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jueves, 1 de enero de 2026

Cuento largo: "Voces del Valle", recuerdos de infancia sobre la historia de un pueblo incendiado por la intriga, la mentira y la falta de templanza..


Nota de autora:
Una historia sobre la ira, la mentira y el fuego que se enciende cuando la templanza no llega a tiempo.

No todas las historias se cuentan porque hayan ocurrido exactamente así. Esta llegó a mí como llegan las cosas importantes: en la voz de una abuela, en el peso de lo no dicho y en la certeza infantil de que hay verdades que no necesitan pruebas para doler. Los lugares que aquí se nombran existen, como existen las pasiones que los incendian. 


Los valles

Dicen que, en los valles, cuando el sol se levanta sobre el mar verde de caña, la tierra huele a dulce cansancio. Que el viento se enreda en las hojas y susurra historias viejas, como si las cañas recordaran todo lo que han visto. Eso dicen, pero no es cierto.

Los que cuentan historias son quienes se aventuran a atravesarlos; sin importar en qué tiempo, como esta historia que te voy a contar, que en realidad son tres en una: se hilan para que tenga principio… y también final.

Por la razón que fuera, siempre hay necesidad de desplazarse de un lugar a otro. Yo necesité ir a la capital. Les confieso: me daba pesar solo pensarlo. Demasiada gente. Demasiado caos.
¿A ustedes les gustan las grandes ciudades? A mí, no.

Luego recordé que, para llegar a ella, debía coger la autopista que atraviesa mi provincia, y eso me cautivó. Me gusta esa ruta: los verdes valles sembrados de caña de azúcar, cercados por las montañas azules de las cordilleras… y los mangueros a la orilla de la carretera. Experiencia entrañable. Pintoresca.

Con ese ánimo emprendí el viaje. Sin prisa. Aunque el motivo que me movía era de trabajo, pensaba disfrutarlo.
¡La vida no es solo trabajar por dinero! ¿Cierto?

Llevaba solo unos minutos en el camino cuando vi a los chiquillos pegando brincos, agitando las manos como abanicos de esperanza. Sus caritas eran poemas de amor y cánticos a la alegría flotando en el aire. Gritaban, a todo pulmón:
—¡Pare! ¡Pare! ¡Cómprenos mangos!

Créanme, una cosa es que se los cuente y otra muy distinta presenciar esa escena. Mi cerebro lo procesa en cámara lenta: lo detalla, lo graba profundamente en la memoria; se deleita. Sus cabecitas y cuerpecitos, dando saltos en el aire, semejaban notas musicales sobre papel multicolor. Uno los veía y no los veía: sonaban. ¡Música para el alma!

De lejos, la magnificencia del fruto atrapaba: tamaños increíbles y colores de otoño —verdes, rojos, naranjas, amarillos matizados—, un festín para los ojos.
¿Piensan que exagero? Nada de eso. Se los prometo.

Como pude, me orillé a un lado, sobre tierra, no en el arcén. Nada fácil resultó con los chiquillos brincando y casi guindados de las ventanillas, muertos de risa, compitiendo entre ellos. Caritas dulces, sucias, mocosas… con sonrisas que ni los ángeles podrían copiar.

La historia que quiero contarles no tiene nada que ver —en sí— con los niños mangueros. Solo son la punta del hilo que inicia este cuento.

Parada a un costado del coche, me recosté en él con mi mango en la mano. Mientras lo disfrutaba, miraba el paisaje, embelesada, porque amo la vida rural. Y mi mente —como siempre— empezó a hurgar en la caja de recuerdos para martirizarme un poco. Y funcionó.

Recordé la vez que mi abuela, en unas vacaciones de verano, nos contó —a nosotros, todos sus nietos— la historia que les voy a relatar. Según ella, verídica. A mí no me consta, pero yo le creí… ¡y espero que ustedes me crean a mí!

Ocurrió en el mismo sitio donde estaba, pero no en este tiempo. Fue en el incipiente siglo pasado. Imaginen un inmenso valle sin autopista, sin luces en las casas ni en las calles. Solo la luz del sol, de los fogones, de las lámparas de aceite, de las velas… y la que provenía del alma de Rosa.

¿Saben quién es Rosa? ¿No? ¿Quieren que les cuente su historia? Estoy segura de que sí. Ya han llegado hasta aquí… unas letras más, ¿Qué más da?

Eso sí, les advierto que, de aquí en adelante, no leerán palabras dulces que hablen del amor ni de risas. Mucho menos de un final feliz. Les contaré sobre una mentira —nada piadosa— que arrancó la piel de los huesos a decenas de personas, infringiendo un dolor inconmensurable.

¿Conocen alguna rosa sin espinas? Esta también las tenía.
¿Quieren seguir leyendo? ¡Sigamos!


La historia

Desde el despunte del alba hasta la puesta del sol podía escucharse, a distancia, el parloteo de la jovencita, entrecortado por risas salidas del alma. Los niños salían a su encuentro y los ancianos le cercaban el paso: unos para que jugara con ellos; los otros para que escuchara sus quejas. Era tan agradable aquel alboroto que el mismísimo Dios se regocijaba.

Con cada paso que daba, levantaba la mano y a alguien saludaba con una sonrisa; hablaba, abrazaba y algo —de su inocente y generoso corazón— entregaba. La brisa matutina ondeaba su falda y su cabello flotaba por los aires, cual bandada de aves que al cielo se elevara. Era la alegría encarnada.

Se llamaba Rosa: la rosa que dos muchachos codiciaban, en la que querían clavar sus espinas sin importarles que, con ello, se marchitara y se apagara la luz que a sus hogares iluminaba.

Uno era el hijo del capataz. Chico de pueblo. Tranquilo; ningún problema ocasionaba, aunque tenía el temperamento del padre, pero lo dominaba. Eso se pensaba. Introvertido, nadie sabía lo que traía en mente o lo que su corazón guardaba: mirada esquiva y boca cerrada.

El otro era el hijo menor del dueño de la hacienda. Educado. Con sus aires de mundo. Extrovertido. Dibujaba en su rostro una sonrisa enigmática; a Rosa eso le gustaba. Él le gustaba, y ella a él, pero nada se decían: solo miradas se entregaban.

El cielo, de azul infinito, se aclaraba con el despunte del alba.
Tierra negra, fértil, húmeda, que contrastaba con el verde y el marfil de las cañas con sus espigas. Aún no cantaba el gallo cuando las mujeres servían a sus hombres el café recién colado. El aroma de ese café era el despertador del gallo, un gandul que tarde se levantaba. Ahí sí cantaba: fuerte, persistente, como reclamando su pocillo de oro negro. Era un gallo viejo; cantando, desafinaba. Los campesinos bromeaban con ese tema: hablaban de jubilarlo.

Todos los habitantes de los caseríos aledaños a los inmensos campos de siembra de caña estaban despiertos, preparados para la faena. No tenían ni la más mínima idea de los días que se avecinaban.

Ese día no era como cualquier otro. El cielo despertó pálido, como enfermo abandonado: ninguna nube lo arropaba ni calmaba su sed.

¿Alguna vez se han levantado y dicho en voz alta: “el día está raro”? Ese era uno de esos días. Todos percibían una quietud inusual —inquietante—, como si faltase algo… no sabían qué, pero aquella sensación era incómoda, de mal presagio. No estaban siendo supersticiosos: era una sensación real, casi tangible.

Los niños no salieron de sus casas, corriendo, al encuentro de Rosa.
Los ancianos se quedaron esperando, sentados en sus porches, a quien siempre calmaba sus miedos con oído atento y abrazos salidos del alma.
Rosa no pasó por sus casas.

El silencio se iba acordonando por los caminos que otrora transitara; hoy, vacíos de risas y esperanzas. La ausencia de Rosa se hizo sentir muy fuertemente.

—¿Han visto a Rosa?, ¿alguien sabe algo de ella?
Al principio, uno a uno, se formulaba la pregunta por curiosidad; luego, todos, con profunda preocupación. Esas voces inquietas eran las únicas vibraciones que atravesaban el denso y enrarecido aire de esa mañana. Nada más se escuchaba. Silencio ensordecedor.

Entre pregunta y pregunta se fueron juntando los habitantes de aquella tierra que sería testigo de los más infames actos del hombre. Esa tierra estaba asustada. Se estremecía en sus entrañas; presentía que todo lo que sucedía en su piel despertaría la furia de Dios. No se equivocaba. Los siglos la habían convertido en experta en predecir las consecuencias de las ansias del hombre.

Cuando los padres se enteraron de que buscaban a su niña, se miraron; se hablaron con palabras mudas que solo ellos entendían. Lo que se decían no era nada bueno, porque nada bueno sentían. Siempre temieron que algún día le pasara algo a su Rosa, el sentido de sus vidas. Ese día llegó. Era ese día.

Les confieso: esta es la parte más agobiante —para mí— cuando narro este cuento. Como madre, sé que no saber del paradero de un hijo… es pasar por el infierno. Así que, perdónenme, pero esta parte tendrán que imaginarla ustedes por su cuenta. Siéntanse libres de creerse el cuentacuentos y reescribirla a su parecer.


Lo cierto es que ellos se tomaron de la mano, entrelazándolas con fuerza, como si de ese contacto dependiera todo. Sus súplicas surgían de lo más profundo del alma, un murmullo tembloroso que pedía ayuda y consuelo. De rodillas, cerraron los ojos y, por un instante, el mundo pareció suspenderse. Entonces, algo suavemente los envolvió: un calor silencioso que llenó sus pechos y serenó sus pensamientos agitados. No entendían del todo qué sucedía, pero sintieron que podían soltar el miedo, que sus corazones se aquietaban y la desesperación cedía. Quedaron así, inmóviles, con los rostros suavizados y el aliento tranquilo. La plegaria había sido escuchada, y en la quietud del instante, se hicieron dueños de una calma inesperada, aceptando lo que había de venir.

Todos —sin saber lo que ocurría en las almas de esos padres— quedaron sorprendidos por la aparente indiferencia; así lo interpretaron ellos.

Se alejaron y empezaron a cuchichear. Habían decidido emprender acciones de búsqueda, por su cuenta, hasta encontrarla. Se organizaron. Se esparcieron como semillas de diente de león sobre todo terreno. Esfuerzo inútil: ninguno de ellos la encontró.

Cansados, agobiados, cesaron la búsqueda al anochecer. Se reunieron en la plaza, formulando todo tipo de conjeturas sobre el paradero de Rosa… perdían la esperanza de encontrarla.


En ese justo momento, cuando el ánimo se desplomaba al suelo, se escuchó un fuerte cascabeleo. Todos voltearon. Extrañados, vieron a uno de los peones del ingenio montado en su zaino, como si huyeran ambos —hombre y caballo—, espantados del mal encarnado.

Sí, la encontraron… o lo que quedó de ella. Se los advertí: no tendría un final feliz… ¡y solo es el comienzo del final!

—Hemos encontrado a la niña Rosa…
El peón lo dijo con dificultad, como si le arrancaran las palabras de la lengua. Se quitó el sombrero de paja toquilla y se lo colocó en el pecho, con ambas manos: muestra fehaciente de dolor y respeto.

Los allí presentes, por una milésima de segundo, dibujaron una sonrisa… que se transformó en mueca a la milésima de segundo siguiente, cuando el portador de la noticia continuó:

—La encontramos en el lago, desnuda como un bebé recién nacido; flotando boca arriba, como un nenúfar que clama la luz del sol. Encontramos su cuerpecito, pero a ella… lo que era ella, no.

La muchedumbre no reaccionó como se esperaba. No hubo gritos de dolor ni de rabia. Solo un silencio pasmoso, como si se hubiesen convertido en piedras, como si el diablo les hubiera robado las almas.

Eso aún no sucedía, pero sucedería.
Se había sembrado la semilla de la maldad. Era cuestión de tiempo para que germinara.

Emprendieron el camino de regreso a sus casas, todos y cada uno, lentamente, paso a paso. En silencio aparente: por dentro, las palabras atragantadas les carcomían la conciencia, como goteo incesante de un grifo a medianoche.

La impotencia, el dolor y la rabia engendraban ideas extrañas, retorcidas… nunca por ellos concebidas. Pernoctaron en sus casas. Dentro y fuera de ellas, la noche los desvanecía en la más absoluta oscuridad. Estaban de luto.

En la casa de don Manuel —el capataz— la cosa era distinta. Allí sí había luces: alguna vela de cebo y lámparas de aceite estaban encendidas. Los tres residentes se desdibujaban en las penumbras.

Don Manuel, sentado en el sillón de la sala, estaba reclinado sobre sí mismo. Sus codos se apoyaban en los muslos mientras sus manos sostenían la cabeza, cubriendo su rostro. Lloraba sin consuelo, a ratos; en otros, gimoteaba. Quería mucho a Rosa, a quien tuvo como la hija que nunca llegó a tener. La conocía desde que nació. Creció muy cerca de ellos. Habían forjado lazos fuertes.

Estaba devastado por la inusitada y cruel pérdida de un ser tan querido. Su repentina ausencia pesaba demasiado. No estaba craquelado, sino realmente quebrado. Era un buen hombre, lleno de virtudes, pero con un temperamento explosivo. Sus reacciones ante situaciones de injusticia le habían dado fama. Lo conocían con el mote de “el justiciero”. Lo respetaban, lo admiraban… pero, sobre todo, le temían.

Por ese conocimiento que de él tenían, su mujer e hijo lo observaban desde lejos, desde otros rincones de la casa, camuflados por las sombras. Cada uno con sus emociones contenidas, atentos a las del esposo, a las del padre. Tenían el alma en vilo.


Doña Margarita —así se llamaba la mujer de don Manuel— fue sorprendida por su hijo, que se había escurrido por las paredes para que el padre no lo viera, hasta llegar a ella. Ver el rostro del muchacho en aquella luz tenue fue como ver un espectro recién salido de un cementerio: espeluznante sensación.

El chico, como pudo, cogió la mano de su madre y musitó al oído unas palabras que ella sola oyó.

Doña Margarita separó su rostro del hijo; lo tomó entre sus manos. Incrédula por lo que había escuchado, lo veía fijamente, interrogándolo con la mirada. Miles de preguntas que solo una madre aterrorizada puede formularse.

No estoy segura de cuánto tiempo transcurrió entre la mirada cuestionadora y el abrazo que le dio: uno tan fuerte, tan cerrado, que parecía querer devolverlo a su vientre. Intentó ahogar cuanto sentía, pero no pudo. El dolor era más fuerte que su temor de despertar la cólera de su marido.

Sin poder evitarlo, se le escapó de la garganta el más escalofriante grito que jamás se haya escuchado —por lo menos— en ese pueblo, en ese tiempo.
Grito que fue la llave que abrió las puertas del infierno.

Cuando don Manuel lo escuchó, fue directo a donde se encontraba su mujer. Al llegar, los encontró abrazados. El hijo, al ver el semblante de su padre, suplicó a su madre:

—Guarda silencio, madre, por favor… no digas nada.

La madre lo veía, pero no sabía cómo verlo.

—¿Qué es lo que te pide que silencies? —le preguntó don Manuel a su mujer, directamente, porque el muchacho ya se había ido, tal como vino, escurrido por las paredes, protegido por las sombras.

—No me preguntes… no me preguntes… ¡no querrás saber nada! —le decía con mirada suplicante.

Pero él ya la tenía cogida de los hombros; la zarandeaba. Ella sabía que no cejaría en su empeño de saber lo que debía callarse. No opuso resistencia; se sabía derrotada.

—Te lo diré, pero déjame coger aire; déjame recuperar la compostura…

Se sentaron en el salón. Ella aprovechaba ese tiempo para ordenar sus pensamientos. No le resultó fácil: sus sentimientos la conducían en otra dirección. Cerró los ojos, inhaló profundamente y exhaló… lentamente.

—Lo que me dijo fue que vio al señorito de la hacienda llevársela a la fuerza por el camino grande, el que lleva al lago… donde la encontraron. Solo eso.—lo dijo sin mirarle a los ojos, estos estaban perdidos en la conmoción que le enredaba mente y corazón.

Dicho eso, fue ella quien se reclinó sobre sí misma. Sus manos tapaban con desesperación su boca, intentando —inútilmente— ahogar los gemidos.

Don Manuel cambió el semblante. Ya no se reflejaba dolor alguno en él. Se levantó sin decir palabra, cogió una de las lámparas y salió de la casa directo al cobertizo; allí tomó antorchas. Prendió una y fue tocando las puertas de los vecinos, informándoles quién era el homicida de Rosa.

No solo los despertó del sueño: despertó la ira en ellos.

Cada uno iba saliendo de su casa con una antorcha, haciendo lo mismo que don Manuel: iban de casa en casa con los rumores, pregonándolos como verdad. Al cabo de un par de horas, la muchedumbre se había congregado, profiriendo gritos de:

—¡Justicia para Rosa!


Visto desde arriba, parecía que el mundo estuviera al revés. Las antorchas encendidas simulaban un firmamento sobre la vasta tierra de dulce caña.

La muchedumbre que clamaba justicia iba incendiando —a su paso— las secas espigas, creando más luces de las deseadas. No se daban cuenta; solo avanzaban. Obcecados con la idea de exigir una rendición de cuentas, de obtener una confesión del culpable. Pero, a medida que avanzaban, esa idea se transformó en una necesidad de ajuste de cuentas, de venganza. Hacer justicia por propias manos.

Ya no razonaban. Las emociones habían tomado el control. Pérdida total de la conciencia.

Los de la hacienda vieron aproximarse a la muchedumbre con las antorchas en alto, iluminando más de lo acostumbrado. Intrigados, salieron a recibirlos para saber qué los traía hasta allí, en medio de la noche. No tenían la menor idea del crimen que fraguaban.

Quedaron de frente, sin tiempo a intercambiar palabras. Arremetieron contra ellos sin piedad, con palos, picos y machetes. No se escucharon voces: la violencia y la muerte se encargaron de silenciarlas.

Murieron sin derecho a palabra, sin defensa alguna.
Fueron condenados sin ser juzgados y ejecutados atrozmente.

La ira se cubrió de sangre y humo.

Incendiaron la hacienda por los cuatro costados; los cobertizos; las bodegas; hasta el ingenio. Cuando ya no quedó nada más por destruir ni aniquilar, se calmaron. Exhaustos —y en cómplice silencio— intentaron regresar a sus casas.


Aquí es donde me río yo —perdónenme ustedes por mi impertinencia; sé que esta historia no tiene ninguna gracia—, pero ¿Qué otra cosa puedo hacer si risa me produce la estupidez humana? Sigo.


Quedaron petrificados al verse rodeados de fuego. Miraban desesperados, buscando algún espacio por donde escapar del infierno que ellos mismos habían provocado. Pero no, no había salvoconducto alguno.

Allí, en ese momento, sí pronunciaron palabras: clamaron misericordia a Dios, una misericordia que no tuvieron antes para sus semejantes.
¿A qué Dios clamaban piedad… al que habían dado la espalda?

Ardieron en el fuego que habían creado.

Ahora, si piensan que este es el final, se equivocan. Las llamas del infierno arden de diferentes maneras y se extienden más allá de lo imaginable.


Doña Margarita, desde que su esposo salió de casa, no se despegó de la ventana. Pretendía enterarse de lo que ocurría sin ser detectada. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Todo lo que alcanzaba a ver estaba en llamas, tan altas que convertían aquella fatídica noche en un apesadumbrado día.

Sin quitar la vista de la ventana, dio pasos hacia el cuarto de su hijo, caminando de espaldas, dando traspiés… aterrorizada.

—Hijo, hijo… salgamos de aquí. Todo está incendiado, las casas de los vecinos también se queman… ¡se aproxima el fuego a la nuestra!

No obtuvo respuesta. Rompió el contacto con la ventana —aquel gesto fue como cortar el cordón umbilical que le daba vida— y giró, solo para encontrarse de frente con los pies descalzos de su muchacho. Aún estaban tibios y se mecían como el péndulo de un reloj.

