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jueves, 1 de enero de 2026

Cuento largo: "Voces del Valle", recuerdos de infancia sobre la historia de un pueblo incendiado por la intriga, la mentira y la falta de templanza..


Nota de autora:
Una historia sobre la ira, la mentira y el fuego que se enciende cuando la templanza no llega a tiempo.

No todas las historias se cuentan porque hayan ocurrido exactamente así. Esta llegó a mí como llegan las cosas importantes: en la voz de una abuela, en el peso de lo no dicho y en la certeza infantil de que hay verdades que no necesitan pruebas para doler. Los lugares que aquí se nombran existen, como existen las pasiones que los incendian. 


Los valles

Dicen que, en los valles, cuando el sol se levanta sobre el mar verde de caña, la tierra huele a dulce cansancio. Que el viento se enreda en las hojas y susurra historias viejas, como si las cañas recordaran todo lo que han visto. Eso dicen, pero no es cierto.

Los que cuentan historias son quienes se aventuran a atravesarlos; sin importar en qué tiempo, como esta historia que te voy a contar, que en realidad son tres en una: se hilan para que tenga principio… y también final.

Por la razón que fuera, siempre hay necesidad de desplazarse de un lugar a otro. Yo necesité ir a la capital. Les confieso: me daba pesar solo pensarlo. Demasiada gente. Demasiado caos.
¿A ustedes les gustan las grandes ciudades? A mí, no.

Luego recordé que, para llegar a ella, debía coger la autopista que atraviesa mi provincia, y eso me cautivó. Me gusta esa ruta: los verdes valles sembrados de caña de azúcar, cercados por las montañas azules de las cordilleras… y los mangueros a la orilla de la carretera. Experiencia entrañable. Pintoresca.

Con ese ánimo emprendí el viaje. Sin prisa. Aunque el motivo que me movía era de trabajo, pensaba disfrutarlo.
¡La vida no es solo trabajar por dinero! ¿Cierto?

Llevaba solo unos minutos en el camino cuando vi a los chiquillos pegando brincos, agitando las manos como abanicos de esperanza. Sus caritas eran poemas de amor y cánticos a la alegría flotando en el aire. Gritaban, a todo pulmón:
—¡Pare! ¡Pare! ¡Cómprenos mangos!

Créanme, una cosa es que se los cuente y otra muy distinta presenciar esa escena. Mi cerebro lo procesa en cámara lenta: lo detalla, lo graba profundamente en la memoria; se deleita. Sus cabecitas y cuerpecitos, dando saltos en el aire, semejaban notas musicales sobre papel multicolor. Uno los veía y no los veía: sonaban. ¡Música para el alma!

De lejos, la magnificencia del fruto atrapaba: tamaños increíbles y colores de otoño —verdes, rojos, naranjas, amarillos matizados—, un festín para los ojos.
¿Piensan que exagero? Nada de eso. Se los prometo.

Como pude, me orillé a un lado, sobre tierra, no en el arcén. Nada fácil resultó con los chiquillos brincando y casi guindados de las ventanillas, muertos de risa, compitiendo entre ellos. Caritas dulces, sucias, mocosas… con sonrisas que ni los ángeles podrían copiar.

La historia que quiero contarles no tiene nada que ver —en sí— con los niños mangueros. Solo son la punta del hilo que inicia este cuento.

Parada a un costado del coche, me recosté en él con mi mango en la mano. Mientras lo disfrutaba, miraba el paisaje, embelesada, porque amo la vida rural. Y mi mente —como siempre— empezó a hurgar en la caja de recuerdos para martirizarme un poco. Y funcionó.

Recordé la vez que mi abuela, en unas vacaciones de verano, nos contó —a nosotros, todos sus nietos— la historia que les voy a relatar. Según ella, verídica. A mí no me consta, pero yo le creí… ¡y espero que ustedes me crean a mí!

Ocurrió en el mismo sitio donde estaba, pero no en este tiempo. Fue en el incipiente siglo pasado. Imaginen un inmenso valle sin autopista, sin luces en las casas ni en las calles. Solo la luz del sol, de los fogones, de las lámparas de aceite, de las velas… y la que provenía del alma de Rosa.

¿Saben quién es Rosa? ¿No? ¿Quieren que les cuente su historia? Estoy segura de que sí. Ya han llegado hasta aquí… unas letras más, ¿Qué más da?

Eso sí, les advierto que, de aquí en adelante, no leerán palabras dulces que hablen del amor ni de risas. Mucho menos de un final feliz. Les contaré sobre una mentira —nada piadosa— que arrancó la piel de los huesos a decenas de personas, infringiendo un dolor inconmensurable.

¿Conocen alguna rosa sin espinas? Esta también las tenía.
¿Quieren seguir leyendo? ¡Sigamos!


La historia

Desde el despunte del alba hasta la puesta del sol podía escucharse, a distancia, el parloteo de la jovencita, entrecortado por risas salidas del alma. Los niños salían a su encuentro y los ancianos le cercaban el paso: unos para que jugara con ellos; los otros para que escuchara sus quejas. Era tan agradable aquel alboroto que el mismísimo Dios se regocijaba.

Con cada paso que daba, levantaba la mano y a alguien saludaba con una sonrisa; hablaba, abrazaba y algo —de su inocente y generoso corazón— entregaba. La brisa matutina ondeaba su falda y su cabello flotaba por los aires, cual bandada de aves que al cielo se elevara. Era la alegría encarnada.

Se llamaba Rosa: la rosa que dos muchachos codiciaban, en la que querían clavar sus espinas sin importarles que, con ello, se marchitara y se apagara la luz que a sus hogares iluminaba.

Uno era el hijo del capataz. Chico de pueblo. Tranquilo; ningún problema ocasionaba, aunque tenía el temperamento del padre, pero lo dominaba. Eso se pensaba. Introvertido, nadie sabía lo que traía en mente o lo que su corazón guardaba: mirada esquiva y boca cerrada.

El otro era el hijo menor del dueño de la hacienda. Educado. Con sus aires de mundo. Extrovertido. Dibujaba en su rostro una sonrisa enigmática; a Rosa eso le gustaba. Él le gustaba, y ella a él, pero nada se decían: solo miradas se entregaban.

El cielo, de azul infinito, se aclaraba con el despunte del alba.
Tierra negra, fértil, húmeda, que contrastaba con el verde y el marfil de las cañas con sus espigas. Aún no cantaba el gallo cuando las mujeres servían a sus hombres el café recién colado. El aroma de ese café era el despertador del gallo, un gandul que tarde se levantaba. Ahí sí cantaba: fuerte, persistente, como reclamando su pocillo de oro negro. Era un gallo viejo; cantando, desafinaba. Los campesinos bromeaban con ese tema: hablaban de jubilarlo.

Todos los habitantes de los caseríos aledaños a los inmensos campos de siembra de caña estaban despiertos, preparados para la faena. No tenían ni la más mínima idea de los días que se avecinaban.

Ese día no era como cualquier otro. El cielo despertó pálido, como enfermo abandonado: ninguna nube lo arropaba ni calmaba su sed.

¿Alguna vez se han levantado y dicho en voz alta: “el día está raro”? Ese era uno de esos días. Todos percibían una quietud inusual —inquietante—, como si faltase algo… no sabían qué, pero aquella sensación era incómoda, de mal presagio. No estaban siendo supersticiosos: era una sensación real, casi tangible.

Los niños no salieron de sus casas, corriendo, al encuentro de Rosa.
Los ancianos se quedaron esperando, sentados en sus porches, a quien siempre calmaba sus miedos con oído atento y abrazos salidos del alma.
Rosa no pasó por sus casas.

El silencio se iba acordonando por los caminos que otrora transitara; hoy, vacíos de risas y esperanzas. La ausencia de Rosa se hizo sentir muy fuertemente.

—¿Han visto a Rosa?, ¿alguien sabe algo de ella?
Al principio, uno a uno, se formulaba la pregunta por curiosidad; luego, todos, con profunda preocupación. Esas voces inquietas eran las únicas vibraciones que atravesaban el denso y enrarecido aire de esa mañana. Nada más se escuchaba. Silencio ensordecedor.

Entre pregunta y pregunta se fueron juntando los habitantes de aquella tierra que sería testigo de los más infames actos del hombre. Esa tierra estaba asustada. Se estremecía en sus entrañas; presentía que todo lo que sucedía en su piel despertaría la furia de Dios. No se equivocaba. Los siglos la habían convertido en experta en predecir las consecuencias de las ansias del hombre.

Cuando los padres se enteraron de que buscaban a su niña, se miraron; se hablaron con palabras mudas que solo ellos entendían. Lo que se decían no era nada bueno, porque nada bueno sentían. Siempre temieron que algún día le pasara algo a su Rosa, el sentido de sus vidas. Ese día llegó. Era ese día.

Les confieso: esta es la parte más agobiante —para mí— cuando narro este cuento. Como madre, sé que no saber del paradero de un hijo… es pasar por el infierno. Así que, perdónenme, pero esta parte tendrán que imaginarla ustedes por su cuenta. Siéntanse libres de creerse el cuentacuentos y reescribirla a su parecer.


Lo cierto es que ellos se tomaron de la mano, entrelazándolas con fuerza, como si de ese contacto dependiera todo. Sus súplicas surgían de lo más profundo del alma, un murmullo tembloroso que pedía ayuda y consuelo. De rodillas, cerraron los ojos y, por un instante, el mundo pareció suspenderse. Entonces, algo suavemente los envolvió: un calor silencioso que llenó sus pechos y serenó sus pensamientos agitados. No entendían del todo qué sucedía, pero sintieron que podían soltar el miedo, que sus corazones se aquietaban y la desesperación cedía. Quedaron así, inmóviles, con los rostros suavizados y el aliento tranquilo. La plegaria había sido escuchada, y en la quietud del instante, se hicieron dueños de una calma inesperada, aceptando lo que había de venir.

Todos —sin saber lo que ocurría en las almas de esos padres— quedaron sorprendidos por la aparente indiferencia; así lo interpretaron ellos.

Se alejaron y empezaron a cuchichear. Habían decidido emprender acciones de búsqueda, por su cuenta, hasta encontrarla. Se organizaron. Se esparcieron como semillas de diente de león sobre todo terreno. Esfuerzo inútil: ninguno de ellos la encontró.

Cansados, agobiados, cesaron la búsqueda al anochecer. Se reunieron en la plaza, formulando todo tipo de conjeturas sobre el paradero de Rosa… perdían la esperanza de encontrarla.


En ese justo momento, cuando el ánimo se desplomaba al suelo, se escuchó un fuerte cascabeleo. Todos voltearon. Extrañados, vieron a uno de los peones del ingenio montado en su zaino, como si huyeran ambos —hombre y caballo—, espantados del mal encarnado.

Sí, la encontraron… o lo que quedó de ella. Se los advertí: no tendría un final feliz… ¡y solo es el comienzo del final!

—Hemos encontrado a la niña Rosa…
El peón lo dijo con dificultad, como si le arrancaran las palabras de la lengua. Se quitó el sombrero de paja toquilla y se lo colocó en el pecho, con ambas manos: muestra fehaciente de dolor y respeto.

Los allí presentes, por una milésima de segundo, dibujaron una sonrisa… que se transformó en mueca a la milésima de segundo siguiente, cuando el portador de la noticia continuó:

—La encontramos en el lago, desnuda como un bebé recién nacido; flotando boca arriba, como un nenúfar que clama la luz del sol. Encontramos su cuerpecito, pero a ella… lo que era ella, no.

La muchedumbre no reaccionó como se esperaba. No hubo gritos de dolor ni de rabia. Solo un silencio pasmoso, como si se hubiesen convertido en piedras, como si el diablo les hubiera robado las almas.

Eso aún no sucedía, pero sucedería.
Se había sembrado la semilla de la maldad. Era cuestión de tiempo para que germinara.

Emprendieron el camino de regreso a sus casas, todos y cada uno, lentamente, paso a paso. En silencio aparente: por dentro, las palabras atragantadas les carcomían la conciencia, como goteo incesante de un grifo a medianoche.

La impotencia, el dolor y la rabia engendraban ideas extrañas, retorcidas… nunca por ellos concebidas. Pernoctaron en sus casas. Dentro y fuera de ellas, la noche los desvanecía en la más absoluta oscuridad. Estaban de luto.

En la casa de don Manuel —el capataz— la cosa era distinta. Allí sí había luces: alguna vela de cebo y lámparas de aceite estaban encendidas. Los tres residentes se desdibujaban en las penumbras.

Don Manuel, sentado en el sillón de la sala, estaba reclinado sobre sí mismo. Sus codos se apoyaban en los muslos mientras sus manos sostenían la cabeza, cubriendo su rostro. Lloraba sin consuelo, a ratos; en otros, gimoteaba. Quería mucho a Rosa, a quien tuvo como la hija que nunca llegó a tener. La conocía desde que nació. Creció muy cerca de ellos. Habían forjado lazos fuertes.

Estaba devastado por la inusitada y cruel pérdida de un ser tan querido. Su repentina ausencia pesaba demasiado. No estaba craquelado, sino realmente quebrado. Era un buen hombre, lleno de virtudes, pero con un temperamento explosivo. Sus reacciones ante situaciones de injusticia le habían dado fama. Lo conocían con el mote de “el justiciero”. Lo respetaban, lo admiraban… pero, sobre todo, le temían.

Por ese conocimiento que de él tenían, su mujer e hijo lo observaban desde lejos, desde otros rincones de la casa, camuflados por las sombras. Cada uno con sus emociones contenidas, atentos a las del esposo, a las del padre. Tenían el alma en vilo.


Doña Margarita —así se llamaba la mujer de don Manuel— fue sorprendida por su hijo, que se había escurrido por las paredes para que el padre no lo viera, hasta llegar a ella. Ver el rostro del muchacho en aquella luz tenue fue como ver un espectro recién salido de un cementerio: espeluznante sensación.

El chico, como pudo, cogió la mano de su madre y musitó al oído unas palabras que ella sola oyó.

Doña Margarita separó su rostro del hijo; lo tomó entre sus manos. Incrédula por lo que había escuchado, lo veía fijamente, interrogándolo con la mirada. Miles de preguntas que solo una madre aterrorizada puede formularse.

No estoy segura de cuánto tiempo transcurrió entre la mirada cuestionadora y el abrazo que le dio: uno tan fuerte, tan cerrado, que parecía querer devolverlo a su vientre. Intentó ahogar cuanto sentía, pero no pudo. El dolor era más fuerte que su temor de despertar la cólera de su marido.

Sin poder evitarlo, se le escapó de la garganta el más escalofriante grito que jamás se haya escuchado —por lo menos— en ese pueblo, en ese tiempo.
Grito que fue la llave que abrió las puertas del infierno.

Cuando don Manuel lo escuchó, fue directo a donde se encontraba su mujer. Al llegar, los encontró abrazados. El hijo, al ver el semblante de su padre, suplicó a su madre:

—Guarda silencio, madre, por favor… no digas nada.

La madre lo veía, pero no sabía cómo verlo.

—¿Qué es lo que te pide que silencies? —le preguntó don Manuel a su mujer, directamente, porque el muchacho ya se había ido, tal como vino, escurrido por las paredes, protegido por las sombras.

—No me preguntes… no me preguntes… ¡no querrás saber nada! —le decía con mirada suplicante.

Pero él ya la tenía cogida de los hombros; la zarandeaba. Ella sabía que no cejaría en su empeño de saber lo que debía callarse. No opuso resistencia; se sabía derrotada.

—Te lo diré, pero déjame coger aire; déjame recuperar la compostura…

Se sentaron en el salón. Ella aprovechaba ese tiempo para ordenar sus pensamientos. No le resultó fácil: sus sentimientos la conducían en otra dirección. Cerró los ojos, inhaló profundamente y exhaló… lentamente.

—Lo que me dijo fue que vio al señorito de la hacienda llevársela a la fuerza por el camino grande, el que lleva al lago… donde la encontraron. Solo eso.—lo dijo sin mirarle a los ojos, estos estaban perdidos en la conmoción que le enredaba mente y corazón.

Dicho eso, fue ella quien se reclinó sobre sí misma. Sus manos tapaban con desesperación su boca, intentando —inútilmente— ahogar los gemidos.

Don Manuel cambió el semblante. Ya no se reflejaba dolor alguno en él. Se levantó sin decir palabra, cogió una de las lámparas y salió de la casa directo al cobertizo; allí tomó antorchas. Prendió una y fue tocando las puertas de los vecinos, informándoles quién era el homicida de Rosa.

