“Hay despedidas que no solo se llevan a una persona;
se llevan la versión de nosotros que existía cuando éramos amados.”
Prólogo
Este texto no nace de las certezas, sino de las
heridas que obligan a mirar hacia dentro. Está escrito para quienes alguna vez
confundieron amor con permanencia, y pérdida con falta de valor. No pretende
explicar el dolor ni resolverlo, solo acompañarlo. Porque a veces lo único que
necesitamos es saber que alguien más ha atravesado la misma noche y ha
aprendido a respirar dentro de ella.
Desgarraba el alma con solo verla. Su cuerpo parecía
inanimado, sin espíritu ni esencia. Todos esquivaban la mirada al cruzársela,
temerosos de que notara la lástima que inspiraba: esa ya no era ella. No
quedaba chispa en sus ojos, ni sonrisa en sus labios. Mucho menos la música que
antaño desprendía a su paso, un melodioso himno a la alegría. Era un despojo.
Le vaciaron la mente; le estrujaron el corazón; la dejaron al borde de su
centro… colgando de un hilo en un abismo espiritual.
El amor no se rompe de golpe, no.
Se resquebraja como un vaso fino que nadie vio caer.
Primero es una fisura invisible.
Después, una línea fría que atraviesa el pecho.
Y un día, sin ruido, ya no hay agua en las manos.
Duele.
Duele como si el cuerpo hubiera perdido un órgano secreto.
Como si alguien hubiera retirado el aire de la habitación y uno respirara por
costumbre.
Pero lo que más duele no es la ausencia del otro en la cama,
ni el silencio del teléfono, ni la puerta que ya no se abre con la misma
impaciencia.
Lo que desgarra es descubrir que ya no somos el centro de una mirada.
Antes éramos territorio.
Éramos el nombre que se pronunciaba con premura.
Éramos prioridad, destino, refugio.
Y de pronto, la brújula del otro apunta hacia otro norte.
Y uno queda en la periferia, como una casa que fue hogar y ahora es solo
arquitectura.
Entonces la pregunta insiste:
¿Duele perderlo… o duele dejar de ser elegido?
Hay un instante cruel en toda ruptura: cuando comprendemos
que ya no habitamos la mente del otro como antes; que nuestras palabras ya no
provocan ese brillo; que nuestra ausencia no desata tormentas. Y en esa
revelación algo interno se encoge, como un animal herido.
No es solo amor lo que sangra.
Es la identidad que se cree perdida.
Porque cuando alguien nos ama, no solo nos acompaña: nos
confirma. Nos devuelve una versión luminosa de nosotros mismos. Bajo su
atención, nos expandimos. Nos sentimos necesarios, deseables, únicos. Y cuando
esa luz se apaga, no sabemos si lo que se oscureció fue el vínculo… o nuestro
propio valor.
Por eso la herida parece tan profunda.
No es únicamente la pérdida de un cuerpo, sino la pérdida de un espejo.
Y entonces ocurre algo extraño.
En esa imagen desvalida que proyectamos, despierta la atención de alguien que
se ve reflejado ante tanto dolor, y aparece. Nos rescata del abismo con una
tierna mirada.
Con una voz nueva que nos busca, que nos nombra.
Con un mensaje que se adelanta a la noche, iluminando la oscuridad.
Y en la penumbra visualizamos a ese “yo” que habíamos
perdido.
Y de pronto, el pecho respira un poco mejor. El corazón late en la medida en
que tomamos consciencia de la propia existencia. No somos una “costilla” del
otro, no somos seres incompletos… solo estábamos adosados por elección, no por
riesgo de que la estructura cayera.
Viene la calma.
La mente se abre.
La piel vuelve a sentir.
La sangre vuelve a circular con un ritmo menos doloroso.
La herida, que parecía abierta como un tajo en carne viva, empieza a cerrarse
en los bordes.
¿Es amor?
A veces no. A veces sí, pero eso no importa.
La certeza está en el alivio que todo lo sana.
Es la restitución del “aún soy deseable”.
Es el bálsamo de volver a ser prioridad en la mente de alguien.
Es el ego, que había quedado arrodillado, levantándose con torpeza y diciendo:
“Sigo siendo importante.”
Y no hay vergüenza en eso.
Nuestra humanidad necesita sentirse significativa. Necesitamos sabernos
elegidos, aunque sea por un instante. El corazón busca donde apoyarse para no
caer en el vacío que crea la mente al decirte “no soy nadie, no valgo nada, no
soy suficiente”.
Y de allí brota la revelación que transforma el dolor en
conciencia:
Si la presencia de otro puede aliviar la herida, entonces… ¿la herida no era
solo por la persona que se fue? ¡Era por el significado que le habíamos
entregado a su mirada!
Confundimos amor propio con ser amados.
Confundimos valía con ser preferidos.
El ego herido grita:
“Ya no soy especial.”
El amor propio, en cambio, susurra:
“Sigo siendo valioso, aunque nadie me esté mirando.”
El ego necesita testigos.
El amor propio respira incluso en la soledad.
Y, al comprender esto, el dolor no desaparece de inmediato,
pero cambia de textura. De intensidad. Ya no es una herida sangrante; es un
duelo. Ya no es una caída al vacío; es un desprendimiento.
Perder a alguien es perder un mundo compartido.
Pero perder la idea de que solo en los ojos del otro existimos… eso es
recuperar la libertad.
Ya, el amor, deja de ser una prueba de valor.
Convirtiéndose en elección, no en validación.
En encuentro, no en salvación.
La herida cicatriza de verdad cuando entendemos que nunca
fuimos insignificantes; que solo depositamos nuestra identidad, nuestra valía
en manos ajenas. Esas mismas manos que ahora nos sueltan, y de las cuales
estamos obligados a rescatar, con dignidad, lo que alguna vez entregamos
confiados en la permanencia de algo que bien puede ser temporal, pasajero…
efímero.
Y el día que el amor propio se levanta —sereno, sin
estridencias— el dolor ya no tiene la última palabra.
Porque el corazón aprende algo esencial:
No duele solo que se vayan.
Duele creer que, sin ellos, dejamos de ser.
Y esa es la ilusión que, al romperse, también nos ilumina.
Epílogo
Al final, el amor que se queda no siempre es el que
imaginamos. A veces permanece en forma de aprendizaje, de calma, de una mirada
más amable hacia uno mismo. Y comprendemos que perder a alguien no era
desaparecer, sino regresar lentamente a casa, a un lugar donde la propia
existencia basta.
“El día que dejé de preguntarme por qué te fuiste, empecé a preguntarme por qué había olvidado quedarme conmigo.”
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