Doña Margarita no pudo con eso. Era más de lo que podía soportar. Las rodillas se le doblaron; quedó hincada en el suelo, bajo el cuerpo de él. No le falló el corazón. No murió quemada.

En su tribulación no se percató de que el negro humo se deslizaba por los bajos de las puertas y los resquicios de las ventanas. Iba a por ella. Como largos dedos endemoniados se le metía por la nariz hasta la garganta, tapándole la boca… la que debió mantener cerrada; la que no debió proferir la mentira que ocasionó tanta desgracia.

Murió asfixiada.
Muerte lenta.
Muerte agónica.
Escena dantesca.


¿Se merecía esa muerte? No lo sé. No soy yo quien para juzgarla.
Lo que sí sé es que ustedes merecen saber cuáles fueron las palabras que su hijo le murmuró al oído. ¿Quieren saberlas? Aquí se las dejo:

—Madre, perdóname. Perdón, perdón, perdón… Rosa rechazó mi amor. Sentí morirme; la ira se apoderó de mí, perdí la razón. Perdón, perdón… fui yo. Fui yo quien la mató.

Textualmente, esas fueron las palabras que le dijo a su madre, con llanto, dolor, remordimiento y arrepentimiento.

Y es así como:

La ira de uno mató a Rosa.
La mentira de una madre incendió un pueblo.
La ira colectiva se exterminó a sí misma.


De regreso a los valles

El último mordisco de mi apetecido mango me trajo de vuelta al presente. Antes de irme y emprender, de nuevo, mi camino, le eché una última mirada a mis niños mangueros. Eran de ese lugar. ¿Y si alguno de ellos fuera descendiente de quienes protagonizaron la historia de Rosa?, ¿podrían contar otra versión? —me pregunté—.

De nuevo me reí, para mis adentros. Esta vez me reía de mi propia estupidez: ¿Cómo iban a serlo si todos aquellos habían muerto? ¿Y si todos habían muerto, quién o quiénes dieron testimonio para contar esta historia? Pero, por muy estúpido que les parezca, decidí optar por la veracidad del relato. Me la creí cuando niña y no quise romper la magia que me dio la inocencia en aquel momento… en contra de toda lógica.

Mi abuela nos contó esta historia —no porque fuera una cuentacuentos como yo, no—, sino para enseñarnos una moraleja:

«La templanza es una virtud que Dios ama en nosotros; para alcanzarla hay que dominar el temperamento, forjando el carácter».

La abuela siempre hacía lo mismo: intentaba darnos lecciones con sus historias. Pero la cosa no acababa allí. Ella se iba creyendo que había puesto el punto final, cuando lo cierto es que nosotros íbamos tras ella —como polluelos tras la mamá gallina— para que nos explicara las palabras que no entendíamos: dantesco, templanza, virtud, temperamento… carácter. Y, al tratar de explicárnoslas, ¡comenzaba otra historia!

Pobre abuela… así era su vida en nuestras vacaciones.


"Las grandes tragedias no comienzan con grandes maldades, sino con pequeñas deshonestidades."

Nota: publicación en la plataforma de Tiktok, cuenta: @escritosenblancoynegro:  @tintasobrepapel

viernes, 6 de junio de 2025

"EL INVIERNO TIENE NOMBRE DE MUJER": Texto poético sobre la pérdida del deseo y la pasión cuando el amor no es correspondido. Una metáfora intensa donde el frío de una mujer apaga hasta el infierno.

 

 “El invierno tiene nombre, y el diablo lo sabe.”


Era tal su frialdad que, aún en la lejanía, el mismísimo diablo corrió despavorido a proteger sus predios; no fuese que ella se acercase y… ¡le congelase el infierno!

Porque no era una mujer: era invierno caminante.
Su aliento, escarcha; sus palabras, cristales que laceraban.
Su mirada, un relámpago de hielo que detenía la sangre en las venas de quien osara sostenerla.

Las brasas del averno, que todo lo devoran, se estremecían bajo la amenaza de su paso.

Las hogueras que nunca mueren crujían, apagadas como velas expuestas al viento de su indiferencia.

Ni los gritos, ni las llamas, ni las danzas rojas del pecado resistían el azote de ese frío incontenible.

El diablo lo sabía:
que, frente a ella, su imperio ardiente se volvía páramo.
Que las lenguas de fuego eran carámbanos.
Que la lujuria se quebraba en hielo seco.

Y así, en el centro del infierno, donde todo arde, surgió lo imposible:
un silencio helado,
un fuego azul muerto,
un pedazo de hielo eterno…

No hubo llamas que resistieran ante su frialdad: el infierno no ardía… ¡tiritaba!

El diablo entendió, entonces, que no hay fuego eterno… ¡cuando el hielo lo reclama!


“Hasta el diablo descubrió su límite… el frío de una mujer.”

 


miércoles, 20 de noviembre de 2024

"Labios sellados", Una carta íntima que habla de sentimientos que no se pronuncian, del dolor de soltar y la belleza de aprender a vivir con el recuerdo.

Cuando soltar duele, pero retener nos destruye, el alma aprende a hablar en silencio.

Prólogo

Hay despedidas que no ocurren entre dos cuerpos, sino entre dos dimensiones de un mismo sentimiento. Son adioses que no se pronuncian en voz alta, pero resuenan como un latido sordo en la memoria. Esta carta nace allí: en ese territorio donde nada sucedió… y, sin embargo, lo cambió todo. Es un intento de poner en palabras lo que nunca tuvo nombre, de cerrar con ternura aquello que ardió en silencio.


Carta

Quisiera escribir con las más bellas palabras que existan; unas que puedan expresar cuánto significas para mí. Sé que no existen. No las buscaré.
Así como ya no te buscaré más a ti, porque… ¡tampoco existes!
No en este hoy.
No en este tiempo que te diluye y me deshace.

Te he buscado en este hoy como si fueras el del “hoy” de un ayer; ese que reconocí en tu mirada, en tu voz y en tu risa. Aquella chispa que abrió un universo dentro de mí: impreciso, inesperado, maravilloso… y doloroso a la vez. Pero la versión tuya que mi alma recuerda ya no está aquí. O quizá sí, pero fuera de mi orilla.

Quizá en el “hoy” de un mañana —si no te busco— llegue por fin a tiempo.
Quizá allí, en algún doblez del destino, nuestras coincidencias no duelan.

Mientras tanto, con dolor y ternura, desataré los nudos con los que tejí mis sueños. Soltaré la cuerda invisible que me mantiene atada a ti, para que todo lo que te rodea te libere de mí; de este sentimiento que no sé nombrar —porque, como te dije— no hay palabras que lo definan.