No solo los despertó del sueño: despertó la ira en ellos.

Cada uno iba saliendo de su casa con una antorcha, haciendo lo mismo que don Manuel: iban de casa en casa con los rumores, pregonándolos como verdad. Al cabo de un par de horas, la muchedumbre se había congregado, profiriendo gritos de:

—¡Justicia para Rosa!


Visto desde arriba, parecía que el mundo estuviera al revés. Las antorchas encendidas simulaban un firmamento sobre la vasta tierra de dulce caña.

La muchedumbre que clamaba justicia iba incendiando —a su paso— las secas espigas, creando más luces de las deseadas. No se daban cuenta; solo avanzaban. Obcecados con la idea de exigir una rendición de cuentas, de obtener una confesión del culpable. Pero, a medida que avanzaban, esa idea se transformó en una necesidad de ajuste de cuentas, de venganza. Hacer justicia por propias manos.

Ya no razonaban. Las emociones habían tomado el control. Pérdida total de la conciencia.

Los de la hacienda vieron aproximarse a la muchedumbre con las antorchas en alto, iluminando más de lo acostumbrado. Intrigados, salieron a recibirlos para saber qué los traía hasta allí, en medio de la noche. No tenían la menor idea del crimen que fraguaban.

Quedaron de frente, sin tiempo a intercambiar palabras. Arremetieron contra ellos sin piedad, con palos, picos y machetes. No se escucharon voces: la violencia y la muerte se encargaron de silenciarlas.

Murieron sin derecho a palabra, sin defensa alguna.
Fueron condenados sin ser juzgados y ejecutados atrozmente.

La ira se cubrió de sangre y humo.

Incendiaron la hacienda por los cuatro costados; los cobertizos; las bodegas; hasta el ingenio. Cuando ya no quedó nada más por destruir ni aniquilar, se calmaron. Exhaustos —y en cómplice silencio— intentaron regresar a sus casas.


Aquí es donde me río yo —perdónenme ustedes por mi impertinencia; sé que esta historia no tiene ninguna gracia—, pero ¿Qué otra cosa puedo hacer si risa me produce la estupidez humana? Sigo.


Quedaron petrificados al verse rodeados de fuego. Miraban desesperados, buscando algún espacio por donde escapar del infierno que ellos mismos habían provocado. Pero no, no había salvoconducto alguno.

Allí, en ese momento, sí pronunciaron palabras: clamaron misericordia a Dios, una misericordia que no tuvieron antes para sus semejantes.
¿A qué Dios clamaban piedad… al que habían dado la espalda?

Ardieron en el fuego que habían creado.

Ahora, si piensan que este es el final, se equivocan. Las llamas del infierno arden de diferentes maneras y se extienden más allá de lo imaginable.


Doña Margarita, desde que su esposo salió de casa, no se despegó de la ventana. Pretendía enterarse de lo que ocurría sin ser detectada. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Todo lo que alcanzaba a ver estaba en llamas, tan altas que convertían aquella fatídica noche en un apesadumbrado día.

Sin quitar la vista de la ventana, dio pasos hacia el cuarto de su hijo, caminando de espaldas, dando traspiés… aterrorizada.

—Hijo, hijo… salgamos de aquí. Todo está incendiado, las casas de los vecinos también se queman… ¡se aproxima el fuego a la nuestra!

No obtuvo respuesta. Rompió el contacto con la ventana —aquel gesto fue como cortar el cordón umbilical que le daba vida— y giró, solo para encontrarse de frente con los pies descalzos de su muchacho. Aún estaban tibios y se mecían como el péndulo de un reloj.

Doña Margarita no pudo con eso. Era más de lo que podía soportar. Las rodillas se le doblaron; quedó hincada en el suelo, bajo el cuerpo de él. No le falló el corazón. No murió quemada.

En su tribulación no se percató de que el negro humo se deslizaba por los bajos de las puertas y los resquicios de las ventanas. Iba a por ella. Como largos dedos endemoniados se le metía por la nariz hasta la garganta, tapándole la boca… la que debió mantener cerrada; la que no debió proferir la mentira que ocasionó tanta desgracia.

Murió asfixiada.
Muerte lenta.
Muerte agónica.
Escena dantesca.


¿Se merecía esa muerte? No lo sé. No soy yo quien para juzgarla.
Lo que sí sé es que ustedes merecen saber cuáles fueron las palabras que su hijo le murmuró al oído. ¿Quieren saberlas? Aquí se las dejo:

—Madre, perdóname. Perdón, perdón, perdón… Rosa rechazó mi amor. Sentí morirme; la ira se apoderó de mí, perdí la razón. Perdón, perdón… fui yo. Fui yo quien la mató.

Textualmente, esas fueron las palabras que le dijo a su madre, con llanto, dolor, remordimiento y arrepentimiento.

Y es así como:

La ira de uno mató a Rosa.
La mentira de una madre incendió un pueblo.
La ira colectiva se exterminó a sí misma.


De regreso a los valles

El último mordisco de mi apetecido mango me trajo de vuelta al presente. Antes de irme y emprender, de nuevo, mi camino, le eché una última mirada a mis niños mangueros. Eran de ese lugar. ¿Y si alguno de ellos fuera descendiente de quienes protagonizaron la historia de Rosa?, ¿podrían contar otra versión? —me pregunté—.

De nuevo me reí, para mis adentros. Esta vez me reía de mi propia estupidez: ¿Cómo iban a serlo si todos aquellos habían muerto? ¿Y si todos habían muerto, quién o quiénes dieron testimonio para contar esta historia? Pero, por muy estúpido que les parezca, decidí optar por la veracidad del relato. Me la creí cuando niña y no quise romper la magia que me dio la inocencia en aquel momento… en contra de toda lógica.

Mi abuela nos contó esta historia —no porque fuera una cuentacuentos como yo, no—, sino para enseñarnos una moraleja:

«La templanza es una virtud que Dios ama en nosotros; para alcanzarla hay que dominar el temperamento, forjando el carácter».

La abuela siempre hacía lo mismo: intentaba darnos lecciones con sus historias. Pero la cosa no acababa allí. Ella se iba creyendo que había puesto el punto final, cuando lo cierto es que nosotros íbamos tras ella —como polluelos tras la mamá gallina— para que nos explicara las palabras que no entendíamos: dantesco, templanza, virtud, temperamento… carácter. Y, al tratar de explicárnoslas, ¡comenzaba otra historia!

Pobre abuela… así era su vida en nuestras vacaciones.


"Las grandes tragedias no comienzan con grandes maldades, sino con pequeñas deshonestidades."

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

jueves, 21 de septiembre de 2017

"El día que voló mi corazón": relato sobre la despedida de una hija y el vínculo inquebrantable del amor materno. Reflexiona sobre la distancia, la pérdida y el reencuentro que fortalece el corazón.

“Toda partida lleva consigo la mitad del alma de quien se queda.”

Dedicatoria:
A ti, hija mía, que partiste hacia nuevos horizontes con mi amor guardado en tu maleta.

Introducción

Hay momentos en que la vida nos arrebata sin aviso lo que más amamos, y sentimos que una parte de nuestro corazón se eleva con lo amado, dejando un vacío que parece imposible de llenar. Este relato nace de ese instante de fragilidad y amor absoluto, de la sensación de perder y, al mismo tiempo, comprender que el vínculo verdadero no conoce distancias. Aquí comparto la emoción de aquel vuelo que llevó mi corazón lejos, y la esperanza que siempre habita en quienes aman con entrega total.

Después de interminables meses de preparación, de ilusiones disfrazadas de calma, llegó, al fin, el día fatal. Horas de correteo, de abrazos y despedidas… ¡y de promesas de reencuentro que sé, en lo más hondo, jamás se cumplirán! La vi partir hasta que esa presencia tan amada por mí se desvaneció, como si el aire mismo me la arrebatara de entre los brazos.

Una extraña sensación me envolvió: la vida, de repente, se me volvió un polvoriento álbum donde las páginas crujen, y las fotografías amarillentas parecen observarme con reproche. Una existencia sostenida apenas por recuerdos que vagarán errantes por mi mente, atormentando el alma de día y de noche, como fantasmas que rehúsan descansar.

Salí apresurada, creyendo que al correr podría retener lo inevitable, sólo para ver el avión cuando comenzaba su lento andar. Se deslizaba despacio por la pista, como mis lágrimas por las mejillas; luego, de pronto, aceleró con el mismo ímpetu que mi corazón desbocado y alzó vuelo, arrancándomelo del pecho y llevándoselo consigo hacia un cielo indiferente, lejano e inaccesible.

Sin que ella lo supiera, en su equipaje escondí mi amor, mis besos, mis bendiciones y mis caricias; guardé también mi pasado y mi presente… con la esperanza de que se vuelvan cimiento de un futuro luminoso, un futuro al que no perteneceré, porque mi lugar estará en la sombra de la ausencia, en el eco del silencio, en la orilla de lo que queda.

Epílogo

Con el tiempo, descubrí que los hilos del amor verdadero nunca se rompen, aunque se estiren hasta casi perderse. Mi hija y yo nos reencontramos, y en ese abrazo tardío sentí que parte de mi corazón que creí perdida había vuelto a mí, más plena y luminosa que antes. Cada risa compartida, cada palabra susurrada, cada mirada cómplice, me recordó que la distancia no puede apagar lo que el alma guarda. Hoy camino junto a ella en su vida, agradecida por el milagro de poder seguir siendo testigo de sus días, sabiendo que el amor que alguna vez voló, regresó transformado, más fuerte, más profundo, más infinito.

“En cada adiós hay una eternidad que comienza.”

miércoles, 20 de abril de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: (47) SANTA MARÍA




“Del puerto de La Guaira a Brasil… ¡y a mil anécdotas!”

El calor era insoportable en el puerto de La Guaira, solo la brisa del mar aliviaba el sofoco de Lola. Había mucha gente y todos con agitación. Unos lloraban y otros reían, abrazos y besos venían e iban. Los corazones se estremecían al escuchar el bucólico sonido de la sirena del trasatlántico, advirtiendo que lo inevitable estaba por suceder: zarparía, y con él se llevaría a la tía Isabel.

Ella se despedía de su hermano y cuñada, luego de Antonio y, por último, de su sobrina mayor.

—Lamento no poder quedarme más y no acompañarte para el nacimiento de tu “cuatro de ocho” —le decía a Lola mientras le acariciaba el rostro y la barriga, ya bien notoria—, pero te aseguro que estaré muy pendiente de ese gran acontecimiento. Cuídate mucho, mi amor siempre estará con ustedes.

La abrazó con mucho sentimiento y se alejó de todos ellos con una gran sonrisa, que contradecía sus tristes ojos. La vieron perderse por el muelle, entre la multitud de viajeros. No regresaría a España: iría a Miami y de ahí a Nueva York, a visitar a su hija Candelaria.

