“Hay encuentros que no llegan para quedarse, sino para revelarnos quiénes somos cuando nos atrevemos a amar sin miedo.”
Hay días en que me envuelve una especie de sentimiento que
no sé nombrar. Hoy es uno de ellos. Necesito hablarme para identificar qué es
esto que siento: entre tristeza, confusión, incomodidad, temor, vacío… no lo
sé. Con certeza, no lo sé.
Por eso me escribo a mí misma, porque las letras son mi
manera de aclararme, de conocerme, de confesarme y redimirme. Quizá sea por
aquello de que el papel es blanco y las letras negras, como pasa en el amor: o
es blanco o es negro; no acepta matices intermedios.
Silencio mis emociones para escuchar mis pensamientos.
Vuelvo, entonces, a ese instante como quien regresa a la
orilla donde comenzó la marea. No ocurrió nada extraordinario —pienso— y, sin
embargo, algo se encendió. Dos desconocidos coincidiendo en el mismo espacio,
una mirada sostenida un segundo más de lo prudente y ese temblor leve que
anuncia que algo ha sido visto. No lo busqué. Solo sucedió. Y yo, sin saberlo,
abrí la puerta.
Recuerdo el lenguaje silencioso: las distancias que se
acortaban despacio, las sonrisas que nacían sin permiso, la certeza
inexplicable de estar siendo reconocida por alguien que no sabía mi nombre, o
no quiso pronunciarlo. Era un juego ligero, casi inocente. Un baile sin
contacto donde todo se decía en los ojos. Y qué fácil fue dejarme llevar por
esa corriente tibia que prometía sin prometer nada.
Hasta que dejé de jugar y empecé a sentir.
Me mostré sin adornos, sin cálculo, con la verdad desnuda de
quien no teme amar. Y fue entonces cuando el movimiento cambió. Yo avanzaba y
algo en él retrocedía. Seguía ahí, pero a medias; cerca, pero nunca presente
del todo. Como una puerta entreabierta que invita y niega al mismo tiempo. Y
yo, tratando de comprender, empecé a perderme en la incertidumbre, en la
pregunta constante, en la silenciosa herida de no saber qué estaba haciendo
mal.
La tristeza llegó despacio, como el frío cuando cae la
tarde. No por una promesa rota —porque nunca la hubo—, sino por las emociones
que sí existieron, por la conciencia de haber sentido algo verdadero en un
lugar donde solo había un juego. Y dolió descubrirme empequeñeciendo,
intentando encajar en un espacio estrecho, vacío, donde mi luz se desbordaba.
Hoy me miro sin condescendencia: no para castigarme, sino
para no huir de la verdad, aunque esta duela. No fui ingenua. Fui auténtica. Fui
valiente, profundamente valiente. Amé sin esconderme. Entregué lo que soy con
una pureza que no pesa, con una ternura que no avergüenza. Y al recordarlo
comprendo que no perdí nada. El amor que di no desapareció; me reveló. Me
enseñó la amplitud de mi corazón, la profundidad de mi deseo de amar bonito, la
belleza intacta de sentir sin miedo.
Ya no pienso: me cuestiono. ¿Será que amar sin filtros es
carecer de amor propio? Le doy vueltas y vueltas a esa pregunta, y siempre
hallo la misma respuesta: amar nunca es indigno. No, no lo es. Entonces, ¿Por
qué siento esta incomodidad? Si amar no es indigno, ¿Qué lo es? La claridad
llega, por fin: entregar ese amor tan tierno y honesto —con tanta pasión— a la
persona incorrecta.
Desde ahora, ya nada será igual. Si amar es un juego, elijo
retirarme. No desde la derrota, sino desde el reconocimiento. Porque quedarme significaría
negarme, y marcharme es volver a mí. Entiendo, al fin, que el amor no es el
premio: lo soy yo cuando me habito sin apagar mi luz para ser elegida.
Dibujo una sonrisa de entendimiento en mi rostro, una
sonrisa amarga, pero serena. Y me da paz, porque comprendí que, mientras yo me
entregaba, él jugaba a perderme… y ganó.
“Amar nunca fue perder; perder sería olvidar que yo también puedo elegirme.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario