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viernes, 6 de febrero de 2026

"Los ojos del miedo": Un relato poético e introspectivo sobre una mujer que, creyéndose emocionalmente agotada, se enfrenta al vértigo de volver a sentir tras un encuentro inesperado.

 

“Los ojos del desconocido pueden convertirse en un laberinto del alma.”


Prólogo

Hay momentos en los que no tememos a lo desconocido, sino a la posibilidad de que algo aún pueda conmovernos. Cuando creemos haber cerrado todas las puertas, basta una mirada para recordarnos que no todas estaban realmente clausuradas.


Caminaba cabizbaja, pero —de vez en cuando— alzaba la mirada, apenas un instante, para asegurarme de que el sendero estuviese limpio, despejado de tropiezos visibles y también de aquellos otros que no se ven. No solo vigilaba el camino: intentaba no caer en los recuerdos, en las ausencias que regresaban sin aviso.

Había gente delante de mí, caminando rápido, con un ritmo que no podía ni quería alcanzar; no tropezaría, no los sobrepasaría. No tenía prisa. El tiempo —ese mismo que no había logrado dar forma plena a lo que alguna vez creí amor— ya no me empujaba hacia ningún lugar.

Deseaba que el camino estuviera despejado, solo para mí, para todo aquello que bullía entre mi conciencia y mi mente: el dolor persistente, la confusión de un sentimiento que nunca llegó a consolidarse, la huella de un amor imposible que el paso de los años no supo transformar en algo habitable. Todo eso ocupaba un espacio interminable, dejando una sensación de vacío sereno y fatigado, como si algo esencial se hubiese quedado suspendido en un punto del pasado.

Era un murmullo constante, sordo, que golpeaba con suavidad y fuerza a la vez, absorbiendo cada fibra de mi atención y envolviéndome como un viento invisible que atraviesa la piel sin tocarla, recordándome que seguía avanzando… aunque me sintiera emocionalmente exhausta.

Entre ese vaivén de mi mirada, atenta al suelo y a mis propios pensamientos, observé que el hombre que caminaba delante de mí se detuvo. El gesto fue abrupto, inesperado. Se volteó y quedó frente a mí, rompiendo la distancia cómoda entre desconocidos.

Me detuve instintivamente, sin levantar la vista de sus pies. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, tensándose, como si ese encuentro no previsto hubiese activado una alerta que creía desactivada. Contuve la respiración sin darme cuenta.

Escuché mi nombre, pronunciado por una voz masculina, grave, firme. Una voz que no reconocía, pero que resonó con una intensidad inquietante. Hacía tiempo que nadie decía mi nombre de ese modo, como si al nombrarme me trajera de vuelta a un lugar del que me había marchado sin intención de regresar.

Levanté la vista lentamente, recorriendo su cuerpo con cautela, como quien busca una explicación lógica donde no la hay. Intenté hallar algo familiar, algún rasgo que justificara ese instante suspendido. No encontré nada. Solo un hombre desconocido, observándome con una atención que no sabía cómo interpretar.

Seguí alzando la vista, más allá de lo prudente, hasta encontrar sus ojos.
Torpeza mía.

Aquellos ojos —en un rostro que no conocía— eran de un negro tan absoluto que sus pupilas parecían haberse disuelto en la oscuridad. No reflejaban la luz; la absorbían. Eran extraños, impropios, como si no pertenecieran del todo a este mundo. Nunca había visto algo semejante.

El miedo apareció. Inmediato.

Mi cuerpo se inmovilizó, rígido. La respiración se volvió irregular, fragmentada, y el corazón comenzó a latir de forma errática, acelerándose y deteniéndose sin obedecerme. Un temblor interno recorrió mi cuerpo, profundo, silencioso, sin alcanzar la piel pero sacudiéndolo todo desde dentro.

No entendía aquella reacción. No había amenaza visible, ni gesto brusco, ni palabra indebida. Y, sin embargo, cada parte de mí estaba en alerta, como si esa mirada hubiese tocado un punto vulnerable que yo creía clausurado.

La mirada de esos ojos negros era profunda, insondable como el fondo de los océanos; vasta como un cielo sin límites. Eran dos túneles abiertos frente a mí, espacios donde la noción de control parecía desaparecer. Sentí, con una claridad inquietante, que sostener esa mirada entrañaba un riesgo.

Daban miedo esos ojos.

Pero no el miedo que nace del peligro inmediato. No el que empuja a huir de un monstruo oculto en un pasillo oscuro, donde la voluntad se quiebra y los pasos se arrastran entre sombras.

No. Ese miedo no.

Era otro.

Un miedo más sutil, más hondo. El miedo a seguir esa mirada, a adentrarme en ese espacio silencioso… y descubrir que no quería salir de él.

Y entonces lo comprendí.

El miedo no provenía de él, ni de su presencia, ni siquiera de la extrañeza de sus ojos. Provenía de lo que esa mirada había despertado en mí sin pedir permiso. De aquello que, contra toda previsión, se agitaba bajo la capa de cansancio emocional que había aprendido a llamar calma.

Era una emoción relegada, olvidada sin cerrar del todo. Una vibración leve, pero real. Y eso me aterrorizó.

Porque perderme en esa mirada significaba volver a sentir.
Y volver a sentir implicaba riesgo... riesgo de ser herida.

Riesgo de romper el equilibrio frágil que había construido, de enfrentar lo que el tiempo no había sabido resolver, de aceptar que aún era vulnerable. Que aún podía temblar ante un desconocido. Que aún podía desear.

Ese era el verdadero miedo.

No el de desaparecer, sino el de quedarme.
No el de caer, sino el de querer hacerlo.

Y mientras esa certeza se asentaba lentamente en mi pecho, supe que aquellos ojos no daban miedo por su oscuridad, sino por lo que prometían: la posibilidad de perderme en ellos… y no querer regresar jamás.


Epílogo

No todos los miedos advierten del peligro. Algunos aparecen para recordarnos que aún estamos vivos, que incluso en el cansancio y la pérdida, sigue existiendo la posibilidad de sentir. Y eso, a veces, es lo más arriesgado de todo.


“La mirada que paraliza puede ser la misma que seduce, sin remedio ni escape.”

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 6 de junio de 2025

"EL INVIERNO TIENE NOMBRE DE MUJER": Texto poético sobre la pérdida del deseo y la pasión cuando el amor no es correspondido. Una metáfora intensa donde el frío de una mujer apaga hasta el infierno.

 

 “El invierno tiene nombre, y el diablo lo sabe.”


Era tal su frialdad que, aún en la lejanía, el mismísimo diablo corrió despavorido a proteger sus predios; no fuese que ella se acercase y… ¡le congelase el infierno!

Porque no era una mujer: era invierno caminante.
Su aliento, escarcha; sus palabras, cristales que laceraban.
Su mirada, un relámpago de hielo que detenía la sangre en las venas de quien osara sostenerla.

Las brasas del averno, que todo lo devoran, se estremecían bajo la amenaza de su paso.

Las hogueras que nunca mueren crujían, apagadas como velas expuestas al viento de su indiferencia.

Ni los gritos, ni las llamas, ni las danzas rojas del pecado resistían el azote de ese frío incontenible.

El diablo lo sabía:
que, frente a ella, su imperio ardiente se volvía páramo.
Que las lenguas de fuego eran carámbanos.
Que la lujuria se quebraba en hielo seco.

Y así, en el centro del infierno, donde todo arde, surgió lo imposible:
un silencio helado,
un fuego azul muerto,
un pedazo de hielo eterno…

No hubo llamas que resistieran ante su frialdad: el infierno no ardía… ¡tiritaba!