La noche caía, el Santa María tenía encendidas sus luces semejando una constelación al ras del mar, lucía imponente; haciendo que ellos parecieran hormigas, más insignificantes de lo que ya se sentían por la impotencia de no haber podido retener, por más tiempo, a la tía. Se oían gritos de despedidas y pañuelos blancos ondeaban desde tierra, despidiendo a sus seres queridos… a aquellos que no sabían cuándo volverían a ver. Se quedaron allí, observando cómo se alejaba, hasta que solo divisaron en la lejanía un gran punto luminoso, perdiéndose en alta mar.

Lola esa noche durmió profundo, descansando del ajetreo del día anterior. Al despertar no encontró a Antonio a su lado, ni a él ni a los niños en casa. Se asomó por la ventana de su habitación, logrando ver que, en los jardines de la casa de su madre, estaban jugando sus hijos, como abejas alrededor de las flores.

La verja que dividía los jardines de ambas casas estaba abierta de par en par… ya era permanente esta situación. Desde que se casó con Antonio, las dos casas se habían convertido en una.

En la medida que avanzaba hacia la casa paterna, Lola se relajaba. Las flores se hallaban por doquier, igual que los frutos de los árboles, que se encontraban esparcidos por el suelo. La carga de este año había sido generosa. Las fragancias dulces y ácidas se entremezclaban.

Se sentía bien esa mañana, a pesar de que el bebé en el vientre se le encajaba. Paso a paso se acercaba; y a cada paso que daba, las voces se escuchaban más alteradas. Todos estaban reunidos en la terraza de la cocina. Hablaban y hablaban, todos al mismo tiempo. Los niños se encontraban ahora sentados en los escalones, mirando atentos a todos los que allí se hallaban.

Al ver a Lola, Antonio pidió a todos que guardaran silencio, y así lo hicieron. Ella se quedó viéndolos intrigada.

—Padre, ¿qué te pasa? —le preguntó Lola, sujetando su vientre con las manos, mientras corría hacia él.

Don Luis estaba pálido y mantenía su mano en el lado izquierdo del pecho, bajándola de vez en cuando por el brazo.

—¿Qué pasa, padre? —volvió a preguntarle, esta vez de rodillas ante él y abrazada a su regazo.

Antonio acercó un asiento al lado de su suegro y, cargando a su amada, la sentó allí.

Todos guardaban el más estricto silencio, esperando quién y cómo le contarían a Lola el acontecimiento.

—Amor, deja tranquilo a tu padre, está algo sofocado. Yo te informaré lo que sucede —le dijo Antonio, sentándose frente a ella—. Bueno, sucede que el trasatlántico que abordó tu tía Isabel fue desviado de su curso; en vez de seguir su ruta hacia Norteamérica, se dirige a África. Durante tres días no se supo de él, pero ya se sabe que ha sido secuestrado, manteniendo como rehenes a los pasajeros y tripulantes. Llevan doce días de cautiverio. Se está negociando y creo que los liberarán hoy en Brasil. Es lo que se sabe; está en los noticieros y periódicos de todo el mundo, The New York Times y Paris Match, entre otros.

Al parecer, la causa es política, no de simple piratería. Hoy mismo se sabrá si las autoridades de Brasil les conceden el asilo político solicitado. Si lo dan, todo termina y no pasa más nada. Todos se encuentran en perfectas condiciones. Eso es, amor, eso es lo que pasa…

Cuando terminó de hablar, todas las miradas se posaron en Lola, esperando su reacción. Ella quedó callada. Sus ojos se movían de un lado para otro, pensaba. Bajó la cabeza hasta el pecho, abrazando fuertemente su vientre.

De repente, empezó a temblar, todo su cuerpo se agitaba. Era evidente que contenía sus emociones.

—Perdona, padre mío, mi insolencia; sé que es tu hermana y debes, por ella, estar preocupado… ¡pero qué suerte tiene la tía! —dijo esto al tiempo que echaba la cabeza para atrás y soltaba una carcajada tan contagiosa, que todos empezaron a reír con ella, sin saber por qué.

—¿Por qué nos estamos riendo, hija, si no es nada gracioso? —le preguntó Don Luis, evidentemente más relajado.

—¡Ah, padre! Mi tía lleva tiempo a bordo. ¿Te imaginas la cantidad de gente de la que se habrá hecho amiga? ¿La cantidad de historias de las que se habrá enterado, las cuales magnificará para contarlas a sus conocidos al llegar a España? Además, ¿no estamos en febrero? Se celebra en Brasil uno de los más grandes carnavales del mundo… ¡por Dios, padre, la tía lo está pasando de lo lindo!

Cogió entre sus manos el rostro de su padre y lo besó tiernamente; con la mirada serena de ella, él se tranquilizó.

Ese mismo día recibieron un telegrama: ¡la tía Isabel estaba en el puerto de Recife, Brasil, rumbo a Río de Janeiro, y aprovecharía el evento para disfrutar de los Carnavales!

Todos empezaron a echar chistes a costa de la tía Isabel, menos Doña Matilde, quien estaba arrepentida de no haber aceptado la invitación de ella para que la acompañara en el viaje… ¡moría de la envidia por haberse perdido tales aventuras!

“Tía Isabel: secuestrada en alta mar, ¡pero con samba en el corazón!”










NOTA: La foto que ilustra este relato fue obtenido de "Imágenes" de Google; se desconoce su autor o propietario: a ellos los méritos y derechos que correspondan.

martes, 21 de septiembre de 2010

"Coincidir": Un relato espiritual sobre pactos de almas, reencarnación, memoria del espíritu y encuentros destinados que sanan a través del tiempo hacia la eternidad.

Un dibujo de una persona

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

"Un pacto de almas que trasciende el tiempo para sanar, aprender y elevarse hacia la eternidad."