Si te pido perdón, ¿me perdonarías?
No por sentir, porque sentirte ha sido una bendición.
Te pido perdón por quedarme más tiempo del que debí en el borde de tu vida.

A veces deseo desaparecer como si mi alma cayera en un agujero negro: ese abismo cósmico donde el tiempo se curva hasta volverse extraño. Y en esa frontera —donde la teoría imagina puentes que conectan distintos espacios y momentos— quisiera que un pliegue del universo me devolviera a ti en otro tiempo.
Un tiempo sin miedo.
Un tiempo sin silencios heridos.
Un tiempo donde mirarnos no doliera.

Hubiese querido que —si había silencio entre nosotros— fuera porque nuestros labios se sellaban a besos. Como no pudo ser, te prometo que morderé los míos para no pronunciar tu nombre.
Serás mi jardín secreto.
Mi constelación oculta.
La historia que solo mi pecho recordará cuando el mundo duerma.

Tu paz es la mía.
Por eso me alejo, sin ruido.
Te suelto, con amor.
Te abrazo mientras escribo, ¡con ternura!,
incluso ahora que lees,
incluso mientras me creas perdida.

Solo prométeme algo:
Prométeme que serás feliz, pero tan feliz que tu alegría resuene como un susurro en mi alma. Y que —sin voltear atrás para verte— pueda sentirte pleno, y así yo pueda decirme, en voz baja y sincera:
“Valió la pena renunciar a ti.”


Epílogo

No toda despedida es una puerta que se cierra; algunas son un pacto silencioso entre dos almas que se reconocieron demasiado tarde. Este adiós no busca olvido, sino paz… ¡la forma más generosa de amar!, aunque se rompa el alma en ese desprendimiento.

viernes, 15 de noviembre de 2024

"Territorio de Ausencia", un relato poético sobre el amor, y donde la mirada que se esquiva pone distancia emocional.

“Cuando la espalda es un muro, el deseo aprende a huir.”

Prólogo

Amar es una forma de mirar. Desear es una forma de decir sin palabras. A veces un simple roce sostiene universos enteros, y una sonrisa compartida mantiene vivo lo que dos cuerpos todavía ignoran que está naciendo.
Pero cuando se retira la mirada, cuando la piel se ofrenda solo por su reverso, la pasión empieza a respirar con dificultad. La ausencia de un gesto puede ser más elocuente que cualquier silencio.
Este texto nace ahí: en la distancia mínima que separa la piel del alma, en la frontera donde un cuerpo se convierte en sombra y la pasión busca desesperadamente un resquicio de luz.

A veces el amor se desgasta en los gestos que se omiten, en las palabras que se guardan demasiado tiempo. Me doy cuenta cuando te busco y encuentro solo la sombra de lo que fuiste. Me negaste tu voz, y en ese silencio suspendido quedó atrapada también la posibilidad de entenderte. Confiscaste las sonrisas que antes me alumbraban, y cada una de tus miradas —esas que antes abrían puertas— parece ahora custodiada detrás de un velo impenetrable.

Te vuelves de espaldas ante mí como quien levanta un santuario para protegerse, un muro que declara sin pronunciarlo: mírame, eso quiero, pero no te acerques demasiado. Y en esa pared viva que es tu espalda, ese territorio donde se enlazan tus pensamientos secretos con los pasos que te alejan, intento aún reconocer un mapa hacia ti. La recorro con mis manos, la despierto con mis labios, como si en su superficie pudiera encontrar alguna ruta de regreso a tu luz.

Tu espalda —esa tierra tibia que quisiera abrazar con ternura, ese refugio al que desearía acercarme sin miedo— guarda la fortaleza que anhelo. Allí busco un indicio, una señal mínima de que todavía es posible sostenerte. Pero no encuentro tus ojos, ni miradas que me sostengan. No descubro en ella tu boca, ni las sonrisas que alguna vez me dieron certeza de poder tocarte sin herirte. Solo hallo un espejo opaco, una sombra que ya no me refleja.

Y en esa ausencia que se extiende entre tu piel y mi deseo, algo empieza a quebrarse. Tu espalda me ofende sin querer, me confunde, me asusta; me aparta. Y me pregunto, con una inquietud que crece sin detenerse: ¿eres tú quien se retira, paso a paso, de mi frontera? ¿O soy yo quien, sin saberlo, comienza a alejarse de ti?

Epílogo

Quise sostener el fuego solo con mis manos, pero sin tus ojos el incendio se volvió humo. La piel que antes respondía al roce ahora es solo superficie sin destino. Comprendí entonces que la pasión no muere por falta de contacto, sino por falta de encuentro. Y que ninguna caricia sobrevive cuando quien la recibe ya no mira.

“Toda pasión necesita un gesto que la sostenga.”



lunes, 21 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 5 ) LA CARTA






 “Una carta que pudo cambiarlo todo… pero Lola prefiere el cara a cara: ¡menos novela y más acción!”

Lola estaba sentada a la mesa con sus hermanas y sus siete hijos. La comida era abundante y deliciosa. A Lola le gustaba cocinar tanto como hacer el amor; ¡en ambas tareas ponía atención a los detalles y gran sazón! Comían en la mesa de la cocina, como siempre: una gran mesa de madera rústica, muy antigua —heredada de sus bisabuelos— y cuadrada, de tres puestos por cada lado. Todos podían verse la cara al mismo tiempo y seguir las charlas sin dificultad alguna. La mesa estaba bien servida y todos disfrutaban de ella.

Entre bocado y bocado, hacían un descanso y escuchaban las anécdotas de los chicos en la escuela; reían con ellos o les daban consejos, según el caso. Era un momento glorioso para todos, el más esperado del día: ¡todos estaban juntos y compartían!

Cuando las tías estaban en casa, los niños eran relevados de su obligación de ayudar a mamá a levantar la mesa, lavar la vajilla y asear la cocina. Esto —a ellos— les encantaba. Tan pronto terminaban, se levantaban, daban besos a sus tías y solicitaban el permiso de su madre para retirarse, lo cual hacía Lola prodigándoles un abrazo y un beso a cada uno. Hecho esto, salían corriendo al patio a jugar con gran algarabía.

Lola se quedó con sus hermanas haciendo las faenas de limpieza. Preparó un buen café y sacó una deliciosa tarta de manzanas, nueces y miel que había horneado en la mañana. Se sentaron y hablaron de lo que tantas ganas tenían de hablar: ¡la fiesta de cumpleaños!

—¿Alguna de ustedes ha visto a Antonio? —preguntó Lola a sus hermanas, mirándolas con ansiedad para ver cuál de las dos respondía.

