esparcidos al viento, como si temiera perder alguno. Sintió en el pecho un desgarrón: no solo había roto un objeto, sino su costumbre, su legado, la memoria viva de su padre.

Ambos se hicieron añicos: la vasija y él. Como el viento que quiebra las espigas de trigo, la culpa lo doblegaba hasta quebrarlo. Por un instante, la amargura lo cubrió y alzó la voz al cielo:

—¿Por qué me quitas lo que amo?

Apenas formuló su protesta, recordó las palabras de Job que había escuchado en la sinagoga: “El Señor da, el Señor quita; bendito sea el nombre del Señor”. Ahora su dolor era aún mayor: no solo había hecho pedazos la vasija paterna, sino que también ponía en entredicho su fe, defraudaba al otro Padre. Tragó su pena, se tragó los gemidos... y guardó silencio. Dejó que aquellas palabras cayeran en su alma como gotas en tierra reseca, como una sentencia inapelable. Humildad y aceptación no eran condena, sino camino de absolución.

También le resonaron enseñanzas estoicas: nada de lo exterior es realmente nuestro; solo podemos poseer la actitud con que enfrentamos la pérdida. Epicteto susurró en su memoria: “No son las cosas las que nos hieren, sino la opinión que tenemos sobre ellas”.

Respiró hondo, resignado. Guardó un fragmento de la vasija rota en su manto, como remanente de lo amado. Se incorporó y continuó, cabizbajo, pero en pie.

El sol estaba alto, el camino polvoriento y el calor lo agobiaba. Entonces, a lo lejos, divisó agua: no en una vasija, sino fluida, libre. Caminó hacia ella. Era el Oued Fes, río antiguo que desde siglos abastecía con sus corrientes los jardines y palacios de la ciudad, y cuyo rumor aún acompañaba al Mellah. Bebió directamente de esa corriente clara y abundante, y en ese acto descubrió que lo que había perdido era solo un contenedor; lo esencial era inherente a la vida.

Recordó las fuentes de la medina —como la de Nejjarine, tallada en madera y piedra, donde los viajeros bebían al pie de la historia— y comprendió que el agua nunca dejó de estar allí, generosa, más allá de su quebrada vasija.

Lo que al principio supo a amarga pérdida se transformó en aprendizaje: la humildad de aceptar que lo que poseemos puede partirse, que lo que nos sostiene hoy puede esfumarse mañana y, aun así, la vida sigue fluyendo.

Secó el sudor de su frente, y con voz serena murmuró:

—Señor, enséñame a no aferrarme, a recibir con gratitud lo que me das y a soltar con paz lo que me quitas.

Esta vez no fue una protesta, sino una plegaria. De rodillas, sí, pero no por haber caído, sino por haber comprendido.

Con paso sereno, caminó hacia adelante, más ligero que antes, pues había dejado tras de sí no solo los restos de la vasija, sino el peso de su resistencia.

Al internarse de nuevo entre los pasillos vivos del Mellah, el brillo del sol en las rejas de hierro, el murmullo lejano del río y el eco de las fuentes lo envolvieron en una enseñanza silenciosa: la vasija había perecido, pero no el agua. Comprendió que la vida, como los canales ocultos que recorren Fez, se abre paso incluso cuando no la vemos. Y así, con el corazón más libre y atento a cada gota del presente, prosiguió su andanza, sabiendo que el valor verdadero reside en beber —y dejar ir— con humildad y gratitud.


Epílogo

Al reflexionar sobre esta historia, comprendo que la verdadera enseñanza no está en lo que se pierde, sino en la manera en que respondemos a la pérdida. Las formas pueden romperse, los objetos pueden desaparecer, pero la esencia de lo que nos sostiene sigue fluyendo, como un río que nunca cesa. Aprender a soltar, a recibir con gratitud y a aceptar con humildad, es descubrir que la vida siempre encuentra un cauce, y que nuestra libertad reside en beber del presente con atención y serenidad.