El diablo entendió, entonces, que no hay fuego eterno… ¡cuando el hielo lo reclama!


“Hasta el diablo descubrió su límite… el frío de una mujer.”

 


viernes, 30 de mayo de 2025

"ELLA ERA": Relato de Despertar, Amor Interior y Sanación Femenina. Volver a Ser.

 

Dedicatoria: “Más que un relato, este es un abrazo a cada mujer que se sintió invisible en su propia vida. La salida no está en dejar de ser, sino en volver a ser.


 “El amor que creíste perder nunca se fue: te esperaba dentro.”


En algún rincón no escrito del tiempo, fue tejida con hilos de amor primigenio. Antes del lenguaje, antes del miedo, existió… envuelta en brazos tibios, carcajadas suaves y canciones que no necesitaban letra. Su alma danzaba en un hogar donde Dios no era nombrado, pero estaba en todas partes: en la sopa humeante, en las rodillas raspadas, en las noches sin monstruos bajo la cama, en las caricias de la madre, en la protección y enseñanza del padre.

Ella era luz.

Ella era risa.

Ella era amor.

Ella era pasión.

¡Ella era!

Pero el tiempo, astuto tejedor de pruebas, la sacó de allí y la condujo a otra puerta: hacia un lugar lleno de cruces y cirios encendidos, repleto de flores que tapizaban las altas paredes y techos para distraer, para esconder —con tan alucinante visión— el olor a cementerio viejo; ese que huele a agua estancada, a agua podrida, ese que tiene las lápidas saqueadas, la tierra revuelta, confundiendo la maleza con los huesos, ese en el que los muertos ya no tienen a nadie que los recuerde.

El velo de encaje blanco que pendía sobre su rostro enturbiaba su mirada, su entender. Cruzó esa puerta creyendo que encontraría allí el amor como ella lo conocía, como le fue dado de niña. En aquel sagrado lugar, en vez del Ave María, solo se escuchó la risa de la ironía. Era la vida misma la que de ella se reía; su inocencia sería el motivo de la dura penitencia que se le impondría… ¡no la salvaría el rezo de cien Padre Nuestro ni de otros tantos Ave María!

Ella, mujer de fuego y dulzura, se fue doblando como origami de silencio, creyendo que su valor dependía de la atención que recibiera. Soportó como quien cree que nacer amada es una deuda que debe pagar con resignación. Los días eran espejos rotos que le devolvían una imagen ajena. Se había olvidado de quién era; no se reconocía.

Y sí, la vida le puso zancadillas: para que cayera de bruces a tierra, para que se le cayera el velo del rostro y abriera los ojos, para que tomara conciencia, para que se fortaleciera por las tantas veces que tuvo que levantarse, obligándola a mirar hacia “arriba” … ¡así de maestra es la vida! Le enseñó a distinguir entre el amor y el apego por miedo, entre la ausencia y la presencia, entre tener a alguien al lado y tener a alguien con ella, entre luz y sombras, entre espejos y reflejos, entre el Dios de la cruz y el Dios de su esencia, entre buscar afuera y hallar adentro, entre estar dormida y despertar.

Y entonces comprendió.

El amor que un día recibió en brazos tibios, en la risa de su madre, en la enseñanza de su padre, no se había perdido: había estado siempre allí, escondido en su propia esencia. El verdadero hogar no era aquel rincón de la infancia, ni la casa con flores y cruces, ni los espejos rotos del camino; el verdadero hogar estaba en ella.

En su despertar descubrió que el amor primigenio no era un recuerdo, sino una Presencia viva: el Padre, latiendo en su interior, aguardando a que abriera los ojos.
Ella volvió a Él, no como niña, sino como mujer consciente.

Ella volvió al origen.

Ella volvió a ser.

“Porque volviste a ti, el amor volvió a ser todo.”

Nota: publicación en la plataforma de TikTok. Cuenta: @escritosenblancoynegro: @tintasobrepapel