—¡Yo lo vi, Lola! El otro día fue de visita a la casa, acompañado de don Mario Macedo, presidente del Partido Demócrata Cristiano, y de don Rigoberto Esculpi, presidente de la Asociación Nacional de Sindicatos. Estuvieron encerrados en el despacho de papá durante horas. Cuando salieron, yo estaba en el vestíbulo; todos me saludaron con una inclinación de cabeza… salvo Antonio, que se quedó rezagado y me preguntó por ti —se apresuró a contarle Irene Margarita, la segunda de las tres hermanas.

—¿Sí? Pero cuenta, ¡cuenta detalles! ¿Cómo está él y qué le dijiste tú de mí? —le inquirió Lola a Márgara —así la llamaban en casa— con un nerviosismo sin igual.

—¡Cálmate, hermana, si no, no te cuento nada! Escucha: Antonio está más guapo que nunca. Su barba y cabello rubio se han puesto canosos. Le queda muy bien, ¡se ve más varonil! —dijo esto haciendo una mueca graciosa con la boca y parpadeando repetidamente—. Y al preguntar por ti, lo hizo con la misma ansiedad que tú tienes ahora. Es más, me dio esta carta para ti. —Márgara metió la mano en su bolso y le entregó un sobre a Lola.

Se hizo un silencio profundo, tanto que podía escucharse el latir del corazón de Lola. Esta se quedó paralizada y dejó la mano extendida a su hermana. Después de unos segundos que parecían interminables, Lola rompió el silencio.

—No, hermana, no recibiré esa carta, no ahora, después de tanto tiempo que esperé por él. No sé si lo que dice es para mi bien o para mi mal, y no lo deseo saber. Te pido que se la devuelvas en persona y le comuniques que lo que me tenga que decir ¡me lo diga a mí, de frente, el día de mi fiesta… ni antes ni después! —le dijo Lola a su hermana con una seriedad terrible. Parecía que estaba a punto de llorar. Le temblaba la voz, ¡se le estaba por quebrar!

Irene Margarita y Ana Isabel cruzaron miradas; estaban extrañadas de la reacción de su hermana, pero respetaron su decisión. En silencio terminaron de beber el café y de comer la tarta. Se levantaron con prontitud, se abrazaron y se despidieron en un absoluto e incómodo silencio.

—¡Ah, Lola! Mañana nosotras recogemos a los niños a la salida de la escuela. La modista va para la casa a tomarles las medidas a los niños para hacerles los trajes de fiesta. Acércate a eso de las cinco de la tarde para que escojamos las telas de sus atuendos y los nuestros. ¡No nos podemos dormir con esto! —dijo Ana Isabel, rompiendo el mutismo impuesto por Lola, quien solo asintió con la cabeza en señal de conformidad.

Por la ventana de la cocina, Lola podía ver a los niños despidiéndose de sus tías; era una adoración recíproca. Si algo le pasase a ella, sus hijos quedarían en buenas manos.

Lola se quitó el blanco delantal, tirándolo sobre la mesa. Se dirigió a su cuarto muy lentamente: cada paso, un pensamiento; cada peldaño de la escalera, una reflexión. Se paró frente al espejo de su alcoba, desnudándose lentamente mientras pensaba en Antonio. Observó su cuerpo en detalle; con sus manos tocaba sus senos y las deslizaba hacia las caderas.

—Estoy subida de peso, pero me sienta bien. Mis senos están más llenos y mis caderas redondeadas. Jamás pensé que algún día tendría que agradecer el haber sufrido la inapetencia, las náuseas, los vómitos en mis siete embarazos y… claro, el sexo con mis maridos me sirvió de mucho ejercicio. ¡Dios los tenga en la gloria! —pensó Lola en voz alta, sonriendo de conformidad con su silueta.

Se vistió apresurada, no fuese a subir alguno de los niños y la encontrase así… ¡sería bochornoso!

“Con el delantal tirado y los recuerdos a flor de piel, Lola supo que el verdadero regalo de cumpleaños no estaba en un sobre… sino en el espejo.”



sábado, 19 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 4 ) EL CUMPLEAÑOS





"Un cumpleaños, siete hijos, padres entrometidos y un viejo amor envuelto en celofán: la fiesta apenas comienza."

Se la veía caminar todos los días acompañando a sus hijos a la escuela. Todos en orden y perfecta armonía, a no ser —de vez en cuando— por las paradas que hacían para destornillarse de la risa. Lola y sus hijos se la llevaban muy bien. Ellos ya habían recobrado su compostura y disfrutaban constantemente del amor de la madre. Todos, sin excepción, habían sacado esa tendencia a sonreírle a la vida. Siempre había un motivo para reír y agradecer a Dios ¡por su buen humor!

Era imposible no voltear o detenerse a verlos; era agradable toparse con ellos. Cada vez que la madre daba los buenos días a quien se encontraba en su camino, los hijos —como en eco— repetían el saludo, uno por uno… ¡y eran siete! O, en su defecto, lo repetían al unísono como si del coro de la iglesia se tratase. Era una familia muy querida y apreciada, a veces, envidiada. Era un hecho reconocido por todos los lugareños: la gran belleza y simpatía de Lola que, sumado a su instrucción y buenos modales, la hacía una dama admirable. Atrás, en el tiempo, quedaron las suspicacias y murmuraciones. Lola había recobrado su estatus.

Al dejar a los niños en la escuela, se dirigió pronta a casa de sus padres. Ellos la habían mandado a llamar, ¡había un asunto urgente que tratar! Su padre la esperaba con ansias, adoraba a Lola, era su niña preferida. La veía aproximarse con ese caminar tan suyo: pasos firmes y seguros, sin dejar de ser femeninos. Don Luis abrió la ventana de su gran biblioteca, donde se encontraba.

Con las manos le hacía señas para saludarla; pero tendría que esperar. Lola, por el camino, siempre se entretenía saludando a todos con gran amabilidad. Además, él bien sabía cuánto disfrutaba de las caminatas en la mañana: eran frescas y la vigorizaban.

El padre, sin importarle los celos de sus otras hijas, salió al encuentro de Lola. La abrazaba con efusividad y la besaba por todo el rostro… ¡la amaba demasiado para poder ocultarlo! Entraron con los brazos entrelazados: él sobre sus hombros, ella por su cintura. Las hermanas, a pesar de sus celos, salieron corriendo a abrazarla y empezaron con ella a cuchichear sobre sus novios; reventaban en risas y solo se oía el siseo de la madre, que las llamaba al orden, sin evitar regocijarse por la alegría de ellas.

Todos se reunieron en la biblioteca, el lugar preferido del padre, y este tomó la palabra solemnemente.

—Lola, todos nosotros nos hemos puesto de acuerdo para celebrar tu cumpleaños en casa, será una gran fiesta —dijo el padre fumando su habano acostumbrado.