“Nada es nuestro salvo la actitud con que aceptamos la pérdida.”

domingo, 31 de agosto de 2025

"EL Ojo de la Aguja": Trascender el Ego. Camino Espiritual hacia la Libertad Interior.

 

“Lo imposible se vuelve camino cuando soltamos lo que creemos poseer.”


Prólogo

Hay momentos en que el alma se arrodilla antes que el cuerpo. No por cansancio, sino por rendición.
Así la encontró aquel amanecer: quieta, inmóvil, entre flores que no sabían de culpas ni de ausencias. Sentía que tenía tanto… y sin embargo, nada. Le pesaban las certezas, los logros, los afectos. Todo lo que creyó poseer comenzó a volverse lastre, y comprendió —no sin dolor— que para avanzar debía aprender a soltar.

Fue entonces cuando lo escuchó. No afuera, no en el cielo, sino dentro de sí. Una voz primigenia, dulce y firme, que le pedía vaciar las manos para poder recibir lo eterno.


Allí estaba ella, sentada en medio de las flores, en medio del jardín, como estatua de blanco mármol que adorna la entrada de una casa. Polvorienta. Enmohecida. Con la mirada gacha. Veía a su derredor, pensaba en voz baja:

—Tengo de tanto, que hasta de nada tengo —musitaba. No quería que Dios la escuchara, lo lastimaría.

Las lágrimas corrían sin quererlo. Sin tener derecho a ello, lo sabía. Era una malagradecida.

Volvió a retraerse de su entorno. Escarbó en la tierra queriendo simular que plantaba alguna flor. ¡Otra mentira más! Una de tantas que fabrican las máscaras de sus representaciones diarias. Sí, de esa obra —una farsa completa— llamada “vida”. Escarbaba y escarbaba, como queriendo que la tierra la tragara; eso sí, con su sonrisa perfecta, esa, la esculpida en el blanco mármol, en una cara de piedra. Fría. Inmutable. Impenetrable. Como si nada pasara.

—¿Qué pasa, mujer?, ¿Cuál es tu agobio? —le preguntó Dios, por preguntar; bien sabía Él qué mal la aquejaba.

Ella lo escuchó claramente. Miró al cielo en su búsqueda, como un girasol va tras la luz. No lo vio, allí no estaba. No estaba afuera. Estaba adentro. Habitaba en ella. Era su voz. Firme como una vara de hierro, pero suave y dulce como gota de miel. Una voz reconocible. Única. Una voz que no se escucha con los oídos, que no habla nuestra lengua, pero que se entiende porque es un código cifrado en cada célula, en cada intersticio del ser. Una vibración que se expande como música en el aire. Un regocijo inexplicable, pero audible. Un misterio, uno de tantos.

—Perdóname, mi Señor, ¡perdona mi ingratitud! Me lo has dado todo y me siento como si no tuviera nada. Vacía. Tristeza profunda en el alma. No le hallo sentido a la vida, no encuentro un propósito. Siento vergüenza ante ti, pero estoy hastiada de ella… —lo dijo con los ojos cerrados, virándolos hacia dentro. Intentaba verlo como si lo tuviera tatuado en los huesos. Solo luz encontró en la inmensa oscuridad de su interior.

—Si buscas un sentido, un propósito de vida, yo te pondré en el camino que te lleva a él. No preguntes cómo sabrás cuál es. Solo camina hacia adelante, no te detengas. No esquives los obstáculos ni los enfrentes: fluye. Sin protestas. Sin medir el tiempo ni los espacios. Encontrarás puertas indicativas del cambio de rumbo que te conduce a tu destino: atraviésalas, sí o sí. No hay opciones. ¿Aún quieres hallar tu propósito?

Como siempre, fue una pregunta retórica. Él sabía la respuesta. Ella había hecho un pacto con lo Divino, y Él con su humanidad.

