martes, 24 de febrero de 2026

"El disfraz del dolor": Texto poético sobre el ego y el amor propio. La verdadera herida del desamor.

“Hay despedidas que no solo se llevan a una persona; se llevan la versión de nosotros que existía cuando éramos amados.”


Prólogo

Este texto no nace de las certezas, sino de las heridas que obligan a mirar hacia dentro. Está escrito para quienes alguna vez confundieron amor con permanencia, y pérdida con falta de valor. No pretende explicar el dolor ni resolverlo, solo acompañarlo. Porque a veces lo único que necesitamos es saber que alguien más ha atravesado la misma noche y ha aprendido a respirar dentro de ella.


Desgarraba el alma con solo verla. Su cuerpo parecía inanimado, sin espíritu ni esencia. Todos esquivaban la mirada al cruzársela, temerosos de que notara la lástima que inspiraba: esa ya no era ella. No quedaba chispa en sus ojos, ni sonrisa en sus labios. Mucho menos la música que antaño desprendía a su paso, un melodioso himno a la alegría. Era un despojo. Le vaciaron la mente; le estrujaron el corazón; la dejaron al borde de su centro… colgando de un hilo en un abismo espiritual.

El amor no se rompe de golpe, no.
Se resquebraja como un vaso fino que nadie vio caer.
Primero es una fisura invisible.
Después, una línea fría que atraviesa el pecho.
Y un día, sin ruido, ya no hay agua en las manos.

Duele.
Duele como si el cuerpo hubiera perdido un órgano secreto.
Como si alguien hubiera retirado el aire de la habitación y uno respirara por costumbre.

Pero lo que más duele no es la ausencia del otro en la cama, ni el silencio del teléfono, ni la puerta que ya no se abre con la misma impaciencia.
Lo que desgarra es descubrir que ya no somos el centro de una mirada.

Antes éramos territorio.
Éramos el nombre que se pronunciaba con premura.
Éramos prioridad, destino, refugio.

Y de pronto, la brújula del otro apunta hacia otro norte.
Y uno queda en la periferia, como una casa que fue hogar y ahora es solo arquitectura.

Entonces la pregunta insiste:
¿Duele perderlo… o duele dejar de ser elegido?

Hay un instante cruel en toda ruptura: cuando comprendemos que ya no habitamos la mente del otro como antes; que nuestras palabras ya no provocan ese brillo; que nuestra ausencia no desata tormentas. Y en esa revelación algo interno se encoge, como un animal herido.

No es solo amor lo que sangra.
Es la identidad que se cree perdida.

Porque cuando alguien nos ama, no solo nos acompaña: nos confirma. Nos devuelve una versión luminosa de nosotros mismos. Bajo su atención, nos expandimos. Nos sentimos necesarios, deseables, únicos. Y cuando esa luz se apaga, no sabemos si lo que se oscureció fue el vínculo… o nuestro propio valor.

Por eso la herida parece tan profunda.
No es únicamente la pérdida de un cuerpo, sino la pérdida de un espejo.

Y entonces ocurre algo extraño.
En esa imagen desvalida que proyectamos, despierta la atención de alguien que se ve reflejado ante tanto dolor, y aparece. Nos rescata del abismo con una tierna mirada.
Con una voz nueva que nos busca, que nos nombra.
Con un mensaje que se adelanta a la noche, iluminando la oscuridad.

Y en la penumbra visualizamos a ese “yo” que habíamos perdido.
Y de pronto, el pecho respira un poco mejor. El corazón late en la medida en que tomamos consciencia de la propia existencia. No somos una “costilla” del otro, no somos seres incompletos… solo estábamos adosados por elección, no por riesgo de que la estructura cayera.

Viene la calma.
La mente se abre.
La piel vuelve a sentir.
La sangre vuelve a circular con un ritmo menos doloroso.
La herida, que parecía abierta como un tajo en carne viva, empieza a cerrarse en los bordes.

¿Es amor?
A veces no. A veces sí, pero eso no importa.
La certeza está en el alivio que todo lo sana.
Es la restitución del “aún soy deseable”.
Es el bálsamo de volver a ser prioridad en la mente de alguien.
Es el ego, que había quedado arrodillado, levantándose con torpeza y diciendo: “Sigo siendo importante.”

Y no hay vergüenza en eso.
Nuestra humanidad necesita sentirse significativa. Necesitamos sabernos elegidos, aunque sea por un instante. El corazón busca donde apoyarse para no caer en el vacío que crea la mente al decirte “no soy nadie, no valgo nada, no soy suficiente”.

Y de allí brota la revelación que transforma el dolor en conciencia:
Si la presencia de otro puede aliviar la herida, entonces… ¿la herida no era solo por la persona que se fue? ¡Era por el significado que le habíamos entregado a su mirada!

Confundimos amor propio con ser amados.
Confundimos valía con ser preferidos.

El ego herido grita:
“Ya no soy especial.”
El amor propio, en cambio, susurra:
“Sigo siendo valioso, aunque nadie me esté mirando.”

El ego necesita testigos.
El amor propio respira incluso en la soledad.

Y, al comprender esto, el dolor no desaparece de inmediato, pero cambia de textura. De intensidad. Ya no es una herida sangrante; es un duelo. Ya no es una caída al vacío; es un desprendimiento.

Perder a alguien es perder un mundo compartido.
Pero perder la idea de que solo en los ojos del otro existimos… eso es recuperar la libertad.

Ya, el amor, deja de ser una prueba de valor.
Convirtiéndose en elección, no en validación.
En encuentro, no en salvación.

La herida cicatriza de verdad cuando entendemos que nunca fuimos insignificantes; que solo depositamos nuestra identidad, nuestra valía en manos ajenas. Esas mismas manos que ahora nos sueltan, y de las cuales estamos obligados a rescatar, con dignidad, lo que alguna vez entregamos confiados en la permanencia de algo que bien puede ser temporal, pasajero… efímero.

Y el día que el amor propio se levanta —sereno, sin estridencias— el dolor ya no tiene la última palabra.

Porque el corazón aprende algo esencial:
No duele solo que se vayan.
Duele creer que, sin ellos, dejamos de ser.

Y esa es la ilusión que, al romperse, también nos ilumina.


Epílogo

Al final, el amor que se queda no siempre es el que imaginamos. A veces permanece en forma de aprendizaje, de calma, de una mirada más amable hacia uno mismo. Y comprendemos que perder a alguien no era desaparecer, sino regresar lentamente a casa, a un lugar donde la propia existencia basta.


“El día que dejé de preguntarme por qué te fuiste, empecé a preguntarme por qué había olvidado quedarme conmigo.”

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