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viernes, 15 de agosto de 2025

"El Discurso del Polvo": Un texto filosófico y poético sobre el ego, la soberbia del lenguaje y la pérdida de la esencia humana. Entre : Qué eres, y quién eres.

“Grandeza proclamada, esencia olvidada.”


Introducción: La voz que se olvida de sí misma

Hay palabras que nacen para elevar, y otras que, al pronunciarse, nos condenan al olvido.
El hombre, en su deseo de eternidad, suele confundir la altura con el vacío. Se sube sobre sí mismo como si fuera una montaña, sin notar que cada peldaño lo aleja un poco más de su esencia.
Hay discursos que no buscan verdad, sino dominio; no comunican, sino que imponen. Y así, entre la soberbia de la voz y el silencio del alma, la humanidad se va borrando.
A veces, solo el polvo —ese humilde testigo de todo lo que fue— guarda memoria de lo que fuimos antes de creernos dioses.


Subió a la piedra más alta del valle, allí donde el viento no tenía dirección y el cielo parecía inclinarse para escuchar. Iba cubierto de palabras, desnudo de sí mismo. No llevaba nombre, pero creía tener un título: hombre. Habló.

—Yo soy la cumbre del pensamiento. La joya tallada por siglos. El que nombra las cosas y, al nombrarlas, las hace existir.

Su voz no era voz, sino martillo. Quería construir un monumento con ella, uno que lo alzara por encima de la hierba, del sol, de la vida misma.

—He conquistado montañas, domado bestias, dado forma a los dioses. Soy la medida de lo que vale ser.

A cada palabra, se alejaba un poco más del silencio que lo habitaba. El qué soy se inflaba como una máscara de humo; el quién soy retrocedía, herido, hasta disolverse entre las costillas.

Y entonces comenzó. Su sombra, alargada por la tarde, se encogió. Se recogió a sus pies, se le metió en los ojos, y por último se escondió en su pecho, como un niño asustado.

—Soy eterno —gritó, aunque su voz ya no resonaba. No porque faltara aire, sino porque ya no había verdad que la sostuviera.

El paisaje se expandía. Los árboles alzaban sus troncos como columnas infinitas; las piedras, en su silencio mineral, lo miraban con una paciencia que dolía. El cielo se abría como una herida vieja, dejando caer una lluvia de estrellas indiferentes. Y él, empequeñecía. No su cuerpo, sino su esencia. A fuerza de proclamarse algo, dejó de ser alguien.

Seguía hablando, pero sus palabras se deshacían antes de tocar el mundo. Había olvidado que no se es por lo que se dice, sino por lo que se guarda. Y no quedaba ya nada dentro. Solo eco. Hasta que fue apenas un punto. Un grano de polvo suspendido en el aliento del universo. Nadie aplaudió. Nadie lloró. Solo una brisa lo arrastró hacia un rincón del tiempo, donde otras partículas olvidadas danzaban sin rostro, sin nombre, sin historia. Y allí flotó, diminuto, invisible, repitiendo en voz muda lo que fue su grandeza. Pero ya no quedaba nadie. Ni siquiera él.


Epílogo: El eco de lo que nunca fuimos

Dicen que el universo no recuerda nombres, solo vibraciones.
Y tal vez por eso, quienes hablaron más fuerte son los primeros en desvanecerse.
El hombre que creyó ser cumbre terminó siendo brisa; el que quiso nombrarlo todo, acabó sin nombre.
Porque no es la voz la que nos define, sino el silencio que dejamos después de hablar.
Y cuando el polvo vuelve al polvo, lo único que perdura es la verdad que nunca se dijo:
que ninguna grandeza es real si olvida su origen humilde.


“A fuerza de proclamarse algo, dejó de ser alguien.”




viernes, 6 de junio de 2025

"EL INVIERNO TIENE NOMBRE DE MUJER": Texto poético sobre la pérdida del deseo y la pasión cuando el amor no es correspondido. Una metáfora intensa donde el frío de una mujer apaga hasta el infierno.

 

 “El invierno tiene nombre, y el diablo lo sabe.”


Era tal su frialdad que, aún en la lejanía, el mismísimo diablo corrió despavorido a proteger sus predios; no fuese que ella se acercase y… ¡le congelase el infierno!

Porque no era una mujer: era invierno caminante.
Su aliento, escarcha; sus palabras, cristales que laceraban.
Su mirada, un relámpago de hielo que detenía la sangre en las venas de quien osara sostenerla.

Las brasas del averno, que todo lo devoran, se estremecían bajo la amenaza de su paso.

Las hogueras que nunca mueren crujían, apagadas como velas expuestas al viento de su indiferencia.

Ni los gritos, ni las llamas, ni las danzas rojas del pecado resistían el azote de ese frío incontenible.

El diablo lo sabía:
que, frente a ella, su imperio ardiente se volvía páramo.
Que las lenguas de fuego eran carámbanos.
Que la lujuria se quebraba en hielo seco.

Y así, en el centro del infierno, donde todo arde, surgió lo imposible:
un silencio helado,
un fuego azul muerto,
un pedazo de hielo eterno…

No hubo llamas que resistieran ante su frialdad: el infierno no ardía… ¡tiritaba!

El diablo entendió, entonces, que no hay fuego eterno… ¡cuando el hielo lo reclama!


“Hasta el diablo descubrió su límite… el frío de una mujer.”