Y sí, se puso de pie.
Y sí, el camino se abrió ante ella.
Y sí, lo ha estado transitando, y aún lo transita.

Ha sido obediente. No lleva cuenta del tiempo ni de la distancia recorrida. Tampoco de los nombres de los lugares por los que ha pasado. Al iniciar el recorrido —de esos caminos de Dios— embaló todas sus pertenencias. Todas sus posesiones. Se llevó consigo todo lo que pudo, por si le hacía falta en algún momento de su travesía en búsqueda de sentido. Poco a poco, “puerta a puerta”, se ha ido deshaciendo de ellas. Pesaban. Impedían atravesarlas.

Se ha ido quitando cargas. Aligerando el paso. Nada de lo que ha abandonado le ha hecho falta. Ahora que no tiene nada, siente la satisfacción de tenerlo todo. Sonríe desde el alma, sin necesidad de máscaras.

Aún le falta atravesar algunas puertas, lo sabe; puede verlas, cada una más pequeña que la otra. Sabe que podrá, está dada a ello. La última, que se vislumbra al final del camino, es tan pequeña, tan diminuta como el ojo de una aguja.

¿El ojo de una aguja? Razón tenía Jesús al referirse a lo imposible de alcanzar el Reino de Dios cuando el corazón del hombre está puesto en las posesiones, en las riquezas, en su ego.

Y ahora que no tiene nada, que su corazón está en total desapego a lo material y que está —absolutamente— rendida a Él… ¿podrá pasar por tan diminuta puerta? ¿Es eso posible? ¿Tendrá que desollarse y quebrar sus huesos para atravesarla? ¿Tendrá que desgarrarse el alma del cuerpo para que solo ella alcance el otro lado? ¿Está siempre trenzado el amor al dolor? Y si es así, ¿verá Dios alguna belleza en ella, o sentirá vergüenza de su desnudez ante Él?

Esa última pregunta vislumbra su propósito.
Crea su conciencia, le da sentido.

Él la llevó al despojo de sus riquezas, sus méritos, sus afectos.
Le dijo que no protestara, pero no le prohibió que pidiera.

Ella no ha protestado. Ha aceptado.
Ahora le pide el tiempo —justo y necesario— para embellecerse para Él. Solo eso le pide. ¡Solo para Él!


Epílogo

Comprendió que el camino hacia Dios no se mide por pasos, sino por desprendimientos.
Cada puerta que cruzó la fue despojando de algo: del orgullo, del miedo, del apego, del control. Y en ese despojo, descubrió la plenitud.

Ya no teme a la diminuta puerta que aguarda al final del sendero. Sabe que no se atraviesa con fuerza, sino con entrega; no con méritos, sino con amor.
Si debe romperse para cruzarla, lo hará con dulzura. Si debe despojarse hasta quedar alma desnuda, lo hará con gratitud.

Porque ahora entiende: el ojo de la aguja no es un castigo, es el punto exacto donde todo lo superfluo muere para que lo esencial nazca.


“Lo que creyó vacío era el espacio que Él necesitaba para habitarla”.





viernes, 6 de junio de 2025

"EL INVIERNO TIENE NOMBRE DE MUJER": Texto poético sobre la pérdida del deseo y la pasión cuando el amor no es correspondido. Una metáfora intensa donde el frío de una mujer apaga hasta el infierno.

 

 “El invierno tiene nombre, y el diablo lo sabe.”


Era tal su frialdad que, aún en la lejanía, el mismísimo diablo corrió despavorido a proteger sus predios; no fuese que ella se acercase y… ¡le congelase el infierno!

Porque no era una mujer: era invierno caminante.
Su aliento, escarcha; sus palabras, cristales que laceraban.
Su mirada, un relámpago de hielo que detenía la sangre en las venas de quien osara sostenerla.

Las brasas del averno, que todo lo devoran, se estremecían bajo la amenaza de su paso.

Las hogueras que nunca mueren crujían, apagadas como velas expuestas al viento de su indiferencia.