—Padre, les agradezco su buena intención, pero yo había planeado una comida en casa, con ustedes y mis hijos solamente —replicó Lola.

—Lo siento, hija —acotó la madre—, en realidad, la fiesta tiene un doble propósito: celebrar tus treinta y un años, y presentarte, formalmente…

Las palabras de la madre fueron interrumpidas por el padre. Este se puso de pie y se colocó tras su hija, posando sus manos sobre los hombros de ella. Lola sabía perfectamente lo que ese gesto significaba: ¡su padre había tomado una decisión que no aceptaba discusión!

—Hija, sabes cuán importante eres para esta familia; tú y tus adorables hijos son nuestra alegría. Pero estamos preocupados: eres una mujer sola y necesitas compañía. Hemos pensado que debes casarte de nuevo, tener quien vele por tu seguridad y la de tus hijos, alguien que te represente —don Luis pronunció estas palabras como lo que era… ¡una sentencia inapelable!

—¿Padre, por qué? Mírame, ¡soy inmensamente feliz así como estoy! Con mis hijos, con ustedes… ¡nada me falta! ¿Qué necesito yo de un hombre? —Lola, con tristeza, recriminaba la decisión de sus padres; no le parecía justo y menos necesario.

—Hija, estás en una etapa en que la crianza de tus hijos no te deja tener conciencia de la realidad. Eres una mujer joven y hermosa, y un hombre necesitarás… Tu madre y yo sabemos de lo que hablamos, sabemos lo que te conviene. ¡No se diga más! —el padre se puso frente a su hija, inclinándose hacia ella y besándola en el rostro. Dio media vuelta, desapareciendo de su vista.

—Hija, ¡no te desconsueles! —se apresuró a decirle la madre, con el ánimo de alentarla—. Si en la presentación no conoces a ningún caballero que te llame la atención… estará bien, ¡a nada serás obligada! Tu padre, tus hermanas y yo nos encargaremos de todo. Tú, ese día, solo ponte bella —la madre, al igual que su marido, se despidió de su hija y abandonó el recinto.

Las hermanas, Irene Margarita y Ana Isabel, no perdieron tiempo y se sentaron al lado de su hermana para consolarla, para sacarla de esa tristeza que le había robado su sonrisa, esa sonrisa que ellas tanto amaban.

—Quita esa cara de pendeja, Lola, porque vas a saltar de la alegría cuando te enteres quién es el invitado principal… ¡Antonio Santamaría! —le dijo sin reparos Ana Isabel.

—Sí, hermana, escuchamos a nuestros padres hablar. Él será el invitado especial, será tu regalo de cumpleaños… ¡solo falta que te lo envuelvan en papel celofán! —recalcó Irene Margarita, muerta de la risa.

Lola se quedó sorprendida. No esperaba ver a Antonio más nunca en su vida, y estaba aquí… ¡y lo vería! Las hermanas sujetaron a Lola por los brazos y la sacaron de la casa, pues ya era hora de buscar a los sobrinos a la salida de la escuela. Las tres jóvenes mujeres salieron conversando y riéndose; estaban felices por el próximo evento: ¡el cumpleaños de Dolores, la Lola!

Las risas —entre cuchicheos— podían oírse en el piso superior, donde los padres estaban asomados a la ventana observando ese cuadro de felicidad. Se miraron y sonrieron. La complicidad con Ana Isabel e Irene Margarita había funcionado: Lola tenía —de nuevo— la cabeza llena de pajaritos. ¡Acertaron en el clavo!

"Entre risas, planes secretos y el regreso inesperado de Antonio, la vida de Lola prometía más enredos que pastel."


LOLA Y SUS ENREDOS: ( 3 ) LOS HIJOS DE ELLA...





"Entre camas rotas, viudez repetida y siete muchachitos traviesos, Lola demuestra que ser madre y viuda… ¡es deporte extremo!"

Lola se estaba volviendo loca. Su marido las mañas no perdía. Tenía que asegurarse de que los niños estuviesen atendidos antes de que él llegara. Fernando y ella cumplirían, la semana entrante, tres años de casados. Ya tenían tres hijos, más los cuatro del difunto Gallardo: ¡eran siete, todos seguiditos! Eran buenos chicos, muy educados y considerados. Los Gallardo eran blanquitos, con el cabello lacio y negro como su padre, con los ojos azules de ella; los De Sousa eran rubios y de ojos verdes. ¡Todos muy guapos!

Ella estaba orgullosa de sus hijos, pero entre el marido y ellos empezaba a cansarse. Sus ojos no brillaban como antes, tenía ojeras y había perdido la sonrisa. Solo cuando hacía su ronda nocturna para asegurarse de que los niños estuviesen dormidos, cálidos y seguros, se detenía frente a cada uno de ellos y, entre bendiciones y agradecimientos a Dios por su existencia, sonreía al verlos… ¡dormidos y quietos!

Apenas Lola tocaba la cama, Fernando le brincaba encima; de milagro ella respiraba. La subía, la bajaba, la volteaba, la zarandeaba; “ponte aquí, ponte allá, ponte así” … ¡la pobre Lola parecía una muñeca de trapo! En una sola noche la desvestía varias veces y no había lugar de la habitación donde Lola no hubiese estado encaramada. ¡No es que no le gustara, sino que las fuerzas le faltaban!

A duras penas se levantó por la mañana, y eso lo hizo porque los chiquillos entraron al cuarto a despertarla. Entre risas y algarabía lograron sacarla de la cama.

—Mamá, mamá, ¿de qué se ríe don Fernando y qué tiene debajo de la sábana? —le preguntó Juancito, el mayor de los varones, señalando con su dedo un bulto que se erguía entre las piernas del marido de su madre.

Don Mario Cáceres, quien antes fungía como secretario de don Fernando cuando era Prefecto, asumió el cargo al ser electo este como alcalde. Era a él, ahora, a quien le correspondía examinar el cadáver y determinar si fue por causa natural o no. Allí estaba —con esa cara de pendejo— viendo lo que de don Fernando quedaba: tenía esa sonrisa celestial y estaba erecto… ¡igual que don Gallardo cuando le tocó su momento!

Al Partido de Gobierno no le interesaba una mala publicidad en esos tiempos, ya que pronto serían las nuevas elecciones, las cuales adelantarían por el infortunado evento. Don Mario, el actual Prefecto, había recibido precisas instrucciones de cómo proceder: hacer el levantamiento del cadáver y expedir el acta de defunción respectiva para que se efectuase la pronta y cristiana sepultura.

Esta vez las murmuraciones fueron más fuertes y permanentes; todos comentaban, y así lo creían, que la viuda a sus maridos mataba o… ¡los tenía envenenados! Durante dos años y medio, Lola tuvo que aguantar el escarnio público al cual había sido expuesta por las malas lenguas. No obstante, ella —como siempre— caminaba erguida y muy altiva, sin hacerles caso.