Introducción

Hay almas que no se resignan a la fugacidad de una sola vida.

Regresan, una y otra vez, movidas por una fuerza tan antigua como la creación misma: el anhelo de completarse. No vuelven por castigo ni por azar, sino por un acuerdo silencioso entre ellas y el universo.

Cada existencia es una página del mismo libro. Cada cuerpo, un traje temporal donde el alma ensaya sus lecciones: el amor, la culpa, la pérdida, la entrega. Nada se olvida del todo; lo aprendido se lleva en la memoria invisible del espíritu, que recuerda incluso cuando la mente calla.

A veces, esos pactos antiguos se activan en el momento justo —una mirada, un encuentro, un viaje—, y todo lo vivido antes se asoma entre los pliegues del presente.

Es entonces cuando entendemos que la vida no empieza con el primer aliento ni termina con el último.

Coincidir es la historia de esas almas que, a través de los siglos, se buscan, se reconocen y se sanan. No como castigo, sino como promesa cumplida. Porque cuando dos o más almas deciden encontrarse una y otra vez, lo hacen para recordar que el amor —el verdadero— no muere: solo cambia de forma hasta que alcanza la eternidad.


El pacto

El encuentro estaba escrito desde siempre. No era una simple reunión entre amigas, sino la consumación de un antiguo pacto de almas que habían decidido coincidir, una y otra vez, a lo largo de los siglos, con objetivos muy claros: enseñarse, aprender, reparar, crecer, elevarse… hasta regresar al infinito de los tiempos, el origen de todo.


El llamado del destino

Aquel día señalado no admitía retrasos. El tiempo —esa ilusión que a veces separa y a veces une— había llegado a su punto exacto.

El destino no sería burlado.


El viaje

Ella abordó el avión como quien asume una misión sagrada. Al llegar a Barajas fue directamente a Chamartín y, desde allí, con boleto en mano, inició el trayecto que la llevaría a Avilés. El cansancio la vencía, recordándole su humanidad en el tiempo presente. Pero su conciencia sabía que lo que estaba por ocurrir no era de esta vida solamente.


Memorias del alma

Ya en el tren, miraba los paisajes pasar como ráfagas de recuerdos de tiempos ancestrales incrustados en su memoria. Se dejó llevar por esa oleada sensorial.

 Se relajó.

 Sonrió.


El padre

Era imposible no recordar esos paisajes prístinos del continente austral, donde la pureza del aire unía la visión con las aguas calmas y las riberas encharcadas como un todo. Sentía flotar dentro de una burbuja de líquido mercurio, denso y mágico, al recordarse acompañada de su padre —en absoluto silencio— cuando en su bote pescaba.

Lo tenía en la mente, siempre callado y con la mirada perdida. Recordaba cómo la veía con desdén, incluso con rabia, y cómo, con sus toscas manos, la golpeaba. Jamás le perdonó que su joven y amada esposa muriera por parirla. No la alimentaba. Cuando a su famélico cuerpecito agua le prodigaba, se la tiraba en la cara para que la bebiera del piso como una alimaña.

Así, tirada en el suelo, absorbía el agua y en ella veía reflejada la imagen de ese infeliz hombre: alto, de cabellos rojos, con unos ojos azules tan intimidantes como el cielo tormentoso en alta mar. Allí, tumbada, él la pateaba mientras le reclamaba su extremo parecido con su madre, lo cual juzgaba como una insolencia por no permitirle olvidarla.

Ese hombre, perdido en su impotencia y enojo, le había dado una gran lección de vida: perdonar las villanías del que ama con dolor… está bien.


La infancia de los tilos

También surgía en su mente el recuerdo de su estancia en ese pequeño territorio de la Europa Oriental. Largas calles de tierra negra, alfombradas y perfumadas por flores de tilo. Árboles altos y frondosos las enmarcaban como claras señales de caminos conocidos. Escuchaba su risa, y la de otros niños del vecindario, al corretear a los gatos para colocarles cascabeles que retumbaban en sus oídos.

Las risas no cesaban. Corrían, se encaramaban, rodaban… ¡y por todo se maravillaban! Desde los deditos de sus pies hasta sus cabelleras desprolijas y cundidas de piojos, las flores de tilo y los pelos de gatos los envolvían como regalos, como tesoros. En este pasaje de su vida aprendió que la niñez debe estar rodeada de amigos, despreocupación y alegrías… eso estaba bien.


El amor y la instrucción

Vino a su memoria tardes soleadas de verano, refrescadas por la brisa proveniente del Cantábrico. Ella, sentada en el piso de tierra barrida junto a aquella madre —de ese entonces— que, abnegada y paciente, le enseñaba sus primeras letras. Las dibujaba con un palillo hecho de una rama caída y la madre las borraba y corregía por su constante distracción.

Observaba a su amoroso padre venir cuesta arriba, por el camino empinado, con pesadas vasijas de barro llenas de agua fresca del río, pero con una amplia sonrisa al verla estudiar. Aprendió, entonces, que no valen las posesiones si entre padres e hijos existe amor, dedicación y respeto… y si la instrucción se imparte. Eso estaba bien.


La cosecha del dolor

Y ¿cómo olvidar aquel miserable día en que se le enseñó que cada uno cosecha lo que siembra? Hincada de rodillas en la fangosa tierra fue obligada, por el indignado padre, a poner su cara contra ésta mientras la azotaba sin piedad.

Desde el suelo, con el rostro semicubierto por su cabello lacio y negro empapado de barro y sangre, alcanzaba a ver los cestos llenos de mangos y, al fondo, los platanales. Era tiempo de cosecha. También podía oler la acidez de los frutos que se descomponían en el suelo. Dulces y amargos aromas envolvían su trágico día.

