sábado, 7 de febrero de 2026

"Amé, y por eso gané": Relato corto y reflexivo sobre esos amores que llegan sin buscarse y enseñan a volver a una misma. Una historia sobre conexión, confusión, desapego y el descubrimiento del amor propio.

 

“Hay encuentros que no llegan para quedarse, sino para revelarnos quiénes somos cuando nos atrevemos a amar sin miedo.”


Hay días en que me envuelve una especie de sentimiento que no sé nombrar. Hoy es uno de ellos. Necesito hablarme para identificar qué es esto que siento: entre tristeza, confusión, incomodidad, temor, vacío… no lo sé. Con certeza, no lo sé.

Por eso me escribo a mí misma, porque las letras son mi manera de aclararme, de conocerme, de confesarme y redimirme. Quizá sea por aquello de que el papel es blanco y las letras negras, como pasa en el amor: o es blanco o es negro; no acepta matices intermedios.

Silencio mis emociones para escuchar mis pensamientos.

Vuelvo, entonces, a ese instante como quien regresa a la orilla donde comenzó la marea. No ocurrió nada extraordinario —pienso— y, sin embargo, algo se encendió. Dos desconocidos coincidiendo en el mismo espacio, una mirada sostenida un segundo más de lo prudente y ese temblor leve que anuncia que algo ha sido visto. No lo busqué. Solo sucedió. Y yo, sin saberlo, abrí la puerta.

Recuerdo el lenguaje silencioso: las distancias que se acortaban despacio, las sonrisas que nacían sin permiso, la certeza inexplicable de estar siendo reconocida por alguien que no sabía mi nombre, o no quiso pronunciarlo. Era un juego ligero, casi inocente. Un baile sin contacto donde todo se decía en los ojos. Y qué fácil fue dejarme llevar por esa corriente tibia que prometía sin prometer nada.

Hasta que dejé de jugar y empecé a sentir.

Me mostré sin adornos, sin cálculo, con la verdad desnuda de quien no teme amar. Y fue entonces cuando el movimiento cambió. Yo avanzaba y algo en él retrocedía. Seguía ahí, pero a medias; cerca, pero nunca presente del todo. Como una puerta entreabierta que invita y niega al mismo tiempo. Y yo, tratando de comprender, empecé a perderme en la incertidumbre, en la pregunta constante, en la silenciosa herida de no saber qué estaba haciendo mal.

La tristeza llegó despacio, como el frío cuando cae la tarde. No por una promesa rota —porque nunca la hubo—, sino por las emociones que sí existieron, por la conciencia de haber sentido algo verdadero en un lugar donde solo había un juego. Y dolió descubrirme empequeñeciendo, intentando encajar en un espacio estrecho, vacío, donde mi luz se desbordaba.

Hoy me miro sin condescendencia: no para castigarme, sino para no huir de la verdad, aunque esta duela. No fui ingenua. Fui auténtica. Fui valiente, profundamente valiente. Amé sin esconderme. Entregué lo que soy con una pureza que no pesa, con una ternura que no avergüenza. Y al recordarlo comprendo que no perdí nada. El amor que di no desapareció; me reveló. Me enseñó la amplitud de mi corazón, la profundidad de mi deseo de amar bonito, la belleza intacta de sentir sin miedo.

Ya no pienso: me cuestiono. ¿Será que amar sin filtros es carecer de amor propio? Le doy vueltas y vueltas a esa pregunta, y siempre hallo la misma respuesta: amar nunca es indigno. No, no lo es. Entonces, ¿Por qué siento esta incomodidad? Si amar no es indigno, ¿Qué lo es? La claridad llega, por fin: entregar ese amor tan tierno y honesto —con tanta pasión— a la persona incorrecta.

Desde ahora, ya nada será igual. Si amar es un juego, elijo retirarme. No desde la derrota, sino desde el reconocimiento. Porque quedarme significaría negarme, y marcharme es volver a mí. Entiendo, al fin, que el amor no es el premio: lo soy yo cuando me habito sin apagar mi luz para ser elegida.

Dibujo una sonrisa de entendimiento en mi rostro, una sonrisa amarga, pero serena. Y me da paz, porque comprendí que, mientras yo me entregaba, él jugaba a perderme… y ganó.


“Amar nunca fue perder; perder sería olvidar que yo también puedo elegirme.”

No hay comentarios:

Publicar un comentario