No sucedía lo mismo con los niños: en la escuela los molestaban y de su madre se burlaban. Esto cambió la conducta de ellos para con Lola. Se habían puesto rebeldes y el caos reinaba en la casa.

Lola meditó mucho y concluyó que, para grandes males, grandes remedios; la decisión debía ser drástica. Armándose de valor, y con mucho dolor porque a sus hijos amaba, los reunió a todos en el salón de la casa. Así, con el aspecto de bruja y de loca furibunda que tenía, del agobio que la embargaba, se dirigió a ellos:

—Los he educado bien, con amor y esmero, pero se han vuelto en mi contra por comentarios de la gente de este pueblo. Pues bien, ahora les digo: o se comportan y me obedecen o los envío a todos a un orfanato y, créanme, no estoy jugando, hablo muy en serio. ¡O lo que es peor, al igual que a sus padres… los mando al cementerio!

Los niños enmudecieron del pánico. Se quedaron quietos, como si fueran de palo y sin quitarle la vista a su madre, por si acaso.

—Ahora, todos se van a sus cuartos, los ordenan y ayudan a sus hermanos menores a hacer lo mismo. ¡No quiero ni un grito ni un llanto, solo quiero silencio para mi descanso!

Los niños, uno a uno, en perfecta y silente fila india, subieron a sus habitaciones.

Lola sonrió por primera vez en mucho tiempo. Había sido muy dura y cruel con los niños, pero era un mal necesario. Con el tiempo, cuando las cosas se calmaran, ella recobraría el respeto, el amor y la confianza de sus amados hijos.

Durante varias noches Lola durmió profundamente, recuperando su semblante y su sonrisa. Al cabo de unas semanas volvió a ser la de antes, dando —nuevamente— de qué hablar a la gente.

"Con una amenaza de orfanato y cementerio, Lola logró silencio absoluto. ¡Mano dura, descanso seguro!"


viernes, 18 de febrero de 2011

LOLA Y SUS ENREDOS: ( 2 ) DON FERNANDO Y LA PRIMERA DAMA



El llanto de los niños, clamando por su padre, se oía a metros de distancia.

El funeral de Juan Gallardo fue todo un espectáculo. No faltó nadie del pueblo; la mayoría estaba allí mostrando su cariño y respeto porque el difunto se lo había ganado. Pero otros tantos solo acudieron por curiosidad, atraídos por la historia de dolor y muerte que sobre la familia Gallardo se cernía y, aún más, por la intriga de lo que allí pudiese pasar. Se murmuraba que la viuda lo había asesinado y que el Prefecto andaba tras de ella, que —en cualquier momento— la haría arrestar.

Todo se desenvolvió con la normalidad del caso. Todos dieron el pésame a la viuda y a sus cuatro hijos. Todos bebieron café, té o chocolate y —los que se quedaron para acompañarla en la noche— hasta sopa caliente, muy humeante, que dejaba un fresco sabor a hierbabuena en la boca. Poco a poco se fueron retirando los curiosos, decepcionados por no producirse lo que ellos esperaban. Luego se retiraron los amigos, muy apenados. Lola y sus hijos se quedaron frente al féretro, muy desconsolados. Con ellos, los abuelos de los niños, las tías de estos y, por supuesto, don Fernando y su secretario.

Don Luis, el padre de Lola, se retiró un poco del grupo buscando un sitio adecuado donde pudiese fumarse un habano y cavilar sobre la situación en la que ahora se encontraba su hija y sus nietos. Encontró una banca en un patio abierto, muy floreado. Lirios y trinitarias de todos los colores lo adornaban. Allí se sentó. Las bocanadas del puro impregnaron el ambiente con un fuerte, pero agradable, olor a tabaco.

Don Fernando lo había seguido en silencio y se le paró enfrente. Don Luis, sin levantar la mirada, le dijo:

—Era hora, hace rato le estaba esperando. Pensaba que usted nunca se me acercaría. Le escucho. Me debe una explicación —le habló en forma seria y autoritaria, pese a que entre los dos hombres había confianza.

—Lo sé, don Luis. Esperaba el momento oportuno y creo que este lo es —le contestó don Fernando al tiempo que se sentaba al lado de su interlocutor.

—Las murmuraciones sobre mi hija no solo me molestan, sino que son infundadas. Pensaba yo que usted, en cumplimiento de su deber y en retribución a nuestra amistad, pondría fin a ellas. No obstante, ocurre lo contrario. Se comenta que usted las genera al no dejar a mi hija fuera de observación… ¿Qué tiene que decir al respecto? —esto lo decía don Luis con extrema serenidad, pese a la preocupación que sus palabras implicaban.

—Reconozco que la culpa es mía por no aclarar el asunto y poner fin a las murmuraciones. Pero es que me asisten razones para ello. Sigo a su hija para protegerla, porque ahora está indefensa, vulnerable… y porque estoy enamorado de ella. Y es por esta última razón que me acerco a usted esta noche. Necesito su consentimiento para cortejarla, ¡deseo casarme con doña Lola!

—¡Ah!... con que esas tenemos… —exclamó don Luis sin mostrar ningún signo de sorpresa, pues algo así ya se esperaba. Se quedó pensando entre bocanada y bocanada de su fino tabaco—. Tiene usted mi consentimiento, pero le deben quedar claras dos cosas: de inmediato deberá usted hacer lo pertinente para que cesen las murmuraciones y mi hija quede libre de cualquier sospecha. Asimismo, deberá usted enamorarla bien, pues es ella quien tiene la última palabra. Para nadie es desconocido que Lola es mi hija preferida, siempre estará bajo mi protección y su felicidad es la mía. Así que… ¡ya sabe usted cómo debe proceder!

Me gustaría que, para el día de las elecciones, ya mi hija fuera su consorte. Es necesario que haya una primera dama, eso le aumentará la simpatía de los votantes. Mañana temprano pasaré por el Partido y haré unas contribuciones para su campaña y algunos arreglos que estimo serán necesarios. El nuevo alcalde deberá tener una posición sólida ante la oposición, yo me encargaré de ello.

Apenas terminó de hablar, echó lo que quedaba de su tabaco a la tierra, lo pisó fuertemente hasta desbaratarlo. Miró a don Fernando de una manera intimidante, como advirtiéndole: ¡ten cuidado con mi hija, no me la maltrates!

Así terminó la conversación de los dos hombres, mientras Lola lloraba sobre el ataúd de su marido que aún estaba tibio. Recién enviudaba, y ya sus próximas nupcias habían sido acordadas.

"Mientras Lola lloraba a su difunto, ya le estaban arreglando marido nuevo. ¡Así cualquiera se consuela rápido!"