Su pequeña hija —concebida sin unión bendecida por el amor— se había ahogado en el pozo sin auxilio alguno por estar ella en holgazanería. Después de la paliza iracunda de su padre, fue desterrada del fundo familiar. Jamás volvería a ver a su familia vietnamita. Traer hijos al mundo sin amor y sin responsabilizarse por ellos… era un mal asunto. Jamás olvidaría aquella lección. Jamás tal vileza repetiría.


La redención

En cambio, en su siguiente vez, se esforzó por ser útil y valiosa a sus semejantes. Así se reivindicó ante Dios. En una tarde abigarrada de incipiente primavera se lanzó del muelle para ayudar a su hermanita que se ahogaba. La adoraba. Era una bebé dulce y quieta, que solo sonreía.

Oía los gritos de su desesperada madre, suplicándole que la salvara. Impulsada por esa angustia, se despojó del ropaje para lanzarse al agua, pero se detuvo: el miedo la paralizaba. Aquellas aguas, translúcidas por su pureza, eran profundas, traicioneras. Profusas algas verdes y negras emergían como tentáculos deseosos de atrapar todo lo que las rozara.

Vio el cuerpecito agitándose bajo la superficie. Con coraje, se lanzó a las frías aguas. Luchó para alcanzarla y la rescató del follaje marino, entregándosela a su madre. Ésta se fue presurosa para socorrer a la infanta, dejándola a ella olvidada, sumergida. No alcanzaba la superficie. Enredada, luchaba, pero cuanto más se movía más se cansaba.

Se ahogaba. No sentía miedo ni rabia: estaba tranquila. La paz la embargaba. Su deuda con la vida anterior estaba saldada. Amar a los semejantes como a uno mismo está bien. Sacrificar la vida por salvar a un inocente… está muy bien.


La alegría y la unión

Obvio que sus aprendizajes no solo provenían de duras y tristes lecciones, ni de la absoluta pobreza. Siempre la había animado a seguir adelante el recuerdo de los festejos y alianzas. Había aprendido que las personas, al unirse con amor y alegría, se comprometen al respeto y cooperación mutua. Así florecen familias estructuradas, felices y prósperas. Sociedades sanas donde los males no agobian. Y eso… era muy bueno.


El reencuentro

El tren llegó a Avilés. Descendió del vagón y las vio. Allí estaban sus amigas en esta vida. Sus cómplices, en las otras. Eran aquellas almas con las que había pactado para llevar el proceso de aprendizaje, el blanqueo de la conciencia, la elevación última. Habían sido, indistintamente, ¡maestras y alumnas!

El abrazo que se dieron fue eterno. Se fundieron en una sola alma, como quien se reconoce más allá del tiempo, del espacio, de lo corpóreo. Un zumbido silencioso invadió el aire. Los pájaros dejaron de cantar. El cielo, por un segundo, respiró hondo.


La casa y el brindis

Caminaron por las calles antiguas, bajo un cielo que pintaba el mundo de amarillo rancio. Todo era silencio y hojas secas; todo era calma. Los adoquines de las callejuelas parecían susurrar nombres olvidados. Sus pasos resonaban como tambores de un ritual que acababa de comenzar.

Ya en casa, sentadas en la cocina con vino y pan sobre la mesa, brindaron por lo que eran, por el reencuentro. Eran pasajeras del tiempo. Guardianas del alma. Transeúntes de la Tierra, morada efímera donde purgatorio, cielo e infierno coexisten en tiempo y espacio. Escuela estricta que enseña y corrige. Taller donde se forja la esencia —el quién— a golpes de mazo sobre la carne y la conciencia.

—Por nosotras… y por coincidir —dijo ella, la recién llegada. Y el brindis se selló con una alegría mística. La música sonaba baja. Era su himno, el de otras vidas: Coincidir.


La revelación

Cantaban desde el alma: “Tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir”.

Y mientras las copas se vaciaban y la noche se fundía con el día, se despojaron de la carne, señal de que el velo entre los mundos se había transparentado. La eternidad quedó al desnudo.

El reloj se detuvo. Afuera, la luna sangraba. Adentro, todo era revelación.


Epílogo

Ahora lo entiendo.

No fue casualidad, ni capricho del destino. Todo lo que dolió, todo lo que amé, todo lo que perdí… tenía un propósito. Cada vida fue un peldaño, cada encuentro, un espejo donde reconocí lo que aún me faltaba aprender.

Durante tanto tiempo busqué respuestas afuera, en otros rostros, en otros mundos, sin saber que la verdad siempre había estado latiendo dentro de mí: somos viajeros del tiempo, almas que regresan a reparar lo inconcluso, a perdonar lo que una vez hirió, a amar sin condiciones.

Hoy sé que nada ni nadie se pierde. Que las almas que una vez me acompañaron siguen aquí, cerca, con otros nombres, con otros cuerpos, pero con la misma luz que reconozco al mirarles los ojos.

Entendí que la muerte no es final, sino tránsito. Que cada partida prepara un regreso, y cada regreso, una nueva oportunidad de ser mejor. El alma nunca olvida. Solo espera el momento perfecto para recordar.

Coincidimos porque así lo pactamos.

Porque, más allá del tiempo, decidimos seguir caminando juntas, aprendiendo, sanando, elevándonos.

Y cuando llegue el instante de volver al origen, lo haremos con la conciencia limpia, la deuda saldada y el amor intacto.

Ahora sé que coincidir…es la manera en que el alma se reconoce eterna.

“Coincidir no es azar: es la memoria del alma que nunca olvida sus pactos.”