Ni los gritos, ni las llamas, ni las danzas rojas del pecado resistían el azote de ese frío incontenible.

El diablo lo sabía:
que, frente a ella, su imperio ardiente se volvía páramo.
Que las lenguas de fuego eran carámbanos.
Que la lujuria se quebraba en hielo seco.

Y así, en el centro del infierno, donde todo arde, surgió lo imposible:
un silencio helado,
un fuego azul muerto,
un pedazo de hielo eterno…

No hubo llamas que resistieran ante su frialdad: el infierno no ardía… ¡tiritaba!

El diablo entendió, entonces, que no hay fuego eterno… ¡cuando el hielo lo reclama!


“Hasta el diablo descubrió su límite… el frío de una mujer.”

 


jueves, 21 de septiembre de 2017

"El día que voló mi corazón": relato sobre la despedida de una hija y el vínculo inquebrantable del amor materno. Reflexiona sobre la distancia, la pérdida y el reencuentro que fortalece el corazón.

“Toda partida lleva consigo la mitad del alma de quien se queda.”

Dedicatoria:
A ti, hija mía, que partiste hacia nuevos horizontes con mi amor guardado en tu maleta.

Introducción

Hay momentos en que la vida nos arrebata sin aviso lo que más amamos, y sentimos que una parte de nuestro corazón se eleva con lo amado, dejando un vacío que parece imposible de llenar. Este relato nace de ese instante de fragilidad y amor absoluto, de la sensación de perder y, al mismo tiempo, comprender que el vínculo verdadero no conoce distancias. Aquí comparto la emoción de aquel vuelo que llevó mi corazón lejos, y la esperanza que siempre habita en quienes aman con entrega total.

Después de interminables meses de preparación, de ilusiones disfrazadas de calma, llegó, al fin, el día fatal. Horas de correteo, de abrazos y despedidas… ¡y de promesas de reencuentro que sé, en lo más hondo, jamás se cumplirán! La vi partir hasta que esa presencia tan amada por mí se desvaneció, como si el aire mismo me la arrebatara de entre los brazos.

Una extraña sensación me envolvió: la vida, de repente, se me volvió un polvoriento álbum donde las páginas crujen, y las fotografías amarillentas parecen observarme con reproche. Una existencia sostenida apenas por recuerdos que vagarán errantes por mi mente, atormentando el alma de día y de noche, como fantasmas que rehúsan descansar.

Salí apresurada, creyendo que al correr podría retener lo inevitable, sólo para ver el avión cuando comenzaba su lento andar. Se deslizaba despacio por la pista, como mis lágrimas por las mejillas; luego, de pronto, aceleró con el mismo ímpetu que mi corazón desbocado y alzó vuelo, arrancándomelo del pecho y llevándoselo consigo hacia un cielo indiferente, lejano e inaccesible.

Sin que ella lo supiera, en su equipaje escondí mi amor, mis besos, mis bendiciones y mis caricias; guardé también mi pasado y mi presente… con la esperanza de que se vuelvan cimiento de un futuro luminoso, un futuro al que no perteneceré, porque mi lugar estará en la sombra de la ausencia, en el eco del silencio, en la orilla de lo que queda.

Epílogo

Con el tiempo, descubrí que los hilos del amor verdadero nunca se rompen, aunque se estiren hasta casi perderse. Mi hija y yo nos reencontramos, y en ese abrazo tardío sentí que parte de mi corazón que creí perdida había vuelto a mí, más plena y luminosa que antes. Cada risa compartida, cada palabra susurrada, cada mirada cómplice, me recordó que la distancia no puede apagar lo que el alma guarda. Hoy camino junto a ella en su vida, agradecida por el milagro de poder seguir siendo testigo de sus días, sabiendo que el amor que alguna vez voló, regresó transformado, más fuerte, más profundo, más infinito.

“En cada adiós hay una eternidad que comienza.”